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3315. La agonía de Francia IX

Izado de la bandera nazi en el Arco del Triunfo de París. Foto: ABC


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Sembradores de pánico

El desenlace de la tragedia planteada en estos términos fue fulminante. Después de diez meses de simulacro de guerra, de guerra podrida, como se la ha llamado, Francia estaba tan deshecha que se derrumbaba con un soplo como un castillo de naipes.

Aún antes de que el peligro se presentase real y verdaderamente, París daba la voz de «sálvese el que pueda». No había hecho Alemania más que iniciar el ataque cuando el aparato burocrático del Estado iniciaba la desbandada. Al primer día de la ofensiva alemana contra Francia, el mismo Quai d'Orsay, a la cabeza de los sembradores de pánico, hacía la indicación confidencial a las representaciones diplomáticas acreditadas en París de que debían estar dispuestas a partir y les recomendaba que destruyesen los archivos que les fuese imposible transportar. El Quai d'Orsay mismo procedía a quemar los suyos. Análogo movimiento de terror se producía en el Ministerio de Información, desde donde se difundieron las primeras informaciones de una derrota que todavía no se había producido y que horas después eran rectificadas. Era el Estado mismo, por medio de sus funcionarios, el que creaba la atmósfera de la catástrofe.

Lo verdaderamente extraordinario era la serenidad, la calma o la indiferencia —no sé— de las gentes sencillas de París al nerviosismo y el desbarajuste de los centros oficiales.

Aquella primera espantada pudo ser dominada por el gobierno. La quinta columna se había precipitado. Se dieron órdenes terminantes para que ningún funcionario abandonase su puesto, se anularon las órdenes de evacuación que insensatamente se habían dado y se consiguió restablecer a lo menos una apariencia de normalidad en los servicios dando la impresión de que después de un momento de debilidad el gobierno se reafirmaba y se disponía a dar la batalla para la defensa de París.

Mandel, desde el Ministerio del Interior, aguijoneaba furiosamente a la policía en la represión de las actividades de la quinta columna, pero sus esfuerzos se estrellaban contra la incapacidad y la mala voluntad de sus agentes para quienes la quinta columna, formada por personas respetables, bien reputadas y con elevadas situaciones incluso en la Administración, era absolutamente inasequible. ¿Es que si el propio Abetz, creador y jefe de la quinta columna, hubiese estado en París habría habido un agente de policía francés capaz de detener a tan importante personaje? ¿Es que los agentes de la Süreté Genérale podían impunemente hacer sus incursiones en los salones de la alta sociedad parisiense y en las esferas oficiales? ¿Es que hubieran podido llevarse en calidad de agentes de la quinta columna a Madame Bonnet, esposa del ex ministro de Negocios Extranjeros, y aun a la propia Madame de Portes, la amiga íntima del presidente del Consejo?

No. La Policía cumplía buenamente su misión expurgando sus ficheros en los que no figuraban tan brillantes personajes y llenando los stadiums de Buffalo y Roland Carros con miles de pobres diablos, refugiados extranjeros, todo el residuo de humanidad que la monstruosa elaboración de los Estados totalitarios había arrojado sobre Francia, tierra de asilo.

La conducta de Francia en el momento de peligro con los refugiados que habían estado sirviéndola lealmente ha sido innoble. Quince días antes de que llegasen a París los alemanes he visto a la policía sacar de los departamentos ministeriales en los que prestaban servicio, a los antifascistas extranjeros que se habían hecho acreedores por su historia y sus méritos personales a la confianza del gobierno. Si no merecían esa confianza no hubieran debido estar allí. Si la merecían no hubieran debido recibir tal pago: el de entregarles codo con codo a la venganza de Hitler.

En cambio, he visto el día de la entrada de Italia en la guerra cómo los agentes de policía filofascistas fraternizaban con los italianos a quienes tenían orden de detener procurando congraciarse con los futuros amos cuyo triunfo inmediato admitían y deseaban. En fin de cuentas, los pobres agentes no hacían ni más ni menos que los señores Laval y Flandin, cuya política no era otra que la de prepararse el terreno para las recepciones que hoy les dispensa el jefe de la quinta columna Herr Abetz convertido por Hitler, para humillación de Francia, en embajador del Tercer Reich cerca del gobierno de Vichy.


La aviación, arma psicológica

Siguiendo su táctica habitual, a medida que sus columnas avanzaban sobre París, Hitler intensificaba la acción de sus aviones de bombardeo sobre la cintura industrial de la capital y sobre sus nudos de comunicación. Esta táctica, que habíamos visto dibujarse ya en la guerra de España, consiste en el empleo de la aviación, más que como arma de destrucción eficaz y sistemática, como instrumento de desmoralización de la retaguardia inmediata en la que se apoya el frente.

La aviación ha sido hasta ahora un arma de eficacia principalmente psicológica. Los aviones de Hitler son más temibles por el momento psicológico en que los emplea que por su potencia real de destrucción, que es mínima. La finalidad principal que con ellos persigue es provocar la evacuación de las ciudades que sirven de base a los ejércitos desorganizando como es consiguiente los servicios y privando a las tropas tanto de la regularidad de los abastecimientos como del soporte moral que representa para el soldado que está en la trinchera el tener como sólida retaguardia una ciudad cuya vida normal continúa imperturbable. Madrid pudo ser defendido por la paradoja heroica de que los soldados podían ir y venir del frente en tranvía, porque las legumbres y las verduras que había se vendían a la espalda de los parapetos y porque los carteros hacían la distribución de la correspondencia sorteando las balas y saltando por encima de las alambradas. En la guerra total que a nuestra época le ha tocado hacer, toda evacuación es el prólogo de una derrota.

Para crear en París el ambiente favorable a la derrota la aviación alemana no tuvo que esforzarse demasiado. Le bastó con un solo bombardeo más espectacular que eficaz hecho en el momento crítico. Un millar de bombas de pequeño calibre arrojadas sobre París y sus alrededores en pleno día, a la una de la tarde, bastaron para que la capital de Francia creyese que había llegado la hora de claudicar.

El efecto material de ese bombardeo fue limitadísimo. Media docena de casas destruidas, unos incendios rápidamente sofocados y en total unos doscientos cincuenta muertos bastaron para el derrumbamiento de una ciudad de cuatro millones de habitantes. Lo cierto fue que en el enorme volumen de la capital los parisienses no pudieron darse cuenta siquiera de que habían sido objeto de un ataque a fondo de la aviación enemiga. La destrucción de una casa por cada diez mil casas y la muerte de una persona por cada cinco mil personas no es un estrago que tenga volumen suficiente para provocar el movimiento de pánico colectivo que se produjo. Para conseguir ese mínimo estrago material la aviación alemana había tenido que utilizar centenares de aviones (a lo menos doscientos) y en la operación había sufrido la pérdida de veintitantos aparatos. No puede decirse que fuera una operación de resultados satisfactorios que pudiera ser repetida frecuentemente.

Los resultados del empleo de la aviación en masa contra las grandes ciudades no eran, pues, ni mucho menos, los que se temían.

Si algo se demostraba era precisamente que la potencia destructora de la aviación es infinitamente menor de lo que se supone. Cuando se habla, a tontas y locas, de la destrucción de París, Berlín o Londres por los bombardeos aéreos ¿se piensa seriamente en los miles y miles de aviones y de toneladas de explosivos que sería necesario emplear para conseguir resultados apreciables? Hoy por hoy, las masas de aviación que se pueden emplear, aun teniendo en cuenta el grado de intensificación de la producción a que últimamente se ha llegado, no permiten todavía aceptar que los efectos de sus destrucciones puedan ser decisivos en las grandes aglomeraciones. La demostración que hicieron los aviones alemanes sobre Guernica, donde concentraron en un área pequeñísima una masa de destrucción formidable a la que no se le oponía fuerza alguna de combate, no ha sido después confirmada ni en Varsovia, ni en Rotterdam, ni en París. Ni siquiera había podido ser repetida con éxito en Barcelona o Madrid. Y ahora, en Inglaterra, esto se está demostrando hasta la saciedad.

Ahora bien, si los efectos materiales son limitados, los efectos morales son inconmensurables. Hay que rendirse a la evidencia. La aviación es un arma de una eficacia psicológica formidable. Ese bombardeo único de París que hubiese hecho sonreír desdeñosamente a los madrileños, acabó virtualmente con la resistencia de la capital de Francia. Para que no fuese así hubiese hecho falta que los parisienses, en vez de hallarse favorablemente inclinados a las sugestiones catastróficas tanto por la táctica derrotista de sus dirigentes como por la acción subrepticia de la quinta columna, hubiesen tenido serenidad bastante para templar su ánimo y mirar cara a cara el peligro aéreo y medirlo exactamente. Entonces se hubiese producido el fenómeno contrario y se hubiese visto cómo los parisienses igual que hicieron los madrileños, pasado el primer momento de pavor, desaparecido el tremendo efecto psicológico de los primeros bombardeos, reanudaban su vida de siempre, con mayor o menor incomodidad y sufrimiento, con mayor o menor estrago, pero con una resolución y una moral que ya entonces serían indestructibles. Porque hay algo evidente. Lo que la aviación no consigue gracias al estupor del primer bombardeo luego no lo consigue nunca aunque su capacidad de destrucción llegue a ser aterradora. Este es el inconveniente de toda arma que sobre su eficacia verdadera cuenta con el efecto psicológico que su empleo produce.

En general, no sólo de la aviación sino también de los tanques, de la panzerdivision, de la mina magnética, del parachutismo, de la quinta columna y, sin excepción, de todos los sistemas de guerra puestos en práctica por el hitlerismo se puede decir otro tanto. Sobrepasados los efectos psicológicos del terrorismo que sistemáticamente practica, su eficacia real es mínima.


París no se defiende

Esto explicaba la eficacia, que a algunos se les antoja inverosímil, de la quinta columna. Los escuadrones del pánico fueron en París maravillosamente eficaces. Sus consignas, dictadas desde Berlín, guiaban hacia el abismo a unas muchedumbres ciegas que se dejaban llevar sin oponer resistencia y sin que fuesen capaces de ninguna reacción patriótica que deshiciese aquella fatal fascinación.

Los sofismas del derrotismo eran a veces burdos y elementales pero en ocasiones alcanzaban una sutileza verdaderamente diabólica. Apenas se concretó la amenaza sobre París de las divisiones alemanas, el instinto de defensa empezó a crear una atmósfera de resistencia de la ciudad que hubiese podido ser el origen de una reacción nacional salvadora. París podía y debía ser defendido. Estratégicamente, la lucha en los arrabales de la ciudad era el único medio hábil de que el ejército francés disponía para poder aniquilar una tras otra a las divisiones alemanas motorizadas. Lo que no había sido posible en campaña rasa era técnicamente realizable en la enorme aglomeración de París teniendo en cuenta sobre todo que el ejército francés venía retirándose en perfecto orden.

El verdadero campo de batalla de la guerra moderna es la ciudad misma. Frente a la movilidad y a la concentración destructora de las divisiones blindadas es vano quererles prohibir el acceso a los campos abiertos y es inútil ponerle puertas al campo como se había pretendido hacer con la línea Maginot. En campo abierto la lucha es casi imposible. Donde se puede luchar bien es en las ciudades, en las calles, en las casas, cada una de las cuales es un elemento de defensa que en plena campaña no es posible improvisar con la profusión necesaria. Estas ideas que, según parece, responden a una concepción estratégica verdaderamente moderna, iban prendiendo en el ánimo del gobierno, las defendían muchos militares prestigiosos y empezaba a entusiasmarse con ellas la población civil de París. Henri de Kérillis clarineaba desde su periódico que la guerra se ganaría en París o no se ganaría. ¿Quién sabe si el milagro, aquel milagro en el que tenía que creer Reynaud y que era la única esperanza de salvación para Francia, podría producirse entre Saint Denis y la Porte d'Auteuil? ¿No se había producido tres años antes ese mismo milagro en la Ciudad Universitaria de Madrid?

Pero inmediatamente, con una rapidez fabulosa, se difundía por París un sofisma que esterilizaba estas veleidades de resistencia. La argucia que empujaba a Francia a entregar París sin lucha se basaba únicamente en la pseudopatriótica consideración de que sería un crimen horrendo consentir la destrucción por los alemanes de los monumentos artísticos y arqueológicos de la ciudad, exponer sus joyas arquitectónicas al peligro de los bombardeos por la insensata aventura de una defensa desesperada. Toda la beatería intelectual y todo el tartufismo burgués, obedeciendo a esta hábil sugestión de la propaganda del doctor Goebbels, se puso a derramar abundantes lágrimas de cocodrilo sobre las torres de Nôtre Dame como si ya las viesen derruidas por su culpa. Y con grande y trágico ademán renunciaban en aras de la civilización a la defensa de la civilización misma. París, que al trasladarse el gobierno a Tours estaba a punto de convertirse en el baluarte de Francia, era entregado sin lucha a los agentes de la circulación que Hitler mandaba en vanguardia para que lo conquistasen.


La catástrofe

La evacuación de París por el mundo oficial, la enorme balumba de los funcionarios, y las mecanógrafas con sus montañas de expedientes atados con balduque, fue un lamentable espectáculo ofrecido cínicamente al pueblo parisién cuya conformidad y resignación fueron puestas a prueba. A la puerta de los ministerios se renovaban las caravanas de autocares y automóviles oficiales que partían cargados de burócratas a quienes el miedo no quitaba, sin embargo, el aire bizarro de partir en vacaciones, un congé payé extraordinario en las orillas del Loira que, al aproximarse el verano, no presentaba perspectivas totalmente desagradables. Difícilmente se encontraría en circunstancias igualmente trágicas una muchedumbre tan inconsciente y frivola como la de aquellas manadas de funcionarios que escapaban despreocupados hablando en voz alta y campanuda de la victoire y diciendo en voz baja y confidencialmente: « Vraiment, ce salaud de Hitler c'est un type épatant».

En el ministerio al que me encontraba adscrito no quedaba ni un portero a partir del lunes por la tarde. Y los alemanes no llegaron a París hasta el viernes. Únicamente vagaban por los pasillos como almas en pena unos cuantos colaboradores extranjeros del departamento, italianos antifascistas, judíos de nacionalidad dudosa y raza bien acusada, y rojos españoles que habíamos sido dejados por cuenta a Hitler. Hubo un momento en el que pensamos reunimos en el desierto despacho del ministro y constituir un gobierno de refugiados. Lo mismo que nosotros hubieran podido hacerlo en aquellos momentos las gentes sencillas que desde la acera de enfrente del ministerio habían estado presenciando pacientemente la fuga desvergonzada del mundo oficial.

En realidad, durante todo el lunes y la mañana del martes, cuando el pueblo de París se dio cuenta de la trágica situación en que lo habían dejado, empezó a advertirse un sentimiento de indignación que no presagiaba nada bueno. En las bocas del metro y a la puerta de los bistrots la gente que iba a su trabajo y los curiosos formaban corrillos en los que, por primera vez, no se hablaba el lenguaje convencional e hipócrita que se había oído durante toda la guerra, sino el lenguaje fuerte y amenazador del verdadero pueblo librado a sus instintos.

París, ya casi desierto, había tomado un aire siniestro. Envuelto totalmente en una densa humareda artificial, tenía una luz cernida de apocalipsis, una atmósfera cargada y espesa en la que las gentes se movían como espectros. De aquella niebla negra en la que aparecían difuminadas las siluetas de los edificios y el sol en el cénit era como un pálido disco anaranjado, surgían, igual que sombras, unas gentes asustadas que se preguntaban con angustia: «¿Qué pasa?». La guerra moderna, con sus vastas posibilidades técnicas, había preparado gracias a aquella humareda artificial, una mise en scéne de día de juicio final para la entrada de los alemanes en París.

No se tenía ninguna noticia de lo que pasaba fuera. Se pusieron en circulación los más absurdos y fantásticos rumores, que la gente creía a pie juntillas. Se aseguraba que Rusia había entrado en la guerra al lado de los aliados. Unas horas después, era el Japón el que había declarado la guerra a Alemania. La gente se apelotonaba en los boulevards ante los cafés cerrados y se estacionaba en la plaza de la Bolsa ante el edificio de la Agencia Havas pidiendo la confirmación de aquellas noticias de cuya veracidad nadie dudaba; sin embargo, cuando los redactores de Havas desde los balcones decíamos a gritos que tales noticias eran falsas se enfurecían contra nosotros y nos acusaban de derrotistas y de agentes de la quinta columna. Aun en el último instante, la ingenua esperanza en el maravilloso poder de liberación que en el mundo había sabido suscitar la patria del proletariado era sabiamente explotada por la propaganda nazi, que difundía arteramente tales rumores para acabar de sembrar la confusión en los espíritus.

El gobernador militar de París, general Hering, comenzó a tomar precauciones contra la revuelta que se dibujaba en el ambiente. A mediodía del martes se cerraron todos los bistrots y París tomó definitivamente el aspecto de una ciudad muerta con el que habían de encontrarla los alemanes. Si éstos hubiesen tardado tres días más y si no hubiesen tenido perfectamente controlados por medio de su quinta columna y de los comunistas a su servicio los movimientos populares de París, tal vez habrían tenido que entrar a tiros y asaltando las barricadas de una revolución popular cuyo signo hubiera sido imposible prever.


El éxodo

El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los cuales habían de marchar con desesperante lentitud los potentes automóviles de la gran burguesía parisién que se ponía en salvo llevándose celosamente consigo sus riquezas transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta los muebles valiosos izados disparadamente sobre la capota de los coches. No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable del éxodo de un pueblo civilizado que, con todo su progreso material y mecánico, sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas, sus instrumentos de confort y sus riquezas daba, sin embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos de la antigüedad.

En los últimos momentos, el pánico colectivo de los parisienses fue tal que los que no habían podido escapar de otra manera lo hacían a pie marchando entre las filas apretadas de vehículos con sus hatillos miserables a la espalda, las mujeres empujando los cochecitos infantiles en los que habían metido sus pobres ajuares, los jóvenes pedaleando en sus bicicletas, los ancianos apoyándose en sus báculos, símbolos de otras edades que reaparecían a lo largo de la fatigosa caminata. La obsesión común de aquella enorme muchedumbre aterrorizada era alejarse, alejarse siempre, cada vez más, ganar distancia, como fuera, con los pies hinchados, a rastras si era necesario. Fue en aquellas horas espantosas cuando la masa francesa debió de pensar por primera vez que acaso hubiese sido mejor hacer la guerra que sufrirla.

La gasolina era la salvación, la vida, más preciosa que la sangre. Los que se quedaban sin gasolina en la carretera permanecían días enteros arrimados a una cuneta esperando inútilmente que entre los cientos de miles de semejantes que pasaban junto a ellos hubiese un alma caritativa que les cediese una poca. Era inútil esperarlo. El egoísmo de las gentes era feroz. Yo he visto una pobre mujer en un pequeño automóvil que se había quedado sin gasolina y llevaba ya dos días al borde del camino con tres criaturitas que lloraban incansablemente mientras pasaban a su lado cientos de miles de seres humanos que ni siquiera volvían la cabeza.

El fenómeno más curioso era la formidable capacidad de olvido y despreocupaciones de esta muchedumbre que, en unas horas, pasaba casi sin transición del sufrimiento y la desesperación más espantosos a la frivolidad y el optimismo más injustificables. Las mismas gentes que habían salido de París angustiadas y después de un viaje de pesadilla se encontraban a quinientos kilómetros habiendo perdido sus bienes, con sus familias dispersas y su patria deshecha, eran las que horas después en las terrazas de los cafés de Biarritz o San Juan de Luz charlaban y reían ante un vaso de aperitivo y no tenían más obsesión que la de encontrar un buen restaurant, una cama confortable y una persona complaciente y de buen humor con quien entregarse al goce sensual de la existencia. El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa. Yo he visto en Biarritz entre una muchedumbre despreocupada de refugiados franceses, belgas, holandeses, polacos y judíos de todas las nacionalidades, que se creían ricos todavía porque aún les quedaban en la cartera unos fajos de billetes de banco con que pagar la cuenta del hotel, el gesto de desdeñosa incredulidad con que era acogida la noticia de que París había sucumbido: «¿Que los alemanes están en París? Sans blague!». Y las gentes se encogían de hombros y pedían un nuevo aperitivo.


Tours-Burdeos

Mientras Francia agonizaba en Tours, donde se reunían los ministros a altas horas de la madrugada para velar su agonía e ir constatando, impotentes, los síntomas progresivos del coma, París, con el que se había estado en comunicación telefónica hasta la madrugada del jueves al viernes, no respondía ya a las llamadas de Tours. El ejército, que hasta entonces había ido retirándose en orden y como si hubiese seguido un plan estratégico preconcebido, se había lanzado ya a la desbandada y cada soldado, tirando el fusil, huía como podía. Hasta Tours llegaban furtivamente en motocicletas y camiones, soldados y oficiales desertores que, temiendo ser fusilados si se operaba una reacción defensiva, se convertían en frenéticos sembradores de pánico.

La muchedumbre que había dormido tirada por el suelo en los alrededores de la estación se despertaba con un ansia loca de reanudar la huida hacia el sur. Se afirmaba que los parlamentarios se habían embarcado ya en Burdeos con rumbo a Canadá y se aseguraba que las divisiones alemanas continuaban avanzando hacia el Loira sin detenerse en París y estarían en Tours a la noche siguiente.
Tours se preparó para la defensa. Es decir, fue minado el puente y se colocó a su entrada un cañón de setenta y cinco. Aquello era una farsa siniestra. Bastó que la aviación alemana siguiendo su táctica hiciese una impresionante aparición sobre Tours en aquel momento psicológico para que el gobierno y sus manadas de burócratas emprendieran de nuevo el trote hacia Burdeos y tras ellos la masa ingente que venían arrastrando desde París.

Francia, cuando el gobierno llegó a Burdeos, era como una bestia herida de muerte y acorralada que busca el rincón más oculto de su guarida para echarse a morir. Era inútil todo intento de hacerla reaccionar.

La propuesta de Winston Churchill, que no era sino una oferta generosa de transfusión de sangre a un moribundo, fue rechazada con un ademán de desesperación. Francia no quería seguir viviendo, no quería seguir luchando, estaba resignada a morir. Hasta en aquel instante supremo de vida o muerte estuvo pesando sobre la fatal resolución de Francia aquella voluntad funesta de autoaniquilamiento, de suicidio, que ha presidido el triste destino de una nación que tenía derecho a ser inmortal. El último sobresalto del patriotismo francés fue para rechazar de plano el pacto de sangre que Inglaterra le ofrecía. «¿Es que vamos a dejar de ser franceses para convertirnos en súbditos de su Majestad Británica?», gritaba escandalizado por las calles de Burdeos aquel chauvinismo ciego, estúpido, que ha conducido a la esclavitud a la patria que decía amar.

En los consejos de ministros del Hôtel de Ville de Burdeos, el gobierno Reynaud, que tenía en su seno a los elementos que habían de consumar la traición de Francia a sí misma y a sus aliados, fue derribado. Vencían la ceguera insigne y la testarudez octogenaria del mariscal Pétain obsesionado por la idea siniestra de que Francia se salvaría entregando a Alemania el cadáver de la democracia. Esta idea absurda, que había sido infiltrada en las masas francesas gracias a la propaganda alemana, ha sido la causa fundamental de la caída de Francia.

«No hagamos una guerra ideológica —decían los agentes de la quinta columna —; sacrifiquemos la democracia, la libertad política y la república, si es necesario; abandonemos el lastre de nuestros compromisos con los pueblos débiles, que han sido ya arrollados, y de nuestra alianza con Inglaterra, que se niega a capitular y nos obliga a continuar la guerra para defender su imperio y a los capitalistas de la City; adoptemos la doctrina que ha hecho poderoso al adversario y los métodos que le llevan a la victoria; entremos en la órbita de las potencias totalitarias y Francia no perecerá. El equilibrio de las potencias totalitarias en Europa exige la supervivencia de una Francia fuerte. Aun aceptando la hegemonía alemana, Francia, Italia y España, identificadas, tendrán su place au soleil si llegan a formar un solo bloque totalitario en el Mediterráneo, de donde la Gran Bretaña tiene que ser eliminada. Este bloque, andando el tiempo, podrá ser el único contrapeso eficaz de las ambiciones germánicas en Europa, dando por supuesto que la Alemania hitleriana se niegue definitivamente a cumplir la misión providencial para la que había sido creada, la invasión de Rusia y el aniquilamiento del bolcheviquismo. Si el Imperio británico, por su parte, quiere seguir la guerra hasta la exterminación del nazismo, allá él con sus intereses. Nosotros podemos someternos y nuestra sumisión nos salva. Si Hitler vence a Inglaterra habremos sido los colaboradores más eficaces de su triunfo y ocasión habrá de cotizarlo. Si Inglaterra vence a Hitler, con la victoria de la democracia británica recobraremos nuestra libertad sin haber tenido que pagar el duro rescate de un millón de vidas que hoy se nos exige por ella.»

Esta fue la plataforma de la quinta columna. Esto fue lo que arrastró a los patriotas franceses a la traición. Y esto fue lo que triunfó en Burdeos el domingo 16 de junio de 1940 en medio de una muchedumbre indiferente que llenaba los jardincillos del Hôtel de Ville viendo entrar y salir a los ministros con frívola curiosidad mientras las columnas alemanas llegaban a las orillas del Loira sin encontrar resistencia. Y aquella misma noche el mariscal Pétain empezaba a encarcelar a los hombres de espíritu liberal, a perseguir a los judíos, a maldecir a los demócratas y a pronunciar discursos contra las plutodemocracias. ¡Pétain!


El nudo de la tragedia

La caída de Francia no es, sin embargo, el drama lamentable de un pueblo cobarde que no ha querido batirse. No. Francia, durante los meses de la guerra, que han sido su agonía, lucha, no contra el enemigo exterior, sino consigo misma. El proceso de su caída es una verdadera tragedia con todos los elementos de la tragedia clásica. Es la lucha de lo consciente contra lo inconsciente, del hombre contra el mito, del héroe contra la divinidad. Nuestra época, por extraño que nos parezca, es gran creadora de mitos y este del Estado totalitario, del Estado-Moloch, ha sido la divinidad bárbara a la que Francia ha sido sacrificada por sus propios hijos.

El nudo de esta tragedia de Francia radica en la sugestión fatal que sobre el hombre francés contemporáneo han ejercido esos mitos bárbaros que tenía que combatir, no ya porque combatirlos fuera su deber moral de ser civilizado, sino porque para seguir existiendo físicamente tenía que vencerlos, ya que esa divinidad del totalitarismo sólo había sido creada en su daño y para su perdición. Esta lucha interior que se desarrolla entre su conciencia de pueblo culto, ni un solo momento adormecida, y la fascinación que sobre él han ejercido las fuerzas de destrucción puestas en juego para aniquilarle, es lo que provoca el patético desgarramiento interior en el que Francia sucumbe.

Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia.

Tragedia, naturalmente, sin solución, sin más desenlace posible que el aniquilamiento del protagonista. Porque, a pesar de la fascinación que ha padecido, el pueblo francés, en el fondo de su conciencia insobornable, sabe que en ese mito bárbaro del totalitarismo al que se ha sacrificado, no hay nada, absolutamente nada más que una rudimentaria y bestial expresión biológica. Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia.

En el mundo no hay más.

«A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.» 
Pío Baroja


Manuel Chaves Nogales
La agonía de Francia (Versión original española de The fall of France). Claudio García y Cía Editorial, 1941, Montevideo








3284. La agonía de Francia VIII



7

El juego de Reynaud

Daladier no había perdido nunca el contacto con la realidad. Se había hundido pataleando desesperadamente en el légamo de Francia, absorbido por el fondo movedizo e inconsistente de la realidad francesa de nuestro tiempo. Ese tarro de humanidad que se lo tragaba era la verdad de Francia.

La Francia de Paul Reynaud, en cambio, era ya una pura abstracción.

Hay que comprender exactamente el sentido de la caída de Daladier, independientemente de la anécdota personal, porque a partir del momento en que Daladier se hundía, Francia se consideraba íntimamente perdida.

Daladier, pegado a la tierra, lleno de barro y braceando con la realidad de su país que conocía mejor que nadie, llega a la conclusión de que la lucha es inútil. Francia no quiere hacer la guerra. Daladier, cuyo gran pecado como estadista quizás haya sido el de no apartarse un milímetro de la verdad estricta, de su pueblo, no podía engañarse. Estaba identificado con el pueblo, era carne de su carne, salido de su entraña, había vivido íntimamente con él en las trincheras de la Gran Guerra y había estado siempre atento a sus reacciones tanto en su calidad de profesor de historia como por su condición de político demócrata curtido en el forcejeo electoral, en la lucha de encrucijadas de la política rural y en la estrategia de las asambleas del partido radical. Estaba además al frente del Ministerio de la Guerra desde hacía muchos años y no podía equivocarse al medir la eficacia del instrumento que manejaba. Cuando Daladier después de la caída de Finlandia abandona el timón, el buque estaba perdido; hacía agua por todas partes.

Paul Reynaud, con una visión más amplia, más universal que la visión puramente francesa de Daladier, con un horizonte más vasto que el que éste era capaz de descubrir, emprende entonces una operación de salvamento audaz. Suelta el lastre de la tierra francesa, larga las amarras de la realidad y operando con abstracción, con cifras, con puros signos, intenta resolver el problema de Francia por medio del álgebra de la política internacional. Su clave de logaritmos son el Imperio francés, el Imperio británico y en última instancia todo el mundo anglosajón al que desde luego se dirige. Este es el sentido de la conclusión de sus pactos que ligan a vida o muerte a los dos imperios.

Cuando Daladier habla de la fuerza francesa piensa concretamente en tal regimiento determinado, en el coronel que lo manda al cual conoce personalmente, en las bocas de fuego de que dispone, en la filiación política de sus oficiales y en la voluntad de sacrificio que puede animar a cada uno de los soldados a quienes conoce mejor que nadie. Y, naturalmente, no se hace ilusiones.

Cuando Reynaud dice «cuarenta divisiones», lo que hace es poner en circulación un valor entendido, operar sobre el supuesto común, previo e inevitable, que hace posible toda partida de ajedrez. Las piezas tienen un valor convencional, es cierto, pero al final de la partida el que pierde paga en buena moneda. Paul Reynaud pasaba revista a las piezas con que contaba y emprendía la partida seguro de ganarla, porque el enemigo, aunque conociese el valor convencional de las piezas que Reynaud movía, tenía que aceptar el juego y de hecho lo aceptaba, ya que no menos convencional era el valor de sus propias piezas.

Lo terrible es que no ha sido el enemigo, sino la misma Francia la que se ha negado a jugar el juego en que, aun hallándose virtualmente perdida, podía ganarlo todo y ha derribado el tablero y proclamado estúpidamente que sus peones, sus alfiles y sus torres no tenían valor alguno, eran un puro convencionalismo mientras por otro lado aceptaba ingenuamente como bueno el valor también convencional que el enemigo atribuía a sus propias piezas. Esta ha sido la traición de Francia, mejor dicho, de los núcleos franceses que sugestionados por el adversario han traicionado a su propio país.


«¡Antes la esclavitud que la guerra!»

Toda la tragedia de Francia radica en esto. No tenía fe en sí misma, ni en su régimen, ni en sus hombres. La tenía en Alemania, en el nazismo, en Hitler. Por eso se ha entregado sin lucha.

En la operación que intentaba Paul Reynaud —la única que ya podía salvar a Francia—, estaba descontado el convencionalismo tremendo que representaba ese ejército de cuatro millones de hombres que no estaban dispuestos a pelear. Se aceptaba que ese ejército estuviese condenado a desempeñar un papel pasivo, a permanecer en la inacción y sólo era necesario que contuviese o rehuyese las embestidas del enemigo perdiendo terreno si era necesario, batiéndose en retirada cuando fuese preciso, pero sin derrumbarse, sin desertar, sin arrastrar al Estado y al país a una catástrofe irreparable que podía ser evitada porque Francia no estaba sola en el mundo. «Nos defenderemos en el Sena, en el Loira o en el Carona y si fuese necesario seguiríamos defendiéndonos en África, pero la guerra no se perderá», decían quienes estando convencidos de que el ejército francés no podría derrotar de frente al alemán no se hallaban dispuestos a entregarse. Después del fracaso de la operación de Bélgica, el ministro del Interior, señor Georges Mandel, reiteraba su confianza en una frase paradójica, una boutade que explicaba todo el sentido de la operación Reynaud: «Iremos —decía— de catástrofe en catástrofe hasta la victoria final».

¿Por qué se aceptaba ese principio catastrófico? ¿Por qué se tenía la convicción de que el ejército francés no estaba dispuesto a luchar? ¿Por qué ese ejército, que por su preparación profesional, su organización y sus medios de combate debía ser el primero de Europa, aceptaba de antemano la derrota y la humillación?

En esto, aparte la propaganda del enemigo, aparte el efecto desastroso que en la moral militar francesa hubiera podido producir la guerra podrida que durante nueve meses había estado haciendo el hitlerismo eficazmente ayudado por los comunistas, actuaban otras causas, netamente francesas éstas, que pesaban decisivamente en el ánimo de los franceses aun de los que tenían más arraigadas convicciones patrióticas. La triste reflexión que se hacían era la siguiente:

«Contener y derrotar al enemigo le cuesta a Francia por lo menos un millón de hombres. Si para obtener la victoria tiene que sacrificar ese millón de hombres, la catástrofe para nuestro pueblo es tan grande ganando como si hubiese perdido. Francia, diezmada por la guerra, con una población cada vez más reducida por la falta de natalidad y en la necesidad de asimilar constantemente núcleos extranjeros y coloniales, tiene ante todo que economizar la sangre francesa gota a gota. Esa sangría de un millón de hombres que la victoria exigiría puede ser más funesta para el porvenir de la raza y de la nación que la invasión extranjera, la dominación y la esclavitud. ¡Antes la esclavitud que la guerra!»

Así se forjaba en el ánimo de los franceses que se creían sincera y lealmente patriotas el derrotismo que vanamente intentaban perseguir por los cafés los agentes de policía, derrotismo que se había instalado en los centros vitales del país y presidía las deliberaciones del Estado Mayor y los consejos de ministros.


Gamelin

Toda la táctica del gobierno y del Estado Mayor en la conducción de la guerra estaba dominada por esta obsesión. El general Gamelin sabía que su misión verdadera era mantener los frentes en un simulacro de guerra en la que prácticamente no se podía derramar una gota de sangre francesa. Cuando los alemanes se lanzan al ataque, perforan el frente en el extremo de la línea Maginot y avanzan por el agujero de Sedán sin encontrar resistencia, hay un momento en que el generalísimo ve que ha llegado la hora fatal de la lucha y en su orden del día a los ejércitos da la consigna inexorable de que todo hombre tiene que hacerse matar en su puesto. Este orden del día del general Gamelin fue inmediatamente suprimido por la censura. Y el general Gamelin, generalísimo de un ejército cuya misión fundamental era la de no combatir, era relevado automáticamente en el momento en que el combate se hacía inevitable.

Su única victoria posible hubiera sido la de no entablar la lucha. Si luchaba estaba perdido. Esto lo sabía él y lo sabía el gobierno, aunque quizás nunca se lo hubiesen formulado concretamente.

En el fracaso del general Gamelin la opinión querría seguramente saber con cierta precisión la importancia que han tenido o dejado de tener las cualidades personales del generalísimo, su competencia, sus dotes de mando. Creo que la historia tendrá que atenerse para juzgarle como militar a su hoja de servicios anteriores a esta campaña en la que su intervención personal ha sido nula. Desde el momento que aceptó el mando supremo de un ejército que ni estaba dispuesto a combatir ni se quería que combatiese, se resignaba a desempeñar un papel borroso y equívoco con el que pasará fugazmente por la historia.

Sus talentos de estratega, si efectivamente los tiene, no han contado ni podían contar. Ha sido únicamente el falso caudillo de una falsa guerra, el hombre sin cara que ocupaba físicamente un puesto que tenía que estar ocupado por alguien. Todos sus actos y sus palabras han revelado un automatismo inhumano, frío, burocrático, puramente aparencial. Se le ve pasar por la tragedia de Francia como una sombra difuminada que lleva y trae los cartapacios del Estado Mayor y baraja concienzudamente en el papel unas cifras. De él no conocemos más que su correcta asiduidad y ese grito de desesperación rápidamente estrangulado que lanza en el vacío: «¡Que cada hombre se haga matar en su puesto!».

Los hombres no le hacen ningún caso, abandonan ordenada y sistemáticamente sus puestos y Gamelin, cumplida su misión, se retira de puntillas por el foro.


La esfinge del Estado Mayor

Más interesante, y seguramente más reveladora, es la actuación, misteriosa todavía, del Estado Mayor francés en el que había hombres de mucha más fuerte personalidad que Gamelin, consciente y deliberadamente ocultos tras el hermetismo sistemático de «la gran muerte».

Esas esfinges del ejército son las que guardan el secreto de la mecánica militar del derrumbamiento. Los escalones en que Francia va rebotando hasta caer en el abismo, son esos generales silenciosos, impenetrables, esos correctos servidores del Estado, profesionalmente irreprochables, que cumplen estrictamente su deber dentro de una rigurosa disciplina militar, pero están animados por la íntima y secreta convicción de la derrota que tienen descartada la victoria desde el primer día cuando toda Francia la creía aún posible.

Odiando a Alemania con un odio profundo, instintivo, de casta y de raza, han sido, sin embargo, ganados por el sistema, se han dejado subyugar por el nazismo en el que encuentran plenamente realizada una aspiración hondamente francesa, nacida en el alma de Francia por razones históricas antes que en ningún otro pueblo de Europa: el nacionalismo integral, el nazismo. Los generales franceses eran nazis, tan nazis o más que los generales de Hitler. Eran antes nazis que franceses. La obsesión ideológica era en ellos más fuerte que el sentimiento de la patria.

El patriota liberal, el demócrata, que ha cometido el error funesto de renunciar a la guerra ideológica, que ha querido ser antes francés que demócrata, descubría en el último instante que había sido víctima de su generosidad, de su patriotismo mal entendido. Mientras él renunciaba en aras de la patria a la guerra ideológica, los otros se dejaban arrastrar por ella y permitían cruzados de brazos que la patria se hundiese esperando secretamente que de este hundimiento surgiese el triunfo de su ideología. El patriota liberal gritaba entonces: «¡Traición!», clamaba que el glorioso vencedor de Verdún estaba vendido a los alemanes y hubiera querido fusilar en el acto a todos los generales pronazis.

Esta traición no es, sin embargo, de las que puedan ser sometidas a las cortes marciales y juzgadas en juicio sumarísimo. Paul Reynaud, al ver que el ejército se le desmoronaba pudo caer sobre una docena de generales que a última hora fueron destituidos y limogés según la característica expresión francesa. Pero esos generales que caían dentro de la acción de la justicia no eran sino la escoria de la traición verdadera, los que habían dado muestras fehacientes de incapacidad o cobardía, los que en el momento crítico abandonaban sus unidades o se negaban al cumplimiento de las órdenes recibidas. Los otros, los que permanecían en sus puestos, los que frente al avance enemigo arrostraban valientemente el riesgo de la partida difícil que habían emprendido, los que organizaban sistemáticamente las retiradas y las evacuaciones, los que escalonadamente cubrían las etapas del proceso de descomposición que tenían previsto, esos no podían ser acusados ni juzgados como traidores.

No he creído nunca que hayan estado en inteligencia con el enemigo. Es decir; no he creído nunca en su traición material. Ni siquiera parece probable que fuesen capaces de practicar el sabotaje y de ejercer una resistencia pasiva organizada. Les bastaba para cumplir su designio con observar una actitud estrictamente disciplinada, con interpretar a la letra las órdenes recibidas y con abstenerse de toda iniciativa personal, de toda aportación espiritual y anímica. La disciplina no basta para hacer las guerras y mucho menos para ganarlas.

Pero es más, quienes en el ejército francés no observaban esta actitud de esfinges, quienes reaccionaban con humana viveza ante este curso fatal de las cosas, eran precisamente los que se hacían sospechosos de deslealtad. Se llegaba a acusar de contaminación hitleriana no a los que se rendían boquiabiertos ante el hitlerismo, sino a quienes denunciaban la eficacia de la táctica enemiga frente la táctica suicida de Francia.

Había en Francia unas valiosas promociones de coroneles y generales jóvenes que no se resignaban, quizás por estímulos de pura probidad profesional, a aceptar que el glorioso ejército al que pertenecían desempeñase el papel pasivo y humillante que estaba desempeñando frente al ejército alemán. Contra la ortodoxa estrategia del Estado Mayor se alzaban indignadas las voces de quienes preveían la catástrofe.


De Gaulle

Ese coro de generales y coroneles jóvenes que no querían sacrificar al juego siniestro que se estaba jugando su propio prestigio personal, que no querían parecer ciegos y sordos, que se negaban a desempeñar el papel de imbéciles que les había correspondido, gritaban a los cuatro vientos que la táctica que se seguía era funesta, que frente al empleo de la panzerdivision, la guerra de fortaleza que se pretendía hacer a todo trance era perfectamente estúpida, que el ejército francés podía perfectamente en unos meses salir de su estancamiento.

El hombre representativo de esta tendencia era el general De Gaulle. Sus concepciones estratégicas eran compartidas por una masa considerable de generales, jefes y oficiales que habrían terminado por imponerlas si la guerra hubiese seguido interiormente un curso normal, si no hubiese estado presidida por la trágica convicción de la derrota previa indispensable. Cuando Paul Reynaud lleva a la subsecretaría del Ministerio de la Guerra al general De Gaulle era ya tarde.

Se había esperado a que los alemanes perforasen el frente y lanzasen sus columnas motorizadas como flechas por el interior del país para hacer aquella declaración ingenua de que la estrategia del ejército francés había sido modificada de la noche a la mañana y a partir de aquella hora se iniciara una guerra de movimientos completamente nueva.

No era posible destruir la mentalidad Maginot en un instante. A un pueblo al que se le había estado diciendo desde hacía diez años que se hallaba al abrigo de una barrera infranqueable había que convencerle entre dos comunicados oficiales de que el hecho de que apareciesen en los arrabales de las ciudades del interior unas columnas motorizadas alemanas no tenía ninguna importancia estratégica ni afectaba seriamente al curso de las operaciones.


Weygand

El general Weygand tomó el mando supremo ya con el imperativo de esta guerra de movimiento que a aquellas alturas no era, en realidad, sino el reconocimiento de la impotencia de un ejército que se pliega dócilmente a la iniciativa del adversario triunfante.

Weygand no tuvo tiempo sino de recorrer los frentes, comprobar sector por sector, tanto en Bélgica como en Francia, algo que ya sabía de antemano, que el ejército no estaba dispuesto a batirse y volver a contárselo al gobierno.
En esta actuación personal del general Weygand no hay más que un punto inquietante que habrá de ser dilucidado por la historia. El de su entrevista con el rey de los belgas.

Francia ha pretendido que la culpa directa, inmediata y principal de la catástrofe cayese sobre la cabeza del rey Leopoldo. La resolución de éste de entregarse a los alemanes cuando todavía resistían heroicamente las fortalezas de su país ha sido considerada unánimemente como el acto decisivo de la defección, el que daba el triunfo incuestionable a Hitler.

Sería necesario, sin embargo, antes de formular un juicio definitivo, saber cómo se habían desarrollado las entrevistas del rey de los belgas con los representantes de Francia, con Daladier y principalmente con Weygand, qué pudieron decirle, qué garantías darle, qué promesas hacerle o qué esperanzas quitarle. La conducta ulterior de Leopoldo estaba determinada por el plan que Francia, o mejor dicho, el ejército francés, se hubiese trazado. Si Francia no estaba dispuesta a resistir, si la resolución de entregarse era todo lo que podía esperarse de ella, la traición del rey de los belgas no es sino la consecuencia de la traición francesa aunque la haya precedido cronológicamente.

El pensamiento del general Weygand en el momento de su entrevista con el rey Leopoldo y su forma de expresarlo son los que en ese instante crítico pueden haber decidido el curso de los acontecimientos. Hay que inclinarse a pensar que el general Weygand difícilmente podía infundir una confianza y una seguridad que seguramente no tenía.

Cuando se dirige al país el generalísimo se limita a decir con doble y sibilino sentido: «Estamos en el último cuarto de hora». ¿En el último cuarto de hora de qué, de la capacidad de resistencia propia o de la capacidad de ataque del enemigo?

Todo induce a creer que Weygand no ha previsto ni por un momento la posibilidad de intentar la resistencia. Su papel es sencillamente el del liquidador. En los últimos consejos sus conclusiones sobre la situación real del ejército y sus posibilidades estratégicas unidas al pesimismo fundamental del mariscal Pétain, que ya en 1917 cuando no era octogenario era terriblemente pesimista, han debido de precipitar el derrumbamiento quebrantando la voluntad de resistencia que positivamente animaba a Reynaud.

Esta guerra ha sido efectivamente una guerra «drôle» en la que los militares han sido curiosamente pacifistas y derrotistas sistemáticos.


Pétain

La arriesgada operación que Paul Reynaud intentaba para salvar a Francia haciendo para ello abstracción de las impurezas de la realidad, tomando a los hombres como puros símbolos y a las masas como cifras, caminaba rápidamente al fracaso porque el país estaba podrido hasta el hueso, los hombres no tenían grandeza ni prestigio y las masas eran como rebaños trashumantes, las fuerzas movedizas que ni siquiera en el papel y teóricamente podían ser esgrimidas. En Francia no se podía decir que había tantos comunistas ni cuantos fascistas, ni que los republicanos y los monárquicos eran tales y cuales, lo mismo podía haber cinco millones de soldados que no haber ninguno, igual podía decirse que Francia era esto o lo otro, una cosa y todo lo contrario. Pocas veces un pueblo ha llegado a tener una inconsciencia tan grande; pocas veces la pulverización de un país ha sido tan evidente.

En cuanto a los hombres representativos que Paul Reynaud quería tomar como símbolos esgrimiéndolos como arma de lucha, revelaron pronto que ni para eso servía su grandeza pasada y su prestigio. El caso del mariscal Pétain es significativo.

El vencedor de Verdún, cargado de años y de gloria, podía haber sido al lado del gobierno, por lo menos, lo que eran los ancianos venerables en las tribus primitivas, el poder moderador entre las fratrias rivales.

Toda la gloria de Pétain no ha servido para provocar un minuto de apaciguamiento. Pétain mismo no ha sabido ser sino un partisan, un leño más arrojado al fuego, un tronco añoso con que incrementar la hoguera de la discordia interior en la que Francia se consumía.

El gobierno, al llamarlo a sus comicios, lo que hacía con ello era avivar la lucha interior, precipitar la consunción de Francia.

Como esta equivocación fundamental de Pétain, el gobierno Reynaud ha cometido otras menores en cuanto al volumen de las figuras en cuestión, pero no menos fuertes. El señor Baudoin, surgiendo del fondo discreto en que se mueven las fuerzas auténticas del capitalismo para ser colocado por Paul Reynaud inmediatamente a su lado con el designio de que su presencia y su control infundiesen confianza a las fuerzas conservadoras cuya deserción era la ruina de Francia, no ha servido, en realidad, sino para que la traición del capitalismo a la nación y al Estado se precipitasen, para que los rentistas prohitlerianos de Francia diesen el golpe de gracia desde los consejos de ministros al régimen democrático que, por patriotismo, les llamaba en su ayuda para salvar la nación.


Manuel Chaves Nogales
La agonía de Francia (Versión original española de The fall of France). Claudio García y Cía Editorial, 1941, Montevideo







3282. Consejo obrero




Se levantó furioso y dijo:

—Pido la palabra.

—No hay palabra —respondió el presidente.

—¡Camarada presidente, pido la palabra! —insistió.

—He dicho que no hay palabra.

—¡Por última vez, camarada presidente, te pido la palabra! —gritó con tono amenazador.

—Tu asunto está bastante discutido. ¿Para qué quieres la palabra, vamos a ver? —dijo el presidente transigiendo—. ¡Habla!

Y él, con una rabia feroz revestida de un gran énfasis tribunicio, comenzó:

—He pedido la palabra ante el consejo obrero, primero, para mentarle la madre al camarada presidente, que es un hijo de perra, y después...

Allí acabó la sesión del consejo. Salieron a relucir las pistolas y todos se precipitaron manoteando sobre el provocador que, acorralado, les miraba de uno en uno con los ojos centelleantes. Llovieron sobre él los insultos.

—¡Fascista!

—¡Traidor!

—¡Amarillo!

—¡Lacayo!

Daniel, con la espalda contra la pared, acechaba dispuesto a saltarle al cuello al primero que le pusiese la mano encima. Su torso recio, su cara congestionada y sus manazas encallecidas infundieron respeto. No le tocaron. Fue reculando sin perder la cara a sus enemigos, ganó la puerta y salió.

Al llegar a la verja de la fábrica se volvió y escupió:

—¡Hijos de perra!

Echó a andar con las manos en los bolsillos. Al pasar junto a la tabernita de la esquina se le unió discretamente Bartolo y juntos siguieron caminando sin cambiar palabra. Al cabo de un rato, Bartolo, que lo miraba de hito en hito a través de los cristales gordos de sus gafas, se aventuró a preguntarle:

—¿Qué? ¿Qué han dicho?

—¡Los guarros! —gruñó Daniel—. No han querido oírme. ¡Y han hecho bien, porque si me dejan hablar...!

—Entonces... El sábado, a la calle. ¿No es eso?

—¡A la calle, a la calle! ¿Pero es que ahora se puede estar en la calle? ¿Crees tú que es como antes? ¡Que se enteren tus vecinos de que te han despedido de la fábrica por fascista y verás lo que tardan las milicias en echarte mano y darte un paseo!

—¿Qué hacemos entonces?

—¡No sé...! Seguir yendo al trabajo mientras nos dejen, volver al consejo obrero, discutir, patalear y, en último caso, partirle la cara a uno de esos canallas de delegados. Todo, menos consentir que nos tiren como ratas muertas. ¿No ves que si un consejo obrero te expulsa de la fábrica lo de menos es que quedes sin jornal? ¡Es que te matan al revolver una esquina!

—¿Crees tú que no me paso yo el día entero esperando de hora en hora que las milicias me quiten del torno y me saquen del taller para matarme?

—¡Asesinos!

—Desengáñate, Daniel. Quizá sea más peligroso quedarse en el taller. Ellos necesitan las plazas para los parados del sindicato, para los suyos, para sus protegidos. Y a lo mejor te matan sólo para que haya una vacante. Más vale dejarla por las buenas y salvar el pellejo.

—¡Pero a mí por qué me van a matar! —vociferaba frenético Daniel.

—Porque eres un lacayo de la burguesía. ¿No te lo han dicho?

—¿Porque soy un lacayo de la burguesía o porque no he sido un lacayo de ellos?

—Es igual. ¿Por qué les echó a ellos el patrón cuando fracasó la revolución de octubre? ¿Por qué mató la guardia civil a todos los que los patrones quisieron? Porque no estaban del otro lado, porque no se sometían, porque no se humillaban. Pues lo mismo te exigen ahora los del sindicato para no matarte: que te sometas, que te humilles.

—¿Pero yo no gano mi jornal trabajando?

—¡El trabajo! ¡Bah! ¡Hay demasiados hombres que trabajen! El trabajo lo daban antes como una limosna los patrones; ahora lo dan como un premio los sindicatos. Teníamos que haber hecho méritos revolucionarios. ¡Si aún nos diesen tiempo para hacerlos!

—No; no nos quieren. ¿No has visto que el consejo obrero no me ha dejado siquiera defenderme?

—Sólo hay un medio para salvarse, Daniel, y yo voy a intentarlo.

—¿Cuál?

—Los delegados del consejo obrero, socialistas y comunistas casi todos, no consienten que vivan y trabajen más que los obreros revolucionarios, y ni tú ni yo lo somos; al contrario, nos acusan de fascistas...

—Yo no lo he sido nunca.

—Es lo mismo. Estabas sometido al patrón, reconocías su autoridad, acatabas su derecho, te plegabas a sus caprichos, obedecías... No te van a aceptar nunca los socialistas ni los comunistas...

—Y entonces...

—Es muy sencillo...

Hizo una pausa y agregó:

—Hazte anarquista.

—¡Yo anarquista!

—Tú y yo anarquistas, sí. No tenemos otra salida. Mira, Daniel, los anarquistas son tan revolucionarios como los marxistas del consejo obrero o más; son fuertes, tienen armas, se hacen respetar, defienden a los suyos. Hoy, el obrero que no tenga su carné de un sindicato revolucionario es un paria al que cualquier miliciano puede matar como a un perro. Los comunistas no nos van a dar el carné. Nos lo darán los anarquistas, que necesitan obreros de verdad en sus sindicatos. Tan revolucionarios como los de la UGT seremos con nuestro carné de la CNT en el bolsillo. ¡Vamos por él!

—¿Tú crees que nos lo darán?

—Creo que sí. Yo tengo algunos amigos anarquistas. No son mala gente. Mejores desde luego que todos esos jesuitas hipócritas del comunismo. Con ellos es posible entenderse. Basta con hablarles al corazón. Nos sermonearán, nos asustarán un poco, pero, si se emocionan, si nos creen capaces de redención, nos abrirán los brazos. A los anarquistas les gusta mucho redimir a la gente. ¿Tú sabes los centenares de señoritos fascistas que llevan ya redimidos? —dijo Bartolo guiñando un ojo. Y en voz baja añadió—: Redención a metálico, ¿sabes?

—Total, que son unos granujas.

—Hay de todo, granujas y místicos. Sinvergüenzas capaces de matar a su padre por quitarle un paquete de tabaco y locos que se hacen matar por ideales. ¿Pero, a nosotros, qué nos importa? Lo que necesitamos es salvar el pellejo y si es posible el jornal. ¿Vamos?

Daniel se dejó llevar al sindicato anarquista, donde se entrevistaron con un amigo de Bartolo, el viejo Felipe, anarquista de toda la vida, a ratos ladrón y a ratos apóstol de la Idea por mesones aldeanos y patios de presidio. Era un hombrezuelo seco, amojamado, con los ojos negros muy hundidos en las cuencas amoratadas, el pelo ralo y ceniciento aplastado sobre la frente, unas cuerdas muy tirantes en el cuello delgado que sostenía difícilmente la cabezota y un tórax hundido de tuberculoso. Acogió a Bartolo bromeando:

—¿Qué te trae por aquí, reaccionario? ¿Vienes a que te demos los cuatro tiros por la espalda que te mereces?

Bartolo siguió la broma condescendiente y procuró congraciarse con él.

—Creí que estarías en el frente, Felipe. Hombres como tú son los que hacen falta allí...

—En el frente de la Sierra estuve desde el primer momento, pero me dieron un balazo y luego tuve una pulmonía. Aún estoy convaleciente.

—¡Bah! Tú eres fuerte. El hombrecillo se estiró complacido.

—No creas, no creas. El corazón no marcha bien. Está viejo. Ha sufrido mucho. Cuando tuve la pulmonía creyó el médico que no la resistía. Por eso me han quitado del frente y me han destinado a los servicios de retaguardia.

—¡Vamos, Felipe, un enchufito! ¡A comer jamones incautados! ¿No es eso?

—¡Sí, sí! ¡Qué idea tenéis los reaccionarios de la revolución! No puedo ir a la Sierra, a la lucha, porque mi corazón no resiste la altura ni las marchas penosas, pero aquí tengo encomendado un servicio que se las trae. Menos mal que el esfuerzo físico es poco.

Y bajando la voz agregó:

—No lo digas a nadie. Estoy en el pelotón de ejecuciones de la cárcel Modelo.

Daniel no pudo dominar una exclamación.

—¿Y está usted enfermo del corazón, camarada? —preguntó.

—Los anarquistas somos la hostia, compañero. Sabemos retorcernos el corazón, si hace falta, para cumplir nuestro deber revolucionario. Lo que esos jovencitos comunistas que presumen de coraje no se atreven a hacer, aquí está el viejo Felipe, anarquista, dispuesto a hacerlo en bien de nuestros sagrados ideales. Aunque el corazón se me salga por la boca.

Daniel tuvo una sensación aguda de malestar. Su sana y fuerte vitalidad repugnaba el contacto con aquel ser patológicamente débil y morbosamente cruel. Bartolo, contemporizador, llevó la conversación adonde a ellos les convenía. El viejo Felipe se dejó convencer fácilmente y les llevó a la secretaría, donde otro camarada les hizo llenar unas fichas y les dijo que tenían que aguardar la decisión del responsable.

Éste vino tarde. Los responsables anarcosindicalistas llegaban siempre tarde a todas partes. Felipe se marchó dejando a Daniel y Bartolo recomendados. Él les garantizaba. El responsable acogió severamente a los dos obreros, escuchó la pretensión que llevaban, frunció el entrecejo y después de echarles un discurso terrorífico consintió en aceptarles provisionalmente si daban «su palabra» de no ser fascistas.

La dieron. Daniel, abiertamente. Bartolo, con ciertas sutilidades y salvedades sobre su pasado.

—El pasado no nos importa —dijo solemnemente el responsable—; todos los hombres se pueden redimir. Por incultura o por hambre es posible haberlo sido todo, hasta criminal, hasta fascista... Lo importante es que la conciencia proletaria se despierte algún día...

Salieron con sus carnés de sindicalistas en el bolsillo. Por primera vez desde que comenzó la guerra civil pudieron caminar sin miedo por las calles oscuras. Cuando un miliciano, cegándoles con el resplandor de su linterna eléctrica, les dio el alto respondieron altivamente:

—¡CNT!

—¡Salud, camaradas! —dijo el centinela dejándoles el paso franco.

Daniel y Bartolo respiraron a sus anchas. Volvían a ser hombres. Se fueron cada uno a su casa pensando que al fin iban a poder dormir tranquilos.

Cuando los pasos de Daniel resonaron en la escalera, Manuela, su mujer, que había estado durante tres horas detrás de la puerta al acecho de su marido y pensando a cada instante que ya se lo habrían matado, se dejó caer extenuada por la angustia:

—¡Al fin! —dijo cuando le vio aparecer. Y, tiritando, le colocó sobre la mesa el pucherillo y se metió en la cama.

Daniel apartó la comida con desgana, sacó su flamante carné de sindicalista y allí, bajo la luz de la lámpara familiar, con sus pueriles flecos de cristal, estuvo considerándolo complacido. Luego cogió un lápiz y un plieguecillo de papel y mascándose la lengua se puso a escribir lentamente: «Al consejo obrero de la Metalúrgica Madrileña, S.A.: Reclamación del obrero tornero Daniel López, afiliado a la CNT, al que se ha despedido injustamente...».



*


—¿Y se nos van a escabullir esos dos canallas?

El camarada Carlos, secretario del comité ejecutivo del consejo obrero, tiró con rabia sobre la mesa de la gerencia la reclamación del tornero Daniel.

—¿Qué dice? —preguntó Esteban, otro miembro del consejo.

—¡Pse! Que no ha sido nunca fascista, que no se le puede acusar más que de haber defendido su jornal...

—¡Traicionando a sus compañeros!

—... para dar de comer a sus hijos...

—¡Yo también tengo hijos y se han quedado sin comer!

—... que si él ha hecho traición en alguna huelga, todos los delegados del consejo obrero han hecho también traiciones...

—¡Yo no!

—... como puedo demostrar caso por caso...

—¡Es un canalla!

—Y que, ¡agárrate!, se halla afiliado al sindicato metalúrgico de la CNT, que defenderá su derecho de proletario. ¿Qué te parece?

—A ese tío hay que darle un paseo esta misma noche.

—¡Despacio! ¡Despacio! Primero hay que «desmontar su plataforma». Aquí denuncia que todos los miembros del consejo obrero han hecho traiciones a la causa del proletariado y afirma que está dispuesto a probarlo. Esto no podemos dejarlo así. ¡Qué más quisieran los anarcosindicalistas! No hay más remedio que dejarle hablar, destruir una por una sus acusaciones, concretar bien los cargos que existen contra él, y luego, que las milicias de retaguardia le echen mano. Lo primero es completar su ficha. Descuida que tiene méritos bastantes para el paseo.

—Y el otro, ¿Bartolo?

—Ése es más zorro y tiene más miedo. Comunica al consejo que, no obstante hallarse afiliado a un sindicato revolucionario, la CNT, naturalmente está dispuesto a ceder su plaza en el taller a otro compañero más cualificado por su actuación sindical. Pide sólo que si se le despide se le dé un certificado firmado por el consejo obrero que le permita buscar trabajo en otra fábrica. Se bate en retirada, vamos.

—¡Hay que echarlos! ¡A los dos!

—Descuida. Vamos a utilizar nuestro servicio de información para completar sus fichas y poder apabullar a los de la CNT, que procurarán defenderlos. Lo mejor sería poder demostrarles que eran militantes activos del fascismo. Como sabes, han caído en nuestras manos los ficheros secretos de los afiliados de la Falange. Vamos a ver...

El camarada Carlos, secretario del comité ejecutivo, verdadero dictador del consejo obrero y hombre de confianza del Partido Comunista, puso en movimiento el flamante «aparato policíaco» de la revolución con una simple llamada telefónica.

Mientras desde el suntuoso despacho de la gerencia los nuevos amos, mejor servidos que los antiguos, lanzaban el «alalí» a sus sabuesos y los azuzaban a la caza del hombre, se veía a través del amplio ventanal que iluminaba la confortable estancia el desfile silencioso de los obreros que entraban al relevo. Ni la guerra ni la revolución habían traído para ellos grandes mudanzas. Daniel y Bartolo, solos, huraños, atravesaban la verja de la fábrica y, sin cambiar palabra con sus compañeros, entraban en el taller y se ponían afanosamente al trabajo. En la secretaría, contigua a la gerencia, tecleaban como siempre las mecanógrafas inutilizando muchos plieguecillos porque, distraídas, en vez de encabezar las cartas poniendo «camarada», como se les había ordenado, seguían escribiendo «muy señor mío» y porque se obstinaban en estrechar las manos de los clientes, en vez de enviarles saludos proletarios. La revolución tenía también su etiqueta. A la puerta de la dirección se mantenía inconmovible el ordenanza del director, el viejo Tudela, impecable siempre dentro de su librea, que no había habido manera de arrancarle ni de desabotonarle siquiera. Muy celoso de su menester y haciendo uso del derecho que le concedía su carné de antiguo sindicado, el fiel ordenanza del director había querido seguir en su puesto y se obstinaba en desempeñar cerca del camarada Carlos la misma función solícita de viejo criado que durante largos años había ejercido con el patrón burgués. Siempre correcto y ceremonioso, el viejo Tudela seguía guardando respetuosamente las distancias cuando se hallaba en presencia de los delegados del consejo obrero, del mismo modo que antes las guardaba con los accionistas de la compañía, y para las bromas groseras del camarada Carlos tenía la misma condescendiente benevolencia que para los accesos de ira y de soberbia del antiguo director. Su larga vida de servidumbre le había enseñado a comprender y aun a disculpar mejor que nadie las intemperancias y las injusticias del que manda. Tudela, con sus cincuenta y tantos años de domesticidad, sabía que el jefe es siempre arbitrario, violento e ininteligente. Desde el primer día hizo extensiva al camarada Carlos la misma solícita y benévola afección que había tenido por su antiguo señor. El nuevo amo le parecía más duro, pero más razonable. En el fondo de su alma de criado tenía tan lamentable concepto de uno y otro, que podía permitirse el lujo de disculpar a ambos. A veces el camarada Carlos estaba de buen humor y embromaba al viejo servidor.

—¿Qué hay, camarada Tudela? ¿Sabes que tus correligionarios, los fascistas, se han llevado ayer una paliza formidable en la Sierra?

—Yo no soy fascista.

—Bueno, carlista, es igual.

—Perdone, no es igual. Yo fui carlista en mi juventud, cuando la otra guerra, hace sesenta años.

—¿Y erais ya entonces tan criminales como ahora?

Tudela cabeceaba disgustado y respondía:

—Entonces nos batíamos hombre contra hombre, lealmente. Entonces no había aviones como esos que han asesinado a mi nietecillo en su cuna. Entonces...

El viejo Tudela se exaltaba con el recuerdo.

—... entonces, el cabecilla Cucala, cuando íbamos a entrar en batalla contra los cristinos, nos daba a cada uno de los muchachos de su partida tres balas, sólo tres balas, y nos advertía: «Cuando termine el combate tenéis que devolverme una». Ésa era la guerra que hacíamos los carlistas de entonces: dos disparos y a buscar cara a cara al enemigo. Ahora... ahora no son los carlistas los que hacen esa guerra. Los carlistas no hemos hecho nunca la guerra como los militares de profesión, que se encarnizan contra el enemigo aunque sea de su propia sangre. ¡Todos nuestros generales habían salido del pueblo! —decía el viejo Tudela, orgulloso de encontrar un resquicio demagógico en el viejo carlismo.

—Es decir, que erais unos revolucionarios o poco menos —replicaba riendo Carlos.

—No; peleábamos por nuestro Dios, nuestra Patria y nuestro Rey, pero no matábamos por matar ni trajimos a España extranjeros que asesinaran a los españoles.

Hizo una pausa. Carlos le escuchaba distraído, pensando en otra cosa.

—Hoy —siguió diciendo Tudela— se mata a los hombres como si fuesen ganado.

Y bajando la voz añadió:

—Aquí como allí; los míos como los suyos, compañero Carlos; en todas partes andan sueltos los asesinos y...

—¡Alto, Tudela! ¡Alto! Si no quiere que le denuncie a las escuadrillas de retaguardia —cortó Carlos violentamente.

Fue a salir. Tudela, que se había retirado a una respetuosa distancia, se adelantó a abrirle la puerta. Carlos, irritado, le empujó hacia delante.

—¡Vamos! No sea usted lacayo, Tudela —le dijo.

Salió. En la penumbra del pasillo un hombre que le estaba esperando se le acercó tímidamente.



*


Aquel hombre, Valentín el contramaestre, era como un alma en pena que vagaba por los pasillos de la fábrica desde que comenzó la guerra, convertido en el espectro de sí mismo. Día y noche iba y venía por las naves desiertas o pobladas de trabajadores con la cabeza baja, la mirada huidiza y atravesada, sin encontrar en aquel mundo hostil que le rodeaba el asidero de una frase amable o de una mirada afectuosa. A su paso los obreros se apartaban de él como si estuviese apestado, cesaban las conversaciones y una atmósfera de vacío y hostilidad le mantenía aislado. A veces oía decir a su espalda:

—¿Pero a ese tío canalla cuándo lo matan de una vez?

Valentín bajaba más aún la cabeza y seguía adelante buscando inútilmente un rostro amigo ante el que ensayar una sonrisa humilde y forzada. Sus ojos claros tenían la misma expresión temerosa que los de un perro ante el amo irritado. A veces, él mismo, incapaz de soportar aquel tormento, se preguntaba:

—¿Cuándo me matarán de una vez?

No le mataban. Las milicias habían ido a buscarle al día siguiente de la revolución, como fueron a buscar a todos los contramaestres de la fábrica para hacerles pagar con un balazo en la nuca su servidumbre al capitalismo y su crueldad para con los obreros. Fue providencial que en los primeros momentos no le encontrasen a él, que era al que con más ahínco buscaban, porque había sido el hombre de confianza del capitalista, el ejecutor de sus venganzas, el delator, el «rompehuelgas», el «cuchillo de los trabajadores», como le llamaban. Consiguió esconderse en los sótanos y desvanes de la fábrica, que conocía mejor que nadie, y escondido estuvo mientras las milicias cazaban y ponían junto a la pared a los demás capataces, que con muchos menos motivos que él fueron implacablemente ejecutados. Cuando al fin dieron con él, se planteó un grave problema. Valentín era ya el único jefe de talleres que quedaba vivo. Si le mataban también, huidos los ingenieros y el director, era casi seguro que el trabajo tuviera que interrumpirse. Sólo él conocía la técnica de determinadas labores y poseía los secretos de la fabricación. Las fórmulas de ligas y aleaciones y las clases de la instalación. El problema se puso a debate en el pleno del consejo obrero.

En el fondo de la cuestión todos estaban conformes. Valentín, traidor cien veces a la causa del proletariado, merecía ser librado inmediatamente a la justicia de las milicias de retaguardia. La necesidad de asegurar la continuidad de la producción merecía, sin embargo, que se reflexionase sobre el caso. Los delegados más exaltados, los que habían llevado a los butacones del salón del consejo un odio feroz, votaban por la entrega inmediata de Valentín a las milicias; pasase lo que pasase. Otros, más prudentes, ya que no más piadosos, se mostraban partidarios del aplazamiento. El camarada Carlos, el «ojo de Moscú», dio la fórmula. Valentín no sería entregado de momento a las milicias, quedaría en la fábrica controlado por dos camaradas de confianza que, además de la misión de vigilarle, tendrían la de ir imponiéndose de sus funciones, adiestrándose en ellas y apoderándose poco a poco de los resortes y secretos de la fabricación, hasta que pudiesen sustituirle. Entonces Valentín sería entregado a las milicias. Para que éstas no se lo llevasen antes de tiempo, se tomó la precaución de que el cuitado no saliese de la fábrica, y allí comía y dormía como una alimaña acosada que se esconde en su agujero. Se había comprometido a imponer de los secretos y dificultades de su cometido a los dos hombres de confianza del consejo obrero, y cada día que pasaba aquellos dos hombres, hábilmente escogidos, estaban más diestros. «Pronto no necesitarán de mí —pensaba—, y entonces me matarán».

Y temiendo que le matasen si no se prestaba a adiestrar a los que habían de sustituirle, y sabiendo que le matarían también cuando les hubiese adiestrado, vivía en una creciente ansiedad y una angustia terrible que le hacían andar día y noche como un alma en pena por los pasillos de la fábrica esperando y a veces deseando que las milicias fuesen de una vez por él y le librasen de aquel tormento.

Transcurridas ya varias semanas, había empezado a hacerse ilusiones. «Les he servido lealmente —pensaba—; quizá me indulten...». Pero el odio que le tenían era inextinguible. En la última reunión del consejo, el delegado del taller de laminación, Benito, planteó la cuestión brutalmente.

—¿Se puede saber cuándo va a ser expulsado del taller y entregado a las milicias ese canalla del contramaestre?

Benito era uno de los caudillos revolucionarios de la fábrica. Hombre fuerte, rebelde y violento, había sido en otro tiempo el cabecilla de las huelgas movidas contra la empresa capitalista. Expulsado por ésta, había vuelto al taller merced a la revolución y se obstinaba en mantener ciegamente en el consejo obrero el espíritu de revancha y el ansia vengativa.

—¿Cuándo acabamos con ese enemigo a muerte de los proletarios? —apremiaba.

El camarada Carlos, impasible, replicaba fríamente:

—Cuando podamos; cuando nos convenga. No vamos a poner en peligro el funcionamiento de la industria por la impaciencia del camarada Benito.

—Es que yo me niego a convivir con ese miserable. Prefiero que se cierre la fábrica a seguir soportándole en ella.

Carlos sonreía imperturbable.

—¡Y si no se le expulsa hoy mismo, me voy del consejo!

—Nada de amenazas, camarada. A ti te necesitamos menos que al contramaestre, por muy revolucionario que seas. ¿Te enteras? —replicó Carlos.

Benito saltó furioso.

—A quienes no necesitamos es a los jesuitas que se dedican a proteger fascistas y a salvarles la vida. ¡Estaría bueno! La revolución ha triunfado para que yo, ¡yo!, pueda vengarme de esa canalla. Esto es lo único que me importa. Si se cierra la fábrica, que se cierre. Si para que la revolución siga adelante tengo que soportarlo, prefiero que se pierda la revolución.

Se levantó iracundo y, encaminándose a la puerta, anunció:

—¡Ya os enseñarán a hacer justicia revolucionaria!

Dio un portazo y se fue.

Por eso Valentín, a quien un alma piadosa le había contado la escena, estaba en el pasillo aguardando pacientemente al camarada Carlos.

—Vengo a darle las gracias —le dijo con voz entrecortada— porque sé que me ha defendido usted en el consejo.

Carlos, seco y hostil, replicó:

—Le han engañado. Yo no defiendo traidores. Defiendo la fábrica.

Y le volvió la espalda.

Aquella misma madrugada una patrulla de milicianos se presentó en la fábrica. Aprovechándose de que no había en ella más que un viejo guardián asustado, los milicianos entraron en el edificio y estuvieron registrándolo hasta que sacaron entre los cañones de sus pistolas al contramaestre Valentín. Le metieron en un auto que partió hacia los desmontes de las afueras.

No volvió a saberse más de él. Benito había cumplido su amenaza.

Carlos, al día siguiente, cuando se enteró, no hizo más que decir, rechinando los dientes:

—¡Idiota! A ese imbécil de Benito, ya que no lo fusilaron los burgueses como debían, vamos a tener que fusilarlo nosotros.

Y siguió trabajando.



* 


El sudor que le caía a chorros por la cara se lo enjugaba pasándose por la frente la manga sucia de su blusa de taller. Y seguía. Le faltaban las palabras, vacilaba, sufría penosos silencios, volvía a decir lo mismo que ya había dicho, pero seguía. Sus jueces le miraban impasibles. Aquel silencio glacial le desconcertaba. Pero hacía un esfuerzo y seguía.

—¿No tienes nada más que decir, camarada? —le preguntó el presidente en una de aquellas pausas en las que el orador parecía detenerse ante un abismo.

—¡Sí, sí! Tengo que decir mucho más. ¡Es... que no me sale!

Lo que Daniel quería decir a toda costa y no sabía era la indignación que a borbotones sentía hervir en su pecho contra aquella inhumana «justicia de la revolución» que querían hacer con él.

—Yo no he sido nunca revolucionario —decía—, pero tampoco tenía obligación de serlo. Nadie me puede llamar traidor a la revolución porque nunca me había comprometido a hacerla ni ayudarla. Yo ganaba mi jornal trabajando honradamente. No era mal compañero. Creo yo. Servía al patrón...

Una sonrisilla delgada de uno de los consejeros le exasperó:

—¡Como le servíais todos vosotros, cochinos!

Estalló una tempestad de protestas.

—¡Todos, todos! —vociferaba Daniel—. ¡Cuando perdíais las huelgas veníais humillados a lamer la mano al patrón para que os diese trabajo!

El presidente cortó el tumulto.

—Procura justificarte sin injuriar a los camaradas si quieres que te escuchen con paciencia.

Daniel bajó el tono.

—Yo servía al patrón... La fábrica era suya; él mandaba y nosotros los trabajadores obedecíamos. Procuraba estar a buenas con él. Vosotros luchabais; yo no. Vosotros queríais mandar; yo me había resignado a obedecer. Vosotros queríais ser los dueños de la fábrica; yo no lo he soñado nunca. ¡Ya sois los amos! ¡Ya mandáis! No os pido más sino que me dejéis vivir y trabajar como me dejaba el patrón. No os discuto la victoria, no os reclamo una parte. Yo no era de los vuestros, no estaba en vuestro sindicato, pero tengo derecho a la vida y al trabajo. ¡No vais a ser peores que los burgueses!

Daniel se detuvo asustado de su propia elocuencia. Miró en torno suyo. Las caras de los consejeros seguían impasibles. Únicamente desde un rincón penumbroso del salón llegó hasta sus ojos el relámpago de una mirada amiga que le animaba a seguir. Don Jorgito, el viejo administrador de la fábrica, incorporado al consejo obrero en calidad de técnico, sin voz ni voto, le enviaba el aliento de su simpatía.

—Yo —terminó Daniel— he estado siempre solo. Solo, en medio de la calle, luchando con el hambre y la miseria, me hice hombre; solo aprendí mi oficio y solo tuve que defenderme contra los patrones que me explotaban. ¡A nadie debo nada! ¿Qué me pedís? ¿De qué me acusáis ahora?

Hubo un largo silencio.

—¿Tienes algo más que añadir, camarada? —le preguntaron.

—No.

—Puedes retirarte. El consejo deliberará sobre tu asunto y se te comunicará la resolución.

Hicieron pasar luego a Bartolo, que compareció ante el tribunal asustado, medroso, mirando de través a los consejeros. Balbuceó unas excusas torpes, pidió perdón y prometió ser en adelante leal a la revolución. Como prueba de adhesión a la causa exhibió su flamante carné de sindicalista.

Los delegados socialistas y comunistas se le rieron en su cara cuando invocó aquella patente sucia, y el delegado anarquista protestó y salió en defensa de Bartolo.

—¿Has pertenecido o no a los sindicatos amarillos que dirigían los patronos? —le preguntaron para cortar el incidente.

—Sí; no tuve más remedio..., me obligaban... —se vio forzado a reconocer.

—Eso no importa —dijo el delegado anarquista—. El obrero cuando se ve acosado puede claudicar por hambre.

—¿Eres fascista?

Bartolo sabía que se jugaba la vida en aquel instante.

—¡No! —dijo.

—¿No estabas inscrito en las listas de la Falange Española?

—¡No! —repitió.

—Basta. Puedes retirarte.

Cuando hubo salido, el delegado anarquista protestó violentamente contra la sistemática persecución por parte de los comunistas de los obreros que pertenecían a la CNT.

—Si no aceptaseis a los fascistas, no desconfiaríamos.

—¡Nosotros no aceptamos fascistas!

—¡Ése lo es! Y debía estar ya fusilado. Pero no te preocupes. Nuestras milicias no tardarán en echarle el guante.

—A ése no se le toca el pelo de la ropa porque mi sindicato no lo consiente. Es un obrero nuestro cuya vida y cuyo trabajo defenderemos con nuestras pistolas. ¿Estamos?

—¿Aun siendo fascista?

—¡No! Si es fascista, si nos ha engañado, no esperaremos que le matéis vosotros. Los anarquistas sabemos cortar por lo sano y hacer justicia más dura aún con los enemigos emboscados a nuestro alrededor que con los que tenemos enfrente. ¡Lo que no sabéis hacer vosotros!

—¿Y si yo te demuestro que Bartolo os traiciona, que era fascista y sigue siéndolo? —le replicó Carlos desafiándolo.

—Demuéstramelo y le mato yo mismo como a un perro. 

Pero hay que demostrármelo. ¡Antes no se le toca ni un cabello!

—Yo te lo demostraré. Y basta —concluyó Carlos—. Vamos ahora a estudiar el problema de la permanencia en el taller de estos dos obreros enemigos de la causa del proletariado. Después las milicias serán las que se encarguen de ellos.

Sobre Bartolo no había duda. Era un miserable lacayo de la burguesía que tenía sobre su conciencia infinitas traiciones a la causa del proletariado. Con la única protesta del delegado anarquista, que se reservó el derecho de pedir la revisión del asunto, se tomó el acuerdo de expulsar a Bartolo del taller.

—No le denunciaréis a las milicias ni le pasará nada mientras nuestro sindicato no ponga en claro sus antecedentes y su conducta, ¿eh? —aclaró el delegado de la CNT.

—Compañero —le dijeron—, nosotros no tenemos nada que ver con eso. Allá él con las milicias. Si algo debe, ya se lo harán pagar.

En cambio, sobre Daniel hubo un arduo debate. En el fondo, ninguno de los delegados le quería. Le odiaban tanto o más que al traidor Bartolo. En último caso siempre era más peligroso aquel tipo fuerte y entero que cualquier pobre diablo de los que estaban cayendo a diario. Un hombre como Daniel era el peor enemigo de la revolución y de la dictadura del proletariado. Había que acabar con él. Les detenía el escrúpulo de que no se le había podido encontrar por ninguna parte rastro alguno de actividad contrarrevolucionaria. Ni había sido fascista, ni había pertenecido jamás a ningún sindicato amarillo. Se había limitado a desconocer y desacatar las organizaciones proletarias de la lucha de clases, a no secundar las huelgas y a procurarse mejoras económicas trabajando a destajo o en horas extraordinarias, contrariando los acuerdos e intereses sindicales. Daniel había sido siempre el enemigo de la organización. Su rebeldía contra la disciplina proletaria y su desdén por los líderes obreristas estaban bien probados. Pero, a pesar de todo, era indiscutiblemente un obrero, un proletario ciento por ciento; ni un «cuchillo para los trabajadores» ni un «lacayo de la burguesía». ¿Tenían derecho a condenarle quienes en nombre del proletariado hacían la revolución y administraban la justicia revolucionaria?

Todos, en el fondo de su conciencia, sabían que no.

Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué? Por lo mismo que condenaban antes la burguesía: por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente. ¡Fue una lástima! El día en que el consejo obrero expulsó del taller al obrero tornero Daniel, se perdió la causa del pueblo. Los cañones del ejército sublevado martilleaban inútilmente las trincheras de Madrid; los aviones italianos y alemanes asesinaban en vano mujeres y niños. Pero la causa del pueblo se había perdido por este sencillo hecho. Porque el consejo obrero de una fábrica había tomado el acuerdo de expulsar a un obrero por el delito de haber defendido su libertad.



*


Antes de que terminase la jornada, cuando ya oscurecía, se presentaron en la fábrica seis u ocho milicianos. En cuanto los vio aparecer en el taller, Bartolo, que estaba sobre aviso, se deslizó hábilmente antes que lo advirtieran y huyó. ¿Adonde? La entrada de la fábrica estaba tomada por otros milicianos que no dejaban salir a nadie. ¿En dónde refugiarse? Con el corazón palpitante recorrió los pasillos del vasto edificio, subió a las oficinas, pasó de largo ante la gerencia, donde no había de encontrar amparo, y se halló al final acorralado ante la puerta del despacho del administrador. La abrió y se precipitó sobre don Jorgito.

—¡Sálveme! ¡Vienen a buscarme! ¡Me matan! ¡Me matan!

Don Jorgito, consternado, se desplomó en un sillón.

—¿Y qué puedo hacer yo, hijo? ¡Me matarán a mí también!

—¡Sálveme! ¡Déjeme telefonear!

El viejo administrador, aterrado, le señaló el teléfono que estaba sobre su mesa. Bartolo marcó un número que tenía bien grabado en la memoria. Mientras esperaba la respuesta, su cara pálida, en la que se había cuajado una mueca inexpresiva, daba una impresión repelente de figura de cera. ¡No contestaban! ¡Ay, qué angustia! ¡Sí! ¡Al fin!

Con palabras atropelladas y patéticas, Bartolo avisaba al sindicato anarquista que una patrulla de milicianos comunistas se lo quería llevar para matarle y pedía que lo protegiesen.

—¡Venid, compañeros! ¡Venid ahora mismo! ¡Que me matan! ¡Que me matan!

Estuvo repitiéndolo desesperadamente sobre la bocina del teléfono hasta que sintió que la puerta del despacho se abría y un miliciano con la pistola en la mano le amenazaba. Don Jorgito se incorporó y se interpuso heroicamente.

—¡Alto! ¿Qué vienen ustedes buscando aquí?

—A ese canalla.

—Es un obrero de la fábrica al que yo no entregaré sin una orden del consejo obrero.

El jefe de la patrulla se fue hacia el viejo don Jorgito rechinando los dientes.

—Ése se viene con nosotros y tú también, viejo, si intentas oponerte.

El viejo temblaba, y temblando y todo quería sacar fuerzas de flaqueza para oponerse. Le dieron de lado y, encañonando a Bartolo, le dijeron con tono que no admitía réplica:

—Vamos.

Bartolo avanzó silencioso. Don Jorgito, al ver que se lo llevaban, reaccionó desesperado y quiso interponerse otra vez.

—¡Dadme a lo menos vuestra palabra de que no le pasará nada! ¡Si no es así, no le entrego! —decía consternado.

Le sentaron de un manotazo. Cuando después de un momento de estupor miró en derredor suyo y tuvo la certidumbre de lo irreparable, de que se lo habían llevado, le entró una congoja mortal. ¿Cómo no había sabido impedirlo? ¿Pero era que se podía matar así a los hombres? Impotente, aterrorizado, sentía cómo el tiempo pasaba, un instante tras otro, minuto por minuto, hora por hora, toda una eternidad.

Era ya noche cerrada cuando se abrió de nuevo la puerta de su despacho. Sus ojos espantados vieron asomar la cara lívida de Bartolo, que se le acercó diciéndole con un júbilo que daba miedo:

—¡No me han matado, don Jorge, no me han matado! ¡Me ha salvado usted! —y le cogía las manos y se las besaba.

Contó, como pudo, la aventura. Los milicianos comunistas que se lo habían llevado le condujeron a un pabelloncito que había en la Casa de Campo, donde lo sometieron a un interrogatorio sumario.

—Creí que no lo contaba. A poca distancia de aquel pabelloncito es donde fusilan a la gente. Ya me daba por muerto cuando se presentó una patrulla de milicianos anarquistas. Los de mi sindicato, prevenidos por el aviso telefónico que les di desde aquí, iban a rescatarme. Y, quieras que no, me arrancaron de las garras de los comunistas. Antes de discutir siquiera se echaron los fusiles a la cara y dijeron: «Este obrero es de nuestro sindicato y se va ahora mismo en libertad. ¿Hay quién se atreva a oponerse?». Luego se encararon conmigo y me dijeron: «Estás libre, compañero. Largo de aquí». No me lo hice repetir, y aquí estoy, don Jorge. Allí se quedaron anarquistas y comunistas discutiendo, pero yo he salvado ya el pellejo.

Don Jorgito alzó los brazos al cielo. La resurrección de aquel hombre le había vuelto a la vida; estaba convencido de que si le hubiesen matado, su pobre corazón de viejo y su conciencia escrupulosa no habrían sabido soportarlo. Cogió las manos de Bartolo y las estrechó con ansia. Aquellas manos tenían aún un sudor frío que le produjo espanto. Poco a poco se fueron serenando ambos. Bartolo, pasado el trance, cobraba ánimos y empezaba a sentirse seguro.

—¡Estoy vivo, don Jorge, estoy vivo!

Se despidió para irse a su casa, donde le esperaban con angustia.

—¡Ten cuidado, hijo!

—¡Ya no hay cuidado, don Jorge!

Salió a la calle con el corazón estremecido y respiró a pleno pulmón. La ciudad a oscuras y sin ruido no le infundía ya pavor. Las zozobras, las angustias de aquellos días se alejaban. El gran riesgo estaba ya pasado. Le parecía que ya no había guerra ni revolución. Caminó, contento de sentirse vivir como nunca lo había estado. Al llegar a la esquina de su calle divisó unos bultos apostados junto a su portal y el corazón le dio un vuelco. Aquellas sombras avanzaron hacia él y cuando lo tuvieron cerca le cegaron con el hacecillo de luz de una linterna. Intentó sacar su carné de sindicalista, pero una voz conocida que le heló la sangre en las venas le dijo fríamente:

—No hace falta. Ven con nosotros.

Sólo anduvieron unos pasos. Allí cerca había un jardincillo municipal en el que durante el día jugaban los niños y hacían calceta las viejas, y allí se detuvieron.

Aquella voz del delegado del sindicato anarquista que Bartolo conocía bien volvió a sonar:

—Nos has engañado. Te admitimos en nuestro sindicato porque nos dijiste que estabas a nuestro lado; negaste en el consejo obrero que fueses fascista, te creímos y hemos ido a arrancarte de las manos de los comunistas; ahora resulta que eres un traidor, un fascista canalla que se infiltraba en nuestras líneas para vendernos y vas a pagar tu traición con la vida.

—¡Yo no soy fascista!

—Mira.

Le puso ante los ojos un trozo de cartulina.

—Tu ficha sacada de los ficheros de la Falange Española. ¿Eres tú ése?

Bartolo fijó en ella los ojos y permaneció unos momentos anonadado. Sintió en la nuca un contacto frío y casi simultáneamente un latigazo en los sesos que le hizo saltar en chiribitas su pobre vida de miserias, trabajos, anhelos y traiciones.

Allí quedó con la cara sobre el césped húmedo.

Don Jorgito, en su alcoba, al meterse entre las sábanas, sentía el halago de su conciencia satisfecha que le arrullaba el sueño.





Daniel, expulsado del taller por «inorganizado», vagabundeaba por la ciudad asediada en busca de un pedazo de pan para sus hijos. Durante unos días creyó que le esperaba el mismo fin que a Bartolo y a los contramaestres de la fábrica. Estaba resignado a la idea de que le matarían, y teniéndola descontada, sólo pensó en llevarse por delante al que pudiese de sus enemigos. Morir, bueno. Pero morir matando. Se procuró una pistola y durante varias semanas vagó al azar con ella en el bolsillo y el dedo puesto en el disparador. En cualquier instante podría sobrevenir el desenlace inevitable. A veces se cruzaba en la calle con un grupo de milicianos. Apenas les veía venir los encañonaba sin sacar el arma del bolsillo. Un movimiento sospechoso de cualquiera de ellos y hubiese disparado. Se sentía en medio de la ciudad como si estuviese en un bosque, y era sobre las aceras y las plataformas de los tranvías como una fiera acosada y perdida en el laberinto de la selva virgen. Receloso y hambriento, pasaba a veces por delante de los cuarteles de las milicias y de los ateneos libertarios, en los que veía con rabia y envidia a los hombres de la revolución bien armados y equipados ante los grandes calderos donde hervía abundante y apetitosa la comida. Empujado por el hambre, merodeaba en torno a aquellos nuevos hogares del pueblo improvisados por la revolución, de los que se sentía proscrito como un apestado. ¿Por qué? ¿No era él también hijo del pueblo?

Un día, vencido al fin por el hambre, aflojó la mano que tenía crispada sobre la pistola y entró en uno de aquellos cuarteles a pedir un pedazo de pan.

—El pan —le dijo enfáticamente un comisario comunista— es para los hombres que luchan por la revolución.

—Yo soy un proletario dispuesto a luchar por el pan y por la libertad.

El comunista le miró receloso. ¿Todavía un fascista emboscado? ¡Bah!, un pobre diablo sin conciencia revolucionaria, concluyó. Para ir a morir al frente servía, sin embargo. Le pusieron en una mano un plato de comida y en la otra un fusil.

Daniel, convertido en miliciano de la revolución, luchó como los buenos.

Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese.


Manuel Chaves Nogales
A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de EspañaErcilla, 1937