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Víctimas y victimarios

 

Arturo Torres Barranco en tiempos de la República

Me enteré de que mi abuelo había estado en la cárcel cuando tenía siete años. Por aquella época yo no sabía nada de la Guerra, la represión, ni del infame que meció ambas por el camino del desamparo y la tragedia.

 

Soy nieta de un republicano español, un represaliado por el franquismo. Tal vez por ello la lucha de tantas víctimas y familiares de éstas en cualquier lugar del mundo me resulta tan dolorosa y cercana.

 

Yo también soy una víctima, repleta de cicatrices en la piel de la memoria, porque los nietos nos hemos encontrado con un silencio heredado y con la falta de información necesaria a nivel institucional y familiar para asimilar y digerir el trauma. Mi padre también fue una víctima que aprendió del suyo los silencios, a no hacer preguntas, a reprimir emociones y padeció la desgraciada infancia y el sufrimiento de un niño de la Guerra y de la posterior dictadura.

 

Existe un denominador común inherente a todos los golpes militares: terror y muerte, desaparecidos, ausencia de derechos humanos, ausencia de Justicia. La dramática historia del Estado español y de sus ciudadanos desde el golpe de estado de 1936 es tan contundente que no puede ni debe ignorarse. Quienes perdieron la vida sufrieron todas las negaciones por parte del sistema represivo. Negaron su detención, su tortura, su asesinato. Ya advirtió el poeta visionario León Felipe que "detrás de Franco llegarían los enterradores y los arqueólogos".

 

Pero como en gran parte de las familias de “este país de todos los demonios”, cuento entre mis ancestros con un victimario y cuando fui conocedora de ello quise saber y recordé las palabras de Jean Jaurès: "El coraje es buscar la verdad y decirla."

 

 

Arturo

 

Mi abuelo Arturo nació en Torrubia del Campo, un pequeño pueblo de Cuenca. Era labrador, propietario de unas tierras, una galera y una pareja de mulas. Trabajaba de sol a sol y tenía muchas inquietudes políticas. Con la llegada de la República ocupó el cargo de Recaudador del Impuesto de Utilidades y Consumos. En las elecciones de febrero de 1936 apoyó al Frente Popular y tras la victoria de éste fundó en su municipio el partido de Izquierda Republicana.

 

Por testimonios que he podido leer en su expediente judicial, mi abuelo pasó los años de Guerra ayudando tanto a personas de derechas como de izquierdas y haciendo cuanto pudo para favorecer, amparar y aliviar la situación en que se encontraban unos y otros. Pero hay un hecho que marca su futuro. El 7 de diciembre de 1937 fueron detenidas tres personas en el pueblo por la Brigada Roja. Parece ser que desde Madrid se pidieron informes de estas personas a Izquierda Republicana y que mi abuelo firmó los mismos, como así lo ratifica en su declaración posterior al Auditor de Guerra, manifestando que no se arrepentía de haberlo hecho.


En la mañana del viernes 1 de septiembre de 1939, a la misma hora que Alemania invadía Polonia dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial, fue detenido por falangistas de la localidad. Ese día cumplía 44 años y como tantos otros defensores de la República pasaba a engrosar el catálogo franquista de destrucción humana.

 

Cinco días después se cursa denuncia  contra mi abuelo por parte de Eugenio Espada, Ceferino Martínez e Isidro Barranco. Este último tío de mi abuelo, que posteriormente se desdice de la misma. El 9 de febrero de 1940, Eugenio Espada, conocido como “El Cojo Tramillones”, vuelve a ejecutar la denuncia esta vez en el marco de la Causa General, el gran sumario franquista para depurar responsabilidades políticas por las actuaciones de personas e instituciones republicanas durante la Guerra. Este individuo era un delator ejemplar que llenó la Causa General de denuncias hacia sus vecinos. Posiblemente esto le sirvió para conseguir dos puestos del Ayuntamiento, el de cartero y el de guarda del término municipal.

 

La Auditoria de Guerra franquista procede a instruir un sumarísimo de urgencia. Ser republicano, tener ideología de izquierdas y haber fundado I.R. en una pequeña localidad era más que suficiente para que a mi abuelo le imputaran un delito de auxilio a la rebelión, siendo condenado a la pena de doce años y un día de reclusión.

 

Fue encarcelado, sometido a tortura psicológica y física, convivió cada día con el miedo y cuando salió de prisión, lo que obtuvo fue una libertad precaria, pues a todos los efectos seguía siendo un preso de Franco. Su libertad estaba condicionada al comportamiento que tuviera fuera de la cárcel, por lo que vivió con la constante amenaza del retorno. Los salvadores de la patria no le dejaron levantar la cabeza. Regresó a casa repleto de dignidad y silencio.

 

Falleció en mayo de 1975, unos meses antes de que el dictador abandonara la vida que nunca debió acogerle.

 

 

Antonio

 

Antonio era el hermano pequeño de mi abuelo. Residía en Rozalén del Monte (Cuenca) desde su casamiento. No recuerdo si llegué a conocerlo, pero de lo que tengo certeza es que la impunidad le acompañó hasta su muerte.

 

La noche del 29 de marzo de 1939 cuando las esperanzas republicanas ya estaban muertas, cargó su fusil, se encaminó al encuentro de Francisco Quintero, dirigente de la CNT local, amigo y camarada, y le asestó un disparo que acabó con su vida. Alguien escucho la frase "Ya ha caído el pájaro" salir de los labios de Antonio que unas horas había sido nombrado Alcalde y Delegado de Orden Público de la nueva corporación "nacional".

 

Se da la circunstancia de que Antonio estaba afiliado a la CNT desde el año 1917. En un informe de Falange emitido posteriormente se hace constar que se afilió a la CNT como salvaguarda de derechas. Actuó como secretario de la misma hasta su incorporación forzosa al Ejército republicano. Volvió del frente el 27 de marzo de 1939, dos días antes de asesinar a Francisco Quintero.

 

A partir de la entrada de los franquistas en Cuenca, desde la Alcaldía del municipio se prohíbe expresamente realizar declaraciones contra Antonio con el apercibimiento de ingresar en prisión en caso de hacerlas. Cuando esto sucede, el ya se había afiliado a FET de las JONS. Al constituirse la corporación franquista además de Alcalde es designado como Delegado de Información e Investigación y comienza su tarea en la nueva España vestido de impecable azul con una arañita roja a la altura del pecho. El hábito no hace al monje, pero él ya estaba dentro del entramado de impunidad franquista y nada había que temer.

 

Pero un día de diciembre de 1940 desde la Prisión del Monasterio de Uclés se recibe denuncia de uno de los reos, Pedro Quintero, (Archivo Histórico de Defensa, fondo Madrid, sumario 19164, legajo  889) hijo de Francisco Quintero, el hombre que había sido asesinado por Antonio, quien a partir de ese momento comprueba que el silencio no es para siempre. Se le incoa un expediente sumarísimo de urgencia con fecha 24 de diciembre de 1940, pero la realidad es que nunca fue encarcelado ni pagó por el crimen cometido. Nunca llegó a celebrarse el Consejo de Guerra y en septiembre de 1943 se decreta su absolución.

 

Continuó siendo cartero hasta su jubilación y se dedicó a la cría de cerdos para su posterior despiece y venta.

 

 

María Torres

Artículo publicado el 24 de enero de 2026 en El Salto

 



3501. Memorial a las víctimas de la represión franquista en Torrubia del Campo (Cuenca)

El pasado sábado 8 de julio de 2023 se inauguró en el cementerio de Torrubia del Campo la placa conmemorativa a las víctimas de la represión franquista tras 61 años de sus asesinatos. La financiación ha estado a cargo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Historia de Cuenca con su sede en Tarancón y se ha realizado con el permiso y colocación por parte del Ayuntamiento de Torrubia del Campo. Todo ello hizo posible que nuestros torrubianos tuvieran su merecido recuerdo en su tierra natal.

Tal y como hizo mención el presidente de la asociación, Máximo Molina, llegamos tarde en el reconocimiento: pocos fueron los familiares asistentes al evento puesto que ya no viven para verlo, y los muchos de los parientes que pudieran quedar han perdido los vínculos con el pueblo, siendo imposible localizarles.

17 son los vecinos de Torrubia del Campo que aparecen en la placa, diferenciado por la cárcel que fueron asesinados.

Fusilados en la Cárcel de Uclés: Julián Amores Gómez, Pedro Aragonés Rubio, Miguel Carabaña Jiménez, Eustasio Crespo Riquelme, Francisco Díaz Carabaña, Manuel Guillermo Fernández Tornero, Juan Vicente García Cézar, Julián Rubio González, Gregorio Sánchez Fraile, Ramón Sánchez Zamarra, Juan de la Torre del Saz, Félix de la Torre Gómez.

Muertos en la Cárcel de Cuenca: Guillermo Amores Sánchez, Cipriano Carabaña Sánchez, Lupicinio Carabaña Sánchez.

Muertos Campo de Concentración Gusen: Ángel Espada Zamarra, Indalecio González Gabriel.

Pero en la investigación también nos topamos con otros nacidos en Torrubia que también tuvieron la mala suerte de haber caído en esas cárceles torturadoras de los años 40 y que tienen su representación en los memoriales de los lugares donde ocurrió.

Muertos en la Cárcel de Ocaña: Lorenzo Martínez Mateo

Fusilados en la Cárcel de Huete: Desiderio Martínez Gómez

Muertos en la Cárcel de Porlier, Madrid: Pedro Garrido Martínez

Muertos en la Cárcel de Yeserías, Madrid: Venancio de la Torre García

Fusilado en la Cárcel de Jaén: Carlos Cuerda Gutiérrez

No se quedó nadie en el olvido, puesto que se procedió a la lectura pública, en el espacio público, como reconocimiento los aproximadamente 130 torrubianos documentados hasta ahora, que también fueron represaliados por el fascismo entre detenidos, condenados, exiliados, desterrados o acusados de cualquier delito, y que aunque sobrevivieron, marco toda su vida.

No se quiso dejar sin nombrar los familiares que hicieron que la memoria siguiera viva, especialmente vaya un recuerdo para Hilario de la Torre al que tantas veces se consultó para recopilar información de este y otros temas relacionados con Torrubia y que por unos pocos meses no ha podido presenciar la creación de este monumento en el que está su abuelo.

En el evento se guardó un minuto de silencio en honor a nuestros paisanos fallecidos y se acabó con los asistentes dejando claveles en el monumento.

Agradecer a la ARMH de Cuenca y al alcalde de Torrubia del Campo Pedro Romeral, su interés y colaboración para la realización de este memorial, y a los asistentes el apoyo mostrado, que da fuerzas para seguir investigando y rescatando nuestros paisanos del olvido. Para toda la gente que no se atrevió a asistir por miedo al qué dirán, o a verse señalados, solo decirles que somos libres y que no hay que tener miedo ni vergüenza a la hora de hacer justicia y reparar la memoria. La historia hay que contarla como fue, no como se nos dijo que fue.

Gracias a María Torres por su apoyo y dejar un hueco en su blog para dar visibilidad a este importante hecho para la historia de nuestro pueblo.

 

Daniel Garrido



3499. Indalecio González Gabriel


 

«
Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis… y por sus vasallos» (Indalecio González Gabriel)[1]

 

 

María Torres / 27 de enero de 2023

 

Hasta hace poco tiempo se creía que Indalecio González Gabriel había nacido en Santa Cruz de la Zarza, Toledo. Gracias a la investigación de Juan Crespo, de la Mesa de Deportados de Ocaña, y a las gestiones de Ana Esteban, ha sido posible conocer que la localidad natal de Indalecio es un municipio de Cuenca, Torrubia del Campo, que tristemente cuenta con otro deportado que pereció en Mauthausen: Ángel Espada Zamarra.

 

Con la esperanza de que más adelante se pueda ofrecer una completa biografía de Indalecio, y con el objeto de que vea la luz su historia en el Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto, trazo con urgencia la información disponible hasta la fecha, para recomponer la historia de un joven cuya corta vida se sitúa entre dos pueblos de Castilla-La Mancha, la Guerra de España y una Europa asolada por uno de los conflictos más terribles de todos los tiempos.

 

 

Indalecio de Torrubia

 

En Torrubia del Campo, el pueblo natal de mis antepasados, vino al mundo Indalecio González Gabriel el 1 de agosto de 1919. Nació en una vivienda de la calle Prior a las cinco de la mañana. Su padre Guillermo González Rodríguez, jornalero de 40 años, acudió raudo al Registro civil al día siguiente para dar constancia de su nacimiento. Su madre, Lauriana Gabriel García, tenía 39 años, y por ello es fácil suponer que Gabriel no era su primer hijo. Ambos eran naturales de Torrubia del Campo, al igual que los abuelos paternos (Bonifacio y Águeda) y los maternos (Isidoro y Celestina).

 

Más adelante, la familia se trasladó a Santa Cruz de la Zarza, posiblemente en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida.

 

Aunque a la espera de documentarlo, es posible que Indalecio tuviera, al menos, dos hermanos: Manuel[2] y Leocadio[3], éste último campesino y cabo del Ejército de la República, que desapareció en la Guerra de España.

 

Indalecio no realizó el servicio militar obligatorio. Hubiera entrado en la Caja de Reclutas en 1939, pero la Guerra y el exilio se lo impidieron.

 

 

Guerra de España

 

Tras el golpe de Estado de los generales traidores contra el legítimo gobierno republicano, formó parte de las milicias de la República hasta el 1 de abril de 1937, que ingresó en el Instituto de Carabineros con destino a las Brigadas Mixtas de Carabineros.[4] Juan Pedro Yunta, archivero municipal de Santa Cruz de la Zarza, afirmaba que en 1938 era miembro de la Unidad Móvil de Carabineros en Olot (Gerona)[5], dato que no ha sido posible confirmar.

 

Las condiciones para ingresar en Cuerpo de Carabineros durante la Guerra eran ser español, tener entre dieciocho y veinticinco años de edad, de un metro sesenta y cinco centímetros de alto como mínimo y presentar un certificado de buena conducta y otro de lealtad de una organización política o sindical del Frente Popular.

 

Lo cierto que pendientes de indagar y recuperar su periplo en la Guerra de España, hay una imagen que le sitúa en la ciudad de Valencia en 1937, con mono de miliciano, y acompañado de varios santacruceros: Emilio Sánchez Aráez, Félix Valdeolivas, Miguel Sánchez, "El Opera", Antolín Peña Torrijos, Jesús Izquierdo del Moral, Joaquín Arias Loriente, Vitorio Gallo Teruel, Sotero Sotero Piqueras Arribas y Julián Figeroa Valencia.[6]

 

 

Exilio

 

Desconocemos cuándo pasó la frontera francesa y creemos que estuvo en el Campo de Argelés, que se enroló voluntario en la 9ª Compañía de Trabajadores Extranjeros del ejército francés con base en Embrún y así pudo abandonar el campo con destino a los Altos Alpes. Para conocer su periplo, reproducimos lo relatado por José Marfil Peralta en su libro He sobrevivido al infierno nazi:

 

«Con los camaradas que se han alistado nos instalamos en el cuartel. Esta vez de manera correcta. Tenemos mucha necesidad de higiene y además esta estancia nos va a permitir recuperar algo de fuerzas.

 

Una vez equipados subimos hacía un pequeño pueblo situado a dos mil metros de altitud donde vamos a construir una carretera estratégica y un puente. ¡El paisaje es magnífico!»

 

«Durante la estancia en el cuartel nos enteramos de la declaración de guerra, con lo que ahora nos encontramos en guerra contra la Alemania nazi. El estado mayor nos pregunta si queremos alistarnos voluntariamente mientras que dure la guerra. Toda la compañía se alista, sabemos que vamos a luchar contra el fascismo, ese fascismo que ya conocemos de nuestro país.»

 

Más adelante la Compañía recibe la orden de dirigirse hacia la frontera belga. Allí ayudan al 22 Regimiento de Ingenieros a terminar un Blockhaus, ya que según José Marfil el lado belga no tenía ninguna defensa fortificada.

 

«Al poco tiempo de instalarnos, los bombarderos del Reich, lanzan bombas sobre nuestra línea de defensa mientras que el ejército de tierra invade Bélgica. Los acontecimientos se precipitan, ahora la única solución para nosotros es replegarnos hacía Dunkerque a lo largo de la frontera belga.»

 

 

Prisionero de Guerra

 

Tras la invasión de Francia, varias compañías de trabajadores extranjeros se retiraron hacia Dunkerque. Alrededor de 1500 hombres pertenecientes a las mismas quedaron atrapados junto al ejército británico. La mayoría murieron o fueron hechos prisioneros, ya que ni por un momento, dentro de la operación Dynamo, se plantearon rescatar a los españoles de las CTEs, al no considerarles miembros del ejército francés.

 

Indalecio fue capturado por la Wehrmacht el 4 de junio de 1940, el mismo día que partía el último barco de rescate repleto de soldados en dirección al Reino Unido. Su detención figura en la Lista oficial de prisioneros de guerra franceses núm. 46 publicada en París el 30 de noviembre de 1940.[7]

 

Primero fue confinado en el stalag XIII-A en Núremberg y poco tiempo después trasladado al stalag VII-A ubicado al norte de la ciudad de Moosburg (Baviera), uno de los campos de prisioneros de guerra más grandes del antiguo Reich, donde quedó registrado con la matrícula 65066. Según los registros de Moosburg, al menos 451 españoles fueron prisioneros en ese campo, de los cuales 32 pertenecían a la Comunidad de Castilla-La Mancha.

 

Del 5 al 6 de agosto de 1940 los mandos del Stalag VII-A recibieron la orden de deportar 392 prisioneros españoles al KZ Mauthausen. Indalecio fue uno de ellos y pasó a engrosar el primer convoy de españoles que llegó al campo el 6 de agosto. Según datos facilitados por el investigador Juan Crespo, que ha estudiado a fondo los listados de ingresos, de los 392 prisioneros españoles del convoy que llegaron a Mauthausen, perecieron un total de 277 hasta la fecha de liberación del campo en mayo de 1945. 

 

 

Mauthausen / Gusen

 

A su llegada al campo de los españoles es registrado como carpintero de profesión y se le asigna la matrícula 3297. Apenas cinco meses después, el 24 de enero de 1941 es trasladado al infierno de Gusen, donde la esperanza de vida apenas superaba los tres meses, y le reasignan otro número de matrícula, el 9307.

 

Aquel 24 de enero de 1941, fue un día que quedó grabado en la memoria de los prisioneros de Mauthausen: «Ese día, un viernes, que se presentaba como una jornada más de sufrimiento en Mauthausen, los SS realizaron la primera gran selección entre prisioneros. El objetivo era hacer hueco para los dos grandes convoyes de republicanos que iban a llegar durante las siguientes 24 horas. Los oficiales nazis agruparon a los enfermos e inválidos en un extremo del campo. Después formaron al resto de los deportados para completar el cupo, cercano al millar, eligiendo entre los sanos a los hombres de mayor edad.» [8]

 

Cuando José Marfil, hijo de José Marfil Escalona, primer muerto español en Mauthausen, es transferido a Gusen el 21 de abril de 1941 se encuentra a Indalecio González Gabriel, al que no había vuelto a ver desde el repliegue hasta Dunkerque. A partir de su testimonio podemos recomponer una parte de la historia de Indalecio:

 

«Esta noche he visto a un detenido acercarse y con la mirada llena de tristeza decirme: “¡Marfil tú también!”. Es por su voz que lo he reconocido a este amigo de la Novena Compañía, con el que yo había tomado el hábito de salir el domingo en los tiempos del ejército. Físicamente no se puede reconocer, pertenece a la primera expedición del mes de julio y ocho meses de campo han hecho de él un despojo humano. El pobre me cuenta las peripecias que lo han traído aquí. Me describe los detalles, el fin trágico de nuestra compañía, todo esto me da un bajón, sobretodo porque hemos comprendido que nuestra estancia aquí se anuncia sombría. Por otra parte: ¿Se puede hablar aquí del futuro? El toque de queda suena y volviendo cada uno a su barraca prometemos reencontrarnos cada vez que sea posible en el mismo sitio.»

 

«Por la noche, después de pasar lista me encuentro con mi camarada de la Novena Compañía que me anuncia feliz que hace parte de los carpinteros del campo y que todas las tardes recibe una fiambrera suplementaria de sopa. “Mañana, me dice, vienes a buscarme y la compartiremos”. Estoy contento por él porque necesita recuperar muchas fuerzas. Al día siguiente, según lo convenido, voy a su encuentro. Veo de lejos que me espera con su fiambrera de sopa… pero el hambre es terrible y mientras me espera coge una cuchara de sopa, después otra y otra… sólo pude aprovechar las últimas cucharas. Esto dura así algunas semanas. Veo bien para él que desde que está en la carpintería todo ha cambiado a mejor evidentemente. Para mí también todo ha cambiado gracias a su amistad.»

 

José Marfil e Indalecio González hacen por verse cada vez que es posible. Y así describe el primero uno de sus últimos encuentros:

 

«Esta tarde es posible. Pero yendo a su encuentro lo percibo de lejos sin su fiambrera habitual. Al acercarme adivino en su mirada una inmensa tristeza casi con desesperación. Me anuncia que lo han echado de la carpintería. Estoy indignado de no poder hacer nada por él. “Ahora estamos los dos en el mismo barco” me dice él y añade: “Creo que debería inscribirme en el comando Asturias”. Le aviso que es muy arriesgado: “No te das cuenta que ese capo es un criminal, su comando es el peor que hay”. “Lo sé, pero te acuerdas que era mi mejor amigo, hemos hecho la guerra de España juntos en la misma unidad, los dos tenemos el mismo nombre y apellido aunque no seamos parientes. No creo que sea capaz de hacerme mal.»

 

La persona a la que se refiere es a Indalecio González González, apodado el “Asturias”, un minero asturiano que ejerció como kapo en Gusen. Fue condenado a muerte por crímenes de guerra y ejecutado en la horca en la prisión de Landsberg el 2 de febrero de 1949.

 

«Efectivamente ese Asturias era parte de nuestra Compañía y lo habíamos vivido como alguien muy amable. En esa época nos enseñaba a menudo la foto de su mujer y de sus hijos que estaban entonces en Francia. Un día que le dieron permiso, todos nosotros colaboramos para darle un poco de dinero. Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias por nuestro gesto.

 

Mi amigo tenía razón no podía haber olvidado esa amistad. Confiando en ese recuerdo decide inscribirse en el comando de Asturias. Un poco inquieto voy a verle tres días más tarde. Habitualmente se encuentra cerca de nuestro punto de encuentro cerca del bloque. Como no le veo le pregunto a un camarada que me lleva junto a él. Está irreconocible. Ese capo desgraciado “su mejor amigo” ha decidido pura y simplemente eliminarlo.

 

Mi camarada me cuenta que se presentó a él con los brazos abiertos, confiando como con un antiguo amigo, con la esperanza de encontrar en su equipo un poco de protección en este infierno. Como respuesta, ese tipo repugnante lo previene sarcásticamente: “No cuentes conmigo, he decidido suprimir todos los testigos de mi pasado. Los alemanes van a ganar la guerra, tengo que hacerles ver que estoy con ellos: es la única forma de salir de aquí vivo, es la única manera de poder algún día ver a mi mujer y a mis hijos.”

 

Mi amigo desesperado al límite de su capacidad me dice, acurrucado en su colchón de paja: “Ves en qué estado estoy, mañana ya no resistiré más, va a acabar conmigo, tengo que despedirme de ti, para mí se ha terminado. Si llegas a salir de este infierno, el mundo entero tiene que saber las atrocidades cometidas por los nazis…y por sus vasallos.»

 

Esas fueron las últimas palabras de Indalecio González Gabriel. Era diciembre de 1941. El día 9, a las 04:40 horas fallece. Según los documentos nazis, la causa de la muerte se produce por «debilidad circulatoria». Su cuerpo fue cremado el 12 de diciembre. Tenía 21 años.

 

José Marfil, terminó este triste capítulo de la historia de Indalecio diciendo: «Escribo estas líneas pensando en él, es por él por el que hago este esfuerzo. Mi vida va ahora muy rápidamente hacía el final, pero si un día queda una sola imagen en mi memoria, será la de su sonrisa y su fiambrera tendida hacía mi hambre.»

 

En Memoria de Indalecio González Gabriel y de todas las personas que sufrieron la deportación.


¡Nunca más!


____________________


[1] Recogido en José Marfil Peralta: He sobrevivido al infierno nazi. Recuerdos, p. 54

[2] BDST-Guadalajara.  Caja 302956  - Expediente 66424

[3] CDMH. Pensiones: Muertos, desaparecidos e inválidos del Ejército de Tierra de la República. Caja 62, folio 362bis

[4] Gaceta de la República,  núm. 93  - 3 Abril 1937, p. 35

[5] Juan Pedro Yunta: En honor a la vida. Por la memoria de un santacrucero. 2013 Archivo Digital ACAME "Joaquín Arias")

[6] Fototeca de ACAME. Archivo visual de Santa Cruz de la Zarza

[7] Gallica. Biblioteca Nacional de Francia

[8] Hernández de Miguel Carlos: Los últimos españoles de Mauthausen, p. 208





3232. Salaria Kee

El barrio negro de Harlem, en Nueva York, es producto de las distinciones de raza. Al igual que cualquier otra ciudad del mundo, Harlem tiene sus hospitales propios. Los otros hospitales de Nueva York, regentados por el humanitarismo del dólar, están cerrados para los negros, como si el dólar no quisiera que se juntase el dolor físico del blanco con el del negro. Al necesitar el pueblo español de la solidaridad de los demás pueblos, respondió como los demás pueblos. Del barrio de Harlem salió dinero para España y hombres que llevaban el entusiasmo alentador de aquellos camaradas. Entre ellos, el hospital negro de Harlem dio a la cruzada contra el fascismo una enfermera. Se llama Salaria Kee.

Sus veinticinco años estaban consagrados a una sala de niños negros y a la verdadera liberación de su raza. No dudó en dejar su barrio y sus niños enfermos para ayudamos, aunque dejaba el barrio que la cobijaba y la defendía del odio yanqui, Salaria Kee pensaba que en España había camaradas negros y camaradas blancos de los Estados Unidos que luchaban contra esa barbarie. 


El hospital norteamericano, producto de la solidaridad antifascista

Llegó a nuestro país en el mes de abril, con la tercera unidad médica, organizada por colectas entre blancos y negros. Con ella venían trece norteamericanos más —doctores, odontólogos y enfermeras—, que todavía continúan entre nosotros. De todos ellos, como de todas las unidades que habían llegado anteriormente, la única sanitaria de color es Salaria Kee. Salaria fué destinada a uno de los hospitales norteamericanos, cerca de Tarancón. Aquí se lleva muy bien las enfermeras españolas. No ha prendido todavía a hablar nuestra lengua: por el idioma hablan los ojos y las acciones de Salaria. Su piel negra desentona entre la blancura de las batas y de las camas. Pero los soldados internacionales que vienen heridos del frente traen pegado el sol de España, y sus pieles tostadas armonizan con la de Salaria.


Dónde se destaca más su color y su trabajo

Ella trabaja en el quirófano del hospital, junto a afamados cirujanos iberoamericanos. Y allí, en el quirófano, se destaca más su piel y se hace más visible su trabajo. Por eso la quieren tanto los sanitarios norteamericanos. Solamente descansa lo indispensable; su trabajo se alarga horas y más horas, y hay jornadas en que la figura blanca y negra de Salaria va y viene por las salas hasta dieciséis horas diarias. Fuera de su trabajo cuida de las distracciones de los heridos, de su manutención; se interesa por los familiares que están al otro lado del Océano... Salaria no tiene a nadie en España, más que a los combatientes heridos, y a ellos dedica todo el tiempo que puede. Cuando la guerra la necesita es incansable en su trabajo, porque para eso ha venido a España. 

En la historia del hospital hay un hecho que revela el cariño de Salaria hacia los heridos. Un español acababa de sufrir la amputación de una pierna. Repuesto ya del cloroformo comenzó a sentir escalofríos... No había agua caliente para llenar una bolsa. Y no había tiempo que perder, porque los dolores aumentaban a cada minuto. Salaria tuvo una idea: corrió a la cocina y metió un jarro de agua fría dentro del caldero de la sopa que hervía. Y el camarada herido fué aliviado de sus dolores gracias a aquella bolsa de agua caliente tan originalmente improvisada por la enfermera negra.


Cuando recibió un cable de allá ...

No hace aún mucho tiempo Kee recibió un cablegrama del barrio de Harlem. Era de su madre, que estaba muy enferma y necesitaba su presencia. Pero Salaría ha recorrido muchos kilómetros para venir junto a nuestras trincheras. Ya en Harlem, ella estaba a nuestro lado cuando participaba en los actos de ayuda al pueblo español. Y ahora, que siente nuestras angustias y alegrías diarias, Salaria Kee no quiere irse de España hasta el día de la victoria. Con mucho dolor ha contestado a la madre que ella es un soldado de nuestro ejército, y la liberación de su raza la retiene aquí para conseguir el triunfo de la democracia.


García Ortega 
Estampa, 2 de octubre de 1937







2526. Ángel Espada Zamarra, "Pelao", un conquense muerto en Gusen

Ángel Espada Zamarra
(Torrubia del Campo, Cuenca, 27 de enero de 1910 - Gusen, Austria, 15 de enero de 1942)
(Fotografía facilitada por Daniel Garrido)


«No lloréis mi muerte.
Proseguid la lucha.
Adelante, adelante siempre,
por encima de las tumbas»
Goethe


María Torres / 26 enero 2018

El 27 de enero, es el Día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto. Tal vez aún no somos conscientes de que tenemos el compromiso moral y la responsabilidad histórica de no olvidar, porque en esta España tan precaria en memoria, hay que seguir insistiendo en que el olvido es inadmisible. 

Traigo al recuerdo a Ángel Espada Zamarra, uno de los 58 conquenses deportados y entregados a los horrores de la maquinaria nazi y a los que el franquismo enterró en la sombra.


ANGEL ESPADA ZAMARRA, "Pelao"

Nace a las tres y media de la tarde del 27 de enero de 1910 en la Travesía de la Santa Cara de Dios de Torrubia del Campo, un pequeño pueblo conquense que ignora que cuenta entre su historia con una víctima del exterminio nazi. Hijo de Felipe Espada Rubio, de 33 años y de Francisca Zamarra del Saz de 33, son sus abuelos paternos Nicanor y María y los maternos Olayo y Juana, todos naturales y vecinos de Torrubia del Campo. Bautizado el 30 de enero de 1910 en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Valle por Santos Cañada, cura párroco de la misma, actúa de padrino su tío Esteban Espada.

Ángel es un muchacho rubio de tez morena curtida por el sol de los campos de Castilla, que antes de abandonar la infancia ya trabaja de jornalero, como su padre, como su abuelo, como todos los hombres y mujeres de su familia y de la mayoría de las familias del pueblo, que soñaban con tener en propiedad un pequeño trozo de tierra que les sirviera de sustento.

De ideología anarquista, se rebela contra el hambre y la miseria. Hace su particular revolución en el año 1934, que le conduce a pasar varios meses en la prisión provincial de Cuenca por un delito de desorden público. La noche del 11 de mayo de 1934, una noche tan negra como los tricornios de la pareja de la Guardia civil que unas horas después habría de conducirle al cuartelillo, toma una hoz a la que sujeta una larga caña y recorre el pueblo cortando varias acometidas y líneas generales de conducción de energía eléctrica. Su abogado, Juan Molina, alega en su defensa que el procesado se encontraba en un «estado de embriaguez no fortuita que le producía cierto trastorno mental, sin que conste que tal estado fuera buscado con el propósito de delinquir». El ministerio fiscal pide la pena de dos años de prisión con las agravantes de nocturnidad y criminalidad. Ángel Espada no tiene antecedentes penales y aunque avalado por su buena conducta, es condenado a seis meses y un día de prisión, con accesoria de suspensión de todo cargo y derecho de sufragio. Tampoco dispone de bienes ni fortuna, pero debe hacerse cargo de las costas procesales y de abonar a la compañía de electricidad "La Rosa", filial de Hidroeléctrica Española, la suma de 351 pesetas con 24 céntimos.

El 7 de septiembre de 1935, con 25 años, contrae matrimonio civil con su prima materna Manuela Barranco Zamarra, vecina de Socuéllamos (Ciudad Real), nacida en Torrubia del Campo en 1907, hija de Santiago y de Luisa. Tienen una hija, Consuelo, que nace el 16 de julio de 1936 y arrastra toda su vida una salud delicada debido a un accidente en la niñez que le fracturó la espalda.

El  7 de octubre de 1936, el gobierno de la República aprueba un Decreto para expropiar sin indemnización, a favor del Estado, todas las fincas de las personas que el 18 de julio intervinieron de manera directa o indirecta en el golpe de estado contra la República, estableciéndose Juntas Calificadoras Municipales, integradas por el Ayuntamiento, el Comité del Frente Popular y una representación de cada una de las organizaciones sindicales de obreros del campo, encargadas de elaborar la relación de propietarios que pudieran estar comprendidos en el grupo de "insurrectos" y de elevarlas a una Junta Provincial quien las debe transmitir al Gobierno. Ángel Espada Zamarra forma parte de la Junta Calificadora de Torrubia del Campo como miembro de la C.N.T., junto a su compañero Fortunato Fernández Cavada y otros seis miembros del Consejo Municipal, Frente Popular y Federación Española de Trabajadores de la Tierra (FETT).

Consta su paso por la 68º Brigada Mixta integrada en la 34 División del Ejército republicano, donde tiene derecho al rancho y a diez pesetas diarias, pero se desconoce cuándo se enrola en la misma. Bien pudo ser en su creación a principios de 1937, o tal vez a mediados de mayo, cuando la Brigada se retira a descansar durante doce días a Fuente de Pedro Naharro, población situada a cinco kilómetros de Torrubia del Campo. Lucha en la batalla de Brunete en el verano de 1937. En enero de 1938 es enviado al frente de Teruel, donde la Brigada cede ante la presión del ejército franquista y pierde las localidades de Josa, Obón y Alcaina. Alcanza Cherta y se repliega hasta Castellciutat, cubre posiciones en la Sierra de Cretal y participa en las operaciones contra Serós. En noviembre es nombrado cabo y en diciembre se traslada a Artesa de Segre donde la 68º BM, muy mermada, intenta mantener sus posiciones sin éxito.

Ángel se retira a la Sierra de Cadí, al norte de Lleida, junto con el X Cuerpo del Ejército. Cruza la frontera francesa el 9 de febrero de 1939, mientras su esposa e hija se refugian en Socuéllamos esperando su regreso.

No hay documentos sobre su paso por los campos de concentración franceses, pero si se sabe que estaba enrolado en una Compañía de Trabajadores Extranjeros y que es capturado por la Wehrmacht en Saint-Dié (Les Vosges), entre el 20 y el 26 de junio de 1940, trasladado al campo de prisioneros de guerra de Villingen, en la región de Baden-Württemberg, Alemania, a 40 km de la frontera suiza. Los prisioneros de este stalag se encontraban bajo la vigilancia del regimiento de los Landesschützen, soldados que rondaban la cuarentena y que eran considerados demasiado mayores para ser incorporados a la Wehrmacht. Después es transferido al Stalag VD Estrasburgo, situado en la ciudad francesa del mismo nombre anexionada como capital de Alsacia al Tercer Reich en junio de 1940, donde queda registrado con el número 2481 y en cuyo recinto gozaba del amparo de la Convención de Ginebra, hasta que en septiembre de 1940, tras una reunión de Serrano Suñer con Hitler y Himmler, la Oficina de Seguridad del Reich ordena trasladar a todos los españoles, a los que previamente se les despoja del estatus de prisioneros de guerra, a los campos de concentración.

Es así como el gobierno franquista con el beneplácito del colaboracionista de Pétain decide la deportación de los españoles y el 11 de diciembre de 1940 Ángel Espada sube a un tren en Estrasburgo con otros 846 prisioneros con destino a Mauthausen, campo al que llega dos días después. Junto a él viaja José Alcolea García, un vecino de Socuéllamos, matrícula 4560, que dejó de existir en Gusen el último día del año de 1941.

A partir de ese momento solo será un apátrida, un RotSpanier marcado con el número 4762. Deja a la entrada del campo sus escasas pertenencias y los pocos datos que le sujetan al pasado: su nombre, fecha y lugar de nacimiento; su último domicilio en España (Calle Cara de Dios nº 8 en Torrubia del Campo); el nombre de su esposa (Manuela Barranco). De su paso por Mauthausen no hay testimonios pero es fácil saber que condenado al trabajo esclavo y al exterminio,  sometido a esfuerzos sobrehumanos, no contó con fuerzas para resistir aquel horror y tres meses después de su ingreso, el 29 de marzo de 1941, es transferido al subcampo de Gusen con un nuevo número de prisionero, el 11255.

Perece en Gusen el 15 de enero de 1942. El informe señala que la muerte se produce a las seis de la mañana a causa de un «reumatismo de articulación y defecto de la válvula». Durante tres días su cuerpo se amontona junto a otros esperando un hueco en el crematorio, donde fue llevado el 18 de enero.

Sus compañeros anarquistas no le olvidaron. Solidaridad Obrera en el exilio de Paris publica su necrológica el 25 de junio de 1945 bajo el título Los crímenes del fascismo, junto con un listado de «los camaradas españoles asesinados en el campo de Gusen».

En 1950 su esposa Manuela Barranco recibe en su domicilio de la Calle Echagaray de Socuéllamos la comunicación oficial de su muerte. Durante los diez años siguientes la viuda de Ángel mantiene contacto con la Federación Española de Deportados e Internados Políticos y con Franz Herzfelder, alemán de origen judío, abogado en el Tribunal Superior de Justicia de Múnich, que fue prisionero de los nazis, con el objeto de reclamar una indemnización de las autoridades alemanas, que percibe finalmente en 1961, así como una pensión mensual para madre e hija.

En mayo de 1985 el Presidente de la República Francesa promulgó la Ley 85-528, por la que se establece que en el acta de defunción de todos los deportados fallecidos en campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, debe constar la leyenda "Muerto en la deportación". Ángel Espada Zamarra recibe el reconocimiento de muerto en la deportación en diciembre de 2007. [1]



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[1] JORF n°0010 de 12 enero 2008, página 696. Arrêté du 18 décembre 2007 portant apposition de la mention «Mort en déportation» sur les actes et jugements déclaratifs de décès