Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta José Hierro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Hierro. Mostrar todas las entradas

2748. Pasos




¡Si ellos estuvieran muertos!


Si yo supiera de fijo
que ya se habían borrado
para siempre de la tierra,
que ya estaban enterrados;
si tuviera la certeza
de que pasaron,
¡qué hermosa mi marcha entonces
por la noche de los campos,
sin oírlos, a mi espalda,
paso a paso,
jadear en el silencio
con el pecho ensangrentado!


Semimuertos, semivivos,
semiolvidados.
A la roca de mis sueños
encadenados,
sin poder matar al águila
que los viene atormentando.


¡Si ellos estuvieran muertos!


José Hierro
Tierra sin nosotros, 1947







2755. Poema para una Nochebuena




I El vengador

Te soñé como un ángel
que blandiera la espada
y tiñera de sangre
la tierra pálida;

Como una lava ardiente;
como una catarata
celeste, como nieve
que todo lo olvidara.

A veces, cuando el viento
del sur se desataba;
cuando alzaba el invierno
su llama blanca;

cuando el cielo sombrío
derramaba las ascuas
de la tormenta, he dicho:
«es su venganza».

Hería con mi herida,
luchaba con mis armas,
volaba por la vida con
mis alas cortadas.

El vengador, el fuerte
ángel de la venganza,
mataba con la muerte
que a mí me daban.

Y teñía de sangre
la tierra pálida.


II Noche cerrada

Cuántas estrellas tendrá
el mar esta noche...

Cuántas olas, cuántas almas 
en pena, cuántos verdores 
que tan sólo el Vengador 
oculta y conoce... 

Abierta la noche está 
como un gran sueño. Los nombres
los lugares, los caminos, 
las horas, los montes, 
se han borrado. Sólo queda 
soledad y noche. 

Oh, Vengador: 
negras alas, negras músicas, enormes 
horas negras... Vengador: 
soledad y noche. 
Sólo soledad y noche. 

¿Han de alimentar el alma, 
Vengador, tus roncos sones, 
tus negras alas, tu paso 
helado...? ¿Negros crespones 
adornan la dolorida 
soledad del hombre? 


III El niño

Un niño de oro y rosa, ¿puede 
anticipar el alba? 
Una brizna de hierba, ¿puede 
ser el brazo de la venganza? 
El Vengador, ¿es el amor? 
La mano débil, ¿es el hacha? 
Con sangre suya y llanto suyo, 
¿rescata ajena sangre y lágrimas? 

Todo era oscuro. Soledad 
y noche. (El alma aprisionada.) 
Y ahora en la noche se ha encendido 
maravillosa llama. 
Entre espumas de ola y de nube 
el alma canta, liberada. 

Como si fuera el centro ardiente 
del amor que todo lo abrasa. 


IV Noche hermosa

Sabed:: si se la escucha, 
se oye latir la piedra. 
Y resuenan, y acordan y hermanan sus voces los siglos 
en la dura madera. 

Hoy la noche es la mano 
que pulsa la piedra y la estrella, 
y el corazón el dorado racimo 
que va de la estrella a la piedra, 
que va de la piedra a la estrella. 

Qué silenciosa mano 
el corazón aprieta. 
Y cómo cae el zumo 
y rocía la hierba, 
y humedece las calles, 
la silenciosa piedra, 
las fuentes donde todos
 los astros se reflejan. 

Maravillosa llama, 
inextinguible hoguera, 
faro celeste que alumbre a los que anden 
con sus vidas a cuestas, 
cuando ya no seamos 
sino viento que pasa y no mueve la rama, 
sino mar que se agita y no pone temblor en la playa desierta. 

Maravillosa llama, 
inextinguible hoguera, 
encendido celaje 
interior, agua eterna 
que se agita, que corre 
de la piedra a la estrella, 
de la estrella a la piedra... 


José Hierro
Quinta del 42, 1952








2498. He ido desenterrando

José Hierro Real
(Madrid, 3 de abril de 1922 - 21 de diciembre de 2002)



He ido desenterrando
todos mis muertos: sombras
compañeras, latidos
sin música, corona
de manos y de lágrimas
lloviendo en la memoria.

He ido desenterrando
mis muertos y mis horas...
(y sus horas), mis muertos
y sus glorias... (mis glorias).
Dolían en lo hondo
de mi tierra: sus sombras
velaban a la vida
la cara luminosa.

Quedar sin ellos era
quedar sin mí. ¿No lloran
por mí? ¡Tanto he llorado
yo, por ellos, a solas!
¿Lloran por mí? ¿De su
paraíso me arrojan
con espada de fuego?
¿Qué serán ahora: rosas
pisoteadas, zumbido
de alas de llama, motas
de polvo gris, simiente
sobre la piedra? ¿Lloran
porque han visto la cera
en mis alas de alondra?

Dejé sus pobres huesos
a la luz de la aurora.
Me sentí libre y triste.
Miré la tierra, hermosa
como la primavera,
joven como una novia.

Tierra muda, dispuesta
a cavar mi fosa.


José Hierro
Cuánto sé de mí, 1957








2307. Requiem

José Hierro Real
(Madrid, 3 de abril de 1922 - 21 de diciembre de 2002)


“Manuel del Río, natural
de España, ha fallecido el sábado
11 de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las 9.30 en St. Francis.

Es una historia que comienza
con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D’Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
—sobre las nubes— de las tierras
sumergidas ante Platón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio
da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero
el tallado en piedra o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá...

Réquiem aetérnam,
Manuel del Río. Sobre el mármol en
D’Agostino, pastan toros
de España, Manuel, y las flores
(funeral de segunda,
caja que huele a abetos del invierno),
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín... Libérame Dómine
de morte aeterna... Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel...

Ahora descienden a tus cumbres
garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
Dies illa acá o allá,
sino sin gloria...

Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empapaban de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el universo.
Los velaban no en D’Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y de fantasía.

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas)
Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.”


José Hierro
Cuanto sé de mí, 1958








2269. A Antonio Machado

Fragmento de un retrato de Antonio Machado Retrato de Antonio Machado obra de Leandro Oroz Lacalle


Qué lejana Castilla. Cuando olía Castilla
todas las flores de la primaveras.
Cielo morado. Estrella de luz. Tierra amarilla.
Soledad que desborda su frontera.

No sé quién te nos roba, quién te nos arrebata,
qué viento torvo roba tus canciones.
Junto al astro de plata brillan alas de plata.
(Baja la muerte desde los aviones).

Detrás de las piedras duras de Castilla, y enfrente
la rosa que da al aire su fragancia
la nostalgia que avivan, irremediablemente
los ríos claros de la dulce Francia.

Y después sólo queda evocar, resignarse,
cerrar los ojos, apurar la sombra,
cerrar los ojos, desencadenarse
en esa inmensidad que no se nombra.

¿No oyes cómo te llaman? Madera de tu leño,
voces extrañas te querrán herir.
Por mucho que batallen no podrán conseguir
interrumpir tu sueño,

Pero tú, muerto. Tú desterrado. Tallados
los mansos ojos en la piedra dura
para no ver. En piedra. Para no ver. Cerrados.
Para no contemplar tanta amargura.


José Hierro, 1939












2209. El canto seco (Recordando a José Hierro)

José Hierro Real
(Madrid, 2 de abril de 1922 - 21 de diciembre de 2002)


No cantaré ya nunca más. El canto
se me ha secado en la garganta.
Como una rosa.

Ay, misterioso ruiseñor
que gorjeabas bajo el agua,
que me clavabas en el pecho
tu pico: sueño, vida, espada.

Se derramaba por el mar mi sangre.
Cantar de bienaventuranza.
Iluminaba los amaneceres
con su doliente luz de plata.

Alba carmín y mediodía de oro.
Trompas de fuego en la mañana.
En cada hojilla de la primavera
una menuda y verde daga.

Dedos que tañen cuerdas invisibles.
Músicas que desnudan al que pasa.
Cuánto tesoro derruido
en el silencio de tu caja.

Ay, mis héroes, mis álamos, mis ríos,
mis playas, frutas y distancias.
(Ay, Dios mío, sin nombre ya, sin hombre).
Ay, enterradas y borradas.

Ay. Y podridas. Y dormidas.
Y asesinadas. Y apagadas.
Las olas que me hundieron hasta el fondo
sabían bien lo que arrastraban.

Ay, las canciones sin medida.
Las medidas sin notas, sin palabras.
Ay, las columnas en que puse
el peso dulce de mis alas.

Y todo: norte y sur, este y oeste,
ofrendándome sus campanas,
sus instrumentos de cristal,
humos, piedras, plumas y almas.

Ay, sin medida ya. Fundidas
las fronteras y las distancias.
Ay, la vida que no venía
a ofrecerme su boca grana.

Cárcel de hierro, más sin fuego.
Piedra sin alas y sin alma.
Ay, estíos, otoños, primaveras,
inviernos que nacían y pasaban.

Ay, gaviotas, alondras, horas,
manos, estrellas, peces, ramas.
Ay, vida que no viene. Y si venía
no había voz para cantarla.

No cantaré ya nunca más. El canto
se me ha secado en la garganta.
Se ha dormido en mi corazón
como una rosa.


José Hierro
Quinta del 42 









1741. Fe de vida

José Hierro Real
(Madrid, 3 de abril de 1922 - 21 de diciembre de 2002)


Fe de vida

Sé que el invierno está aquí,
detrás de esa puerta. Sé
que si ahora saliese fuera
lo hallaría todo muerto,
luchando por renacer.
Sé que si busco una rama
no la encontraré.
Sé que si busco una mano
que me salve del olvido
no la encontraré.
Sé que si busco al que fui
no lo encontraré.

Pero estoy aquí. Me muevo,
vivo. Me llamo José
Hierro. Alegría (Alegría
que está caída a mis pies.)
Nada en orden. Todo roto,
a punto de ya no ser.
Pero toco la alegría,
porque aunque todo esté muerto
yo aún estoy vivo y lo sé.


José Hierro
“Alegría” III “Alma herida”- “Alegría interior”, 1947








1726. Una nube para Pablo Iglesias

Pablo Iglesias Posse
(Ferrrol, A Coruña, 18 de octubre de 1850 - Madrid, 9 de diciembre de 1925)


Mi padre era republicano. Mejor dicho, mi padre era de Azaña. Alguna vez me leyó fragmentos de El jardín de los frailes. Yo estaba mentalizado -como se dice ahora- para emocionarme, cuando comenzó el asedio a Madrid, con aquellas palabras de Azaña: "y en Madrid, donde nunca pasaba nada, pasa hoy lo más grande de la historia". Mi padre era republicano, muy liberal y respetuoso con todos, y por ello no trató jamás de hacerme republicano. Ni me habló de política, sino de algún ser concreto, como Azaña. Seguramente no mencionó jamás el nombre de Pablo Iglesias. Pero ese nombre existía, vagamente, para mí. Era el nombre de alguna avenida de alguna ciudad española. Existía su imagen: un hombre de barba blanca y mirada bondadosa que se me confundía con otras imágenes: la del arquitecto Gaudí, la del filántropoMarqués de Valdecilla. Yo me enteré que había sido tipógrafo, lo que me lo aproximaba al Julián de La Verbena de la Paloma. A los 14 años míos, Pablo Iglesias era una imagen borrosa, un antepasado romántico de otros seres bien concretos cuyos nombres y apariencia física -gracias a los periódicos- tenían una realidad para mí: Prieto, Largo Caballero, el de los ojos claros, Besteiro, don Fernando de los Ríos, el de los ojos oscuros y barba semítica y juanramoniana. Pablo Iglesias era, además de muchas avenidas en muchas ciudades españolas, además de un antepasado de unos seres concretos, un arma arrojadiza utilizada por quienes, en la década de los treinta, trataban de mantener las esencias más puras de aquel socialismo que, en 1879, había conmovido a un Madrid donde nunca pasaba nada. Pablo Iglesias era, para mí, una incógnita que debía ser despejada. Era un demonio revolucionario. Era un santo laico cuyo nombre sonaba beatamente en labios obreros y socialistas. Estas versiones, tan disímiles, me lo convertían en una figura lejana y decorativa, en un ser arqueológico más que en un punto de partida hacia el futuro.

"Hay una biografía suya que debes leer", me dijo alguien. Pero eso sucedería más tarde, cuando yo tenía diecisiete años o dieciocho. Cuando me lo dijeron había que hablar muy secretamente de Pablo Iglesias, de Largo Caballero, de Besteiro, de Fernando de los Ríos. Cuando todos ellos no eran otra cosa que recuerdo, remoto o próximo. Si yo hubiese hallado esa biografía, la hubiese leído con ese placer de lo clandestino y prohibido. Ocurría esto cuando Besteiro, preso, era increpado por sus compañeros de prisión porque "por tí estamos aquí". Y yo pensaba si Pablo Iglesias, muerto en olor de multitud, no habría padecido la pena de escuchar palabras semejantes en caso de estar vivo en 1939. Sus ojos bondadosos me hacían pensar que él también hubiese creído las palabras de quienes aseguraban que "sólo serán castigados los que tengan las manos manchadas de sangre". Pero no era posible prever las reacciones de un ser, un mito, que había concienciado a la clase obrera española, los Julianes de finales de siglo. Me faltaban datos para aventurarme en esa tarea de recomponer lo que pudo haber sido.

"Hay una biografía suya que debes leer". Me dijeron que estaba escrita por un periodista exiliado en Francia, Julián Zugazagoitia. Un nuevo nombre para incorporar a mi nebulosa galería. No conocía su rostro, ni su importancia. Pero el nombre me bastaba para saber que en él estaba encerraba la llave del secreto que me revelaría la personalidad de Pablo Iglesias. El libro -me adelantaré a decir que no lo he leído jamás- tendría poder para convertir un rostro difuso en un ser concreto.

Fue entonces cuando vi el rostro de Zugazagoitia. Aunque sería más exacto decir que no llegué a ver su rostro, sino su figura lejana, abajo, en el patio, cuando los demás estábamos en las galerías. Creo que eran cuatro figuras de nombre familiar: Cruz SalidoTeodomiro MenéndezRivas Cherif. Corrían rumores de que habían sido traídos a España por la Gestapo. Cuatro siluetas lejanas de las que llegué a conocer dos rostros: el de Rivas Cherif, cuñado del mitificado Azaña de mi padre, y el de Teodomiro Menéndez, grabado en mi mente adolescente cuando, durante el octubre de 1934, se arreó desde una ventana cuando fue detenido. Un mito mío al que oí hablar con cerrado acento asturiano de pintorescos sucesos que tenían como protagonistas a los concejales republicanos del ayuntamiento de Gijón. Y pensé que algún día Zugazagoitia podría contarme cosas de aquel desvaído Pablo Iglesias.

Ahora me doy cuenta de que, cuando escuchaba a Teodomiro Menéndez, yo no pensaba en la posibilidad de escuchar a Zugazagoitia. Hay una razón: Teodomiro y Rivas Cherif podían hablar con nosotros porque su incomunicación terminó el día que fusilaron a sus compañeros: Zugazagoitia se llevaba con él la llave del secreto. Ya nunca podría saber quién y cómo era en realidad el mítico Pablo Iglesias. Y no quiero leer su biografía, la he tenido en mis manos.

Esta nube tenía lugar en el año -no estoy muy seguro, y no me apetece consultarlo- 1941, en la prisión Porlier de Madrid, cuarta galería.


José Hierro
"Homenaje a Pablo Iglesias". Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1979