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3444. Las modistillas viguesas quieren una República de orden

Modistillas viguesas - Foto: Pacheco



Las modistillas viguesas quieren una República de orden y admiran a Ramón Franco y prefieren los hombres morenos.


Vigo y La Coruña son actualmente las dos rivales gallegas, las dos capitales más importantes de aquella región; ambas cosmopolitas y de brillante y limpia historia. 

Vigo, quizá más comercial, más dinámico y activo, con una base más sólida en la industria, es una ciudad menos espiritual que La Coruña. Vigo ofrece todas las características de una moderna ciudad norteamericana: vida agitada, nerviosa, en la que se acusa constantemente la «lucha por el minuto», el afán del trabajo... 

La Coruña es otra cosa. La sensación que allí se experimenta es la de hallarse en una ciudad en la que todo el mundo vive de sus rentas. El ritmo de la vida es mis lento, más suave, más frívolo... Es, en fín, La Coruña una ciudad femenina, luminosa y riente como una mañana de Mayo.


*


Unos días en la «perla del Atlántico», con la valiosa colaboración de Pacheco, el fotógrafo de Crónica, son suficientes para hacer una serie de reportajes de la hermosa ciudad de la Oliva. 

—¿Por cuál empezaremos? 

—Dése una vuelta por la calle del Príncipe y las «avenidas», y hable de nuestras modistillas. No lo piense más. 


Queremos una República de orden

Un amigo me presenta. 

Cuando se enteran de que van a salir retratadas en Crónica, saltan de contentas. Hablamos de política. 

Una me dice resueltamente: 

—Aquí todas somos revolucionarias, ¿sabe? 

Las otras repiten a coro: 

—Pero revolucionarias pacíficas, de orden. 

Y una morenita de ojos azules, aclara: 

—Queremos una República moderada, sin sangre. Digalo usted en Crónica. 

—Se lo prometo 

—¿Usted conoce a Ramón Franco? 

—Le conoce todo el mundo. ¿Por qué me lo pregunta? 

Duda unos momentos antes de contestarme. Al fín se decide: 

—Qué simpático es, ¿verdad? 

—Y que valiente —tercia otra—. Mire... 

Y me enseña un retrato del famoso piloto del Plus Ultra que lleva guardado cuidadosamente en el bolso. 

—Le advierto a usted que es casado... 

—¿Pero es que sólo se puede admirar a los hombres solteros?... 

Es una razón que convence. 


Preferimos los hombres morenos

Pasamos al tema amoroso. Y como si se hubiesen puesto de acuerdo, responden todas a mi pregunta: 

—Nos repugnan esos niños tontos, afeminados, que se depilan las cejas y antes de salir a la calle ensayan la forma de caminar y de accionar ante el espejo. 

—No saben ni hacernos el amor siquiera. 

—A mí, el hombre me gusta que tenga carácter Para eso es el hombre Y el que se deja dominar por la mujer merece el desprecio de los de su sexo. 

—Yo lo quiero moreno, con el pelo ondulado y sin bigote. Y, sobre todo, que tenga talento y buenos sentimientos. 

—Pues el mío ha de tener el pelo rubio y los ojos azules. 

—Ay, hija, vaya un gusto el tuyo— le reprochan todas. 

Yo intervengo, conciliador: 

—Un momento. Un momento. Vamos a proceder a una votación. ¿Les parece? 

—Sí, sí— contestan. 

—Bueno, vamos a ver: ¿a usted cómo le gusta? 

—Moreno. 

—¿Y a usted? 

—Moreno. 

—¿Y a usted?... 

Y de esta forma ha terminado la discusión, porque la mayoría se ha pronunciado en favor de los hombres morenos. 

Ya lo saben los rubios; en Vigo han sido derrotados. 

No tienen partido. 


El amor a la profesión

—¿Están ustedes contentas con su profesión? 

—¿Y por qué no hemos de estarlo? 

—Yo, por mi parte, no la cambiaría por otra. 

—Ni yo. 

Una se ha reservado su opinión. Es rubia, con el talle suave y ondulante, y unos ojos misteriosos que reflejan un espíritu melancólico. Lord Byron se hubiese enamorado de ella en el acto. Yo la observo en silencio. 

—Y usted, señorita: si no fuese modistilla, ¿qué le gustaría ser? 

—Qué sé yo... Artista de cine. 

—Me lo suponía. 


Aspiramos a tener un taller propio

Es la hora de entrar a los talleres. Se despiden. Antes formulo la última pregunta: 

—Dentro de su profesión ¿a qué aspiran ustedes? 

—Pues a tener un taller propio y... a casarnos con un hombre que nos haga felices. ¡Adiós, adiós!... 

Se han ido. Sus risas cantarinas y picarescas suenan en la calle del Príncipe como el eco lejano de una canción de juventud ... 


J. Conde Rivera
Crónica, 21 de junio de 1931








1510. Ramón


Teodoro González de Zárate, alcalde de Vitoria, que sería ejecutado durante la guerra por los franquistas, con Ramón Franco (con 
boina) y Pablo Rada, encabezando la manifestación del 1 de mayo de 1931


Mar Mediterráneo, otoño de 1938: Ramón Franco estalla en el aire. 

En 1926, había atravesado el océano desde Huelva hasta Buenos Aires, en un avión llamado Plus Ultra. Y mientras el mundo entero aplaudía su hazaña, él la celebraba en noches de juerga, bebiéndose la gloria y cantando la Marsellesa y maldiciendo a los reyes y a los papas. 

Y no mucho después, en alguna borrachera, lanzó su avión sobre el Palacio Real de Madrid, y no echó las bombas porque había niños jugando en los jardines.

Y sumó y siguió: alzó la bandera republicana, participó en una sublevación anarquista, fue elegido diputado por el nacionalismo catalán y una mujer lo denunció por bigamia, aunque en realidad era trígamo. 

Pero cuando su hermano Francisco se alzó, Ramón Franco sufrió un súbito ataque de familismo y se incorporó a las filas de la cruz y la espada. 

Al cabo de dos años de guerra, los restos del avión, su avión, se pierden en las aguas del Mediterráneo. Ramón, cargado de bombas, se dirigía a Barcelona. Iba a matar a los que habían sido sus compañeros y al loco lindo que él había sido. 


Eduardo Galeano
Espejos. Una historia casi universal









815. La sublevación en la base aérea de Cuatro Vientos en Madrid

En estas condiciones hice un viaje a Melilla para cambiar de aparato. Al día siguiente, estando en el cine, se acerca el teniente coronel Camacho, que me dice que salga un momento, pues tenía algo urgente para mí. Camacho y yo, a pesar de nuestra confianza, nunca habíamos hablado seriamente de política. Camacho, que me conocía muy bien y conocía mi vida, jamás pudo pensar que yo estuviese metido en ningún complot político y nunca consideró oportuno decirme que él estaba en contacto con organizaciones republicanas.

Por el aspecto de Camacho comprendí que se trataba de algo grave; pensé en alguna catástrofe de aviación o en la complicación de algún asunto amoroso. Éstas eran las únicas cosas graves que yo concebía en aquellos momentos.

Camacho me llevó hacia el puerto por las calles más solitarias y comenzó muy excitado a decirme que había recibido el aviso de que todo estaba preparado para dentro de cuatro días y que yo debía salir aquella misma noche para Madrid. Yo no comprendía nada de lo que me estaba diciendo. Cuando me explicó que se trataba de una sublevación para implantar la república en España, me quedé, como es natural, completamente asombrado. No podía explicarme por qué se dirigía a mí, ni qué tenía yo que ver con este lío. Durante un gran rato, nuestra conversación parecía un diálogo entre locos o sordos. A él no le cabía en la cabeza que yo no estuviese enterado de nada y, naturalmente, no se explicaba mi actitud. Por mi parte, yo no terminaba de darme bien cuenta de lo que se trataba. Había olvidado completamente mi conversación del Palacio de Hielo, a la que no le di la menor importancia. No podía pensar que mis contactos con Ramón Franco, Legorburu y con otros republicanos me hubiesen comprometido a nada. Era natural que estuviese asombrado y que me costase mucho darme cuenta de lo que querían de mí.

Por fin, después de muchas explicaciones, empecé a comprender algo de lo que se trataba. Camacho había recibido el aviso y con él una lista de oficiales, entre los que se debían elegir cuatro para ir a Madrid a tomar parte en la sublevación, y yo era, por lo visto, uno de los designados para dicho festival. Mi reacción fue inmediata: le dije que era un absurdo, y que no contase conmigo para nada que se relacionase con aquello.

Camacho me dijo que los otros dos oficiales de aviación designados para ir a Madrid conmigo eran el teniente Mellado y el alférez Valle. Mellado era un oficial muy decidido, de mucho prestigio en el arma, poseía una fortuna respetable que le permitía vivir admirablemente. Sus ideas republicanas no las ocultaba y debían ser muy sinceras por la decisión y entusiasmo con que se metió en esta aventura. El alférez Valle también era conocido como republicano. Además de buen piloto era un magnífico radio. También parecía muy dispuesto a tomar parte en la sublevación.

A Camacho le preocupaba la reacción de Mellado y Valle cuando se enterasen que yo no iba con ellos. Además, el cuarto designado para tomar parte en la sublevación de Madrid, según me dijo, era el teniente coronel Agustín Muñoz Grandes, y tampoco podía ir, pues se encontraba fuera de Melilla en una revista de inspección y a Camacho no le había sido posible avisarle. Podía parecer que se les quería embarcar a ellos y quedarnos los jefes en tierra.

Empezó a preocuparme que los compañeros que me creían comprometido pensasen que, cuando llegaba el momento de dar la cara, yo me rajaba y les dejaba solos en el peligro. Comprendía que por un mal entendido o por una ligereza de mis amigos se contaba conmigo y se me juzgaría muy mal. Estos pensamientos fueron más fuertes que todos mis lógicos razonamientos de lo absurdo que era meterme en una aventura que no sentía y en la que me iba a jugar todo estúpidamente. En una palabra, decidí ir a Madrid.

Embarcamos la misma noche para Málaga, Joaquín Mellado, José María Valle y yo. Ninguno sabíamos nada de lo que teníamos que hacer. Lo único que me había dicho Camacho fue que en Madrid tenía que ponerme en contacto con el teniente coronel de aviación Sandino y que él me daría instrucciones.

Durante el viaje pude darme cuenta que mis compañeros sólo sabían que se estaba organizando una sublevación para implantar la república. Conocían a varios de los comprometidos. Daban los nombres de Alcalá Zamora, Prieto, Marcelino Domingo, Miguel Maura y algunos otros de menor importancia. De los militares metidos en el complot sólo conocían a algunos tenientes y capitanes, pero lo que les inspiraba más confianza y les daba un gran optimismo era saber que Ramón Franco sería uno de los jefes de la sublevación.

El prestigio de Ramón Franco, en aquellos días, había llegado a límites increíbles con su última aventura, escaparse de la prisión militar donde estaba detenido. Toda la prensa dedicaba grandes espacios a comentarla. Los reaccionarios, con indignación, pidiendo medidas enérgicas. Los de izquierda, con gran simpatía. Se escribieron los relatos más fantásticos sobre los medios empleados para su fuga. En toda España se hablaba de Franco. Se recordaba que había sido el primer aviador en el mundo que atravesó el Atlántico. Su posición clara en contra de la dictadura y del rey, su valor para declarar públicamente sus ideas, la carta que publicó en un periódico en contra de su hermano Francisco, metiéndose brutalmente con él, llamándole fascista y reaccionario, su prisión y otros episodios de su vida, más o menos ciertos, habían hecho de él un personaje rodeado de un ambiente romántico, querido por el pueblo y odiado a muerte por la reacción. Ramón Franco jugó un papel importante en la implantación de la República en España.

Al llegar a Madrid me despedí de mis compañeros, después de ponernos de acuerdo para estar en contacto, y empezó mi actuación de revolucionario. La primera duda que se me presentó fue la de mi alojamiento. Yo tenía un cuarto en casa de mi hermana Rosario, pero no me parecía muy oportuno, siendo mi cuñado ayudante del rey y un monárquico fanático, ir a vivir con ellos en aquellas circunstancias. Decidí tomar una habitación en una especie de hotel para solteros, confortable y tranquilo, de la plaza de Bilbao, donde había vivido otras veces.

En realidad, desde mi conversación con Camacho era la primera vez que me encontraba solo y en condiciones de examinar un poco mi caso. Este examen no era fácil. Lo único que yo conocía de mi nueva situación era que había llegado a Madrid para tomar parte en una sublevación contra el rey, pero no tenía la menor idea de cómo se llevaría a cabo, ni quiénes tomarían parte en ella, ni lo que tendríamos que hacer. Mi desorientación e ignorancia eran completas.

Quise ver a Legorburu o a Núñez de Prado, pero habían desaparecido. Lo único que podía hacer en aquellos momentos era ponerme en contacto con Sandino. Después de varios intentos conseguí dar con él por teléfono. Estaba en el pabellón que ocupaba Aviación en el Ministerio de la Guerra. Me pareció que no le hacía mucha gracia mi deseo de hablarle. Me dio a entender que estaba arrestado y que no podía salir del Ministerio. Ante mi insistencia convinimos en qué intentaría verlo por la tarde. Generalmente, después de las dos no quedaba nunca nadie en las oficinas.

A las cinco de la tarde me presenté en el Ministerio y, sin que nadie me pusiese el menor inconveniente, llegué al cuarto donde se encontraba Sandino. Lo encontré bastante alicaído y preocupado. Me dijo que le habían arrestado sin darle explicaciones. Temía que el motivo fuese alguna denuncia acusándole de contactos con los republicanos. Le di cuenta de nuestra llegada, pidiéndole que me pusiese al tanto de la situación y que me diese instrucciones para mí y los otros dos aviadores llegados conmigo.

Sandino me explicó a grandes rasgos la situación. El movimiento lo dirigía una Junta presidida por Alcalá Zamora, de la que formaban parte, entre otros, Azaña, Prieto, Casares Quiroga, Maura... Esta junta se convertiría en gobierno si triunfaba el levantamiento. El Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores tomarían parte en la sublevación, declarando la huelga general en toda España.

Refiriéndose a la parte militar del movimiento, me dijo que era muy amplio. Se contaba con la sublevación segura de varias guarniciones. Me dio el nombre de varios generales comprometidos: Núñez de Prado, Queipo de Llano... En aviación también había un gran número de jefes, oficiales y clases. El golpe principal debía darse en Cuatro Vientos, donde el triunfo se daba como seguro pondría en nuestras manos la radio del aeródromo, con la que se darían las órdenes a los otros aeródromos y guarniciones. El panorama que pintó me dio ánimos y la impresión de que el movimiento estaba bien preparado, que tomaban parte en él personas de prestigio y que los obreros y la mayoría del pueblo estaría con nosotros.

Una vez que Sandino terminó de explicar en términos generales la situación, le pedí que concretase algo sobre lo que teníamos que hacer Mellado, Valle y yo: con quién teníamos que entendernos, cuándo y adonde teníamos que ir, quién dirigiría lo de Cuatro Vientos, etcétera, etcétera, es decir, que nos dijese cuál era nuestro papel en la operación. Pero la euforia de que había dado muestras al explicarme la situación en términos muy generales, se convirtió en titubeos y en divagaciones cuando tenía que referirse a cosas concretas. Me dijo que con su arresto había perdido el contacto con los compañeros y no estaba enterado de las disposiciones tomadas en los últimos días; que lo mejor que podía hacer era ir a ver a Miguel Maura, que era en la junta el que se ocupaba de la parte militar del movimiento y con el que Sandino había estado en contacto hasta su arresto, es decir, que yo reanudase los contactos con Maura, con Ramón Franco y con el capitán Fuentes, en cuya casa debía celebrarse al día siguiente una reunión de militares.

Me dio las señas de la casa donde Ramón Franco estaba escondido, unas letras de presentación para Maura, al que yo no conocía, y me indicó lo que tenía que hacer para asistir a la reunión de militares del día siguiente.

Salí del Ministerio lo mismo que entré; sin la menor dificultad.

La entrevista con Sandino había producido en mí impresiones muy diversas. Por un lado me sentía más tranquilo y optimista por su información del movimiento en general, pero al mismo tiempo estaba preocupado por una serie de cosas que no veía claras y que Sandino, que era nada menos que el responsable del movimiento en Aviación, no me aclaraba. Tampoco comprendía la falta de contacto con los compañeros, precisamente en aquellos momentos decisivos, pues lo mismo que yo había entrado en el Ministerio sin ninguna dificultad, podían hacerlo los demás. Tampoco conseguí que me dijese qué aviadores estaban comprometidos para lo de Cuatro Vientos, ni cómo se tenía preparada la operación. Empezaba a tener la sospecha de que lo de Cuatro Vientos estaba sin organizar. Por otra parte, me extrañaba un poco que me mandase a visitar, nada menos que a un miembro de la Junta revolucionaria, para ponerme de acuerdo con él casi la víspera de la sublevación, y por qué tenía que asistir a la reunión de los militares del día siguiente. Y creía que, no habiéndome ocupado para nada de la organización y llegando a Madrid sólo tres días antes del golpe, me indicarían concretamente el puesto que debía ocupar, que lógicamente debían tener designado los organizadores.

Llegué al hotelito donde vivía Maura y entregué a un criado las líneas de Sandino. Me introdujeron en un despacho muy agradable, con un magnífico tresillo de cuero encarnado, en uno de cuyos butacones habían dejado una guitarra como si la hubiesen estado usando poco antes. Recuerdo este detalle, pues me pareció completamente fuera de lugar que en aquellos momentos, para mí tan dramáticos, en el despacho de uno de los principales dirigentes de la sublevación, y en vísperas de ella, pensase nadie en tocar la guitarra.

Yo no conocía a Maura, no me lo figuraba tan joven. Mi primera impresión fue agradable. Daba la sensación de ser un hombre enérgico, decidido y abierto. Tenía buena pinta, estaba muy bien vestido, era completamente diferente del tipo de revolucionario que yo tenía en mi imaginación.

— ¿De modo que usted viene de Melilla para tomar parte en lo de Cuatro Vientos? —empezó diciéndome, Y en seguida comenzó a hablarme de la sublevación con un optimismo admirable. Según él, todo estaba perfectamente preparado y el triunfo era seguro. Yo le escuchaba feliz. Su optimismo me dio muchos ánimos. Después de un gran rato, en el que sólo habló él, me dijo: «Ahora hábleme usted de los militares, dígame si está todo preparado y si responden los comprometidos.» Yo me quedé de una pieza. Había venido a verle para informarme y resultaba que era yo el que debía informar. Le recordé que había llegado esa mañana, que no estaba enterado de nada, que Sandino me había mandado ponerme en contacto con él y con Franco para saber lo que tenía que hacer. Quedó un poco parado ante mi respuesta, pero inmediatamente, sin perder nada de su optimismo, me dijo: «Bueno, muy bien, vaya a ver a Franco y póngase de acuerdo con él.»

La entrevista con Miguel Maura produjo en mí buena impresión. Me pareció un hombre simpático, decidido y que inspiraba confianza. Salí de su casa más animado y más tranquilo, a pesar de que no dejaba de escamarme un tanto que el representante de la Junta para el contacto con los militares me preguntase cómo iban las cosas y no tuviera la menor idea de lo preparado en Cuatro Vientos.

Me dirigí a la casa donde estaba escondido Ramón Franco. Me hacía ilusión verlo y estaba impaciente por charlar con él.

Desde que Camacho me embarcó para Madrid, no se me había ocurrido tomar la menor precaución para disimular mis andanzas. Actuaba con la misma naturalidad que si estuviese disfrutando un permiso oficial. Entré en el Ministerio, visité a Maura sin pensar que pudiesen estar vigilados por la policía. Era tan natural mi comportamiento y tan absurdo en aquellas condiciones, que a nadie podía caberle en la cabeza que un jefe que se iba a sublevar a los dos días y que estaba visitando a los dirigentes del movimiento, lo hiciese con aquella inconsciencia.

Cuando entré en la habitación donde estaba Franco, me quedé sorprendido por su aspecto. Estaba muy pálido por llevar mucho tiempo sin salir a la calle. Su palidez contrastaba con una gran barba que se había dejado crecer, muy negra y unos pelos muy largos y revueltos. Tenía puesto un traje de paisano, bastante estropeado, y una camisa abierta a cuadros, de franela, que dejaba al descubierto la abundante y negra pelambrera de su pecho. Era un verdadero tipo de bandido de Sierra Morena, daba miedo verle. Si sale a la calle en aquella forma, no hubiera dado un paso sin ser detenido.

Franco y yo teníamos una gran amistad, habíamos estado mucho tiempo juntos y creo que nos apreciábamos mutuamente. Conocía sus buenas cualidades y sus defectos: era inteligente, con una gran facilidad para darse cuenta de las cosas rápidamente, pero al mismo tiempo tenía una serie de manías y de cosas raras que no había medio de quitárselas. Una de ellas era ir mal vestido; siempre solía llevar trajes o uniformes viejos o sucios, a veces le daba por hacer las cosas más inesperadas, sin preocuparse para nada de las consecuencias. Era un verdadero salvaje y le iba muy bien el apodo que le habían puesto en Aviación: «El Chacal.» Al preguntarle por qué estaba disfrazado de aquella manera, me contestó muy serio que para que no le conocieran. Conseguí convencerle para que se afeitase, se cortase el pelo y se vistiese de uniforme, pues hubiese sido disparatado presentarse con aquella pinta en Cuatro Vientos, como tenía pensado. A pesar de llevar bastante tiempo escondido y de los meses pasados en la prisión, parecía enterado de las cosas, sus razonamientos eran lógicos y sus planes, prácticos.

En líneas generales me dio una idea del movimiento. Estaba organizado de la siguiente manera: al amanecer del día X comenzaría la sublevación en Madrid y en varias guarniciones de provincias. Ya estaban en sus puestos los generales y jefes que tomarían el mando de las fuerzas. Por lo que se refiere a los civiles, el día X se declararía la huelga general en toda España. Estaban movilizados todos los partidos de izquierda. Los dirigentes políticos tenían cada uno designado su puesto. Según Franco, el golpe estaba bien preparado y el triunfo era casi seguro.

La Junta revolucionaria había asignado a Cuatro Vientos una de las tareas más importantes del movimiento. Cuatro Vientos debía iniciar la sublevación, teníamos que apoderarnos del aeródromo en las primeras horas del día X, para tener tiempo de preparar los aviones encargados de lanzar sobre Madrid las proclamas y los avisos llamando a la sublevación y armarlos con bombas y ametralladoras. Desde la radio del aeródromo daríamos a toda España la noticia de la proclamación de la República y lanzaríamos un llamamiento al pueblo para que apoyase al nuevo régimen.

Al mismo tiempo, la guarnición de Campamento, núcleo fuerte de la de Madrid, que estaba comprometida en el movimiento, se dirigiría a la capital para, con ayuda de los obreros y de una parte del pueblo, apoderarse del palacio real y de los principales edificios públicos. Un fuerte grupo de estudiantes estaba preparado para ayudar a las fuerzas republicanas.

La entrevista con Franco me dio una idea general, pero bastante clara, de lo que se preparaba y produjo en mí un efecto curioso. Por primera vez me sentí ligado al movimiento y comenzó a desaparecer, en parte, la desagradable obsesión de haberme metido a la fuerza en un asunto extraño para mí. Quedamos de acuerdo en vernos al día siguiente para ultimar detalles.

Otra impresión que saqué de la entrevista con Franco, y que me alarmó un poco, fue que mi actuación no sería tan sencilla como yo había imaginado. Seguramente, con afán de tranquilizarme a mí mismo, había llegado a creer que mi papel se reduciría a ser uno más de filas. Jamás pensé que pudiesen designarme un puesto de responsabilidad. Pero en los planes que, sin concretar, había hecho Franco, se me asignaban tareas muy superiores a las previstas. Esto no me hacía ninguna gracia, y además creía de buena fe que era un disparate que a una persona tan poco ducha en cuestiones revolucionarias como yo, le diesen ningún papel importante.

Cuando salí de la casa de Franco serían las ocho de la noche. A pesar del viaje y de mis andanzas no me encontraba cansado. Fui paseando hacia el centro tratando de poner un poco de orden en mis impresiones; el resultado no fue muy agradable. Sin proponérmelo, comenzaba a ver otra vez las partes negativas y poco claras de la situación, y el optimismo que saqué de la entrevista con Franco desaparecía de un modo alarmante. Empecé a ponerme nervioso y decidí no pensar en nada y dejar venir los acontecimientos tal como se presentasen. Comprendí que lo primero que tenía que hacer era no quedarme solo y decidí ir al Aeroclub, donde encontraría un gran número de amigos y compañeros que me distraerían. Al mismo tiempo podría ver si en aquel ambiente se sospechaba algo del movimiento que se preparaba.


Ignacio Hidalgo de Cisneros.
Jefe de las Fuerzas Aéreas de la República Española (FARE)











498. Queipo de Llano, Ramón Franco y la sublevación de Cuatro Vientos


Ramón Franco y Gonzalo Queipo de Llano, junto a Largo Caballero e Indalecio Prieto


“Estoy profundamente convencido de que fuera de la República no hay salvación posible para nuestra patria".


María Torres / Diciembre 2012
  
Por increíble que parezca, la frase anterior fue pronunciada por Queipo de Llano en febrero de 1931 en una entrevista que le hizo Angel Dant. Cinco años después dirigiría el golpe militar en Sevilla y no solo amenazó, además ejecutó una represión sangrienta.

Y es que Queipo antes de fascista fue republicano. En 1928 abrazó el destierro por participar en actividades contra la dictadura de Primo de Rivera y en 1930 ostentaba el cargo de presidente del Comité Militar Republicano y general de brigada en la reserva. Al proclamarse la II República, se le concede el mando de la 1ª División Orgánica, rango máximo en el ejército en ese momento. Fue también jefe de la Casa Militar del presidente de la República, Alcalá-Zamora, hasta 1934, año en el que pasa a encargarse de la Inspección General de Carabineros.

Hace 81 años que un grupo de militares, pocas horas después de que fueran fusilados los capitanes Galán y García, tomaron la Base Aérea de Cuatro Vientos en Madrid, e intentaron proclamar la República a través del conocido método del levantamiento militar, en este caso contra el gobierno de Berenguer. Entre ellos estaba el general Queipo de Llano y los comandantes Ramón Franco (hermano del dictador y héroe del "Plus Ultra") e Ignacio Hidalgo de Cisneros, el que fue posteriormente Jefe de las Fuerzas Aéreas de la República (FARE).

«En las primeras horas de la mañana de ayer se tuvo noticia por el Gobierno de que se habían sublevado los aviadores de Cuatro Vientos, del que se elevaron tres aparatos, que comenzaron a volar sobre Madrid a muy poca altura, arrojando proclamas. Al paso de los aparatos sediciosos sobre algunos cuarteles fueron tiroteados por la fuerzas adictas al Gobierno, que obligaron a alejarse a los rebeldes», (ABC, 16 de diciembre de 1930)

A la tropa del aeródromo la convencen de que ya se había proclamado la República, y  ordenan a un telegrafista que curse a todos los aeródromos el siguiente despacho:  «Sublevada guarnición de Madrid; proclamada República, toque diana».

Ramón Franco sobrevoló Madrid lanzando octavillas proclamando la República. Dentro de sus planes entraba bombardear el Palacio Real, pero se echó atrás en el último momento y Queipo intentó llegar a los cuarteles de Campamento sin éxito.

Poco duro la sublevación pues no recibieron el apoyo del Ejército y los socialistas no declararon la huelga general, tal y como estaba convenido con los sectores republicanos de la rebelión.

En unas horas la revuelta fue reprimida  y al medio día los rebeldes hicieron ver la bandera blanca que anunciaba su rendición, para posteriormente huir con dirección a Lisboa y de allí a París, donde vivieron un breve exilio hasta el 14 de abril de 1931 que regresaron a España.

Con la proclamación de la República, Ramón Franco fue rehabilitado y repuesto en su empleo. El férreo conspirador contra la monarquía de Alfonso XIII, seis años después se unió a los sublevados haciendo prevalecer su lealtad familiar, a cambio de lo cual su hermano le nombró jefe de la base aérea de Baleares.

En cuanto a Queipo de Llano, a su regreso a España siguió conspirando, esta vez contra la República y de todos es conocido lo que hizo a partir de 1936: Mató, mató mucho.