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2990. Machado en Soria

Mirador de los Cuatro Vientos


«Allá en 1907, fui destinado como catedrático a Soria. Soria es lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero que tanto papel juega en nuestra historia. Allí, entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli se produjo el monumento literario del Poema del Cid. Por si ello fuera poco, guardo de allí recuerdo de mi breve matrimonio con una mujer a la que adoré con pasión y que la muerte me arrebató al poco tiempo. Y viví y sentí aquel ambiente con toda intensidad.»


María Torres / 21 febrero 2020

Antonio Machado tiene 32 años cuando en mayo de 1907 llega por primera vez a Soria para tomar posesión de la Cátedra de Francés del Instituto, aunque su traslado definitivo se produce en octubre del mismo año. Goza de prestigio en los círculos literarios, y acaba de publicar Soledades. Galerías. Otros poemas.

Permanece en Soria durante cinco años, —ciudad de apenas siete mil habitantes— a la que define como «una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad». Escribe Campos de Castilla, su obra más importante, y se enamora y se casa con Leonor Izquierdo Cuevas, (hija de los dueños de la pensión en la que se aloja). Sufre en Soria la enfermedad y la muerte de Leonor el 1 de agosto de 1912. («Yo hubiera preferido morir mil veces a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya…») Ocho días después abandona la ciudad, a la que no regresaría hasta 1932, cuando el 5 de octubre se le rinde un homenaje y es nombrado hijo adoptivo: «Nada me debe Soria, creo yo, y si algo me debiera, sería muy poco en proporción a lo que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla, que es la manera más directa y mejor de sentir a España. Para aceptar tan desmedido homenaje sólo me anima esta consideración: El hijo adoptivo de vuestra ciudad ya hace muchos años que ha adoptado a Soria como su patria ideal».


Instituto Antonio Machado

El actual instituto Antonio Machado comenzó a construirse en 1585 bajo el mecenazgo de los jesuitas. Tras la expulsión de la orden el edificio fue utilizado como fábrica textil y durante la guerra de la independencia sirvió de cuartel y hospital para la tropa. Tras la contienda volvió a ser utilizado como centro educativo. En 1840 se produce la apertura como universidad de Santa Catalina, y más adelante pasa a ser el instituto de Soria.


Aula donde impartía sus clases Antonio Machado

«Soy hombre extraordinariamente sensible al lugar en que vivo: La geografía, las tradiciones, las costumbres de las poblaciones por donde paso, me impresionan profundamente y dejan huella en mi espíritu.»

Machado era un buen profesor, que trajo al instituto soriano los nuevos aires de la Institución Libre de Enseñanza, y al que los alumnos apodaban Cenicienta por sus trajes manchados de ceniza de cigarro, o Charlot por su andar de pies planos. Las calificaciones que otorgaba a sus alumnos al final de curso nunca eran inferiores a «Aprobado, aprobadillo y aprobadejo».


Busto de Antonio Machado en la Plaza del Vergel, al lado del instituto, obra de Pablo Serrano, donada en 1982

Escultura de Antonio Machado, situada en los soportales del Instituto, obra de Ricardo González

«En preguntar lo que sabes, el tiempo no has de perder... Y a preguntas sin respuesta ¿quién te podrá responder?»


Escultura de Leonor Izquierdo en la Plaza Mayor, junto a la puerta de Santa María la Mayor, donde contrajo matrimonio con Machado

«Si la felicidad es algo posible y real -lo que a veces pienso- yo la identifico mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer, cuyo recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu».

Machado manifestó su amor a Leonor con tres versos que dejó a la vista de ella: «Y la niña que yo quiero, / ¡ay! preferirá casarse / con un mocito barbero».

Casi dos años más tarde, a las diez de la mañana del 30 de julio de 1909 Antonio Machado se casa con Leonor Izquierdo en la iglesia de Nuestra Señora la Mayor. La madrina es la padre del poeta, Ana Ruiz, y el padrino el tío de Leonor, Gregorio Cuevas. Antonio tiene 34 años, Leonor, 15, la edad legal para contraer matrimonio con permiso paterno. Al finalizar la ceremonia un grupo de personas les increpan y se burlan de ellos aludiendo a la diferencia de edad. Para Machado, según escribió años más tarde, la ceremonia del matrimonio fue «un verdadero suplicio».


Iglesia de Santo Domingo, a la que acudía Antonio Machado y su esposa Leonor todos los domingos

«En Santo Domingo / la misa mayor /aunque me decíanhereje y masón / rezando contigo / ¡cuánta devoción!»


Casino Amistad Numancia

«Este hombre del casino provinciano / que vio a Carancha recibir un día,/ tiene mustia la tez, el pelo cano,/ ojos velados por melancolía;/ bajo el bigote gris, labios de hastío,/ y una triste expresión, que no es tristeza,/ sino algo más y menos: el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza.»

Antonio Machado ingresa como socio en el 
Círculo de la Amistad en 1908. Allí lee la prensa y participa en tertulias. El Casino Amistad Numancia, es el resultado de la unión en 1961 del Casino de Numancia y del Círculo de la Amistad. Situado en la céntrica calle El Collado, en su interior se encuentra la Casa de los Poetas, con un vestíbulo dedicado a Antonio Machado. En los soportales del exterior encontramos una escultura de Gerardo Diego.


Palacio de la Audiencia en la Plaza Mayor

«¡Soria fría, Soria pura, / “cabeza de Extremadura”, / con su castillo guerrero / arruinado, sobre el Duero; / con sus murallas roídas / y sus casas denegridas! / Muerta ciudad de señores, / soldados o cazadores; / de portales con escudos / de cien linajes hidalgos, / y de famélicos galgos, / de galgos flacos y agudos, / que pululan / por las sórdidas callejas / y a la medianoche ululan, / cuando graznan las cornejas! / ¡Soria fría! La campana / de la Audiencia da la una. / Soria, ciudad castellana, / ¡tan bella! bajo la luna.»


Busto de Antonio Machado en el Parador de Turismo de Soria, ubicado en el  Parque de El Castillo

«Cinco años en la tierra de Soria y para mi sagrada, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano...»


El Duero, el Monte de Santa Ana y la ermita de San Saturio

«Iba una y otra vez por las márgenes del río junto a los álamos dorados y trepaba por las quiebras del pedregoso monte para mejor contemplar desde su altura los campos pardos y cenicientos situados a los pies de las sierras violetas».

«¿Por qué, decidme, hacia los altos llanos /huye mi corazón de esta ribera, / y en mi tierra labradora y marinera / suspiro por los yermos castellanos? / Nadie elige su amor: llevóme un día / mi destino a los grises clavijares / donde ahuyenta al caer la nieve fría / las sombras de los muertos encinares / (...) Mi corazón está donde ha nacido, /no a la vida, al amor, cerca del Duero…»


Ermita del Mirón

El Paseo del Mirón hasta la Ermita era el recorrido diario de Antonio y Leonor cuando ella enferma de tuberculosis. Leonor apenas puede caminar y Machado manda construir un carrito para poder desplazarla que el mismo empuja.

«Camino de mirar. Mirón. Miradas / de antiguo amor a la ciudad dormida / que tiende sus blancuras, confiada / del viento a las caricias.»


El Olmo seco de Soria, al lado de la parroquia de Nuestra Señora del Espino, muy cerca de donde reposan los restos de Leonor

Machado escribe A un olmo seco poco antes de la muerte de Leonor.

En uno de sus paseos observa como del tronco de un viejo olmo muerto que reposa al lado de un camino, brota una rama nueva. Machado confía en el milagro de la vida y en que aún hay esperanzas de salvación para Leonor.

«Antes que te derribe, olmo del Duero. / con su hacha el leñador, y el carpintero/ te convierta en melena de campaña. / lanza de carro o yugo de carreta: / antes que rojo en el hogar, mañana./ ardas de alguna mísera caseta, / al borde de un camino; / antes que te descuaje un torbellino. / y tronche el soplo de las sierras blancas; / antes que el río hasta la mar te empuje/ por valles y barrancas, / olmo quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera.»


Tumba de Leonor Izquierdo en el cementerio del Espino

Leonor fallece el 1 de agosto de 1912. Sus restos están enterrados en el cementerio  del Espino, a pocos metros del Olmo seco. El poeta nunca volvió al cementerio tras el entierro y abandonó Soria una semana después roto de dolor por la pérdida de su esposa.

«Una noche de verano /estaba abierto el balcón / y la puerta de mi casa /la muerte en mi casa entró. / Se fue acercando a su lecho /—ni siquiera me miró— / con los dedos muy finos / algo muy tenue rompió. / Silenciosa y sin mirarme, / la muerte otra vez pasó / delante de mí. ¿Qué has hecho? / La muerte no respondió. / Mi niña quedó tranquila, / dolido mi corazón. / Ay, que lo que la muerte ha roto /era un hilo entre los dos.»


El Duero 

«Allá, en las tierras altas, / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, entre plomizos cerros / y manchas de raídos encinares, / mi corazón está vagando, en sueños... / ¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; dame / tu mano y paseemos. / Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos, / voy caminando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo.»






2221. Benito Pérez Galdós, republicano

Benito Pérez Galdós
(Las Palmas de Gran Canaria, 10 de mayo de 1843 - Madrid, 4 de enero de 1920)


Sr. D. Alfredo Vicenti

Mi querido amigo: Teniendo que ausentarme de Madrid, espero de su buena amistad que me preste su voz y su corazón para expresar a los republicanos de ese distrito lo que mi voz y el corazón mío no pueden hoy manifestarles. Lo primero es que de mi amor entrañable al pueblo de Madrid dan testimonio treinta y cinco años de trato espiritual con este noble vecindario. No necesito decir cuánto me enorgullece ostentar un lazo de parentesco ideal con el estado llano matritense, en quien, desde principio del pasado siglo, se vincularon el sentimiento liberal y la función directiva: lazo de parentesco también con las muchedumbres desvalidas y trabajadoras. La acción de éstas se ha manifestado en la Historia, como acreditan páginas inmortales; se manifiesta siempre en la vida común del pueblo, como atestiguan su tenaz lucha por la existencia y su constancia en el sufrimiento.

Diga usted también que he pasado del recogimiento del taller al libre ambiente de la plaza pública, no por gusto de ociosidad, sino por todo lo contrario. Abandono los caminos llanos y me lanzo a la cuesta penosa, movido de un sentimiento que en nuestra edad miserable y femenil es considerado como ridícula antigualla: el patriotismo. Hemos llegado a unos tiempos en que al hablar de patriotismo parece que sacamos de los museos o de los archivos históricos un arma vieja y enmohecida. No es así: ese sentimiento soberano lo encontramos a todas las horas en el corazón del pueblo, donde para bien nuestro existe y existirá siempre en toda su pujanza. Despreciemos las vanas modas que quieren mantenemos en una indolencia fatalista: restablezcamos los sublimes conceptos de Fe nacional. Amor patrio y Concordia pública, y sean nuevamente bandera de los seres viriles frente a los anémicos y encanijados.

Jamás iría yo adonde la política ha venido a ser, no ya un oficio, sino una carrerita de las más cómodas, fáciles y lucrativas, constituyendo una clase, o más bien un familión vivaracho y de buen apetito que nos conduce y pastorea como a un dócil rebaño. Voy a donde la política es función elemental del ciudadano con austeras obligaciones y ningún provecho, vida de abnegación sin más recompensa que los serenos goces que nos produce el cumplimiento del deber.

A los que me preguntan la razón de haberme acogido al ideal republicano, les doy esta sincera contestación: tiempo hacía que mis sentimientos monárquicos estaban amortiguados; se extinguieron absolutamente cuando la ley de Asociaciones planteó en pobres términos el capital problema español; cuándo vimos claramente que el régimen se obstinaba en fundamentar su existencia en la petrificación teocrática. Después de esto, que implicaba la cesión parcial de la soberanía, no quedaba ya ninguna esperanza. ¡Adiós ensueños de regeneración, adiós anhelos de laicismo y cultura! El término de aquella controversia sobre la ley Dávila fue condenamos a vivir adormecidos en el regazo frailuno, fue añadir a las innumerables tiranías que padecemos el aterrador caciquismo eclesiástico.

En aquella ocasión crítica sentí el horror al vacío, horror a la asfixia nacional, dentro del viejo castillo en que se nos quiere tapiar y encerrar para siempre, sin respiro ni horizonte. No había más remedio que echarse fuera en busca del aire libre, del derecho moderno, de la absoluta libertad de conciencia con sus naturales derivaciones, principio vital de los pueblos civilizados. Es ya una vergüenza no ser europeos más que por la geografía, por la ópera italiana y por el uso desenfrenado de los automóviles.

Al abandonar, ávido de aire y luz, el ahogado castillo, veo en toda la extensión del campo circundante las tiendas republicanas. Entro en ellas; soy recibido por sus moradores con simpatía como un combatiente más, y al mostrarles mi gratitud por su fraternal acogimiento, les digo.: ‘Sitiadores: agrandad vuestras tiendas, que tras de mí han de venir muchos más. Muchos vendrán conforme se vayan recobrando de la pereza y timidez que entumecen los ánimos. Las deserciones del campo monárquico no tendrán fin: los desaciertos de la oligarquía serán acicate contra la timidez; sus provocaciones, latigazos contra la pereza.

Vuestra legión, ya muy crecida, será tan grande que para rendir el castillo no necesitará emplear las armas. Triunfará con un arma más fuerte que la fuerza misma, con la lógica formidable, que siempre, en la debida sazón, engendra los derechos históricos’.

Para concluir, recomiendo al amigo otra manifestación que debe hacer en mi nombre. Ingreso en la falange republicana, reservándome la independencia en todo lo que no sea incompatible con las ideas esenciales de la forma de Gobierno que defendemos. Coadyuvaré en la magna obra con toda mi voluntad. No me arredra el trabajo. Cada cual tiene su forma personal de transmitir las ideas. La forma mía no es la palabra pronunciada, sino la palabra escrita, medio de corta eficacia, sin duda, en estas lides. Pero como no tengo otras armas, éstas ofrezco, y éstas pongo al servicio de nuestro país.

Identificado con mis dignísimos compañeros de candidatura, iré con ellos y con toda la inteligente y entusiasta masa del partido, a las batallas que hemos de sostener para levantar a esta nación sin ventura de la postración en que ha caído. Sin tregua combatiremos la barbarie clerical hasta desarmarla de sus viejas argucias; no descansaremos hasta desbravar y allanar el terreno en que debe cimentarse la enseñanza luminosa, con base científica, indispensable para la crianza de generaciones fecundas; haremos frente a los desafueros del ya desvergonzado caciquismo, a los desmanes de la arbitrariedad enmascarada de justicia, a las burlas que diariamente se hacen a nuestros derechos y franquicias a costa de tanta sangre arrebatadas al absolutismo. Y por fin acudiremos al socorro de la nacionalidad, si, como parecen anunciar los nubarrones internacionales, se viera en peligro de naufragio total o parcial, que nada está seguro en estos tiempos turbados, y en los más obscuros y tempestuosos que asoman por el horizonte. Salud a todos, y unión y firmeza.

De usted invariable amigo,

Benito Pérez Galdós,  Madrid 6 de abril de 1907
El Liberal y El País, 6 de abril de 1907


Galdós demócrata y republicano (escritos y discursos 1907-1913). Secretariado de publicaciones de la Universidad de La Laguna y el Cabildo Insular de Gran Canaria, 1982, (págs. 51-53)









2132. La religión de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno y Jugo
(Bilbao, 29 de septiembre de 1864 - Salamanca, 31 de diciembre de 1936)


«Me escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí con algunos que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: “Y bien, en resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?”. Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso -y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos- propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica. Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.

En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.

Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.

Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición esta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.

Y bien, se me dirá, “¿Cuál es tu religión?”. Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible o Incognoscible, como escriben los pedantes ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eternoignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

“Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues esta es mi religión.

Esos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. “No hay enfermedades, sino enfermos”, suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes éstos suelen ser tan intransigentes como aquéllos que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos. Cristiano protestante conozco que niega el que los unitarios sean cristianos.

Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.

Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón. Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.

Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero “quiero” saber. Lo quiero, y basta. Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.

No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura y cultura no es lo mismo que civilización de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: “¡No se debe pensar en eso!”; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: “Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó”. Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.

Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.

Para esta obra obra religiosa me ha sido menester, en pueblos como estos pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos.

Cuando he sentido un dolor, he gritado, y he gritado en público. Los salmos que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es poesía, poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso.

Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí hay, son mi religión, y mi religión cantada, y no expuesta lógica y razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinios y lógica, y método y exégesis, más que vida, en esos mis versos porque no hay en ellos faunos, dríades, silvanos, nenúfares, “absintios” (o sea ajenjos), ojos glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo, que no voy a tocarle el corazón con arcos de violín ni con martillo.

De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: “Y este señor, ¿qué es?”. Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.

Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: “Bueno; pero ¿qué soluciones traes?” Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento».


Miguel de Unamuno
Mi religión
Salamanca, 6 de noviembre de 1907