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2823. Despachos de la guerra civil española XXV





Lérida, 29 de abril

Este corresponsal ha entrado hoy en Lérida. No es muy difícil. Lo único que hay que hacer es mantener las piernas en movimiento y controlar una ligera sensación de cosquilleo entre los omóplatos y la nuca al cruzar un andén de ferrocarril y ponerse bajo el fuego de ametralladora de una torre que está a quinientos metros de distancia.

Ahora puedo revelar que el gobierno controla casi una tercera parte de la ciudad y toda la orilla oriental del Segre y el cruce de tres carreteras principales en Cataluña: una que va hacia el norte, a Balaguer y Francia una hacia el este, a Barcelona, y una tercera hacia el sudeste, a Tarragona. Si las tropas de Franco hubiesen podido conquistar la parte oriental de Lérida, habrían tenido acceso a estas arterias que cruzan Cataluña. Pero tal como están las cosas, se encuentran embotelladas en la parte medieval de la ciudad que mira hacia el río Segre, y el gobierno está muy fortificado a lo largo de sus orillas, con la estación ferroviaria, andenes y todos los cruces de carretera seguros a sus espaldas.

Quizá «seguros» no sea la palabra exacta, porque los moros y las tropas regulares españolas, instaladas en el viejo castillo pardo de torres cuadradas y en los tejados de otros edificios de la ciudad vieja, pueden barrer las carreteras con ráfagas de ametralladora. Pero las fortificaciones del gobierno están justo debajo de ellos, como si estuvieran sitiando a Lérida, y Franco necesitaría una ofensiva a gran escala para intentar la conquista de la parte oriental de la ciudad y ganar acceso a carreteras que son las arterias de Cataluña. Las tropas que defienden el este de Lérida son veteranos del sitio de Madrid y ya han construido zanjas y trincheras de comunicación aprovechando cada pliegue del terreno, lo cual significa la diferencia entre recibir un tiro en la cabeza y poder realizar el trabajo con calma y tranquilidad. Las fortificaciones habían progresado tanto y tenían un trazado tan hábil que este corresponsal creía estar en los viejos tiempos de Usera y Casa de Campo frente a Madrid.

Solo que aquí todo era verde, florido y abundante. Los perales se alzaban como candelabros a lo largo de los muros grises agujereados con picos para los francotiradores. Las trincheras formaban ángulos en los huertos llenos de guisantes, judías, coliflores y coles.

Las amapolas destacaban en el trigo verde entre los almendros, y las colinas desnudas, grises y blancas de Madrid parecían muy lejanas. Entonces un soldado que atisbaba a través del muro disparó dos veces y vi en su mejilla la huella dejada por el feo Mauser de culata larga. Volvió a mirar y me hizo seña de que me acercara.

—Dispárales —dijo un oficial—. No los observes. Mátalos.

A través de un agujero en la pared, se veía con gemelos la boca en forma de cono de una ametralladora ligera apuntándole a uno desde una grieta en la tapia, a menos de cien metros de distancia. Apareció un hombre entre los árboles frutales del huerto y volvió a desaparecer.

—Dispara cuando los veas —dijo el oficial—. Cuando abran fuego con esa ametralladora, les lanzaremos un proyectil de mortero. Un moro nunca es un buen blanco en campo abierto — continuó mientras seguíamos la línea—. Saltan como conejos y saben cómo cubrirse. Será mejor cruzar corriendo por aquí —dijo—. Tienen esto enfilado y el camino seguro aún está por terminar.

Aún fluye la suficiente agua clara y rápida por el pedregoso cauce del Segre para que la parte menos honda llegase al cuello del hombre que intentase vadearlo. El capitán que iba conmigo no lo ignoraba porque dijo que no sabía nadar y que le había llegado justo hasta la nariz cuando cruzaron el río después de volar los puentes.

—Lo primero que haré cuando tenga tiempo es aprender a nadar —explicó con seriedad—. Cuando se lucha en una acción de retaguardia es una habilidad muy valiosa. Des pues de volar los puentes, siempre hay que cruzar a la otra orilla. Saber nadar es imprescindible para un soldado práctico.

Tanto si se sabe o no nadar, el estado de los ríos Segre y Ebro desempeñará un papel importante en las próximas semanas. Durante seis semanas Franco ha tenido un tiempo perfecto para una ofensiva motorizada. Las habituales lluvias torrenciales de la primavera española han brillado por su ausencia y el nivel de los ríos está bajando lenta pero continuamente. «¿Llegarán las lluvias?» es una importante cuestión militar, porque sin lluvia el Ebro y el Segre, donde ahora tienen su base las líneas, serán vadeables en diversos lugares dentro de un mes. Pero hace ya una semana que el tiempo es nublado y frío y ayer cayó la primera lluvia. Si continúa, la España republicana no puede tener un aliado mejor, porque la corriente impetuosa es una gran fortificación, mientras que los ríos secos favorecen el paso y las tácticas de infiltración de Franco.

Después de una semana a orillas de los ríos Ebro y Segre y un mes en el frente, este corresponsal no ha podido ver una conclusión de la guerra española. Normalmente, tras las derrotas de Aragón y el corte de comunicaciones entre Valencia y Barcelona por parte de Franco, sería de esperar un fracaso militar. Sin embargo, no se ha producido. Si se tratase de un juego de maniobras bélicas y las divisiones estuvieran rodeadas, los árbitros ya habrían pronosticado su destrucción. En los últimos diez días he visitado cuatro divisiones, todas las cuales habrían sido destruidas según esta clasificación.

—Pero hemos aprendido algo, y no en los manuales militares —explicó ayer en Lérida un comandante de batallón de veintitrés años—. Es como escaparse de noche después de haber sido rodeado. Rifles, pistolas y ametralladoras no sirven para esto. Cuando te dan el alto, lanza una bomba y luego sigue lanzando mientras corres. Saber que te matarán cuando te capturen te obliga a usar nuevas tácticas.

Hoy el frente está a ciento sesenta kilómetros de Barcelona, donde el río Segre divide la ciudad de Lérida. Está igual de cerca que hace cuatro semanas.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2470. La matanza de inocentes

Víctimas del bombardeo al Liceo escolar de Lleida, 2 de noviembre de 1937. Fotografía: Agustí Centelles



Como un turbión de alondras bajo la tarde fría, 
la peonza en los bolsillos y la risa locuela, 
—canicas de cristal— los niños de la escuela 
se asoman para ver la geometría
de los aviones negios, que atraviesan el día. 

—¡Un avión! ¡Otro avión! —gritan altas las manos—. 
Ellos piensan que vienen de la juguetería 
de Dios y que los reyes peregrinos 
dejaron el bazair sin aeroplanos. 

—¡Ya se van, ya se van! ¿No sabrán los caminos? 
¿Se perderán entre la azul maraña? 
¡Y levantan sus manos de arcángeles de España! 
Gritan las madres, el maestro grita, 
la abuela, en el portal, se desgañita, 
la sirena en el aire su angustia desmelena. 
Pero es en vano: —¡ Tontos, no es más que la sirena!— 
¿Quien aquieta a los pájaros y a los niños? Estalla 
la primer bomba, astilla los 
hogares de enfrente la metralla.

Se acurrucan los niños. Muere en cada mejilla 
una rosa temprana y en las caras de espanto, 
rueda la voz y se amotina el llanto.
—¡Una columna de humo!—  Quedan quietas las alas 
de las manos.— ¿Es lluvia?— Y el maestro:—Son balas. 
¡Otra bomba, otra bomba! Ya no gritan: —¡Aviones
que nos mandan los reyes! —No los juzgan balones 
que se  tiran a campo, como hace unos minutos 
La ciudad se estremece, sollozando en sus lutos. 
De pronto, se abre el techo, el cimiento rebota. 
La escuela queda ensagrentada y rota. 
—iMadre! ¡Madre!— los niños claman despedazados. 
¡Honor, honor, honor, a los "nuevos cruzados" 
de la "España Imperial", de la espuela y la bota! 

La tierra va bebiendo la sangre gota a gota, 
como cerezas frescas. Los pájaros germanos, 
los buitres italianos, 
pasan en cruz ametrallando el viento, 
tumban niños y espigas a mansalva 
y queda la ciudad sin pensamiento. 
¡Y aun hay hijos de loba de la hispánica tierra, 
que les dicen señores, caballeros del alba 
y que agreguen, con gesto de cinismo:—Es la guerra— 
¡En el nombre de España, buena presa habéis hecho! 
¡"Caballeros del aire", nuevas cruces al pecho! 

¡Ay los niños de Lérida, tumbados como espigas, 
serán eternamente "columnas enemigas"! 
¡Hambre de Europa! ¡Universal canalla! 
¡Sobre Berlín, sobre Berlín un día 
caerá la metralla que hoy arrojáis sobre la patria mía! 

¡Y la Italia traidora 
sabrá también lo que es cortar la mano 
de un niño y retornar al Vaticano 
con su oración y su ametralladora! 
¡Ay, los niños de Lérida, tumbados como espigas 
serán eternamente "columna enemiga"! 


Alfonso Camín










96. El valle de la libertad

Guerrilleros de la UNE en Bosost, antes de tomar el Valle de Arán (1944)



En octubre de 1944, 4.000 guerrilleros invadieron el Valle de Arán para liberar a España de Franco. Fue el hecho de armas más importante tras la Guerra Civil. Fracasó y se silenció. La novela 'Inés y la alegría', de Almudena Grandes, lo rescata del olvido.


No hay un alma en el puerto de la Bonaigua. Tan solo la montaña peleándose con las nubes bajas y una cruz herrumbrosa con una leyenda que ha perdido parte de las letras: "El Señor está contigo, Luis". Desde estos 2.000 metros se entiende a la perfección lo que el Valle de Arán tiene de paraíso, castillo y ratonera. Hasta la apertura del túnel de Viella, a unos 40 kilómetros de aquí, la Bonaigua era la única conexión con la Península de esta comarca de la vertiente norte de los Pirineos, 620 kilómetros cuadrados de la provincia de Lleida que se rigen por sus propias instituciones tanto como por un clima propio. Aquí puede llover mientras al otro lado de la cordillera el sol luce a sus anchas.

La antigua quitanieves alemana, varada en lo más alto y rodeada ahora de bosta de vaca -la Peeter la llaman, abreviando su nombre: Scheefrase Peter-, empezó a funcionar, lo recuerda una placa, en 1944. En octubre de ese año, alrededor de cuatro mil hombres armados entraron en el valle por todos los lugares posibles, pero, sobre todo, por su puerta natural, Pont de Rei, la cómoda conexión con Francia que sigue el curso del río Garona. Habían salido de España al final de la Guerra Civil y combatido durante años en la Resistencia francesa. Muchos habían entrado en París con el general Leclerc y muchos más soñaban con entrar en Madrid. El partido comunista los convocó en Foix y Toulouse -la capital simbólica del destierro español-, formaron un ejército bajo las siglas de la Unión Nacional Española y llamaron a la operación Reconquista de España.

La historia y la geografía parecían de su parte. Cuatro meses antes, el 6 de junio, los aliados habían desembarcado en Normandía. Era el momento de que la liberación cruzase los Pirineos. Solo había que conseguir que los hechos consumados ayudaran a vencer las reticencias de las potencias internacionales. Se trataba de que el débil Gobierno republicano en el exilio se hiciera fuerte en el interior. Los adalides de la democracia tendrían difícil ignorar a un presidente legítimo instalado en su propio país. Ese presidente sería Juan Negrín, y la capital provisional, Viella, el centro político del valle. Habría que controlar la Bonaigua y el primitivo túnel de Viella, un estrecho agujero de cinco kilómetros de largo y todavía en obras. El invierno haría el resto. La nieve cerraría al ejército franquista los pasos menores y el tiempo correría a favor de la guerrilla. Entre tanto, la población se uniría a los libertadores y los aliados no tendrían más remedio que aportar a la República la ayuda que le habían negado entre 1936 y 1939. En el escudo del Valle de Arán hay una llave, y no es por casualidad.

Todo empezó bien. Terminó todo mal. Habían pasado apenas 24 horas desde la invasión cuando el castillo comenzó a transformarse en ratonera. Después de semanas de entrada de guerrilleros por Aragón y Navarra, una columna de hombres al mando del coronel Vicente López Tovar cruzó el Garona a las seis de la mañana del 19 de octubre. Después de asegurar el paso de Pont de Rei para recibir refuerzos y suministros o retirarse si llegaba el caso, en unas horas llegaron a Bossòst. Fue el lugar elegido como cuartel general después de una refriega con los militares. Entretanto, en el este de Arán, camino de Baqueira, los disparos cruzaban de pueblo a pueblo. Desde el campanario de Unha, los guerrilleros acosaban a los guardias civiles atrincherados con una metralleta en la torre de la iglesia de San Andrés, en Salardú.

Cuando la ofensiva principal, en su ruta hacia Viella, alcanzó Es Bordes, encontró la resistencia del destacamento militar acuartelado en el pueblo. La iglesia conserva todavía los impactos de bala en la fachada. En la puerta de su casa, a unos metros, Antonio Déo recuerda hoy los combates entre los guerrilleros y los soldados parapetados en la torre. Él tenía 12 años y su padre era el alcalde, conocía bien a los militares: "Ahí", dice señalando una vivienda cercana, "cayó una bomba incendiaria. Ardieron dos casas más. Hubo resistencia, pero los soldados eran 100, y los maquis, casi 5.000". Es difícil encontrar en el Valle de Arán a alguien que quiera contar sus recuerdos de la invasión. Eso sí, los que deciden bucear en sus recuerdos terminan relatando su vida. "Aquí hubo unos 15 muertos en total", dice Déo, que sería concejal del pueblo a partir de 1968: "Antes había 500 habitantes, ahora no deben de pasar de los 120. Vivíamos de las vacas. Y de lo que se cultivaba. Ahora los que quedan trabajan fuera. Por eso el pueblo se queda desierto hasta la noche".

Algunos de los muertos de los que habla Antonio Déo están enterrados a doscientos metros escasos de la plaza del pueblo, en un cementerio con vistas increíbles al río Joue, que aflora en una cascada de película, 10 kilómetros más arriba, después de nacer en el Aneto. En una pared del camposanto hay una lápida que señala una fosa adornada con flores de tela. Lleva la fecha del comienzo de la invasión y una leyenda: "Los antiguos guerrilleros FFI [Fuerzas Francesas de Interior] a sus camaradas muertos en combate por la libertad". Debajo, una tira de mármol nuevo ha añadido otra frase: "Y a los no identificados".

En el valle, las tumbas son el único recuerdo del hecho de armas más importante ocurrido en territorio español desde la Guerra Civil. El Consejo de Arán, no obstante, tiene previsto señalar con paneles este mismo año los enclaves en los que queda algo de aquellos días del otoño de 1944: un nido de ametralladoras en Pont d'Arrós, la sede de La Caixa que centró los combates en Les, un búnker construido después de la invasión para proteger la boca del túnel de Viella, abierto al tráfico en 1948 después de que un batallón de prisioneros ayudara a terminar los trabajos que habían empezado en 1924.

Todo deberá estar listo antes de que el invierno vuelva inaccesibles muchos de esos lugares. Lo cuenta en su despacho del Consejo, en Viella, la historiadora Elisa Ros, que recuerda que para muchos araneses la invasión de 1944 sigue siendo un tabú: "La gente se encerró en sus casas y no quiso saber nada. Estaba cansada de la Guerra Civil y lo vieron como una vuelta a empezar. Hubo dos muertos civiles en un momento de descontrol, pero en general no hubo muchos atropellos". La consigna de respetar a la población surgió del empeño de Juan Blázquez Arroyo, que tenía 30 años entonces. Su nombre de guerra era César, y su graduación, general de división del Ejército francés. Elisa Ros muestra en un catálogo el carné que le extendió la seguridad francesa: domiciliado en Toulouse, ojos y pelo negro, 1,75 metros de altura; rasgos particulares: le falta un dedo.

El general César había nacido en Bossòst y fue elegido alcalde de su pueblo en 1936. Era militar de carrera y había estudiado Derecho y Filología. En 1937 pasó al frente, y dos años más tarde, al exilio. Después de dirigir en Toulouse el Centro de Albergue de Intelectuales españoles refugiados, con la invasión alemana se unió a la Resistencia tratando de organizar a sus compatriotas. Fue uno de los fundadores de la Unión Nacional Española y terminó pasando por dos campos de internamiento. Evadido, volvió a la lucha. Los aliados le condecoraron diez veces. El Gobierno francés, con la Legión de Honor.

Blázquez Arroyo, César, fue el jefe de información de la Operación Reconquista de España. Dice Elisa Ros que, desde el principio, el militar era consciente de que la acción era "inviable", pero que ante la insistencia de sus superiores aconsejó la entrada por el Valle de Arán. Era el lugar que menos riesgos comportaba y más fácil hacía la posible retirada. Muy mal se tenía que dar el invierno para que no se pudiera volver a Francia por Pont de Rei, el punto más bajo de la ratonera, un paso a tan solo 600 metros de altura en un laberinto de montañas de hasta 3.000.


Pese a los desvelos del antiguo alcalde, en la gente pesó más el miedo que las promesas de libertad. Pocos se unieron a los guerrilleros. Muchos trataron de ayudar a sus vecinos guardias civiles. Sentado en el poyo de la ermita de San Roque, en Bossòst, Eugenio Marqués Bersach, 15 años en 1944, recuerda que "los maquis" buscaron durante días a los dos guardias de su pueblo, Canejan. Se habían escondido en una cueva, uno de ellos estaba casado con una chica del pueblo y su cuñado les llevaba patatas para que no murieran de hambre. "Comida, los maquis no nos pedían", recuerda; "se la traían de Francia, pero la gente tenía mucho miedo. En parte por si había represalias por la guerra. Hay quien dice que se llevaron ganado. En mi pueblo, no. ¿Qué si la gente habla de los maquis? Poco, pero acordarse se acuerda". También él se acuerda. En Girona, durante el servicio militar -"del 51 al 52, el último año del racionamiento"-, se encontró con, dice el nombre de carrerilla, el teniente Francisco Torrado Contreras: "Me contó que él era el que había sacado a los maquis del valle. No sé si sería verdad, pero cuando se enteró de que yo era de aquí me quiso dar un enchufe para las oficinas, pero yo apenas sabía las cuatro letras. Una lástima. En mi casa hablaba aranés. El catalán lo aprendí durante la mili, en Camprodón; el castellano, en la escuela. Pero iba poco". Había empezado como pastor a los nueve años. Así, dice con orgullo, se ganó el traje de la comunión. Entrado junio y hasta el 7 de octubre, feria de Salardú, se iba solo a la montaña con 600 vacas y dos perros. En invierno echaba una mano en casa a lo que saliera, cazando martas o cortando abetos. Trabajó hasta los 70 años. Ahora tiene 81. "Francisco Torrado Contreras era el nombre", repite entre dientes.

Pero la verdad es que el nombre era José Moscardó Ituarte, capitán general de Cataluña. Visto el fracaso de la adhesión popular, a los guerrilleros les quedaban todavía dos objetivos, y tan difíciles como el primero: tomar la Bonaigua y conquistar Viella, la futura capital del Gobierno legítimo. Moscardó se encargó de dar al traste con ambos. Él y Ricardo Marzo, el general de la División de Montaña destinado a reforzar los Pirineos ante la evolución de la guerra mundial, y también ante los rumores de actividad guerrillera. Después de un momento de sorpresa que, según el relato de su propio hermana, llegó a sacar a Franco de sus casillas, los refuerzos del Ejército franquista llegaron a la Bonaigua antes que los republicanos, los contuvieron a las puertas de Viella y se hicieron con el control de las obras del túnel. En poco tiempo se desplegaron en el valle 50.000 efectivos. Solo quedaba Pont de Rei, la puerta de salida. Todo terminó el 27 de octubre, nueve días después de haber comenzado. Santiago Carrillo, alto cargo del buró político del PCE, se reunió en Bossòst con el coronel Tovar y dio la orden de retirada. A la mañana siguiente, los guerrilleros regresaron a Francia mientras a sus espaldas se iba cerrando la frontera y, de paso, los libros de historia. El episodio se convirtió en un párrafo desleído en los apéndices de algunos estudios sobre la Guerra Civil.

Luego, el silencio.


*


La escritora Almudena Grandes recaló dos veces en uno de esos párrafos. Estaba en las memorias de Manuel Azcárate, miembro de la dirección comunista que preparó la invasión. La primera vez pasó de largo. La segunda se convirtió en una obsesión. Buceó en los pocos libros disponibles sobre el acontecimiento -los de Fernando Martínez Baños, Daniel Arasa, Secundino Serrano y Francisco Moreno Gómez- y en las memorias y biografías de todos los que tuvieron algo que ver en él. Décadas de desmemoria habían hecho muy difícil el trabajo de los historiadores. Ni siquiera hay un censo oficial de bajas. Muchas fuentes coinciden en fijar en 129 muertos las pérdidas del bando guerrillero. Algunos añaden 240 heridos y 200 prisioneros. En el Ejército, entre tanto, los muertos habrían sido una treintena. Pero todo son versiones.

El agujero de la historia era tan grande que por él podrían volver a pasar otros 4.000 hombres. El silencio de muchos de los protagonistas era tan clamoroso que en él cabía una novela de 700 páginas. Esa novela es Inés y la alegría (Tusquets), el primero de seis "episodios nacionales" sobre la resistencia antifranquista. En la entrega inaugural, Almudena Grandes narra la historia de amor de una muchacha de familia conservadora que termina uniéndose a los guerrilleros instalados en Arán, un valle que, explica, solo visitó con la novela terminada: "Si voy antes, corro el riesgo de que la realidad se me imponga. Usé los mapas de Google, me hice unos planos con flechas y datos -mi gran obra de ingeniería militar- y los colgué en la pared. Mi hija se reía de mí... Luego fui y todo encajaba". La mezcla de imaginación y documentación y la ausencia de testimonios sobre episodios concretos le permitió "volver al siglo XIX, inventar batallas; la de Vilamòs, por ejemplo".

"Me he tomado la libertad de dar mi versión porque no hay una versión oficial", dice la novelista. Junto a la trama amorosa, Grandes resume las claves de algo que pudo ser y no fue. Con personajes reales esta vez, el resultado es casi otra novela dentro de la novela: de espionaje, clandestinidad, supervivencia, crueldad diplomática y soberbia política. El choque de trenes entre, la frase se repite durante todo el libro, la historia inmortal y el amor de los cuerpos mortales: "129, algunos más o muchos menos, los soldados de la UNE que no lograron salir vivos de Arán, murieron para que nadie lo sepa", se lee en Inés y la alegría. "La Historia con mayúsculas de los documentos y los manuales los ha barrido con la escoba de los cadáveres incómodos".

Fue la incomodidad de muchos lo que cerró la puerta de la memoria. A Franco, que oficialmente trató siempre a los maquis de bandoleros, no le interesaba dar muestras de debilidad. La propaganda se encargó de ocultar que durante días la bandera republicana ondeó de nuevo en territorio español y que durante años su ejército no pudo hacerse con el control absoluto de los Pirineos. Los aliados, entre tanto, se desentendieron. De Gaulle, que no quería un segundo frente en el Sur, empezaba a ver como un problema a los miles de españoles armados que habían participado en la Resistencia y a Churchill le preocupaban casi más los comunistas que los nazis, que terminarían rindiéndose al año siguiente. Para entonces, Franco ya había declarado en una entrevista a la United Press que España nunca había sido fascista y que no tenía ninguna alianza con las potencias del Eje. La invasión del Valle de Arán fue declarado asunto de política interna y todos miraron para otro lado.

La dirección del partido comunista, por su parte, quiso, mientras pudo, nadar y guardar la ropa. En 1939, Stalin firmó con Hitler su tratado de no agresión y no quería a los dirigente del PCE en una Francia que terminaría siendo ocupada. Con el buró político dividido entre América Latina y la URSS, donde estaba Dolores Ibárruri, el partido quedó al mando de Jesús Monzón en territorio francés. Lejos de resignarse a sobrevivir, Monzón reconstruyó una organización tan numerosa como cohesionada que despertó en Moscú una mezcla de admiración y recelo. Él fue el cerebro de la Operación Reconquista de España. Con la invasión lanzada por el tobogán del otoño de 1944, Pasionaria ordenó a Santiago Carrillo, que se encontraba en el norte de África preparando la entrada en Málaga de un grupo de hombres armados, que se presentara en Francia. Durante días, todo fueron cautelas. No podían evidenciar que una maniobra así se había hecho sin que ellos estuvieran al corriente, por mucho que la consideraran una quimera, ni contribuir a que Monzón se llevara las mieles del triunfo si la locura era un éxito. Nadie movió un dedo para pedir a Stalin que lo moviera. El sueño iba camino de convertirse en pesadilla cuando se dio la orden de retirada. Nunca hubo una versión oficial, pero también el vacío tiene su traducción: durante los años que siguieron a la invasión, muchos de sus participantes fueron depurados por el PCE.

El penúltimo capítulo de una operación que "pudo haber cambiado para siempre el destino de España" fue, durante 60 años, el silencio. En él, dice Almudena Grandes, "perece la memoria de unos cuantos miles de hombres que arriesgaron su vida por la libertad y la democracia de su país. Ellos aportaron el único elemento íntegramente positivo de este episodio". En su casa de Madrid, después de mover los hilos imaginarios de una trama llena todavía de sombras, la escritora recuerda que en la historia del partido comunista hay "suficiente grandeza" como para que se reconozcan sin miedo sus "miserias". Luego vuelve por un instante al Valle de Arán, a octubre de 1944, y dice: "La llaman quimera, y en gran parte lo fue, pero podría haber sido otra cosa. Y fue tan efímera... Pudo ser importante y se deshizo en el aire...".


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País Semanal) 15/08/2010