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3288. Regreso a Auschwitz




Primo Levi regresó a Auschwitz, donde estuvo internado de febrero de 1944 hasta la liberación del campo en enero de 1945, dos veces en su vida: en 1965 y en 1982. En la segunda oportunidad lo hizo acompañado por un grupo de estudiantes y profesores de instituto, representantes de la comunidad judía y cargos electos de la provincia de Florencia, organizadora de la visita. También viajó con él un equipo de la Rai, dirigido por Emanuele Ascarelli y Daniel Toaff.

El texto de la entrevista, realizada ante las cámaras en junio de 1982, había permanecido inédito hasta su transcripción por Marco Belpoliti y su edición en 1998 en un volumen colectivo a cargo de Francesco Monicelli y Carlo Saletti. Forma parte Primo Levi , Informe sobre Auschwitz. Presentación de Philippe Mesnard, que Reverso Ediciones publicará en octubre de 2005.

Ya estamos aquí. ¿Qué efecto le produce volver a ver estos parajes?

Todo es diferente, han pasado más de cuarenta años. Polonia salía entonces de cinco años de una guerra espantosa, era el país de Europa que probablemente había sufrido más por culpa de la guerra, que tenía el mayor número de víctimas, no sólo judíos. Además, en estos últimos cuarenta años el mundo se ha renovado en todas partes. Yo atravesé estos campos invernales y la diferencia es total, porque el invierno polaco era, y sigue siendo, un invierno rudo, no como el invierno al que estamos acostumbrados en Italia. Aquí la nieve se mantiene durante tres, cuatro meses, y nosotros no podíamos, éramos incapaces de resistir el invierno polaco, como prisioneros o después. Yo recorrí estos campos como un ser a la deriva, como una persona desesperada y perdida, en busca de un baricentro, de cualquiera que fuera capaz de acogerme. Era verdaderamente la desolación hecha paisaje.

Estos rieles y los trenes de mercancías que vemos pasar, ¿qué siente al verlos?

Pues resulta que precisamente los trenes de mercancía son el desencadenante, lo que me causa mayor impresión, porque aún hoy cuando veo un vagón de mercancías, y aún más si subo a uno de ellos, me produce una violenta impresión, los recuerdos regresan, en fin, mucho más que al volver a ver paisajes y lugares, incluso Auschwitz. Haber viajado cinco días seguidos en un vagón de mercancías sellado es una experiencia que no se olvida.

Esta mañana me hablaba de algunas sensaciones que le produce la lengua polaca.

Sí, también es un reflejo condicionado, al menos, es decir, en mi caso. Yo soy un hombre que habla y escucha; el lenguaje de los otros me afecta mucho, y suelo o procuro utilizar correctamente mi lengua de italiano. El polaco era esa lengua incomprensible que nos había recibido al final del viaje, pero no era ni mucho menos el polaco de la población civil que escuchamos hoy en los hoteles o en boca de nuestros acompañantes. Era un polaco zafio, vulgar, trufado de injurias e imprecaciones, y nosotros no comprendíamos aquello; era realmente una lengua infernal. El alemán lo era todavía más, desde luego; el alemán era la lengua de los opresores, de las matanzas, pero mucho de los nuestros –yo, entre otros– lo comprendíamos a retazos, no nos era desconocido, no era la lengua de la aniquilación. El polaco sí era la lengua de la aniquilación. Sin ir más lejos, ayer noche en el ascensor dos borrachos me produjeron una fuerte impresión: hablaban como entonces, no como los que nos acompañan, hablaban soltando injurias, hablaban esa lengua que parecía estar hecha sólo de consonantes, verdaderamente la lengua del infierno.

Decía usted, por cierto, que esta sensación es como la que le produce el carbón, ¿no es así?

¡Exactamente la misma! Sin duda, también esto se lo debo al hecho de ser químico. El químico es entrenado para identificar las substancias a través de su olor. En aquella época y también hoy, la llegada a Polonia, al menos a las ciudades polacas, está marcada por dos olores característicos que no existen en Italia: el olor de malta torrefacta y el olor ácido del carbón ardiendo. Esta es una región minera, en todas partes hay carbón y muchos aparatos de calefacción funcionan con carbón. Entre estaciones y en invierno un olor se esparce por el aire: el olor ácido del carbón. Pero para nosotros, o el menos para mí, es el olor del Lager, el olor de Polonia y del Lager.

¿Y la gente?

No, la gente no es la misma de entonces. En aquella época no vimos a la gente. Vimos a los verdugos del Lager y sus colaboradores. La mayoría eran polacos, judíos y cristianos. Pero los polacos de la calle, los polacos que vivían en las casas, a esos no los veíamos, los divisábamos a lo lejos, más allá de las alambradas. Había un camino rural que se extendía a lo largo del Lager, pero por ahí pasaba muy poca gente. Después supimos que habían alejado a todos los habitantes del pueblo. Sí veíamos pasar los autocares que conducían al trabajo a los obreros polacos, y recuerdo un anuncio en uno de estos vehículos, una publicidad como las que veíamos en casa: "Beste Suppe, Knorr Suppe", "La mejor sopa es la sopa Knorr". Ver aquel anuncio de sopa nos producía un extraño efecto, como si nos fuera posible escoger entre una sopa mejor y otra menos buena.

¿Qué sintió esta mañana cuando emprendió el mismo camino, pero partiendo esta vez de un lujoso hotel turístico?

Sentí una dislocación, casi me atrevería a decir un desmembramiento, algo imposible que a pesar de todo sucede porque el contraste es demasiado fuerte. Se trata de algo que en aquel entonces jamás hubiésemos podido imaginar que podría ocurrir: regresar a este lugar, vestidos como turistas, a un hotel de lujo o casi. Y sin embargo...

Y ese contraste, ¿qué diría...?

Ese contraste, como por lo demás todos los contrastes, tiene un lado gratificante y otro alarmante; las cosas pueden volver a suceder. Lo peor habría sido lo contrario: haber venido a un hotel de lujo y después, hoy, volver en plena desesperación.

¿Sabían adónde irían, cuál sería su destino?

No sabíamos prácticamente nada. En la estación de Fossoli pudimos ver unos rótulos en los vagones en los que habían garabateado una indicación: "Auschwitz"; pero no sabíamos dónde quedaba, pensamos que se trataba de Austerlitz. Supusimos que estaría en algún rincón de Bohemia. Creo que nadie en Italia en aquella época, ni siquiera las personas mejor informadas, sabía lo que significaba "Auschwitz".

¿Cómo fue su primer contacto con Auschwitz hace cuarenta años?

Era... ¿cómo decir? Era lunarmente diferente, era de noche; era el final de cinco días de viaje calamitoso, durante el cual varias personas habían muerto en el vagón, era la llegada a un lugar del que no comprendíamos la lengua y todavía menos su razón de ser. Había unos letreros insensatos: una ducha, un lado limpio, un lado sucio y un lado limpio. Nadie nos explicaba nada o bien nos hablaban en yiddish o en polaco, y nosotros no comprendíamos nada. Es una experiencia realmente alienadora. Teníamos la impresión de hallarnos en medio de un ataque de locura, de estar..., de haber perdido la posibilidad misma de razonar. No, ya no razonábamos.

¿Cómo vivió el viaje, aquellos cinco días? ¿Qué recuerda de aquello?

En realidad lo recuerdo muy bien, recuerdo muchas cosas. Éramos cuarenta y cinco personas en un vagón muy pequeño, apenas había espacio, como mucho podíamos sentarnos, pero era imposible tumbarse; había una joven madre que daba el pecho a su bebé. Nos habían dicho que podíamos llevar comida, pero, estúpidamente, no llevamos agua o quizás un poco, por lo demás nadie nos lo había dicho y pensábamos que conseguiríamos agua en algún lugar. A pesar de que era invierno, padecimos una sed aterradora; aquella fue verdaderamente la primera experiencia de una tortura, la tortura de la sed durante cinco días. Le recuerdo que estábamos en invierno, el aliento se nos congelaba, y el que podía soplaba sobre los pernos del vagón e intentaba raspar la escarcha blanca –llena del óxido de los pernos–, raspabas aquello para conseguir recoger unas pocas gotas de agua y mojarte los labios. Y el bebé chillaba de la mañana a la noche y durante toda la noche porque su madre se había quedado sin leche.

Y qué fue de los niños, de la madre cuando...

Pues bien, los mataron rápidamente. De los seiscientos cincuenta que íbamos en aquel tren, las cuatro quintas partes perecieron aquella misma noche o la siguiente, enviados directamente a las cámaras de gas. En aquel escenario siniestro, en plena noche, bajo los focos, con toda esa gente que gritaba –gritaban como nunca se ha oído gritar, gritaban órdenes que no comprendíamos–, bajamos de los vagones y nos pusimos en fila, nos hicieron poner en fila. Delante de nosotros había un suboficial y un oficial –después supe que era médico, pero al principio no lo sabíamos–, y preguntaban a cada uno si podía trabajar o no. Me dirigí a mi vecino, era un amigo, un muchacho de Padua mayor que yo y en mal estado de salud, y le dije: yo pienso decir que puedo trabajar. Y él me contestó: haz lo que quieras, a mí me da igual. Ya había abandonado toda esperanza. De hecho, se declaró incapacitado y no entró en el campo. No volví a verle nunca más, como a ninguno de los otros, por lo demás.

¿Cómo era el trabajo allí, en Auschwitz?

He de aclarar, como sin duda ya sabe, que en Auschwitz no había un solo campo sino muchos, y algunos habían sido construidos siguiendo un proyecto, anexos a una fábrica o una mina. El campo de Birkenau, por ejemplo, estaba dividido en gran número de equipos que trabajaban en varias minas, incluso en fábricas de armas. Mi campo, en el que había diez mil prisioneros, era Monowitz y formaba parte de una fábrica que pertenecía a I.G. Farben Industrie, un enorme conglomerado químico, posteriormente desmantelado. Teníamos que construir una nueva fábrica de productos químicos, que tendría cerca de seis kilómetros cuadrados. La obra estaba bastante avanzada y todos trabajábamos en ella; también trabajaban allí prisioneros de guerra ingleses, presos franceses, rusos e incluso alemanes. Por supuesto, también había polacos libres y voluntarios, hasta había voluntarios italianos. En total, aproximadamente cuarenta mil individuos, de los que nosotros, los diez mil, éramos el nivel más bajo, el último peldaño. El Lager de Monowitz, formado casi exclusivamente por judíos, debía suministrar la mano de obra no calificada. A pesar de todo, debido a que la mano de obra especializada escaseaba en Alemania, y como los hombres se habían marchado al frente, a partir de un determinado momento buscaron entre nosotros –los teóricamente no calificados y esclavos– a especialistas, empezaron a buscar a quienes... desde el primer día, desde el día de nuestro ingreso en el campo se produjo una especie de búsqueda por analogía: a todos nos preguntaron qué edad teníamos, qué diplomas, qué oficio. Fue entonces cuando tuve mi primera oportunidad ya que me presenté como químico, sin saber que sería enviado a una fábrica de productos químicos; y mucho después aquello me valió un pequeño beneficio, porque durante los dos últimos meses trabajé en un laboratorio.

¿Cómo era la comida?

Pues bien, la comida era el problema número uno. No estoy de acuerdo con quienes describen la sopa y el pan de Auschwitz como infectos; en lo que a mí respecta, tenía tanta hambre que los encontraba buenos y la comida nunca me pareció asquerosa, ni siquiera el primer día. Era miserable, nos daban raciones mínimas, el equivalente de 1.600-1.700 calorías por día; teóricamente, porque en el trayecto había ladrones y, por tanto, las raciones que llegaban hasta nosotros eran inferiores al umbral teórico; digamos que aquello era el racionamiento oficial. Usted sabe que actualmente 1.600 calorías bastan para un hombre poco corpulento y que con eso puede vivir, pero sin trabajar y si permanece echado, mientras que nosotros debíamos trabajar y, además, hacerlo con frío y realizar labores pesadas; en estas condiciones, la ración de 1.600 calorías era una muerte lenta por desnutrición. Después he leído los cálculos que hacían los alemanes. Calculaban que a un prisionero sometido a estas condiciones que sacara recursos del estado en que se hallaba antes de su internamiento, este tipo de alimentación le permitiría resistir de dos a tres meses.

¿Pero era posible adaptarse a todo en los campos de concentración?

Su pregunta es extraña. El que se adapta a todo es el que sobrevive; pero la mayoría no se adaptaba a todo y moría. Moría por no saber adaptarse incluso a cosas que hoy nos resultan banales, al calzado, por ejemplo. Nos lanzaban un par de zapatos, bueno, en realidad no era un par de zapatos, eran dos zapatos desparejados, uno tenía tacón y el otro no; había que tener una constitución de atleta para aprender a caminar de este modo. Un zapato era muy pequeño y el otro muy grande. Había que dedicarse a hacer complicados intercambios, y si se tenía suerte podía conseguirse un par casi a juego y había que conformarse. La mayor parte del tiempo los zapatos hacían heridas en los pies, y quien tenía pies delicados acababa contrayendo una infección. A mí también me toco vivirlo, todavía tengo las cicatrices. Milagrosamente mis heridas sanaron por sí solas, a pesar de que no falté un solo día al trabajo. Quien era sensible a las infecciones moría debido a sus zapatos, por culpa de las llagas de los pies infectadas que no sanaban. Los pies se hinchaban, y cuanto más hinchados estaban más apretaban los zapatos, y la gente acababa teniendo que ir al hospital, pero no los dejaban ingresar ya que los pies hinchados no eran una enfermedad. Era un mal tan generalizado que quien tenía los pies hinchados iba directamente a la cámara de gas.

Parece que hoy iremos a comer a un restaurante de Auschwitz.

Sí, es casi cómico. ¡Un restaurante en Auschwitz! No sé, la verdad, no creo que coma; para mí es como una profanación, una cosa absurda. Por otra parte, hay que decirse que Auschwitz –Oswiecim en polaco– era y es todavía una ciudad donde hay restaurantes, cines y probablemente también un bar nocturno, como probablemente en toda Polonia; hay escuelas, hay niños. Hoy como ayer, paralelamente a este Auschwitz hay, cómo decir, un concepto: Auschwitz es el Lager. Pero en aquella época también existía un Auschwitz civil.

Al abandonar Auschwitz, el primer contacto con la población polaca...

La gente desconfiaba. Los polacos habían pasado de una ocupación a otra, de una ocupación feroz, la alemana, a otra menos feroz, quizá más primitiva, la de los rusos. Pero desconfiaban de todo el mundo, incluso de nosotros. Éramos extranjeros, auténticos forasteros, no nos comprendían, llevábamos puesto un uniforme, el uniforme de los presidiarios, era eso lo que los aterraba. Se negaban a dirigirnos la palabra, y sólo algunos, realmente muy pocos, se apiadaron de nosotros; con ellos acabamos comprendiéndonos. Es muy importante la comprensión mutua. Entre el hombre que puede hacerse comprender y el hombre que no puede hacerse comprender hay un abismo: uno se salvará, el otro no. También esto es fruto de la experiencia del Lager: la fundamental experiencia de la importancia de comprender y ser comprendido.

¿El problema, para los italianos, era la lengua?

Para los italianos era una de las principales causas de mortalidad, comparado con otros grupos. Para los italianos y los griegos. La mayoría de los italianos como yo murieron en los primeros días por no poder comprender. No comprendían las órdenes, y no había ninguna clase de tolerancia para quienes no las comprendían; había que comprender la orden: nos gritaban, nos la repetían una sola vez y ya está, después arreciaban los golpes. Ellos no comprendían cuando nos anunciaban que podíamos cambiar de zapatos, no comprendían que una vez por semana nos llamaban para afeitarnos la barba; siempre llegaban de últimos, siempre tarde. Cuando necesitaban algo, algo que fuera posible expresar, incluso algo que hubiesen podido obtener, no lograban expresarlo y se reían de ellos; aquello era el hundimiento total, también desde un punto de vista moral. A mi modo de ver, entre las primeras causas de tantos naufragios en el Campo, la lengua, el lenguaje encabezaba la lista.

Hace unos momentos hemos dejado atrás una estación de tren que menciona en su libro La tregua.

Trzebinia. Sí, era una estación fronteriza, situada entre Katowice y Cracovia, y en ella se detuvo el tren. Era un tren que se detenía todo el tiempo, nos costó tres o cuatro días recorrer ciento cincuenta kilómetros. Se detuvo y yo me bajé. Por primera vez me encontré cara a cara con un polaco, un civil; era un abogado, y fue posible entendernos porque hablaba alemán y también francés. Yo no sabía polaco y, la verdad, sigo sin saberlo. Así que me preguntó de dónde venía y le conté que venía de Auschwitz, que por eso llevaba un uniforme, porque todavía llevaba el uniforme a rayas. Me preguntó: ¿por qué? Le dije que yo era un judío italiano. Él iba traduciendo mis respuestas a un grupo de curiosos que se había congregado a su alrededor, eran campesinos polacos, obreros que iban de camino al trabajo, era casi de día, si mal no recuerdo. Como decía, yo no sabía polaco, pero sí lo suficiente para comprender lo que traducía... Había transformado mi respuesta. Yo había dicho: "soy un judío italiano", y él había traducido "es un prisionero político italiano". Entonces le dije en francés, para corregirle: "no soy..., también soy un prisionero político, pero fui deportado a Auschwitz por ser judío, no como prisionero político". Pero él me contestó precipitadamente y en francés que, por mi bien, mejor valía dejarlo de ese tamaño, porque Polonia es un triste país.

Estamos a punto de volver a nuestro hotel de Cracovia. Para usted, ¿qué representó el Holocausto para el pueblo judío?

No fue algo novedoso, antes hubo otros. Entre paréntesis, nunca me ha gustado la palabra "Holocausto". No me parece un término apropiado, es retórico y, sobre todo, erróneo. Representó un punto de no retorno en términos de proporciones, sobre todo de recursos, porque por primera vez en tiempos recientes el antisemitismo se convirtió en un proyecto planificado, organizado a nivel de Estado, no por influjo de un consenso tácito, como había ocurrido en la Rusia de los zares; esto, en cambio, era un acto de voluntad. No había escapatoria posible, toda Europa se convirtió en una enorme trampa, esto fue lo novedoso y lo que determinó para los judíos un profundo cambio, no solamente en Europa sino también para la comunidad judía en Estados Unidos y para los judíos del mundo entero.

¿Piensa usted que otro Auschwitz, otra masacre como la perpetrada hace cuarenta años, es imposible que se vuelva a producir?

En Europa no lo creo posible por razones, como decir, de inmunidad. Se ha producido una especie de inmunización; esta es la razón por la que sería difícil asistir al renacimiento de algo parecido por mucho tiempo... en algunas décadas, pongamos, cincuenta o cien años, Alemania podría conocer un resurgimiento del nazismo parecido al anterior, y en Italia aparecería un fascismo como el de antes. Sin embargo, pienso que no será posible en Europa; también pienso que en otros países se está gestando el deseo de un nuevo Auschwitz, simplemente les faltan los recursos.

¿La idea no ha muerto?

Ciertamente no ha muerto la idea, porque nada muere definitivamente. Todo reaparece bajo nuevas formas, pero nada muere por completo.

¿Pero las formas sí cambian?

Las formas cambian, sí; las formas son importantes.

¿Piensa usted que es posible lograr el aniquilamiento de la humanidad del hombre?

¡Desde luego que sí! ¡Y de qué manera! Me atrevería incluso a decir que lo característico del Lager nazi –no sabría decir en el caso de los otros porque no los conozco, quizás los campos rusos son distintos– es la reducción a la nada de la personalidad del hombre, tanto interiormente como exteriormente, y no sólo la del prisionero sino también la del guarda del Lager, él también pierde su humanidad; sus rutas divergen, pero el resultado es el mismo. Pienso que son pocos los que tuvieron la suerte de no perder su conciencia durante la reclusión; algunos tomaron conciencia de su experiencia a posteriori, pero mientras la vivían no eran conscientes. Muchos la olvidaron, no la registraron en su mente, nada se imprimió en la cinta de su memoria, diría yo. Sí, todos sufrían substancialmente una profunda modificación de su personalidad, sobre todo una atenuación de la sensibilidad en lo relacionado con los recuerdos del hogar, la memoria familiar; todo eso pasaba a un segundo plano ante las necesidades imperiosas, el hambre, la necesidad de defenderse del frío, defenderse de los golpes, resistir a la fatiga. Todo ello propiciaba condiciones que pueden calificarse de animales, como las de bestias de carga. Es interesante observar cómo esas condiciones animales se reflejaban en el lenguaje. En alemán hay dos verbos para "comer": el primero es "essen", que designa el acto de comer en el hombre, y está "fressen", que designa el acto en el animal. Se dice de un caballo que "frisst" y no que "isst"; un caballo zampa, en suma, un gato también. En el Lager, sin que nadie lo decidiera, el verbo para comer era "fressen" y no "essen", como si la percepción de una regresión a la condición de animal se hubiera extendido entre todos nosotros.

Ha concluido el periplo de su segundo regreso a Auschwitz. ¿Qué cosas le vienen a la mente?

Muchas, en realidad. Sobre todo una: me incomoda que los polacos, el gobierno polaco, se hayan apoderado de Auschwitz, que lo hayan convertido en el lugar del martirio de la nación polaca. En verdad eso fue cierto, al menos durante los primeros años, en 1941 y 1942. Pero después de esa fecha, con la apertura del Lager de Birkenau, y sobre todo cuando entraron en funcionamiento las cámaras de gas y los hornos crematorios, se convirtió ante todo en el instrumento de la destrucción del pueblo judío. Nadie puede negar esto. Hemos podido verlo: hay también el bloque-museo de los judíos, los italianos, los franceses, los holandeses, etc. Pero hay en Auschwitz este hecho capital: que la gran mayoría de las víctimas fueron judíos, una parte sólo de las cuales eran judíos polacos. No es que se niegue esta realidad, sino que apenas es evocada.

¿No le parece que los otros, los hombres, hoy en día quieren olvidar Auschwitz cuanto antes?

Hay indicios que permiten pensar que quieren olvidar o algo peor: negar. Es muy significativo: quien niega Auschwitz es precisamente quien estaría dispuesto a volver a hacerlo.


Marco Belpoti
Letras Libres nº 48, septiembre 2005








2248. Si esto es un hombre



Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.


Primo Levi, Si esto es un hombre, 1947
Superviviente de Auschwitz










1803. Satanás no es necesario



La experiencia que hemos sufrido los sobrevivientes de los Lager nazis es ya una cosa ajena a las nuevas generaciones de Occidente, y se va haciendo cada vez más ajena a medida que pasan los años. Para los jóvenes de las décadas de los cincuenta y sesenta se trataba de cosas de sus padres: se hablaba de ellas en familia, los recuerdos tenían todavía la frescura de las cosas vistas. Para los jóvenes de esta década de los ochenta son ya cosas de sus abuelos: lejanas, desdibujadas, «históricas». Están asaltados por los problemas de hoy, que son distintos, urgentes: la amenaza nuclear, el desempleo, el agotamiento de los recursos, la explosión demográfica, la renovación tecnológica que es frenética y a la que es necesario adaptarse. La configuración del mundo ha cambiado profundamente. Europa no es ya el centro del planeta. Los imperios coloniales han cedido a la presión de los pueblos de Asia y de África, sedientos de independencia, y se han disuelto, no sin tragedia y luchas entre las nuevas naciones. Alemania, partida en dos indefinidamente, se ha hecho «respetable» y de hecho dirige los destinos de Europa. Continúa la diarquía Estados Unidos-Unión Soviética, nacida en la Segunda Guerra Mundial; pero las ideologías que rigen los gobiernos de los dos únicos vencedores del último conflicto han perdido mucho de su credibilidad y de su esplendor. Una generación escéptica se asoma a la edad adulta, privada no de ideales, sino de certidumbres, y aún más, sin confianza en las grandes verdades que le han sido reveladas; dispuesta, por el contrario, a aceptar las pequeñas verdades, cambiables de mes en mes bajo la oleada frenética de las modas culturales, manipuladas o salvajes.

Para nosotros, hablar con los jóvenes es cada vez más difícil. Lo sentimos como un deber y a la vez como un riesgo: el riesgo de resultar anacrónicos, de no ser escuchados. Tenemos que ser escuchados: por encima de toda nuestra experiencia individual hemos sido colectivamente testigos de un acontecimiento fundamental e inesperado, fundamental precisamente porque ha sido inesperado, no previsto por nadie. Ha ocurrido contra las previsiones; ha ocurrido en Europa; increíblemente, ha ocurrido que un pueblo entero civilizado, apenas salido del ferviente florecimiento cultural de Weimar, siguiese a un histrión cuya figura hoy mueve a risa; y, sin embargo, Adolfo Hitler ha sido obedecido y alabado hasta su catástrofe. Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder: esto es la esencia de lo que tenemos que decir. 

Puede ocurrir, y en cualquier parte. No intento, ni podría, decir lo que va a suceder; como he dicho antes, es poco probable que se den de nuevo y simultáneamente, todos los factores que desencadenaron la locura nazi, pero se están perfilando algunos signos precursores. La violencia, «útil» o «inútil», está delante de nuestros ojos: serpentea, en hechos aislados y privados, o como ilegalidad del Estado, en los mundos que suelen llamarse Primero y Segundo, es decir, en las democracias parlamentarias y en los países de la zona comunista. En el Tercer Mundo es endémica o epidémica. Espera sólo a un nuevo histrión (y no faltan los candidatos) que la organice, la legalice, la declare necesaria y obligada e infecte el mundo. Pocos son los países que pueden garantizar su inmunidad a una futura marea de violencia, engendrada por la intolerancia, por la libido de poder, por razones económicas, por el fanatismo religioso o político, por los conflictos raciales. Es necesario, por consiguiente, afinar nuestros sentidos, desconfiar de los profetas, de los encantadores, de quienes dicen y escriben «grandes palabras» que no se apoyen en buenas razones.

Se ha hecho la obscena afirmación de que hace falta una guerra: que el género humano no puede subsistir sin guerras. Se ha dicho también que las guerras localizadas, la violencia en las calles, en los estadios, en las fábricas, son un equivalente de la guerra generalizada y que nos preservan de ella, como el «pequeño mal», su equivalente epiléptico, preserva del mal mayor. Se ha hecho la observación de que en Europa nunca han pasado cuarenta años sin una guerra: una paz europea tan larga sería, pues, una anomalía histórica. 

Son argumentos capciosos y sospechosos. Satanás no es necesario: no tenemos ninguna necesidad de guerras ni de violencias, en ningún caso. No hay problemas que no puedan resolverse alrededor de una mesa siempre que haya buena voluntad y confianza mutua: o también miedo mutuo, como parece demostrar la interminable situación actual de estancamiento, en la que las grandes potencias se contemplan con cara cordial o amenazadora, pero les tiene sin cuidado desencadenar (o dejar que se desencadenen) sangrientas guerras entre sus «protegidos», mandando armas sofisticadas, espías, mercenarios o consejeros militares, en lugar de árbitros de paz. 

Tampoco puede aceptarse la teoría de la violencia preventiva: de la violencia sólo nace la violencia, en un movimiento pendular que va ampliándose con el tiempo en lugar de disminuir. Efectivamente, hay muchas señales que hacen pensar en una genealogía de la violencia actual que, precisamente, se deriva de aquella que dominaba la Alemania de Hitler. Es verdad que antes ya existía, en el pasado remoto y reciente; pero en medio de la insensata carnicería de la Primera Guerra Mundial sobrevivían los rasgos de un respeto recíproco entre los contendientes, una huella de humanidad para con los prisioneros de guerra y los ciudadanos inermes, una tendencia al respeto de las alianzas: un creyente diría que «cierto temor de Dios». El adversario no era ni un demonio ni un gusano. Después del Gott mit uns nazi, todo ha cambiado. A los bombardeos aéreos terroristas de Goring han contestado los bombardeos «a tappeto» de los aliados. La destrucción de un pueblo o de una cultura se ha mostrado como posible, y deseable, en sí misma o como instrumento de dominio. El aprovechamiento masivo de la mano de obra esclava había sido aprendido por Hitler en la escuela de Stalin, pero ha vuelto a la Unión Soviética multiplicado al final de la guerra. La fuga de cerebros de Alemania e Italia, junto con el temor a una superación por parte de los científicos nazis, ha engendrado las bombas nucleares. Los judíos sobrevivientes desesperados, huyendo de Europa después del gran naufragio, han creado en el seno del mundo árabe una isla de civilización occidental, una portentosa palingénesis del judaísmo, y el pretexto para la renovación del odio. Después de la derrota, la silenciosa diáspora nazi ha enseñado las artes de la persecución y de la tortura a los militares y a los políticos de una docena de países a orillas del Mediterráneo, del Atlántico y del Pacífico. Muchos tiranos modernos tienen en el cajón de su mesa Mein Kampf, de Adolfo Hitler: tal vez con alguna rectificación, o con alguna sustitución de los nombres, todavía puede ser útil.

El ejemplo hitleriano ha demostrado en qué medida puede ser devastadora una guerra desarrollada en la era industrial, aun sin recurrir a las armas nucleares; en los últimos veinte años, la desgraciada empresa vietnamita, el conflicto de las islas Malvinas, la guerra de Irán-Irak y los sucesos de Camboya y de Afganistán son una confirmación de ello. Pero también ha demostrado (aunque no a la manera rigurosa de una operación matemática) que, por lo menos algunas veces, las culpas históricas se pagan; los poderosos del Tercer Reich han terminado en la horca o en el suicidio; el país alemán ha sufrido una bíblica «matanza de los primogénitos» que ha diezmado una generación y puesto fin al secular orgullo germánico. No es absurdo asumir que si el nazismo no se hubiese mostrado desde el principio tan despiadado, no se hubiese formado la alianza entre sus adversarios, o se hubiera roto antes del final del conflicto. La guerra mundial que quisieron los nazis y los japoneses fue una guerra suicida: y todas las guerras deberían ser, por lo mismo, temidas.

A los estereotipos que he enumerado en el capítulo séptimo querría, para terminar, añadir otro. Los jóvenes suelen preguntarnos, con mayor frecuencia y más insistencia a medida que pasa el tiempo, quiénes eran, de qué pasta estaban hechos nuestros «esbirros». La palabra se refiere a nuestros ex guardianes, a los SS, y a mi entender no es apropiada: hace pensar en individuos retorcidos, mal nacidos, sádicos, marcados por un vicio de origen. Y , en lugar de ello, estaban hechos de nuestra misma pasta, eran seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones, no eran monstruos, tenían nuestro mismo rostro, pero habían sido mal educados. Eran, en su mayoría, gente gregaria y funcionarios vulgares y diligentes: algunos fanáticamente persuadidos por la palabra nazi, muchos indiferentes, o temerosos del castigo, o deseosos de hacer carrera, o demasiado obedientes. Todos habían sufrido la aterradora deseducación suministrada e impuesta desde la escuela como habían querido Hitler y sus colaboradores, completada después por el Drill de las SS. Muchos se habían alistado en esa milicia por el prestigio que confería, por su omnipotencia o también, sólo, para escapar a dificultades familiares. Algunos, poquísimos en verdad, se arrepintieron, pidieron ser transferidos al frente, proporcionaron cautas ayudas a los prisioneros, o eligieron el suicidio. Debe quedar bien en claro que responsables, en grado menor o mayor; fueron todos, pero que detrás de su responsabilidad está la de la gran mayoría de los alemanes, que al principio aceptaron, por pereza mental, por cálculo miope, por estupidez, por orgullo nacional, las «grandes palabras» del cabo Hitler, lo siguieron mientras la fortuna y la falta de escrúpulos lo favoreció, fueron arrollados por su caída, se afligieron por los lutos, la miseria y el remordimiento, y fueron rehabilitados pocos años más tarde por un juego político vergonzoso.


Primo Levi
Trilogía de Auschwitz (Los hundidos y los salvados)







1281. Auschwitz, 27 de Enero de 1945




El 27 de enero de 1945 el Ejército soviético abría las puertas del infierno en Auschwitz II-Birkenau. Cerca de 7.000 prisioneros, más de 600 menores, recuperaban la libertad tras sobrevivir al horror. 

Transcribimos los recuerdos de Primo Levi, prisionero de Auschwitz, el día de la liberación.


La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en divisarla: estábamos llevando a la fosa común el cadáver de Sómogyi, el primer muerto de nuestros compañeros de habitación. Volcamos la camilla sobre la nieve sucia, porque la fosa estaba llena ya y no había otra sepultura: Charles se quitó el gorro, saludando a los vivos y los muertos.

Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos.

Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales, suspendidos (la carretera estaba más en alto que el campo) sobre sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo, inmóviles bajo las oleadas de viento húmedo y amenazador del deshielo.

Nos parecía, y era así, que la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido, un núcleo de condensación: cuatro hombres armados, pero no armados contra nosotros; cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles.

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Así, la hora de la libertad sonó para nosotros grave y difícil, y nos llenó el ánimo a la vez de gozo y de un doloroso sentimiento de pudor que nos movía a querer lavar nuestras conciencias y nuestras memorias de la suciedad que había en ellas: y de pena, porque sentíamos que aquello no podía suceder; que nunca ya podría suceder nada tan bueno y tan puro como borrar nuestro pasado, y que las señales de las ofensas se quedarían en nosotros para siempre, en los recuerdos de quienes las vivieron, y en los lugares donde sucedieron, y en los relatos que haríamos de ellas. Pues —y éste es el terrible privilegio de nuestra generación y de mi pueblo— nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abyectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras, contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.

Estas cosas, confusas entonces, y advertidas por la mayoría sólo como una súbita oleada de cansancio moral, acompañaron nuestro gozo por ser liberados. Por ello, pocos de nosotros corrimos al encuentro de los salvadores, pocos caímos de rodillas. Charles y yo nos quedamos en pie junto al hoyo desbordante de miembros lívidos mientras los demás tiraban las alambradas; luego volvimos con la camilla vacía a llevar la noticia a nuestros compañeros.

Durante el resto del día no sucedió nada, cosa que no nos sorprendió y a la que estábamos acostumbrados hacía mucho tiempo. En nuestra habitación la litera del muerto Sómogyi fue ocupada inmediatamente por el viejo Thylle, ante la visible repulsión de mis dos amigos franceses.

Thylle, por lo que yo sabía entonces, era un «triángulo rojo», un prisionero político alemán, y era uno de los ancianos del Lager; como tal había pertenecido por derecho propio  la aristocracia del campo, no había trabajado manualmente (al menos en los últimos años) y había recibido alimentos y ropas de su casa. Por estas razones, los «políticos» alemanes eran raramente huéspedes de la enfermería, en donde por otra parte gozaban de varios privilegios: el primero de ellos, el de escapar a las selecciones. Como en el momento de la liberación era él el único, había sido investido por los SS que huían, del cargo de jefe de barracón del Block 20, del que formaban parte, también, además de nuestra sala de enfermos altamente contagiosos, la sección de TBC y la sección de disentería.

Como era alemán, se había tomado muy en serio aquel precario nombramiento. Durante los diez días que mediaron entre la partida de los alemanes y la llegada de los rusos, mientras cada uno libraba su última batalla contra el hambre, el hielo y la enfermedad, Thylle había hecho diligentes inspecciones de su recientísimo feudo, controlando el estado de los suelos y de las escudillas y el número de las mantas (una por huésped, vivo o muerto). En una de sus visitas a nuestra habitación había hasta elogiado a Arthur por el orden y la limpieza que había sabido mantener; Arthur, que no entendía alemán, y mucho menos el dialecto sajón de Thylle, le había contestado «viejo asqueroso» y «puta de los boches»; a pesar de ello Thylle, desde aquel día en adelante, con evidente abuso de autoridad, había cogido la costumbre de venirse todas las tardes a nuestra habitación para servirse del cómodo retrete que teníamos instalado allí, el único en todo el campo que se limpiaba regularmente, y el único situado en la proximidad de una estufa.

Hasta aquel día el viejo Thylle había sido para mí un extraño, y por ello un enemigo; además, un poderoso, y por ello un enemigo peligroso. Para la gente como yo, es decir, para la mayoría del Lager, no había más matices: durante el larguísimo año transcurrido en el Lager yo no había tenido ni curiosidad ni ocasión de indagar en las complejas estructuras de la jerarquía del campo. El tenebroso edificio de los poderosos malvados estaba por encima de nosotros, y nosotros mirábamos al suelo. Y sin embargo fue este Thylle, viejo militante endurecido por cien luchas por su partido y dentro de su partido, y petrificado por diez años de vida feroz y ambigua en el Lager, el compañero y el confidente de mi primera noche de libertad.

Durante todo el día habíamos tenido demasiado que hacer para tener tiempo de comentar el acontecimiento que, sin embargo, sentíamos marcaba el punto crucial de toda nuestra vida; y tal vez inconscientemente lo habíamos buscado, el quehacer, precisamente con el fin de no tener tiempo, porque frente a la libertad nos sentíamos desvanecidos, vacíos, atrofiados, incapaces de desempeñar nuestro papel.

Pero llegó la noche, los compañeros enfermos se durmieron, también Charles y Arthur se quedaron dormidos con el sueño de la inocencia, porque estaban en el Lager hacía solamente un mes y todavía no habían absorbido todo su veneno: solo yo, aunque agotado, no podía dormirme, por el mismo cansancio y por la enfermedad. Tenía doloridos todos los miembros, la sangre me golpeaba convulsamente en la cabeza, y me sentía invadido por la fiebre. Pero no era eso sólo: como si hubiese caído un dique, precisamente en aquel momento en que todas las amenazas parecían desaparecer, en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo y más vasto, antes sepultado y relegado fuera de los límites de la conciencia por otros dolores más urgentes: era el dolor del exilio, de la casa lejana, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres que había a mi alrededor.

Durante el año que había estado en Buna había visto desaparecer a las cuatro quintas partes de mis compañeros, pero no había sentido nunca la presencia concreta, el asedio de la muerte, su hálito sórdido a un paso, al otro lado de la ventana, en la litera de al lado, en mis propias venas. Yacía, así, en un duermevela enfermo y lleno de pensamientos funestos.

Pero pronto me di cuenta de que alguien más velaba. A la respiración pesada de los durmientes se sobreponía a ratos una inhalación ronca e irregular, interrumpida por golpes de tos y por gemidos y suspiros sofocados. Thylle lloraba, con fatigoso y desvergonzado llanto de viejo, insoportable como la desnudez senil. Tal vez se dio cuenta, en la oscuridad, de algún movimiento mío; y la soledad que hasta aquel día ambos, por diversos motivos, habíamos buscado, debía de pesarle tanto como a mí, porque en mitad de la noche me preguntó: «¿Estás despierto?», y sin esperar respuesta se encaramó con gran trabajo hasta mi litera, y se sentó autoritario junto a mí. No era fácil entenderse con él; no sólo por motivos de idioma sino también porque los pensamientos que teníamos en el pecho durante aquella larga noche eran desmesurados, maravillosos y terribles, pero sobre todo confusos. Le dije que sentía nostalgia; y él, que había dejado de llorar, «¡diez años!», me dijo, «¡diez años!»: y después de diez años de silencio, con un hilo de voz estridente, grotesco y solemne a un tiempo, se puso a cantar la Internacional dejándome turbado, desconfiado y conmovido.

La mañana nos trajo las primeras señales de libertad. Llegaron (evidentemente mandados por los rusos) una veintena de civiles polacos, hombres y mujeres, que con escasísimo entusiasmo empezaron a moverse para poner orden y limpieza entre los barracones y llevarse los cadáveres. Hacia mediodía llegó un niño asustado que arrastraba una vaca por el cabezal: nos dio a entender que era para nosotros y que nos la mandaban los rusos, luego abandonó el animal y salió huyendo como quien lleva el diablo. Imposible decir cómo el pobre animal fue muerto en pocos minutos, vaciadas sus entrañas, descuartizado, y cómo sus despojos se esparcieron por todos los rincones del campo donde anidaban los supervivientes.

A partir del día siguiente vimos dar vueltas por el campo a más muchachas polacas, pálidas de compasión y de asco: limpiaban a los enfermos y les curaban las heridas lo mejor que podían. También encendieron una hoguera enorme en medio del campo, que alimentaban con los pedazos de los barracones derrumbados, y sobre la que hacían una sopa en recipientes improvisados. Por fin, al tercer día se vio entrar en el campo una carreta de cuatro ruedas guiada festivamente por Yankel, un Häftling: era un joven judío ruso, puede que el único ruso entre los supervivientes y, como tal, se había encontrado naturalmente revestido de la función de intérprete y de oficial de enlace con los mandos soviéticos. Entre sonoros trallazos anunció que estaba encargado de llevar al Lager central de Auschwitz —transformado en un hospital gigante— a todos los que quedábamos vivos, en grupos pequeños de treinta o cuarenta al día, empezando por los enfermos más graves.

Mientras tanto había empezado el deshielo que temíamos hacía tantos días y a medida que la nieve iba desapareciendo el campo se convertía en una sucia ciénaga. Los cadáveres y las inmundicias hacían irrespirable el aire nebuloso y blando. Y la muerte no había dejado de atacar: morían a decenas los enfermos en sus literas frías, y morían acá y allá, por las carreteras fangosas, como fulminados, los supervivientes más ávidos que, siguiendo ciegamente los impulsos imperiosos de nuestra antigua hambre, se habían atracado con las raciones de carne que los rusos, que seguían enzarzados en combate en frentes no lejanos, nos hacían llegar al campo irregularmente: unas veces poco, otras nada, otras en una abundancia disparatada.

Pero de todo cuanto ocurría a mi alrededor yo no me daba cuenta más que de manera intermitente y confusa. Parecía que el cansancio y la enfermedad como bestias feroces y viles, hubiesen estado en acecho al momento en que me despojaba de toda defensa para echárseme encima. Yacía en un torpor febril, consciente sólo a medias, fraternalmente asistido por Charles, atormentado por la sed y por agudos dolores en las articulaciones. No había médicos ni medicinas. Me dolía también la garganta y tenía media cara hinchada: la piel se me había puesto roja y rugosa, y me ardía como si me hubiese quemado; tal vez sufría de muchas enfermedades a la vez. Cuando me llegó la hora de subir a la carreta de Yankel ya no podía tenerme en pie.

Me alzaron al carro Charles y Arthur, junto con una carga de moribundos de los que no me sentía muy distinto. Lloviznaba, y el cielo estaba bajo y oscuro. Mientras el lento paso de los caballos de Yankel me arrastraba hacia la lejanísima libertad, desfilaron por última vez ante mis ojos los barracones donde había sufrido y había madurado, la plaza de la Lista en la que se erguían ahora, una cosa al lado de la otra, la horca y un gigantesco árbol de Navidad, y la puerta de la esclavitud sobre la que, ya inútiles, se leían aún las tres palabras sarcásticas: «Arbeit Macht Frei», «El trabajo nos hace libres».


Primo Levi
"La Tregua" - Capítulo I "El deshielo"








853. Los hundidos y los salvados



Since then, at an uncertain hour,
That agony returns:
And till my ghastly tale is told
This heart within me burns.
-S. T. Coleridge, The Rime of the Anciente Mariner -


Las primeras noticias sobre los campos nazis de exterminio empezaron a difundirse en el año crucial de 1942. Eran noticias vagas, pero acordes entre sí: perfilaban una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados, que la gente tendía a rechazarla por su misma enormidad. Es significativo que ese rechazo hubiese sido confiadamente previsto por los propios culpables; muchos sobrevivientes (entre otros, Simon Wiesenthal en las últimas páginas de Gli assassini sono fra noi, Garzanti, Milán, 1970) recuerdan que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: "De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos; dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba".

Es curioso que esa misma idea ("aunque lo contásemos, no nos creerían") aflorara, en forma de sueño nocturno, de la desesperación de los prisioneros. Casi todos los liberados, de viva voz o en sus memorias escritas, recuerdan un sueño recurrente que los acosaba durante las noches de prisión y que, aunque variara en los detalles, era en esencia el mismo: haber vuelto a casa, estar contando con apasionamiento y alivio los sufrimientos pasados a una persona querida, y no ser creídos, ni siquiera escuchados. En la variante más típica (y más cruel), el interlocutor se daba la vuelta y se alejaba en silencio. Es éste un tema sobre el cual volveremos, pero es importante subrayar ya cómo ambas partes, las víctimas y los opresores, se daban cuenta de la enormidad y, por consiguiente, de lo imposible que sería darle credibilidad a lo que estaba sucediendo en los Lager : y, podemos añadir aquí que, no sólo en los Lager sino también en los guetos, en la retaguardia del frente oriental, en los cuarteles de la policía, en los asilos de deficientes mentales.

Por fortuna, las cosas no han sucedido como temían las víctimas y los nazis esperaban. Hasta la más perfecta de las organizaciones tiene algún defecto, y la Alemania de Hitler, sobre todo en los meses anteriores a su derrumbamiento, estaba lejos de ser una máquina perfecta. Muchas de las pruebas materiales de los exterminios masivos fueron destruidas, o se intentó destruirlas más o menos hábilmente: en el otoño de 1944 los nazis hicieron saltar las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz pero sus ruinas subsisten todavía y, a pesar de los malabarismos de sus epígonos, es difícil explicar su finalidad recurriendo a hipótesis fantasiosas. El gueto de Varsovia, tras la famosa insurrección de la primavera de 1943, fue arrasado, pero el celo sobrehumano de algunos combatientes-historiadores (historiadores de sí mismos) logró que, entre los escombros de muchos metros de espesor o escondidos detrás de los muros, otros historiadores encontrasen los testimonios de cómo, día a día, en aquel gueto se había vivido y se había muerto.

Todos los archivos de los Lager fueron quemados durante los últimos días de la guerra. Ha sido verdaderamente una pérdida irreparable, hasta el punto de que hoy se discute todavía si los muertos fueron cuatro, seis u ocho millones pero, en cualquier caso, se trata de millones. Antes de que los nazis hubiesen recurrido a los múltiples y gigantescos crematorios, los innumerables cadáveres de las víctimas, deliberadamente asesinadas o consumidas por las privaciones y !as enfermedades, podían constituir una prueba, y tenían que ser eliminados fuera como fuera. La primera solución, tan macabra que cuesta decidirse a contarla, fue la de amontonar simplemente los cadáveres, centenares de miles de cadáveres, en grandes fosas comunes. Se hizo especialmente en Treblinka, en otros Lager menores y en la retaguardia rusa. Era una solución provisional, tomada con una despreocupación bestial cuando los ejércitos alemanes triunfaban en todos los frentes y la victoria final parecía segura: ya se vería después lo que habría que hacer, el vencedor es dueño también de la verdad, puede manipularla como quiere, ya se justificarían las fosas comunes de alguna manera. De harían desaparecer o se atribuirían a los soviéticos (que, por otra parte, en Katyn demostraron que no se quedaban atrás). Pero tras la derrota de Stalingrado lo pensaron mejor: más valía no dejar huellas. Los mismos prisioneros fueron obligados a desenterrar aquellos desdichados restos y a quemarlos en hogueras al aire libre, como si una operación de tamañas proporciones y tan poco habitual pudiese pasar desapercibida.

Los mandos de las SS y los servicios de seguridad se dedicaron, después, con el mayor esmero, a evitar que quedara testimonio alguno. Éste es el sentido (difícilmente podría pensarse en otro) de los agónicos traslados, en apariencia descabellados, con que se terminó la historia de los campos nazis en los primeros meses de 1945: los sobrevivientes de Majdanek a Auschwitz, los de Auschwitz a Buchenwald y a Mauthausen, los de Buchenwald a Bergen Belsen, las mujeres de Ravensbrück a Schwerin. En resumen, todos debían ser sustraídos a la liberación, deportados de nuevo hacia el corazón de Alemania, que estaba siendo invadida por el este y por el oeste; no importaba que muriesen por el camino, lo que importaba era que no contasen nada. En realidad, después de haber sido centros de terror político, luego fábricas de muerte y, sucesivamente (o al mismo tiempo), una ilimitada reserva de mano de obra esclava continuamente renovada, los Lager se habían hecho peligrosos para la Alemania moribunda, porque guardaban el secreto de ellos mismos, el mayor crimen cometido en la historia de la humanidad. El ejército de larvas que todavía vegetaba en ellos estaba formado por Geheimnistrâger , detentores de secretos, de los cuales era necesario librarse; destruidas ya las fábricas de exterminio, a su vez elocuentes, se decidió trasladarlos al interior, con la absurda esperanza de poder recluirlos todavía en otros Lager, menos amenazados por los frentes que se iban acercando, y de explotar su última capacidad laboral. Y con otra esperanza menos absurda: que el tormento de aquellos éxodos bíblicos redujese su número. En efecto, su número se redujo de forma pavorosa. Sin embargo, hubo alguno que tuvo la suerte y el valor de sobrevivir, y ha quedado para dar testimonio.

Es menos conocido y ha sido menos investigado el hecho de que muchos detentores de secretos se encontrasen también de la otra parte, de parte de los opresores. Aunque fuera verdad que eran muchos los que sabían poco y pocos los que sabían todo. Nadie podrá nunca determinar con precisión cuántos, dentro del aparato nazi, podían no conocer las espantosas atrocidades que se estaban cometiendo; cuántos sabían algo, pero estaban en condiciones de fingir que lo ignoraban; y cuántos hubiesen tenido la posibilidad de saberlo todo, pero eligieron la vía más prudente de tener los ojos, los oídos y sobre todo la boca bien cerrados. Como quiera que haya sido y, aunque no pueda suponerse que la mayoría de los alemanes aceptara la masacre sin inmutarse, la verdad es que la escasa difusión de la verdad sobre los Lager constituye una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán, y la demostración más clara de hasta qué grado de vileza lo había reducido el terror hitleriano. Una vileza que se había convertido en hábito, tan profunda que impedía a los maridos hablar con sus mujeres, a los padres con sus hijos. Vileza sin la cual no se habría llegado a las mayores atrocidades, y Europa y el mundo serían hoy distintos.

No hay duda de que quienes conocían la horrible verdad por ser (o haber sido) sus responsables, tenían buenas razones para callar; pero, en cuanto depositarios del secreto, ellos no siempre tenían la vida asegurada, aun cuando callasen. Lo prueba el caso de Stangl y de los demás verdugos de Treblinka que, luego de la insurrección y el desmantelamiento de aquel Lager, fueron trasladados a una de las zonas partisanas más peligrosas.

La ignorancia buscada y el miedo han acallado también muchos posibles testimonios de "civiles" sobre las infamias de los Lager. Especialmente durante los últimos años de la guerra, los Lager constituían un sistema extenso, complejo, profundamente compenetrado con la vida cotidiana del país; se ha hablado con toda razón de univers concentrationnaire , pero no era un universo cerrado. Sociedades industriales grandes y pequeñas, haciendas agrícolas, fábricas de armamentos, sacaban provecho de la mano de obra prácticamente gratuita que proporcionaban los campos. Algunas agotaban a los prisioneros sin piedad y aceptaban el principio inhumano (y estúpido también) de las SS, según el cual, un prisionero era igual a otro y, si moría de cansancio, podía ser sustituido de inmediato; unas pocas intentaban cautamente aligerar sus penas. Otras industrias, o tal vez las mismas, sacaban provecho del aprovisionamiento de los propios Lager: maderas, materiales de construcción, la tela a rayas de los uniformes de los prisioneros, las verduras desecadas para el potaje, etcétera. Los numerosos hornos crematorios habían sido proyectados, construidos, monta-dos y verificados por una empresa alemana, la Topf de Wiesbaden (que aún estaba activa a finales de 1975: construía crematorios para uso civil, y no había considerado necesario hacer cambios en su razón social). Es difícil pensar que el personal de estas empresas no se diese cuenta del significado exacto de la calidad y de la cantidad de las instalaciones que les encargaban los mandos de las SS. El mismo razonamiento puede hacerse, y se ha hecho, en lo que se refiere al suministro del veneno empleado en las cámaras de gas de Auschwítz. El producto, esencialmente ácido cianhídrico, se usaba desde hacía muchos años para desinfectar bodegas, pero el brusco aumento de la demanda a partir de 1942 no podía pasar inadvertido. Debía provocar dudas, y ciertamente las provocó, pero fueron sofocadas por el miedo, por el afán de lucro, por la ceguera y la voluntaria ignorancia ya aludida, y, en algunos casos (probablemente pocos), por la fanática obediencia nazi.

Es natural y obvio que la fuente esencial para la reconstrucción de la verdad en los campos esté constituida por las memorias de los sobrevivientes. Más allá de la conmiseración y de la indignación que suscitan, son leídas con ojos críticos. Para un verdadero conocimiento del Lager , los mismos Lager no eran un buen observatorio. En las condiciones inhumanas en que se mantenía a los prisioneros es raro que éstos pudiesen adquirir una visión de conjunto de su universo. Podía suceder, sobre todo para quienes no entendían el alemán, que los prisioneros no supiesen siquiera en qué punto de Europa se encontraba el Lager donde estaban y al que habían llegado después de un viaje agónico y tortuoso en vagones sellados. No conocían la existencia de otros Lageraunque estuviesen a pocos kilómetros de distancia de ellos. No sabían para quién trabajaban.

No entendían el significado de ciertos cambios imprevistos en las condiciones ni los traslados en masa. Rodeado por la muerte, muchas veces el deportado no estaba en condiciones de valorar la magnitud de la aniquilación que se estaba llevando a cabo ante sus ojos. El compañero que hoy trabajaba a su lado, mañana había desaparecido: podía estar en la barraca de al lado o borrado del mapa; no había posibilidad de saberlo. Se sentía, en resumen, dominado por un enorme edificio de violencia y de amenaza, pero no podía formarse una imagen de él porque tenía los ojos pegados al suelo por las vitales necesidades cotidianas de cada minuto.

Esta carencia de visión general ha condicionado los testimonios, orales o escritos, de los prisioneros "normales", de los no privilegiados, es decir, de aquellos que constituían el nervio de los campos y escaparon de la muerte sólo gracias a una combinación de sucesos fortuitos. Eran mayoría en el Lager , pero una minoría exigua entre los sobrevivientes: entre ellos son mucho más numerosos los que en la prisión gozaron de algún privilegio. Al cabo de los años, hoy se puede afirmar que !a historia de los Lager ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo. Quien lo ha hecho no ha vuelto, o su capacidad de observación estuvo paralizada por el sufrimiento y la incomprensión.

Por otra parte, los testigos "privilegiados" disponían de un observatorio ciertamente mejor, aunque sólo fuese porque estaba en una situación elevada y, por consiguiente, dominaba un horizonte más extenso, aunque también estuviese falseado, en mayor o menor medida, por el mismo privilegio. Hablar del privilegio (¡no sólo en los Lager !) es una cuestión delicada, y trataré de hacerlo con la mayor objetividad posible; aquí sólo aludiré aI hecho de que los privilegiados por excelencia, los que habían accedido al privilegio por haberse sometido a las autoridades del campo, no han testimoniado en absoluto, por motivos obvios, o bien han dejado testimonios llenos de lagunas, distorsionados o totalmente falsos. Los mejores historiadores del Lager han surgido, por consiguiente, entre los contadísimos que han tenido la habilidad y la suerte de llegar a un lugar de observación privilegiado sin someterse y la capacidad de contar lo que han visto, sufrido y hecho, con la humildad de un buen cronista, es decir, teniendo en cuenta la complejidad del fenómeno Lager , y la variedad de los destinos humanos que allí se cruzaban. Era lógico que estos historiadores hayan sido casi todos prisioneros políticos: porque los Lager eran un fenómeno político; porque los políticos, mucho más que los judíos y los criminales (éstas eran, como se sabe, las tres categorías principales de los prisioneros), podían recurrir a un fondo cultural que les permitiese interpretar los hechos que presenciaban; porque, precisamente como ex combatientes, o incluso como combatientes antifascistas, se daban cuenta de que su testimonio era un acto de guerra contra el fascismo; porque tenían un acceso más fácil a los datos estadísticos; y, en resumen, porque con frecuencia, además de ocupar puestos importantes en los Lager , pertenecían a las organizaciones secretas de la defensa. Al menos en los últimos años sus condicionamientos de vida eran tolerables, hasta el punto de permitirles, por ejemplo, escribir y conservar sus apuntes; cosa que no era imaginable que ocurriese con los judíos, y que los criminales no tenían ningún interés en hacer.

Por todas las razones aquí señaladas, la verdad sobre los Lager ha ido saliendo a la luz a través de un camino largo y de una puerta estrecha. Muchos aspectos del universo de los campos de concentración no han sido todavía examinados en profundidad. Han transcurrido ya más de cuarenta años desde la liberación de los Lagernazis; durante este respetable período han surgido impresiones contradictorias que intentaré reseñar con el fin de clarificarlas.

En primer lugar, el tiempo transcurrido ha permitido la decantación, proceso normal y deseable que otorga la perspectiva y el claroscuro sólo posibles de percibir decenios después de acaecidos los hechos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los datos cuantitativos sobre las deportaciones y sobre las matanzas nazis, en el Lager y en otras partes, no se conocían todavía. Tampoco era fácil asimilar su alcance ni sus pormenores. Apenas desde hace unos años se está comprendiendo que las matanzas nazis han sido tremendamente "ejemplares" y que, si no ocurre algo peor en los años próximos, serán recordadas como el hecho central, la mancha de este siglo.

Por otra parte, el transcurso del tiempo está provocando otros efectos históricamente negativos. La mayor parte de los testigos, de la defensa y de la acusación han desaparecido ya. Los que quedan y todavía están dispuestos a dar testimonio (superando sus remordimientos o sus heridas) tienen recuerdos cada vez más borrosos y distorsionados. Con frecuencia, sin darse ellos mismos cuenta, están influidos por noticias de las que se han enterado más tarde, por lecturas o relatos ajenos. En algunos casos, naturalmente, el olvido es simulado, pero los muchos años transcurridos lo hacen verosímil, aun en un juicio; los "no sé" o "no sabía" de muchos alemanes de hoy, ya no escandalizan. Sí escandalizaban, o debían haber escandalizado, cuando los hechos acababan de suceder.

De otra simplificación somos responsables nosotros, los sobrevivientes, o, más exactamente, aquellos sobrevivientes que han aceptado vivir su condición del modo más fácil y menos crítico. No es cierto que las ceremonias y las celebraciones, los monumentos y las banderas, sean siempre y en todas partes lamentables. Cierta dosis de retórica es tal vez indispensable para que los recuerdos duren. Que los sepulcros, las "urnas de los héroes" encienden los ánimos para lograr acciones insignes o que, al menos, conservan la memoria de las hazañas realizadas, era cierto en los tiempos de Fóscolo y sigue siéndolo hoy; pero hay que tener cuidado con las simplificaciones llevadas al extremo. Toda víctima debe ser compadecida, todo sobreviviente debe ser ayudado y compadecido, pero no siempre deben ponerse como ejemplo sus conductas. El interior del Lager era un microcosmos intrincado y estratificado, la zona "gris" de la que hablaré más adelante, la de los prisioneros que en alguna medida -tal vez persiguiendo un objetivo válido- han colaborado con las autoridades, no era despreciable sino que constituía un fenómeno de fundamental importancia para el historiador, el psicólogo y el sociólogo. No hay prisionero que no lo recuerde, y que no recuerde su estupor de entonces: las primeras amenazas, los primeros insultos, los primeros golpes no venían de las SS sino de los otros prisioneros, de "compañeros", de aquellos misteriosos personajes que, sin embargo, se vestían con la misma túnica a rayas que ellos, los recién llegados, acababan de ponerse.

Este libro quiere contribuir a aclarar algunos aspectos del fenómeno Lager que todavía están oscuros. Se propone también un fin más ambicioso; querría responder a la pregunta más apremiante, a la pregunta que angustia a todos aquellos que han tenido ocasión de leer nuestros relatos: ¿hasta qué punto ha muerto y no volverá el mundo del campo de concentración, así como han muerto la esclavitud o el código de los duelos? ¿Hasta qué punto ha vuelto o está volviendo? ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para que en este mundo preñado de amenazas, ésta, al menos, desaparezca?

No ha sido mi intención ni habría sido yo capaz de escribir una obra de historiador, es decir, de examinar exhaustivamente las fuentes. Me he limitado casi con exclusividad a los Lager nacionalsocialistas, porque son sólo éstos los que he conocido por experiencia propia. También he tenido sobre ellos una copiosa experiencia indirecta, a través de libros leídos, relatos escuchados y encuentros con lectores de mis dos primeros libros. Además, hasta el momento en que escribo y, no obstante el horror de Hiroshima y Nagasaki, la vergüenza de los Gulag, la inútil y sangrienta campaña de Vietnam, el autogenocidio de Camboya, los desaparecidos en la Argentina, y las muchas guerras atroces y estúpidas a que hemos venido asistiendo, el sistema de campos de concentración nazi continúa siendo un unicum , en cuanto a magnitud y calidad. En ningún otro lugar o tiempo se ha asistido a un fenómeno tan imprevisto y tan complejo: nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad. Nadie absuelve a los conquistadores españoles de las matanzas perpetradas en América durante todo el siglo XVI. Parece que causaron la muerte de por lo menos sesenta millones de indios; pero actuaban por su cuenta, sin instrucciones de su gobierno o en contra de ellas; y distribuyeron sus "crímenes", en realidad muy poco planificados, a lo largo de un arco de más de cien años; y colaboraron con ellos las epidemias que involuntariamente llevaron consigo. En resumen, ¿no habíamos tratado de librarnos de todo ese horror dando por sentado que se trataba de "cosas de otros tiempos"?


Primo Levi
Prefacio a Trilogía de Auschwitz
Si esto es un hombre. La tregua. Los hundidos y los salvados