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1355. En el Norte. Bilbao

Huyendo de un bombardeo fascista, Bilbao 1937 (Fotografía de Robert Capa)


Llegué a Bilbao poco antes, si acaso un par de días de la destrucción de Durango por la aviación alemana. Desde mi salida de Madrid, en ninguna otra ciudad de la España leal me había encontrado con un tal ambiente de guerra, de pueblo en guerra, como en Bilbao. Las circunstancias más tarde han hecho que paso a paso se reafirmase en mi esta primera impresión, y que por muchos motivos la imagen que guardaré para siempre de Madrid en los meses de su tenaz defensa se confunda con la de Bilbao que entonces recogía. Atendidas pequeñas diferencias de ambiente, puramente anecdóticas, era la misma; en lo profundo era la misma imagen, el mismo espíritu el de las dos ciudades. Cuando a mi regreso algunas de esas gentes pusilánimes de la retaguardia se han acercado para preguntarme, y hasta se han permitido deslizar un -¿Usted cree que podrá repetirse en Bilbao lo de Málaga?- les he respondido con un rotundo jamás. ¡Qué tiene que ver aquello con esto! Bilbao podrá ser destruido, arrasado, como lo han sido buen número de pueblos vascos desde que los rebeldes iniciaron su ofensiva en Euzkadi, pero nunca será del enemigo mientras tenga vida.

Después del avance hacia Vitoria de los soldados vascos, que tan cerca de esta ciudad colocó nuestras trincheras, apenas había existido actividad en los frentes de Euzkadi. Incluso se había distraído de ellos bastante fuerza para contribuir a los ataques contra Oviedo. Sufría Bilbao una completa transformación en aquel momento en que yo lo visitaba. De nuevo volvía a sentirse sacudido por la guerra, y con mas fuerza que nunca. El fascismo había concentrado todos sus elementos sobre los frentes vascos, y lo mismo en el de Guipúzcoa que en el de Álava, presionaba con extraordinaria violencia. Su aviación, numerosísima, realizaba tres, cuatro o más incursiones diarias sobre la capital y los pueblos de la ría, y actuaba en número de cuarenta a sesenta aparatos, de manera constante, en los frentes. Los soldados de Euzkadi conocían entonces un ataque tan impetuoso como el de Guadalajara. La táctica brutal de guerra de Alemania se traducía en la feroz destrucción de las ciudades de la retaguardia. Ciudades arrasadas desde sus cimientos, arrancadas de cuajo de la tierra en que se sustentaron durante siglos, coma Elgueta o Durango o Guernica.

Toda esta actividad de los frentes hizo como avivarse en la ciudad sus heridas. Los boquetes abiertos en sus casas por los bombardeos aéreos de septiembre volvían a hablar con su terrible elocuencia. Habían llegado a ser casi recuerdos de la guerra, de algo que se ha padecido ya de una vez para siempre. Su significación de ahora era muy otra. La suya y la de tantas otras cosas. Ya digo que en muy pocas horas el ambiente de la ciudad, después de lo de Durango, había cambiado por completo. Sobre todo sus gentes. Eran distintas. Se había mecanizado la multitud de una manera extraña. Parecía como si todas las personas acudiesen automáticamente a horas muy fijas a puntos señalados de antemano. Ese rumoreo de la multitud en las calles centrales de toda ciudad, ese ir y venir inconstante, caprichoso, había desaparecido, dejanda paso a un atirantamiento, a una rigidez extremos. Se había disciplinado en absoluto la vida de la ciudad. Lo que se acusaba de tal forma y con tal fuerza, que por encima de las largas hileras de camiones llenos de los soldados que van al frente, por encima de los alaridos de las sirenas en la alarma, hasta de esos coches sanitarios que pasan a toda marcha con los heridos graves, ello era lo que nos hablaba con mayor dureza de que la guerra estaba encima, muy cerca de Bilbao.

Subí una mañana al Archanda. Desde donde estaba no se veía bien el casco urbano de Bilbao, que quedaba a mi espalda tapado por una colina de pinos. Sin embargo, la ría se deslizaba brillante al sol —que la hacía—, casi íntegra hasta la salida al mar. Lejona, Las Arenas, los campos de aviación de Lamiaco y Sondica se distinguían perfectamente. Un pastor, muchacho de unos catorce años, me explicaba los nombres de los montes que teníamos alrededor y la parte hacia donde estaba el enemigo detrás de ellos. Los soldados de Mola avanzaban entonces hacia Durango, después de haber conseguido repasar los altos de Urquiola y Ochandiano, que tan duras horas a lo largo de varios días y tan cuantiosas bajas les costaron.

—Detrás de aquel monte —me decía—, en el valle, está Durango. Mire un poco más hacia la izquierda. ¿Ve aquellas altiuras tan lejanas? De allí vienen los aviones que bombardean nuestros frentes. Cuando el aire corre hacia aquí, hasta se oyen las explosiones. Tiran mucho y seguido.

El muchacho era poco menos que un técnico militar. Percibía el zumbido de un motor, según luego pudo demostrarme, cuando ni remotamente nadie pudiera imaginarse su presencia. Sabía de dónde venían, hacia dónde tiraban, y hasta se atrevía a fijar el número de aparatos, un poco «groso modo»

Días después bordeaba yo carretera adelante aquellas alturas que se veían a lo lejos desde el Archanda. Con mis ojos, con todos mis sentidos —tan alerta cuando se está próximo a la línea de fuego—, pude calibrar cuál era el temple de los defensores de Euzkadi. Defendían su tierra como su propia carne. Con una entereza inimaginable se apretaban contra ella en los parapetos, de los que sólo la muerte les arrancaba. Allí estaban, en su puesto, cubriendo su puesto, hasta después de muertos.

Estad seguros que los éxitos parciales alcanzados por el enemigo, al precio que lo han sido, en tierra vasca, no constituyen más que el antecedente de su derrota. Como en Guadalajara, el frente norte de Madrid.


Vicente Salas Viu
Hora de España VI
Valencia, Junio 1937








1289. Más que a vanguardia

Dinamiteros especialistas en tiro con honda (Foto: Alberto y Segovia)


Se combatía intensamente en torno a Castralvo y sobre la carretera. Las fuerzas del interior de Teruel sostenían su defensa sin que el fuego hecho sobre la plaza por la artillería enemiga, ni las constantes pasadas de la aviación quebrantasen su brío. Perdido el Mansueto y ocupado Valdecebro, su situación se hacía ya insostenible.

Desde Valdecebro a Villaespesa; sobre la Muela, Santa Bárbara y el Mansueto; hacia la Galiana se extendía una línea ininterrumpida de fuego que envolvía el casco de Teruel. Iban tres días de luchar sin descanso en la batalla más grande que jamás se ha librado en esta guerra.

Las escuadrillas de bombardeo, en número extraordinario, incendiaban a un tiempo con sus bombas, el campo de los alrededores de la ciudad, donde más fuerte era el combate, Cerro Gordo, la Muela de Teruel y la de Villastar, la carretera de Sagunto, el Escanden y los pueblos de nuestra retaguardia. A veces se trababan en pelea los aparatos de caza de tina y otra parte; pero la aviación fascista era más numerosa y, a pesar de todo, aunque se le atacaba, podía mantener sin tregua sus bombardeos.

A lo largo de todo el frente, en una extensión de unos veinte kilómetros, se levantaba una humareda densa, como una barrera cerrada que hacía invisibles desde el observatorio a los que combatían. La tierra vibraba sacudida por las explosiones.

Aquella noche llegaron a primera línea los soldados de nuestras dos Brigadas. El 31 de diciembre, la 47 División había cortado en un brioso ataque el intento de ocupación de Teruel realizado por los fascistas en el sector sur de este frente. Con la reconquista de la Muela, hecha a punta de bayoneta, se les cerró el paso y en los combates que siguieron fracasó de una manera rotunda el total de su ofensiva por el sur. Poco más de un mes había transcurrido desde entonces y nuestros soldados volvían a enfrentarse con el enemigo para desbaratar los planes de su nueva ofensiva.

Desde la carretera de Sagunto, por donde llegaron hasta el frente, las fuerzas de la 47 División emprendieron la marcha hacia la derecha para situarse en las posiciones del sector norte.

Cerro Gordo está frente al Mansueto y a escasos kilómetros de él su cima es pelada, apenas si crece en ella algún que otro matojo, como ocurre en todos estos montes que rodean a Teruel; pero nada más que se inicia la pendiente hacia el llano, sus laderas se cubren de pinos. La abundancia y el verdor de estos, el suelo pedregoso, lo afilado del aire, todo recuerda a Navacerrada y a Balsain, parece el mismo paisaje; para los hombres de la 47 División, como si volviesen al escenario de las jornadas de Cabeza Grande, cuando avanzaron hasta los muros de La Granja.

Todo esto es muy hermoso y, si por un instante cediera el tiroteo y el resonar seguido de las explosiones, ¡qué gusto tenderse entre estos pinos bajo este sol tan suave! 

Pero ahora es muy otro su oficio. Bajo sus ramas se montan los fusiles, los tanques se disponen a iniciar la marcha, los soldados van presurosos de una parte a otra. La aviación fascista ronda en lo alto y con frecuencia las ráfagas perdidas vienen a estrellarse contra el suelo o a herir los troncos de los árboles.

Los momentos son graves. Hay que atajar, cualquiera que sea la cuantía del material que en ello emplee y el número de sus hombres, la ofensiva del enemigo, contenerla a las puertas de Teruel sin dejar que progrese desde allí ni un solo paso. Los fascistas han realizado extraordinarias concentraciones. La más importante en Valdecebro. Sin duda van a intentar una vez más, y con mayor cantidad de elementos, abrirse paso hacia el interior de la plaza rompiendo por el norte sus defensas. Las ametralladoras del Mansueto tiran sin descanso.

Nuestros soldados van a atacar Valdecebro para distraer las fuerzas del enemigo e impedir que las concentre contra los encerrados en la ciudad. El Segundo Batallón de la 69 Brigada es uno de los que tomarán parte en este ataque. El primero, que también estaba dispuesto, de momento queda de reserva y sus soldados al saberlo lloran de rabia.

La batalla se ha encendido de pronto, como una explosión inmensa, desde el sector norte a toda la línea. Se combate en todas partes con violencia espantosa. El enemigo pretende, al tiempo que caer al asalto sobre Teruel, que tiene cercado, romper nuestro frente por la parte de la carretera. Para provocar su derrumbamiento realiza un esfuerzo inimaginable. La artillería y la aviación materialmente deshacen los montes y el campo en una extensión de varias decenas de kilómetros.

Desde el Puesto de Mando, entre el borbollar constante de la fusilería y las ametralladoras, entre el humo de las explosiones, allí donde los pinos se pierden en el llano, se ve avanzar a nuestros hombres hacia el pueblo, o aguantar inmóviles, pegados al terreno, las nubes de metralla que caen sobre ellos.

La lucha tíene violentas alternativas, pero siempre el empuje de nuestros soldados, su tesón, les saca triunfantes de las duras pruebas. Desde esta altura se distingue todo el escenario de la batalla como sobre un tablero, y esa línea oscura, ondulante, que avanza, que retrocede y vuelve a avanzar son los hombres de la 47.

Hay un momento angustioso. Nos miramos unos a otros con desesperación. El jefe de Estado Mayor observa por el binocular, inmóvil, rígido. El teléfono se agita como nuestra sangre; circulan rápidas, tajantes, las órdenes. 

Sobre el campo, lentos, se despliegan los tanques, Pero el enemigo abre una barrera compacta de artillería frente a su avance, y un momento se advierte que titubean. Un instante nada más, en que todo vacila como si el mundo fuera a desplomarse.

Nuestra congoja se hace densa; parece agolparse dentro de nosotros la de todos los que allá abajo esperan de un golpe ser arrasados por la muerte.

Fué entonces cuando delante de los tanques se lanzó un soldado, un hombre que apenas se le veía como un punto sobre el campo, una parte de nada entre las explosiones, y cambió de raíz el sesgo del combate. En avalancha, como una sola, cerrada masa que nada puede detener su paso, que vence los hombres, los árboles, las piedras, que todo lo arrolla, nuestros tanques se volcaron sobre el enemigo, y tras ellos la infantería rebasó sus atrincheramientos. Fué un empuje brutal. Los fascistas huían alocados, en desbandada. Valdecebro comenzaba a ser evacuado, a pesar de que, teniendo la fortaleza que es el Mansueto a su espalda, podían prolongar larga y favorablemente su defensa. Una oleada de pánico sacudía las filas del contrario, como a las nuestras de coraje.

El enemigo desplazó gran parte de las fuerzas concentradas en los otros sectores hacia este, y en él se peleó durante todo el día. A la noche, nuestra línea quedaba firmemente establecida frente a Teruel y sus defensores rompieron el cerco que los aprisionaba logrando evacuar todo el material.

No sólo los fascistas habían visto fracasar su proyecto de asalto a la ciudad, sino el de abrirse paso entre nuestras filas y avanzar hacia el Escandón por la carretera. Las bajas sufridas en aquellos días de combate eran enormes, y, fracasado el último y más fuerte de sus intentos para prolongarla, su ofensiva quedaba paralizada de nuevo.

Del soldado de aquella hazaña no logró saberse el nombre. Tras de ella volvió a fundirse con sus demás compañeros. Se sabía, sí, que era uno de los muchachos del Segundo Batallón de la 69. Pero esto era lo de menos; igual pudo haber sido del Primero, de la 49, de cualquiera de los de la División. Su grandeza precisamente estribaba en esto, en haber encarnado en si a la División toda en las jomadas de fines de febrero en el frente de Teruel.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Hora de España
Valencia, Junio 1938









1279. Emérita en Palomera



Segaba la niña
y ataba,
y a cada manadita,
descansaba.
(Popular)


Cuenca es el lugar más apartado del mundo; lo está por leguas y leguas de tiempo y nada de lo que hoy es le llega. Aunque por Carretería cruzan los automóviles y se encienden los anuncios de los cines todo esto resbala sobre la ciudad, sin abrir brecha en su aislamiento. Al fin y al cabo, esta avenida «a la moderna», con asfalto y todo en las aceras, no tiene, otra función que la de ser el medio por donde Cuenca elimina lo nuevo que pugna por pegársele. 

Metiéndose ciudad adentro, cogido entre la maraña de sus calles y los cerros de junto al río, arranca el camino a Palomera. Antes de llegar a este pueblo, desviado de la carretera un buen trecho hacia la izquierda, está Molino de Palomera, rincón ya tan fuera del mundo que está detrás de Cuenca, defendido por ella de todos sus vaivenes.

Es una aldehuela de esas que pueden servir de ejemplo del tesón con que los españoles se agarran a la vida donde pueden y echan raíces en las propias rocas. Ni una sola de esas razones históricas o geográficas que por millares tienen clasificadas los urbanistas para justificar el origen de los pueblos valdría para ser la del suyo. Es cierto que en tiempos y en el arroyo tumultuoso que por allí pasa hacia el Júcar, hubo montada una máquina eléctrica, pero hacía tres o cuatro siglos que existía ya el pueblo como ahora sigue existiendo cuando de aquella máquina no quedan más que unos cuantos hierros mohosos. La gente se ha venido a vivir aquí tal vez porque no encontrara otro sitio donde hacerlo en más fiera lucha contra la naturaleza y contra todo.

Emérita nació en el Molino hace trece años. Como todos los niños que se crían entre estas breñas, estuvo al borde de la muerte a los pocos meses de su vida, pero —tan rubia y tan menuda como es—, salvó con suerte la barrera en que los demás suelen quedarse. Ella misma ha visto morir a los cinco hermanos suyos que vinieron después. Nadie sabe muy bien como esta criatura, tan delicada que parece, pudo burlar la terrible acechanza. Su madre dice: «¡Es tan lista!», y cree firmemente que fué su habilidad, lo despierta que es esta niña, quien la puso a salvo de la muerte, la hizo escurrirse de entre sus dedos.

Emérita es una trabajadora. Sabe hacer todo lo que se hace en el pueblo, hasta bollos de manteca; pero en lo que más se ocupa es en coser y bordar. Lo hace muy limpio, y su trabajo significa una gran ayuda a la casa cuando la madre baja al mercado y vende los paños que la chica deshila y puebla luego de esos monstruos que sólo ha visto en su fantasía: dragones de color naranja y color verde, pájaros con crestas descomunales, peces, matas de extrañas flores.

En los meses de invierno también va por los montes en busca de aliagas y tomillos para el fuego. Son pocos en la casa, el padre está en el campo y la madre al horno. Emérita es quien mejor puede hacer estas cosas y por eso a ella se le encargan.

De ir a los montes vecinos, de pasar por Palomera y las carreteras de alrededor, Emérita ha comprendido que es la guerra que sacude España, por qué los hombres luchan y contra quien se matan. En el Molino no saben mucho de esto y ni apenas se habla de ello. Están demasiado encerrados entre piedras, empedernidos en las mismas preocupaciones de siempre, para que les llegue nada de lo que sucede fuera. 

Emérita no puede hablar con nadie, y sólo meterse en cavilaciones sobre lo que en una y otra parte escucha. Pero una cosa se le está muy clara: que se han abierto ríos de sangre para que la gente no se seque entre matojos, se consuma en la agría cerrazón de aquellas sierras. 

El siete de agosto, Emérita hizo su hato y, como todos los días, bajó del Molino a Palomera, pero para no volver a la noche. Había siega abundante, faltaban brazos y estaba decidida a prestar los suyos.

Se apuntó en una de las cuadrillas y la pusieron para atar las mieses. El trabajo era duro, el sol muy fuerte. Emérita, a duras penas podía seguir al que segaba. Parecía como si los surcos crecieran interminablemente y cada vez fuesen más anchos y más blanda la tierra que los formaba. Sentía sus pies hundirse más hondo a cada nuevo paso; por momentos el peso de la fatiga redoblaba el de su cuerpo.

Hubo un instante en que temió no poder sostenerse ya más. Se sentía vencida, aplastada. Después de él ni volvió a sentir su cuerpo. No le dolían los brazos ni la espalda, las piernas ya no le flaqueaban al agacharse. Estaba segura de que lo mismo que pudo cumplir aquella jornada, después de que pasó aquel angustioso trance en que todas las fuerzas a la vez le huían, podría haber seguido empalmando el trabajo de un día al otro sin advertir el esfuerzo. Era como si alguien trabajase por ella. Maquinalmente cogía los haces; los ataba, de nuevo los tendía sobre la tierra y en nada parecía que interviniesen sus manos.

La cara vuelta hacia la tierra, encorvada en los surcos, Emérita sentía como una fuerza inmensa que la empujaba y sostenía en su trabajo. Los niños no volverían a perderse, como semilla que no pesa, al aire, ni los días huirían la sierra iguales de vacíos y de lánguidos. En el Molino, las ruinas de la fábrica serían la fábrica y todo se llenaría del ruido de las máquinas. Por los caminos, por muchos, muchos caminos que se entrecruzaban, iban los hombres afanosos, alegres de su trabajo. Sobre Palomera y el Molino, sobre Cuenca, sobre España se abría pródiga la victoria.

Abrazó el haz contra su pecho. Luego lo ataría. 


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Publicado en Hora de España, Valencia, Junio 1938









1274. La vocación y el deber




Al estallar la guerra le faltaban un par de asignaturas para acabar su carrera de médico. Pensaba sacarlas en septiembre y al invierno instalar una clínica con otro amigo en un barrio obrero. Llevaba ya algún tiempo ejerciendo y hasta contaba con clientela y todo para empezar.

Con la sublevación fascista todo había cambiado. Enrique Padrón se presentó voluntario y fué encargado con otros camaradas de organizar los primeros hospitales de guerra con que contaron las milicias. Después, ya constituido el Ejército regular, fué agregado a una de sus Brigadas.

La dureza de la guerra le había hecho más silencioso, más reconcentrado que lo fuera antes. Tenía fama de sombrío entre sus compañeros y, aunque jamás se le oyó una voz más alta que otra, las enfermeras sentían verdadero pánico a su supuesto malhumor y por nada del mundo se atreverían a cambiar con él la menor broma. Pero todo esto en realidad le rodeaba de un prestigio extraño que más que aislarle del resto de sus camaradas, hacía que se sintieran atraídos hacia él por no sé qué misteriosa fuerza. 

Habían corrido sobre Padrón mil historias disparatadas. De todas ellas lo único que quedaba de cierto, era que a la hora de las verdades, cuando en la destreza o en la rapidez de una intervención va la vida de un hombre, era un cirujano estupendo, de una habilidad increíble.

Fué en los días del ataque a Teruel, en uno de los más movidos de aquella batalla.

El puesto de socorro había sido trasladado dos veces desde la madrugada. Parecía como si alguien avisase a la artillería enemiga la situación exacta que ocupaba cada vez.

Ahora estaba en buen sitio. La cueva tenía encima un monte entero. Estaba abierta en la falda de la Muela y la mole de arena de ésta la resguardaba del luego contrario. En cuanto a la aviación, ya podía tirar lo que quisiera.

Había desaparecido la visión obsesionante entre los sacos terreros de aquel árbol solitario sobre la tierra roja, descamado por la metralla. Padrón podía ahora concentrar toda su atención en el trabajo. De fuera no llegaba más que el sonido apagado de las explosiones cercanas y algún que otro ramalazo de ametralladora. Parecía como si el silencio denso de dentro de la cueva se apretara también en su cerco para aislarla de todo. Por primera vez en aquellos días, Padrón se sentía un médico entre sus enfermos y nada más. No existía para él otra realidad que esta, y hasta la terrible presencia de la guerra se desvanecía de sus sentidos conforme su trabajo le absorbía.

Sobre la mesa tenía un herido en el vientre. Reconoció despacio la herida, que era grave. El muchacho apenas ya si se quejaba. Su respiración era lenta, fatigosa. Había que operarle allí mismo. Le quedaba muy poca vida, era estrechísimo el margen de tiempo en que intentar salvársela.

Cosió, ligó minuciosamente. El soldado resistía la operación, respondía bien a los estímulos con que se reanimaba su caída naturaleza.

La aviación bombardeaba recio y muy cerca. Caían las bombas todas a un tiempo y los muros de la cueva trepidaban sordamente con lo continuo de las explosiones.

—Ya están de vuelta esos... — dijo el ayudante entre dientes, arrastrando las palabras, cada vez más oscuras, como si poco a poco, por su peso se le hundieran en la garganta.

Hubo necesidad de volver a avanzar en aquella jornada el primer puesto de socorro. Quedaba demasiado lejos de las líneas; el número de los heridos era considerable. El propio Padrón ordenó el traslado a una chabola pegada a la carretera.

Seguía la pelea con el mismo brío de los primeros días, si es que no iba en aumento. Los fascistas contraatacaban con furia.

La humedad de la tierra, el aire que se metía por todas partes hacían el frío insoportable. Se quedaban los dedos rígidos, tiesos como de palo.

Fué dándose cuenta de ello poco a poco y tan blandamente como si se sumergiera en una pesadilla. Igual la realidad se fué apoderando de él, atrayéndole hacia sí. Estallaban los obuses cerca —a veces la metralla desgarraba los sacos terreros de la entrada—, y el aire estaba lleno de voces ahogadas, de jadeos.

Padrón fué comprendiendo todo esto que se le ofrecía entre la tensión de su trabajo en sensaciones desperdigadas, verdadero desbarajuste de trozos sueltos de una realidad incongruente. Algo grave había ocurrido allí en la línea inmediata. El ruido de la fusilería por momentos era más cercano. Sin embargo no era ocasión de atender a otra cosa que a quien sobre la mesa de cura, con la llamada viva de la sangre, reclamaba su ayuda. Pasara lo que pasase había que continuar. Y continuó.

El fuego se hizo intensísimo, un explosión continua llenaba el aire. Las paredes, el suelo de la cueva vibraban furiosamente. Padrón siguió allí frío, tranquilo, ocupándose de sus heridos. Lo hizo así hasta que la tierra, derrumbándose, les unió en una misma tumba.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Publicado en Hora de España, Valencia, Junio 1938