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3112. Manifiesto fundacional del partido Socialista Obrero Español, 1879




Considerando:

Que esta sociedad es injusta, porque divide a sus miembros en dos clases desiguales y antagónicas: una la burguesía que, poseyendo los instrumentas de trabajo, es la clase dominante; otra el proletariado, que, no poseyendo más que su fuerza vital, es la clase dominada;

Que la sujeción económica del proletariado es la causa primera de la esclavitud en todas sus formas: la miseria social, el envilecimiento intelectual y la dependencia política;

Que los privilegios de la burguesía están garantizados por el poder político, del cual se vale para dominar al proletariado.

Por otra parte:

Considerando que la necesidad, la razón y la justicia exigen que la desigualdad y el antagonismo entre una y otra clase desaparezcan, reformando o destruyendo el estado social que los produce;

Que esto no puede conseguirse sino transformando la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la sociedad entera;

Que la poderosa palanca con que el proletariado ha de destruir los obstáculos que a la transformación de la propiedad se oponen ha de ser el poder político, del cual se vale la burguesía para impedir la reivindicación de nuestros derechos;

El Partida Socialista declara que tiene por aspiración:

La posesión del poder político por la clase trabajadora.

La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad colectiva, social o común. Entendemos por instrumentos de trabajo la tierra, las minas, los transportes, las fábricas, máquinas, capital-moneda, etc.

La organización de la sociedad sobre la base de la federación económica, el usufructo de los instrumentos de trabajo por las colectividades obreras, garantizando a todos sus miembros el producto total de su trabajo, y la enseñanza general científica y especial de cada profesión a los individuas de uno u otra sexo.

La satisfacción por la sociedad de las necesidades de los impedidos por la edad o por padecimiento.

En suma: el ideal del Partido Socialista Obrero es la completa emancipación de la clase trabajadora; es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión de una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes.

20 de julio de 1879

Aprobado en el I Congreso del PSOE
Barcelona, 23 al 25 de agosto de 1888








1726. Una nube para Pablo Iglesias

Pablo Iglesias Posse
(Ferrrol, A Coruña, 18 de octubre de 1850 - Madrid, 9 de diciembre de 1925)


Mi padre era republicano. Mejor dicho, mi padre era de Azaña. Alguna vez me leyó fragmentos de El jardín de los frailes. Yo estaba mentalizado -como se dice ahora- para emocionarme, cuando comenzó el asedio a Madrid, con aquellas palabras de Azaña: "y en Madrid, donde nunca pasaba nada, pasa hoy lo más grande de la historia". Mi padre era republicano, muy liberal y respetuoso con todos, y por ello no trató jamás de hacerme republicano. Ni me habló de política, sino de algún ser concreto, como Azaña. Seguramente no mencionó jamás el nombre de Pablo Iglesias. Pero ese nombre existía, vagamente, para mí. Era el nombre de alguna avenida de alguna ciudad española. Existía su imagen: un hombre de barba blanca y mirada bondadosa que se me confundía con otras imágenes: la del arquitecto Gaudí, la del filántropoMarqués de Valdecilla. Yo me enteré que había sido tipógrafo, lo que me lo aproximaba al Julián de La Verbena de la Paloma. A los 14 años míos, Pablo Iglesias era una imagen borrosa, un antepasado romántico de otros seres bien concretos cuyos nombres y apariencia física -gracias a los periódicos- tenían una realidad para mí: Prieto, Largo Caballero, el de los ojos claros, Besteiro, don Fernando de los Ríos, el de los ojos oscuros y barba semítica y juanramoniana. Pablo Iglesias era, además de muchas avenidas en muchas ciudades españolas, además de un antepasado de unos seres concretos, un arma arrojadiza utilizada por quienes, en la década de los treinta, trataban de mantener las esencias más puras de aquel socialismo que, en 1879, había conmovido a un Madrid donde nunca pasaba nada. Pablo Iglesias era, para mí, una incógnita que debía ser despejada. Era un demonio revolucionario. Era un santo laico cuyo nombre sonaba beatamente en labios obreros y socialistas. Estas versiones, tan disímiles, me lo convertían en una figura lejana y decorativa, en un ser arqueológico más que en un punto de partida hacia el futuro.

"Hay una biografía suya que debes leer", me dijo alguien. Pero eso sucedería más tarde, cuando yo tenía diecisiete años o dieciocho. Cuando me lo dijeron había que hablar muy secretamente de Pablo Iglesias, de Largo Caballero, de Besteiro, de Fernando de los Ríos. Cuando todos ellos no eran otra cosa que recuerdo, remoto o próximo. Si yo hubiese hallado esa biografía, la hubiese leído con ese placer de lo clandestino y prohibido. Ocurría esto cuando Besteiro, preso, era increpado por sus compañeros de prisión porque "por tí estamos aquí". Y yo pensaba si Pablo Iglesias, muerto en olor de multitud, no habría padecido la pena de escuchar palabras semejantes en caso de estar vivo en 1939. Sus ojos bondadosos me hacían pensar que él también hubiese creído las palabras de quienes aseguraban que "sólo serán castigados los que tengan las manos manchadas de sangre". Pero no era posible prever las reacciones de un ser, un mito, que había concienciado a la clase obrera española, los Julianes de finales de siglo. Me faltaban datos para aventurarme en esa tarea de recomponer lo que pudo haber sido.

"Hay una biografía suya que debes leer". Me dijeron que estaba escrita por un periodista exiliado en Francia, Julián Zugazagoitia. Un nuevo nombre para incorporar a mi nebulosa galería. No conocía su rostro, ni su importancia. Pero el nombre me bastaba para saber que en él estaba encerraba la llave del secreto que me revelaría la personalidad de Pablo Iglesias. El libro -me adelantaré a decir que no lo he leído jamás- tendría poder para convertir un rostro difuso en un ser concreto.

Fue entonces cuando vi el rostro de Zugazagoitia. Aunque sería más exacto decir que no llegué a ver su rostro, sino su figura lejana, abajo, en el patio, cuando los demás estábamos en las galerías. Creo que eran cuatro figuras de nombre familiar: Cruz SalidoTeodomiro MenéndezRivas Cherif. Corrían rumores de que habían sido traídos a España por la Gestapo. Cuatro siluetas lejanas de las que llegué a conocer dos rostros: el de Rivas Cherif, cuñado del mitificado Azaña de mi padre, y el de Teodomiro Menéndez, grabado en mi mente adolescente cuando, durante el octubre de 1934, se arreó desde una ventana cuando fue detenido. Un mito mío al que oí hablar con cerrado acento asturiano de pintorescos sucesos que tenían como protagonistas a los concejales republicanos del ayuntamiento de Gijón. Y pensé que algún día Zugazagoitia podría contarme cosas de aquel desvaído Pablo Iglesias.

Ahora me doy cuenta de que, cuando escuchaba a Teodomiro Menéndez, yo no pensaba en la posibilidad de escuchar a Zugazagoitia. Hay una razón: Teodomiro y Rivas Cherif podían hablar con nosotros porque su incomunicación terminó el día que fusilaron a sus compañeros: Zugazagoitia se llevaba con él la llave del secreto. Ya nunca podría saber quién y cómo era en realidad el mítico Pablo Iglesias. Y no quiero leer su biografía, la he tenido en mis manos.

Esta nube tenía lugar en el año -no estoy muy seguro, y no me apetece consultarlo- 1941, en la prisión Porlier de Madrid, cuarta galería.


José Hierro
"Homenaje a Pablo Iglesias". Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1979







1650. En homenaje a Pablo Iglesias

Pablo Iglesias Posse
(Ferrol, 18 de octubre de 1850 - Madrid, 9 de diciembre de 1925)


En su libro, que es ya como un clásico ingenuo y transparente, Morato le llamó "el Apóstol". La calificación es acertada, y no ya en el sentido de propagador de una doctrina, sino en el del hombre excepcional a quien se venera tan devotamente como el creyente venera a un santo. Pues la redención de los trabajadores, además de fundarse en muy objetivas exigencias de justicia social y de requerir tenaces empeños organizativos, necesita siempre, y aún más en sus primeros pasos, el fervor y la ejemplaridad.

Pablo Iglesias supo recorrer sin desmayo y abrir a los demás oprimidos el penoso camino que va de la indefensión a la organización, de la ignorancia a la educación, de la debilidad a la fuerza obrera; pero no lo consiguió por el solo ejercicio de su capacidad y su lucidez, sino también, y aún más, con el ejemplo de su abnegación. Por una feliz fatalidad de su temperamento, su trayectoria moral es intachable. Y únicamente los hombres de tal índole son quienes pueden transformarse para los demás, de modo duradero, en verdaderos dirigentes. Pero no debe olvidarse que ninguna fatalidad, y menos la del carácter, impide la constante y libre elección de unas u otras vías. Iglesias tuvo que elegir de continuo, y en esas decisiones libres reside su grandeza. Las trampas, toscas unas veces, sutiles otras, del poder, no lo atrapan; si no bastara para evitarlas su aguda conciencia de clase, le sobraría con su firmeza ética para desdeñarlas. A un hombre despejado y voluntarioso como él no le habrían sido difíciles sustanciosos pactos, y no dejaron de serle brindadas ocasiones de aceptarlos. 

Pero, entre la cárcel y el medro personal, optó por sufrir persecución y prisiones; entre las sinecuras y la pobreza, prefirió mantenerse fiel a esta última, en la que había nacido y crecido. No era asimilable y, por no serlo, pronto se instrumentaría contra él ese cínico descrédito con el que se intenta manchar al adversario que no se deja intimidar ni sobornar. Quienes se consideran con el más sagrado derecho a usar abrigos de pieles, viajar en departamentos de primera clase, vivir ociosos de sus fincas y sus rentas, o pagar salarios de hambre y mandar al otro mundo a unos cuantos desdichados que piden, en manifestación pacífica, sólo un poquito de todo lo que se les roba, pondrán en circulación, con farisaico escándalo, los infundios de que Pablo Iglesias -¡él,no ellos!- vive de explotar a los obreros que le siguen; usa pieles y billete de primera, pero lo oculta; es propietario de hoteles... Tales infamias, dicho sea de paso, no han terminado hoy, ni acabarán en muchos años, de lanzarse contra ciertos representantes del pueblo: republicanos, socialistas y comunistas de nuestro tiempo han tenido y tendrán que soportarlas, aunque sus cuentas estén claras o mueran sin dejar fortuna. Hasta tal punto subleva (¡ay!, palabra terrible) y alarma a los privilegiados que los explotados reclamen justas nivelaciones.

Aquel gran dirigente socialista fue hombre de salud precaria, porque prefirió gastar sus energías en defensa de los trabajadores antes que en cuidarse. Pudo ser un moderado bien retribuido y aún próspero, pero, ya viejo, sus amigos y compañeros tenían que seguir ayundándolo. Pudo resignarse a la incultura y eligió el estudio. Pudo debilitar sus objetivos, pero el iluminador marxismo de su tiempo lo mantuvo tan inexorablemente combativo como eficaz. Y todo ello fue consecuencia, cierto, de una inconmovible ética personal. ¿De una fatalidad, en suma? Tal vez. Mas no olvidemos que siempre se puede elegir.

En esa dura y libre elección que es toda su vida veo yo su gran talla humana. Y en la luz proyectada por su inteligencia y su conducta brilla todavía la más imperiosa consigna, que aún no hemos sabido realizar hoy del todo: la de la unión de las izquierdas. Figura como la suya nos permiten alimentar esa esperanza; pues todos, independientes o adscritos a muy diversas familias políticas, podemos seguir llamando a este apóstol, con total veracidad, "el abuelo".


Antonio Buero Vallejo










1214. Lo que recuerdo yo de Pablo Iglesias




Los que somos ya viejos y empezamos a vivir muy pronto evocamos hoy, como uno de los más decisivos recuerdos de nuestra infancia, la figura del compañero Iglesias —así se le llamaba entonces—, de aquel joven obrero de palabra ardiente, de elocuencia cordial. Era yo un niño de trece años; Pablo Iglesias, un hombre en la plenitud de la vida. Recuerdo haberle oído hablar entonces —hacia 1889— en Madrid, probablemente un domingo (¿un Primero de Mayo?), acaso en los jardines del Buen Retiro. No respondo de la exactitud de estos datos, tal vez mal retenidos en la memoria. La memoria es infiel: no sólo borra y confunde, sino que, a veces, inventa, para desorientarnos. De lo único que puedo responder es de la emoción que en mi alma iban despertando las palabras encendidas de Pablo Iglesias. Al escucharle, hacía yo la única honda reflexión que sobre la oratoria puede hacer un niño: “Parece que es verdad lo que ese hombre dice”. 

La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible —e indefinible— de la verdad humana. Porque antes de Pablo Iglesias habían hablado otros oradores, tal vez más cultos, tal vez más enterados o de elocuencia más hábil, de los cuales sólo recuerdo que no hicieron en mí la menor impresión. Debo advertir que, aunque nacido y educado entre universitarios, nada había en mi educación —digámoslo en loor de ella— que me inclinara a pensar que la palabra de un cajista había de ser necesariamente menos interesante que la autorizada por la sabiduría oficial. Quiero decir que no había en mí el menor asombro ante el hecho de que un tipógrafo hablase bien. La palabra es un don —pensaba yo entonces— que reparte Dios algo a capricho, y que no siempre coincide con el reparto de diplomas académicos que hacen los hombres. Para un niño esto es una verdad muy clara. El tiempo se encarga de enturbiárnosla con múltiples reservas.

Lo cierto es que las palabras de Iglesias tenían para mí una autoridad que el orador había conquistado con el fuego que en ellas ponía, y que implicaban una revelación muy profunda para el alma de un niño. De todo el discurso, en el que sonaba muchas veces el nombre de Marx y el de algunos otros pensadores no menos ilustres, que no podía yo entonces valorar —hoy acaso tampoco—, sacaba yo esta ingenua conclusión infantil: “El mundo en que vivo está mucho peor de lo que yo creía. Mi pobre existencia de señorito pobre reposa, al fin, sobre una injusticia. ¡Cuántas existencias más pobres que la mía hay en el mundo, que ni siquiera pueden aspirar, como yo aspiro, a entreabrir algún día, por la propia mano, las puertas de la cultura, de la gloria, de la riqueza misma! Todo mi caudal, ciertamente, está en mi fantasía, mas no por ello deja de ser un privilegio que se debe a la suerte más que al mérito propio”. Mucho he pensado durante mi vida sobre esta primera meditación infantil, que debía a las palabras del compañero Iglesias.

Hace muy poco tiempo, un año antes de estallar la rebelión militar, Ilya Ehrenburg, nuestro fraterno amigo, me recitaba en Madrid las coplas de don Jorge Manrique, que él había traducido al ruso y que yo sabía de memoria en castellano. Muy bien sonaban en la lengua de Tolstoi, y en labios de Ehrenburg, aquello de

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;

y aquello otro de

allí los ríos caudales,
allí los otros mediados
y más chicos,
allegados son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Y una reflexión escéptica de muy honda raíz en mi alma, porque arrancaba de otra reflexión infantil, acudía a mi mente. Si los ricos y los que vivimos por nuestras manos —o por nuestras cabezas— somos iguales allegados a la mar del morir, y el viaje es tan corto, acaso no vale la pena de pelear en el camino. Pero la voz de Ehrenburg me evocaba, también por su vehemencia, las palabras que Pablo Iglesias fulminaba contra las desigualdades del camino, sin mencionar siquiera su brevedad. Y aquella reflexión mía no llegó a formularse en la lengua francesa que Ehrenburg y yo utilizábamos para entendernos. Porque, decididamente, el compañero Iglesias tenía razón, y el propio Manrique se la hubiera dado. La brevedad del camino en nada mengua el radio infinito de una injusticia. Allí donde ésta aparece, nuestro deber es combatirla.

Hace ya algunos años que la voz de Pablo Iglesias ha enmudecido para siempre. Yo la oí por segunda y última vez la tarde en que pedíamos amnistía [sic] para los ilustres encarcelados de Cartagena. Llegados al monumento a Castelar, donde la manifestación debía disolverse, encaramado en el alto pedestal vimos aparecer a Pablo Iglesias, que nos dirigía la palabra. Las multitudes aplaudíamos. La voz del orador, algo parda y enronquecida, con aliento difícil de fuelle viejo, era todavía —para mí, al menos— la voz del compañero Iglesias, porque en ella aún vibraba aquel su acento inconfundible de humanidad auténtica.

Yo no sé si la voz de Pablo Iglesias se conserva fonográficamente. De todos modos, no seré quien lamente la ausencia de ese disco. Al fonógrafo, tan exacto para registrar lo cuantitativo, las relaciones de más y de menos en la voz humana, escapa siempre lo cualitativo, ce rien qui est tout, el timbre que distingue a unas voces de otras. Es la tragedia de la máquina, tan útil, tan necesaria: a ella se escapa lo vivo casi siempre. Lo espiritual nunca lo reproduce.

En cuanto a la voz de Pablo Iglesias, del compañero Iglesias, o, si queréis, del abuelo, yo prefiero escucharla en mi recuerdo o, mejor todavía, en la voz de otros hombre no menos auténticos, no menos verdaderos, que aún nos hablan al corazón y a la inteligencia.


Antonio Machado
Desde el mirador de la guerra










650. Aprendamos


     

La Historia enseña que los privilegiados de todos los tiempos solo han hecho concesiones a los oprimidos cuando éstos, por su unión y fuerza, les han infundido temor haciéndoles comprender que sus intereses podían correr peligro si no satisfacían en parte las aspiraciones de los que ansiaban mejorar su estado.

La banca y las grandes empresas (La burguesía, en el original), con sus propios actos hacia los trabajadores indican que únicamente aflojan el cordón de la bolsa cuando entienden que, de no hacerlo así, puede verse su existencia amenazada , su dominio comprometido o la vida de algunos de los suyos en riesgo de muerte.

Si los parados no fueran un peligro, por su crecido número, para la tranquilidad burguesa y la buena marcha de sus negocios, las pocas obras buenas que acometen no se llevarían a cabo.

Si la derecha (burguesía, en el original) lleva hoy a los Parlamentos proposiciones de carácter social aparentemente favorables a los trabajadores, lo hace tan solo impulsada por el propósito de despertar alguna esperanza de bienestar y por suponer que de este modo contiene algo los progresos del socialismo.

Si declara en los mensajes a las Cámaras que los sufrimientos de los trabajadores y el mejoramiento de su estado van a ser objeto de su preferencia, se propone con ello solamente disminuir el descontento de las masas obreras y calmar su espíritu revolucionario.

Si reconoce alguna vez que, en efecto, las quejas de las víctimas del régimen capitalista tienen fundamento sobrado y merecen ser atendidas, lo hace con el fin de no exasperar a los desposeídos y de paralizar en lo posible la unión de éstos.

En fin, todo cuanto el poder financiero y político (burguesía, en el original) lleva a cabo, real o aparentemente, en beneficio de los trabajadores, veríficalo a impulsos del miedo.

Únanse los trabajadores por oficios, teniendo por bandera el mejoramiento de las condiciones de trabajo… creen una organización internacional y habrán realizado la mitad de la tarea para realizar aquella tarea.


Pablo Iglesias

El Socialista,  número 203, 24-1890, pp. 1-2