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3482. Mutilado de Guerra

—Mi juventud era de roca viva.
Mi sangre era de lumbre y de centella.
Mis pies iban ligeros por el mundo
como las horas por la primavera.
Y ahora soy un inválido...
Qué fatigosa cuesta,
qué interminable andar el de mi vida
con el vacío doble de mis piernas.

—Yo llevaba dos fuentes en mis ojos
que manaban color y formas bellas:
siluetas delicadas de mujeres
como corzas ligeras,
montañas de cristal,
ríos de claras venas
y árboles armoniosos
en las orillas de las alamedas.
Y ahora voy por mi noche impenetrable
con mis dos fuentes ciegas...

—Yo soy un mutilado.
Sobre mi frente quema
la palabra infamante: ¡mutilado!

No es voz de hoy ni es voz de ayer la que contesta
sino voz de mañana:



—Mutilado del pueblo, sobre tu herida seca
ponga sus labios la mujer del pueblo,
la mujer verdadera,
y que te inunde el corazón cansado
su roja sangre buena.
Que la rosa florezca en tu muñón
y la espiga del trigo en tus órbitas huecas;
y que el pecho del mundo se abra en flor
y ponga la dulzura de sus yemas,
la miel hecha rocío de su aliento
sobre tu herida seca,
mutilado,
mutilado de guerra.


Pedro Garfías
Hora de España núm. XXII, Octubre de 1938








3467. Yo también soy soldado. (Carta a un amigo)

Miliciano de la División Ascaso, 1937. Centro Documental de la Memoria Histórica. Kati Horna


Porque mis días sean espejo de unas horas
que se posan sin fuerza en el olmo gigante,
porque el aire me traiga el polen de los tilos
y el canto de los pájaros,
porque mis manos hagan un reposo de muerte,
no me creas ajeno a la guerra que tiene
puesto su negro vientre en el centro de España.
Yo también soy soldado.

Tú que has oído, que oyes como silban las balas,
que sabes el valor exacto de la vida en esta hora,
no podrás suponerte la amargura, la pena
de abrir una ventana y encontrarla vacía.
Sí. Porque el vacío es ahora la paz que rumia el campo,
el sosiego, la calma,
y desde mí ventana, ¡Oh amargo parapeto!
recibo los balazos, la muerte del vacío.
Como mi pan amargo, bebo mi agua de fuego
porque la guerra viene
a comer de mi mesa y a beber de mi vaso.
Me late el pecho, si es que me queda pecho,
cuando asalto el abismo de una paz tan extraña.
Llevo mis cartucheras, mi fusil y mi casco;
Yo también soy soldado.

No me creas cobarde, no; vigilo;
mi guardia está despierta de día, más despierta en la noche.
Yo vigilo en el aire, en el ruido que viene
a la estrella que lleva la victoria en sus puntas.
Y mi noche, pequeña, en la ventana
no puede despertarse sin que yo no la vea
y mi día está preso
en la larga trinchera de las nubes.
Tengo unas alambradas verdes, de boj, enfrente,
desde donde me hiere el canto y la palabra,
y una camilla inmóvil, sin vendajes de nieve
siempre espera mi cuerpo que rendido en la lucha
sin tregua de mis días, viene a caer quebrado,
flotando como un leño.
Y así en la galería de arcadas y azulejos
donde el silencio tiene su canción favorita,
yo también soy soldado.

Tú no sabes amigo, camarada,
el fragor de mi guerra, de la tuya,
de la guerra de todos.
Tú no sabes, amigo, la sangre derramada,
que mi cabeza tiene un bramido de fiebre
y una muerte distinta para todas las horas.
Siento temblar la tierra, el acero es muy duro
y la carne se rompe;
y siento que es mi tierra y que es mi misma carne
la que sangra y se acaba
Esto no son palabras
las palabras se han roto por inútiles.
Piensa que cuando el viento me trae vuestros nombres
y el agua vuestra sed
mi cielo, el tuyo y tu estrella, la mía,
yo estoy firme, en mi puesto. No te rías.
En mi puesto. La vida
no tiene más que un sitio para cada persona.
Vigilo, me vigilo, lucho en mí, como todos,
por una nueva España,
yo también soy soldado.

Porque tengo la sangre derramada en el aire
yo también soy soldado.

Porque tengo mis armas puestas en el combate
yo también soy soldado.

Porque mi frente es bóveda donde cruje la guerra
yo también soy soldado.

Dejadme, apenas puedo, pero en esta batalla
donde es tierra de nadie la libertad de todos,
yo también soy soldado.


Rafael Beltrán Logroño
Sanatorio del Montseny, 1937

Hora de España XIX, Julio de 1938







3440. Teniente Ruperto Ceballos. Del Batallón Villafranca





Junto al mar
de Valencia, en esta tarde
cansada de caminar
con un "la tierra te guarde"
te despido, buen Ruperto,
buen amigo.
Ya estás muerto
y yo sé lo que me digo.
La tierra tuya y la mía...
No es mejor —yo sé que sí—
dormir en Andalucía
que desvelarnos aquí?

Algún día
Andalucía será
nuestra, como nuestra es,
y ya nada importará
el ahora y el después.
Antes que tus huesos sean
tierra clara y barro fino,
—andaluz habías de ser—,
tú y yo juntos, como ayer,
haremos nuestro camino.


Pedro Garfías
Hora de España XIV, febrero de 1938







3403. Antiguos camaradas


Concha Zardoya en la sede de Cultura Popular. Valencia, octubre de 1937


Yo no he olvidado sus nombres
ni el color de sus ojos,
ni sus pasos, ni la adolescente alegría
en sus pechos reclinada.

Ellos lo saben, lo saben,
en el hoyo profundo de la nada
sin estrellas y sin ángeles.

Con su mirar extinto de antiguos compañeros
contemplan mi amargura y mi dicha consumida,
bajo el triste cielo de la guerra iracunda.

Contemplan mi corazón de llanto rodeado,
de negros pájaros mudos,
y los guijarros de mis lágrimas
ardientemente lavados por el recuerdo.

Ellos saben que sufro,
que la angustia mis sienes fustiga,
su danza de misterio bailando
sin ajorcas ni corona de mirto.

Habéis caído en la guerra,
con la soledad como nimbo,
camaradas
de dulces manos fraternales,
hermanos de los días felices.

Habéis caído en la guerra,
con la mirada encendida y el corazón
en alto,
con los tiernos ojos jóvenes
el ángel de la muerte invocando
y la gloria, desvelada gacela.

Vuestros nombres se adelgazan
en el viento,
pero vuestros brazos crecen paralelos
diariamente
para encontrarme en todas partes,
lo mismo que a los viejos árboles
que amabais en la Tierra.

Quizá no os sea imposible volver
a ver el mar
a través de mis ojos,
ni a los niños que con nosotros jugaban
en la plazuela del barrio,
ni los naranjos, ni las constelaciones...

Aquí estoy, hundida en la distancia,
en la larga espera temblando.
en la ventana que mira a la muerte
recostada,
invocando los nombres de mis viejos amigos...


Concha Zardoya
Hora de España XIX, Julio de 1938






3393. Al nuevo coronel Juan Modesto Guilloto. Lejano compañero de colegio en la bahía de Cádiz




Desde Madrid, Modesto, donde ya las primeras 
bocanadas de frío que el Guadarrama envía 
duramente preparan a glorias venideras 
la capital que el triunfo hará posible un día, 
recibe mi alabanza, coronel, viejo amigo, 
mientras el Ebro justo con su mojada mano 
te asciende y de ola en ola, cara al viento y conmigo, 
a hombros el Guadalete, pasa el mar gaditano. 

¡Nuestro mar, nuestro río, nuestras playas morenas! 
¡Las perdidas lecciones entre los arenales! 
¡Las salvas de los buques silbados de sirenas, 
desde los gratuitos pupitres colegiales! 

Pasad, pasad, recuerdos, orgullosos ahora 
de aquella rota infancia juntamente vivida, 
que hoy para ti, Modesto, coronel, se colora 
de populares lauros y palma merecida. 

Que desde el Manzanares, ya general de ríos, 
quien como tú, hace tiempo, miliciano se viera,
también te condecoren con estos versos míos 
Madrid, que no te olvida, Cádiz, que ya te espera.


Rafael Alberti
Hora de España núm. XXII, Octubre de 1938








3299. El español y su tradición




Sería preciso mirar a España y a su suceso desde lejos, desde todo lo lejos que nuestra condición de españoles lo permita, aunque cordilleras y océanos se interpongan entre su tierra y nuestro paso. Mirar con perspectiva, no de espacio, sino de tiempo y de objetividad intelectual lo que en ella sucede, para descubrir su profunda realidad, para tocar la médula viva y abarcar así el sentido histórico de lo que en ella está ahora pasando.

Hacía siglos que en España, al parecer, no pasaba nada. Viajeros insolentes recorrían su suelo para hacer arqueología. Pero ni eso conseguían hacer al fin. El vivo rumor que corría bajo la aparente quietud española, los cogía infiltrándose en su fría mirada clasificadora y les trastocaba el propósito. Estaba muy cerca, por otra parte, la huella de lo español en el mundo; huella que quemaba o escocía aún, aunque los científicos viajeros no quisieran reconocerlo.

Habían otros hombres que querían analizar esta huella de lo español en el mundo, reconociéndola ya de antemano. Pero, pocos o ninguno con objetividad apasionada, que es lo que suele dar resultado en estos casos. Y los españoles, peleándonos enconadamente mientras tanto, mientras decían que en España no pasaba nada; aborreciéndonos y hasta matándonos por el sentido de esa huella. Los combatientes no estaban  ciertamente situados en el mismo plano, ni peleaban con igual ansia de rescate de la verdad nacional. De ser así, nos hubiésemos, al fin, entendido, y si no entendido, hubiéramos podido convivir aun peleando. Y ya se ha visto que no; que no era posible convivir: que existe una incompatibilidad esencial y decisiva, como de especies humanas distintas o, tal vez, de una especie humana y otra no humana todavía, y que una u otra tienen que ser anonadadas.

Ellos, los a sí mismos llamados tradicionalistas, se ponían en la trágica y cómica situación de únicos herederos de esta huella de España en el mundo y los únicos sabedores de su sentido, bien simple y pobretón por cierto, según su exégesis. Ellos eran España y toda su obra en el pasado. Y como esta obra había alcanzado tan grandes magnitudes, no había ya que pensar en realizar otras en el porvenir. El futuro era simplemente un cartelón que al par de «tapar la calle para que no pase nadie» era la pantalla grotesca donde se proyectaban deformadas, como de pesadilla, las figuras del glorioso y lejano pasado, no tal cual era, sino tal cual salían de la pobrísima imaginación de estos herederos de la tradición.

Y así, nos hicieron un pasado de pesadilla, que pesaba sobre cada español aplastándole, inutilizándole, haciéndole vivir en perpetuo terror. Pocos españoles habrán dejado de temblar ante la figura de Felipe II, por ejemplo, sintiéndose como «infraganti» de no se sabe qué falta tremenda.

Pero también, y por lo mismo, nos habían dejado sin futuro, y así íbamos viviendo los tristes españoles en un laberinto empapelado de figuras grotescas, en un terrorífico cuarto de espejos donde aparecían y desaparecían imágenes de ensueño apesadillado. Y se nos había convertido en una encerrona y era preciso derribar muchos tabiques para salir de ella.

De esta angustia de vivir en laberintos de fantasmas históricos, nace la rebeldía del español ante su historia y ante su tradición; ante lo que le querían hacer creer que eran historia y tradición, y que no lo eran, porque carecían de tiempo; no transcurrían ni sucedían, sino que estancadas se habían convertido en espectros de sí mismas. Y surge la animosidad y hasta la odiosidad contra ellas porque nos impedían vivir. Había que librar a España de la pesadilla de su pasado, del maléfico fantasma de su historia.

Se arremetió contra los fantasmas. «Hay que cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid». Surgió la crítica implacable contra el ayer, queriendo olvidarlo en un utopismo adánico. Se confundió en la arremetida, el fantasma de la historia con la historia misma, y se creyó que podríamos vivir sin ella. Y el español entonces, por librarse del fantasma, se queda en el desierto, que tampoco es la vida.

Pero este español que se queda en el desierto no es el pueblo, sino el intelectual y el burgués liberal, si lo ha habido. El pueblo no puede quedarse nunca en el desierto porque él lo puebla con su presencia, con sus voces, con las figuras que su imaginación conserva de días más afortunados. El pueblo, en su perenne infancia, vive de imágenes, pero su vejez, su vejez joven, su persistencia le proporciona el recuerdo de las imágenes ya idas. Y recuerda lo que el intelectual, por afán de aprender, ha olvidado. También inventa, con fragancia nunca marchita; repite recreando las antiguas creaciones de poetas y artistas y hasta de filósofos de días de aurora. El pueblo nunca está solo.

Nunca está solo el pueblo; pero ha permanecido peor que solo mucho tiempo en España: mal acompañado. Todavía había gentes  —estas de la tradición— que se dirigían a él teniéndole por suyo. No suyo porque creyeran en su adhesión, sino suyo como cosa, como objeto. Y algunos intelectuales revolucionarios —sedicentes revolucionarios como los otros se decían tradicionalistas— se permitían igualmente hacer al pueblo objeto de sus discursos y elucubraciones.

Y esta es justamente la mayor perversión: hacer objeto a lo que como el pueblo es el máximo sujeto de la historia. Sujeto porque es a quien pasa todo lo profundo y esencial que pasa aunque un individuo genial lo preceda y porque es quien realiza todo lo que pasa y nada puede pasar sin él. (Por eso sus enemigos «no pasarán».)

Y así, mientras el pueblo seguía su vida de imágenes, su vida de historia verdadera que crea porvenir, su memoria de imágenes, comienza la pelea entre el intelectual liberal y el llamado tradicionalismo; entre la voz que clama en el desierto y los que movían los figurones de cartón metiéndose bajo ellos para asustar.

Entre ambas cosas el desierto de la historia en que se había quedado el intelectual y las figuras grotescas de los tradicionalistas, España, estancada, no podía expresar, dar forma histórica a los ímpetus de su sangre, al latir incesante de su aliento... Y así vemos todas las luchas del siglo XIX como un caudal de sangre que se estrella buscando la salida. La historia española del XIX es puramente sangrienta; sangre que quiere alcanzar su sentido y su expresión. ímpetu ciego casi siempre sin voz y sin figura.

Y en estas peleas sangrientas el español anda buscándose a sí mismo. Da su vida para ver quién es y qué es. Los tradicionalistas para corroborar la falsedad en que se han metido, y esperando con su sangre hacer verdad los figurones grotescos. Los liberales, por desesperación y asfixia, por hallar una salida refugiándose en el destino heroico individual.

Se ha hablado del individualismo español como de algo congénito y permanente, cuando la realidad es que este individualismo exasperado sólo aparece cuando la sociedad española, su historia actual, se ha quebrado; cuando el español se siente en el desierto y se refugia en sí mismo, en su valor para afrontar la muerte buscándola por nada, corriendo hacia ella para comprobar su condición humana, de hombres capaces de morir como hombres, esto es, moralmente.

¿Qué es España?, es la pregunta que el intelectual se hace y se repite. Se le ha hecho a la cultura española el reproche de no haber fabricado una metafísica sistemática a estilo germano, sin ver que hace ya mucho tiempo que todo era metafísica en España. No se hacía otra cosa, apenas, en el ensayo, en la novela, en el periodismo inclusive y tal vez donde más. No le va al español el levantar castillos de abstracciones, pero su angustia por el ser de España, en la que va envuelta la angustia por el propio ser de cada uno, es inmensa y corre por donde quiera se mire. No tiene otro sentido toda la literatura del noventa y ocho y de lo que sigue.

Y como esa soledad en que el hombre de quehaceres individuales (el intelectual), se ha quedado, proviene de la soledad en que todos se habían quedado en España con respecto al pasado y a la tradición, al hecho terrible de no tener al día la tradición, hay en consecuencia una falta de espacio y perspectiva, de ordenación de valores que hace identificarse a cada uno de los intelectuales españoles con España misma. Caso típico D. Miguel de Unamuno; creía que él era España y por eso no temía equivocarse ni creyó que tendría que dar cuentas a nadie; él mismo era el tribunal y el pueblo.

Si comparamos nuestra situación hasta hace medio año con la de otro país europeo, Francia, por ejemplo, encontramos que para un francés no es problemático su pasado; no tiene para él ese sentido de enigma mudo, lejano, como una cultura que ya acabó, sino que sigue fluyendo por su entre presente; tiene hoy porque tiene ayer, y en su virtud, tiene mañana también. Pero entre nosotros el tiempo se había trastocado. Y es ahora, en esta lucha a muerte del pueblo español contra su pasado de pesadilla, contra el cartelón del crimen con que querían aterrorizarle para que no se moviera; es ahora cuando vamos a encontrarnos de verdad con el pasado y cuando la tradición brota de nuevo y se reencarna en el hoy. Hoy España vuelve a tener historia. La lucha sangrienta de ahora se diferencia de las del siglo XIX en que entonces no se había alcanzado un sentido social, un sentido histórico, sino que era el individuo liberal, el romántico, el que daba la vida para que la muerte no le cogiera. Hoy el español muere para vivir, para recuperar su historia que le falsificaron convirtiéndola en alucinante laberinto. Muere por romper el laberinto de espejos, la galería de fantasmas en que habían querido encerrarle, y recuperarse a sí mismo, a su razón de ser.

Desaparecerá de una vez para siempre la arqueología sobre España y las disputas sobre su huella en el mundo. La huella de ahora es surco que penetra tan hondo en la naturaleza humana que alumbra zonas casi inéditas del hombre, aunque profetizadas y presentidas. Una nueva revelación humana que nos hace a todos reconciliarnos con la vida a través del sufrimiento y de la muerte. 


María Zambrano
Hora de España, Abril de 1937