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2260. Nacimiento, vicisitudes y muerte de la Primera República Española

El 11 de febrero de 1873 se proclama en España la primera República. No triunfa el nuevo régimen merced a una revolución violenta, sino gracias a una pacífica votación parlamentaria.

En efecto, abdicado don Amadeo de Saboya en la noche del 10 de febrero, se reúnen al día siguiente el Senado y el Congreso, constituidos en Asamblea Nacional bajo la presidencia de don Nicolás María Rivero. Y tras aceptar la renuncia del monarca aprueban por 258 votos —a los que en días sucesivos se suman 70 más— contra 32 una proposición presentada por don Francisco Pi y Margall, que reza textualmente: «La Asamblea Nacional resume todos los poderes y declara la República como forma de gobierno de España, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de estaforma de gobierno. Se elegirá por nombramiento directo de las Cortes un poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las mismas Cortes.»

La resolución aprobada sorprende y desconcierta a muchos por cuanto en las Cortes — elegidas pocos meses antes— los republicanos no pasan de ser una minoría. Tiene razón indudable Ruiz Zorrilla cuando en plena Asamblea levanta su voz afirmando: «Protesto y protestaré, aunque me quede solo, contra aquellos diputados que habiendo venido al Congreso como monárquicos constitucionales se creen autorizados a tomar una determinación que de la noche a la mañana pueda hacer pasar a la nación de monárquica a republicana.»

A más de un siglo de distancia resulta difícil comprender hoy cómo una Asamblea Nacional en que predominan los elementos monárquicos resuelve proclamar la República. En su decisión influye, indudablemente, el prestigio personal y político de algunas figuras republicanas; pero tanto o más, la situación caótica en que se encuentra el país, arruinado por una guerra cubana que dura ya cinco años y otra carlista que asola las provincias del Norte sin que sea posible pensar —luego del fracaso de don Amadeo— en otra dinastía extranjera y cuando está demasiado reciente el reinado de Isabel II para intentar devolverla el trono, se ha desvanecido la candidatura de Montpensier luego de matar al infante don Enrique y el príncipe Alfonso es aún demasiado joven. La única salida posible es la República, aunque sólo sea para desacreditarla en el futuro en razón del fracaso inevitable que la espera. No puede triunfar y asentarse definituvamente en 1873. Lo saben de sobra tanto los diputados monárquicos que la votan en la Asamblea Nacional como las clases aristocráticas y conservadoras, amén de los militares —entre los cuales el nuevo régimen tienen escasos adeptos— que la reciben en un primer instante sin muestras ostensibles de protesta o resistencia. Dadas las condiciones imperantes en el momento de su proclamación será fatalmente un régimen de corta duración, puente de paso a otras situaciones en las que ya piensan seriamente muchos de los que contribuyeron a la revolución de 1868 y que ahora, sin la dirección certera y la voluntad firme del general Prim, se proponen desandar lo más rápidamente posible el camino recorrido desde entonces.

Es una jugada política hábil, no exenta de riesgos, pero que dará los frutos apetecidos por quienes la idean. Sería un milagro que la República pudiese mejorar la crítica situación económica —consecuencia en buena parte del 68, «el año del hambre» en que las cosechas se perdieron en toda Castilla— teniendo que sostener una guerra en Cuba, otra en el Norte y hacer frente a los excesos y demandas de internacionalistas y federales. Lo lógico es que el nuevo régimen se desangre y desacredite combatiendo a sus propios partidarios y que pronto a los ojos de una mayoría de españoles ansiosos de paz no haya otro camino de salvación que una restauración monárquica.

—De aquí saldremos con la República o muertos —dice con gesto grandilocuente y heroico don Estanislao Figueras arengando a las masas republicanas a las puertas del Congreso. Sale vivo y con la República. Pero el nuevo régimen está muerto en el momento mismo de nacer y lo que en realidad vota la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional es el solemne entierro de su cadáver. Las condiciones harto precarias en que nace la República se evidencian en la formación de su primer gobierno en el que, por imposiciones de la mayoría radical de la Asamblea, tienen superioridad los elementos abierta y declaradamente monárquicos. Si se designa a don Estanislao Figueras jefe del poder ejecutivo y con él ocupan puestos ministeriales Castelar, Pi y Margall y don Nicolás Salmerón, continúan en las mismas carteras que desempeñaban durante el reinado de don Amadeo, los señores Echegaray, Becerra, Fernández de Córdoba y Berenguer, aparte de don Francisco Salmerón que, aun simpatizando con la República, no ha dejado de ser monárquico. Y estos cinco caballeros ocupan, precisamente, los ministerios más importantes; es decir los de Hacienda, Guerra, Marina, Fomento y Ultramar. Al constituirse el gobierno se enfrenta con una situación que tiene mucho de desesperada. El déficit del Tesoro alcanza los 546 millones de pesetas —cantidad verdaderamente astronómica hace más de un siglo—; los pagos inmediatos e inaplazables ascienden a 153 millones y las disponibilidades no pasan de 32. Además, el Cuerpo de Artillería ha sido disuelto en el momento en que alcanzan su máxima virulencia las guerras cubana y carlista, para sostener las cuales no hay soldados ni armamentos suficientes, ni menos aun dinero con que alimentar a los primeros y adquirir el segundo. Por otro lado, la nación atraviesa una aguda crisis económica; en los años precedentes ha aumentado el paro forzoso entre los trabajadores agrícolas e incluso entre los industriales de Cataluña y Levante. A la amenaza del desempleo y el hambre, las organizaciones proletarias —la Federación Obrera Regional Española, adherida a la Primera Internacional, aunque ha sido disuelta oficialmente por Sagasta en el reinado de don Amadeo, tiene en este momento federaciones locales con 325 secciones de oficios y muchos miles de afiliados— responden con las huelgas, las marchas y las concentraciones de protesta, así como con la ocupación de las tierras abandonadas.

A todas estas dificultades, que en muchos momentos parecen insuperables, vienen a sumarse sin tardanza otras de carácter político o constitucional. De un lado está la acusación que muchos de sus integrantes lanzan contra la propia Asamblea Nacional de haber violado los artículos 110 y 111 del Código de 1869 a la sazón vigente; de otro, las maniobras de Cristino Martos que, colocado a la cabeza de la Asamblea, pretende luego de eliminar a Rivero, convertirse en árbitro de la situación, provocando crisis como la del 24 de febrero, dificultando las tareas del poder ejecutivo y poniendo toda clase de trabas a la disolución de la Asamblea Nacional y a la inmediata convocatoria de Cortes Constituyentes. No obstante tales obstáculos en las primeras semanas de existencia de la República se aprueban algunas leyes trascendentales. Aparte de una amplia amnistía que alcanza a todos los delitos políticos perpetrados hasta la fecha de su promulgación, se aprueba otra que establece la igualdad de todos los españoles en el servicio militar de la nación —aboliendo la llamada redención a metálico—, y sobre todo la desaparición de la esclavitud, decretada por la Asamblea el 22 de marzo de 1873. Se trata de un proyecto presentado por Ruiz Zorrilla en el último parlamento monárquico, pero cuya aprobación impidieron las maniobras de los negreros —y la palabra negrero tiene en este caso concreto su exacto y pristino significado de negociantes en carne humana. (A cualquier persona de mediana sensibilidad podrá parecer increible, pero es un hecho incuestionable que hasta hace poco más de un siglo la esclavitud tiene forma y estado legal en España y existencia efectiva, dolorosa y deprimente en las provincias ultramarinas que entonces dependen de la soberanía española. Un hecho vergonzoso y anticristiano al que pone término Castelar con un discurso grandilocuente: «¡Levantaos, esclavos, porque teneis Patria!».)

Disuelta la Asamblea Nacional y convocadas Cortes Constituyentes, hay una comisión permanente de diputados pertenecientes a la primera que ejerce funciones fiscalizadoras y críticas del poder ejecutivo hasta tanto se reúna la nueva Cámara. Como en el caso del primer gobierno de la República en esta Comisión o Diputación permanente existe una mayoría monárquica integrada por catorce radicales, un demócrata, dos alfonsinos —Esteban Collantes y Salaverría— y únicamente cinco federales, a los que se unen otros nueve representantes de la presidencia y vicepresidencia de la disuelta Asamblea.

Como consecuencia de ello, apenas transcurridos dos meses y medio de la proclamación de la República, se intenta ya, con acuerdo o complicidad de buena parte de los miembros de la Comisión, un golpe de estado para derribar al régimen. Mientras en el edificio del Congreso los miembros monárquicos de la Permanente atacan a fondo al poder ejecutivo, se reúnen en el palacio del duque de la Torre numerosos elementos civiles y militares. Entre ellos se encuentran, aparte del propio Serrano y del almirante Topete, los generales Marqués del Duero, Ros de Olano, Caballero de Rodas, Balmaseda, Letona y Baldrich. Al mismo tiempo y para intervenir violentamente en caso preciso, un batallón de la Milicia Monárquica — organizada durante el reinado de don Amadeo— toma posiciones en el Paseo del Prado y cuatro mil voluntarios más, perfectamente armados, se concentran en la plaza de la Independencia con el pretexto de pasar revista. Enterado de lo que sucede el gobernador civil de Madrid moviliza algunas fuerzas de la Guardia civil. El ministro de la Guerra, por su parte, tras nombrar capitán general de Madrid a don Baltasar Hidalgo, ordena que el brigadier Carmona con un batallón de infantería y algunas unidades de artillería y caballería, marche sobre los milicianos realistas. El golpe de estado preparado para el 23 de abril de 1873 fracasa apenas iniciado y el gobierno disuelve la Comisión Permanente del Congreso y los batallones que participan en la conjura.

A esta primera tentativa para acabar con la República apenas establecida no tardan en suceder otras muchas de los más diversos tipos y orígenes, sin olvidar en ningún momento las guerras heredadas del régimen anterior y que el nuevo no está en condiciones de resolver en los pocos meses que tiene de vida. Contra lo que se ha repetido hasta lograr convertirlo en tópico —tan falto de fundamento serio como la mayoría de los tópicos— a los políticos republicanos no les falta ni claridad de visión ni energía para llevar a feliz término sus proyectos. Desde la presidencia de las Constituyentes, Salmerón declara que «la Monarquía cayó porque era un régimen de pocos y nosotros tenemos que hacer una República para todos». Castelar la define como «no de escuela o partido, sino una República nacional, ajustada por su flexibilidad a las circunstancias; transigente con las creencias y costumbres que encuentre a su alrededor; sensata para no alarmar a ninguna clase y fuerte para realizar todas las reformas necesarias».

No queda todo esto en vanas manifestaciones teóricas. Lo prueba el propio Castelar cuando, luchando contra todas las dificultades imaginables, recluta en pocas semanas un ejército de ochenta mil hombres, armados y municionados gracias al ministro de Hacienda, Pedregal, que logra proporcionar para ello más de cien millones de pesetas. «Aquellos 80.000 hombres —afirma Morayta— según el testimonio de autoridades militares muy respetables y no afiliadas por cierto al partido republicano, habrían bastado, a no tomar las cosas al sesgo que tomaron, para concluir con los carlistas en unos cuantos meses». En cualquier caso, esta llamada «quinta de Castelar» resulta suficiente para que antes de concluir 1873 hayan desaparecido todos los cantones —con excepción del de Cartagena que todavía resiste un par de semanas más— se restablezca la disciplina en el Ejército y tengan que retroceder, batidos los partidarios de don Carlos.

También en el aspecto internacional prueban estos políticos su capacidad y energía. Siendo capitán general de Cuba con Joaquín Jovellar, los españoles apresan un buque calificado de pirata, el «Virginius», cuyos tripulantes, norteamericanos en su mayor parte, son fusilados tras el correspondiente consejo de guerra. (Es, desde luego, un incidente más grave del que será veinticinco años después la explosión a bordo del acorazado «Maine». Pero a las protestas americanas se contesta por parte del ministro de Estado, Carvajal, con tanta habilidad, inteligencia y firmeza, que el incidente queda zanjado sin ulteriores consecuencias.)

Si la República dura menos de once meses no cabe achacarlo a la falta de preparación, integridad o inteligencia de sus elementos rectores, sino a las circunstancias excepcionales porque atraviesa el país y muy especialmente a la inexistencia de las grandes masas populares que puedan sustentarla. Ya hemos señalado que esta primera República se proclama por una Asamblea Nacional donde los monárquicos están en abrumadora mayoría; también esa preponderancia se mantiene tanto en el primer gobierno del régimen como en la Diputación Permanente que sigue rigiendo hasta al fracasado golpe de estado del 23 de abril. Si en las Cortes Constituyentes, que se reúnen el de junio, los republicanos de las diversas tendencias ocupan las nueve décimas partes de los escaños, el hecho obedece a que tanto los radicales de Ruiz Zorrilla, como los constitucionales de Sagasta, los unionistas que antaño siguieron a O'Donnell y ahora se agrupan detrás del general Serrano y los alfonsinos acaudillados por Cánovas se abstienen de concurrir a las elecciones para entregarse con mayores bríos al trabajo conspirativo contra el régimen.

Teóricamente los republicanos pueden contar con el apoyo, no sólo de una parte considerable de la clase media, sino de la totalidad del proletariado. Sin embargo, la realidad no corresponde a estas esperanzas. Los trabajadores acogen con simpatía la República que significa un paso hacia adelante, pero que no constituye ya su meta de llegada. Conforme un diputado demócrata —republicano— dice en 1854, a los pueblos no les bastan los derechos políticos; quieren los sociales, que, aparte del salvaguardar su dignidad, les aseguren la subsistencia.

Salmerón expresa las mismas ideas hablando en las Constituyentes al afirmar que «la clase media apoyó a la Monarquía constitucional interesada en mantener las instituciones liberales como garantía de la desamortización». Para atraerse al proletariado, la República debe servir también sus anhelos económicos. Por desgracia, si ha extendido hasta los trabajadores el derecho político, «no ha hecho que el derecho político sirva de garantía a ningún interés social».

En el fondo de los movimientos cantonales late una fuerte protesta social que desborda elmarco de los problemas simplemente políticos y de los conceptos unitario y federalista de la República. Basta advertir, para comprenderlo, que en el cantón de Cádiz desempeña el papel fundamental Fermín Salvochea y que tanto Antoñete Gálvez como otros de los dirigentes del de Cartagena están fuertemente influidos por las ideas libertarias. En cuanto a la rebelión que tiene Alcoy por escenario, todo el mundo sabe que en esta ciudad alicantina tiene en estos momentos su primordial centro de acción.

Tras un período de suspensión de sesiones las Cortes Constituyentes vuelven a reunirse el 2 de enero de 1874. Se. pone a discusión la política seguida por Castelar durante los últimos meses y numerosos diputados le critican duramente que haya consagrado lo mejor de sus energías, no a destrozar a los enemigos directos del régimen que conspiran con toda impunidad sino a los federales que, interpretando a su manera la proclamación de la República Democrática Federal hecha por las propias Cortes Constituyentes, han podido excederse en sus entusiasmos. Castelar se defiende con habilidad y elocuencia. Cuando Rafael María de Labra le pregunta por qué no imita a don Amadeo de Saboya, marchándose antes de emplear la fuerza contra los mismos republicanos, contesta:

«Al monarca no le interesaba tanto España como a mí; él podía irse a otra tierra donde encontraría los huesos de sus padres; pero yo tengo que quedarme aquí, a morir si es preciso, para que no perezca en nuestras manos, en manos de los republicanos, la salud y la integridad de la Patria.»

Como Castelar desea no muere la patria en manos de los republicanos; es simplemente el régimen republicano el que perece a las pocas horas de pronunciar dichas frases el gran tributo. En efecto, aún están reunidas las Cortes en las primeras horas de la mañana del 3 de enero cuando irrumpen en el Congreso los soldados del general Pavía, capitán general de Madrid. con orden tajante de disolver el Parlamento incluso a tiros. Suenan unas descargas en los pasillos y en el mismo salón de sesiones y los diputados son expulsados a la fuerza. (Es prácticamente la muerte de la República, a manos de un general que muchos creen republicano y que sólo unas horas antes, hablando personalmente con Castelar, ha empeñado su palabra de honor de que «jamás, jamás» se sublevará.)

Ni entonces ni ahora están nada claras las razones que impulsan al. general Pavía. No faltan quienes suponen que actúa de acuerdo con Castelar —insinuación que éste rechaza con airada indignación— para sostener el gobierno a punto de ser derrotado —lo ha sido, en realidad, cuando intervienen las tropas— en las Cortes Constituyentes. Parece apoyar dicha especie que pocas horas después de haber desalojado los soldados el Congreso, un ayudante de Pavía busca a Castelar para pedirle que continúe en el poder, ofrecimiento que rechaza el tribuno republicano con una declaración tajante de ofendida dignididad:

«De la demagogia —dice— me separa mi conciencia; de la situación que acaban de plantear las bayonetas mi conciencia y mi honra.»

Tras el golpe de Pavía se constituye un poder ejecutivo que preside el general Serrano. ¿Con qué finalidad y significación? Tarda veintidós días en aclararlo de una manera oficial pero, según consta en la «Gaceta» del 25 de enero de 1874, se propone «mantener la Constitución de 1869, con la supresión del artículo borrado al abdicar don Amadeo de Saboya; conservar en la organización de los poderes la forma a la sazón establecida y recoger la dictadura votada al Ministerio Castelar, del cual se declara sucesor». Al mismo tiempo, publica un decreto disolviendo las Cortes de 1873, añadiéndole una coletilla asegurando que «el gobierno de la República convocará Cortes ordinarias tan luego como pueda funcionar el sufragio universal».

Oficialmente sigue en pie la República; en la práctica se trata de una ficción legal, de un régimen interino para dar paso a otro que no tenga el menor parecido con el derribado por el golpe de fuerza del 3 de enero. En efecto, ni en el gobierno presidido por Serrano, ni en los otros dos que bajo su tutela encabezan posteriormente Zabala y Sagasta participa ningún republicano conocido y sí varios destacados monárquicos. Es ya un régimen monárquico, aunque todavía falte por decidir la persona que ha de sentarse en el trono.

Pero esto también es un poco ficticio. Dadas las circunstancias, con la tercera guerra carlista en marcada curva descendente, no existe más que un candidato: Alfonso de Borbón y Borbón en quien su madre, Isabel II, ha abdicado sus derechos a la Corona. Investido de plenos poderes por la madre y el hijo, Cánovas puede hacer triunfar la Restauración sin ninguna dificultad en los meses que siguel al golpe de Pavía, aceptando cualquiera de los múltiples ofrecimientos de generales dispuestos a pronunciarse en favor del futuro Alfonso XII. El político conservador los rechaza todos porque prefiere que el nuevo rey no acceda al trono por medio de una sublevación militar, sino proclamado legalmente por unas Cortes que representen más o menos directamente la voluntad nacional.

Todo lo tiene perfectamente preparado en este sentido, contando con la aprobación y beneplácito de varios ministros —incluso del propio duque de la Torre, jefe indiscutido del régimen tradicional— cuando el 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos, puesto al frente de la brigada que manda el general Dabán, se pronuncia a un kilómetro de Sagunto en favor de Alfonso XII, restaurando la monarquía borbónica. Aunque sorprendido por el pronunciamiento, ya que espera que la restauración sea obra de las primeras Cortes que se convoquen, el gobierno que preside don Práxedes Mateo Sagasta —que ya ha sido ministro y presidente del Consejo con Prim y Amadeo de Saboya y volverá a serlo con Alfonso XII, la Regencia de doña María Cristina e incluso Alfonso XIII— no piensa oponerse seriamente a la intentona, pero procura salvar las apariencias. Ni siquiera esto consigue por cuanto en la noche del 30 de diciembre basta que don Fernando Primo de Rivera, capitán general de Madrid, se presente en el Palacio de Buenavista donde se encuentran reunidos los ministros, para que los gobernantes nominales le entreguen sumisamente un poder que en ningún momento se esfuerzan por defender.


Eduardo de Guzmán





1401. Partidos, mayoría y Democracia

¿Acaso la democracia es el predominio o el imperio de una clase, contra el resto de las clases y de los partidos políticos? (Nicolás Salmerón)


Recordamos a Nicolás Salmerón en el aniversario de su nacimiento. Con la llegada de la I República española fue ministro de Gracia y Justicia y el 13 de junio elegido Presidente de las Cortes Generales. Tras la dimisión de Pi y Margall, las Cortes Constituyentes le nombraron presidente del poder ejecutivo el día 18 de julio de 1873. Renunció al cargo mes y medio después de su nombramiento, alegando problemas de conciencia ante la firma de una condena a muerte. Catedrático de Historia Universal en la Universidad de Oviedo y de Metafísica en la Universidad de Madrid, además de estudioso de las teorías de Krause que inspiraron la Institución Libre de Enseñanza.





Discurso de Nicolás Salmerón ante las Cortes Constituyentes de la I República española el 13 de junio de 1873. 

Señores diputados constituyentes,

Tan difícil corro honroso el cargo que acabáis conferirme; jamás soñé alcanzarlo, porque nunca creí merecerlo, careciendo de la autoridad y condiciones personales necesarias para ocupar este altísimo sitial. Pero ya que vuestros votos aquí me han elevado estad seguros de que hasta donde mis fuerzas alcancen, en cuanto una voluntad firme e inquebrantable valga, habré de contribuir, con la autoridad que me habéis conferido, que juntos todos, sin divisiones, porque no debe haberlas cuando se trata de la salud de la patria y del honor de la República, cumplamos la misión que nos ha confiado el país, demostrando que los principios republicanos afirman el derecho y garantizan la paz de todos los españoles, y estableciendo una legalidad común que acabe para siempre con esa serie de reacciones y de revoluciones que trae perturbados los ánimos, y que tan hondamente ha quebrantado todos los intereses de la nación.

Permitidme, Sres. Diputados, por más que carezcan de autoridad personal, algunas reflexiones sobre la misión de las Cortes Constituyentes de la República española. Pensemos cuáles son las condiciones en que vienen a emprender su augusta obra, cuáles las dificultades que tienen que vencer, cuál el derrotero que la razón y el patriotismo de consuno les trazan, y cuál, por último, el fin seguro a que habrán de llegar, si en la justicia se inspiran.

Sois por plenitud de derecho los representantes de la nación española; es en vano que los enemigos de la República pretendan desconocer, ni amenguar siquiera, la soberana representación que habéis recibido por virtud de un llamamiento legal que el asentimiento unánime del país ha sancionado, y que los principios constitucionales imponían sobre la voluntad de todos los poderes y sobre los intereses de todos los partidos. Mas es lo cierto que, por una serie de circunstancias que todos debemos deplorar, y en que todas las parcialidades políticas tienen alguna parte, incluso nosotros (que es bueno decir toda la verdad, por más que la verdad amargue); es lo cierto, repito, que estas Cortes se componen, en su cuasi totalidad, de republicanos federales, y que faltan los representantes de otros intereses, de otras aspiraciones, parcialidades políticas enteras de las que han venido disputándose el imperio de España, y a quienes tanto debe la causa de la libertad y del progreso.

Por esto, si firmes y seguros con la representación que de derecho nos corresponde, tenemos que cumplir una misión más alta que la de servir y favorecer los intereses y las aspiraciones del partido republicano, es necesario que por nuestra conducta, por nuestras obras, por el bien que a nuestros adversarios mismos deparemos, lleguemos a ser de hecho, en la realidad, la representación genuina de la nación. Haced que las Cortes, que hasta ahora parecen la representación exclusiva del partido republicano federal, lleguen ser las Cortes de la nación española, y que las clases conservadoras tengan que agradecernos el haber amparado sus propios intereses tan bien como si aquí hubieran tenido una fuerte y poderosa representación: ¿qué misión mas santa, más augusta, se ha encomendado jamás a ningún partido político? 

Impórteos poco, Sres. Diputados, que se pueda decir que por virtud del retraimiento no tienen representación aquí las demás parcialidades políticas. Estad seguros de que, inspirándonos en los principios que siempre ha predicado la democracia española; de que siguiendo el camino iniciado por las minorías que han combatido desde aquellos bancos, nunca por el poder, siempre por el derecho, tendréis la representación de todo lo que vale, de todo lo que debe ponderar en la política de los pueblos libres; que en tanto vale, en cuanto a la razón y en la justicia se sustenta.

Pues bien, señores; ¿representa acaso la democracia el predominio o el imperio de una clase, de una parcialidad, en el organismo de las sociedades, contra el resto de las clases y de los partidos políticos? No, y mil veces no. La democracia no representa el predominio ni el imperio arbitrario de una clase, de un estado por numeroso que sea, sobre y contra los otros; no es el predominio ni el imperio del cuarto estado contra las clases que han venido abriendo el camino del progreso y de la civilización humana, y que por lo mismo han ejercido el poder.

Cierto es que la democracia trae el cuarto estado a la vida política, todavía desheredado en la esfera económica de aquellas condiciones sin las cuales no tiene el poder político el vigor interno que las fuerzas sociales le prestan; pero es cierto también que al traerlo a la vida política y social no es para que domine con exclusivo imperio, no es para que imponga servidumbre a las demás clases y a los demás partidos; es para que establezca, es para que consolide (y a nosotros nos toca esta misión) el reinado del derecho, bajo el cual todos alcancen la misma dignidad y puedan ejercer igual soberanía. Decid, si no, por qué los derechos de la personalidad humana son el evangelio de la democracia.

Esto es lo que en mi opinión, Sres. Diputados, la democracia representa. No teman, pues, las clases conservadoras el advenimiento del cuarto estado a la vida política; no teman la demanda de reformas sociales necesarias para ejercer el poder político; que si el recuerdo de su larga servidumbre a veces le exacerba el derecho que invoca, ni consiente venganzas, ni reclama violencias.

Si esto es así, Sres Diputados, aún cuando por el retraimiento aparezca que somos sólo Cortes que representan un partido político, podemos decir que bajo nuestra bandera, bajo nuestro principio, que es el derecho, no hay intereses, no hay elementos, no hay clases sociales que no tengan su legítima, su genuina representación; representación más alta, mas ilustre que la que pudieran alcanzar aquí por el órgano de los mismos interesados en mantener sus seculares privilegios. Señores Diputados, si esta misión habéis de cumplir, dadas las criticas circunstancias por las que atravesamos, en el aislamiento de los demás partidos, hasta del mismo que proclamó con nosotros la República; con la insurrección en numerosas provincias a nombre de principios que la justicia condena y que el progreso de los tiempos hace imposible; con la administración desquiciada, con el Tesoro exhausto de recursos, con la relajación de la disciplina en el ejército y un de todo vínculo de la autoridad, porque descoyuntada de todo punto ha encontrado a la sociedad española la República el día de su advenimiento, necesitáis armaros de una gran prudencia, de una gran serenidad de ánimo y de un gran dominio sobre vosotros mismos, de tal suerte que no lleguéis jamás a dar oídos a la pasión ni al interés de partido, y que podáis sobreponeros a lo que ha perdido aquí a todas las situaciones anteriores, a lo que ha acabado con la Monarquía, y a lo que de seguro, si prevaleciera acabaría con la República : al egoísmo.

Aprended, señores, como dice un vulgar refrán de nuestra lengua, a escarmentar en cabeza ajena; ved que se ha perdido la Monarquía, no tanto porque no contara aún en nuestra patria elementos todavía fuertes y poderosos, sino porque quisieron hacer que la Monarquía fuera y sirviera sólo para los dinásticos, desde el punto en que dejó de ser bandera de principios bajo la cual vivieran todos los españoles, la Monarquía se lizo imposible, y cavó por sí misma. Pues si nosotros pretendiéramos hacer la República sólo para los republicanos, sobre cometer un crimen terrible para el cual jamás podríamos esperar perdón de las generaciones presentes, ni pedir conmiseración a nuestra memoria de las generaciones futuras, mataríamos en el instante mismo la República. ¿Y bajo este espíritu exclusivo y egoísta, verdaderamente satánico, pretenderéis implantarla en España?

Es preciso, es indispensable que con la mano puesta sobre nuestra conciencia, y nuestra razón fija en el ideal eterno de la justicia, pensemos en hacer la República para España; que nos apresuremos a invitar, a excitar, y si necesario fuere, a rogar a todas las clases que ahora parecen fuera de la organización republicana, que vengan a cooperar con nosotros a un fin que no se encierra en los estrechos límites de un partido, sino que debe abrazar todos los ámbitos de la patria rejuvenecer nuestro espíritu para afirmar de una vez y definitivamente el imperio de la libertad.

Yo desde aquí, aunque poca autoridad mi voz alcance, he de decir también a las clases conservadoras, que acaso tengan menos estrechez de miras que los partidos políticos que las representan, que no solo no deben temer los principios que la democracia entraña, y cuya forma genuina es la República, pero ni siquiera los que trae consigo la organización federal.

Contra la división histórica que la jerarquía cerrada de las clases sociales ha venido durante largos siglos elaborando, nosotros no predicamos, nosotros no pretendemos: nosotros, por lo contrario, rechazamos con todas las fuerzas de un ánimo entero y varonil la disolución social que en algunas torpes y erradas tendencias se sostenga y propague; que si afirmamos como un principio fundamental de la sociedad humana la igualdad, no queremos la desorganización; antes bien, nosotros establecemos como principio el libre organismo de la igualdad humana, en el cual y bajo el cual caben todos los elementos sociales, por contrarios que sean, pudiendo todas las clases, por grande que sea el antagonismo que el interés y las preocupaciones hayan engendrado, venir a constituirse según los fines racionales humanos, que son los únicos que prestan savia y aliento a la civilización y pueden afirmar la definitiva armonía de las sociedades. Nosotros, es cierto, condenamos los privilegios históricos que ya nada absolutamente representan; mas no precisamente por odio ni aversión, sino porque los han condenado los tiempos, porque son títulos verdaderamente caducos. Lo que fuere, lo que deseamos, lo que afirmamos es que todas las fuerzas sociales libremente se organicen; las de arriba, las de abajo y las de en medio; que todos estos grandes, que todos estos nuevos organismos sociales constituidos, informen su espíritu en la Constitución democrática federal, de suerte que todos ellos de consumo, y en su peculiar representación, puedan alcanzar el poder, que hasta ahora se ha venido negando a los menos fuertes, a los más ínfimos, que son en cambio los que soportan el pesa de la vida.

Si de suyo exige la República federal tales organismos, presta con ellos también todas las condiciones que es posible pedir, y que con derecho pueden reclamarse, de la organización política del Estado para la resolución de todas las cuestiones sociales.

No olvidéis, Sres. Diputados, que no se puede pedir, que no se puede demandar que en una hora, que en un instante cambien las condiciones sociales de la vida de un pueblo; no penséis que tales reformas sean obra exclusiva de un partido. Todas las instituciones, todos los fines humanos necesitan cooperar para que se realicen y cumplan: si no, son obras efímeras que duran sólo lo que uno de esos fugaces relámpagos que cruzan en noche lóbrega y tormentosa por el horizonte. Las reformas sociales deben además atemperarse a las condiciones particulares, cuasi siempre locales, que, en medio de la complejidad de las circunstancias históricas de la vida de los pueblos, hacen que cambie el problema social de una región a otra, con ser el mismo el principio de justicia bajo el cual deba resolverse. Pues a estas exigencias únicamente puede satisfacerla organización democrático-federal.

El intento de cambiar las condiciones sociales cortando con la tajante revolucionaria todos los obstáculos que puedan oponerse, hace de todo punto insoluble el problema, tormentosos sus medios, estériles sus procedimientos, y aun inicuos sus resultados.

En cambio, si desde el Estado nacional hasta el Municipio se afirma la peculiar soberanía de los organismos políticos, y los organismos sociales se constituyen libremente según los fines humanos, entonces desaparece el despotismo de las reformas impuestas de arriba, y adquiere el derecho aquella flexibilidad que el progreso de la justicia exige.

En este sentido, pues, Sres. Diputados, valga decir desde lo alto de este sitio a las clases conservadoras que no teman que la República federal vaya a quebrantar la unidad de la patria, ni herir inicuamente los intereses que ellas representan. De ninguna suerte. Antes, por lo contrario, viene a preparar la suave pendiente que debe conducirnos a realizar las reformas sociales que el derecho del cuarto estado reclama, y que la justicia y hasta el buen sentido aconsejan a las clases conservadoras que se anticipen a otorgarle.

No quiero molestar por más tiempo vuestra atención, Sres. Diputados; voy a acabar: mas antes me habréis de permitir que os diga que es absolutamente indispensable, aún cuando se constituya una fuerte mayoría, aun cuando haya una minoría también fuerte y disciplinada, que todos, absolutamente todos, prestemos nuestro acatamiento, ofrezcamos el obsequio de nuestro voluntario respeto a los acuerdos de la Asamblea; que si no lo hacemos los republicanos, que si no lo hacemos los interesados en afirmar y consolidar el imperio de la República federal en España, ¿tendríamos derecho a esperar que lo prestaran nuestros adversarios, acaso apercibidos ya, si por nuestras discordias interiores nos destrozamos, para repartirse nuestros despojos y sepultar con oprobio el régimen democrático?

iEs necesario, Sres. Diputados, que la minoría se discipline en este sentido; que sepa que hay una Asamblea soberana por la voluntad del .pueblo, por la fuerza del derecho, por el asentimiento del país, y aun por el respeto de nuestros propios adversarios; y que, manteniendo la pureza indubitable de sus intenciones, mas templando su ardor y su impaciencia en los procedimientos , considere que más se han de ganar y conquistar las reformas con la razón y haciendo que la justicia llegue a prevalecer entre los hombres, que imponiéndolas por la fuerza.

¡Ah, Sres. Diputados! ¡Qué poco vale la fuerza en el mundo! Por más que aparezca ante el juicio grosero de ciertas gentes que la fuerza es lo único que impera en las sociedades, porque avasalla a los individuos y a los pueblos, la verdad es que la fuerza sólo sirve para a cosa, para derribar los obstáculos que se oponen en el camino de la civilización; que sólo se consolidan, sólo se afirman en la vida de los pueblos, que por algo es el hombre un ser racional, aquellas obras que se fundan en los eternos principios de la razón y que sirven a los fines divinos de la justicia.

Es, pues de todo punto indispensable que la minoría preste ese gran servicio; y, crea en la palabra de un amigo verdaderamente desinteresado, tanto mas ganarán sus propias ideas cuanto más fíe a la moderación y menos a la impaciencia.

Por su parte la mayoría, aunque se sienta fuerte por el número y enaltecida por la representación que la está encomendada fura de su propio partido, sabrá mantener aquella moderación y prudencia necesarias para demostrar que no se vence a las minorías con la fuerza de los votos, sino primero y principalmente por la fuerza de la razón de las ideas. Y si no, recordad que ha poco existía una Asamblea en la cual era muy corto el número de republicanos, y por la fuerza de las ideas, por esa virtud verdaderamente divina que poseen, venció aquel pequeño número a una inmensa mayoría en tres batallas consecutivas. Consecuencia de ellas es esta Cámara Constituyente, a la cual saludo, esperando que sepa servir al alto fin que la patria le ha encomendado.









1314. Anuncio de la proclamacion de la Primera República española.

"Vacante el trono por renuncia de d. Amadeo de Saboya, el Congreso y el Senado, constituidos en las Cortes Soberanas, han reasumido todos los poderes y proclamado la república.

A consolidarla y darle prestigio han de dirigirse ahora los esfuerzos de todas las Autoridades que de este Ministerio dependen. Se ha establecido sin sangre, sin convulsiones, sin la más pequeña alteración del orden y sin disturbios conviene que se le sostenga, para que acaben de desengañarse los que la consideraban como inseparable de la anarquía.

Orden, Libertad y Justicia: Este es el tema de la República. Se contrariarían sus fines si no se respetara y se hiciera respetar el derecho de todos los ciudadanos, no se corrigieran con mano firme todos los abusos y no se doblegara al saludable eje de la Ley en todos los terrenos. Se le contrariaría también, si no se dejara amplia y absoluta libertad a las manifestaciones del pensamiento y de la conciencia; si se violara el más pequeño de los derechos consignados en el Título 1 de la Constitución de 1869. No se les contrariaría menos, si por debilidad se dejara salir fuera de la órbita de la Ley a alguno de los partidos en que está dividida la nación española. Conviene no olvidar que la insurrección deja de ser un derecho desde el momento en que, universal el sufragio, sin condiciones la libertad, y sin el límite de la autoridad real la soberanía del pueblo, toda idea puede difundirse y realizarse sin necesidad de apelar al bárbaro recurso de las armas.

Se han de reunir las Cortes Constituyentes que vengan a dar organización y forma a la República; no se repetirán en los próximos comicios las ilegalidades de otros tiempos. No se cometerán ya las coacciones, los manejos, las violencias y los fraudes que tanto falsearon las otras elecciones; no quedará sin castigo el que las cometa Sin un gran respeto a la Ley sería la República un desengaño más para los pueblos y los que componen el Comité Ejecutivo no hemos de defraudarles ni consentir que se les defraude la última esperanza."


Circular del Ministerio de la Gobernación a todos los gobernadores de provincias.

14 de febrero de 1873









1308. La Revolución de 1873. Recuerdos

La madrugada del 10 de Febrero tuvieron los jefes del partido federal noticia de estar decidido Amadeo de Saboya a renunciar a la corona. Reuniéronse en las primeras horas de la mañana y se dirigieron á la Presidencia del Consejo de Ministros para encarecer la necesidad de sustituir la monarquía con la República. Mal humorado y peor dispuesto encontraron al Sr. Ruiz Zorrilla, que parecía abrigar aun la esperanza de que desistiera el Rey de su propósito y en el caso de que el Rey no desistiera, quería establecer un gobierno provisional como el de 1868. Pasaron después al ministerio de la Guerra, y, contra lo que esperaban, oyeron de labios del general Córdoba que la República se imponía, pues no era posible elegir nuevo Rey después del fracaso de la monarquía democrática, sobre todo, cuando no había en España ni fuera de España príncipe a quien volver los ojos.

El ánimo del Gobierno era no parecer aquel día en las Cortes, y dar, como suele decirse, tiempo al tiempo, con el fin de acomodar a sus propósitos los acontecimientos. No lo consintieron los jefes del partido federal; y en cuanto se abrió la sesión del Congreso encargaron a los que tenían presentadas proposiciones de ley que las defendiesen lo más largamente que pudieran hasta que se presentase algún ministro a quien cupiera dirigir preguntas sobre la gravísima crisis por que la nación pasaba.

Horas transcurrieron sin que el Gobierno pareciese; mas en cuanto le supo el Sr. Figueras en el Palacio del Congreso, pidió la palabra y la usó quejándose amargamente de que no estuvieran presentes los ministros, cosa que no había sucedido ni aun cuando se trataba de insignificantes cambios de gabinete. Tan enérgica y ruda fue la queja, que parecieron como por encanto los ministros todos, y el Sr. Ruiz Zorrilla se limitó a escudarse con que nada ocurría oficialmente, pues ni había venido la renuncia del Rey a las Cortes ni estaba siquiera en las manos del Gobierno. Queriendo o no, declaró, sin embargo, que Amadeo estaba irrevocablemente resuelto a presentarla, con lo cual dio lugar a que se tuviera por existente la crisis, por imposible todo arrepentimiento del monarca y por absolutamente necesario poner al abrigo de todo riesgo la libertad y el orden.

Pidióse que se declarase el Congreso en sesión permanente; y el Sr. Figueras de tal modo lo defendió y con tal firmeza y habilidad rechazó los argumentos que en contra se le hizo, que consiguió hacerlo prevalecer, a pesar de la resistencia del señor Ruiz Zorrilla, el más tenaz de los ministros en combatirlo.

Logróse con esto, no sólo hacer imposible que Amadeo retrocediera, sino también precipitar los acontecimientos, pues no podía ya consentir Amadeo que se prolongase situación tan difícil y tan expuesta a que, soliviantadas las pasiones, se alzase en armas el pueblo. Reanudóse la sesión a las tres de la tarde del día 11, y no recordamos haber presenciado sesión más solemne.

Se empezó leyendo la abdicación del rey por sí y por sus hijos, y, después de leída y oída con profundo silencio, el Sr. Rivero, Presidente del Congreso, propuso que se reunieran en una las dos Cámaras, puesto que en las dos estaba la soberanía de la Nación, y al efecto se dirigiera un mensaje al Senado. Minutos después entraba en el Congreso el Senado precedido de sus maceros, y los Presidentes de los dos cuerpos se dirigían las siguientes palabras. El Presidente del Senado: «Sr. Presidente del Congreso, el Senado español, en virtud del acuerdo que acaba de tomar, viene aquí a formar una sola Asamblea ante las necesidades de la patria.» El Presidente del Congreso: «Señores senadores, tomad asiento para que constituyan los dos cuerpos las Cortes soberanas de la Nación. El espectáculo era imponente, los senadores se sentaban mudos entre los diputados como poseídos de la honda emoción que embargaba todos los ánimos.

Se leyó por segunda vez la renuncia de Amadeo, se la aceptó junto con la del Gobierno, se nombró la Comisión que debía contestar al mensaje del rey, y á poco se leía un bello y cortés documento, que se debía á la pluma del Sr. Castelar y era vivo reflejo de nuestra proverbial hidalguía. Documentos son harto conocidos para que aquí los transcribamos. Fueron dignos el uno del otro, y ambos produjeron gran sensación, así en los representantes del pueblo, como en los espectadores de las tribunas, entre los cuales figuraban casi todos los ministros de las demás naciones. Nombróse una Comisión para que entregara a Amadeo el mensaje de las Cortes, y otra para que le acompañase hasta la frontera, y poco después se leía la siguiente proposición de ley:

«La Asamblea Nacional reasume todos los poderes y declara como forma de gobierno de la Nación la República, dejando su organización a las Cortes Constituyentes. Se procederá, desde luego, al nombramiento directo de un Poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las Cortes.»

A pesar de tratarse de un cambio tan radical en nuestras instituciones, no dió la proposición lugar a rudos ni acalorados debates; los más acérrimos enemigos de la República doblaban la cabeza ante la inexorable ley de las circunstancias, y se circunscribían a salvar sus opiniones o manifestar el temor de que no correspondiera la nueva forma de gobierno a las esperanzas de los que con tanto calor la habían defendido y estaban llamados a regirla. Eran sosegados y patrióticos, así los discursos de los que defendían la proposición, como las breves arengas de los que las combatían, y la discusión llevaba todo aquel sello de majestad que desde un principio caracterizó sesión tan grandiosa.

Vino desgraciadamente a turbarla el Sr. Ruiz Zorrilla afectando temores que de seguro no abrigaba. «Vengo, dijo, no con el fin de terciar en el debate, sino con el de anunciar el peligro que se corre con no haber sustituido a los ministros del rey por otros ministros. No hay ya Gobierno que responda de lo que pueda acontecer en Madrid y en las provincias, puesto que lo constituíamos mis compañeros y yo y se nos aceptó la renuncia.»

Luego de aprobada la proposición sobre la forma de gobierno, se había de elegir un poder ejecutivo; dentro de una o dos horas, cuando más, había de quedar nombrado; la pretensión del Sr. Ruiz Zorrilla era, sobre intempestiva, malévola. En vano contestó el Sr. Rivero que él respondía del orden de Madrid y en toda España contando con la cooperación de los ministros dimitentes; el Sr. Ruiz Zorrilla insistió en su loca pretensión a pesar de las interrupciones de sus propios amigos, que no podían menos de mirar con enojo que por tales medios se interrumpiera el curso regular de los debates y se dificultara la constitución de ese mismo poder que tan necesario se consideraba para la conservación del orden. Propuso el Sr. Rivero a la Asamblea la reintegración de los últimos ministros del rey en las funciones de gobierno; y, como el Sr. Ruiz Zorrilla pidiera la palabra con airado acento, hubo nuevas interrupciones y murmullos y se puso en pie gran número de representantes.

Dejóse llevar entonces de sus ímpetus el señor Rivero, y con voz imperiosa y firme: «Señores ministros, dijo, en nombre de la patria, en nombre de la Asamblea Nacional, os mando que bajéis á vuestro banco y ejerzáis las funciones que como gobierno os corresponden.» Pidió la palabra el Sr. Martos, y el Sr. Rivero, con voz de trueno, repuso: «No hay palabra. En nombre de la Asamblea, y para robustecer la autoridad del presidente, exijo que los anteriores ministros obedezcan y pasen a ocupar el banco.»

Estas palabras, a no dudarlo imprudentes, torcieron, como no puede imaginar el lector, la marcha de los acontecimientos. ¿Quién ha investido de la dictadura al presidente? preguntó un diputado; y el Sr. Martos, que no dejó de pedir la palabra hasta que se la concedieron, pronunció un discurso tan breve como enérgico, que acabó con la autoridad del Sr. Rivero. «Hablo, dijo, después de una resistencia indebida, que hubiera valido más que no se mostrase, porque no está bien que contra la voluntad de nadie parezca que empiezan las formas de la tiranía cuando acaba la monarquía y amanece la República.» Tan herido se sintió el Sr. Rivero, que abandonó su sillón y lo dejó al presidente del Senado.

¡Incidente funesto! ¡Hora aciaga! Continuaron los debates sobre la forma de gobierno; pero ya lánguidos y sin aquella serenidad con que empezaron. Fue aprobada la proposición por 258 votos contra 32, y quedó proclamada la República. Hubo de nombrarse  continuación el Poder ejecutivo, y aquí fue donde empezó á sentirse la influencia del malhadado incidente.

La proclamación de la República se debía principalmente a los Sres. Rivero y Figueras. El Sr. Rivero la venía preparando desde muchos meses, convencido como estaba de que a la corta o a la larga había de entregarse Amadeo a los conservadores y atajar los pasos de la revolución de Septiembre. La constitución del futuro Gobierno de la República estaba también resuelta de antemano. El Sr. Rivero había de ser presidente del Poder ejecutivo y el señor Figueras presidente de la Asamblea. Gracias al incidente del Sr. Zorrilla y a la irritabilidad del Sr. Rivero, que herido en su amor propio se negó a todo acomodamiento, pasó el Sr. Figueras a presidir el Poder ejecutivo y el Sr. Martos a presidir la Asamblea. Trece días después, el Sr. Martos, prevaliéndose del cargo que ocupaba, fraguó contra el Gobierno una conspiración que no surtió efecto merced a su debilidad y a la energía de los ministros federales. Habían entrado a formar parte del Gobierno hombres importantes del partido radical, y en ellos encontró apoyo el Sr. Martos para su conjura. Podrán ser buenas las coaliciones para destruir; para construir son pésimas.


Francisco Pi y Margall, 
El Nuevo Régimen. Semanario federal *


* Fundado y dirigido por Francisco Pi y Margall,  fue el órgano del Consejo Federal del Partido Republicano Federal y comenzó a publicarse el 17 de enero de 1891 y dejó de publicarse en 1930. Se puede consultar los ejemplares en la Hemeroteca digital de la BNE.




1202. Recordando a Francesc Pí y Margall

«¡Ah, pobre pueblo! ¿Dónde están ya tus jefes? Tiende una mirada a tu alrededor: estás casi aislado, solo. Tus ídolos se han postrado a los pies de otra divinidad: el oro»(Francesc Pí y Margall)


Recordamos a Francesc Pí y Margall,  (Barcelona, 20 de abril de 1824 - Madrid, 29 de noviembre de 1901, Madrid), Ministro de Gobernación y Presidente de la Primera República española.  


«Piden, hoy los jornaleros que se les reduzca las horas de trabajo. Quieren que se les fijen en ocho al día. No nos parecen exageradas sus pretensiones. No se trabaja mas en buen número de industrias. Tampoco en las oficinas del Estado. Sobre que, según laboriosos estudios, no permite más el desgaste de fuerzas que el trabajo ocasiona.

Más ¿es el Estado el que ha de satisfacer estas pretensiones? En la individualista Inglaterra empezó por limitar el trabajo de los niños y las mujeres y acabó por limitar el de los adultos. Dio primero la ley de las diez horas, más tarde la de las nueve. No a tontas ni a locas, sino después de largos y borrascosos debates en la prensa y el Parlamento. Siguió en Francia el ejemplo apenas estalló la revolución de 1848.

El trabajo es la vida de las naciones. No vemos por qué no ha de poder librarlo de los vicios interiores que lo debiliten o lo perturben el que lo escudó por sus aranceles contra la concurrencia de los extranjeros. ¿No es acaso de interés general que excesivos trabajos no agoten prematuramente las fuerzas del obrero? ¿No lo es evitar esas cada día más frecuentes y numerosas huelgas que paralizan la producción, cuando no dan margen a sangrientos conflictos?

Ni acertamos a explicarnos por qué se ha de tener reparo en fijar las horas de trabajo para los adultos y no fijarlas para las mujeres y los niños. Se las fija para los niños y mujeres pasando por encima de la potestad del padre y la autoridad del marido; y ¿no se las ha de poder fijar para los adultos pasando por encima del bien o mal entendido interés del propietario? Dadas las condiciones industriales bajo las que vivimos, el adulto no necesita de menos protección que la mujer y el niño. Es en la lucha con el capital lo que la caña al ciclón, la arista al viento.

El Estado, aun considerándose incompetente para la determinación de las horas de trabajo, podría hacer mucho en pro de los obreros con sólo establecer el máximun de las ocho horas en cuantos servicios y obras de él dependen. Tarde o temprano habrían de aceptar la reforma los dueños de minas, de campos, de talleres , de fábricas.

Falta ahora decir que esta reforma exige otras no menos importantes. Si de las diez y seis horas de ocio no invirtiese algunas el jornalero en su educación y cultura, se degradaría y envilecería en vez de dignificarse y elevarse. Se entregaría fácilmente a vicios que desgastarían sus fuerzas con mayor intensidad y rapidez que el trabajo. Para impedirlo es necesario crear en todas partes escuelas de adultos, sobre todo, escuelas donde oral y experimentalmente se explique las ciencias de inmediata aplicación a las artes y los fenómenos de la Naturaleza que más contribuyen a mantener la superstición y el fanatismo; escuelas que podrían ya existir hoy si empleásemos en lo útil lo que gastamos en lo superfluo.

La educación y la enseñanza de las clases trabajadoras deberían haber sido hace tiempo la preferente atención, no sólo del Estado, sino también de las Diputaciones de provincia y los Ayuntamientos. De esa educación y de esa enseñanza depende que sea regular o anómalo el curso de la revolución que ahora se inicia por la modesta solicitud de que se reduzca las horas de trabajo. Podrán venir días tristes para la Nación, como no nos apresuremos a llevar luz a la inteligencia de esos hombres y no les abramos los fáciles senderos por donde puedan llegar sin dolorosas catástrofes al logro de sus más lejanas aspiraciones y sus más recónditos deseos.

¿Nos creéis, entonces, se nos dirá, próximos a una revolución social de la que no es sino un proemio la pretensión de que se limite las horas de trabajo ? Ciego ha de ser el que no lo vea. En todos los monumentos de la vecina Francia, inclusas las iglesias está esculpida en grandes caracteres la trinidad moderna, algo más inteligible que la de Platón y los teólogos: libertad, igualdad, fraternidad . Conseguida la libertad, empieza la revolución por la igualdad y hace sentir ya del uno al otro confín de Europa la alterada voz de sus muchedumbres y el rumor de sus armas. ¿ Hará esta revolución pasar a los pueblos por las mismas convulsiones que la política?»


Francisco Pí y Margall
Presidente de la República: «Comunicado sobre la reducción de las horas de trabajo», 1873