Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta 1957. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1957. Mostrar todas las entradas

3137. Volver no es volver atrás


José Bergamín Gutiérrez
(Madrid, 30 de diciembre de 1895 - Fuenterrabía, 28 de agosto de 1983)




Volver no es volver atrás.
Lo que yo quiero de España
no es su recuerdo lejano:
yo no siento su nostalgia.

Lo que yo quiero es sentirla,
su tierra, bajo mi planta;
su luz, arder en mis ojos
quemándome la mirada;

y su aire que se me entre
hasta los huesos del alma.
Volver no es volver atrás.
Yo no siento la añoranza,

que lo que pasó no vuelve,
y si vuelve es un fantasma.
Lo que yo quiero es volver
sin volverme atrás de nada.

Yo quiero ver y tocar
con mis sentidos España,
sintiéndola como un sueño
de vida, resucitada.

Quiero verla muy de cerca,
cuerpo a cuerpo, cara a cara,
reconocerla tocando
la cicatriz de sus llagas.

Que yo tengo el alma muerta,
sin enterrar, desterrada,
quiero volver a la tierra
para poder enterrarla.

Y cuando la tierra suya
la guarde como sembrada,
quiero volver a esperar
que vuelva a ser esperanza.

Volver no es volver atrás:
yo no vuelvo atrás de nada.


José Bergamín

París, 1957






2498. He ido desenterrando

José Hierro Real
(Madrid, 3 de abril de 1922 - 21 de diciembre de 2002)



He ido desenterrando
todos mis muertos: sombras
compañeras, latidos
sin música, corona
de manos y de lágrimas
lloviendo en la memoria.

He ido desenterrando
mis muertos y mis horas...
(y sus horas), mis muertos
y sus glorias... (mis glorias).
Dolían en lo hondo
de mi tierra: sus sombras
velaban a la vida
la cara luminosa.

Quedar sin ellos era
quedar sin mí. ¿No lloran
por mí? ¡Tanto he llorado
yo, por ellos, a solas!
¿Lloran por mí? ¿De su
paraíso me arrojan
con espada de fuego?
¿Qué serán ahora: rosas
pisoteadas, zumbido
de alas de llama, motas
de polvo gris, simiente
sobre la piedra? ¿Lloran
porque han visto la cera
en mis alas de alondra?

Dejé sus pobres huesos
a la luz de la aurora.
Me sentí libre y triste.
Miré la tierra, hermosa
como la primavera,
joven como una novia.

Tierra muda, dispuesta
a cavar mi fosa.


José Hierro
Cuánto sé de mí, 1957








2.200. Albert Camus. Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura



Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda cuando evalúo hasta qué punto esa recompensa sobrepasa mis méritos personales. Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?

He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitanme, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones, en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su soledad,  por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo,  en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan,  crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años  en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial,  al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establecezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.

No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabais de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi difícil fe,  me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me  falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal  de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.


Albert Camus
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957



Texto original, en francés

En recevant la distinction dont votre libre Académie a bien voulu m’honorer, ma gratitude était d’autant plus profonde que je mesurais à quel point cette récompense dépassait mes mérites personnels. Tout homme et, à plus forte raison, tout artiste, désire être reconnu. Je le désire aussi. Mais il ne m’a pas été possible d’apprendre votre décision sans comparer son retentissement à ce que je suis réellement. Comment un homme presque jeune, riche de ses seuls doutes et d’une œuvre encore en chantier, habitué à vivre dans la solitude du travail ou dans les retraites de l’amitié, n’aurait-il pas appris avec une sorte de panique un arrêt qui le portait d’un coup, seul et réduit à lui-même, au centre d’une lumière crue ? De quel cœur aussi pouvait-il recevoir cet honneur à l’heure où, en Europe, d’autres écrivains, parmi les plus grands, sont réduits au silence, et dans le temps même où sa terre natale connaît un malheur incessant ?

J’ai connu ce désarroi et ce trouble intérieur. Pour retrouver la paix, il m’a fallu, en somme, me mettre en règle avec un sort trop généreux. Et, puisque je ne pouvais m’égaler à lui en m’appuyant sur mes seuls mérites, je n’ai rien trouvé d’autre pour m’aider que ce qui m’a soutenu tout au long de ma vie, et dans les circonstances les plus contraires : l’idée que je me fais de mon art et du rôle de l’écrivain. Permettez seulement que, dans un sentiment de reconnaissance et d’amitié, je vous dise, aussi simplement que je le pourrai, quelle est cette idée.

Je ne puis vivre personnellement sans mon art. Mais je n’ai jamais placé cet art au-dessus de tout. S’il m’est nécessaire au contraire, c’est qu’il ne se sépare de personne et me permet de vivre, tel que je suis, au niveau de tous. L’art n’est pas à mes yeux une réjouissance solitaire. Il est un moyen d’émouvoir le plus grand nombre d’hommes en leur offrant une image privilégiée des souffrances et des joies communes. Il oblige donc l’artiste à ne pas se séparer ; il le soumet à la vérité la plus humble et la plus universelle. Et celui qui, souvent, a choisi son destin d’artiste parce qu’il se sentait différent apprend bien vite qu’il ne nourrira son art, et sa différence, qu’en avouant sa ressemblance avec tous. L’artiste se forge dans cet aller retour perpétuel de lui aux autres, à mi-chemin de la beauté dont il ne peut se passer et de la communauté à laquelle il ne peut s’arracher. C’est pourquoi les vrais artistes ne méprisent rien ; ils s’obligent à comprendre au lieu de juger. Et s’ils ont un parti à prendre en ce monde ce ne peut être que celui d’une société où, selon le grand mot de Nietzsche, ne règnera plus le juge, mais le créateur, qu’il soit travailleur ou intellectuel.

Le rôle de l’écrivain, du même coup, ne se sépare pas de devoirs difficiles. Par définition, il ne peut se mettre aujourd’hui au service de ceux qui font l’histoire : il est au service de ceux qui la subissent. Ou sinon, le voici seul et privé de son art. Toutes les armées de la tyrannie avec leurs millions d’hommes ne l’enlèveront pas à la solitude, même et surtout s’il consent à prendre leur pas. Mais le silence d’un prisonnier inconnu, abandonné aux humiliations à l’autre bout du monde, suffit à retirer l’écrivain de l’exil chaque fois, du moins, qu’il parvient, au milieu des privilèges de la liberté, à ne pas oublier ce silence, et à le relayer pour le faire retentir par les moyens de l’art.

Aucun de nous n’est assez grand pour une pareille vocation. Mais dans toutes les circonstances de sa vie, obscur ou provisoirement célèbre, jeté dans les fers de la tyrannie ou libre pour un temps de s’exprimer, l’écrivain peut retrouver le sentiment d’une communauté vivante qui le justifiera, à la seule condition qu’il accepte, autant qu’il peut, les deux charges qui font la grandeur de son métier : le service de la vérité et celui de la liberté. Puisque sa vocation est de réunir le plus grand nombre d’hommes possible, elle ne peut s’accommoder du mensonge et de la servitude qui, là où ils règnent, font proliférer les solitudes. Quelles que soient nos infirmités personnelles, la noblesse de notre métier s’enracinera toujours dans deux engagements difficiles à maintenir : le refus de mentir sur ce que l’on sait et la résistance à l’oppression.

Pendant plus de vingt ans d’une histoire démentielle, perdu sans secours, comme tous les hommes de mon âge, dans les convulsions du temps, j’ai été soutenu ainsi : par le sentiment obscur qu’écrire était aujourd’hui un honneur, parce que cet acte obligeait, et obligeait à ne pas écrire seulement. Il m’obligeait particulièrement à porter, tel que j’étais et selon mes forces, avec tous ceux qui vivaient la même histoire, le malheur et l’espérance que nous partagions. Ces hommes, nés au début de la première guerre mondiale, qui ont eu vingt ans au moment où s’installaient à la fois le pouvoir hitlérien et les premiers procès révolutionnaires, qui furent confrontés ensuite, pour parfaire leur éducation, à la guerre d’Espagne, à la deuxième guerre mondiale, à l’univers concentrationnaire, à l’Europe de la torture et des prisons, doivent aujourd’hui élever leurs fils et leurs œuvres dans un monde menacé de destruction nucléaire. Personne, je suppose, ne peut leur demander d’être optimistes. Et je suis même d’avis que nous devons comprendre, sans cesser de lutter contre eux, l’erreur de ceux qui, par une surenchère de désespoir, ont revendiqué le droit au déshonneur, et se sont rués dans les nihilismes de l’époque. Mais il reste que la plupart d’entre nous, dans mon pays et en Europe, ont refusé ce nihilisme et se sont mis à la recherche d’une légitimité. Il leur a fallu se forger un art de vivre par temps de catastrophe, pour naître une seconde fois, et lutter ensuite, à visage découvert, contre l’instinct de mort à l’œuvre dans notre histoire.

Chaque génération, sans doute, se croit vouée à refaire le monde. La mienne sait pourtant qu’elle ne le refera pas. Mais sa tâche est peut-être plus grande. Elle consiste à empêcher que le monde se défasse. Héritière d’une histoire corrompue où se mêlent les révolutions déchues, les techniques devenues folles, les dieux morts et les idéologies exténuées, où de médiocres pouvoirs peuvent aujourd’hui tout détruire mais ne savent plus convaincre, où l’intelligence s’est abaissée jusqu’à se faire la servante de la haine et de l’oppression, cette génération a dû, en elle-même et autour d’elle, restaurer, à partir de ses seules négations, un peu de ce qui fait la dignité de vivre et de mourir. Devant un monde menacé de désintégration, où nos grands inquisiteurs risquent d’établir pour toujours les royaumes de la mort, elle sait qu’elle devrait, dans une sorte de course folle contre la montre, restaurer entre les nations une paix qui ne soit pas celle de la servitude, réconcilier à nouveau travail et culture, et refaire avec tous les hommes une arche d’alliance. Il n’est pas sûr qu’elle puisse jamais accomplir cette tâche immense, mais il est sûr que partout dans le monde, elle tient déjà son double pari de vérité et de liberté, et, à l’occasion, sait mourir sans haine pour lui. C’est elle qui mérite d’être saluée et encouragée partout où elle se trouve, et surtout là où elle se sacrifie. C’est sur elle, en tout cas, que, certain de votre accord profond, je voudrais reporter l’honneur que vous venez de me faire.

Du même coup, après avoir dit la noblesse du métier d’écrire, j’aurais remis l’écrivain à sa vraie place, n’ayant d’autres titres que ceux qu’il partage avec ses compagnons de lutte, vulnérable mais entêté, injuste et passionné de justice, construisant son œuvre sans honte ni orgueil à la vue de tous, sans cesse partagé entre la douleur et la beauté, et voué enfin à tirer de son être double les créations qu’il essaie obstinément d’édifier dans le mouvement destructeur de l’histoire. Qui, après cela, pourrait attendre de lui des solutions toutes faites et de belles morales ? La vérité est mystérieuse, fuyante, toujours à conquérir. La liberté est dangereuse, dure à vivre autant qu’exaltante. Nous devons marcher vers ces deux buts, péniblement, mais résolument, certains d’avance de nos défaillances sur un si long chemin. Quel écrivain, dès lors oserait, dans la bonne conscience, se faire prêcheur de vertu ? Quant à moi, il me faut dire une fois de plus que je ne suis rien de tout cela. Je n’ai jamais pu renoncer à la lumière, au bonheur d’être, à la vie libre où j’ai grandi. Mais bien que cette nostalgie explique beaucoup de mes erreurs et de mes fautes, elle m’a aidé sans doute à mieux comprendre mon métier, elle m’aide encore à me tenir, aveuglément, auprès de tous ces hommes silencieux qui ne supportent, dans le monde, la vie qui leur est faite que par le souvenir ou le retour de brefs et libres bonheurs.

Ramené ainsi à ce que je suis réellement, à mes limites, à mes dettes, comme à ma foi difficile, je me sens plus libre de vous montrer pour finir, l’étendue et la générosité de la distinction que vous venez de m’accorder, plus libre de vous dire aussi que je voudrais la recevoir comme un hommage rendu à tous ceux qui, partageant le même combat, n’en ont reçu aucun privilège, mais ont connu au contraire malheur et persécution. Il me restera alors à vous en remercier, du fond du cœur, et à vous faire publiquement, en témoignage personnel de gratitude, la même et ancienne promesse de fidélité que chaque artiste vrai, chaque jour, se fait à lui-même, dans le silence.










1609. La muerte de un anarquista

Josep Lluis Facerías, (Barcelona6 de enero de 1920 - 30 de agosto de 1957)


Pedro Costa / El País / 23 Agosto 2007

“Luchó toda su vida por el triunfo de las ideas libertarias y murió en una emboscada como si se tratara de un animal rabioso. Fue abatido en las puertas del manicomio de Sant Andreu, en Barcelona. Ni tiempo tuvo para sacar el arma.

Y había tomado las precauciones de siempre, como era su estilo. Llegó en un taxi una hora antes a la cita y dio una vuelta por el lugar para comprobar que no hubiera nada sospechoso. Se apeó del vehículo en la confluencia de Doctor Urrutia con Pi i Molist y, apenas se quedó solo, abrieron fuego contra él desde ventanas y azoteas. Aún herido, tuvo un reflejo y saltó un pequeño muro para dejarse caer en un solar que estaba cuatro metros más abajo. Desde las ventanas de un edificio de la calle Nilo, inspectores y agentes de la Brigada Político Social (BPS) le remataron con fusiles y armas automáticas. Murió como siempre han muerto los bandidos.

Ocurrió hace ahora 50 años, el 30 de agosto de 1957. El muerto, además de una pistola y cinco cargadores, llevaba 500 francos franceses, 1.000 pesetas, librillo de papel de fumar, petaca y un espejito, porque siempre le gustó mucho cuidar su imagen. Le llamaban Petronio por su elegancia. Era Josep Lluís Facerías, enemigo público número uno de la policía franquista, uno de los cuatro jinetes de la lucha libertaria junto a Sabaté, Massana y Ramón Vila.

Facerías murió en una España muy distinta de aquella en la que empezó su lucha. Se había iniciado una nueva época y, como les ocurrió a los viejos forajidos del Oeste americano, no se dio cuenta de que la oposición a la injusticia y la opresión ya no estaba en el poder de las pistolas, sino en la lucha política. Apenas unos meses antes se habían iniciado huelgas laborales en el País Vasco y Cataluña, y habían sido encarcelados estudiantes, hijos de la burguesía, a causa de las protestas en la Universidad. La política de "reconciliación nacional" de los comunistas comenzaba a dar sus frutos.

Pero para Facerías, Sabaté, Ramón Vila y Massana, el derrocamiento del franquismo estuvo siempre ligado a la lucha armada, a atentar contra los represores del régimen y a "infligir golpes a la economía del Estado". Y, como escribía el historiador anarquista Antonio Téllez, "la tragedia de estos hombres es que tuvieron que batirse contra dos frentes: la represión franquista y el abandono de sus propios compañeros de ideas".

Facerías, como los otros, se pasó la vida recibiendo hostias de todas partes: de la República, del franquismo, de los comunistas, de la organización anarquista ortodoxa... Biografías similares: al estallar la Guerra Civil, con 16 años, se afilió a las Juventudes Libertarias, marchó al frente de Aragón con la Columna Ascaso, fue hecho prisionero y, tras la cárcel, la mili obligatoria. Así hasta 1945. Atrás quedaron una mujer y una hija que tomaron el camino del destierro y a las que nunca volvería a ver, porque la vida familiar y la lucha clandestina han sido siempre incompatibles.

En 1945, libre al fin, creó el Movimiento Libertario de Resistencia para seguir la lucha en el interior, renunciando al cómodo exilio en Francia. Había que demostrar que la guerra no había terminado e impedir que la ONU aceptara el régimen de Franco y que los americanos pactaran con el dictador. Según la propia BPS, los objetivos de estos grupos de acción eran: "Desorganizar la economía del país, cometer atracos para financiar a la organización anarquista en Toulouse, eliminar a personas adictas y fieles al Nuevo Estado y crear, en definitiva, un ambiente de terror que desmoralice al pueblo y provoque la intervención extranjera ante la incapacidad del gobierno español para dominar el caos".

La II Guerra Mundial había terminado y los aliados habían perdonado la vida a Franco. El esfuerzo de todos los españoles que habían luchado en Europa contra el fascismo había resultado baldío. Y mientras los comunistas decidieron abandonar la lucha armada, los anarquistas intensificaron la guerrilla urbana haciendo de Barcelona su centro de operaciones.

Los que venían del exterior se quedaban sorprendidos de cómo habían cambiado las cosas en unos pocos años, se encontraban con compañeros que nada tenían que ver con los de hacía unos años, aun siendo los mismos. Los motivos del cambio se hallaban sin duda tras las terroríficas estadísticas: 180.000 desaparecidos y 75.000 fusilados. Era una población esquilmada por la guerra, hambrienta, apaleada y asustada.

Así lo explica el historiador Bernat Muniesa: "Facerías y Sabaté adquirieron una personalidad mítica en estos años porque los que habían perdido la guerra se consolaban de alguna forma con sus acciones. Ellos eran los que seguían una lucha en nombre de todos, ya que la gran mayoría estaba quieta por el miedo a la supervivencia".

Unos tipos arriesgados y audaces que lo mismo se aventuraban a ir a tomar un café en el bar de Vía Layetana frecuentado por policías de la cercana jefatura que, como Massana, mostraban gran sentido del humor al dedicarle un "disco solicitado" al comandante de la Guardia Civil de Berga, Espérame en el cielo.

Facerías y Sabaté fueron los mitos de la clase obrera oprimida a la vez que sus nombres poblaron de pesadillas los sueños de los niños de buena familia a los que sus padres amenazaban diciéndoles que si no eran buenos, vendrían Sabaté o Facerías, capaces de todo tipo de atrocidades.

"Acciones económicas" o "expropiaciones", según los activistas; vulgares atracos para la policía y la prensa. Pero el sentido ético de los libertarios era de tal magnitud que se planteó un debate sobre la conveniencia de elegir bancos o fábricas para sus actividades. Y escogieron los bancos por la sencilla razón de que sería el Estado el responsable de indemnizar a los afectados, mientras que si se asaltaban las cajas fuertes de las fábricas, se corría el riesgo de que los obreros se quedaran sin cobrar su semanada.

Se calculan en unos 400 los golpes económicos dados por los anarquistas entre 1945 y 1950; posteriormente, la actividad fue mucho menor tras la gran derrota sufrida por la guerrilla al final de los cuarenta. Hubo asaltos a joyerías, a fábricas de automóviles, a constructoras y a empresas de otros sectores industriales, pero la mayor parte de las "expropiaciones" se efectuaron en entidades bancarias de Cataluña y, concretamente, de Barcelona.

Valga como ejemplo de su forma de actuar lo ocurrido con motivo de un atraco que Facerías llevó a cabo en Madrid, probablemente la única ocasión en la que actuó fuera del territorio catalán. Una anécdota que relata Josep M. Loperena, autor de la novela Ulls de Falcó, basada en la personalidad de Facerías.

Wenceslao Giménez Orive, el legendario luchador libertario Wences, pidió a Facerías que le acompañara a Madrid para ayudarle en un intento de matar a Franco. Wences había hecho un contacto con alguien del interior de El Pardo quien, a cambio de una importante suma de dinero, les facilitaría la entrada en el palacio en que residía el Caudillo, para que pudieran volarlo por los aires.

Como no tenían el dinero que les exigía el desconocido, decidieron atracar un banco y escogieron una sucursal del Popular en la calle de Embajadores. Necesitaban un vehículo y se dirigieron a las inmediaciones del hotel Palace, donde se fijaron en un cochazo americano (un haiga, como se decía en la época) en cuyo interior aguardaba un chófer uniformado. Facerías, que era de finos modales, subió al vehículo y le contó al conductor que eran anarquistas y necesitaban el coche para una acción, pero que no temiera nada porque se lo devolverían una vez realizada.

Se dirigieron a la puerta del banco y entraron en él Facerías y Wences mientras los otros dos preparaban la retirada. En menos de dos minutos vaciaron las arcas y, cuando ya salían, Facerías reparó en una viejecita que lloraba desconsolada porque se habían llevado 10.000 pesetas que acababa de darle al cajero para realizar un ingreso. Facerías le dijo a Wences que aguardara y sacó, no 10.000, sino 20.000 pesetas, y se las entregó a la mujer, que, agradecida, le dio un beso.

La salida resultó espectacular. Fueron sorprendidos por unos policías cuando arrancaban y comenzaron a cruzarse disparos. Los asaltantes lograron salir de Embajadores, pero, como no conocían Madrid, fueron a dar de nuevo a la puerta del banco, donde se habían congregado gran número de policías. Finalmente le devolvieron el coche al chófer tal y como le habían prometido y, al comprobar que el contacto de El Pardo no daba señales de vida, Facerías regresó a Barcelona y los otros se fueron hacia Andalucía a contactar con compañeros y a repartir el botín entre personas necesitadas.

La actividad de los "grupos de acción", exceptuando alguna tirada de octavillas o una acción de propaganda, se centraba prácticamente en la "recaudación de fondos". Fondos que eran escrupulosamente entregados a la sede de la CNT en Toulouse, cuyos dirigentes no tenían reparos en aceptarlos, pero a la vez criticaban a los activistas por la mala imagen que daban de la organización.

A Facerías se le ocurrieron otras formas de llevar a cabo "expropiaciones" que supusieran menos peligro que atracar un banco. Los controles, por ejemplo. Escogían una carretera adecuada, como el cruce de los Cuatro Caminos de Molins de Rey o las sinuosas curvas del ascenso a Montserrat, y se dedicaban a detener a todos los vehículos que pasaban y a quitarles a sus propietarios el dinero, la documentación y todo lo que de valor llevaban. En ocasiones llegaron a formar largas colas de retenciones. Y cuando llegaba el verano solían elegir carreteras de playa, más frecuentadas, como la costa de Garraf, entre Castelldefels y Sitges.

Este sistema lo practicaron también en los garajes donde la gente rica solía guardar sus coches. Encerraban en un cuartucho al vigilante nocturno y, a medida que llegaban los coches, iban desplumando a sus propietarios. Las noches de ópera en el Liceo eran las preferidas de Facerías y los suyos.

Y luego estaban los asaltos a los meublés, esa institución barcelonesa que no desapareció ni en los años más duros de la dictadura: unos hotelitos que alquilaban habitaciones por horas a parejas sin necesidad de que mostraran el libro de familia. Nada que ver con la prostitución, ya que sus clientes, mayoritariamente de clase alta, los utilizaban para aventuras pre o extramatrimoniales.

Una vez reducido el único responsable del meublé, el camarero, los asaltantes, que solían ser cuatro, iban por parejas de habitación en habitación y se apoderaban de las pertenencias de los clientes. Era un trabajo sin demasiadas complicaciones, por lo menos hasta la medianoche del domingo 21 de octubre de 1951, cuando se produjo un incidente en el hotel Pedralbes, situado en la carretera de Esplugas.

Uno de los clientes no sólo se resistió, sino que sacó un arma, y José Avelino Cortés, compañero de Facerías, disparó la metralleta sin pensarlo dos veces y dio muerte a toda una personalidad, Antonio M. S., uno de los más poderosos e influyentes constructores de Barcelona, que estaba acompañado de una chica menor de edad, hija de buena familia. Al oír los disparos, Facerías acudió y, al descubrir a la muchacha llorando, le pidió que se vistiera y que saliera del meublé con ellos.

Subieron al Cadillac, previamente confiscado, y lo detuvieron en las inmediaciones del monasterio de Pedralbes para reflexionar, analizar la situación y decidir lo más aconsejable para la chica. Facerías tomó la determinación de que acudiera a la policía y contara toda la verdad de lo ocurrido. Y tuvieron la gentileza de acompañar a la menor hasta los alrededores de una comisaría.

Los diarios del martes (entonces los lunes no había más que la Hoja) dieron cuenta en unas breves líneas de "un atraco a mano armada en un hotel", pero en las calles empezó a propagarse la verdad de lo ocurrido, y la imaginación popular añadió al suceso que la menor era sobrina del constructor y que se iba a casar en unos pocos días. Dos esquelas típicas ("murió cristianamente") aparecieron en la misma edición confirmando la realidad de los hechos.

Aunque públicamente no se citó su nombre, la persecución contra Facerías se intensificó de tal forma que decidió marcharse a Italia, donde pasó una larga temporada.

El año 1949 fue clave en la lucha de los anarquistas para derrotar a Franco. Entre mayo y noviembre se produjo la gran ascensión y la caída de la guerrilla urbana libertaria.

Facerías llegó a Barcelona a primeros de mayo y convocó una reunión en un pinar de la montaña de San Pedro Mártir, en las inmediaciones de la ciudad. Franco se disponía a visitar Barcelona con motivo de la Feria de Muestras y había que dar una respuesta. Acudieron unos cincuenta hombres, entre ellos Sabaté, Domingo Ibars, Ramón Vila... los más destacados activistas. Se plantearon acciones puntuales, como la colocación de bombas en los consulados de Bolivia, Perú y Brasil -tres países que apoyaban la entrada de España en la ONU-, pero, sobre todo, aquel encuentro histórico sirvió para diseñar un levantamiento popular en Barcelona, algo como poner en pie un sueño.

Se fijó la fecha para diciembre, en torno a navidades; éste era el plan a seguir: Facerías, con sus hombres, se encargaría de asaltar la cárcel Modelo y liberar a todos los presos mientras Sabaté estrellaría un coche cargado de dinamita contra la Jefatura de Policía para dejarla convertida en escombros. Otro grupo irrumpiría en la sede de Radio Barcelona, desde cuyos micrófonos se daría lectura a un comunicado que incitara al pueblo a tomar la ciudad para liberarla, y, paralelamente, otros se encargarían de confiscar los talleres de Solidaridad Nacional y sacarían una edición con la cabecera de Solidaridad Obrera, el órgano informativo de la CNT hasta 1939. Massana y Ramón Vila se encargarían de aislar la ciudad a base de volar las líneas telefónicas y de alta tensión que la alimentaban. Así, Barcelona sería de nuevo, como en julio de 1936, territorio libertario.

Pero lo real fue que Franco llegó el 1 de junio, y la presencia en la Feria de Muestras de banderas de Francia, EE UU, Inglaterra y Alemania Occidental dejaba bien a las claras que el reconocimiento del franquismo por la ONU estaba a la vuelta de la esquina. Aunque la presencia del maquis libertario se dejó sentir, ya que, además de las explosiones en los consulados, una bomba dejó paralizada la central eléctrica La Afortunada, y Facerías, personalmente, voló varios camiones cisterna en unas dependencias de Campsa.

Antes de que llegaran las navidades, los libertarios vieron desvanecerse su sueño. No solamente no pudieron acabar con el franquismo, sino que fue el franquismo el que acabó con ellos. En aquel otoño-invierno de 1949, la resistencia libertaria fue aniquilada. Cayeron prácticamente todos los militantes del maquis, y los que no fueron muertos a tiros en la calle o ejecutados serían sentenciados a largas condenas. El exterminio se cerró el 14 de marzo de 1952 con el fusilamiento de cinco anarquistas en el Campo de la Bota, en el mismo lugar en el que, 50 años después, se levantarían las instalaciones del Fòrum. Y así se inició el largo túnel de los cincuenta.

Porque los años cincuenta fueron un túnel en la lucha libertaria. Desaparecidos los cuadros del interior, retirado Massana, su presencia se limitaba a pequeñas acciones esporádicas de escasa repercusión social. Facerías fue expulsado de la CNT por "moroso" y marchó a Italia, donde entró en contacto con jóvenes anarquistas de Grupos de Acción Proletaria con los que compartió adoctrinamiento teórico y prácticas en "expropiaciones", que llevaron a cabo en bancos y joyerías de Génova y Roma.

A Facerías se le pasó por la cabeza la idea de marcharse a Brasil, pero no podía resignarse a seguir en el empeño de luchar frontalmente contra el franquismo. En 1956 decidió volver a España; lo hizo con su viejo compañero Luis Agustín Vicente y un joven italiano, Goliardo Fiaschi. Los tres en bicicleta y mochila a la espalda. El 17 de agosto cruzaron la frontera con documentación falsa. Entraban en una España que nada tenía que ver ya con la de la posguerra: el aislamiento internacional había terminado, Franco ya estaba en la ONU y no cesaba de firmar pactos y alianzas con las potencias democráticas. Como dijo Churchill, "Franco puede ser un problema para los españoles, pero no lo es para Europa".

Llegaron a Barcelona el día 27 y se alojaron en una cabaña al pie del Tibidabo. Luis se fue a Sabadell a ver a un amigo y allí le detuvieron. El día 30, Facerías le dijo a Goliardo que tenía que ir a una cita en Barcelona y que, si a medianoche no había regresado, se marchara a Francia. Cogió su bicicleta y después un taxi para tomar precauciones antes de la cita, pero...

Su muerte, que fue silenciada por la prensa libertaria, pareció de alguna forma un anacronismo.”