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1470. Tierras del Sur III

Córdoba 1936 (Foto: Robert Capa. © Magnum Photos)


Villanueva de Córdoba. Un pueblo de Andalucía. Los señoritos sublevados, con fuerzas de la guardia civil. Julio. En la torre de la iglesia, una defensa y un ataque. En ella, además de armas, botellas y salchichones que partían en rajas diciendo a los leales con ademanes graciosos: esto vamos a hacer con vosotros (referencia).

Pero aconteció que fueron vencidos.

Y a los pocos días comía yo en el hospital de dicho pueblo, servido por las monjas, que siempre cuidaron allí a los enfermos, vestidas con sus hábitos de siempre. 

Se portaron bien y cuidan bien a enfermos y heridos— me dijeron.

El terror rojo.


*


Y en Montoro un miliciano de otro pueblo cordobés, me decía, también por el pasado agosto :

 —Nos vencieron los fascistas. No teníamos armas. Algunas escopetas cargadas por la boca en su mayoría.

(Para continuar necesito hacer este paréntesis: En muchos pueblos andaluces, el sábado de Gloria se hacía en cada barrio un Judas: un muñeco de trapo, de tamaño natural, que se colgaba con una cuerda de balcón a balcón. Al repicar gloria las campanas del pueblo, los mozoa disparaban contra el Judas sus escopetas cargadas por la boca, y con las cargas de mala pólvora humosa, prendían al Judas fuego y caía ardiendo deshecho.)

—A los que cogieron los fusilaron con sus propias escopetas, que como tenían mala carga, porque no había otra, no mataban de pronto, sino como a los judas de semana santa.

(Malheridos y ardiendo, brincando de dolor, corriendo despavoridos mientras ardían y sangraban. Zarabanda de llamas y sangre y gritos.)

Yo no quiero creerlo. Y si me paro a pensar en ello, es que no puedo, no puedo creerlo. 


Antonio Porras
Hora de España IV
Valencia, abril 1937

1468. Tierras del Sur II




Religión viene de religio, religar, unir de nuevo. Se ha visto cómo los que a sí mismos se dicen nacionales, interpretan de modo estupendo y amplio la palabra cuyo contenido dicen defender.

Sin duda pensaron que no estaba mal, sino bien, unirse con alemanes que pretenden hasta que dios es alemán, y con moros, que son los únicos hombres del mundo de nuestros días que sienten el furor por causa religiosa, y aun hablan del «perro cristiano», y nos los han traído por acá a que nos descrismen y a forjar, ellos, su España. No está mal. Son hombres estos nacionales con gran espíritu constructor y proselitista y pretenden religiosamente, lo que Lerroux republicanamente: ensanchar bases, agrandar. Conformes: porque también se agranda quitando: al hoyo mientras más se le quita más grande se le hace. Y es probado.

Pero lo que quería testimoniar, es que en pechos de moros muertos, se han encontrado unas condecoraciones, que sin duda les ponen por méritos de guerra: una cinta roja con la medalla del congreso eucarístico del año siete.

El cáliz y la hostia en el pecho de un moro.

Perfecto.

¿Aprovechan un sobrante de medallas eucarísticas para religar, o para dársela con queso a los moros que no saben leer?

De cualquier modo, ¡perfecto!


Antonio Porras
Hora de España IV 
Valencia, Abril  1937




1467. Tierras del Sur




El hombre entró con pisar silencioso: alpargatas viejas, viejas; traje de pana lleno de inefables remiendos, un remiendo sobre otro puesto por las manos cariñosas y cansadas de su mujer. Venía mustio, tristísimo, arrastrando la carga de sus sesenta y tantos años. Y venía limpio:

¡El agua la dan de balde!

(Y era en tiempos monárquicos, cuyo espíritu revive hoy en la facción sublevada al amparo italogermano. Y era en mi natal Andalucía.

Le habían despedido los amos, al cabo de veintitantos años de servicios.

Era guarda de un cortijo grande, de cuatro ricos propietarios. Ganaba dos pesetas al día. Cada propietario tocaba a cincuenta céntimos diarios. Pero los tiempos estaban malos para despilfarrar dos reales cada veinticuatro horas, en pagar a un hombre que ya no podía trabajar como antes y que tenía—por virtud de su segundo matrimonio: un hombre sin mujer se arregla difícilmente en los campos y además no lo quieren de guarda, pues la mujer presta servicios de limpieza en la casa—que tenía, sigo diciendo, cinco o seis hijos pequeños que no hacían sino enredar en el cortijo.

—Enredar y lo que fuese, porque poco jornal y muchas bocas...—decía uno de los cuatro amos, que era listo).

Su mujer, al verle entrar, pensó que venía enfermo.

No era así —disimuló él—, sino que se trasladaban al pueblo, donde un mejor retribuido oficio le esperaba. Además, los chicos irían a la escuela. Y, etc. Hubo de enfadarse porque la mujer se resistía a creerlo y a abandonar la guardería del cortijo, donde tantos años habían pasado.

Y que el campo es el campo. Sol y aire, forma extraordinaria de alimento.

—Estás loco—dijo transigiendo, a la fuerza, la mujer.

—Estoy, estoy...—aquí el hombre recortó un taco que salió trasformado: —¡Andando!

Pero allá, en el pueblo, no pudo continuar su disimulo.

No encontró trabajo.

El hambre apareció en la casa.

El hombre enfermó.

Por las noches, cuando los demás dormían, se levantaba para salir a la calle. 

¿Dónde vas, hombre?

—A buscar trabajo—contestaba siempre, en el delirio de la fiebre.

Buscar trabajo, buscar trabajo.

En el pueblo había un casino (¡!) donde los señores (¿?) holgaban y se lamentaban, entre sorbo y sorbo, de lo malos que estaban los tiempos.

Una noche, sin ser oído, salió el hombre a la calle a buscar trabajo.

Un labrador lo encontró, de madrugada, tendido en una acera. Lo conoció. Llamó a un amigo y lo llevaron a su casa.

El hombre estaba muerto.

(En 1936, las cuentas corrientes inmovilizadas de los pobres propietarios que no podían pagar cincuenta céntimos diarios de jornal, alojaban sumas importantes.)


Antonio Porras
Hora de España IV
Valencia, abril 1937


1332. Calles de Madrid

Calle Mayor (Madrid) tras un bombardeo


Lo que yo quiero contarte, lector, esto de que aquí he de dar noticia, ha de parecerse forzosamente a un cuento. Un cuento fantástico y extraordinario, ya que es referencia y testimonio de una superación, inédita hasta hoy, llevada a término por la realidad estricta, sobre la más desenfrenada fantasía.

Esta realidad modeladora de disciplinas y obediencias, que deben trascender de nuestro Madrid excelso a todos los ámbitos de la España nuestra, es una realidad de acero, dura como la guerra a que nos llevó la sublevación cerrileclesiásticocapitalistamilitar; por eso nuestro hacer, para tener eficacia, ha de estar empapado de rezumo bélico y su destilación, concretada en disciplina y obediencia plenas al poder legítimo que en la guerra nos guía.

Un empaparse en guerra y darse cuenta de esta guerra enorme, es ir a esa realidad madrileña superadora de fantasías. Mirad. Parece un cuento. Un cuento que se pinta en la retina entrando por el oído. Porque es ahora en este instante en que caminamos por las calles céntricas de nuestro Madrid, cuando un silbar lejano nos sorprende; una avispa musical de velocidad rara se acerca, pero la imagen cae despanzurrada por el mismo sonido que la motivó, que crece y se abre ya en embudo glotón de tuétanos, avasallador, como esa imagen que en la pantalla se agranda y se nos viene encima: un estampido redondo; un agujero en la fachada; humo; nada más. Otro zumbar grave, en andante maestoso (pobre niño, se le ha caído la botelluca del aceite y mira lloroso la mancha que se extiende por el suelo. Toca el roto vidrio; moja el dedito en el charquillo de su aceite; busca un imposible en los ojos de los transeúntes; nada más). Un grueso estampido, en árbol, como arrancado de la tierra, y con formidable calderón. Ojos atónitos; llamas y humareda. Y más: Los cielos se rayan de motores y se agujerean de ametralladoras. Un avión resbala y, como pájaro tocado, vuela rápido perdiendo altura, tratando de ganar las afueras llanas. Y los ojos y los pechos se abren en ansias libertadoras.

Pero esto es en el corazón de la ciudad, donde unas cigüeñas invisibles, tableteando el pico, dejan nubecillas en el azul y riegan las calles de metralla.

iPero esto es las calles céntricas de la ciudad !, y hay otras.

¡Otras calles del alma!, del alma nuestra, y de la de ese excelso ciudadano de la República que murió en ellas, rompeolas de la barbarie, para que nosotros podamos seguir viviendo. (Que no nos avergoncemos de seguir viviendo. ¡Por tu memoria, ciudadano de la República!, que mi deber no me lo cumpla nadie).

Abrid los ojos y venid a estas calles, hombres libres de España y del mundo.

No temáis los medrosos, porque no hay nadie en ellas, ¡nadie !, oídlo bien —¡qué rabia y qué dolor !—, nadie.

El pie en la soledad. Pero a conciencia de que se huella sobre la soledad y de que uno está —ahora— solo, centinela o vigía, o colector de sensaciones que pregonar —¡oh pobre oficio!— al orbe entero, para que sirvan de testimonio y loor por los hermanos combatientes.

El permiso de guerra que va en el bolsillo y sirvió para llegar hasta estos ámbitos crece desmesuradamente como señal de amparo, tabla que sueña el náufrago en la tamaña soledad. Hay miedo. No a los tiros del frente próximo y que nos enfilan difícilmente en las calles transversales, sino miedo al Miedo, a la idea de miedo, a ese embarullarse consigo mismo, a esa indecencia. Por esto la señal de amparo que absurdamente comenzó a motivar el permiso de guerra, como lo hubiera motivado cualquier cosa, pues estos fenómenos miedosos y puramente subjetivos toman asidero en el saliente más a mano, se desdibuja y borra, al fin, dominado por un concepto del deber que viene, erguido el pecho, por esta soledad calle adelante. Y este sí que es un magnífico amparo, aun en relación con el posible salto al más allá. ¡Esto sí! Y uno se dice mentalmente, con el gran cordobés: «Oh bienaventurado refugio a cualquier hora».

Porque no hay nadie, ¡nadie!

(Por aquí pasaron los aviones negros).

Y yo os juro, amigos, que no vale, para dar idea de estas calles, el más exacto documento fotográfico, ya que la placa registra lo que hay, pero no la nada y el vacío. 

¡Esta nada emergiendo de raros escombrales!

Porque no importa la superación subrealista comprobada al ver que la vaca voló por los tejados, descansando su cabeza en ese balcón, donde sus ojos dulces recogen el paisaje solitario. No importa esa cama inclinada sobre un abismo de tabiques deshechos, y que guarda aun la huella de los cuerpos. Ni la ropa huera colgada de una percha a treinta metros del solar. Ni la muñeca, que se quedó, por los pelos, en la vigueta retorcida. Ni este mal retrato, incólume, de un señor con uniforme, barba y condecoraciones —jugarreta máxima, no tocar esa barba, embozo despistante, ni la chatarra que colorea en el pecho, y en cambio desnudarle del vestido de tabiques que cubría sus vergüenzas—. Y tantas cosas más que no importan.

Porque lo importante es la Soledad abandonada de la calle, donde los pasos parecen traducirse al infinito. Lo sobrecogedor es este silencio yacente por el que se camina; la estela cristalizada del estupor tremendo y desamparo enormísimo de aquel momento en que la muerte entró raziando hogares.

Y en el fondo de esa nada se esculpen multitud de gestos nunca vistos, verdaderos repentes de actitudes coaguladas en el instante vital en que las cogió el Espanto.

Porque aquí se ve la huella de la sandalia trágica del Espanto.

(Imaginad que un trozo de mundo es asesinado, repentinamente, mientras discurre su vivir: el ojo quedará atónito como un blanco; el beso, como un esputo que se heló en los labios, y el ¡ay! como una cinta de cuarzo entre la roca.)

Pero cuando el silencio es perforado por los disparos de cercano frente; cuando se escucha que el aire entra y sale por ventanas y balcones de casas, como por los huecos vacíos de una calavera; cuando el portazo suena y sobrecoge al dar cuenta en su golpe del supremo abandono de tanto y tanto hogar, se alza en medio, como monolito indestructible, el espíritu claro de los defensores de nuestro Madrid.

Entre las ruinas ejemplares, ¡salud a ellos!


Antonio Porras
Hora de España III
Valencia, Marzo  1937