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3411. Áurea Rico, maestra y alcaldesa de Poblete (Ciudad Real)

Áurea Rico, alcaldesa de Poblete, junto a Carmen Carrión, 1933 - Foto: Erik y Marina)


En Poblete, pueblecito de Ciudad Real que alberga unos quinientos habitantes, es también una muchacha quien se halla al frente del Ayuntamiento, Esta señorita, que se llama Áurea Rico, sólo lleva año y medio en el pueblo, pero conoce perfectamente sus necesidades, Sobre todo las de las amas de casa. 

—Pienso realizar —me dice— una política de abastos. Las mujeres nos preocupamos extraordinariamente de estas cosas, y los hombres deberían secundarnos con más afán, ya que, en la mayoría de los casos, son ellos quienes sufren directamente las consecuencias económicas de la carestía de las subsistencias. He de intentar el abaratamiento de casi todos los artículos de primera necesidad. Para conseguirlo pondré mi empeño de ama de casa económica y la autoridad de alcaldesa. Además, quiero que se construya un grupo escolar. 

Soy maestra casi de nacimiento —prosigue—. Mi hermana mayor lo era, y yo, desde pequeña, le ayudaba en lo que podía. 

Por el momento, la situación económica del Ayuntamiento es lo que más le preocupa. 

—¡Me han entregado una alhaja de Ayuntamiento! exclama—. Todo está embargado; estamos ahogados en deudas. Yo, que no puedo ver estos líos económicos, estoy intentando desembrollar tan complicada administración. Pero no sé si lo conseguiré...

En la Comisión gestora de Poblete figura otra mujer: la vocal patrono doña Carmen Carrión. 

—Tengo tal confianza en la señora alcaldesa —dice—, que yo no me ocupo de nada. Pero la primera autoridad municipal del pueblo protesta. 

Doña Carmen Carrión, por su larga experiencia de las cosas del pueblo, es de útil consejo y todo el mundo la escucha con cariño y con respeto. 


L.G. de L. 
Estampa, 11 de febrero de 1933









3404. Carmen Hornero, maestra y alcaldesa de Fernancaballero (Ciudad Real)

Carmen Hornero, alcaldesa de Fernancaballero en 1933. A la derecha el Gobernador civil, Fernández Matos


En los pueblos manchegos, como en el resto de España, han florecido también alcaldesas. Una sonrisa femenina, juvenil en la mayoría de los casos, va a alegrar las sesiones de no pocos Ayuntamientos hasta las próximas elecciones municipales. El gobernador civil de Ciudad Real, señor Fernández Matos, que es, ante todo, un agudo periodista, nos facilitó amablemente un boceto de información, y como le dijéramos: 

—Aquí, en la provincia de Madrid, también hay muchas alcaldesas. 

El contestó: 

—Sí; pero ¿a que no tienen ustedes ninguna en plena luna de miel?

Y es verdad. En Fernancaballero, la alcaldesa, que es, al mismo tiempo maestra, se casó exactamente hace un mes con el maestro del pueblo. No es difícil imaginarse las terribles complicaciones que de esta coincidencia se derivan. Yo, aunque nadie me las ha contado, las imagino.

A los veintitrés años, bonita, ilusionada, ¿qué novia no le repite, como un leit motiv, al novio: "¿Verdad que no nos separaremos nunca?" "¿Verdad que iremos a todas partes juntos?..." Y los dos se lo prometen repetidas veces, lo cumplen fielmente durante dos o tres meses, y luego, por acuerdo tácito, introducen ciertas modificaciones en el programa de felicidad conyugal elaborado antes del matrimonio.

Pero durante esos dos o tres meses primeros no hay quien deshaga la pareja. Alguien me ha contado que la gentil alcaldesa de Fernancaballero ha tenido el rasgo delicioso de hacer de su esposo algo así como un alcalde consorte. Los dos juntitos presidían las sesiones, o iban al frente de una Comisión para entrevistarse con el gobernador civil. No sé si lo seguirán haciendo, después de un elocuente discurso de Fernández Matos sobre la sublimidad de los deberes ciudadanos. Es muy joven —veintitrés años—, guapa, simpática. Se llama Carmen Hornero; su marido Enrique Duarte. No parecen, ninguno de los dos, entusiasmados por el nuevo cargo. 

—Fué una sorpresa —me dice el marido—. Yo hice cuanto pude por que me eligieran a mí alcalde y evitar a mi mujer todos los trastornos consiguientes. Pero no conseguí nada y la nombraron a ella. 

—¡Y con bien poca oportunidad! —interrumpe la alcaldesa—. Acababa de quedarme sin criada, y desde entonces estoy atendiendo a la escuela, al Ayuntamiento y a la cocina. ¡Es demasiado! 

Luego hablamos de cosas serias: 

—Quiero que arreglen la plaza del pueblo, que está muy mal. Y que se apruebe la construcción de un grupo escolar. Lo que no me dice, pero que yo creo adivinar, es su deseo de que las próximas elecciones municipales le permitan continuar esa luna de miel interrumpida por unas austeras discusiones en un Ayuntamiento manchego. 


L.G. de L. 
Estampa, 11 de febrero de 1933