Entrevista a Mercedes Núñez Targa recogida por Luis Ibars para Televisión
Española en Catalunya
(Barcelona,
marzo de 1986)
—¿Qué es para Usted la libertad?
—Mi libertad es un mundo de justicia, donde todo el mundo pueda vivir, donde no
haya guerras, donde no se cometan injusticias, donde nadie pase hambre. Eso
para mí es la libertad.
—¿Sufrió algún tipo de shock emocional cuando salió del
campo de concentración?
—Habíamos quedado allí doscientas mujeres muy enfermas. Nos dijeron que
evacuaban a todo el mundo, menos a las que no podían andar. Las que no podíamos
andar nos dejaron allí con la insana intención de matarnos antes de marcharse.
Pero, como las tropas aliadas habían rodeado la ciudad de Leipzig, los nazis
tuvieron prisa y se marcharon sin acordarse de matarnos antes. Estábamos allí
cuando de repente una soviética más decidida bajó y subió llorando, gritando.
No hacía más que decir “tovaritch,
tovaritch”. No sabíamos que pasaba. Finalmente comprendí que se trataba de
algo muy bueno. Una mujer terminó por traducirnos y nos explicó que estábamos
libres. Nos dijo que los SS se habían marchado todos y no había guardia en el
campo. Es decir que podíamos salir, si hubiéramos podido andar, claro.
—¿Cuántas cosas pasaron por su imaginación al recibir
esta noticia?
—Es que no sé lo que hice. No puedo recordarlo. Fue tal el choque. Hubo mujeres
que se murieron aquel mismo día, que no se podían mover y estaban agonizando en
la cama y que se pusieron de pie al oír la noticia. Era una cosa de locura. Fue
una alegría inmensa. Lo que sí recuerdo es que mis compañeras españolas que
fueron evacuadas me habían confeccionado una banderita republicana. Era el 13
de abril aquel día. Me dijeron mis compañeras: “Mira, si mañana 14 de abril
eres liberada, te la pones”. Yo cogí y me la puse. Es el único dato concreto
que recuerdo de aquel día de mi liberación. Lo demás es un poco difuso. Anduve,
salté, corrí.
—¿Cuáles son sus recuerdos de sus primeros días de
libertad?
—Recuerdo que nos metieron en un manicomio. Los enfermos los había matado el
régimen de Hitler. Allí mandaban a todos los deportados enfermos. Aquello era
horrible porque morían deportados a montones. Parecía que habían estado
esperando la liberación para morir. La gente se moría en los pasillos. Veías
como llevaban a los muertos en carretas. No daban abasto a enterrar a todos los
que se morían. Aquello sí que es una verdadera pesadilla. Para mí fue más
pesadilla aquello que el propio campo. El ver aquella cantidad de gente
muriéndose, gente que había estado esperando y aguantando hasta el último
momento. Estuve en una habitación donde éramos catorce mujeres. Se murieron las
otras trece. Quedé yo como única superviviente. Una se estaba muriendo a mi
derecha mientras la otra se estaba muriendo a mi izquierda. Son mujeres que
habían estado en el campo conmigo. Hacía falta una gran fuerza de voluntad para
superar aquello. Pensabas que tú también te ibas a morir. Tenía la impresión
que de allí no iba a salir viva.
—¿Usted ha superado todas las secuelas y recuerdos
imborrables como este?
—Si, hasta cierto punto sí. Ahora los he superado porque siempre quise
continuar la lucha. Entonces yo he participado en todas aquellas cosas que
consideraba justas con todo mi entusiasmo siempre. Yo he participado en el mayo
68 francés, he participado en la lucha contra el proceso de Burgos, contra el
pacto con los yanquis, el llamamiento de Estocolmo más atrás. He participado
activamente en actos y manifestaciones allí donde vivía. Siempre he procurado
participar en todo. Claro, eso hace que ves el porvenir más que lo que pasó. Lo
que pasó lo recuerdas pero eso te hace vivir. El encerrarse pensando siempre en
el campo, no rodearse más que con gente del campo, eso conduce a un callejón
sin salida. Eso no es bueno y había que superarlo. Yo empecé por compartir mi
vida con un hombre que no había estado en el campo. Era un refugiado exiliado.
Entonces mis relaciones eran otras aunque siempre hubo un contacto muy amistoso
con toda la gente del campo. Ha sido siempre un contacto muy fraternal y muy
humano, incluso con gente que ha sido deportada pero con ideas políticas o
posiciones sociales muy diferentes a las mías. Pero cuando se toca ese punto,
siempre somos amigos y siempre se recuerda el campo. Cuando estaban a punto de
fusilar a Julián Grimau, otra compañera que había estado en Ravensbrück y yo,
fuimos a ver a la sobrina de De Gaulle, que había estado en Ravensbrück
también. Claro, la sobrina de De Gaulle y nosotras, somos la noche y el día en
posición social e ideas políticas. La fuimos a ver y nos recibió
inmediatamente. Íbamos con otras dos compañeras, una de ellas salía de la
cárcel y la otra le habían fusilado al marido. A ellas ni las miró. Las saludó
correctamente y luego habló con nosotras, las deportadas. Siempre se dirigió a
nosotras dos y nunca a las otras dos compañeras. Es aquello de decir: “a
vosotras os recibo porque sois deportadas”. Hay unas relaciones muy especiales.
Hay gente muy rara que te recibe porque ha estado contigo en el campo, pero no
por otros motivos. Si no fueras una compañera del campo, no te recibirían.
—Está claro que todo eso afecta a la estructura de una
persona y especialmente de una mujer como Usted. La presión psicológica de las
vivencias en el campo hace que mucha gente no lo haya podido superar. ¿Cómo lo
ha vivido Usted?
—No es cuestión de ser mujer. Un hombre también ha sufrido. Mujeres y hombres,
nos han destruido la inteligencia. A nosotros nos falla la memoria. Hay momento
en que, hablando, pierdo el hilo de lo que iba diciendo.
—¿Eso es propio del exilio o es propio de la vuelta del
campo de concentración?
—No, es propio del campo. Ahora es mucho menos. Yo entraba en un comercio y me
marchaba sin pagar. Te quedas muy avergonzado porque no puedes explicar que tienes
fallos de memoria debido a la deportación. No puedes ir con un letrero
explicando todo eso. También entraba a comprar y me marchaba dejando lo que
había comprado. Yo iba a un comercio y veía algo en el escaparate que quería
comprar y cuando estaba dentro no sabía lo que quería. Me era imposible
recordarlo. Esto te produce un gran nerviosismo. Te parece que todo el mundo se
está burlando de ti y te trata de loco. Yo sé el caso de un deportado que se
vino a Valencia y se enamoró de una mujer, se casó con ella y se la llevó a
París. Esta mujer me vino a ver para preguntarme: “Usted que ha estado en los
campos, quisiera que me dijera si mi marido está loco porque hemos llegado los
dos a la estación de Austerlitz, él colocó las maletas en el suelo y se marchó.
Me quedé esperando, creyendo que iba a llamar por teléfono o que iba a buscar
un taxi y veo que no vuelve. Me puse nerviosa y al cabo de un rato llegó él
llorando diciéndome que se había olvidado de mí”. Este hombre se había olvidado
que acompañaba a su mujer. Yo, en una ocasión, me olvidé de mi hijo en el metro
cuando era pequeñito. En cuanto el niño me dijo: “¿A dónde vas mamá?” reaccioné
y me di cuenta que estaba él allí. Yo me bajaba sola. Entonces me cogí a mi
hijo y estuve más de media hora en el andén paralizada con él. Me entró una
angustia que había podido dejarme a mi hijo en el metro y no es que yo no le
quiera. Son situaciones que no puedes evitar. Encima el deportado es lúcido y
se da cuenta de la situación y cree que todo el mundo está pendiente de él y se
ríe de él. Cree que todo el mundo piensa que está loco. Esto te produce una
sensación de aislamiento. Te parece que ya no te puedes relacionar con nadie,
que eres un ser condenado a vivir incomunicado. Esa sensación de incomunicación
es tremenda. Esto cuesta mucho vencerlo. Se puede vencer a fuerza de voluntad y
sobretodo participando en la lucha estando presente siempre. Llega un momento
que te vuelves impermeable al ridículo pero es muy duro. Es una recuperación
muy difícil.
—Sabemos que Usted ha sufrido una amnesia
con respecto al inglés, tanto con el vocabulario como con la sintaxis.
Cuéntenos.
—Sí, es cierto. Hoy no sé nada de inglés. Yo estudié cinco años de
inglés. Hacía traducciones en Barcelona. Me las pagaban. Si me las pagaban es
que las hacía como es debido. A raíz de un viaje de cinco días que hice a
Inglaterra me di cuenta que no sabía inglés ya. Cuando llegué estaba convencida
que sabía inglés, claro. Cuando el policía me empieza a hablar en inglés al
llegar al barco, me doy cuenta de que no sé lo que dice. Me lo repitió cinco
veces en inglés y me pareció entender que me preguntaba por cuánto tiempo iba a
permanecer en Inglaterra. Yo quería decirle que solo cinco días y no encontraba
las palabras para decírselo. Haciendo un esfuerzo tremendo terminé por
encontrar las palabras sueltas. Entonces el policía me echa otro discurso y ya
estamos en la misma, sigo sin entenderle. Aterrada, me di cuenta en aquel
momento que ya no sabía una palabra de inglés. El extremo llegó cuando en una
calle de Londres vi una inscripción en la calle que decía: “left”. Pensé que
era una palabra muy corriente que conocía mucho pero incapaz de saber lo que
quería decir. En cambio, es curioso, no perdí las lenguas madres. Hablo el
catalán, hablo el castellano, hablo el gallego sin dificultad. He sido
trilingüe toda mi vida.
—Seguramente, en la deportación, el espíritu
de supervivencia no fue suficiente, el espíritu de combatiente que Usted
mantuvo durante estos tristes años en Alemania le sirvieron de base para salir
de allí viva.
—Allí, si no hubiéramos tenido este espíritu, había gente que se dejaba
abatir. Esos que se dejaban abatir duraban poco en los campos. Esos era gente
que se moría. Allí había que luchar y no encogerse. No éramos “pasotas”, al
contrario. Nosotros estábamos profundamente interesados en todo y lo hacíamos
con todo nuestro entusiasmo. Allí seguíamos luchando con ese espíritu. Nuestra
generación, no es que sea ninguna maravilla, es que teníamos las cosas claras.
Sabíamos, estos están aquí y nosotros aquí, por lo tanto son nuestros enemigos.
Ahora no se ve tan claro. Por eso cuando la juventud no ve claro es menos
combativa a veces. Pero cuando ve claro, la juventud siempre es combativa. La
gente joven, inclusa la otra, es combativa cuando lo ve claro. Nosotros lo
veíamos muy claro. Sabíamos muy bien quienes eran nuestros enemigos y contra
que teníamos que luchar.
—¿Siente todavía hoy ese espíritu de lucha,
de una manera de dar a conocer a la sociedad? Pienso que Usted no ha dejado
nunca de ser una luchadora.
—No lo he dejado, ni pienso dejarlo. Lo dejaré el día que me muera. Yo
hice muchos coloquios en Institutos en Galicia, sobre todo con jóvenes. Son
mejores los coloquios con jóvenes. Los viejos, lo que vienen a veces es a
contar sus propias historias, mientras que los jóvenes se interesan. Yo creía
que iban a decir: “Ahí viene la vieja con su rollo”. Pero no, he visto que era
una cosa que interesaba y que además lo relacionan con problemas actuales. Es
decir que es una explicación que es útil. Hay que seguir por el camino de
utilizar todo aquello que parece útil, por lo tanto seguiré con esa labor.
—¿Ha publicado Usted algún libro?
—Sí, he publicado un libro, “El
carretó dels gossos”. Lo del libro tiene su explicación. Un momento dado
estuve muy enferma y creí que me moría. Cuando creí que me moría decía: “Mira,
me voy a morir y no he escrito todo lo que viví en el campo” porque cada uno
debería dejar un testimonio de lo que ha visto. Entonces, cuando me puse un poco
mejor, pensé que había llegado el momento de escribirlo. Me puse y lo escribí
casi de un tirón.
—Estoy seguro de que Usted está satisfecha
de llevar a cabo esta labor. ¿Es lo mejor que puede Usted hacer?
—Posiblemente puedo hacer otras cosas, luchar contra la OTAN por ejemplo
o cosas de ese tipo. Esto que hago lo veo útil y por eso lo hago.
—¿Lo hace como un intento de prevención?
—Exactamente. Es un acto de vigilancia y de información. No se trata de
un acto de venganza ni de colocarme de mártir porque eso me fastidia mucho. Hay
que ser vigilante porque nunca se sabe por dónde empieza el nazismo.
—Hay una afirmación suya: “el nazismo está
vivo”.
—Claro. En la “democrática” Francia, que es la cuna de los derechos del
hombre, el ultra nazi Le Pen ha sacado once diputados al Parlamento Europeo con
la consigna de “Fuera de Francia los extranjeros”. ¿Esto es o no es racismo y nazismo?
El peligro está siempre vivo. Lo que han hecho los israelíes en Sabra y
Chatila, ¿eso no es nazismo? , es un genocidio nazi. Lo que ha pasado en
Argentina, en África del Sur, es nazismo también. No es que se diga que no
vuelva, es que está ahí. Siempre hay el germen. Lo dijo muy bien Bertolt
Brecht. Dijo: “El vientre que parió a la bestia inmunda sigue fecundo”. Es
cierto. Mientras haya una sociedad en que unos vivan muy bien y otros vivan muy
mal, siempre habrá un germen de nazismo.
—¿Por su propia experiencia, siente algún
tipo de xenofobia hacia los alemanes?
—Ninguna. En el campo las españolas lo teníamos claros pero había mujeres
de otras nacionalidades que decían descalificaban a los propios obreros
alemanes que había allí. Entonces les decíamos que tales descalificaciones no
eran justas. No podíamos decir que todos los alemanes eran iguales. Nosotras,
en nuestra tierra, estaba el franquismo y no por eso somos falangistas. El
pueblo alemán no es responsable de todo. Claro que hay responsables pero no se
puede involucrar a todo un pueblo porque hubo excepciones muy honrosas. Hubo
gente que se batió allí. Ha y gente que ha luchado y que ha dejado la vida. A
algunos alemanes los han decapitado. Cuando empezaron a detener en el año 1933,
detenían a alemanes. De 1933 a 1939 los campos de concentración se llenaron de
alemanes y les hicieron verdaderas salvajadas, las mismas que nos hicieron a
nosotros después. Toda esta gente era la gente más consciente e inmediatamente
la detenían. Durante estos seis años el pueblo alemán fue perdiendo la flor y
nata de la sociedad. La gente más combativa, más consciente, más capaz de
dirigir al pueblo fue perseguida. No se puede hacer responsable a todo un
pueblo. Nosotras habíamos conocido a los militantes de las Brigadas
Internacionales. Sabíamos que los alemanes se habían batido como leones en
nuestra guerra. Aquel recuerdo era muy vivo para nosotros. No podíamos
confundirlos. Además, en la propia fábrica,
tuvimos ejemplos de obreros que se portaron admirablemente con nosotras.
Yo le debo la vida a uno. Me acusaban de sabotaje y él me defendió con todas
sus fuerzas. Dijo que no se trataba de sabotaje sino de una mujer que no
entiende el alemán. Gracias a la defensa de aquel hombre no me llevaron al
“gas”. En otra ocasión cuando nos negamos a coger el bono que nos querían dar
para pagarnos pegaron en la fábrica. A mí me dieron unas bofetadas. Entonces un
obrero alemán de una cierta edad vino a ver mi máquina, se agachó hacia mí y me
dijo: “¡Bravo camarada!” en alemán. También me dijo que Hitler no era Alemania.
Recordé entonces una canción que cantábamos en la guerra pidiendo la liberación
de Thälmann: “camaradas, hombro con hombro para liberar a Thälmann”. No sabía cómo
expresarme y decirle que estaba de acuerdo con su afirmación. Entonces le dije:
“No, Alemania es Thälmann” y se echó a llorar porque a Thälmann lo habían matado
hacía pocos días. Le dije que los alemanes de las Brigadas Internacionales
utilizaban la expresión “rotfront”
(frente rojo). Aquel obrero alemán me dijo entonces: “rotfront” con las lágrimas en los ojos. Cada vez que aquel obrero
alemán pasaba delante de mí, nos decíamos bajito: “rotfront”. Después de esto como puedo yo meter aquel hombre en el
mismo saco que los SS. Eso no es posible, es demencial.
—¿Se ha parado Usted a pensar si existe
alguna explicación antropológica o psicológica que explique la agresividad y el
sadismo de los nazis?
—Simplemente no nos consideraban hombres. Ellos decían que éramos
animales con rostro humano. Habían llegado a considerar que no éramos de raza
pura. Éramos de razas inferiores.
—Usted era un preso político, no pertenecía
a otra raza. Usted es una mujer europea
—Hay quién se cree que para ellos las razas inferiores eran solamente los
judíos. Para ellos, nosotros también éramos razas inferiores. No somos arios.
Yo no tengo los ojos azules ni el pelo rubio, ni soy alta de piernas largas. No
tengo la nariz perfecta. Nosotros, para ellos, éramos degenerados. Nos mandaban
al “gas” cuando ya no podíamos trabajar de la misma manera que un mulo que no
puede trabajar es sacrificado.
—¿Cuántas veces ha soñado con la cámara de gas?
—No, con eso no he llegado a soñar.
—Cómo son sus sueños entonces?
—Me parece que mis sueños son normales. Hubo una época, hace muchos años,
en que soñaba siempre con una calle y alguien que me perseguía corriendo detrás
de mí. Yo era capaz de ver a la persona que me perseguía. Oía los pasos, corría
como una desesperada y todas las puertas se me cerraban. Aquella calle no se
acababa nunca. Cuando me despertaba estaba desecha. Era una pesadilla que me
dejaba agotaba. Esto se acabó. Ya hace años que no lo sueño ya y no pienso en
eso.
—¿Qué piensa de los deportados que aún viven
encerrados en el mundo de la deportación?
—Es lamentable que no hayan conseguido acabar con el trauma del campo.
Necesitan estar siempre rodeados de gente de la deportación, necesitan estar
hablando siempre del campo. No consiguen romper ese cerco, ese ghetto.
—¿Usted lo tiene muy resuelto?
—Si. Yo me relaciono con la gente con toda naturalidad. Esta gente no es
capaz de entablar relación más que con la gente que ha vivido lo que han vivido
ellos. Esa situación ha conducido a algunos de ellos al suicidio. Conozco
varios casos. Es tremendo no conseguir comunicar con la gente. Este problema no
es el mío. Tengo una familia, un hijo, una nieta. Yo me relaciono con mucha
gente de todas las edades que no han conocido los campos ni los han visto
nunca. Mi conversación continua no es del campo. Prefiero de los problemas que
hay hoy.
—¿Qué siente cuando en la calle o en la
televisión ve una simbología nazi?
—Me da mucha pena y miedo. Cuando veo pintadas nazis, cruce gamadas, me
doy cuenta que hay mucha gente que no comprende todavía y es capaz de volver a
hacer lo mismo. En general son jóvenes los que hacen eso. Me da miedo que el
nazismo pudiera coger raíces en la juventud. Los jóvenes nazis de La Coruña me escribieron una carta. Eran de CEDADE.
Supieron que había intervenido en un coloquio, entonces me escribieron una
carta en gallego diciendo que yo iba contando mentiras. Terminaban la carta
diciendo que al fin y al cabo que si a mí me había pasado algo, bien me lo
había buscado porque no era ninguna santita. Primero decían que era mentira y
luego me decían que lo que me había pasado me estaba bien. No les contesté.
—¿Usted, cuando vio entrar a los aliados,
pudo ver como reaccionaron a ver a aquello?
—Los que entraron primero fueron soldados americanos. Primero entraron
unos exploradores con los cascos llenos de hojarasca y camuflados. Creían que
allí había nazis escondidos. Cuando nos vieron a nosotras se quedaron aterrados
porque éramos como cadáveres. Había incluso soldados que lloraban. Una cosa
eran los soldados y otra bien diferente eran los mandos. Éstos últimos no
lloraban ni hicieron nada por nosotras. No intentaron ayudarnos en absoluto.
Los soldados por lo menos fueron amables.
Nosotras no solo éramos las deportadas del campo, sino que éramos las
enfermas incurables del campo. Éramos las deportadas inscritas para un “transporte”
para el “gas”. A mí me habían inscrito para llevarme aquel mismo día a la
cámara de gas.
—¿El día anterior de la liberación del
campo, mataron gente aún?
—Si, continuamente. Dos días antes no habían inscrito para un
“transporte” al “gas” a todas las que no podíamos trabajar. Esto, lo hacían
corrientemente. Elaboraban una lista con números, porque habíamos perdido
nuestro nombre y no se sabía ya nunca nada de la gente que marchaba en el
“transporte”. En la fábrica HASAG, donde estábamos no había cámara de gas,
tenían que llevar a la gente en un tren a otro sitio para gasearla. Muchas de
ellas se morían en los vagones ya.
—La vida, no siendo la propia, en el campo
de concentración debía tener poco valor. ¿Cuál es su valoración?
—No estoy de acuerdo con esa afirmación. Nosotras ejercimos la
solidaridad e intentamos
desesperadamente salvar gente. Hubo gente a la que intentamos salvar hasta el
último minuto. La vida de otro tenía tanta importancia como la tuya.
Naturalmente sabías que podías morir. Cuando te comprometiste con la lucha
sabías que te podía costar la vida. A pesar de ello no estábamos constantemente
pensando en la muerte. En el campo incluso cantábamos. Hacíamos funciones de
teatro. Hacíamos cosas a nuestra manera para demostrarnos a nosotras mismas que
aún éramos personas.
—¿En el campo se llegó a cambiar la
identidad de algunas deportadas para salvarlas, o sea cambiar la identidad de
una persona viva por la de otra que estaba muerta?
—Eso se hizo, sí. En Mauthausen y en otros campos, a gente que estaba muy
amenazada, a los que habían marcado como “NN”, que eran los que estaban en
peores condiciones porque los querían eliminar rápidamente, se le daba la
identidad de un deportado muerto. Se da el caso de gente que ha vivido en el
campo con la matrícula y la nacionalidad
de otro deportado muerto.
—Entre los signos distintivos que portaban
los deportados como los triángulos de diferente color, he podido ver a una
diana roja. ¿A que corresponde este distintivo?
—Se la ponían a un prisionero que había intentado evadirse o que lo estimaban
peligroso. Le ponían una diana roja en la espalda que correspondía al corazón
para que los SS supieran que a aquel al más mínimo movimiento que hiciera,
había que pegarle un tiro. En mi campo hubo una mujer que intentó evadirse y se
la pusieron. Quiere decirse que esta mujer estaba en peligro constantemente.
Allí dependías del capricho de un SS. Estas personas tenían muy pocas
posibilidades de sobrevivir.
—Leí unas estadísticas referidas al campo de
Treblinka que decían que la vida estimada de un prisionero en al campo era de
un año.
—Ellos tenían calculado que un deportado con una jornada de trabajo de 12
horas como la nuestra, vivía nueve meses. Tenían calculado que ese deportado,
trabajando nueve meses, dejaba un beneficio de 1.630 marcos. Esta cantidad
correspondía a 6 marcos por día correspondientes al alquiler de ese deportado a
los grandes magnates de la industria. Había que descontar 70 céntimos al día
por la comida, 2 marcos por la incineración del deportado después de su paso
por la cámara de gas. Había luego una cantidad de ciento y pico de marcos que correspondía a los dientes, el
pelo, los huesos, la ceniza, la poca grasa y los objetos personales del
deportado. Tenían calculada esa cantidad tan exactamente que tenían a su
servicio unas fábricas que recogían todos esos restos de los deportados. Por
ejemplo, del campo de Dachau, se calcula que entre alianzas y dientes de oro de
los deportados obtuvieron cada mes 30.000 marcos oro de beneficio. En el campo
de Auschwitz, solamente con el pelo de mujer, viva o muerta, recogían unas 70
toneladas. Lo vendían a una fábrica que hacía mantas con el pelo. Las cenizas
servían para abonos. En Ravensbrück, los SS vivían en casas al lado del campo
tenían flores magníficas en sus jardines porque las abonaban con las cenizas de
las deportadas. Vendían los huesos machacados a la empresa Stremp para la
elaboración de fosfatos. No dejaban perder nada. De nosotros aprovechaban todo,
hasta la poca grasa que tuviéramos. El Instituto Anatómico de Dantzig hacía jabón
con ella. Era una economía perfecta como el que tiene una granja de cerdos,
como si no fuéramos personas.
—¿Después de pasar hambre en el campo, que
pasó cuando le dieron de comer a su liberación?
—La primera vez no comí. Me vino un militar francés y me trajo dos huevos
fritos y un pedazo de tocino. Yo tuve la serenidad de pensar que si me comía
eso iba a reventar. Luego, ya nos dieron caldos y los pude tomar. Muchos
deportados murieron a la liberación por comer demasiado. Perdieron el sentido y
comieron hasta reventar.
—¿Cuánto tiempo tardó Usted en recuperar su
peso normal y su aspecto normal?
—Yo llegué tuberculosa. Había tenido una hemoptisis en el campo. Pesaba
unos cuarenta kilos y ahora peso más de ochenta. Tenía los nervios destrozados,
artrosis por todo el cuerpo y sigo teniéndola. Costó mucho recuperarse, es
cuestión de años de hospitales, sanatorios y quirófanos. Me han quitado la
pleura. Fue muy duro reponerme físicamente. Eso tampoco ayuda a recuperarse
intelectualmente, es desmoralizador.
—¿A la liberación, Usted notaba que podía
pensar como antes de entrar en el campo o necesitaba una recuperación a ese
nivel también?
—En el primer momento no noté nada. Es al entrar en contacto con la vida
normal que nos dimos cuenta que éramos distintos. Notas que tienes
deficiencias. Ya no sabes saludar a la gente, ir a comprar, pagar el alquiler.
Además pierdes la memoria, ya no te acuerdas ni de tu dirección. Hay que hacer
un esfuerzo enorme para subir un escalón en tu vida y ponerte al nivel de la
gente normal.
—¿Vivió en el campo alguna situación que la
haya hecho feliz?
—Si. En un momento en que protagonizamos una acción de lucha. Conseguimos
negarnos a coger un bono que nos querían dar. De seis mil mujeres no falló
ninguna. En aquel momento estábamos casi cantando en el campo. Parecía un
ejército victorioso.
—¿Cuál fue el peor momento?
-El momento de entrar en el campo de Sarrebruck. Ver el estado en que
estaban aquellos hombres que parecían fantasmas. Nosotros, hasta aquel momento,
no sabíamos lo que hacían con los resistentes que detenían. Verlos en aquel
estado fue el golpe más duro. Era darse cuenta de la realidad de los campos. Ya
veíamos lo que nos esperaba.
—¿Cómo transcurría un día normal en el
campo?
—Ahora te cuento, si se puede llamar un día normal. Nos levantaban a
palos por la mañana y luego había que formar. Había que hacer lo que llamaban
el “appell”. Había que estar en posición de firmes como
mínimo una hora, sin mover un pie, una mano, nada. Después de esto había que ir
a trabajar doce horas en trabajos muy duros, malsanos y peligrosos y sin
ninguna protección. La comida era muy escasa, se componía de una sopa y de un
trocito de pan. Por la noche cuando llegabas reventada del trabajo, tenías el “appell” otra vez. Había que formar y
por lo más mínimo había que hacer lo que llamaban el “strafappell”. Era un “appell”
de castigo. En vez de estar una hora estaba tres o siete. Yo he estado hasta
doce horas. Era siempre fuera y a veces bajo la nieve con veinte grados bajo
cero.
—¿Era normal que se desmayara alguien?
—Si, y si se caía no la podías coger. Tú te quedabas al lado y no te
podías mover porque como intentaras recoger a una compañera los SS te pegaban
una paliza. Si una mujer se caía, nadie la tocaba. Eso era lo que era
verdaderamente humillante. Era duro porque no te sentías combatiente en aquel
momento. Pensabas que eras una piedra, una bestia y que te habían destruido.
Esto lo hacían no solamente como una forma de castigo. Trataban de destruir ese
espíritu combativo que había. Ese es el recuerdo más penoso del campo, recordar
el “appell”. Eran momentos muy duros,
más que los palos.
—¿Echaban los perros contra los
prisioneros?
—Sí. Los tenían enseñados a matar.
—En los juicios seguidos contra los SS,
cuál era su semblante, estaban desencajados al verse confrontados a los
testimonios de los deportados?
—Estaban desechos. Tenían un miedo terrible. No he visto la cara de los
SS a la liberación del campo porque ya habían escapado. Yo vi a uno de la
Gestapo que habían cogido. Cuando lo trajeron a la habitación donde yo estaba,
su reacción fue protegerse con el brazo
delante de los ojos de miedo que yo le pegara. A este hombre le hicieron un
juicio y fue un cobarde durante todo el juicio.
—Parece ser que algunos se reafirmaron ante
lo que habían hecho.
—Sí, es cierto.
—Cuánto tiempo estuvo Usted en el campo?
—Yo estuve casi un año.
—De las deportadas que estaban con Usted,
cuál era la que más tiempo estuvo?
—No lo sé porque entramos todas juntas. Es un “kommando” que lo inauguramos nosotras. Era una fábrica. Nos
llevaron allí probablemente a sustituir trabajadores alemanes movilizados.
Veníamos de diferentes sitios. Éramos mujeres de distintas nacionalidades.
—Usted afirma que la juventud puede
contrastar su experiencia con la suya y tomarla como referencia. ¿En qué
sentido cree que su experiencia y la de otros muchos deportados pueden ser útiles
para la juventud?
—Creo que esta experiencia nuestra se puede aplicar con un sentido de
vigilancia, de no permitir que haya brotes de nazismo. A veces en cosas casi
inesperadas surgen brotes de racismo, que es como una raíz mala que hay que
arrancar. Sabiendo por donde vinieron los tiros, creo que los jóvenes pueden
ver mejor y con más lucidez las cosas que son peligrosas. Quisiera hablar de
estos padres que impiden que sus hijos vayan a la escuela con niños gitanos.
Eso es muy feo, es racismo puro. Puede conducir a considerarlos como razas
inferiores y justificar cualquier acción violenta contra ellos. El saber cómo
vino el nazismo y como vino puede ayudar a comprender.
—Vivimos en un país en que la democracia ha
permitido la existencia de partidos políticos, donde tiene cabida el
nacionalismo. Hay una realidad de nacionalidades históricas. ¿Qué opina Usted
del nacionalismo? ¿Qué relación puede tener un nacionalismo extremo y violento
con el nazismo?
—Yo creo que el nacionalismo puede ser una cosa estupenda en tanto que
amor a la patria, a sus costumbres y a su cultura. En este caso me parece
justo, noble y estimulante. Me parece ya una cosa nociva en cuanto se trata de
considerar que los que no son de aquella patria son gente despreciable y son
enemigos. En ese sentido no me parece positivo el nacionalismo. Hay nacionalismos
buenos y hay nacionalismos que no lo son. Por ejemplo, cuando en Francia sale
el ultra nazi Le Pen con once diputados con la consigna de: “fuera de Francia
los extranjeros”, ese es un nacionalismo fascista. El puede amar a Francia,
porque no. Que ame a Francia, de acuerdo, pero que considera enemigo a todo el
que sea extranjero, entonces es ya un nacionalismo que no comparto y que me
parece muy peligroso”. Se ven aquí, en Cataluña, letreros de “charnegos fora”.
Me parece muy peligroso el que se considere enemigo a todo el que no haya
nacido en Cataluña. Ya no comparto tampoco ese nacionalismo.
—La tipología nazi es una exaltación de
enseñas y parafernalia. ¿Qué diferencia hay entre el sentido que pueda tener
Usted de una bandera o el sentido que puedan tener o que pudieran tener en su
momento los nazis? ¿Usted cree que hay una graduación en ese sentimiento?
¿Usted cree que la bandera es un elemento manipulable?
—Puede serlo, sin duda. Puede ser exaltante y buena. Puede ser manipulable
también.
—¿Qué sentimiento tiene Usted a la bandera?
—A mí me gusta. Claro que me gusta la senyera pero no me parece justo
quemar otras banderas que no sean la senyera porque cada cual debe respectar
las banderas de los demás.
—¿Usted cree que los principios políticos
por los que aboga la izquierda prevén o
impiden estos tipos de fascismos y totalitarismos más que los principios
de los partidos políticos conservadores, o cree por lo contrario que las
dictaduras pueden ser de ambos colores, de derechas y de izquierdas?
—Es una pregunta muy delicada. Claro está que si alguien trata de imponer
unas convicciones por encima de todo y a las malas es un acto dictatorial que
no se puede admitir. Creo que el convencer de unos principios políticos, aunque
sean de izquierdas porque creo más en la izquierda que en la derecha, no se
pueden imponer por la fuerza y la brutalidad. Hay que imponerlos a base de
raciocinio y discusión y con cierta tolerancia. De lo contrario se transforma
en una dictadura. En este caso no tendría nada de democrático.
—¿La causa principal por la que fue Usted
deportada fue por motivos políticos? ¿Usted no llegó a sentir una vez en el
campo de concentración de que no merecía la pena sufrir aquello?
—No lo pensé nunca. No se me ocurrió jamás. Al contrario, cuantos más
brutos los veíamos y cuantas más barbaridades hacían, más justificaciones
encontrábamos a nuestra lucha.
—Usted me comentó que notaba una diferencia
de la lucha de la juventud de aquellos años y la escasez de lucha de la juventud
en la actualidad. ¿A qué es debido?
—Nosotros lo teníamos muy claro. Para nosotros era un tiempo muy duro
pero las cosas estaban muy claras. La juventud, que es siempre muy combativa,
cuando ve las cosas claras lucha. La juventud siempre es magnífica. No lucha
cuando no ve las cosas claras o cuando hay confusión y no sabe por dónde debe
ir. Es cuando la juventud se queda al margen e incluso puede degenerarse.
—¿Si no es indiscreción, Usted se
podría manifestar políticamente?
—Soy comunista.
—¿Usted era creyente antes de entrar en el
campo de concentración?
—No, ya no. Lo había sido pero ya no lo era.
—Supongo que con Usted había gente que era
creyente. ¿Hubo mucha gente que renunció a su religión o se reafirmaban más en
su creencia?
—Si que la había, claro. No lo sé con certitud. Pienso que se reafirmaban
más porque allí había mujeres que estaban en el campo que consiguieron hacerse
con un libro de misa y entonces las católicas se ponían en un rincón del bloque
los domingos para decir la misa. Había una que hacía como de cura y las otras
seguían la misa. Las que no éramos creyentes vigilábamos la entrada para que no
apareciera por allí los SS porque les hubiera costado una gran paliza. Nosotras
teníamos respeto por sus creencias y nos
sentíamos muy bien con esas mujeres. Siempre nos entendimos muy bien en el
campo con las católicas y no creo que esas mujeres hayan renunciado a su fe. Si
en aquellas circunstancias seguían arriesgándose mucho porque aquello no era ir
a misa de doce a presumir de ropa, aquello era exponerse a recibir una buena
paliza si las cogían.
—¿Hubo casos de suicidios en el campo?
—En el mío, no. Pero en Mauthausen y otros campos si hubo casos de gente
que se arrojó a las alambradas. En mi “kommando”
no he conocido ningún suicidio. En el campo de Ravensbrück, posiblemente los
haya habido.
—¿Puede haberle pasado por la cabeza, aunque
levemente, la idea del suicidio?
—A mí no se me ocurrió nunca pensar en el suicidio. Yo quería vivir. Es
posible que gente sin ideas políticas firmes pensara en el suicidio. Hubo gente
que la cogieron por casualidad y no habían participado en la Resistencia. Esa
gente podía ser más débil. En general la gente aguantaba bastante bien. También
hay que decir que nosotras tuvimos la “suerte” de estar nada más que un año en
el campo, no es como los de Mauthausen que estuvieron cinco años.
—¿Entre Ustedes, los presos políticos,
hablarían de la total responsabilidad del franquismo?
—Claro. Para nosotras era lo mismo. Como algunas noticias no las
sabíamos, cuando la liberación lo primero que pregunté era si había caído
Franco. Cuando me dijeron que seguía en el poder me entró rabia.
—¿Cómo entiende Usted que se haya podido
sobrevivir cinco años en un campo de concentración?
—Eso tiene que ser a fuerza de una gran tenacidad y a fuerza de una gran
solidaridad. En los campos de concentración hubo una solidaridad
extraordinaria. Cuando veíamos a una mujer atravesando un momento difícil, se
la podíamos ayudar, dando cada uno una uña de pan que multiplicada por muchas
representaba algo, lo hacíamos. Robábamos comida a los SS si podíamos, que no
siempre era posible. Se han hecho cosas extraordinarias para tratar de salvar
gente.
Yo recuerdo el caso de un niño que nació en el campo. En el campo mataban a
las mujeres embarazadas al momento de su llegada. Resulta que cuando el nazismo
toma el poder el aborto estaba penado con cuarenta marcos de multa y los nazis
lo pusieron a quince años de cárcel pero no tenían ningún reparo a matar a la
madre con su feto en el caso de las razas inferiores. Hubo una mujer que
consiguió tener a su hijo en el campo. Se trataba para nosotras de salvar al
niño. Cuando ocurría eso los primeros tiempos, los nazis de Ravensbrück mataban
a los niños, los pisoteaban o les metían la cabeza en un cubo de agua. En
aquella época ya no los mataban, los dejaban morir, que era lo mismo. A esta
mujer, a los tres días de haber tenido el niño, la mandaron a trabajar de nuevo
a la fábrica como las demás. Claro, después de doce horas de pie y sin comer,
esta mujer perdió su leche. El niño aquel estaba condenado a morir. Intentamos
salvarlo. No teníamos leche ni nada para darle. Decidimos hablar con los
obreros alemanes a ver si nos podían dar leche. Les contamos el caso
arriesgándonos mucho porque cualquiera de ellos nos podía denunciar. Ellos
tuvieron una sensación terrible, les daba vergüenza y pena. Nos dijeron que
ellos estaban militarizados y no tenían leche y no tenían forma de conseguirla
tampoco. Les dolió mucho. Aquel niño se iba agotando poco a poco. Robábamos
azúcar a los SS para darle agua azucarada. Aquel niño no podía vivir en esas
condiciones. Cuando estaba ya muy malito el pobre, lo cogieron y lo metieron en
un transporte con mujeres moribundas en un vagón delante del campo. Aquel vagón
estuvo allí sin salir durante cuatro días. Allí, dentro de aquel vagón ya no
podía haber nadie vivo, ni mujeres, ni niño. Fue un vagón que cuando llegó a su
destino no tuvo más que ir directamente al crematorio sin necesidad de pasar al
“gas”. Nosotras pasábamos delante de aquel vagón y sabíamos que allí estaba el
niño. Aquello era horroroso. Hicimos todo cuanto pudimos por salvar aquel niño.
Era un niño judío por cierto”.
Fuente: Archivo de Pablo Iglesias Núñez