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2272. Los niños del destierro. Testimonio de Josefina Aldecoa



Era el verano de 1936. Era un julio azul, teñido de oros violentos. Era la siega y los baños en el río y el cielo estrellado sobre nuestras cabezas. Solíamos contemplarlo: un techo inmóvil, indestructible, amigo. La luz fría y brillante de la luna señalaba caminos en la noche. Era verano en Castilla. Recuerdo que hacía calor, mucho calor. De norte a sur, de este a oeste, los niños vivíamos alegres la doble libertad del verano y la vacación. La tierra seca o verde, los bosques o las playas estallaban de promesas lúdicas. Pueblos y ciudades llenos de niños despreocupados y felices, ignorantes, en un recreo ininterrumpido, de todo lo que no fuera el sol y el juego.

De pronto, una mañana estalló la catástrofe. El mundo se desplomó. Todo comenzó a derrumbarse a nuestro alrededor y los niños asistimos despavoridos al final de nuestra infancia.

Algunos se hundieron entre los escombros, muchos se refugiaron en frágiles guaridas y otros huyeron, de la mano del padre, atravesando la tierra de nadie hasta alcanzar fronteras de amistad y de socorro.

La fotografía que hoy contemplamos, con un temor inevitable, podría ser la imagen de cualquier guerra de ahora mismo, de ayer o de mañana. Pero ocurre que esa fotografía refleja nuestra guerra, con ese posesivo doloroso y maldito de guerra nuestra, guerra de nuestros niños asustados y hambrientos, arrastrados deprisa lejos del trueno abrasador y mortal de las bombas.

Hombres, mujeres y niños cargados con los restos del naufragio, iniciaron un viaje sin retorno. Dentro quedaron muchos. Niños de la guerra, testigos de la muerte, la destrucción y el caos, que seguían jugando en los escombros; viviendo en lo que quedaba de sus hogares, con el padre en el frente y la madre buscando qué comer, en qué trabajar, a qué puerta llamar.

En una u otra zona del espanto, los niños de la guerra jugaban a estar vivos, a esperar, a guardarse las preguntas para después que todo terminara. Preguntas que se quedaron sin respuesta durante años. Preguntas suspendidas en el aire, cargadas de incertidumbre y miedo.

Mientras tanto, los niños del destierro compartían el pan y la palabra en campamentos improvisados. Más tarde, emigraron lejos, a otras tierras, a otras lenguas, a otras costumbres. Muchos perdieron en la huida la mano protectora, la manta que abrigaba su sueño —olor a casa, a padre, a madre, a todo lo abandonado—. La mayoría siguió adelante. Encaramados en camiones atravesaron caminos, ríos, montes. Llegaron a puertos solidarios y cruzaron océanos. Los más afortunados encontraron un puesto entre los hombres de buena voluntad que les abrieron sus brazos generosos.

Cuando acabó la guerra, los que habían permanecido en sus casas se vieron sumergidos en una etapa de privaciones y prohibiciones infinitas. Niños retenidos en el pueblo o la ciudad propia, incomunicados con el mundo exterior; niños huérfanos o custodiados por padres temerosos. Hijos de los vencidos que vivían en silencio su derrota, que inventaban cada día la forma de salir adelante.

Había otros niños, hijos de padres vencedores, intransigentes y autoritarios que esgrimían el «no» a cualquier propuesta alegre, a cualquier escapatoria del cerco asfixiante que marcaba la dura realidad. Niños todos de la sórdida posguerra, encerrados en límites estrechos, sometidos a consignas, censuras, miedos.

Han pasado sesenta años desde esta fotografía, desde esa guerra cruel y nuestra. Muchos de aquellos niños han muerto ya. Unos pocos han regresado en busca de un país que fue suyo y que quedó grabado en su memoria con la nitidez de los recuerdos infantiles. A veces, casualmente, nos encontramos los que fuimos niños de la guerra, dentro y fuera de España. Nos quedamos mirándonos unos momentos y en nuestra mirada se adivinan mil cosas nunca dichas. Y una pregunta que encierra otras preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué nos fuimos? ¿Por qué nos quedamos? Niños de la guerra, niños del destierro.

Una generación de españoles marcada siempre por la peor experiencia que un país pueda sufrir: la guerra civil.

Ese niño pequeño de la fotografía, ese niño que huye aferrado a la mano de su padre, seguido de un hermano un poco mayor que él, pero maduro de golpe, responsable instantáneo de su destino; esos soldados que contemplan la escena, son todos ellos un símbolo de lo que no debe ser, de lo que nunca puede volver a repetirse. Era un verano cálido y los niños jugaban en la calle, en el campo, libres con la libertad esplendorosa de las vacaciones. Como ahora mismo, en este verano del 96 juegan otros niños, nietos nuestros, nietos de aquellos niños del 36. Ajenos a peligros, amenazas, catástrofes. En paz y en libertad.


Los niños del destierro. Testimonio de Josefina R. de Aldecoa, recogido en Los niños republicanos en la Guerra de España, de Eduardo Pons Prades, 1997









2170. Primera ofensiva contra Madrid

Entre todas las ciudades españolas que los sublevados esperaban dominar en las primeras horas, o días, de la insurrección, es obvio señalar que Madrid y Barcelona eran objetivos de primerísimo orden. Por esa razón, sigue causándonos estupor releer con qué ligereza e irresponsabilidad se pretendió conquistar ambas ciudades. Falló el factor sorpresa —primordial en cualquier operación militar— y se subestimó al enemigo. Desalojados los sublevados no ya de todos los cuarteles de Barcelona sino también de toda Cataluña, Madrid parecía, digamos, la más asequible. En primer lugar para las columnas norteñas, que mandaba el general Mola. Éstas quedarían bloqueadas en las sierras de Guadarrama y de Somosierra a mediados de agosto de 1936, tras varias semanas de enconados combates con las Milicias Populares Obreras. Luego, para las tropas que suben del sur, mandadas por el general Franco, que estrena su primer nombramiento —decreto del 24 de julio, firmado por la Junta de Defensa Nacional, instalada en el palacio Arzobispal de Salamanca—, como jefe del «Ejército de Marruecos y del Sur de España».

En el asalto a Madrid —en el proyecto primitivo, se entiende— se preveía el ataque simultáneo por parte de seis columnas: una procedente de Córdoba–Toledo, otra de Talavera de la Reina, otra de Ávila, otra de Segovia, otra de Guadalajara y otra de Valencia; utilizando como ejes de la marcha las carreteras nacionales correspondientes.

Un paseo militar, en suma. La verdad es que a uno, a la vista de tan ambicioso proyecto, lo primero que se le ocurre preguntarse es qué clase de militares iban a realizarlo. ¿Los mismos que habían conducido la sublevación al fracaso?

Mientras no ha encontrado más que grupos de campesinos mal armados e inconexos, Mola ha progresado hacia Madrid. Pero en cuanto se enfrenta con columnas de milicianos algo organizadas, ya no da un paso más. Lo mismo se puede decir de los sublevados que suben del sur. Aunque éstos tendrán que vencer resistencias más serias, como la de Badajoz, en el segundo tramo de su marcha. No se olvide lo que se recalcó antes: tropas militarizadas se enfrentan —con mandos profesionales a su cabeza—, con fuerzas populares mandadas por jefes de milicias, asesorados por militares casi siempre, y cuyos hombres son, en la mayoría de los casos, milicianos. También fueron milicianos, bajo el mando del general Riquelme y del coronel Mangada, los que, semanas antes, detuvieron a las columnas del general Mola en las sierras.

Ahora, en los primeros días de noviembre de 1936, no son seis sino siete las columnas fascistas que pretenden ocupar Madrid. Dos de ellas por el frente encajado entre los puentes de Segovia, Toledo y Princesa, en plan de operación de distracción. Las tres columnas que debían entrar primero en la capital eran las que provenían del oeste; concretamente por la Casa de Campo. Las dos restantes atacarían por el puente de los Franceses y el del ferrocarril Irún–Madrid.

«Terrible noche la del 6 de noviembre de 1936 en Madrid» —ha escrito el general Vicente Rojo en uno de sus libros—. Al atardecer caían sobre la capital de la República los primeros cañonazos enemigos, que parecían anunciar el principio del fin. A los efectos deprimentes de los antiguos reveses que se sufrían y a la desconfianza en el triunfo que irradiaba de las alturas de la dirección política, venían a sumarse los efectos desalentadores de aquellos primeros disparos que presagiaban la inminencia de la batalla de Madrid. El Gobierno había decidido aquella tarde su salida de Madrid para Valencia. Esa misma noche —la del 6 de noviembre— se constituye el Estado Mayor Central, que auxiliará al Mando Especial creado para la defensa de Madrid, bajo el mando del general José Miaja, el cual nombró a Vicente Rojo jefe de dicho Estado Mayor.

Éste es uno de los tres factores determinantes del éxito de la defensa de Madrid. Otro sería la creación, a primeros de octubre, de la Primera Junta de Defensa de Madrid, compuesta por representantes de Izquierda Republicana, de la Agrupación Socialista de Madrid, de Unión Republicana, del Partido Comunista, de las Juventudes Socialistas Unificadas, del Partido Sindicalista, de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Unión General de Trabajadores (lo
que, en los momentos más críticos, hará posible una auténtica movilización popular en apoyo de los combatientes). Completan dicha Junta: delegados del Ayuntamiento y de la Diputación de Madrid y de la Inspección de Milicias Obreras. Para sustituir la rudimentaria red de zanjas y de «quitamiedos» se dispone de un plan de fortificaciones del que es autor el teniente general Masquelet.

Cada miembro de esta Junta recibió una credencial firmada por el propio jefe del Gobierno, el socialista Largo Caballero, que le autorizaba «a meter las narices en todo». «Podíamos entrar y salir en todos los organismos oficiales, tanto militares como civiles, visitar las unidades del frente, los cinturones de fortificaciones e inspeccionar toda clase de servicios concernientes a la defensa. Y sugerir todo lo que quisiéramos, pero sin tomar ninguna medida», ha escrito Gregorio Gallego, el miembro más joven de dicha Junta —recién cumplidos sus dieciocho años—, en representación de la Confederación Nacional del Trabajo y de las Juventudes Libertarias. Este «poder meterse en todo» —tratándose, naturalmente, de militantes antifascistas conscientes y responsables—, iba a tener una gran trascendencia en la primera batalla de Madrid. Generó un levantamiento en masa apenas la Junta lanzó su primer manifiesto, apelando a la resistencia contra el invasor. De las columnas enemigas, tan sólo una, la de Talavera de la Reina, alcanzaría a crear una cuña peligrosa en el dispositivo de defensa: en la Ciudad Universitaria, la cual, salvo pequeñas alteraciones, ya no se modificaría hasta el final de la guerra, veintiocho meses después. Los historiadores más serios del mundo, que han escrito sobre nuestra guerra, consideran la defensa de Madrid — octubre de 1936–marzo de 1939— como la batalla más decisiva y una victoria restallante de los republicanos, puesto que la no caída de la capital en manos de los facciosos obligaría a éstos a una larga campaña por la periferia, en cuya prolongación sus defensores encontrarían, a lo largo de casi tres años, razones de esperar y de acariciar la idea de salir vencedores.

Sería injusto silenciar el incomparable papel que desempeñaron las mujeres en la defensa de Madrid. María Teresa León, creadora, con su compañero Rafael Alberti, de La Guerrilla del Teatro (otoño de 1936), ha escrito: «Sabemos las mujeres de Madrid que de nuestra fortaleza depende la resistencia de las líneas de fuego, y que esos milicianos con cara de capitanes, de que hablaba ayer Antonio Machado, no puedan ver en nuestros ojos más que el reflejo de nuestra confianza. La mujer española se ha levantado sobre nuestros campos rotos con el prestigio de su derecho a intervenir en la Historia de España». Y el propio general Rojo, en uno de sus libros, estampó la siguiente dedicatoria: «A la mujer española, abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y la desesperanza. Porque cada hora de la batalla de Madrid, no hubo virtud de que no diera ejemplo. Y hoy, cuando nadie recuerda lo que recibió de ella, sigue perpetuando, anónima, su vida sencilla: sigue erguida y en calma, sin rencor por el daño que le han hecho».

Quizá convenga aclarar que cada vez que hablamos de los niños de una ciudad republicana nos estamos refiriendo a los nacidos en ella, pero también a los recién llegados en calidad de refugiados. De ahí que se considerasen asimismo «niños de Madrid» los que llegaron a la capital de España, procedentes de tierras vecinas, en los primeros tiempos de la guerra. Una común circunstancia los hermanaba —a buen seguro, por vez primera en nuestra Historia—: la de ser los principales beneficiarios de la revolución cultural emprendida en la primavera de 1931, con el advenimiento de la Segunda República. De una cultura entendida en el más fraternal sentido de la palabra: como capacidad de asimilación, esfuerzo de comprensión, anhelo de armoniosa convivencia y, como feliz compendio de todo ello, un afán inextinguible de justicia.


Eduardo Pons Prades
Los niños republicanos en la Guerra de España, 1997


Fotografía: Miliciana de guardia en San Antonio de la Florida (Madrid)










2168. En el Madrid amenazado de 1936

Traslado de heridos por la explosión de una bomba en la Calle Preciados de Madrid. 4 de noviembre de 1936 


El 25 de agosto de 1936, Franco lanza sobre Madrid una proclama en la que dice: «Si se persiste en una suicida terquedad, si los madrileños no obligan al Gobierno y a los jefes marxistas a rendir la capital, sin condiciones, declinamos toda responsabilidad por los grandes daños que nos veremos obligados a hacer para dominar por la fuerza esa resistencia suicida. Sabed, madrileños, que cuanto mayor sea el obstáculo, más duro será por nuestra parte el castigo»

En sus memorias, el general Kindelán —jefe de la aviación franquista—, señala que Franco ordenó un ensayo de actuación desmoralizadora de la población civil mediante bombardeos aéreos. El enviado especial de Paris–Soir en España, Louis Delaprée, recogió una de las octavillas lanzadas sobre Madrid, en la que podía leerse: «Madrileños, rendiros o la ciudad será bombardeada hasta la destrucción total». El 30 de octubre, 6 bombarderos atacaron Getafe, matando a 60 niños y 60 adultos; el ataque se repitió al día siguiente, causando esta vez 200 muertos y 300 heridos. Los días 8, 9 y 10 de noviembre, Madrid fue sistemáticamente bombardeada por la artillería y la aviación. Ni un solo día sin bombardeo. Una bomba que cayó en el metro de la plaza de Atocha mató a 80 personas. El 15 de noviembre, aviones alemanes bombardearon el hospital de Cuatro Caminos, causando 53 muertos y más de 150 heridos. Este hospital, como los demás de Madrid, tenía pintada en el techo una enorme cruz roja. El 17 de noviembre hubo, a causa de los bombardeos, más de 200 muertos.

Según Louis Delaprée, testigo presencial, la jornada de ese día, 17 de noviembre, transcurrió así: 6.30, duros enfrentamientos en la Casa de Campo y en la Ciudad Universitaria; 9.00, incursión aérea enemiga; 13.15, bombardeos continuos; 18.30, nuevo bombardeo aéreo; y 20–21.30, bombardeo sistemático: Gran Vía, San Bernardo, Argüelles, la Puerta del Sol, la plaza del Carmen y la zona de la Corredera en llamas. Balance de la jornada: 250 muertos y 600 heridos.

Ante la inminencia de la ocupación de Madrid, el 1 de noviembre de 1936, Franco había firmado el decreto n.º 55, en virtud del cual, y para mejor servir «las características de rapidez y ejemplaridad tan indispensables en la justicia castrense», se creaban en la plaza de Madrid ocho consejos de guerra… Que la «terquedad» de los madrileños impidió que funcionasen hasta la primavera de 1939…


Eduardo Pons Prades
Los niños republicanos en la Guerra española, 1937










1990. Los niños madrileños



Éstos, en sus lares y fuera de ellos, destacarían todos por su sorprendente madurez. Esto tiene su explicación. La gente menuda madrileña —en particular la que pertenece a familias republicanas— ha vivido, con una intensidad tan sólo igualada por la de Barcelona, la sofocación de la sublevación militar, en julio de 1936. En la que algunos, incluso, desempeñarían papeles tenidos —al menos para ellos— por importantes. Como el de estafeta o chico de los recados, como dirían los más castizos. Acto seguido presenciarían la formación, el desfile y la marcha hacia los frentes de la sierra —Guadarrama, Somosierra— de las columnas de milicianos. Y cuyo aire tan poco marcial permitiría a los muchachetes mezclarse y desfilar con ellos, con los que se iban a enfrentar con los «fachas». 

En fin, de una u otra forma se sintieron participantes en momentos históricos clave. Otro de estos trances será el del levantamiento popular —octubre–noviembre de 1936—, cuando las columnas enemigas marchaban sobre Madrid. Además de sobrecogedores testimonios, se dispone de abundantes documentos fotográficos, que dan fe de la febril y entusiasmada participación de menores de edad —a menudo al lado de sus madres— en las tareas de fortificación. En particular, en la excavación de trincheras. Y, a no tardar, van a vivir —directa o indirectamente— las batallas en los suburbios de Madrid, sufrirán los primeros bombardeos, por tierra y desde el aire, y tendrán que ayudar a sus familias —en las colas, para obtener alimentos— a afrontar las primeras privaciones, ya que, en no pocos casos, el hombre de la casa —el padre o el hermano mayor— han abandonado las herramientas del trabajo para empuñar las armas. Éstos son, en suma, los niños y las niñas que, día a día y noche a noche, serán evacuados de la capital con destino a lugares donde el hambre y los bombardeos no han sentado, todavía, sus reales. 

Primero, saldrán grupos de niños hacia pueblos cercanos: El Escorial, Colmenar Viejo, Chinchón, Campo Real, Morata de Tajuña, San Martín de la Vega… Luego, cuando la capital se transforme en zona de guerra, las expediciones serán más numerosas y la gente menuda será evacuada, por miles, hacia Cuenca, Guadalajara, Albacete, Murcia, Alicante, Valencia, Castellón y Cataluña. 

La separación de las familias sería dolorosa y a menudo patética, pues se dan muchos casos de muchachos y de muchachas que se niegan a ser evacuados —algunos llegan a saltar del vehículo ya en marcha—, protestando porque se les niega el derecho a defender Madrid. Entre otros, valga este ejemplo: Al caer la tarde —del 14 de abril de 1931—, las multitudes se congregaron en la Puerta del Sol, en el corazón de Madrid. Entre la gente estaba una joven de quince años, estudiante de la escuela secundaria, que se llamaba Victoria Román. «¡La República ha llegado sin derramamiento de sangre!, dijo uno de mis maestros —recuerda Victoria, casi medio siglo después—. “Sí, replicó otro, sin derramamiento de sangre… y viviremos para lamentarlo”. Me escandalicé al oírle hablar así, pero luego habría de preguntarme si acaso no tenía razón…». Cinco años más tarde, Victoria Román, estudiante universitaria, vio que unos niños de corta edad arrastraban adoquines hacia el sitio donde hombres y mujeres estaban levantando barricadas. Tenía previsto salir de la ciudad; pero de pronto se sintió incapaz de hacerlo. «Me sentí completamente identificada con el pueblo de Madrid. “Yo me quedo”, les dije a los encargados de la evacuación que querían que acompañase a Levante a los niños que había estado cuidando. No pertenecía a ningún partido político, era una típica española indisciplinada que ahora estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para impedir el triunfo del fascismo. “Nadie puede abandonar Madrid en un momento como éste”, les dije…».

La animadversión hacia el enemigo que sembraba de ruinas «su pueblo» —como muchos de ellos llamaban a la capital de España— no desmerecía, en absoluto, de la que sentían sus mayores. Recuerdo haber bajado con permiso a Madrid —desde el Guadarrama— al mes justo de haber llegado a la Zona Centro. Salía de comer de una pensión de la calle de Carretas cuando vi que dos mozalbetes se estaban peleando, tirados en el suelo. Parecía una pelea a muerte, casi. Nos costó lo nuestro separarlos. Uno de ellos tendría trece o catorce años y el otro once o doce. Afeamos al grandullón su conducta. Este, sofocado, replicó en el acto: ¡Es que me ha insultado! Y, tras recuperar algo más de aliento, añadió: «¡Me ha llamado “facha”!».

A las pocas semanas de ir y venir por aquellas tierras, uno acababa dándose cuenta de que aquellos niños y niñas, con sus actitudes vitales, tenían muy poco que ver con los de Valencia o los de Barcelona. Por lo menos en aquellas fechas. 

Para coordinar más eficazmente la evacuación e instalación de los niños, número que aumentaba día a día, el Ministerio de Instrucción Pública y el de Sanidad y Asistencia Social crearon, el 28 de agosto de 1937, el Consejo Nacional de la Infancia Evacuada. Encargándose a Victoria Kent la delegación del mismo en París, con María Lacrampe de principal asesora. Y María Lejárraga en Bruselas. En septiembre de 1937, Regina Lago, encargada de la sección Organización del Régimen Pedagógico de la Delegación Central de Colonias Infantiles, daba cuenta del número de centros que había entonces en España: en total, 564 colonias que acogían a 45 248 niños y niñas. De éstas, 158 eran colonias colectivas, con 12 125 niños y 406 en régimen familiar, con 33 123 niños. De acuerdo con un informe del Ministerio de Instrucción Pública, en diciembre de 1937 funcionaban 170 colonias colectivas, que albergaban a 16 953 niños y niñas en zonas de Levante: Valencia, Castellón, Alicante y Murcia. Así como en Aragón, Cuenca, Albacete y Cataluña. En esta última región, La Ayuda Infantil de Retaguardia, dependiente de la Generalitat, se encargó de todo lo referente a la evacuación. Con ella colaboraban otras instituciones como Sello Pro–Infancia o el Refugio de Nieves Salvador Seguí. 

Los niños, como ya se ha señalado, eran acogidos en régimen familiar o colectivo, en colonias. En el primer caso residían en familias, pero mantenían una relación estrecha con los maestros responsables del grupo al que pertenecían. Ellos eran los encargados de «vigilar» su estancia familiar y de que fuesen atendidas sus necesidades culturales. La mayor implantación de esta modalidad se debió a los problemas que planteaba la organización de colonias colectivas. Estas últimas estuvieron instaladas en hoteles, balnearios, palacetes, casas de campo y otros edificios cedidos o requisados. Normalmente tenían huerta y jardín y se procuró crear en su interior ese calor del hogar del que tan necesitados estaban los niños. Cada colonia tenía un director responsable, varios maestros y personal auxiliar. Las colonias fueron buenos laboratorios para poner en marcha proyectos de renovación pedagógica.

Los continuos avances de las tropas franquistas a lo largo de 1938 fueron agravando el problema de las evacuaciones. El hundimiento de distintos frentes —en particular el de Aragón, en la primavera de 1938— desencadenaba el repliegue de grandes contingentes de población hacia el territorio, cada vez más menguado, en poder de los republicanos. Estas incesantes oleadas de refugiados desbordaban todas las previsiones que, como es lógico, afectó, especial y duramente, a los menores. Muchas colonias de Levante y Cataluña tuvieron que convertirse en meros refugios, donde el hacinamiento de sus moradores impedía desarrollar la labor asistencial y educativa para la que habían sido proyectadas. Por otra parte, en las ciudades y sobre todo en Barcelona, se endurecieron las condiciones de vida, lo que se tradujo en un considerable aumento de las enfermedades infantiles.


Eduardo Pons Prades
Los niños republicanos en la Guerra de España, 1997










1596. Republicanos españoles en la liberación de París




El 24 de agosto de 1944; a las 21.22 horas, llegaban a la plaza del Ayuntamiento de París varios half-track (autos oruga blindados) y un tanque Sherman (el Romilly), que constituían la vanguardia de los ejércitos aliados. Los primeros llevaban, en el morro y en sus flancos, nombres memorables de la guerra de España: Madrid, Jarama, Ebro, Teruel, Guernica, Belchite, Guadalajara, Brunete y Don Quijote. Eran las dotaciones de la 1.., 2.. y 3.. secciones de la famosa IX Compañía (incluso los franceses la llamaban la Nueve), del Regimiento del Chad. Las mandaban el zaragozano Martín Bernal, el madrileño Federico Moreno y el andaluz Montoya, secundados por el catalán Elías (herido en las calles de París por un francotirador), el canario Campos y el valenciano Domínguez. Con el resto de las dotaciones, un total de 36 ex soldados del ejército republicano español. Los cuatro tripulantes franceses del Romilly completaban el destacamento, que, con toda justicia, llamaron los liberadores de París.

El primer blindado que llegó a la plaza del Ayuntamiento -cuenta Moreno- fue el Guadalajara. Este blindado, con tripulación exclusivamente extremeña, sería también el primero en arrancar hacia la vecina calle de los Archivos, cuando se nos indicó que allí había un nido de resistencia alemán. Pero los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron en París se hicieron desde el blindado Ebro, mandado por el canario Campos y conducido por el catalán Bullosa.

Por las calles laterales de los Campos Elíseos y en las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñeiro y Paco Izquierdo, abordo de su blindado Fort Star. Este ultimo se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos y abrazos de rigor exclamó: ¡Eres el primer soldado francés al que beso!

Piñeiro me contaba no hace mucho en Barcelona que fue él quien repitió una vez más la cantinela que venían entonando desde que penetraron en los arrabales de París: ¡Somos rojos españoles!, al tiempo que enarbolaban la bandera tricolor republicana española, que ondeaba en todas las torretas de los blindados. Así fue, en efecto -confirma el capitán Dronne, jefe de la Nueve-; yo no sé de dónde sacaron aquellas banderas, pero como en realidad era la bandera de su patria, nadie hizo la menor objeción.

Lo cierto es que no fue ésta la primera vez -ni la última- que los republicanos españoles dieron la nota -y no solamente en el ejército francés-; pero, como recalca Martín Bernal, con toda la razón del mundo, ¡eh! Por eso -caso único en todos los ejércitos aliados de la Segunda Guerra Mundial-, cuando la Nueve recibió su cupo de blindados nuevos en el campamento de Hull, al este de Liverpool, una delegación de españoles fue a pedir autorización al mando para bautizar -tras haber escogido ellos los nombres- los half-track que acababan de entregarles.


Breve anecdotario ibérico

Se hizo la asamblea de los españoles, que fue, como es fácil de imaginar, tumultuosa, ya que desde Pasionaria a Durruti, pasando por las siglas del POUM, salieron nombres para bautizar mil blindados. Hasta que los jefes de sección (Moreno, Granell, Elías) decidieron cortar por lo sano y darles nombres de batallas de la guerra de España. Y al mío -terció Moreno- le pondremos Don Quijote, por ser el papel que estamos desempeñando nosotros desde que salimos de nuestra tierra. La inscripción de los nombres se confió al que tenía mejor letra de todos: al reusense Antonio V. B. Clarasó, Bamba, antiguo alumno del reputado instituto-escuela de la Institución Libre de Enseñanza y jefe de municionamiento de la Nueve.

Fuimos nosotros, claro -¿quién querías que fuese?-, los que inventamos el mercadillo de prisioneros alemanes, puntualiza el valenciano Domínguez.

El general Eisenhower había dado carta blanca a determinados comandos suyos -los del III Regimiento de Paracaidistas, entre otros-, pero prohibió a sus unidades regulares que franquearan el río Loira.

Por aquellos parajes combatía entonces la II División Blindada de Leclerc. Los americanos competían en la captura de soldados enemigos, y no solamente por la obsesión de superar marcas en las unidades combatientes -como si se tratase de competiciones deportivas-, sino porque con ello obtenían distinciones y sobre todo permisos especiales, a modo de recompensa.

Como los hombres de Leclerc, y los españoles en particular -que se adaptaron como nadie al modo de guerrear por libre de Leclerc-, y con sus half-track patrullando siempre en vanguardia, podían ir de un lado a otro y saltar el Loira tantas veces como les viniese en gana, enseguida se estableció el intercambio de prisioneros por material bélico u otras mercancías procedentes de la intendencia militar.

Los prisioneros procedían de la II División Blindada, pero también de adquisiciones efectuadas en las zonas guerrilleras que iban cruzando los blindados de Leclerc. Guerrillas en las que casi siempre combatían republicanos españoles, y hacia las que se dirigía el material bélico ligero adquirido a cambio del lote de prisioneros.

Tan intenso llegó a ser este tráfico de alemanes capturados que no tardó en establecerse un baremo apropiado a las circunstancias: por cinco soldados los americanos daban un jerrican de gasolina de 20 litros...; por diez, dos jerricans o dos pares de botas de media caña.

La gasolina era -ya entonces- la moneda básica de cambio. Luego vendrían las metralletas -una por veinte soldados-, algunas de la cuales terminarían su carrera en la guerrilla de las sierras ibéricas, y así ab libitum.

El intercambio estaba condicionado, en lo que a soldados y suboficiales se refería, a material o armamento ligero. Por tres oficiales de Estado Mayor se llegó a obtener una motocicleta. Y si eran SS, al vehículo de dos ruedas se le agregaba el sidecar. Por un general alemán.. los americanos regalaban un vehículo todo terreno (jeep).

El chalaneo, sintetizado en una muy curiosa jerga anglofrancoespañola, comportaba, por lo regular, una propina: botes de carne en conserva, cajitas de chicle, cartones 'de tabaco rubio, petaqueras de whisky o algún neumático.

Este trueque, que se realizaba desplegando dotes de ingeniosidad increíble, ya que los mandos americanos y franceses no lo veían con buenos ojos, divertía tanto a los hombres de la División Leclerc que a veces entregaron a los guerrilleros todo el material obtenido de manos americanas a cambio de prisioneros procedentes de la guerrilla, sin obtener el menor beneficio. Muy bajo cayó el ejército de la raza superior, es verdad -me confesó un día Cortés en Barcelona-, y nosotros nos tomamos una buena revancha a cuenta de lo que nos habían hecho en España durante nuestra guerra.

Alguna que otra vez, los oficiales de Estado Mayor o los generales no tenían de tales más que el uniforme, ya que habían sido ascendidos por los españoles de la Nueve para altipreciar el trueque, Lo más difícil de falsificar eran los siniestros SS, porque los soldados de las unidades regulares alemanas se hubiesen dejado despellejar vivos antes que enfundar su cuerpo en un uniforme con las dos fatídicas letras bordadas en las solapas.

En determinados casos -¡lo que son las cosas!-, el trueque siguió este tragicómico itinerario: por cinco soldados se obtuvieron 20 litros de gasolina y por este carburante un campesino entregó un par de orondas gallinas. O este otro: tres oficiales de Estado Mayor igual a una motocicleta, igual a un cerdo o dos corderos...

Los españoles de la columna Leclerc, de la Agrupación M y de la Fuerza L -que así se llamó sucesivamente lo que más tarde sería la II División Blindada- procedían de tres lugares concretos: de las filas de la XIII Semibrigada de la Legión Extranjera francesa, de los Corps Francs (comandos del Ejército francés) y de los campos de castigo de Africa del Norte, muy particularmente de los del desierto argelino.

En la XIII Semibrigada, los españoles (casi el 50 por 100 de sus efectivos, que rondaban los dos mil hombres) desempeñaron un brillantísimo papel en la campaña de Noruega (abril-junio de 1940), en especial desatascando la ofensiva aliada -destinada a cortar la ruta del mineral de hierro sueco (vía férrea cuyo término era el puerto noruego de Narvik)- con la ocupación de la cota 220 por parte de un grupo de legionarios españoles mandados por el gallego Gayoso.

Ante esta cota -defendida por varias máquinas automáticas alemanas-, situada más allá del Círculo ártico y apenas a 300 kilómetros del Polo Norte, ya se habían estrellado los ataques de tropas francesas (cazadores alpinos), británicas, polacas e incluso nativas, de la VI División de Alta Montaña noruega. De ahí le vino el apodo de noruegos a nuestros esforzados compatriotas que por aquellas tierras -cuya temperatura normal en la primavera de 1940 era de 30 grados bajo cero- constituirían, para asombro del mando interaliado, el grupo nacional que menos bajas tuvo por congelación.

Este fue uno de los varios do de pecho que los españoles dieron en Noruega. Los destacamentos españoles al llegar la noche ártica dejaban contados centinelas en las posiciones recién conquistadas -con turnos de guardia más cortos que los reglamentarios: una hora- y los demás se replegaban a echar un sueño bajo techado. ¿Y si los alemanes contraatacaban de noche y reocupaban las posiciones?, preguntó a Serapio Iniesta, uno de los veteranos de la XIII Semibrigada. Entonces los centinelas se replegaban a su vez y avisaban a sus compañeros. Y antes de que amaneciese ya los habíamos desalojado de nuevo a bayonetazos. Así de sencillo, responde Iniesta.

En su historia de la Legión Extranjera francesa, Georges Blond confirma el excelente comportamiento de los españoles: La irrupción de un fuerte contingente de ibéricos exiliados políticos no tenía precedentes en las filas legionarias. Disciplinados, resistentes, atacando el duro entrenamiento por los desiertos argelinos, los españoles, codo a codo, dando pruebas de una solidaridad excepcional, tuvieron que hacer comprender a ciertos oficiales franceses, demasiado apegados al reglamento ancien régime, que el tiempo de las bromas pesadas y de las burlas gratuitas (llamar, por ejemplo, ejército de las alpargatas a las unidades republicanas españolas) había pasado. Abundaban también los oficiales que desconfiaban de ellos, llamándoles comunistas, y proclamando que había sido un error el llevarlos con el cuerpo expedicionario francés a tierras noruegas. Sin embargo, los hechos probarían que esos rojos, o ex rojos españoles, sabían batirse como leones.

Ante la invasión alemana de Bélgica y Holanda (10 de mayo de 1940) y la amenaza que pesaba sobre el territorio francés, el alto mando francés (al que los humoristas, y no se equivocaron, llamaron el submarino sin periscopio) decidió repatriar el cuerpo expedicionario francés de Noruega.

La evacuación tuvo lugar en los primeros días de junio. Nada más pisar Inglaterra se enteraron de la entrada en París de las tropas alemanas (14 de junio) y la XIII Semibrigada fue enviada a Francia rápidamente al llamado reducto bretón, que no pasó de ser otra cruel ensoñación del mando francés. Llegaron justo a tiempo para observar la entrada en la península de Bretaña de las columnas motorizadas alemanas y verse obligados a regresar a Inglaterra a marchas forzadas.

Así que cuando De Gaulle confió a Leclerc la problemática reconquista -para la Francia Libre recién constituida en el exilio- de varias colonias africanas, el comandante de Caballería de Hauteclocque -nombre verdadero de Leclerc- tuvo que echar mano de los restos de la Infantería de Marina, de los cazadores alpinos y de la Legión Extranjera -concentrados en Trentham Park-, a los que se unirían luego varios destacamentos de tiradores centroafricanos -unos 3.000 hombres en total-, de los que la sexta parte eran españoles. Era la primera operación montada por el general De Gaulle para restablecer la soberanía y la autoridad de Francia en los territorios africanos de Camerún, Chad, Gabón y Níger, y organizar unas fuerzas armadas capaces de ocupar y gobernar dichas colonias.

Lo fantástico del caso es que, contra las previsiones de políticos y altos militares, doctos en la materia, Leclerc logró lo previsto y mucho más. y nunca olvidó que, desde el primer momento (octubre de 1940) y hasta la conquista del Nido de Aguila de Hitler, en Berchtesgaden (mayo de 1945), siempre pudo contar con sus españoles...

El ex comandante de los servicios Z del Ejército republicano, el leonés-asturiano Julián Villapadierna, me contó un día en nuestro exilio francés cómo estando destacado (durante la campaña de Francia, 1939-40) en el polígono de tiro del Ejército francés en Vierzon tuvo que organizar el adiestramiento de un nutrido grupo de alistados voluntarios en los Corps Francs, entre los que se encontraban una docena de compatriotas nuestros.

Los Corps Francs eran comandos de guerrilleros llamados a operar en la retaguardia enemiga, por lo regular en plan de sabotaje o de guerrilla. Villapadierna, por su condición de luchador revolucionario en Asturias -era maestro nacional en Cangas de Onís- y en virtud de los cursillos de especialización para los servicios Z seguidos en España durante la guerra, era un especialista consumado en la materia. En los años 1942-44 tuvimos ocasión de comprobarlo en el triángulo guerrillero Aude-Ariege-Pirineos orientales.


Traslado voluntario

Al firmarse el armisticio -tras la humillante derrota de los ejércitos aliados-, en Francia, en junio de 1940, los restos de estos Corps Francs fueron evacuados a las colonias francesas del norte de Africa. Al desembarcar los aliados allí, en noviembre de 1942, los Corps Francs fueron reorganizados y reincorporados al dispositivo militar de la Francia Libre.

Aunque en sus comandos quedaron algunos. españoles -como el capitán Miguel Buiza, ex almirante de la flota republicana española-, lo cierto es que la inmensa mayoría de los españoles de los Corps Francs -seducidos por sus compatriotas de la Columna Leclerc- desertaron y se alistaron en las filas de la II División Blindada, en vías ya de organización.

A tal decisión los españoles, muy chuscamente, la llamarían traslado voluntario. Algunos españoles de la Legión Extranjera, de la base principal argelina de Siddi-Bel-Abbés, también decidieron trasladarse a la unidad de Leclerc.

La seducción la ejercieron comandos volantes motorizados de veteranos de la campaña de Africa (octubre de 1940-mayo de 1943); entre ellos descolló el canario Campos, que llegó a obtener un jeep, tres camiones, vales militares para gasolina, comida y salvoconductos, del mando norteamericano en Argelia, con la promesa de reclutarle unos miles de españoles para formar con ellos una división de choque y ponerla al servicio de los aliados.

Aquello pudo acabar muy mal -dice Federico Moreno-, porque al comprobar que los reclutados eran conducidos hacia Marruecos -donde se estaba organizando y pertrechando la II División Blindada- los norteamericanos hicieron varias reclamaciones al alto mando francés. Pero, al saber que se trataba de soldados de un jefe tan excéntrico como Leclerc, la cosa quedó en agua de borrajas. Aquello de tal para cual caía aquí como anillo al dedo. Uno de los más valiosos seducidos -procedente de los CF- sería comandante Putz, un austriaco de las Brigadas Internacionales que moriría en combate, en otoño de 1944, en la marcha de la División Leclerc hacia Estrasburgo.

Otros recién acuñados leclercistas fueron españoles liberados de los campos de castigo del desierto argelino -auténticos campos de la muerte-, a los que faltó tiempo para empuñar de nuevo las armas contra el nazifascismo europeo allí donde estuviese: Por eso, a estos y aquellos españoles les llamaron noruegos y africanos.

Los Corps Francs -en los que combatían juntos franceses y españoles- se integrarían en la I División Blindada, mandada por el general De Lattre de Tassigny, que fue el embrión del cuerpo expedicionario francés de Italia, en el que luchaban los hombres de la XIII Semibrigada de la Legión Extranjera francesa -la de los noruegos- cuyos supervivientes procedían del Africa Ecuatorial francesa, donde dejaron a Leclerc tras haber conquistado Chad y parte de Camerún.

Luego se incorporaron al cuerpo expedicionario británico en su colonia africana de Sierra Leona. De allí, dando un rodeo por el Cabo de Buena Esperanza, desembarcaron en Sudán -otra colonia británica del este de Africa-, desde donde participaron en la reconquista de Eritrea, antes de subir a recuperar -para la Francia Libre- Siria y Líbano, en el Cercano Oriente. Esto sucedía en junio de 1941.

Después se reconstruyó otra vez la XIII Semibrigada, en Alejandría (Egipto), que luego fue encuadrada en el dispositivo del VIII Ejército británico, mandado por el general Montgomery, con el que. combatirían hasta expulsar de Africa del Norte a los ejércitos alemanes e italianos, en mayo de 1943. Esto, tras protagonizar la heroica resistencia de la posición Bir-Hakeim (mayo de 1942) [Ver HISTORIA 16, número 101, Españoles contra Rommel, por E Pons Prades, septiembre de 1984] y el encuentro con los españoles de Leclerc -que llegan del corazón de Africa-, en enero de 1943, en la capital de Libia, Trípoli.

Otros españoles -más politizados y de edad más madura- desembarcarán clandestinamente en las costas de Andalucía oriental, en particular en las de Almería, para restablecer el contacto con los grupos de resistencia antifranquistas -armados o no- que actúan en España.

Algunos de esos militantes -desde libertarios a catalanistas- traen el encargo de los aliados de sondear a sus respectivas huestes sobre sus posibilidades de respaldar -militar y políticamente- un desembarco aliado en Andalucía o en Cataluña.

El enfrentamiento entre los ingleses, con Churchill a su cabeza, que deseaban que el desembarco en las costas europeas del Mediterráneo se hiciese en los Balcanes, el bajo vientre de Europa, y los norteamericanos, que llegaron a pensar muy seriamente en hacerlo en tierras ibéricas, quizá fue una circunstancia determinante en la designación de Italia -primero Sicilia- como teatro de operaciones europeo contra las fuerzas del Eje, en espera de la apertura de lo que el otro grande, Stalin, consideraba como el verdadero segundo frente: el desembarco en Francia, primero (6 de junio de 1944) en las costas de Normandía y después (15 de agosto de 1944) en las de Provenza.

En la historia de las sucesivas unidades mandadas por el general Leclerc, los españoles republicanos destacan siempre por sus rasgos más peculiares: valientes, pero difíciles de mandar -no de manejar, puntualizará el propio Leclerc-; disciplinados, pero revoltosos; amantes de la juerga, incluso en los momentos más críticos, ejemplo de solidaridad de grupo, desprendidos, soñadores, ya ratos increíblemente temerarios...

Pero esto fue así porque Leclerc era un jefe fuera de serie, un militar anarquista en el más pleno sentido de la palabra. Así me lo calificó el reusense Bamba en amena y divertida conversación junto con varios compatriotas nuestros ex Leclerc en la sede de los veteranos de la II División Blindada, en París.

Ahora bien, ¿y no configuraron los españoles, de alguna manera, el modo de actuar de Leclerc? ¿Acaso no fueron ellos -ya desde las primeras escaramuzas, en pleno desierto, en el sur de Libia- quienes secundaron casi siempre sus travesuras?ç

Para convencerse de ello basta charlar con sus antiguos oficiales y jefes; es decir, los que convivían con ellos las veinticuatro horas del día. Uno, que conoció de cerca a todo tipo de militares franceses durante la campaña de Francia (1939-40), confiesa que los leclercistas parecían seres de otra galaxia. No ocurría así con la división de De Lattre de Tassingy en Italia, Francia o Alemania: aquello era un puro aburrimiento -me ha contado Millán Vicente, de la 13 SB-; aquella unidad parecía una orden monacal...; con decirte que ni los legionarios, con la carrera que llevábamos, conseguimos descongelarlos, está dicho todo.

La primera travesura fue conseguir que la bandera bicolor francesa ondease en los más apartados rincones de las posesiones galas en Africa y que Charles de Gaulle apareciese por todos lados como el jefe supremo de la Francia Libre, aunque para ello Leclerc tuviera que lidiar, en encrespadas batallas dialécticas, con obispos, como el de Douala, y con generales, como Giraud, durante un tiempo el jefe militar más mimado por los norteamericanos en un intento de desbancar a De Gaulle.

La campaña de seducción del canario Campos y otros españoles también contribuyó lo suyo a que Giraud no dispusiese de los efectivos con los que contaba para organizar, a la sombra de los norteamericanos, su propio ejército.

En el asalto -y desbordamiento- de la línea Mareth observamos hasta qué punto Leclerc confía, por enésima vez, en sus hombres para poner en marcha una operación que siguió a los repetidos fracasos de ingleses y neozelandeses ante la citada línea.

Al diseñar Leclerc la operación contra la línea Mareth, el general neozelandés Freyberg no sale de su asombro al oír decir al francés que va a salir de exploración solo, en un jeep, con su chófer, en plena noche, porque mis hombres deben descansar, le recalca.

Días más tarde, en una breve parada en Zaguán, ya en territorio tunecino, el respetable comandante inglés de un grupo de antitanques, puesto a disposición de Leclerc en Gabés, después de hacerle al propio general Freyberg los mayores elogios del general francés y de sus hombres, pide su traslado a una unidad en la que haya gentes que teman a Dios.

La siguiente travesura es su escapada por pistas del desierto, plantando la bandera francesa de la liberación en la villa de Menzuán. Cuando llegó esta noticia al Estado Mayor inglés se creyó en un error de transmisión. Porque, ¿cómo podía encontrarse la Fuerza L (Leclerc) en cabeza, puesto que su lugar estaba a retaguardia?

Leclerc y sus hombres se presentaban dos días después en la ciudad santa de Kairuán los primeros y barren a los alemanes de la Afrika Korps del macizo de Zaguán, para no detenerse hasta la capital: Túnez. Queda clara así la importante participación de la France Libre en la liberación de aquella colonia francesa.

Estas y otras travesuras harán temer que el aparcamiento de su unidad -primero en Sabratah (Libia) y después en Marruecos, cerca de Rabat- no condene a sus hombres a pudrirse en desesperante espera, mientras los anglosajones liberan Francia.

Al caer el general Giraud y sus partidarios en el ostracismo, y bajo la presión incansable de De Gaulle, que tiene en Leclerc al mejor de sus heraldos en todos los terrenos, los norteamericanos deciden entregar al excéntrico general francés los blindados prometidos, operación que se realiza a finales de 1943 y comienzos de 1944 en el campamento de Teamara, al sur de Rabat. La verdad -nos escribió Bamba- es que nosotros estábamos ya persuadidos de que nos iban a dejar allí hasta el final de la guerra, pese a que, como ya te indiqué en una de mis cartas, los ejercicios y las maniobras se realizaron sin interrupci6n, siempre a un ritmo intenso, para que estuviésemos en forma para actuar en cualquier momento.


El mando aliado «castiga» a Leclerc

Leclerc llega a pedir a De Gaulle que le envíe al frente italiano, pero éste le dice: Paciencia, mi querido amigo, paciencia. Usted debe liberar Alsacia y Lorena..., después de París, naturalmente.

De Gaulle a ratos también juega al soñador, porque en los primeros meses de 1944 la popularidad de Leclerc en el alto mando interaliado era más bien baja. Pero el patilargo representante de la Francia Libre, con el apoyo del gobierno de Canadá y del general canadiense Georges Vanier, en particular, consigue la designación de la II División Blindada como fuerza representantiva francesa en el desembarco de Normandía.

Sin embargo, a seis meses del gran día inquieto, el general francés se encuentra todavía entre quienes no comparten el secreto de los dioses. Sólo sabe -De Gaulle se lo aconseja una y otra vez- que debe mostrarse paciente y tener confianza. Así consigue sujetarlo durante unos meses. No faltó quien le apuntó, Conociendo lo que era capaz de hacer Leclerc para no perder comba, que, de haberse enterado a tiempo, el jefe de la II División Blindada hubiese sido capaz de adelantarse a los demás... y desembarcar solo, con sus hombres.

Tiempo al tiempo, ya que antes de que termine 1944, por tierras de Francia, y en la primavera de 1945, por tierras de Alemania, Leclerc demostrará que quienes apuntaban la posibilidad de tan arriesgadísima eventualidad -el desembarco en solitario- no andaban muy desencaminados.
El castigo del mando aliado se hace otra vez evidente en el momento de zarpar la II División Blindada hacia Inglaterra a primeros de abril de 1944: se dispone que el traslado de hombres y material se haga en distintos convoyes marítimos y que entre unos y otros pasen varias semanas.

Pese a los telefonazos y visitas de De Gaulle -primero a Swansea y luego a Hull, al verse obligado a atravesar con todo su material media Inglaterra, lo que le aleja ostensiblemente de las costas sureñas-, ya pesar de la presencia apaciguadora a su lado del coronel Langlade, Leclerc echa chispas por todos lados, porque debe trasladar 240 tanques por las carreteras y el escuadrón de reparación se encuentra todavía en Marruecos.

Para evitar un grave incidente si interviniese Leclerc, el propio Langlade se enfrenta a los americanos, que son los que dirigen la gran operación. El recipiendario de la protesta francesa es el coronel americano de la 4ª Sección del Estado Mayor aliado, que tras el vapuleo exclama: ¡No me había tropezado nunca con un oficial francés capaz de expresarse tan bien en inglés y que usara términos más descorteses!

Con todas las dificultades, la División llega a Hull sin el menor contratiempo. Hasta el 20 de mayo no llegarán a Inglaterra los últimos pertrechos de la II División Blindada, congelados en Casablanca.

Día a día, Leclerc perfila las líneas maestras de lo que debe ser la actuación de la unidad en Francia y Alemania.

-Hay que estar en todo ya todo, en cualquier momento y en la más imprevisible de las circunstancias. Quiero que mis hombres se sientan asistidos en todos los terrenos. Sea cual sea la dureza de los combates, quiero que las transmisiones, la asistencia médica y el servicio de reparaciones estén lo más cerca posible de mis hombres. Y la gasolina, Langlade, la gasolina. Mucho cuidado con la gasolina. No quiero ver un solo vehículo parado por falta de carburante. Y vaya inculcando a las tripulaciones el espíritu de iniciativa necesario para que, incluso cuando estén aislados del resto de la unidad, los hombres de cada blindado formen un grupo compacto y sepan reaccionar positivamente sobre la marcha.

Días antes de embarcar rumbo a Francia (a finales de julio de 1944), cuando los ejércitos anglosajones llevan combatiendo casi ocho semanas sobre suelo francés, Leclerc reúne por última vez en Inglaterra a sus colaboradores.

-Y tomen buena nota de mis instrucciones, señores. Insisto: an6tenlas y estúdienlas bien, porque no creo que nada ni nadie sea capaz de modificar nuestra marcha.

Un veterano de Africa tercia:

-Llevamos años viéndole combatir, mi general, y eso es algo que no se olvida fácilmente.

-Es que el combate es una cosa y la táctica es otra, amigo mío. y cuando tengamos al ejército alemán frente a nosotros yo no podré estar siempre entre ustedes, como en Africa. Así que recuerden bien esto: primero hay que desbordar cualquier resistencia enemiga organizada, rodearla, dirigirse hacia los objetivos sin preocuparse de nada más. Segundo, hay que descubrir la parte débil del dispositivo enemigo, que debe tantearse sobre un frente ancho, gracias a nuestra movilidad, provocar la grieta y colarse por ella sin dilación. y tercero, penetrar profundamente en la retaguardia enemiga y destruir todas las reservas que nos salgan al paso, sembrando el desconcierto por doquíer.

-¿ Y si encontramos resístencia en la retaguardía enemiga?

-En ese caso, como en todos los casos, hay que maniobrar, maniobrar sin parar, recordando siempre que el arma blindada es esencialmente el arma de la velocidad, capaz de adaptarse y de moverse en todos los terrenos. Siempre alerta en los flancos, escierto, pero sin temor a quedar a descubierto, porque la movilidad de los blindados permite en cualquier momento el traslado a un nuevo frente con una rapidez instantánea. Recuerden que só1o hay un principio táctico: infligir al enemigo el mayor número posible de destrucciones, de muertos y de heridos en el menor tiempo posible. y no exponerse tontamente ante su fuego.

Leclerc y sus hombres desembarcaron en Normandía en la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 1944. La II División Blindada actuará como fuerza de apoyo; es decir, su intervención está. prevista tan sólo para cuando se produzca .la ruptura del frente enemigo.

Las intenciones de los norteamericanos no parecen muy limpias -han imprimido billetes franceses para las fuerzas de ocupación aliadas sin consultar para nada a la France Libre-, por lo que tanto De Gaulle como Leclerc deberán desplegar mucha imaginación para no ser olvidados del todo en la liberación de Francia.

Después de la cruenta batalla de Eccouché, los blindados de Leclerc ponen proa a París. Antes envían a De Gaulle este breve y poco ortodoxo informe:

Tras una marcha desenfrenada y asaz acrobática, que nos ha conducido desde Avranches (Normandía) hasta Le Mans, hemos atacado en punta hacia el norte, y en cuatro jornadas hemos alcanzado el río Orne, entre Eccouché y Argentian. Nuestro ataque, cogiendo de flanco una tras otra a varias divisiones alemanas, ha dado excelentes resultados. Durante esos días he tenido la impresión de estar reviviendo los días de mayo y junio de 1940, sólo que al revés: desarrollo de nuestros movimientos de infiltración en el interior de las líneas enemigas, destacamentos-sorpresa y permanente alanceamiento del dispositivo enemigo...

Nuestros vecinos americanos, sobre todo los de nuestro flanco izquierdo, iban, como de costumbre, bastante retrasados. El resultado de estos ataques hubiera podido ser fantástico de haberse decidido el cierre del corredor Argentan-Falaise. El mando se ha opuesto a ello formalmente. La historia juzgará.

El jefe de la Nueve, capitán Dronne, nos facilita de su diario de marcha esta apostilla: El alto mando careció de audacia. Dejó escapar a los alemanes que las fuerzas aliadas volverían a encontrar, algo más tarde, frente a ellas, debidamente reorganizadas. Los americanos se han mostrado demasiado prudentes y muy lentos.

Y uno de los más eficientes jefes de municionamiento de la II División Blindada, Bamba, reafirma lo dicho por otros testigos directos de la batalla de Francia (segundo semestre de 1944): De no haber sido por su aplastante superioridad material, la verdad es que yo no sé lo que hubiese pasado...; fíjate que los soldados rasos americanos llevaban en su dotación hasta papel higiénico.

El 22 de agosto -día en que Leclerc decide marchar hacia París a todo tren- los americanos han rebasado Chartres y Dreux, al oeste de la capital francesa. Pero el ataque frontal y la ocupación de París no están previstos en el rígido planning del alto mando aliado hasta el 15 de septiembre de 1944.

Los americanos tienen un miedo tremendo a los combates callejeros y el abastecimiento de varios millones de personas hubiese desviado de su contenido a demasiados vehículos y personal. El general Montgomery, por su parte, tampoco se preocupa sobremanera de la capital francesa. Lo que más obsesiona a los ingleses es la ocupación de la región costera de la zona del Canal de la Mancha, para apoderarse de las rampas de lanzamiento de cohetes V-1 y V-2 allí instaladas y poner fin a los terroríficos bombardeos de Londres.

El miedo a que París corriese la misma suerte que Varsovia -se sabía que Hitler había ordenado su destrucción- provocó la insurrección popular, que fue declarada el 18 de agosto, y aceleró la marcha de los hombres de Leclerc en auxilio de la resistencia interior parisina.

Otros españoles, los encuadrados primero en la Organización Militar Española (OME) y luego en la Agrupación Guerrillera Española (AGE), apoyaron, con la participación de cientos de ellos en los combates callejeros, la insurrección popular.

Nunca se sabrá cuántos compatriotas nuestros pagaron con sus vidas la liberación de Francia y de París. Pero sí se sabe que dos dirigentes españoles de la AGE, el madrileño Buitrago y el melillense Barón Carreño, murieron allí: el primero en las barricadas y el segundo en manos de la temible Gestapo pocos días antes de la liberación de la capital francesa. Es éste un capítulo de nuestra historia, escrita más allá de nuestras fronteras, que está casi por descubrir.


Camino de Alemania

El 8 de septiembre los hombres de Leclerc reanudan su marcha hacia el este. Al fin se cumplirá el juramento hecho en el oasis de Kufra (Libia), después de ocupar esta importante fortaleza italiana: Ahora ya no nos detendremos hasta liberar Metz y Estrasburgo.

Y así fue: la capital de la Lorena era rescatada a finales de septiembre y Estrasburgo, el 23 de noviembre, al tiempo que se alcanzaban la orilla del Rin y la frontera alemana. En estos casi tres meses de operaciones entre París y Alsacia, en el seno de la IX Compañía ha estado actuando, clandestinamente, un comando compuesto por veteranos luchadores libertarios (Manuel Huet, Joaquín Blesa, Liberto Ros y Mariño), el cual, con la complicidad del canario Campos, del barcelonés Bullosa (de la 3ª Sección), de varios oficiales franceses y de Bamba, efectúa un rastreamiento del terreno conquistado para recuperar armamento ligero alemán, destinado a ser introducido en España, vía París y Toulouse.

Este es otro capítulo, interesantísimo y singular donde los hubiere, que algún día se tendrá también que investigar y escribir, para demostrar hasta dónde puede llegar la inventiva de los ibéricos.

El Rhin se cruza el 27 de abril de 1945 por un puente de barcazas. Y aquí realiza Leclerc su última travesura. Puesto que ni él ni ninguno de los aliados occidentales podrá darse el gustazo de ocupar Berlín -honor que se les regalará a los soviéticos-, el general francés decide que sus hombres ocuparán el Nido de Aguilas de Hitler de Berchtesgaden, en los Alpes tiroleses.

Al sur de Karlsruhe -en Rastatt-, mientras el grueso de la II División Blindada, ateniéndose al itinerario oficial que le ha marcado el alto mando aliado, sigue hacia Munich por Nordlingen y Ausburgo, Leclerc lanza varios destacamentos motorizados por el sur.

Atravesando Stuttgart, Sigmaringen (donde están a punto de encontrarse de nuevo con la XIII Semibrigada de la Legión), Sangen y Wilheim-im-Oberbayern, la IX Compañía, que va como siempre en cabeza, se presenta en Berchtesgaden el 5 de mayo tres días antes de que los alemanes pidan del cese del fuego.

En los combates del desfiladero y el túnel de Inzell -explica Moreno-, los españoles de la Novena tuvimos pocas bajas por una razón muy simple: en el largo camino recorrido desde las playas de Normandía hasta las puertas de Austria los habíamos perdido casi todos. Si mis cuentas no yerran, al terminarse la guerra, el 8 de mayo de 1945, de los 148 españoles que desembarcamos en la playa normanda de Utah Beach sólo quedábamos 16.


Eduardo Pons Prades
Revista Historia16 nº 111, julio 1985