Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Zamacois. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Zamacois. Mostrar todas las entradas

3368. Los desesperados

El desesperado: he aquí un tipo mudo, torvo y terriblemente combativo, del que la guerra ha forjado en menos de dos meses millares de ejemplares. De todos los muñecos con que juega la muerte ninguno más patético. El desesperado es el hombre —campesino casi siempre— victima de la barbarie fascista, que vió arder su casa y asistió al fusilamiento de su padre y acaso también a la violación de sus hijas. Para el desesperado la vida es un fardo; si no se suicida es porque quiere vengarse de quienes, contra todo derecho, le dejaron vacío el corazón. Si les tuviese delante a mordiscos acabaría con ellos, y cuando piensa en esto los dientes le rechinan. La venganza le alimenta; la lleva en la sangre; es su idea fija, su alegría, su razón de ser...

Los desesperados forman dos grupos: el de aquellos que oportunamente se alistaron en las Milicias y se hallan perfectamente municionados y equipados para marchar a la linea de fuego, y el de los que todavía están indefensos. Para estos un arma representa un tesoro, y la miran con la ansiedad loca que despertarla un vaso de agua en el caminante que agoniza de sed. A los desesperados se les reconoce en seguida por la inmovilidad contemplativa de sus actitudes, por la lumbre homicida que les enceniza los ojos y, sobre todo, por su silencio..., porque el dolor y el odio que le poseen no le dejan hablar. 

La acción en un pueblo cualquiera. Declina la tarde. Las calles del lugarejo están llenas de soldados, de camiones y de carros de asalto. Va a salir una columna. A intervalos, dominando el rebullicio de la multitud, se oye una voz dura, tajante, que dicta órdenes. 

Un hombre de aspecto montaraz, cenceño, mal afeitado, cobrizo, se acerca a una tertulia de milicianos y, sin saludarles: 

—¿Quién manda las fuerzas? —pregunta. 

—Un capitán —le responden. 

—¿Dónde está? 

—Por ahí, búscale... 

—¡Decidme dónde, moño!... ¡Necesito verle!... 

La ira infinita que le roe las entrañas le ha subido al rostro. Sus facciones se contraen; los dientes le crujen. Uno de los circunstantes exclama, señalando una dirección: 

—Sí, hombre; allí tienes al capitán; mírale. 

El recién llegado gira sobre sus alpargatas y resueltamente se acerca al Jefe. 

—¿Da usted su permiso, mi capitán? 

El solicitado se vuelve. 

—¿Qué se te ofrece? 

—Yo venía a pedirle a usted un fusil. 

—¿Quién eres tú? 

—Yo soy un vecino de ahí..., de ese pueblito que perdimos antier y que me han dicho va usted a tomar esta noche. 

El capitán le mira de hito en hito. El talante del desconocido le satisface. No parece torpe. 

—¿Conoces bien esta tierra? —inquiere. 

—¡Que si la conozco!... No hay peñasco, ni olivo, ni atajo, que no me sepa de memoria. 

—En ese caso vendrás con nosotros. Nos servirás de guía. 

—Conformes. 

—Búscame luego. 

El capitán hace ademán de marcharse; su interlocutor le detiene tocándole en un brazo. 

—Es que yo —murmura— necesito un fusil. 

—No hay fusiles. 

—Porque a mi..., se lo diré de una vez..., me han quemado mi casa, y me han matado la mujer y una hija... y yo soy un hombre que está deseando acabar de una vez... 

La voz le ha temblado, los ojos se le han humedecido y guarda silencio. Emocionado el capitán replica: 

—Pues, lo siento, créeme; lo siento de veras, pero no puedo complacerte; no tengo fusiles. 

—¿Y una escopeta?

—Tampoco quedan escopetas. Llevamos las armas justas. 

El desesperado mira al cielo, aprieta los puños y con ceceo marcadamente extremeño comenta: 

—Qué lástima, rediós, pero qué lástima que las manos, ellas solas, en casos como éste, no sirvan de "ná"!... 

—Lo que puedes hacer —le dice el capitán— es quedarte con el fusil del primer camarada que caiga herido. Ya lo sabes. ¡Buena suerte!... 

Y se va. 

La recomendación del Jefe no ha caído en saco roto. El intruso se aproxima a los milicianos que escucharon el diálogo y detenidamente les mira, uno a uno, como si quisiera adivinar, por la expresión de sus rostros, cuál de ellos sucumbirá primero. 

—Ya habéis oído —murmura— lo que ha dicho el capitán... 

Los aludidos sonríen. 

—¡Bueno, hombre!... ¡Pues tú verás cuál de nosotros te conviene!... 

El otro vacila, teme equivocarse; aquello es para él una lotería. De pronto se decide y toma a uno de los presentes de la mano. 

—Me voy contigo... 

Y acto seguido, llevándole un poco aparte y bajando la voz: 

—¿Convenidos, eh?... ¡No Jorobes!... Ya sabes que tu fusil es para mi. ¡No se lo des a nadie!... 

El requerido asiente, impávido. 

A poco de salir del pueblo la columna entra en fuego. Crepitan las ametralladoras. Los hombres de nuestra vanguardia avanzan arrastrándose sobre el vientre. El desesperado, tendido en tierra, junto a su compañero, le mira disparar: le mira con envidia, con celos, casi con rabia. 

—¿Cuándo caerá? —piensa. 

De pronto le ve rodar por una cuesta abajo. ¿Herido?... ¿Muerto?... No le interesa averiguarlo. Lo que le importa son su cartuchera, su bayoneta, su fusil... 


Eduardo Zamacois
Ahora, 11 de septiembre de 1936








3165. Por los pueblos mártires

Foto: Baldomero


En la segunda quincena de septiembre los traidores bombardearon furiosamente un pueblecito. Nosotros lo visitamos dos días después de consumarse el inútil, cobarde y brutal sacrificio. Nuestras tropas lo habían recobrado la víspera. Las casas —unas destechadas, otras totalmente hundidas— y todas tiznadas por el humo las explosiones, daban a cada acera el aspecto de una dentadura rota. De muchas, cuyos escombros ardían aún, sólo quedaban en pié las fachadas, cuyas ventanas sin marco tenían la expresión fija de esos ojos vacíos con que nos obsesionaban las caretas. A lo largo de las calles, los cascotes, los aleros desplomados, los balcones arrancados de sus muros por la metralla, levantaban barricadas informes. Un bardal, al caer, aplastó dos automóviles: de estos uno desapareció completamente, pero el "capó" del otro afloraba intacto de los desechos, sus ruedas delanteras —las únicas visibles— tenían la expresión de las patas de una araña escondida en un hoyo. En los picos altos de muchas viviendas subsistían algunos muebles —armarios, mesillas de noche, cuadros, relojes, baúles— que por hallarse arrimados a los muros se libraron de abismarse con el suelo. En medio de tanta desolación, un orinal salvado así milagrosamente, y un perol de cobre bruñido colgado todavía de su espetera, hacían sonreír a los transeúntes. 

Cierta ventana enrejada, tras de la cual la brisa movía unos visillos blancos, interesó nuestra atención. La casa, de buen aspecto, no parecía haber sufrido con el bombardeo. ¿Qué prodigio era éste?... Curiosos, nos acercamos a observar. La ventana correspondía al comedor. Ocupaba el centro de la estancia una mesa ovalada, cubierta por un mantel y en la que contamos media docena de cubiertos; los platos, distribuidos de dos en dos, las copas de cristal, la botella del vino, brillaban alegres. A la hila de las paredes encaladas vimos un aparador cargado de loza, un fonógrafo y un diván; alrededor de la mesa varias sillas, puestas de cualquier modo, parecían indicamos que sus ocupantes se habían levantado de ellas precipitadamente. ¿Por qué?... Apretando la frente por entre los barrotes de la reja para mejor mirar, nos explicamos lo ocurrido. Al fondo del aposento el techo aparecía desplomado en una extensión de varios metros. Era, pues, evidente que la bomba que arruinó el hogar cayó precisamente cuando sus dueños iban a sentarse a comer, y la familia, enloquecida de terror, huyó brincando sobre los escombros. 

Después, junto a la puerta de la casa —puerta que los fugitivos dejaron entornada— descubrimos al único superviviente de la catástrofe: un perro. El acobardado animal tenía el rabo caído y los ojos llenos de lágrimas. Incesantemente sacaba la cabeza y miraba a la calle, luego se escondía y, pasados unos segundos, volvía a asomarse. Sin duda, la fidelidad que guardaba a sus amos no le dejaba irse. Cuando nos vio acercarnos, sus ojos llorosos adquirieron una expresión humana, de congoja y de súplica. 

—¿Para qué quieren entrar —parecía decirnos— si aquí ya no hay nadie?...  

A Torrijos llegamos mediada la tarde. Torrijos no ha sufrido aún los horrores de la guerra. Sus calles anchas y vacías, flanqueadas por viviendas de una o de dos plantas, tienen el extraño silencio de las ciudades desenterradas. Todos los vecinos, recelando una posible acometida de los facciosos, huyeron de allí, llevándose los enseres  que estimaron más necesarios —colchones, mantas, ropas—, y sus casas parecen dormir tras el hondo misterio de sus puertas herméticas y de sus persianas corridas. 

A pie recorremos el pueblo. Su absoluta quietud nos inquieta y admira. Nos sentimos propietarios de él. Está abandonado y como a merced de quien desee tomarlo. 

—A querer —pensamos—, todo esto sería nuestro... 

En la plaza, frente a la iglesia, hay un grupo de milicianos sentados alrededor de un piano. Lo sacaron de cualquier parte —probablemente del Casino—, y con él se divierten. Uno de ellos porracea sin ton ni son el teclado; los demás cantan. Sobre el suelo desigual, cubierto de guijarros, el piano —instrumento eminentemente burgués, aparece desnivelado y como prisionero, y en la oquedad de la plaza,  sus notas vibran medrosas. 

Seguimos caminando en busca de gasolina para nuestro automóvil. Al igual de las casas, los comercios están cerrados. No hallamos persona ninguna que nos oriente. Cerca de la estación del ferrocarril vemos un hombre y dos mujeres; cargados de maletas y de atadijos. Los tres marchan presurosos; van a tomar el tren que sale para Toledo. El hombre tiene cara de infeliz: es viejo, pequeño, débil, flaco. Agotado deja su carga en el suelo, y con hablar entrecortado por la fatiga responde a nuestras preguntas. 

—En Torrijos —dice— no queda nadie; más que nosotros. Por nuestro gusto no nos moveríamos de aquí, pero tenemos que irnos.

Las mujeres lloran. 

—Habíamos —prosigue el hombre— una confitería que desde hace veinte años, nos daba de comer a mi mujer, a mi sobrina y a mí. No teníamos dinero ahorrado, pero sí trabajo, y no pedíamos más. Ahora.... ¡ustedes lo ven!..., estamos en la miseria, y si Dios no me ayuda, pediremos limosna. 

Explicado lo cual él y las dos mujeres, temblándoles las piernas bajo el peso de su impedimenta, siguieron su camino. 

Ocho días después regresamos a Torrijos de tránsito para Toledo. Los milicianos ya se habían marchado rumbo a otros frentes, y el lugar nos pareció más callado aún que antes. En sus afueras saludamos a un viejo de estampa castellana, seco, recio y cobrizo, a quien sus ideas impusieron el remoquete de "El Libertario". Como todas las familias, la suya también había huido. Estaba solo... ¡absolutamente solo!... en la inmensa quietud muda de la población abandonada. Inútilmente procuramos llevarle con nosotros. 


Santa Cruz del Retamar, octubre.
Eduardo Zamacois
Ahora, 14 de octubre de 1936






2786. La Guerra había empezado

Eduardo Zamacois Quintana (Pinar del Río, Cuba, 17 de febrero de 1873 - Buenos Aires, 31 de diciembre de 1971)


La guerra había empezado.

Poco diré aquí de lo que luego advino. Fue una guerra sin prisioneros, en la que los beligerantes pelearon como tigres. La relación de los crímenes cometidos por las hordas fascistas, desde el asesinato de García Lorca y los fusilamientos en masa de Badajoz y de Oviedo hasta la destrucción de Guernica son incontables. A su vez, la masa liberal, sin jefes y obligada a defenderse, realizó atropellos sin excusa posible, tales como el ajusticiamiento de Ramiro de Maeztu, el de Manuel Bueno, el de Pedro Muñoz Seca, comediógrafo que tanto nos había hecho reír. Yo le quise bien. Era bueno, cordial, y al evocar su figura amable recuerdo, con emoción supersticiosa, esto que voy a contar:

El autor de “La venganza de don Mendo” y el famoso torero Ricardo Torres “Bombita” eran andaluces, y los dos habían nacido el 20 de febrero de 1879. Refiriéndose a esta coincidencia, por vaya, improvisó la peoría del “paralelismo”, que era, según él explicaba, la fuerza que une misteriosamente a las personas que floraron a la vida el mismo día y, en virtud de lo cual, cuanto bueno y malo le suceda a una de ellas le ocurrirá también a la otra.

–Pues si eso es verdad –le decía bromeando Ricardo Torres a Muñoz Seca–, procure usted, don Pedro de mi alma, que no le silben ninguna comedia, porque si usted fracasa a mí me coge el toro.

Y lo que durante años fue para ellos motivo baladí de conversación cristalizó en un hecho escalofriante, porque el 29 de noviembre de 1936, esto es, al día siguiente de morir fusilado Muñoz Seca en Paracuellos del Jarama, moría “Bombita” en Sevilla.

En aquella ola de sangre naufragó mucha gente. Como por ensalmo la península se había convertido en un gigantesco campo de batalla. En Madrid, llegada la nieve empezaban los tiros. Eran los fascistas de la quinta columna los que disparaban, desde sus casas, sobre el trasnochador solitario suponiéndole “rojo”. La Muerte era un deporte. Todos queríamos pelear. Cada gremio formó sus batallones. Yo me alisté en el de “Artes Gráficas”. Matilde se inscribió como enfermera. Millares de hombres –obreros, campesinos, estudiantes, abogados, médicos, artistas– se afanaban en levantar alrededor de la capital amenazada un cinturón de trincheras. En mi novela El asedio de Madrid hablo largamente de cómo el pueblo, sin otra brújula que su instinto, se aprestó a defenderse. De aquellos días de solidaridad fraterna en que, sin conocernos, nos tuteábamos, como si la ciudad, toda ella, fuera una casa en la que sola había una familia, gentes indeseables se aprovecharon para asesinar y robar a mansalva. Fueron días bochornosos –pocos, dichosamente– a los que el general Miaja puso rápidamente término.

En uno de los muchos festivales que se improvisaban para reunir fondos con que comprar armas y medicinas, tomó parte Lupe. Era su “debut”. Un público de milicianos llenaba el teatro. Fui a verla; estaba inquieto; temía que no gustase por parecerme –contra la opinión de su Maestro– que todavía no bailaba bien. Pero aun siendo así, la noche de sus ojos criollos y la recobrada lozanía de sus veinte años se impusieron, y la ovación que manos generosas la tributaron cambiaron de cuajo su destino. Cuando nos reunimos en su casa la vi distinta y distante. Nada fuera de su éxito parecía interesarla, y me dijo que el empresario de un grupo de artistas del género “flamenco” quería contratarla para una gira por provincias. Concluyó:

–¿Tú me dejas ir…?

Comprendí que me sería imposible retenerla porque ya “se había ido de mí”. De pronto nos sentimos extraños. En esta repentina desunión influía el ambiente. Eran su vocación y la guerra, quizá lo que nos separaba? repuse, tranquilo, sin pena…

-Si quieres marcharte, vete. Por eso no vamos a reñir. Nuestro amor no debe ser para ninguno de los dos una esclavitud. Pero no olvides que, desde este momento, serás para mi una hija. Como amante te estorbaría. A los artistas les conviene andar solos.

Hizo un guiño que pudo ser de indiferencia o de incomprensión y no contestó. Estaba lejos; pensaba en el baile que era su horizonte. Después empezó a hablarme de los trajes que necesitaba para salir a escena. Los indispensables eran tres: el de gitana, el de baturra y el de charra. Valían muchas pesetas y las circunstancias no nos permitían comprarlos a plazos. Para poder pagarlos al contado vendimos nuestros muebles. El nido quedó vacío. Lupe, tan casera hasta entonces, no lo sintió. yo, tampoco. Éramos libres; el pasado había muerto. Días después los dos salíamos de Madrid; ella, rumbo a Levante; yo, cara al frente extremeño, con la columna que mandaba el muy caballero redactor de El Socialista, capitán Federico Angulo. Más adelante, convertido en “corresponsal de guerra”, visité los frentes de Toledo y de Aragón. Otra vez en Madrid, publiqué dos libros de crónicas, uno con dibujos de Bartolozzi. De los episodios de que fui testigo, recojo aquí, sin intromisión, algunos que reflejan el vigor de la lucha.


Eduardo Zamacois
Un hombre que se va ... (Memorias), 1954







2216. Eduardo Zamacois y la Guerra de España

El general José Miaja Menat con el escritor Eduardo Zamacois


Eduardo Zamacois Quintana (Pinar del Río, Cuba, 17 de febrero de 1873 - Buenos Aires, 31 de diciembre de 1971) fue cronista en el frente de Madrid hasta 1937, trasladándose después a Valencia y Barcelona. En esta última ciudad edita, en 1938, su novela El asedio de Madrid. Poco antes de la caída de Barcelona en manos franquistas, se exilió en Francia. 


Mis queridos oyentes:

A los pocos días de comenzar la guerra que había de derrumbar nuestra República (guerra que, más que civil, fue, como todos sabemos, guerra de invasión) me enrolé en el Batallón de Artes Gráficas y me marché a la Sierra. Después estuve en los frentes de Extremadura, de Toledo y de Aragón, y entre los muchos lances de extraordinario heroísmo de que fui testigo quiero recordar aquí el siguiente, por ser uno de los que mejor retrata la valentía temeraria y sobre todo la nobleza de miras y los fanáticos anhelos de superación que animaban a los “iluminados” que, en aquellos días gloriosos, sucumbieron defendiendo las trincheras de la libertad.

Lo que voy a contar ocurrió en el frente extremeño. Éramos unos quinientos voluntarios a las órdenes del capitán Federico Angulo, antiguo redactor de El socialista; hombre de pocas palabras, muy inteligente y muy bravo, que un año después habría de morir fusilado en Santander.

Aquella noche la pasamos acampados en el trozo de la carretera que va desde Azuaga a Medellín, cuyo castillo, fabricado en la cresta de un monte, recortaba sobre el azul celeste una gran mancha blanca.

No bien amaneció fuimos a ver a Angulo, que tenía establecido su Cuartel General (llamémoslo así) en una casuca de planta baja situada al borde del camino. Le encontramos escribiendo; probablemente no se habría acostado. Con él se hallaban un sargento gordo y risueño… ¡bebedor magnífico!… a quien llamábamos “Pancho Villa”, y otros jefes. A poco sonaron unos golpes en la puerta del despacho y seguidamente apareció  un miliciano. Su rostro y la violencia con que entró expresaban cólera.

–¡Capitán! –exclamó–. Vengo a decirte (en aquellos días de hermosa fraternidad todos nos tuteábamos) que anoche me han robado el capote.

Federico Angulo suspendió su escritura, levantó la cabeza y se le quedó mirando.

–¿Quién te lo ha robado?

–No lo sé –repuso el quejoso–. A saberlo no vendría aquí con el cuento. Si te lo digo es para que veas el modo de averiguar quién es el ladrón y le castigues, porque yo entiendo que si peleamos por hacer una España mejor, entre nosotros no debe haber ladrones.

–Tienes razón –replicó Angulo–. Vete tranquilo; buscaremos al ladrón y le impondremos la pena que merece.

Y dirigiéndose a “Pancho Villa”:

–¡Tú, Pancho, que los conoces a todos, procura descubrir quién ha sido y tráemelo…!

Pancho y el acusador se marcharon y los demás nos quedamos silenciosos. La noticia nos había entristecido. Robar a un compañero era traicionarle, y entre nosotros no podía haber traidores.

–¡Si aparece –exclamó Angulo secamente– habrá que fusilarle!

Poco antes del mediodía entró en el despacho otro miliciano, como de cuarenta años, bajo y ancho de espaldas, que por su acento parecía aragonés. Llevaba un capote al brazo.

–Ya sé –dijo encarándose con Angulo– que andan buscando un capote que desapareció anoche; aquí lo traigo…

Hablando así lo colocó sobre la mesa.

–¿Quién lo robó? –preguntó el capitán.

–¡Yo! Lo robé porque tenía frío. Pero como luego he comprendido que hice mal… y como después de lo que he hecho no podría vivir… porque me mataría la vergüenza, vengo a que me fusiles.

Estas palabras magníficas extendieron por la habitación un frío. Lo sublime, a veces da frío. Angulo palideció:

–El solo hecho de acusarte a ti mismo –exclamó– aminora tu delito. Yo pensaré la pena que hemos de darte.

–No tienes nada que pensar –interrumpió el otro–. Fusílame y en paz. Ese es tu deber… y si no te atreves a cumplirlo me mataré, pero diciendo por qué me mato, para que mi muerte sirva de escarmiento y lección.

–Si esa es tu voluntad –repuso Angulo– te complaceremos…

Momentos después, parado en medio de la carretera ante el pelotón que había de fusilarle, aquel bravo (verdadero héroe de leyenda) decía, dirigiéndose a sus compañeros de armas:

–He robado, y por ladrón y por no considerarme digno de la causa que todos defendemos, yo mismo me he condenado a muerte. ¡Viva España!

Este episodio, mis queridos oyentes, refleja la moral sin mácula de aquella nueva España que la diosa Razón iba forjando en las trincheras.


Eduardo Zamacois
México, 18 Julio de 1943