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2828. Despachos de la guerra civil española XXVII

Hemingway con una bandera capturada a los sublevados en el Frente de Levante


Castellón, vía correo a Madrid, 8 de mayo 

Trescientos metros más abajo, el mar azul avanzaba con indolencia y solo había dos pasajeros en el avión con cabida para veintidós. Sobrevolábamos el trecho de litoral español dominado por las fuerzas de Franco. Aquellas dos ciudades blancas eran Vinaroz y Benicarló y aquella cadena de colinas pardas que se deslizaban hasta el mar como un dinosaurio que fuese a beber, era la línea que detenía el avance de Franco hacia Castellón. A la izquierda, la isla de Ibiza, famosa por Vida y muerte de una ciudad española, de Elliot Paul; destacaba, rocosa, en el horizonte. Pero los motores del avión funcionaban con regularidad. No se veían aviones ni buques de guerra franquistas y la única excitación era geográfica.

Alicante, donde aterrizamos, estaba lleno de barcos británicos y franceses. Cargueros fletados por una agencia de compras del gobierno español descargaban cereales, carbón y otras mercancías que no pudimos investigar a causa de la falta de tiempo para obtener pases aduaneros, Alicante se halla bajo un estricto estado de guerra y todos los hoteles y restaurantes sirven una comida uniforme que cuesta cinco pesetas. Cinco pesetas son menos de cinco centavos al cambio de la bolsa negra, unos treinta centavos al cambio oficial. La comida consistió al mediodía en un plato de estofado, una ración de pan y dos trozos de queso; y por la noche, en un plato de sopa por la que tal vez había nadado un pez, un huevo frito y una naranja.

En Valencia los precios de una comida eran los mismos, pero sus ingredientes eran mucho mejores. Seis variedades de entremeses, un excelente estofado de carne y naranjas en cantidad ilimitada. Por primera vez Valencia parecía saber que existía una guerra y, aunque los cafés seguían estando llenos, todos los hombres en edad militar iban de uniforme. Al pasar, camino del frente, por los grandes arrozales de La Albufera y por la verde exuberancia de la famosa huerta valenciana, este corresponsal comprendió por qué en Valencia se come bien. No hay en el mundo un trecho de tierra más rica y el gobierno posee el granero de España en La Mancha y la huerta, los árboles frutales y gran parte de los olivares en las provincias de Murcia, Alicante y Castellón.

A mi paso por Castellón tuve la impresión de que había proliferado una raza de topos gigantescos. Todas las calles estaban salpicadas de montones de tierra extraída para la construcción de un sistema de túneles comunicados que eran refugios antiaéreos. Son tan eficaces, que bombarderos italianos de Mallorca habían dejado caer la víspera cuatrocientas bombas, destruido 93 casas y solo matado a tres personas. Los habitantes de Castellón no evacúan la ciudad sino que se sientan ante sus casas; las mujeres haciendo punto y los hombres en cafés, pero cuando suena la alarma todos se meten en agujeros como una colonia de marmotas.

Por fin encontramos la línea del frente, profusamente atrincherada a lo largo de un cauce seco que desemboca en el mar, en punta de Capicorp, y caminamos por ella desde el mar hasta donde se curva hacia las colinas que habíamos visto desde el aire. Desde la cima de una torre medieval construida para defender la costa de los piratas, estudiamos las posiciones enemigas. El comandante de esta sección tenía excelentes atrincheramientos de tercera y cuarta línea y magníficas posiciones defensivas naturales en su retaguardia hacia Oropesa.

—El pánico ha desaparecido por completo —dijo el comandante—. Se ha luchado encarnizadamente, ha habido ataques todos los días desde que llegaron al mar, pero hemos defendido este trozo de costa centímetro a centímetro. No a centímetros del mapa —sonrió—, como sucedió el primer día. Para echarnos de la última posición que perdimos, trajeron cuatro cruceros y cinco destructores a unas tres millas de la costa a fin de bombardearnos desde la retaguardia, controlando el fuego mediante un avión de observación. Franco tiene solo dos cruceros y creemos que uno era el Deutschland y el otro italiano. Pero no somos marineros y no podemos identificarlos con seguridad. Quizá estarán ustedes aquí si intentan usarlos de nuevo.

—Sí —respondió este corresponsal —. Me gustaría muchísimo.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2825. Despachos de la guerra civil española XXVI




Barcelona, aprox. 1 de mayo

Había guerra en España el último Primero de Mayo, había guerra en España este Primero de Mayo y habrá guerra en España el próximo Primero de Mayo. Tal es la impresión que se tiene en el frente. Porque el frente y la retaguardia son en España dos civilizaciones diferentes. El frente es joven, valiente, resuelto y dos años de lucha lo han convertido en un ejército eficaz. El frente es todas estas cosas en este momento, ahora, tras la derrota de Teruel, tras la derrota de Aragón y tras la infiltración de los fascistas hasta el mar. Su moral es sólida e intacta. Las tropas de Modesto, del Campesino, de Líster y Duran y de otros jóvenes comandantes que están surgiendo de prisa, tienen en este momento la misma moral fuerte que cualquier otra tropa que haya visto en mi vida, y durante las tres últimas semanas han luchado en los mejores combates que se han librado en la historia. Detuvieron a los moros frente a Lérida, defendieron la línea del Ebro y vencieron a los italianos durante diez días sobre Tortosa. No fue culpa suya que tuvieran que cruzar el Ebro.

Los italianos no habrían podido nunca vencer a las divisiones de Líster y los periódicos de Roma han expresado abiertamente esta convicción. Yo vi aquel combate.

Sin embargo, las dos civilizaciones del frente y la retaguardia se están fusionando en España. Los cánceres que siempre han roído la vida de España, políticos sin fe, generales sin capacidad, están desapareciendo. A medida que el frente se acerca a la retaguardia, se siente más su efecto purificador. Al final se mezclarán las dos. Y en la purificación de esta fusión está la esperanza de victoria final para España. Pero mientras tanto, necesita aviones y cañones. Quien crea que la guerra se ha terminado en España es un estúpido o un cobarde. Un pueblo grande y luchador, mandado por primera vez por generales que son del pueblo, que no son estúpidos ni traidores, no puede ser vencido con tanta facilidad. Pero necesita aviones y cañones, y los necesita inmediatamente.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)






2823. Despachos de la guerra civil española XXV





Lérida, 29 de abril

Este corresponsal ha entrado hoy en Lérida. No es muy difícil. Lo único que hay que hacer es mantener las piernas en movimiento y controlar una ligera sensación de cosquilleo entre los omóplatos y la nuca al cruzar un andén de ferrocarril y ponerse bajo el fuego de ametralladora de una torre que está a quinientos metros de distancia.

Ahora puedo revelar que el gobierno controla casi una tercera parte de la ciudad y toda la orilla oriental del Segre y el cruce de tres carreteras principales en Cataluña: una que va hacia el norte, a Balaguer y Francia una hacia el este, a Barcelona, y una tercera hacia el sudeste, a Tarragona. Si las tropas de Franco hubiesen podido conquistar la parte oriental de Lérida, habrían tenido acceso a estas arterias que cruzan Cataluña. Pero tal como están las cosas, se encuentran embotelladas en la parte medieval de la ciudad que mira hacia el río Segre, y el gobierno está muy fortificado a lo largo de sus orillas, con la estación ferroviaria, andenes y todos los cruces de carretera seguros a sus espaldas.

Quizá «seguros» no sea la palabra exacta, porque los moros y las tropas regulares españolas, instaladas en el viejo castillo pardo de torres cuadradas y en los tejados de otros edificios de la ciudad vieja, pueden barrer las carreteras con ráfagas de ametralladora. Pero las fortificaciones del gobierno están justo debajo de ellos, como si estuvieran sitiando a Lérida, y Franco necesitaría una ofensiva a gran escala para intentar la conquista de la parte oriental de la ciudad y ganar acceso a carreteras que son las arterias de Cataluña. Las tropas que defienden el este de Lérida son veteranos del sitio de Madrid y ya han construido zanjas y trincheras de comunicación aprovechando cada pliegue del terreno, lo cual significa la diferencia entre recibir un tiro en la cabeza y poder realizar el trabajo con calma y tranquilidad. Las fortificaciones habían progresado tanto y tenían un trazado tan hábil que este corresponsal creía estar en los viejos tiempos de Usera y Casa de Campo frente a Madrid.

Solo que aquí todo era verde, florido y abundante. Los perales se alzaban como candelabros a lo largo de los muros grises agujereados con picos para los francotiradores. Las trincheras formaban ángulos en los huertos llenos de guisantes, judías, coliflores y coles.

Las amapolas destacaban en el trigo verde entre los almendros, y las colinas desnudas, grises y blancas de Madrid parecían muy lejanas. Entonces un soldado que atisbaba a través del muro disparó dos veces y vi en su mejilla la huella dejada por el feo Mauser de culata larga. Volvió a mirar y me hizo seña de que me acercara.

—Dispárales —dijo un oficial—. No los observes. Mátalos.

A través de un agujero en la pared, se veía con gemelos la boca en forma de cono de una ametralladora ligera apuntándole a uno desde una grieta en la tapia, a menos de cien metros de distancia. Apareció un hombre entre los árboles frutales del huerto y volvió a desaparecer.

—Dispara cuando los veas —dijo el oficial—. Cuando abran fuego con esa ametralladora, les lanzaremos un proyectil de mortero. Un moro nunca es un buen blanco en campo abierto — continuó mientras seguíamos la línea—. Saltan como conejos y saben cómo cubrirse. Será mejor cruzar corriendo por aquí —dijo—. Tienen esto enfilado y el camino seguro aún está por terminar.

Aún fluye la suficiente agua clara y rápida por el pedregoso cauce del Segre para que la parte menos honda llegase al cuello del hombre que intentase vadearlo. El capitán que iba conmigo no lo ignoraba porque dijo que no sabía nadar y que le había llegado justo hasta la nariz cuando cruzaron el río después de volar los puentes.

—Lo primero que haré cuando tenga tiempo es aprender a nadar —explicó con seriedad—. Cuando se lucha en una acción de retaguardia es una habilidad muy valiosa. Des pues de volar los puentes, siempre hay que cruzar a la otra orilla. Saber nadar es imprescindible para un soldado práctico.

Tanto si se sabe o no nadar, el estado de los ríos Segre y Ebro desempeñará un papel importante en las próximas semanas. Durante seis semanas Franco ha tenido un tiempo perfecto para una ofensiva motorizada. Las habituales lluvias torrenciales de la primavera española han brillado por su ausencia y el nivel de los ríos está bajando lenta pero continuamente. «¿Llegarán las lluvias?» es una importante cuestión militar, porque sin lluvia el Ebro y el Segre, donde ahora tienen su base las líneas, serán vadeables en diversos lugares dentro de un mes. Pero hace ya una semana que el tiempo es nublado y frío y ayer cayó la primera lluvia. Si continúa, la España republicana no puede tener un aliado mejor, porque la corriente impetuosa es una gran fortificación, mientras que los ríos secos favorecen el paso y las tácticas de infiltración de Franco.

Después de una semana a orillas de los ríos Ebro y Segre y un mes en el frente, este corresponsal no ha podido ver una conclusión de la guerra española. Normalmente, tras las derrotas de Aragón y el corte de comunicaciones entre Valencia y Barcelona por parte de Franco, sería de esperar un fracaso militar. Sin embargo, no se ha producido. Si se tratase de un juego de maniobras bélicas y las divisiones estuvieran rodeadas, los árbitros ya habrían pronosticado su destrucción. En los últimos diez días he visitado cuatro divisiones, todas las cuales habrían sido destruidas según esta clasificación.

—Pero hemos aprendido algo, y no en los manuales militares —explicó ayer en Lérida un comandante de batallón de veintitrés años—. Es como escaparse de noche después de haber sido rodeado. Rifles, pistolas y ametralladoras no sirven para esto. Cuando te dan el alto, lanza una bomba y luego sigue lanzando mientras corres. Saber que te matarán cuando te capturen te obliga a usar nuevas tácticas.

Hoy el frente está a ciento sesenta kilómetros de Barcelona, donde el río Segre divide la ciudad de Lérida. Está igual de cerca que hace cuatro semanas.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2818. Despachos de la Guerra civil española VII

Calle Altamirano de Madrid. Foto AGA

Madrid, 20 de abril 

Hoy es el décimo día de nutrido bombardeo indiscriminado de objetivos no militares en los barrios centrales de Madrid. Desde las cinco de la mañana la ciudad ha sido bombardeada por baterías de seis y tres pulgadas y baterías antiaéreas desde la colina de Garabitas, y dondequiera que vaya y a cualquier hora del día, durante el lanzamiento de más de doscientas granadas, no puedo perder de vista ni dejar de oler el polvo de granito gris blanquecino y el olor acre, altamente explosivo, ni evitar la vista de los muertos y heridos y de las mangueras que lavan, no el polvo sino la sangre de calles y aceras.

Algunas granadas llegan después de un fuerte sonido al salir de la batería con un alarido rápido y sibilante. Otras, mayores, llegan con un grito curvo. La gente se dispersa hacia el amparo de los edificios y las plazas se vacían durante el bombardeo, pero en cuanto cesa, vuelven a sus quehaceres, impertérritos. El bombardeo de Madrid se ha prolongado lo bastante para enseñar a la gente qué granadas son peligrosas por sus ruidos, y aunque el bombardeo de hoy ha sido tal vez el peor sufrido por una población civil, con treinta y dos muertos y doscientos heridos, la vida ha seguido su curso normal. La gente no está impresionada a causa de la maravillosa insensibilidad adquirida en la guerra por todos excepto los cobardes, de modo que un terrible bombardeo se antoja, tras diez días de repetición cotidiana, algo completamente rutinario.

La vista de una calle llena de cristales rotos frente al edificio donde suelo comer parece normal, o más normal que el milagro de una granizada. Durante el almuerzo, el censor de prensa muestra un fragmento manchado de humo de un balcón de piedra que entró por la ventana de la nueva habitación elegida por su seguridad, después de que una bomba destrozase la otra, y todos lo examinan con interés desapasionado. El portero de nuestro hotel fue herido en los muslos por una bala de ametralladora mientras abría la puerta a unos clientes, y esa bala y la que entró por la ventana de la habitación, ocupada por este corresponsal, parecen muy poco importantes porque no tenían ningún significado militar.

El bombardeo es desconcertante porque, o bien significa que los fascistas están gastando toda la munición disponible con la esperanza de matar a toda la población supuestamente roja de Madrid (donde ni un solo amigo de este corresponsal de los tiempos en que viví aquí, fuera cual fuese su política o religión, ha sido ejecutado o dado por desaparecido en esta guerra, salvo los que han muerto luchando en el frente, y esto incluye a periodistas, toreros, hoteleros, pintores, anticuarios, médicos, ingenieros, propietarios de tiendas o de bares a quienes he conocido y con quienes he pasado el rato en fechas recientes), o pretenden con el bombardeo de Madrid sembrar el terror como represalia o amenaza, porque de dos mil a tres mil moros y guardias civiles están ahora aislados en sus posiciones de la Ciudad Universitaria.

Las comunicaciones de las fuerzas rebeldes de la Ciudad Universitaria están definitivamente cortadas, pero debido a la organización subterránea y de trinchera de sus posiciones, los ocupantes podrán resistir un largo asedio si se les suministra alimentos, agua y municiones. Los moros del Rif atrincherados en la Ciudad Universitaria están tan bien como en su casa mientras duren las provisiones, ya que luchar es su única profesión. Sin embargo, el saliente es ahora militarmente insostenible y cualquier heroísmo exhibido por sus ocupantes será tan inútil, militarmente hablando, como el bombardeo de Madrid.

Sí el resultado de bombardear Madrid es un incremento de la evacuación, solo hará que ayudar al gobierno, cuyo principal problema es cómo alimentar a la ciudad. En opinión de este corresponsal, el gobierno de Valencia da muestras de una notable ineficiencia en la organización de la alimentación de la ciudad, si se tiene en cuenta su maravillosa organización militar de la defensa de Madrid. A veces parece exhibirse aquí un heroísmo incomprensible y aunque se dispone de gran cantidad de alimentos en Valencia, todo el Levante y Cataluña, el pueblo de Madrid no se alimenta como es debido.

Esto suele achacarse al sabotaje anarquista, pero el deber del gobierno es controlar estos elementos y organizar un servicio adecuado de suministros para Madrid.

Aprovechando personalmente una mañana tranquila y abordando esta cuestión desde el punto de vista de la acción directa, este corresponsal cazó ayer con una escopeta prestada, detrás del frente del Pardo, cobrando patos silvestres, perdices, cuatro conejos y una infortunada lechuza a la que maté después de anochecer, confundiendo su vuelo silencioso al tupido bosque con el de una becada. Por otra parte, confundí la explosión de un mortero de trinchera con una bandada de perdices.

Entretanto, la situación militar sigue en punto muerto, poseyendo todavía el gobierno una posición ofensiva. Los informes sobre una disminución de la presión fascista en el frente de Bilbao parecen confirmados por el poco insistente ataque del gobierno contra la Casa de Campo, destinado no solo a aislar la Ciudad Universitaria, sino también a atraer a tropas rebeldes del norte. Las posiciones de la Casa de Campo son las más difíciles de tomar y el gobierno, después de poner bajo fuego las comunicaciones de la Ciudad Universitaria, decidió no insistir en la táctica de baño de sangre de la última guerra y optó por un intento posterior, tal vez un movimiento envolvente en lugar de un ataque directo.

El problema actual de esta guerra es no desgastar y no acabar con las tropas mejor entrenadas mientras se preparan otras nuevas para una guerra de movimiento, la cual es fácil de preparar sobre papel pero imposible de llevar a cabo hasta que las nuevas tropas estén lo bastante entrenadas mediante acciones de combate experimentales, a fin de que puedan coordinarse con el plan general y con tanques, aviación y artillería. Mientras el gobierno conserve la meseta castellana central, moviéndose desde el centro de un círculo, puede repeler ataques o atacar al igual que desde el eje de una rueda. Esto significa que los ataques de Franco contra frentes aislados, lejos de Madrid, siempre podrán ser anulados por el gobierno, pasando a la ofensiva desde el centro de la rueda y desviando tropas del distante objetivo de Franco.

Este corresponsal vio la aplicación de este principio cuando las mejores tropas gubernamentales que luchaban en el frente del Pardo a las seis de la mañana del día del ataque italiano a Guadalajara, fueron capaces de abandonar las líneas y luchar contra los italianos aquella tarde en Guadalajara, a ochenta kilómetros de distancia; y el hospital de campaña gubernamental del Pardo fue instalado aquella misma tarde en Guadalajara y atendió a 450 heridos aquella misma noche.

Según buenas fuentes, los italianos que están ahora con los rebeldes son distribuidos en brigadas mixtas junto con las tropas de Franco y ya no se les confían más acciones independientes. Las brigadas se refuerzan con unidades de la Guardia Civil, que corresponde a sus antiguos carabinieri, los cuales actuaron como policía militar en la última guerra para evitar deserciones o una retirada demasiado precipitada. Sin embargo, este período de calma, dejando aparte el martirio de Madrid, se atribuye aquí a la necesidad de Franco de encontrar una nueva táctica ofensiva desde el fracaso admitido de la rápida táctica motorizada italiana.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)




2816. Despachos de la guerra civil española XXII




Tortosa, 15 de abril

Ante nosotros, quince bombarderos ligeros Heinkel, protegidos por cazas Messerschmidt, describían lentos círculos, como buitres esperando la muerte de un animal. Cada vez que pasaban sobre un punto determinado, se oía el impacto de las bombas. Mientras sobrevolaban la desnuda ladera, manteniendo la formación, uno de cada tres aparatos descendía en picado, disparando sus ametralladoras. Continuaron así durante 45 minutos sin ser molestados, y el blanco de sus bombas era una compañía de infantería que realizaba su último intento de resistir en la ladera de la loma desnuda al mediodía de este cálido día de primavera para defender la carretera entre Barcelona y Valencia.

Encima de nuestras cabezas, en el cielo alto y sin nubes, flota tras flota de bombarderos volaban con estruendo sobre Tortosa. Cuando dejaron caer el repentino fragor de sus cargas, la pequeña ciudad a orillas del Ebro desapareció en una creciente nube de polvo amarillo. El polvo no llegó a posarse, ya que acudieron más bombarderos y al final flotó como una niebla amarillenta sobre todo el valle del Ebro. Los grandes bombarderos Savoia-Marchetti brillaban al sol, blancos y plateados, y cuando un grupo se alejaba, otro lo sustituía.

Durante todo este tiempo, los Heinkel describían círculos frente a nosotros y bajaban en picado con la monotonía mecánica del movimiento de una tarde tranquila en una carrera de motos de seis días. Y debajo de ellos una compañía de hombres yacía detrás de las rocas en trincheras cavadas a toda prisa y en simples desniveles del terreno, intentando detener el avance de un ejército.

A medianoche el comunicado del gobierno admitió que se luchaba alrededor de San Mateo y La Jana, lo cual significaba que la última gran posición defensiva, La Tancada, una colina abrupta y rocosa que defendía la carretera que conducía al mar, desde Morella a Vinaroz, había sido interceptada o tomada. A las cuatro de la madrugada, circulando bajo una luna llena que iluminaba las rocosas colinas catalanas, los altos cipreses y los troncos grotescamente cortados de los plátanos, nos dirigimos al frente. Con luz de día pasamos por delante de las murallas romanas de Tarragona y cuando el sol ya calentaba tropezamos con los primeros grupos de refugiados. Más tarde encontramos tropas que nos hablaron de la penetración y de que dos columnas avanzaban hacia Vinaroz, una tercera hacia Ulldecona desde La Cenia y una cuarta hacia La Galera, en dirección a Santa Bárbara, que está solo a trece kilómetros de Tortosa.

Era un avance hacia el mar de cuatro frentes por las columnas navarras y moras del general Aranda, y unos oficiales informaron de que ya habían tomado Cálig y San Jorge, las dos últimas ciudades en las dos carreteras de San Mateo al mar. A la una de esta tarde la carretera aún estaba abierta, pero todo indicaba que sería cortada o estaría bajo el fuego de la artillería esta noche o en cuanto las tropas de Aranda pudieran montar sus ametralladoras.

Entretanto, desde donde este corresponsal hablaba en Ulldecona con un oficial del estado mayor, ante sus mapas extendidos contra una pared de piedra, se podían oír las ráfagas de las ametralladoras. El oficial de estado mayor hablaba con frialdad, cautela y gran cortesía, mientras las tropas de Aranda avanzaban, dejando atrás San Rafael, con solo una loma entre ellos y nosotros. Era un soldado muy valeroso y competente y estaba dando ordenes a sus carros blindados, pero como nuestro coche no estaba blindado, decidimos volver a Santa Bárbara. En realidad no había razón alguna para esperar en Santa Bárbara Era un pueblo bonito, pero he visto mejores excepto que Tortosa seguía vomitando nubes de humo a medida que los bombarderos soltaban su carga. Había muchas razones para dejar Tortosa y dirigirse a Barcelona, incluyendo la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Así pues, cuando nuestro coche llegó a Tortosa y el guardia dijo que los bombarderos habían volado el puente y que no podíamos pasar, era algo que nos había preocupado tantas veces y durante tanto tiempo que casi no nos produjo ninguna impresión, salvo la sensación de que «ahora ha ocurrido de verdad».

—Pueden intentarlo por el pequeño puente que están construyendo con tablas —dijo el guardia. El chofer puso el coche en marcha con una sacudida y pasó por entre una hilera de camiones y boquetes de bombas donde dos camiones podían desaparecer por completo y, con el olor de tierra recién quemada y el acre hedor de los explosivos detonantes, nos dirigimos hacia el pequeño puente.

Delante iba un carro de mulos. «No puede ir por allí», gritó el guardia al campesino que conducía el carro, cargado hasta los topes de grano, utensilios domésticos, cacharros de cocina, una jarra de vino y todo lo que el mulo podía llevar con dificultad. Pero el mulo no tenía marcha atrás y el puente estaba bloqueado, así que este corresponsal empujó las ruedas y el campesino tiró de la cabeza del mulo y el carro avanzó lentamente, seguido por el coche; las estrechas llantas de hierro del carro rompieron los travesaños nuevos y demasiado ligeros que los chicos clavaban a toda prisa para que el tráfico pudiera circular por el frágil puente.

Los chicos trabajaban, golpeando con el martillo, clavando clavos y aserrando tan de prisa y con tanta energía como una buena tripulación en un navío a punto de naufragar. Y a nuestra derecha, una parte del gran puente de hierro tendido sobre el Ebro se desplomó en el río, mientras otra ya faltaba. El bombardeo masivo de 48 bombarderos, que empleaban bombas que, a juzgar por los agujeros que practicaban y cómo reducían a escombros las casas del borde de la carretera, debían de pesar cada una de trescientas a cuatrocientas cincuenta libras, había acabado con el puente. En la ciudad ardía un camión de gasolina. Circular por las calles era como escalar los cráteres de la luna. El puente ferrocarril todavía está en pie y no cabe duda de que se construirá un puente de pontones pero esta es una mala noche para la orilla oeste del Ebro.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2810. Despachos de la guerra civil española XX




Tortosa, 10 de abril

En los últimos cinco días este corresponsal ha observado el frente desde las resplandecientes laderas nevadas de los Pirineos hasta donde el azul brillante e intenso del Mediterráneo se vuelve lechoso por el caudal amarillo del Ebro, y una alta y única palmera de dátiles marca la entrada en la destrozada Tortosa.

En el lejano norte, bajo la sombra de los Pirineos, las tropas franquistas han avanzado continuamente hacia el norte y el este en una región donde las posiciones podrían ser defendidas por las graduadas más resueltas de cualquier buen colegio de señoritas. Uno de los primeros pasos del nuevo gobierno será sin duda reforzar y consolidar la resistencia en este sector del norte que, cuando este corresponsal lo visitó hace tres días, daba una impresión excesivamente bucólica. Podía ser por la cantidad de conejos que los soldados llevaban colgados del hombro o tal vez por el sentimiento general de que con tanto terreno montañoso donde luchar, ¿qué importa un valle más o menos entre los ejércitos? Sin embargo, sigue siendo un hecho que el sector del norte es la puerta trasera de toda Cataluña. Después de contemplar la heroica resistencia ofrecida para bloquear a Franco el camino del mar, desalentaba a cualquier observador ver tomar la pérdida de un terreno potencialmente vital, que controla vastos recursos hidroeléctricos, como una cuestión sin importancia que podría cambiarse solo endureciendo la resistencia.

Hoy, la orilla izquierda del Ebro sobre Tortosa era tan diferente del norte como las luces fuertes e intensas del cuadrilátero difieren de la soñolienta hora de la siesta en una polvorienta plaza de pueblo. Desde que este corresponsal se marchó de allí el 5 de abril, en las posiciones no se ha producido absolutamente ningún cambio. Ataque tras ataque de dos divisiones italianas, identificadas por hombres hechos prisioneros como La Littoria y Flechas Negras, apoyadas por barreras a nivel, de guerra mundial, de cañones de seis y tres pulgadas y los nuevos cañones más ligeros y rápidos, no habían logrado atravesar las líneas del gobierno en ningún punto. Esta tarde se han usado tantos aviones que no se han perdido de vista ni un momento y a veces el cielo estaba lleno de su ruido atronador. Este corresponsal ha observado el brillo metálico de bombarderos Savoia-Marchetti en el cielo español sin nubes, describiendo círculos con la precisión de insectos en el bombardeo de gran altitud, y el vuelo increíblemente rápido sobre las montañas, que casi parecía aplaudido, tan raudo era, por las bocanadas de humo antiaéreo que surgían a su alrededor, de los nuevos y negros bombarderos Rohrbach que iban a bombardear los puentes de Tortosa desde menos de trescientos metros de altura. El puente fue acertado en ambos extremos en el tiempo que este corresponsal tardó en pasarlo y regresar, pero los bombarderos ligeros de bombas ligeras causan poco efecto en las delgadas estructuras de acero. Es como tratar de descolgar una botella de un cordel en una feria francesa. Se puede acertar el cordel si el disparo es lo bastante bueno, pero solo se deshilacha o corta en dos y la botella no se cae.

Después de contemplar el progreso de la defensa del Ebro desde un puesto de observación, este corresponsal bajó por una escarpada senda entre viñedos y comió un plato de tres costillas de carnero, cubiertas por salsa de tomate y cebollas, con los oficiales de la división. El comandante, uno de los jóvenes generales más famosos del ejército español, rebosaba de júbilo por la interrupción del avance.

 —Anoche atacaron con artillería pesada y tanques —dijo— y de nuevo esta mañana. Como ve, las líneas están exactamente donde estaban cuando vino usted aquí hace cuatro días. Emplean hasta cien aviones para ametrallar la carretera y bombardear estas ciudades, pero nosotros los detenemos igual que hicimos en Madrid. Podrán ver el mar, pero nunca llegarán a él. En cambio yo, en cuanto mejoren las cosas, bajaré a tomar un baño.

Dejando aparte el espíritu combativo y el optimismo de estos viejos defensores de Madrid, viejos por haber luchado casi dos años, pero jóvenes de edad, la situación sigue siendo que las fuerzas franquistas se ven absolutamente incapaces de bajar por el Ebro. Mientras comíamos, oímos el fuego de la artillería y el agudo silbido de una granada. Explotó a ciento cincuenta metros de distancia, en unas casas de la curva de la carretera, formando una nube de humo amarillo. Otras seis vinieron en la misma dirección, cayendo todas a veinte metros una de otra.

—Disparan consultando el mapa — dijo el joven general—. Esa clase de disparos no son peligrosos.

Por el momento Franco intenta dos ofensivas hacia el mar. Una fue totalmente frenada hace ya cinco días sobre Tortosa. La otra ha bajado de Morella a San Mateo y Vinaroz, progresando a sacudidas durante varios días, pero las fuerzas del gobierno aún no han retrocedido a sus mejores posiciones. Sin embargo, mientras las mejores tropas españolas, veteranas de toda la guerra, detienen el avance a la costa, la región de la frontera francesa constituye el peligro. En esta última gran ofensiva de Franco ha quedado demostrado una y otra vez que las tropas buenas pueden mantener las posiciones más difíciles, y las tropas sin experiencia pueden ser catapultadas de posiciones que las tropas buenas consideran facilísimas de mantener, bajo ataques aéreos que no conseguirían nada contra tropas bien atrincheradas. Para conservar el frente catalán, el gobierno tiene que reforzar el norte inmediatamente. El centro y el sur están resistiendo como lo hicieron en Madrid.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2808. Despachos de la guerra civil española XIX




Tortosa, 5 de abril

Conduciendo con cuidado entre las cajas de dinamita colocadas para minar los pequeños puentes de piedra de la angosta carretera, hemos subido esta tarde por el valle del Ebro. Un informe anónimo enviado anoche desde Francia decía que Tortosa había sido tomada, pero nosotros encontramos la ciudad destrozada como siempre pero sus tres grandes puentes todavía intactos y el tráfico se movía libremente entre Barcelona y Valencia. Ahora habíamos dejado atrás Tortosa y nos dirigíamos al norte por la orilla oeste del Ebro.

Es una carretera fácil de defender, protegida a la izquierda por peñascos y lomas y a la derecha por la corriente sombría y arremolinada del Ebro, que tiene el color del café. Un soldado nos dijo que parte de ella estaba en llamas, pero no estaba seguro de qué parte.

—Un poco más arriba —dijo—, pero no les pasará nada si permanecen bajo los árboles y al amparo de la orilla izquierda.

Así pues, envolvimos con un trapo el tapón niquelado del radiador y volvimos la luz de estribo hacia atrás para evitar los reflejos y seguimos adelante. Nos detuvimos para preguntar a otro soldado que caminaba despacio en dirección al frente dónde se hallaba el cuartel general, y entonces oímos fuego de artillería delante de nosotros y la explosión de granadas. Luego, sobre estos sonidos tranquilizadores que significaban que el frente estaba localizado, sonó el zumbido de los aviones y el estallido de las bombas. Tras dejar el vehículo en la sombra proyectada por la empinada orilla izquierda, trepamos a la cima de una loma escarpada desde donde podíamos ver los aviones. Debajo de nosotros estaba el río y la pequeña localidad de Cherta en un recodo entre el río y la carretera, y al fondo los aviones dejaban caer bombas sobre una carretera practicada entre montañas que parecían moldeadas con cartón gris para algún decorado fantástico. Humaredas negras de ráfagas antiaéreas brotaban a su alrededor, demostrando que eran aviones del gobierno. Las ráfagas antiaéreas del gobierno son blancas. Después, con el ruido de un martillo que hiciera añicos el cielo, llegaron más bombarderos. Acurrucados contra una pared de piedra en la cima de una loma y aprovechando su sombra, pudimos ver también por las puntas rojas de las alas que eran del gobierno. Cuando el zumbido remitió, se intensificó el fuego de artillería y cuando el bombardeo aumentó, supimos que había un ataque un poco más arriba de la carretera. Bajamos de la loma, pero antes de hacerlo tuvimos ocasión de estudiar la excelente posición defensiva que hay al oeste de Cherta. Si sen pueden ocupar sus cumbres, se puede conservar Tortosa.

Junto al coche había un soldado andaluz de una división que defendía la línea del río. Era alto, flaco, y estaba muy tranquilo y muy cansado.

—Pueden seguir hasta la ciudad pero hoy tenía que haber una pequeña retirada, así que yo no iría lejos —dijo. Su brigada había sido rodeada tres veces desde que se iniciara la ofensiva hacia el mar, se había escabullido y había desaparecido en la noche y ahora se unía a la división—. Hace ya tres días que los tenemos detenidos aquí — añadió—, la infantería italiana no sirve de nada y los hacemos retroceder cada vez que contraatacamos, pero tienen mucha artillería y muchos aviones, y nosotros hemos luchado sin descanso durante tres semanas. Todos los hombres están muy cansados.

Atravesamos Cherta, que había sido bombardeada aquella mañana, por una carretera recién castigada por fuego de artillería y seguimos hasta que encontramos a un motociclista que llevaba despachos y que se apeó al amparo de un árbol. Nos dijo que un poco más lejos la carretera estaba bajo fuego, así que dimos media vuelta y bajamos por el Ebro hasta Tortosa. A las tres de esta tarde yo sabía lo siguiente: que la carretera de Tortosa era sumamente defendible y se defendía con terquedad y firmeza; que las fuerzas de Franco que intentaban seguir el Ebro hasta el mar solo habían avanzado cinco kilómetros en los tres últimos días; que la moral de las tropas del gobierno que defendían Tortosa y la carretera de Valencia a Barcelona era excelente; que no había pruebas de ninguna clase de pánico o desánimo, pero que las tropas estaban muy cansadas.

Durante todo el camino de regreso a Tarragona nos cruzamos con tropas de refuerzo, cañones y camiones cargados de municiones que se dirigían al frente. No cabe duda de que ha habido penetraciones explotadas al máximo por una fuerza motorizada. Tropas frescas del gobierno han sido rodeadas por tropas enemigas que han atacado los puntos débiles de la línea. Han sido tomadas ciudades importantes y ciudades estratégicas. Sin embargo, al saber esta tarde por un oficial recién llegado de allí que Lérida es ahora una especie de tierra de nadie, con las tropas del gobierno resistiendo obstinadamente al otro extremo del puente volado, y ver hoy la lucha por Tortosa, se comprende el grado y la seriedad de la resistencia gubernamental. Esto no se ha terminado, ni mucho menos, y algo que hemos aprendido en esta guerra española es que puede suceder cualquier cosa y que los expertos siempre se equivocan.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2786. La Guerra había empezado

Eduardo Zamacois Quintana (Pinar del Río, Cuba, 17 de febrero de 1873 - Buenos Aires, 31 de diciembre de 1971)


La guerra había empezado.

Poco diré aquí de lo que luego advino. Fue una guerra sin prisioneros, en la que los beligerantes pelearon como tigres. La relación de los crímenes cometidos por las hordas fascistas, desde el asesinato de García Lorca y los fusilamientos en masa de Badajoz y de Oviedo hasta la destrucción de Guernica son incontables. A su vez, la masa liberal, sin jefes y obligada a defenderse, realizó atropellos sin excusa posible, tales como el ajusticiamiento de Ramiro de Maeztu, el de Manuel Bueno, el de Pedro Muñoz Seca, comediógrafo que tanto nos había hecho reír. Yo le quise bien. Era bueno, cordial, y al evocar su figura amable recuerdo, con emoción supersticiosa, esto que voy a contar:

El autor de “La venganza de don Mendo” y el famoso torero Ricardo Torres “Bombita” eran andaluces, y los dos habían nacido el 20 de febrero de 1879. Refiriéndose a esta coincidencia, por vaya, improvisó la peoría del “paralelismo”, que era, según él explicaba, la fuerza que une misteriosamente a las personas que floraron a la vida el mismo día y, en virtud de lo cual, cuanto bueno y malo le suceda a una de ellas le ocurrirá también a la otra.

–Pues si eso es verdad –le decía bromeando Ricardo Torres a Muñoz Seca–, procure usted, don Pedro de mi alma, que no le silben ninguna comedia, porque si usted fracasa a mí me coge el toro.

Y lo que durante años fue para ellos motivo baladí de conversación cristalizó en un hecho escalofriante, porque el 29 de noviembre de 1936, esto es, al día siguiente de morir fusilado Muñoz Seca en Paracuellos del Jarama, moría “Bombita” en Sevilla.

En aquella ola de sangre naufragó mucha gente. Como por ensalmo la península se había convertido en un gigantesco campo de batalla. En Madrid, llegada la nieve empezaban los tiros. Eran los fascistas de la quinta columna los que disparaban, desde sus casas, sobre el trasnochador solitario suponiéndole “rojo”. La Muerte era un deporte. Todos queríamos pelear. Cada gremio formó sus batallones. Yo me alisté en el de “Artes Gráficas”. Matilde se inscribió como enfermera. Millares de hombres –obreros, campesinos, estudiantes, abogados, médicos, artistas– se afanaban en levantar alrededor de la capital amenazada un cinturón de trincheras. En mi novela El asedio de Madrid hablo largamente de cómo el pueblo, sin otra brújula que su instinto, se aprestó a defenderse. De aquellos días de solidaridad fraterna en que, sin conocernos, nos tuteábamos, como si la ciudad, toda ella, fuera una casa en la que sola había una familia, gentes indeseables se aprovecharon para asesinar y robar a mansalva. Fueron días bochornosos –pocos, dichosamente– a los que el general Miaja puso rápidamente término.

En uno de los muchos festivales que se improvisaban para reunir fondos con que comprar armas y medicinas, tomó parte Lupe. Era su “debut”. Un público de milicianos llenaba el teatro. Fui a verla; estaba inquieto; temía que no gustase por parecerme –contra la opinión de su Maestro– que todavía no bailaba bien. Pero aun siendo así, la noche de sus ojos criollos y la recobrada lozanía de sus veinte años se impusieron, y la ovación que manos generosas la tributaron cambiaron de cuajo su destino. Cuando nos reunimos en su casa la vi distinta y distante. Nada fuera de su éxito parecía interesarla, y me dijo que el empresario de un grupo de artistas del género “flamenco” quería contratarla para una gira por provincias. Concluyó:

–¿Tú me dejas ir…?

Comprendí que me sería imposible retenerla porque ya “se había ido de mí”. De pronto nos sentimos extraños. En esta repentina desunión influía el ambiente. Eran su vocación y la guerra, quizá lo que nos separaba? repuse, tranquilo, sin pena…

-Si quieres marcharte, vete. Por eso no vamos a reñir. Nuestro amor no debe ser para ninguno de los dos una esclavitud. Pero no olvides que, desde este momento, serás para mi una hija. Como amante te estorbaría. A los artistas les conviene andar solos.

Hizo un guiño que pudo ser de indiferencia o de incomprensión y no contestó. Estaba lejos; pensaba en el baile que era su horizonte. Después empezó a hablarme de los trajes que necesitaba para salir a escena. Los indispensables eran tres: el de gitana, el de baturra y el de charra. Valían muchas pesetas y las circunstancias no nos permitían comprarlos a plazos. Para poder pagarlos al contado vendimos nuestros muebles. El nido quedó vacío. Lupe, tan casera hasta entonces, no lo sintió. yo, tampoco. Éramos libres; el pasado había muerto. Días después los dos salíamos de Madrid; ella, rumbo a Levante; yo, cara al frente extremeño, con la columna que mandaba el muy caballero redactor de El Socialista, capitán Federico Angulo. Más adelante, convertido en “corresponsal de guerra”, visité los frentes de Toledo y de Aragón. Otra vez en Madrid, publiqué dos libros de crónicas, uno con dibujos de Bartolozzi. De los episodios de que fui testigo, recojo aquí, sin intromisión, algunos que reflejan el vigor de la lucha.


Eduardo Zamacois
Un hombre que se va ... (Memorias), 1954







2624. Despachos de la guerra civil española X




París (9-13), mayo

Tuvimos un gran número de choferes diferentes en Madrid. El primero se llamaba Tomás, medía un metro cincuenta de estatura y parecía un enano de Velázquez, especialmente falto de atractivo y muy maduro, vestido con un mono azul. Le faltaban varios incisivos y ardía en sentimientos patrióticos. También le entusiasmaba el whisky escocés. El whisky escocés de cualquiera.

Salimos de Valencia con Tomás y cuando vislumbramos Madrid elevándose como una gran fortaleza blanca al fondo de la llanura de Alcalá de Henares, exclamó a través del hueco de sus dientes:

—¡Viva Madrid, la capital de mi alma!

—Y de mi corazón —dije yo, que también había tomado un par de copas. Había sido un viaje largo y frío.

—¡Hurra! —gritó Tomás, abandonando momentáneamente el volante para darme una palmada en la espalda. Por poco chocamos con un camión lleno de tropas y un coche del estado mayor.

—Soy un hombre de sentimientos— dijo Tomás.

—Yo también —contesté—. Pero no sueltes ese volante.

—De los sentimientos más nobles— añadió Tomás.

—No lo dudo, camarada —dije—, pero trata de vigilar adónde vas.

—Puede depositar en mí toda su confianza —respondió Tomás.

Pero al día siguiente nos encontramos bloqueados en una carretera enlodada, cerca de Brihuega, por un tanque que había tomado demasiado tarde una curva cerrada y detenido a otros seis tanques detrás de él. Tres aviones rebeldes los avistaron y decidieron bombardearlos. Las bombas cayeron en la ladera húmeda más arriba de nosotros, levantando geyseres de barro en sacudidas grandes, repentinas y compactas. Nada nos acertó y los aviones siguieron hacia sus propias líneas. De pie junto al coche, pude ver con los gemelos los pequeños Fiat que protegían a los bombarderos, muy brillantes, colgados bajo el sol. Pensamos que venían más bombarderos y todos nos alejamos lo más de prisa posible. Pero no vinieron más.

A la mañana siguiente Tomás no podía poner el coche en marcha. Y en lo sucesivo, todos los días, cuando sucedía algo semejante, por muy bien que el coche hubiera funcionado al llegar a casa por la noche, Tomás nunca podía ponerlo en marcha por la mañana. Al final, sus sentimientos sobre el frente se volvieron un poco patéticos, junto con su tamaño, su patriotismo y su ineficiencia general, y lo devolvimos a Valencia con una nota al departamento de prensa en que les dábamos las gracias por Tomás, un hombre de los sentimientos más nobles y las mejores intenciones, pero que intentaran mandarnos a alguien un poco más valiente.

Así que nos mandaron a uno con una nota que certificaba que era el chofer más valiente de todo el departamento. No sé cómo se llamaba porque no llegué a verlo. Era evidente que Sid Franklin, que nos compraba todos los víveres, hacía los desayunos, escribía artículos a máquina, conseguía gasolina, conseguía coches, conseguía choferes y cubría Madrid y todos sus chismes como un dictáfono humano, había instruido a conciencia a este chofer. Sid puso cuarenta litros de gasolina en el coche, y la gasolina era el principal problema del corresponsal, siendo más difícil de obtener que los perfumes de Chanel y Molyneux o la ginebra Bols, tomó nota del nombre y las señas del chofer y le dijo que estuviera listo para enrolarse en cuanto le llamásemos. Esperábamos un ataque.

Hasta que lo llamásemos era libre de hacer todo lo que quisiera, pero tenía que dejar siempre dicho dónde estaba para que pudiéramos localizarlo. No queríamos gastar toda la preciada gasolina dando vueltas por Madrid en el coche. Ahora todos nos sentíamos bien porque disponíamos de transporte.

El chofer tenía que presentarse en el hotel al día siguiente a las 7.30 de la tarde para ver si había nuevas órdenes. No vino y llamamos a su pensión. Se había marchado aquella misma mañana a Valencia con el coche y cuarenta litros de gasolina. Ahora está en la cárcel en Valencia. Espero que le guste.

Entonces nos enviaron a David.

David era un chico anarquista de un pueblo próximo a Toledo. Usaba un lenguaje tan total e inconcebiblemente obsceno que la mitad del tiempo uno no podía creer lo que oía. Estar con David ha cambiado todo mi concepto de la profanidad. Era absolutamente valiente y solo tenía un verdadero defecto como chofer: no sabía conducir un coche. Era como un caballo con solo dos pasos: al paso y al galope. David podía escabullirse con la segunda y no atropellar prácticamente a nadie por las calles porque las despejaba con la guadaña de su vocabulario. También podía conducir con el coche abierto de par en par, agarrado al volante con una especie de fatalismo que nunca, sin embargo, tenía trazas de desesperación. Solucionamos el problema conduciendo nosotros por David. Esto le gustó y le dio ocasión de trabajar con su vocabulario.

Le gustaba la guerra y encontraba hermoso el bombardeo.

—¡Miren eso! ¡Ole! Eso es lo que hay que dar a los inmencionables, indecibles, absolutamente inexpresables —decía, encantado—. Vamos, acerquémonos un poco más.

Veía su primera batalla en la Casa de Campo y para él era como un gran espectáculo de fuegos artificiales. Los surtidores de piedras y polvo de yeso que brotaban cuando las bombas del gobierno caían sobre una casa que los moros defendían con ametralladoras, y el grande y atroz serpenteo que forman los rifles automáticos, las ametralladoras y el tiroteo rápido en el momento del ataque, emocionaban profundamente a David.

—¡Aaay! ¡Aaay! —exclamaba—. Esto es la guerra. Esto es realmente la guerra.

Le gustaba el violento silbido de los proyectiles destinados a nosotros tanto como el entrecortado fragor de la batería que disparaba por encima de nuestras cabezas hacia las posiciones enemigas.

—¡Ole! —gritó David cuando una 75 explotó un poco más abajo de la calle.

—Escucha —dije—. Esas son las malas. Son las que nos matan.

 —No tiene importancia —replicó David—. Escuche ese estruendo indecible e inmencionable.

Al final me fui al hotel a escribir un despacho y enviamos a David a buscar gasolina a un lugar cercano a la plaza Mayor. Casi había terminado el despacho cuando volvió.

—Venga a mirar el coche —dijo—. Está lleno de sangre. Es terrible. — Estaba trémulo, su rostro se había oscureció y le temblaban los labios.

—¿Qué ha pasado?

—Una bomba ha caído sobre una hilera de mujeres que hacían cola para comprar comida. Ha matado a siete. He llevado a tres al hospital.

—Buen chico.

 —Pero no puede imaginárselo —dijo—, es terrible. No sabía que pasaran estas cosas.

—Escucha, David —dije—. Eres un chico valiente. Debes recordarlo. Pero durante todo el día has sido valiente con los ruidos. Lo que ahora ves es lo que hacen esos ruidos. Ahora tienes que ser valiente aun sabiendo lo que pueden hacer.

—Está bien —contestó—. Pero es terrible verlo.

David fue valiente, sin embargo. No creo que volviera a encontrarlo tan hermoso como aquel primer día, pero nunca rehuyó nada. Por otra parte, nunca aprendió a conducir un coche. No obstante, era un buen chico, aunque bastante inútil, y me encantaba oír su horrible lenguaje. Lo único que se desarrollaba en David era su vocabulario. Se marchó al pueblo donde un equipo cinematográfico rodaba una película y, después de tener otro chofer especialmente inútil a quien no merece la pena describir, conseguimos a Hipólito. Hipólito es el tema de esta historia.

Hipólito no era mucho más alto que Tomás, pero parecía tallado en un bloque de granito. Caminaba con un balanceo, pisando con los pies planos en cada paso, y llevaba una pistola automática tan grande que le llegaba a mitad de pierna. Siempre decía «Salud» con una inflexión ascendente, como si fuese algo que uno decía a los sabuesos, Buenos sabuesos que conocían su oficio. Entendía de motores, sabía conducir y si le decíamos que se presentara a las seis de la mañana, venía diez minutos antes de esa hora. Había luchado en la toma de los cuarteles de la Montaña en los primeros días de la guerra y nunca había sido miembro de ningún partido político. Hacía veinte años que estaba afiliado al sindicato socialista de la UGT. Cuando le pregunté en qué creía, me dijo que creía en la República.

Fue nuestro chofer en Madrid y en el frente durante un bombardeo de la capital que duró diecinueve días y fue casi demasiado malo para escribir sobre él. Durante todo este tiempo Hipólito fue sólido como la roca de la que parecía tallado, tan fuerte como una buena campana y tan regular y preciso como el reloj de un ferroviario. Le hacía comprender a uno por qué Franco no tomó Madrid cuando tuvo ocasión de hacerlo. Hipólito y los que eran como él habrían luchado calle por calle y casa por casa mientras quedase uno vivo y los supervivientes habrían quemado la ciudad. Son fuertes. Y son eficientes. Son los españoles que un día conquistaron el mundo occidental. No son románticos como los anarquistas y no les da miedo morir. Solo que nunca lo mencionan. Los anarquistas hablan un poco demasiado de ello, como hacen los italianos.

El día en que cayeron sobre Madrid más de trescientas bombas y las calles principales eran escombros humeantes llenos de vidrios rotos y polvo de ladrillo, Hipólito tenía el coche aparcado al amparo de un edificio en una calle estrecha contigua al hotel.

Parecía un lugar seguro y, después de estar sentado en la habitación donde yo trabajaba, hasta aburrirse totalmente, dijo que bajaría a sentarse en el coche. No hacía ni diez minutos que se había ido cuando una bomba de seis pulgadas cayo en el hotel justo donde se unía la planta baja con la acera. Se hundió a gran profundidad y no explotó. De haber explotado, no habría quedado de Hipólito y el coche nada que pudiera fotografiarse. Estaban a unos cinco metros de distancia. Miré por la ventana, vi que estaba bien y entonces bajé.

—¿Cómo está? —A mí me faltaba el aliento—. Lleve el coche un poco más abajo de la calle.

—No sea absurdo —dijo—. Ni en mil años volvería a caer otra aquí. Además, no ha explotado.

—Póngalo un poco más abajo de la calle.

 —¿Qué le ocurre? —preguntó—. ¿Se ha puesto nervioso?

—Tiene que ser sensato.

—Vaya a trabajar en lo suyo —replicó—. No se preocupe por mí.

Los detalles de aquel día están un poco confusos porque después de diecinueve días de continuo bombardeo algunos días se mezclan con otros, pero a la una el bombardeo se interrumpió y decidimos ir a almorzar al hotel Gran Vía, a unas seis manzanas de distancia. Pensaba ir a pie por un camino muy tortuoso y extremadamente seguro que había estudiado, utilizando los ángulos de menor peligro, cuando Hipólito preguntó:

—¿Adónde van?

—A comer.

—Suban al coche.

—Está loco.

—Vamos. Bajaremos por la Gran Vía. Ya han parado. Ellos también están almorzando.

Nos metimos cuatro en el coche y bajamos por la Gran Vía. Era una capa dura de vidrios rotos. Había grandes boquetes en las aceras Los edificios estaban destrozados y tuvimos que sortear un montón de escombros y una cornisa rota para entrar en el hotel. No había ni una persona viva en ningún lado de esta calle que había sido siempre la Quinta Avenida y el Broadway de Madrid. Había muchos muertos. El nuestro era el único vehículo.

Hipólito dejó el coche en una calle lateral y todos comimos juntos. Aún comíamos cuando Hipólito terminó y se fue al coche. Se reanudo el bombardeo, que en el sótano del hotel sonó como un estallido apagado, y cuando terminamos el almuerzo de sopa de judías, salchichas cortadas en lonchas transparentes y una naranja, subimos a la planta baja, las calles estaban llenas de humo y nubes de polvo. Sobre la acera había una capa de argamasa nueva. Miré hacia la esquina, buscando el coche. Una bomba caída allí mismo había salpicado de escombros toda la calle. Vi el coche. Estaba cubierto de polvo y trozos de cemento.

—Dios mío —dije—. Han matado a Hipólito.

Yacía en el asiento del conductor con la cabeza echada hacia atrás. Me acerqué a él con una sensación terrible. Sentía un gran afecto por Hipólito. Hipólito estaba dormido.

—Pensaba que estaba muerto —dije.

Él disimuló un bostezo con el dorso de la mano.

—¡Qué va, hombre! —contestó—. Estoy acostumbrado a dormir después de comer, si tengo tiempo.

—Vamos —dije—. Iremos al bar de Chicote.

—¿Tienen buen café allí?

 —Excelente.

—Está bien —dijo—. Vamos.

Intenté darle algo de dinero cuando abandoné Madrid.

—No quiero nada de usted —dijo.

—Vamos, acéptelo. Compre algo para la familia.

—No —repitió—. Escuche, lo hemos pasado bien, ¿verdad?

Los demás pueden apostar por Franco, Mussolini o Hitler, si lo desean, pero yo apuesto dinero por Hipólito.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)