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2265. Febrero, 1936. El triunfo del Frente Popular

Madrid, 16 de febrero de 1936 - Foto: Santos Yubero


Triunfante la República merced a las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, las fuerzas izquierdistas y republicanas vencen también de una manera contundente en las legislativas que tienen lugar el 28 de junio del mismo año para designar a los integrantes de las Cortes Constituyentes. Disueltas las Constituyentes en el otoño de 1933, vuelven a celebrarse elecciones legislativas el 19 de noviembre. Aunque otra cosa se haya dicho muchas veces, hasta el punto de que algunos lo tengan por verdad indiscutible, en esta nueva consulta tornan a obtener mayor número de votos y diputados las organizaciones y partidos adictos a la República que los monárquicos e indiferentes a la forma de gobierno unidos. En efecto, en el segundo Parlamento republicano se sientan 217 representantes derechistas —de ellos 115 cedistas frente a 158 centristas -102 republicanos radicales como núcleo fundamental y 98 socialistas v republicanos de izquierda. En el quebranto sufrido por las fuerzas izquierdistas influyen poderosamente la profunda división entre ellas —socialistas v comunistas presentan candidaturas independientes de los republicanos en casi todas las circunscripciones, mientras las derechas van estrechamente unidas—, el voto femenino, va que es la primera vez que la mujer hace uso del sufragio, y la abstención electoral del millón de afiliados de la C.N.T. que prefieren la acción revolucionaria a la política. Pese a todo, los sufragios republicanos son muy superiores a los monárquicos.

La obra de este segundo Parlamento de la República es clara y netamente negativa. Parece que su única misión consiste en deshacer todo lo que bueno ó malo han hecho las Constituyentes. Con entera claridad lo dice el propio Gil Robles en un articulo publicado en enero de 1936 en el que afirma textualmente: «Fueron muchos los patronos y terratenientes que en cuanto llegaron las derechas al poder, revelaron un suicida egoísmo, disminuyendo los .salarios, elevando las rentas, tratando de llevara cabo expulsiones injustas v olvidando las desgraciadas experiencias de los años 1931 a 1933». La reforma agraria queda totalmente paralizada, la legislación tiene un matiz revanchista que ahonda las diferencias sociales y agudiza los conflictos obreros, mientras la situación económica —por causas internas y por repercusiones de la crisis internacional—reviste caracteres de extremada gravedad. El paro obrero sigue una curva claramente ascendente y a finales de 1935 alcanza ya a más ele 600.000 trabajadores.

El problema político fundamental del período es si la minoría más numerosa de la Cámara la CEDA, que considera accidentales las formas de gobierno v no se ha declarado republicana debe participar en el gobierno de un régimen recién nacido y no totalmente consolidado. Los radicales que constituyen la segunda minoría en número de las Cortes entienden que si; los socialistas v el resto de los republicanos consideran, en cambio, que no y que su acceso al poder equivaldría a una entrega de la República a sus enemigos. Cuando en octubre de 1934 se confían varias carteras a los cedistas, estalla un movimiento revolucionario izquierdista que adquiere particular virulencia en Barcelona y Asturias. A la rebelión vencida sigue una represión que alcanza particular dureza en la cuenca minera asturiana. El segundo bienio republicano —calificado de negro por las izquierdas— tiene una duración ligeramente superior a dos años porque se extiende hasta el 7 de enero de 1936 en que se disuelven las Cortes. Se caracteriza, aparte del problema constitucional de la intervención cedista en el Gobierno, de la revolución asturiana y su represión, por los frecuentes cambios ministeriales, la polarización de la opinión nacional en dos bloques extremos de casi imposible conciliación, los conflictos sociales, las maniobras políticas y los escándalos que desacreditan al partido radical en torno al cual gira la política gubernamental durante estos críticos veinticinco meses. En ellos se constituyen once gobiernos distintos aunque cinco sean presididos por una misma persona, don Alejandro Lerroux lo que demuestra la extremada inestabilidad ministerial fruto de las intrigas personales y la falta de una mayoría parlamentaria homogénea y disciplinada.

Poco después del último gobierno presidido por Lerroux y en el que Gil Robles desempeña la cartera de Guerra, estalla en noviembre de 1935 el formidable escándalo del "estraperlo", en el que aparecen personalmente complicados significados personajes del partido radical, al que suceden pocas semanas más tarde las acusaciones lanzadas por el señor Nombela. La obligada dimisión de los ministros radicales, plantea la crisis total del gabinete que preside Chapaprieta. Le sustituye un gobierno encabezado por Portela Valladares con algunos radicales, independientes v agrarios que, francamente minoritario en las Cortes, es sustituido por otro presidido por el mismo político a finales de diciembre, que el día 7 de enero de 1936 recibe de manos del Presidente de la República el decreto de disolución de Cortes.


Anticomunismo y antifascismo

La «Gaceta» del 8 de enero de 1936 publica tres decretos firmados el día anterior por don Niceto Alcalá Zamora. Por el primero se disuelven las primeras Cortes ordinarias de la segunda República; por el segundo se convocan nuevas elecciones legislativas para el domingo 16 de febrero siguiente y por el tercero se levanta el estado de alarma imperante en la nación y se restablecen las plenas garantías constitucionales durante todo el período electoral.

Cuando comienzan los preparativos y la propaganda con vistas a la próxima contienda electoral, la opinión aparece dividida en dos grandes bloques violentamente enfrentados. De un lado están las fuerzas conservadoras, antimarxistas y contrarrevolucionarias que van desde la Falange hasta los agrarios pasando por la CEDA y el Bloque Nacional; del otro, los partidos republicanos de izquierda, socialistas y comunistas apoyados por las organizaciones sindicales. En el centro sólo quedan los restos del desprestigiado partido republicano radical, los progresistas de Portela, los moderados de Maura, la Liga regionalista catalana v el Partido Nacionalista Vasco. (Esta serie de organizaciones centristas sólo consiguen en conjunto poco más de medio centenar de actas. No obstante, el jefe del Gobierno, don Manuel Portela Valladares, apoyado e inspirado por el presidente de la República, acaricia la engañosa ilusión de hacer triunfar el numero de amigos y simpatizantes suficientes para constituir un partido poderoso que, colocado entre los dos grandes bloques hostiles, impida un choque peligroso y sangriento entre ambas tendencias extremas.) A diferencia de lo que sucede en 1933, las derechas no van totalmente unirlas en las nuevas elecciones, pese a que en una mayoría de provincias se establecen acuerdos entre sus partidos representativos. Gil Robles, seguro del triunfo, prescinde de algunos sectores antimarxistas —la Falange, por ejemplo— para conseguir así los trescientos diputados de la CEDA con los que aspira a gobernar en un futuro inmediato sin cortapisas de ningún género. Como consecuencia de ello los tradicionalistas, los monárquicos alfonsinos y los falangistas tienen que presentar candidaturas independientes en ciertas circunscripciones. Las izquierdas, en cambio, escarmentadas por lo sucedido tres años atrás, logran constituir —no sin largas y difíciles negociaciones— un llamado Frente Popular que comprende desde Unión Republicana al Partido Sindicalista, pasando por la Esquerra catalana, otros grupos republicanos, los socialistas, los comunistas y el POUM. El día 15 de enero se hace público el programa del Frente Popular —en buena parte redactado por don Felipe Sánchez Román, que al final se niega a firmarlo, disconforme con la participación comunista—. Se trata de las directrices de un programa gubernamental que habrá de ser desarrollado desde el poder «por los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras en caso de victoria». El programa. relativamente moderado, afirma que sólo gobernarán los republicanos; que no se irá a la nacionalización de la tierra ni de la banca; que toda expropiación se realizará únicamente mediante la oportuna y justa indemnización; que se tomarán medidas para ordenar la producción industrial, el mejoramiento del nivel de vida, la redención del campesino y del agricultor mediano y pequeño; una extensión e intensificación de la enseñanza primaria para terminar con la lacra vergonzosa del analfabetismo y el restablecimiento de las garantías constitucionales, al mismo tiempo que se vigoriza el principio de autoridad y se garantiza el mantenimiento del orden público. Aparte de todo esto y como primera y más urgente medida, propugna una amplia amnistía para toda clase de delitos políticos y sociales, especialmente para los cometidos con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934.

Fundamento y eje en torno al cual gira toda la propaganda electoral es el anticomunismo para las derechas e el antifascismo para las izquierdas. Resulta significativo consignar al respecto que ni los comunistas ni los fascistas tienen en la España de 1936 la fuerza e influencia que sus enemigos les atribuyen. En efecto, el Partido Comunista no logra una sola acta en las elecciones de 1931 y únicamente consigue la designación del médico Cayetano Bolivar en 1933, mientras José Antonio es derrotado tanto el año que triunfa la República como en 1936. Más curiosa aún es la coincidencia de que los dos primeros diputados que en el Parlamento español se proclaman comunista y falangista —Balbontín el primero y Primo de Rivera el segundo— se llamen José Antonio y que ninguno de los dos sea elegido con la representación que una vez designados ostentan. Balbontín resulta elegido en Sevilla como radical socialista de izquierdas y Primo de Rivera en Cádiz en 1933 formando parte del bloque derechista.


Una jornada electoral tranquila

Aunque la campaña de propaganda electoral se desarrolla en un clima de apasionada vehemencia, la jornada del 16 de febrero discurre en toda España con absoluta normalidad. Desde muy temprano hay una afluencia masiva a los colegios ante los que se forman largas colas que aguardan horas enteras en completa calma. La votación se realiza en todas partes sin alteraciones dignas de mención y el escrutinio concluye en un orden perfecto. El tanto por ciento de votantes resulta superior que en anteriores ocasiones, prueba inequívoca del interés que para todos encierra la contienda ciudadana. Desde primeras horas de la noche del domingo se tiene la firme impresión de una clara victoria del Frente Popular; en la mañana del lunes no sólo se confirman las primeras impresiones, sino que aumenta la magnitud del triunfo logrado por las izquierdas. En Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y otras ciudades importantes la diferencia de votos no deja lugar a la más mínima duda. Ni siquiera hay que esperar a la segunda vuelta, señalada para el 1 de marzo, porque la veintena de escaños que aún están en el aire no pueden influir ya en el resultado total de la consulta electoral. En efecto, en esta primera vuelta han resultado elegidos 258 diputados del Frente Popular, mientras las derechas no consiguen más que 152 y otros 52 los centristas.

En el nuevo parlamento la minoría mas numerosa vuelve a ser, como en 1931, la socialista, seguida de cerca por las de la CEDA e Izquierda Republicana, que preceden a las de Unión Republicana y Esquerra de Cataluña. Los centristas de Portela Valladares son 16, igual que los comunistas. Doce escaños alcanzan la Lliga Regionalista, los agrarios y los monárquicos. Por último, los tradicionalistas logran 9 diputados, 6 los progresistas y 4 los radicales. Por su parte, Falange Española no consigue una sola acta, pese a presentar candidatos en numerosas circunscripciones.

También el Frente Popular alcanza la victoria por el número de votos logrados, si bien las cifras que unos y otros barajan con posterioridad constituyen motivo de encontradas opiniones y grandes controversias. Existe para ello una causa fácil de explicar: la disparidad en la cifra de las distintas votaciones. Aparte de las arrojadas por la primera vuelta electoral, en torno a las cuales no puede haber discusión, están las de la segunda vuelta celebrada quince días después y la nueva votación efectuada con bastante posterioridad en aquellas circunscripciones en que las actas fueron anuladas por irregularidades o anomalías. En los cuarenta años transcurridos desde entonces, muchos hacen cubileteos con los votos conseguidos en una u otra ocasión, sumando los de la segunda y tercera vueltas a los de la primera para el bando que goza de sus simpatías y no haciendo lo mismo con el adversario. La realidad es que tampoco en este sentido se presta a discusión el triunfo del Frente Popular. Aunque no exista una diferencia aplastante de votos —4.540.000 sufragios para el Frente Popular, contra 4.300.000 sumados los obtenidos por el centro y la derecha— la ley electoral, que concede una prima considerable a la mayoría, determina que los diputados de izquierda casi dupliquen a sus adversarios de la derecha. Aparte, claro está, de los escaños centristas elegidos por los votos de quienes aun siendo moderados, no dejan de ser republicanos y liberales.


Rumores, gestiones y amenazas

Pero todas estas discusiones acerca de los resultados electorales del 16 de febrero de 1936 se producen meses, años e incluso lustros después de ocurridos los hechos. En los primeros días, en las jornadas del 17, 18, 19 y sucesivas del mes de febrero, nadie tiene la más ligera duda de que la victoria es del Frente Popular. Ni el gobierno ni los políticos ni los periódicos lo ponen en tela de juicio. Hay una coincidencia absoluta de pareceres y hasta los más decididos y combativos antimarxistas admiten e incluso proclaman su triunfo. José Antonio Primo de Rivera escribe un famoso artículo en que reconoce el éxito izquierdista, que atribuye a la ceguera política y al egoísmo de las derechas. Gil Robles por su parte visita a Portela Valladares para urgirle a levantar el dique de una declaración del estado de guerra contra los posibles excesos de las masas obreras al conocer toda la magnitud del triunfo conseguido.

No es Gil Robles el único en visitar a Portela Valladares ni en ver en la declaración del estado de guerra una solución momentánea a la crisis planteada por el éxito electoral izquierdista. Según cuenta Arrarás en la página 223 de su biografía de Franco, publicada en Valladolid en 1937, el entonces jefe del Estado Mayor Central realiza diversas gestiones con el ministro de la Guerra, el inspector jefe de la Guardia Civil y el todavía presidente del Gobierno con el mismo objeto. Asimismo conferencian con Portela, Martínez de Velasco, Goicoechea y Calvo Sotelo. Incluso por Madrid circulan insistentes rumores de un golpe de Estado, cuyo objetivo fundamental es impedir que el poder sea entregado, como corresponde constitucionalmente, al Frente Popular triunfante en aquellas elecciones generales. Las últimas que se celebrarán en España durante los siguientes cuarenta años.

El propio don Manuel Azaña se hace eco de estas alarmas y lo hace constar así de una manera expresa en las anotaciones de su «Diario» correspondiente al 19 de febrero de 1936 (páginas 563 y 564 del tomo IV de sus «Obras Completas») si bien no acaba de tomarlas muy en serio. Da por descontado que en cuanto se rumorea no hay más que un exceso de fantasía y despectivamente escribe hablando de los posibles conspiradores: «No creo que haya ninguno dispuesto a jugarse nada en serio». (Lo habrá, desgraciadamente, unos meses después y el resultado será una trágica guerra civil que costará la vida a varios cientos de miles de españoles).

Pero aun triunfante el Frente Popular el 16 de febrero debe esperarse a la segunda vuelta —aunque sus resultados no pueden modificar ya la mayoría parlamentaria— antes de plantear la crisis el gobierno que ha dirigido la consulta electoral y recibir el encargo de formar un nuevo ministerio el representante del bloque victorioso. Sin embargo todo esto no pasa de ser pura doctrina constitucional de difícil aplicación en un país que atraviesa por momentos tan críticos. Aunque ni Azaña ni los partidos republicanos de izquierda tienen la menor prisa por hacerse cargo del poder, el 19 de febrero el señor Portela Valladares, totalmente derrumbado por la victoria izquierdista y abrumado por la amenaza de un posible golpe de Estado, decide abandonar su puesto y esa misma tarde don Manuel Azaña tiene que formar un gobierno que entra en funciones inmediatamente. «Siempre he temido —escribe el interesado— que volviéramos al gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores. Una vez más tenemos que segar el trigo en verde».


Eduardo de Guzmán
Publicado en Tiempo de Historia nº 16 marzo de 1976










2242. Notas sobre el Frente Popular y la Guerra

Sección de propaganda. Valencia, 1937


Escribir objetivamente de política, en estos días de pasión española, no es tarea fácil. Quien más, quien menos siente embebido su ser en la actitud política que cuadra a sus simpatías y no puede, sin trabajo, desasirse de la subjetividad. Vamos a intentar un esquema de la actual política española, confiándonos a la mesura del lector, agente, como nosotros, del proceso emocional de la guerra.

Dos modos de política conviene discriminar: la política determinada por la guerra, y la política que determinan los partidos y las organizaciones obreras. Son términos distintos de un problema, que si se convirtieran en uno sólo darían ya el problema resuelto. La guerra, por ejemplo, accede a una política exclusiva: organizar el Estado y disciplinar la sociedad, de manera que ajusten sus funciones al interés de la Milicia, esto es, a conseguir la victoria. Lo mismo persiguen, sin duda, las organizaciones y partidos, pero con procedimientos radicalmente diferenciados, en muchos casos, y siendo, quizá, el único valor pragmático de la política el procedimiento, se corre el riesgo de sacrificar a las interpretaciones peculiares, el interés esencial de la guerra.

¿Qué política satisface a la guerra? Es bien sencillo definirla: la que sepa dejar en suspenso la disciplina particular en beneficio de la disciplina general. Se ha venido repitiendo que la guerra y la revolución eran indivisibles y este supuesto lógico ha engolosinado a las entidades políticas y sindicales. Cada una de ellas ha dirigido sus actividades, mediante un error de primacía, a hacer de la revolución "su revolución". En algunas, la revolución no era ni siquiera evolución, pero las circunstancias le prestaban generosamente el substantivo a quien quisiera usarlo en sus obras, o en sus exhibiciones. Hubiera sido más útil para España que todas las organizaciones políticas y sindicales acordaran, en principio, hacer de la guerra "su" guerra, con lo cual la revolución sería la consecuencia natural y universal de la guerra.

Al detenernos, ex profeso, en esta disyuntiva, es que la consideramos manadero de cuantas dificultades políticas puedan producirse. La guerra, como suceso vital del país, hace excusables todas las precauciones, y no estaría mal revisar el sentido de la guerra para referirlo a la conducta de los partidos y sindicatos.

El movimiento de julio fué un alzamiento para rescatar de manos de los militares sublevados la Constitución. Indudablemente las masas populares no se sentían ufanas en un estado de cosas que las obligaba a convivir constitucionalmente con los reaccionarios. Pero por primera vez, acaso, nuestra historia, huera de política, había tenido un rasgo de gran intuición: el Frente Popular, cuyos principales artífices fueron Azaña y Prieto; es decir, un republicano, hoy Presidente de la República, y un socialista, hoy Ministro de la Defensa Nacional.

El pueblo, y muy expresivamente las organizaciones obreras, supieron asestar con el instrumento político recién creado, un mazazo electoral a la reacción en el mes de febrero de 1936. La España adocenada y recalcitrante, que vivía en la órbita del dinero y del Cristo, no quiso reducirse, ni ante la Constitución, y tomó del fascismo la audacia precisa para acabar con la libertad y con la Ley. Por todo ello, el movimiento de julio es típicamente constitucional, y lo prueba la subsistencia del Estado con sus jerarqujas, instituciones y prerrogativas, pese a haber asaltado las esclusas populares y haberlo anegado todo la justicia iracundia de las masas. 

Claro está que la guerra abría anchas brechas al ansia de renovación de la vida española. El pueblo presentía que le era dable aprovechar la coyuntura y transformarse social y políticamente. De aquí que las organizaciones trabajadoras, las más necesitadas de recreación, se apresurasen a interpretar la guerra como un accidente revolucionario, cuando en puridad venía a ser la revolución un accidente de la guerra. Era forzoso combinar las dos velocidades. Y ésta fué y sigue siendo la misión del Frente Popular y de sus Gobiernos. Cualquier observador circunspecto admitirá que de todo el proceso político adosado a la guerra, el Frente Popular es el factor más extenso e intenso, a despecho de los intereses de partido o sindicales que presuman próxima la ocasión de suceder le. Recordemos a este efecto, que no hace mucho quedó sobre el papel una coyunda táctica proyectada nada menos que para oponer la obra del sindicato a la obra de la política, sin contar con el Frente Popular. La operación, hecha "ad captandum vulgus" fué censurada severamente por los partidos revolucionarios, que vieron comprometido el programa del Frente Popular y su parte más imperativa: la formación del Ejército.

Hubo también contra el Frente Popular y su Gobierno genuino, algunos ensayos livianos. Intrigas de pacotilla, sin otra trascendencia que revelar viejas taras y provocar algunas refutaciones periodísticas.

Tales maniobras carecían de sazón para trascender al público. Apenas obedecían a reconcomios de figuras y figurantes insatisfechos. Sin embargo, es interesante anotar que el mero episodio de manifestarse en el subsuelo político el espíritu de maniobra, poseía un cierto valor saludable. ¿Cómo sin tenerse la certidumbre de que la vida española había conseguido un grado apetecible de normalidad para soportar los escarceos de los ambiciosos, iban éstos a montar sobre la arisca experiencia española sus desvencijados tingladillos?

La política de atemperar la revolución a la guerra, es decir, la labor del Frente Popular, sigue prosperando y no vemos el alcance de nuestro juicio la posibilidad mediata de sustituirla. Algún lector quizá se extrañe de que hayamos examinado la divergencia entre los intereses de las familias políticas y sindicales y el interés imperativo de la guerra, sin establecer que el Frente Popular implica también la renuncia de gran parte de aquellos intereses secundarios en favor del interés primordial. En efecto, vale este reparo dialéctico, pero se aclara con el carácter objetivo y permanente que le adjudicamos a la conducta política, referida a la guerra. El Frente Popular es exactamente un esfuerzo para que la política determinada por la guerra y la política que los partidos y las organizaciones determinan sean una misma cosa indivisible. En cuanto esfuerzo y propósito son óptimos los frutos del Frente Popular, en tal medida que no podemos oponerles otro. Por lo tanto, contraemos la crítica a esta experiencia, a fin de que se sobreestime como una concepción sólida, no adjetiva, del pueblo. Eli Frente Popular se basa en la continuidad del Estado democrático y constitucional, pero además entraña el designio —y ello es lo más original de nuestra revolución— de que los partidos y organismos sindicales dispongan de un margen suficiente para experimentar sus propias concepciones, confrontándolas con la lección de los días.

La toma de Teruel ha permitido descubrir la ventaja de que los dones de la revolución, y el más aquilatado de ellos, en las presentes circunstancias, la prestación militar, sean sistematizados por el Gobierno del Frente Popular, con un estilo riguroso de mando. A raíz de este éxito de la preparación concienzuda y técnica, en el Extranjero ha derivado simpáticamente hacia nuestra causa la aguja magnética. Debemos darnos por satisfechos, ya que después de unos meses de trabajo silencioso e inteligente, esta política nos brinda los primeros laureles y digamos con palabras de Hesiodo, que el laurel proporciona la mejor madera para el timón.


Fernando Vázquez
Hora de España núm. XIII
Valencia, enero de 1938








1951. Santiago Alvarez Gómez

Aunque primero me afilié al Partido Socialista aquello duró muy poco. Llegó a mis manos Mundo Obrero y entré en contacto con gente comunista y de esa manera cambie enseguida de rumbo. A través de él me puse en contacto con Madrid, con el Partido Comunista.

Entonces no había todavía Partido Comunista organizado en la provincia de Orense, había un comité regional en Vigo, y me invitaron a que me dirigiera allí, lo hice y me contestaron que contactase en Orense con un veterinario, que después fue secretario del Partido, una persona excelente y un gran orador, un gran organizador. A través de él, Avelino Álvarez, me hice comunista y después fui el organizador del Partido en toda aquella comarca. Tenía entonces diecisiete años. Esto fue ya en el 31, al socaire de esa etapa en la que ingresaron gente como Irene y Cesar Falcón y otros intelectuales, que se hicieron del partido porque se cansaban de ver que el gobierno socialista tenía muchos defectos, que no se resolvían los problemas, que no se hacía la reforma agraria que era necesaria, que seguía habiendo mucho paro obrero.

Me hice comunista a partir de esas coordenadas y empecé a organizar el Partido en mi pueblo, con los amigos y compañeros de mi edad y a partir de ahí el Partido se empezó a extender por toda la comarca. Tuvimos organizaciones en toda la zona aquella y hacíamos propaganda, pintábamos paredes, repartíamos pasquines. Al principio no sabíamos muy bien que íbamos a hacer en una comarca en la que el proletariado agrícola era muy reducido. La gente tenía su propiedad, pero con el problema de la baja del precio del vino y con las dificultades que había, eso nos daba elementos para empezar. También la reducción del precio del ganado, que era un elemento importante, y poco a poco fuimos adquiriendo conocimientos.

Al comienzo, cuando íbamos a los pueblos la gente se reía de nosotros, a veces nos abucheaba, pero la tenacidad es un factor esencial y en muchos pueblos donde antes nos abucheaban o nos tiraban piedras, al poco tiempo lográbamos crear una célula del Partido y conseguimos un ambiente favorable para nosotros. Éramos chicos jóvenes, majos, la gente conocía a nuestros familiares y sabía que no éramos delincuentes, que éramos gente trabajadora, que por el día estábamos en las viñas, en el campo, y que por la noche nos quitábamos la tierra de los zapatos y nos íbamos a las aldeas para explicar lo que había que hacer para luchar y demás. Así se creó aquel Partido Comunista, que cuando empezó la guerra en el 36 tenía unos quinientos militantes en toda la comarca.

Participamos en la solidaridad con la revolución de Asturias en el año 34. Fue la primera vez que a mí me metieron en la cárcel con otros compañeros, algunos comunistas, otros socialistas o galleguistas. Estuvimos algún tiempo detenidos, aunque no nos llegaron a procesar. Nuestra detención fue sin embargo un elemento muy importante, porque la comarca reaccionó en solidaridad con nosotros y mucha gente que no nos conocía venía a vernos a la cárcel y nos traían comida o garrafones de vino. Una solidaridad impresionante, hasta tal punto que mi madre, que estaba muy triste por mi detención, cuando fue a verme a la cárcel y vio que había tanta gente que nos iba a visitar y nos llevaba cosas de comer y de beber, se sintió impresionada y, claro, sintió un cierto orgullo de que su hijo y sus compañeros hicieran esa movilización sin pretenderlo, simplemente por una reacción a favor nuestro y en contra de las autoridades y de la fuerza pública.

Era cuando se preparaba la idea del Frente Popular y cuando salimos de allí nos planteamos la tarea de extender el Partido y de organizar el Frente Popular. En la mayoría de los pueblos obtuvimos unos resultados importantes en las elecciones, aunque en el resto de la provincia las ganó la derecha. En aquellos tiempos nosotros nos transformamos ya en un punto de referencia para muchísima gente de los pueblos, que nos trataban con creciente simpatía. Cuando hacíamos mítines asistía mucha gente, porque los vecinos de los pueblos veían que todos éramos gentes como ellos. También organizamos los sindicatos, primero la UGT, y luego, cuando vimos que dadas las condiciones de la comarca había que prestar atención a los campesinos, no simplemente a los obreros agrícolas, se creó en Orense la Federación Campesina en abril del 36, a la que se afilió la mayor parte de la población rural.

Con todo ello nos hicimos la fuerza hegemónica políticamente de la comarca y por eso ganamos en muchos sitios las elecciones que hubo el 16 de febrero del 36. Como allí anteriormente, el 13 de abril del 31, había ganado la derecha en las municipales, al ganar el Frente Popular se crearon comisiones gestoras en los ayuntamientos. En mi municipio también se creó una gestora del Frente Popular. La mayoría del grupo éramos nosotros, pero pensamos que poner un alcalde comunista era un poco extremo y entonces propusimos un alcalde socialista, que era de izquierdas, un amigo nuestro. Yo era el primer teniente de alcalde y creamos un ayuntamiento realmente del Frente Popular que resolvió uno de los problemas más urgentes que había en el pueblo.

En esos pueblos el problema más importante para la gente era el reparto del consumo, una cuota que se pagaba todos los trimestres y que, naturalmente, según quien hiciera el reparto dependía mucho la cuota que le ponían los agentes a cada uno. Cuando gobernaban los caciques, quienes pagaban el pato eran los pobres, la gente humilde, pero al crear la junta del Frente Popular, vino el presupuesto municipal e hicimos una gran batalla política de discusión y debate y nosotros propusimos dejar exentos de consumo a toda la vecindad que no tuviese los ingresos adecuados hasta un límite determinado. Primero tuvimos muchas dificultades con los galleguistas, que estaban emparentados con la gente más burguesa, también con algunos socialistas, que pensaban que de todas maneras a los que hubiesen votado por la derecha era a los que había que cargarles el consumo.

Nosotros partimos de la base de que, independientemente de por quién hubiesen votado, a la gente pobre había que eximirla totalmente del consumo y el presupuesto municipal había que cargarlo en las cinco o seis familias muy ricas que había, y a la clase media, digámoslo así, dejarla con un poco menos de consumo del que tenían. Después de una batalla dialéctica en el ayuntamiento con galleguistas y socialistas logramos que triunfase nuestra tesis por mayoría democrática y se aplicó esa política. Eso fue un acontecimiento sensacional, porque la gente humilde que había votado por la derecha vio que nosotros no teníamos una política de venganza ni de represión contra ellos, sino que éramos los que realmente defendíamos a los pobres. Entonces nos hicimos sumamente populares y los comunistas éramos el punto de referencia de la masa de la población.

Tras varias batallas políticas importantes, como el 1° de mayo de aquel año, que organizamos una gran manifestación que recorrió toda la provincia, en el 36 tuve que salir para Madrid, porque recibí una carta del comité provincial de Orense diciendo que yo había sido seleccionado para ir a la escuela leninista de Moscú, donde había cursos de un año para cuadros del Partido. Pero como había triunfado el Frente Popular, la dirección del Partido Comunista de España había decidido crear una escuela de preparación de cuadros en Madrid, y los que estábamos seleccionados para ir a Moscú pasábamos a ser participes de esa escuela, que estaba en el barrio de Salamanca, en la calle Díaz Porlier.

Lo hablé con mi familia, con harto sentimiento de dejarla sola, porque en ese momento en mi casa el único hombre era yo, pero mi madre tuvo esa actitud que tienen las madres con los hijos, me dijo: mira hijo, si esa es tu vocación hazlo, porque nosotras, aunque pasemos dificultades, de todas maneras no nos vamos a morir de hambre, así que lo que te pedimos es que no nos olvides, que te acuerdes de nosotras y tal. Y el 2 de junio de 1936 salí en un autobús para Madrid, que llegó al otro día por la mañana a la calle Piamonte, donde estaba la Casa del Pueblo y donde estaba la redacción de Mundo Obrero, que era el punto de referencia. Empecé el cursillo, pero duró solamente mes y medio, porque el 18 de julio empezó la guerra.


Santiago Álvarez
"Comunistas. (Memorias de lucha y de clandestinidad)"


Santiago Álvarez Gómez nació en San Miguel de Outeiro (Orense), el 11 de febrero de 1913 y falleció el 29 de abril de 2002.









1842. ¡Alegrémonos!




No queremos hacer política desde nuestra revista puramente Evangélica, anticlerical y antivaticanista, pero como hombres liberales y amantes de la libertad, de la verdadera Justicia y de los principios democráticos, no podemos ni debemos callar ante el resultado magnífico y convincente de las últimas elecciones generales, cuando los electores haciendo uso de un derecho, el voto, que expresa el deseo del corazón, la libertad individual que se trasluce públicamente en un acto político han señalado de nuevo rumbo a seguir.

No vamos a definir, ya lo ha hecho sobradamente la prensa diaria, la significación política que plasman los dos partidos que han luchado frente a frente, las izquierdas y las derechas, únicamente debemos justificar el porqué debemos alegrarnos del triunfo de las izquierdas, del Frente Popular constituido pro hombres libres que han formado en la cruzada nacional para reconquistar la República.

Alegrémonos pues del triunfo, porque representa la libertad de pensamiento, de cultos, de prensa y del ciudadano. Porque representa la reforma de las leyes sustanciales y democráticas que deben estar en consonancia con la evolución que trae consigo el estado actual de la Sociedad. Porque representa un solo poder civil, un poder ejecutivo que no ampara el Poder eclesiástico por ser el Estado puramente laico.

Porque representa todas las libertades que por derecho nos corresponden y sin las cuales habríamos tenido que renunciar a la expansión de las ideas y del pensamiento, reconquistando aquellos derechos que siendo patrimonio común de todos los pueblos de la Europa culta, aún no habían sido consignados en nuestra legislación.

Porque representa la tolerancia religiosa, habiendo desaparecido aquella intolerancia y persecución que por siglos ha esclavizado la conciencia nacional.

Porque ha puesto a raya a los primates de la Iglesia Católica Romana, los fervorosos adeptos de las derechas reaccionarias, que desde los púlpitos y confesionarios excitaban a los files a votar por el triunfo de la soberanía papal.

Porque la tolerancia en materia religiosa, consignada en la Constitución de 1959 por Cánovas del Castillo, se ha convertido en libertad absoluta de cultos, triunfando los derechos del hombre, el respeto a todas las convicciones, la mutua tolerancia y el libre examen para crear un ambiente igualitario y fraternal que no existía ni ha existido jamás frente a los derechos del trono y del altar.

Porque las escuelas son centros de cultura moral en vez de sacristías; la secularización de cementerios un hecho positivo, las iglesias libres y el Estado laico y soberano.

Con el triunfo del Frente Popular ha empezado una nueva era, la avalancha, la avalancha clerical ha quedado descuartizada y el Vaticano sensiblemente desfallecido.

La explosión liberal del 16 de febrero de 1936, ha constituido la ofensiva contra la reacción que la Dictadura primero, y desde el seis de octubre después. ha servido de puntal a los enemigos y traidores de la libertad atendida con esplendidez a costa del erario público.

La victoria del Frente Popular nos da la facultad de convertir en realidad la consecuencia de todos nuestros honrados ideales. 

El triunfo representa el acatamiento a la voluntad popular y lógico el entusiasmo que ha seguido a ese lógico y merecido triunfo, que plasma la libertad y la justicia, desapareciendo al efecto la leyenda negra de que España era un país de esclavos sin ideales ni voluntad.

El 16 de febrero de 1936 es una fecha gloriosa de ciudadanía y constituye una nueva era de realidades. Por todo ello y mucho más,

¡Alegrémonos!

L. López-Rodríguez Murray
El Heraldo
Periódico evangélico, científico e ilustrado
Figueras, Febrero de 1936







1836. Manifiesto del PCE en apoyo del Frente Popular



Manifiesto del PCE en apoyo del Frente Popular en las elecciones de Febrero de 1936.

Llamamiento del Comité Central del Partido Comunista.

¡Por el triunfo del Bloque Popular!
¡A luchar y a vencer!

¡A los obreros, campesinos y antifascistas!

¡Al pueblo laborioso!

Estamos en presencia de una jornada histórica. Sólo unos días nos separan del 16 de febrero, fecha en la cual que va a librarse una gran batalla, de cuyo resultado depende el porvenir del pueblo que trabaja y sufre, de las masas que buscan con ansia su liberación. Son éstos unos momentos tan importantes en la historia del movimiento popular de España, que el triunfo en las urnas va a representar un paso decisivo hacia la liquidación de un período de sangrienta dominación y de represión cruel, hacia la liquidación de la esclavitud y del hambre que el pueblo laborioso padece, si la victoria es conseguida por las fuerzas de la libertad y del progreso, agrupadas en el Bloque Popular y dirigidas por el proletariado revolucionario que, de salir triunfantes las fuerzas negras, que representan los verdugos de la Ceda y los monárquicos, significaría la bárbara acentuación de una política vengativa y rencorosa, de una política de exterminio y de hambre, como la que durante dos años ha asolado a la España popular, que ha robado el pan a las masas explotadas, que ha hundido en la más negra miseria a los trabajadores del campo, que ha sepultado en presidio a los mejores hijos del pueblo. Esta política de ferocidad que ha estremecido de horror, por su terrible inhumanidad, en Octubre al mundo civilizado. Política de pandillas reaccionarias inmorales, que ha lanzado a la desesperación y a la ruina a los modestos empleados, a los modestos comerciantes e industriales, y que ha borrado toda perspectiva de vida noble a la joven generación española. Esa política, representativa de las castas retrógradas que pretenden barrer hasta los últimos vestigios de democracia y que no se detienen en sus intenciones de destruir la República como régimen que el pueblo trabajador conquistó, para clavar sobre su cuerpo la espuela infamante de la dictadura fascista, de la orgía desenfrenada, de la expoliación, realizada por terratenientes y banqueros, por la Iglesia y por los caciques monárquicos.

¡Las elecciones del 16 de febrero no son unas elecciones ordinarias!

Y no lo son, porque el resultado de estas elecciones va a tener, como inmediata consecuencia, abrir amplios cauces a la libertad y a la democracia, o la victoria de la dictadura vaticano-fascista; la victoria de las fuerzas que representan la revolución democrática, las fuerzas del progreso y del bienestar del pueblo, o el triunfo de la contrarrevolución más abyecta. Es este un dilema inexorable que no admite términos medios.

Nuestros esfuerzos para crear el Bloque Popular han sido coronados por el éxito.

El Partido Comunista ha propugnado desde hace un año, con tesonera insistencia, la imperiosa necesidad de construir un arrollador movimiento de izquierdas, en el que formaran, al lado de las fuerzas proletarias, al lado de los obreros y campesinos, los republicanos de izquierda, los hombres amigos del pueblo y de sus libertades. Un movimiento potente e invencible, capaz de aniquilar hasta el fin a las fuerzas odiosas del Bloque de Octubre y de hacer imposible su resurgimiento. Un movimiento que, expresado en las Alianzas Obreras y Campesinas y en los Bloques Populares, barra el pasado reciente y abra anchos horizontes a las aspiraciones proletarias.

Y hoy contemplamos, con alegría revolucionaria, que nuestra idea y nuestros esfuerzos se han convertido en hermosa realidad. Una realidad que promete conducir al pueblo laborioso de España por la senda de su emancipación.


El Bloque Popular debe vencer en esta lucha

Debe vencer, porque de nuestra voluntad y de nuestra conciencia de clase tiran las manos, crispadas por penosos sufrimientos, de los 30.000 prisioneros de Octubre. Debe vencer, porque así lo esperan, sumidos en la horrible agonía de las horas de capilla, el centenar de proletarios condenados al garrote vil, para que se ponga término a su torturante duda con el rápido indulto. Debe vencer, porque este triunfo abrirá los cauces para que consigan pan los millares y millares de familias obreras, víctimas del hambre por las represalias patronales en Octubre, y será el trabajo o el subsidio para el millón de hambrientos a causa del paro forzoso. Debe vencer el Bloque Popular, porque ello significará la reivindicación de la memoria de los héroes y mártires del glorioso Octubre y la reparación a la familia de las víctimas de la terrible represión de Asturias, León, Vizcaya, etc. Y es necesaria esta victoria, porque del Bloque Popular esperan los pueblos de Cataluña, Euzkadi, Galicia y Marruecos justa satisfacción a sus deseos de liberación y, todo el país, un mejoramiento de su situación política y económica.

En alto el programa del Bloque Popular, cuya bandera es irresistible y hace temblar a la España reaccionaria.

El programa elaborado por las fuerzas que integran el Bloque Popular no es nuestro programa totalitario. No. Ese programa es sólo la parte mínima de las amplias aspiraciones de las masas trabajadoras y antifascistas. Refleja el principio de la reconquista de las reivindicaciones perdidas, y señala el comienzo de un avance hacia las justas aspiraciones proletarias. Declaramos que el Partido Comunista va a luchar con fe y entusiasmo por el total cumplimiento del programa que ha contribuido a elaborar en el seno del Bloque Popular. Pero declaramos también que no hemos de ocultar ni velar nuestras intenciones. Los comunistas aspiramos a la realización de un programa más avanzado, del programa integral de la revolución democráticoburguesa, y, bajo la hegemonía del proletariado, transformarla en revolución socialista.

Pero el Partido Comunista conoce la etapa histórica que nos incumbe recorrer, y sabe que, para dar cumplimiento a las tareas esenciales de la revolución democráticoburguesa para arrancar hasta las raíces del peligro de un retorno al 19 de noviembre de 1933, es preciso actuar a fondo en el problema de la tierra, sin cuya solución radical y revolucionaria no hay posibilidad de un régimen democrático.

Luchamos porque la tierra sea de quien la trabaja.

Queremos y luchamos porque sean expropiadas sin indemnización las tierras de señorío, de los ex nobles, de los grandes terratenientes, de la Iglesia y de las órdenes religiosas, y que las tierras expropiadas sean entregadas inmediata y gratuitamente a los obreros agrícolas y a los campesinos pobres para que la trabajen individual o colectivamente, según decidan libremente.

Luchamos por el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.

Queremos acabar con ominosa opresión del Poder Central en Cataluña, Euzkadi, Galicia y Marruecos, y dar a estos pueblos plena libertad a su vida política, económica, en el uso de su idioma, en el desarrollo de su cultura y en su derecho a la autodeterminación.

Luchamos por democratizar al Ejército.

Queremos reparar la obra nefasta de Gil Robles y demás fascistas en el ministerio de la Guerra; porque se repongan en los mandos a los republicanos probados y demócratas, eliminando a los enemigos declarados del pueblo, a los monárquicos y a los fascistas. Por los derechos democráticos de los soldados.

Luchamos por la disolución y desarme de las bandas y organizaciones fascistas y monárquicas.

Queremos acabar con esas madrigueras de criminales y pistoleros a sueldo, con los antros de conspiración que organizan el asalto a las libertades populares con el propósito de instaurar una dictadura sangrienta. Luchamos por el desarme y disolución de las organizaciones monárquicas y fascistas, por la clausura de sus centros y clubs, y por la confiscación de sus propiedades y bienes.

Luchamos por el pan y el trabajo para los parados.

Queremos poner fin a la criminal ofensiva del hambre, desencadenada por la burguesía fascista y reaccionaria; obligar al estado y a los patronos a dar trabajo o subsidio a los parados y un censo de parados e iniciación inmediata de obras de utilidad pública para absorber el paro forzoso.

Luchamos por el derecho de reunión, plena libertad de Prensa, de manifestación y de huelga.

Queremos dar al pueblo laborioso sus más indeclinables derechos democráticos, acabando con la vergüenza de la mordaza y de la clausura de sus centros y con la constante persecución de sus militantes revolucionarios.

Luchamos por la igualdad de derechos políticos y sociales para la mujer y para la juventud obrera.

Queremos poner término a esa infame diferenciación de sexos y edades con que se encubre la más vil explotación. Nuestra consigna es: a trabajo igual, salario igual. Plenos derechos políticos desde los dieciocho años.

Luchamos contra la guerra.

Queremos que España entre en el concierto de los pueblos que quieren la paz, a cuya cabeza está la Unión Soviética. Luchamos por la solidaridad y la defensa del pueblo etíope, avasallado por el imperialismo fascista de Italia. Luchamos contra los preparativos de una nueva matanza mundial y por la defensa de la URSS, patria socialista de los trabajadores del mundo.

Luchamos por los Soviets, por la dictadura del proletariado.

Queremos derrumbar, hundir definitivamente el régimen de explotación y de miseria, levantando sobre sus ruinas la sociedad socialista. Queremos hacer feliz y dichosa a la Humanidad en una sociedad donde los obreros y los campesinos en el poder sean la garantía de su propio bienestar, realizando la unión invencible de nuestros hermanos de la Unión Soviética, que, bajo la genial dirección del más grande discípulo de Lenin, Stalin, conducen a los constructores del nuevo mundo a las más gloriosas cumbres.

Por todo esto luchamos y lucharemos los comunistas dentro del Parlamento y fuera de él.

Y es con nuestra fisonomía de comunistas, de bolcheviques, con la cual hemos declarado, y hoy lo ratificamos, que hemos de marchar unidos a quienes prefieren la luz de la libertad y el progreso a la negra y sangrienta noche del fascismo. Porque en estos momentos, la mejor forma de luchar por el socialismo es marchar en apretado haz todas las fuerzas populares contra la reacción y el fascismo, que es el enemigo de todos y el obstáculo fundamental para el desarrollo de la Humanidad liberada.


El Bloque Popular debe de continuar después de las elecciones

Esbozadas quedan algunas de las tareas fundamentales de la revolución democráticoburguesa. Estas no se cumplen con el triunfo del día 16, sino que se inician. Por eso somos fervientes partidarios de la continuidad de los Bloques Populares en todo el país después de las elecciones. Dar por finalizada su misión el día 16, significaría un gravísimo peligro para nuestros compromisos, para la realización del programa concertado, y nos multiplicaría los obstáculos para llevar a cabo la obra común: la desarticulación del poderío económicopolítico de la reacción y el fascismo en España, y sería más penoso el camino a recorrer por el proletariado y los campesinos en su marcha hacia la consecución de sus definitivas aspiraciones.

El 16 de febrero no puede ser la fecha tope para el frente de izquierdas, sino ruta amplísima hacia el cumplimiento de cuanto el pueblo laborioso espera del Bloque Popular. Los Bloques Populares, cuyas fuerzas populares deben ser los obreros y campesinos y sus organizaciones, deben continuar y ampliarse después de las elecciones, y ser los portavoces y los realizadores del programa y de las reivindicaciones de la revolución democráticoburguesa. De ahí nuestra consigna: ANTES Y DESPUÉS DE LAS ELECCIONES, NI UN PUEBLO, NI UNA ALDEA SIN ALIANZAS OBRERAS Y CAMPESINAS, SIN BLOQUE POPULAR.

¡Adelante en este camino! Las fuerzas proletarias deben ser la vanguardia permanente en el cumplimiento del pacto acordado. Sus fuerzas unidas en la acción, concentradas en las Alianzas Obreras y Campesinas, deben ser los pilares en que descanse ese poderoso movimiento de todos los antifascistas unidos.

Comunistas y socialistas así lo hemos entendido. También la mayoría de nuestros hermanos anarquistas y de la CNT se disponen a cumplir con su deber de clase. La experiencia les ha hecho aprender sobre su propia carne a quién beneficia la “abstención”, y pasan, y deben de pasar aún más por encima de los que quieren desviarles de su camino de clase. Saludamos llenos de júbilo, la decisión de esos camaradas anarquistas como condenamos con vigor a los “abstencionistas”. Ellos van a reforzar las filas del Bloque Popular, van a ocupar puestos de vanguardia en la lucha del 16 de Febrero.


¡Unidos somos invencibles!

¡No debilitemos en lo más mínimo la organización! De nada servirá el entusiasmo si éste no está expresado de forma orgánica. Frente a los poderosos enemigos que tenemos que vencer, sólo un arma es eficaz: la acción común, el frente único proletario, la organización de todo el pueblo laborioso en Bloques Populares.

¡Camaradas! A través de la agitación y organización de la campaña electoral, millares de nuevos soldados de la Revolución deben engrosar las filas del Partido Comunista.

¡Obreros antifascistas: Por la victoria!

¡Contra la reacción y el fascismo! ¡Por el triunfo del Bloque Popular!

¡Adelante! ¡Todos a una, el día 16, a rescatar para el pueblo lo que sólo al pueblo pertenece!

¡Viva el frente único proletario! ¡Viva el Bloque Popular antifascista!

¡Viva el Partido Comunista!


Comité Central del Partido Comunista

El Partido Comunista utiliza el Parlamento como una Tribuna revolucionaria. Los diputados comunistas son soldados de la revolución que se dedican por entero a los dictados del proletariado y de su partido.

Todos los camaradas designados candidatos han firmado en blanco la renuncia al cargo de diputado, acto que significa poner su cargo a disposición del Partido.


Imprenta “Lucha Obrera”
C/ Galileo, 14
Madrid