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1922. Luces y sombras de agosto

Los hermanos Semprún

1945

Estaba asomado a la ventana del piso de la calle Auguste Rey, en Saint-Prix, era verano y miraba a unas niñas que jugaban a la rayuela, abajo, en la calle, con mucho entusiasmo y los consabidos grititos y risas. Desde mi ventana podía ver nuestra calle, pero también la encrucijada, en donde se alzaba una gigantesca cruz; curioso símbolo, porque la aldea y sus alrededores no eran particularmente católicos, nada que ver con Bretaña, por ejemplo, en donde abundan ese tipo de cruces, ni recuerdo otras cruces semejantes en otras aldeas de esa zona.

Pues bien, estoy asomado a esa ventana, y a mi izquierda está la cruz, delante de las verjas de una gran finca, ocupada por los alemanes durante la guerra, desde donde dispararon contra nuestra propia verja y la tapia de nuestro jardín, para defenderse de los fusiliers-marins, que les tiroteaban en agosto de 1944. Al lado, y siempre a la izquierda según miro por la ventana, está la carretera que baja a Saint-Leu-la-Forêt y, del otro lado del calvario, la carretera que sube, o subía entonces, a ningún sitio, salvo al bosque de Montmorency.

Estaba yo, pues, asomado a esa ventana, tal vez porque los gritos y las risas de las niñas me habían llamado la atención, tal vez porque nada urgente tenía que hacer esa espléndida tarde de verano, o por lo que sea; miraba distraído a las niñas subir y bajar a la pata coja, hasta el cielo y de vuelta, y aparece de pronto, doblando la esquina, ya que la casa Sedaine, donde vivíamos, es la última de la calle, y luego está el recodo, y la carretera para Saint-Leu, y allí aparece de pronto un soldado norteamericano, solo, a pie, con su elegante uniforme, pero en mangas de camisa, porque hacía calor, y avanza tranquilo y sosegado, a todas luces paseando; que sus pensamientos en aquel momento fueran filosóficos o triviales (¿qué sentido tienen las guerras?, ¿cuándo podré volver a casa?), ¿qué más da? El caso es que, llegando a la altura de las niñas que jugaban a la rayuela, las aparta, sin la menor violencia, como algo evidente, y a pata coja recorre el trayecto hasta el cielo, dibujado en la calle con tiza por las niñas. Realiza el recorrido sin la menor duda, como si todos estos años no hubiera hecho otra cosa, como si no hubiera participado en esa tremenda guerra. Luego de haber demostrado su pericia, murmura algo en yanqui, que nadie entiende, ni yo, y sonriente, durante unos segundos, acaricia distraídamente los cabellos de una de las niñas y sigue su paseo, dejando el corrillo de niñas juguetonas y saltarinas, embelesadas y boquiabiertas.

Incluso si no es un gesto habitual para un soldado de cualquier ejército, eso de pararse a jugar a la rayuela delante de unas niñas, cabe preguntarse por qué esa imagen fugitiva de algo que transcurrió hace sesenta años es para mí imborrable.

No es de extrañar, en cambio, si también recuerdo otra imagen, otro “soldado” que aparece en la misma calle, pero viniendo en sentido contrario, no viniendo de Saint-Leu-la-Forêt, sino de la parada del tren de cercanías, Gros-Noyer-Saint-Prix, más o menos por las mismas fechas, sin duda un poco antes. Ese hombre que anda hacia la casa Sedaine, por la calle Auguste Rey, no es Enric Marco; éste es un estafador vulgar, un mentiroso grosero que llega a presidente de la asociación de ex deportados de Mathausen sin haber sido deportado, ni en Mathausen ni en ningún otro campo nazi, una trampa para obtener un trocito de “gloria” y algo de dinero, un despreciable mequetrefe que sólo despreciables mequetrefes pueden justificar. Como los escribidores de El Periódico.

Pero este soldado sin uniforme, también elegantemente vestido, pero de paisano, que aparece en la misma calle Auguste Rey, poco antes que el norteamericano, no es un vulgar estafador; su estafa es mucho más fina, mucho más elaborada e intelectualmente peligrosa. Como todas las buenas estafas, se basa en una realidad, no se saca de la manga una mentira, porque es cierto que fue deportado. Es lo que escribe sobre su deportación lo que resulta falso; o, si se prefiere, se trata de una realidad transformada, para ocultar muchas cosas, lo esencial, y aparecer así como un héroe, un mártir y un ángel de misericordia.

Nosotros, la familia, recibimos por aquel entonces a mi hermano, Jorge, como a un héroe, sin lugar a dudas, y yo el que más. Y esa visión heroica de resistente, de deportado, de “revolucionario profesional”, persistió para mí durante años, pero a medida que iba descubriendo sus propias mentiras, junto a la gran mentira del comunismo, esa imagen de “héroe positivo” se fue derrumbando, sustituida por la indignación y el desprecio. Y hoy nada me cuesta reconocer que contra más grande fue mi admiración, más profundo ha sido mi rechazo. Y tratándose de un hermano, aún más.

Durante los pocos días que pasó en Saint-Prix para visitar a la familia aprovechó para hacer de nuestro piso en la calle Auguste Rey su domicilio legal; con ese objeto realizó algunas gestiones en la alcaldía, y yo le acompañé. Como era de esperar, las humildes empleadas municipales, enterándose de que se trataba de un deportado recién llegado de Alemania, le miraban emocionadas, y todas decían lo mismo: “¡Ha debido de ser tremendo!”. Y él, con una sonrisa humilde, respondía: “¡Sí, no fue nada agradable...!”. Lo mismo con los amigos y relaciones de mi padre, quien, orgulloso, le presentaba como deportado recién liberado, y claro, todos exclamaban: “¡Qué horror ha debido de sufrir!”. Y él, lo mismo, la misma sonrisita, la misma evasiva: “Sí, no fue nada agradable”.

Yo, al principio, me extrañaba de tanta modestia, y se lo dije: “Por lo que dices, todo el mundo pensará que ser deportado fue lo mismo que prisionero de guerra”. Luego me convencí de que esa soberbia, esa falsa modestia eran los signos evidentes del héroe revolucionario, el hombre de hierro, que no cae en sentimentalismos y nunca se queja. Hasta que comprendí que no podía decir que había sido kapo, y que por eso no era un cadáver ambulante y gozaba de buena salud. No descubro mediterráneos afirmando que existe una ceguera voluntaria, más o menos consciente, tan radical como la ceguera de los ojos muertos. Con la diferencia de que esta ceguera inconsciente puede ser pasajera. Hoy –bueno, hace ya años– veo la diferencia radical entre el estado físico de Jorge, recién salido de Buchenwald, y las numerosas imágenes de supervivientes de los campos, verdaderos cadáveres ambulantes, vestidos de harapos o del “uniforme” a rayas, que los documentales del ejército norteamericano y los periódicos publicaban todos los días.

Pero yo no lo veía, no podía verlo: Jorge era un resistente deportado, un héroe. Sí, algo había adelgazado, y llevaba el pelo casi al rape no porque estuviera a la moda, como hoy, sino para mejor protegerse de los piojos. Pero Paco, nuestro hermano menor, que se había pasado toda la guerra en Saint-Prix, conmigo, era mucho más delgado.

Poco a poco gotearon “explicaciones”: había diferentes tipos de campos, y Buchenwald no era de los peores. En cambio, Buchenwald fue el único campo que se liberó “desde dentro”: la organización clandestina comunista del campo lo liberó antes de la llegada de las tropas aliadas. Y, sin dar muchas precisiones, me contaba que dicha organización comunista había logrado ejercer el “apoyo mutuo” para con los suyos, los camaradas, y lo mismo que habían logrado armarse habían logrado alimentarse un poquito mejor que los demás deportados y, por ejemplo, abandonar los uniformes a rayas y vestirse de paisano en el momento de su “autoliberación”.

Esto constituye una mentira absoluta. Buchenwald fue liberado por las tropas norteamericanas (los SS habían huido), y las pocas armas que hubieran podido robar no sirvieron para atacar a los SS, pura invención, sino más bien para protegerse contra los demás deportados, que les odiaban por sus privilegios y los servicios que rendían a los nazis, que podían incluir la decisión de quién iba a morir al día siguiente.

“Kapos” fue el nombre genérico, o apodo, que se había colgado a los empleados de esa administración interna a las órdenes de los SS, a quienes los nazis delegaban, por ser “de confianza”, migajas de poder. Es útil precisarlo, porque en torno al término se ha creado una inmensa confusión, que en parte refleja la leyenda negra que persiste y que se justifica en torno a los “kapos”. Es así, pero los ejemplos abundan: hemos asistido no hace mucho a la grotesca y vergonzante –tratándose, además, de jefes de Gobierno– polémica entre Berlusconi y Schröder en torno a los “kapos nazis”, que no tiene el menor sentido: los nazis no eran kapos; éstos eran deportados. Los kapos existieron prácticamente en todos los campos, pero en Buchenwald, uno de los primeros de la Alemania nazi, la leyenda comunista nos dice que los comunistas alemanes arrebataron por la fuerza –o sea por la muerte– esa administración interna a los comunes, que la habían conquistado al principio.

Yo no dudo de la eficacia de los comunistas para matar a sus adversarios, sean éstos comunes o trotskistas, en los campos, como en cualquier otro lugar, pero me entra una duda: estamos por los años 1937-1939, o sea los del pacto nazi-soviético, secreto primero y oficial desde agosto de 1939, y lógico es preguntarse si esa breve pero intensa y fructífera colaboración nazi-comunista no tuvo la menor repercusión en la “conquista del poder” de los comunistas en Buchewald precisamente por esas fechas. Porque los SS lo controlaban todo, y las migajas de poder que cedían a los kapos podían arrebatárselas cuando quisieran. Si los comunistas se hicieron tan radicalmente con la administración interna, lo más probable es que contaran con la benevolencia, pasiva o activa, de los nazis.

Desde luego, abundan los ejemplos que demuestran que Stalin sacrificaba, sin vacilaciones, a comunistas, soviéticos, polacos, españoles y en este caso alemanes, cuando pensaba que eso podía ser útil para los intereses superiores de su poder y de su imperio, y nada le importaba aliarse con Hitler, aunque éste detuviera y deportara a comunistas. Luego, cuando en junio de 1941 Hitler cambia de rumbo e invade la URSS y los comunistas se convierten de nuevo en enemigos de la Alemania nazi, las cosas hubieran podido cambiar para los kapos comunistas. No fue así. La única explicación que veo es que, siendo dichos kapos comunistas tan eficaces al servicio de los SS nazis, éstos no tuvieron necesidad de ningún cambio.

La tragedia de esa situación concentracionaria fue que los SS delegaban a los kapos la selección de los deportados que iban a morir en al menos dos situaciones concretas: los nazis exigían un número equis de deportados para formar los comandos de trabajo forzado, hacia Dora (donde se fabricaban cohetes V1 y V2), u otros lugares, en donde morían como moscas. En su libro Les abeilles et la guepe [1] François Maspero cita el testimonio de un superviviente que declara que, de un “transporte” de 1.500 deportados que había visto marcharse hacia Dora en 1944, sólo sobrevivieron 119. Según todo lo que he leído sobre el tema, esta proporción de muertos en los “comandos de trabajo forzado”, por tremenda que sea, resulta verídica. Morían, sí, como moscas. Y no eran los SS quienes seleccionaban a los deportados que formaban esos “comandos”; ellos exigían el número que juzgaban necesario y los kapos elegían, lo cual les permitía no enviar jamás a comunistas.

Peor aún, según el mismo sistema, los nazis exigían condenados a muerte, y los kaposseleccionaban. Evidentemente, nunca a comunistas. Podía haber diversos motivos para esa represión feroz, siendo el más importante, se supone, mantener el terror o, en lenguaje burocrático militar, mantener la disciplina. Los condenados a muerte podían ser, en primer lugar, los judíos, desde luego, pero también los enfermos, los “indisciplinados”, etcétera; los que decían los SS, en suma, pero eran los kapos quienes seleccionaban a los condenados y quienes ejecutaban la sentencia. Los verdugos.

Sabido es que las cámaras de gas sólo existían en Polonia, pero teniendo en cuenta recientes y repugnantes polémicas, menester es precisar: en los campos de exterminio (Auschwitz, Treblinka, etcétera) instalados por los nazis en territorio polaco, y en los más mortíferos. En Buchenwald, y en otros campos, los instrumentos de exterminación masiva eran los hornos crematorios, adonde iban a parar –a quemar– cadáveres, enfermos y condenados a muerte. Los SS no “se ensuciaban las manos” con esas tareas: controlaban el respeto de sus órdenes; eran los propios deportados los operarios de esos crematorios, y los kapos comunistas se encargaban de salvar la vida de sus camaradas.

También hemos visto imágenes y leído relatos con ahorcados, o fusilados, o ametrallados, pour l´exemple. Pero en Buchenwald, y en otros campos, los crematorios constituían el principal instrumento de muerte, mientras que en Auschwitz, por ejemplo, eran las cámaras de gas. ¿Algo de ese papel siniestro de los kapos en Buchenwald se lee en la literatura de Jorge Semprún? Desde luego que no. En cambio, miente –o “inventa”, dirán sus numerosos hinchas– cuando, en párrafos de un sentimentalismo pegajoso, relata cómo iba a cantar canciones de cuna “baudelerianas” a dos moribundos, los profesores Hallbwacks y Maspero.

¡Imposible!, afirma y demuestra en su citado libro François Maspero, cuyo padre murió efectivamente en Buchenwald; pero, antes de morir, escribió unas notas muy precisas sobre sus últimos días, que François logró leer, tras una larga pesquisa. “¡Imposible!”, digo yo, cuando en Le mort qu´il faut se inventa una petición de los SS exigiendo información sobre un tal Jorge Semprún, lo cual asusta a sus camaradas, que “preparan” a un moribundo para que desempeñe el papel de J.S. mientras éste se apodera de la identidad del muerto. Esa manera de “zapear” con la realidad me resulta éticamente repugnante, porque finge demostrar un trocito de la tragedia para mejor ocultar la verdadera labor burocrática cotidiana de los kapos, que elaboraban las listas de los que iban a dormir, o ser enviados a los comandos de trabajo forzado, excluyendo en cada caso a los comunistas. O la estafa moral de su libro La escritura o la vida, cuando intenta emocionarnos –y lo logra para algunos, las buenas trampas son exitosas– declarando que no había podido escribir antes sobre su deportación porque sus sufrimientos fueron tales que se hubiera suicidado al recordarlos por escrito. Pues resulta que yo leí la primera versión de El largo viaje; lo que ocurre es que no logró publicarlo entonces, por los años 1947-48. Y el que se suicidó primero fue Primo Levi...

Jorge es el único kapo conocido, o sea con éxito de ventas, que ha escrito sus memorias de deportado. Los demás: Robert Antelme, David Rousset (éste denunció lo que yo denuncio y por eso se le silenció), Primo Levi, tratándose de los campos nazis; Soljenitsin y el gran Shalamov, tratándose del Gulag –son sólo ejemplos–, fueron de lo más miserable, de lo más atormentado, y sobrevivieron de milagro. Quien no vea la diferencia entre la “literatura” de un kapo y los testimonios de deportados ¡que le parta un rayo!


La expulsión de Robert Antelme
  1. Eran los kapos del fascismo. 
  2. Los hombres más amenazados eran los únicos verdaderos combatientes antifascistas: los comunistas. 
  3. Cuando los franceses llegaron a Buchenwald, los comunistas alemanes ocupaban las responsabilidades que habían arrancado a los comunes, los cuales, cómplices de los SS, trabajaban para ellos en la liquidación de los comunistas. 
  4. Los SS exigían hombres para los transportes hacia los comandos. Por lo tanto, no todo el mundo podía permanecer en Buchenwald. ¿Cuáles eran los hombres que, razonablemente, lógicamente, y sobre todo en la lógica de esta lucha, deberían, en la medida de lo posible, no marcharse, sino los primeros y en definitiva los únicos combatientes antifascistas, los únicos con los cuales se podía razonablemente contar en el futuro para liquidar el fascismo, responsable de los campos, sino los comunistas?
  5. Era evidentemente sobre ese criterio revolucionario en que se basaba esta selección, pero esos eran los objetivos y el carácter de la lucha. La muerte del fascismo en el porvenir estaba condicionada ante todo a la supervivencia de los comunistas. 
  6. Si se hubiera dejado al azar, o sea a los SS, la decisión sobre quiénes tenían que ir, toda la resistencia se hubiera marchado y únicamente los comunes y los traidores se hubieran quedado. No intervenir hubiera asegurado la victoria del fascismo”. 

Estas líneas constituyen un fragmento del dossier que Robert Antelme envió, en marzo de 1950, a Raymond Guyot, secretario de la Federación del Sena del PCF (y cuñado de Lise London), para protestar contra su expulsión e intentar demostrar que era un buen comunista. Inútilmente, siguió expulsado. Por aquel entonces, más o menos en el mismo periodo pero en diferentes procesos, fueron expulsados Marguerite Duras, Robert Antelme, Dionys Mascolo, Edgar Morin, Eugene Mannoni, Daniel Guillochon, Monique Régnier (luego se casó con Antelme), etcétera. Recordemos que quien expulsaba era la dirección de los PC, y los secretarios de células y rayos se limitaban a cumplir las órdenes (como los kapos en los campos), respetando el ritual y montando un simulacro de proceso a lo soviético, en donde todo era falso.

En el que le tocó a Robert Antelme ejercieron de fiscales Jorge Semprún, que redactó el acta de acusación (en su dossier Antelme le trata de chivato), un tal Perlican y Jacques Martinet, secretario de célula, entonces marido de Colette Leloup, actual esposa de Jorge. Años más tarde, habiéndose dado a conocer este asunto, Jorge negó su participación en estas expulsiones; una mentira, claro, pero una mentira más ¿qué importa al héroe? Pero en este caso Monique Antelme, en Le Monde, y Edgar Morin, por televisión, afirmaron que mentía. No era la primera vez, pero es una de las pocas en que tan públicamente se denuncian sus mentiras.

No quiero insistir aquí sobre esas expulsiones, hubo mil más, y pasaron a la historia; me limitaré a señalar la inmensa suerte que tuvieron todos estos expulsados de que ello transcurrió en una de esas democracias burguesas que tanto odiaban, y que muchos siguieron odiando después de su expulsión: de haber transcurrido en un país comunista hubieran sido detenidos y varios, fusilados.

Como en el acta de acusación se acusa a Robert Antelme, entre otras cosas, de tener buenas relaciones con “enemigos del partido”, como David Rousset o José Corti (excelente librero-editor), los anteriores argumentos de Antelme (traducidos por mí) se refieren a Corti, cuyo hijo de veinte años murió en un comando de trabajo forzado, en Dora. Y su padre criticaba furiosamente la política de los kapos comunistas, su selección, así como al propio Antelme, quien después de haber sido él mismo “seleccionado” para un comando y haber sobrevivido de milagro (lo cuenta en L´Espèce humaine), poco después de volver a París, moribundo, y de salir del hospital se adhiere al PCF. Lo cual indigna a José Corti.

Dejemos de lado, por ahora, el trauma de Antelme, quien después de aceptar la eficaz colaboración de los kapos comunistas con los SS, en aras de la revolución, y de hacerse íntimo amigo de uno de ellos, luego, en París, ve cómo éste le traiciona y denuncia. Por un motivo de kapo, por así decir, y que probablemente Antelme ignoraba en 1950: el PCE y Santiago Carrillo, personalmente, habían “contactado” a Jorge y le habían ofrecido una brillante carrera deaparatchik en su partido, y no iba a poner en peligro ese porvenir pasándose del partido francés al español con el lastre de su amistad. Y no hablemos de solidaridad con unos intelectuales “pequeñoburgueses” expulsados, y por lo tanto enemigos del “partido de la clase obrera” y de la URSS. En cambio, podía vanagloriarse –lo hizo delante de mí– de haberles expulsado. Constituía un plus.

Si lees atentamente los puntos expuestos por Antelme para justificar la actuación de los kapos comunistas en los campos nazis se te ponen los pelos de punta. Pero es toda la historia del comunismo la que te pone los pelos de punta. Bueno, cuando escribe (punto 3) que los comunistas alemanes “arrancaron” las responsabilidades a los comunes, que las utilizaban, “cómplices de los nazis”, para liquidar a los comunistas, se limita a repetir la propaganda comunista, sin darse cuenta de lo absurdo de su explicación. Los amos absolutos, los SS nazis, de pronto se esfuman, desaparecen y dejan a los comunistas arrebatar sus poderes a los comunes, sin rechistar, sin reaccionar.

¿Quién se lo va a creer? Los nazis exigían fieles y disciplinados servidores, fueran éstos comunes o comunistas, alemanes o franceses, rusos o polacos. Les dejaban matarse mutuamente por conquistar esos miserables privilegios; entreteniéndose, se puede suponer, contemplando, desde arriba, su sórdida y feroz lucha, con tal de que los vencedores obedecieran ciegamente a sus órdenes, cumplieran a rajatabla todas las tareas, incluyendo la de verdugos.

Pero cuando Antelme justifica y exalta la actuación de los comunistas porque son “los únicos combatientes antifascistas”, la raza superior que se merece todo y que por serlo está más allá del bien o del mal, o mejor dicho, es el “bien”, me entra náusea. Los nazis pensaban lo mismo. Podría extrañar, sin embargo, que Antelme, escribiendo en 1950, se refiera al fascismo (yo diría nazismo) como al peor enemigo presente y futuro, cuando había sido arrasado militarmente. No se trata de ingenuidad o despiste, sino únicamente de conformismo político. En efecto, por aquellos años, al inicio de la Guerra Fria, que iba a desencadenarse en Corea, la propaganda oficial del movimiento comunista afirmaba machaconamente que el nazismo, vencido militarmente “por la URSS” en Europa, había resurgido pujante y más peligroso que nunca en uno de los pocos países democráticos del mundo: los Estados Unidos, no faltaba más.

Lo más grotesco de todo es que los expulsados aquí citados, y muchos más, seguían siendo comunistas, ni un segundo pusieron en tela de juicio (algunos lo hicieron más tarde) el marxismo-leninismo, la clarividencia genial de Stalin, el papel de la URSS, patria de los trabajadores y faro de la Humanidad, ni siquiera su propio partido, el PCF, el “partido de la clase obrera”. Se limitaron a criticar las exigencias sectarias del realismo socialista à la française, el oportunismo y la arrogancia de ciertos dirigentes y, en voz queda, a suplicar respeto por sus vidas privadas. Ni eso les fue admitido.

Abandonando al desconocido soldado norteamericano del comienzo a un largo y feliz recorrido de infinitas rayuelas, terminaré recordando a Soljenitsin, a su admirable Arcchipiélago Gulag, cuando en su tercer tomo cuenta cómo los deportados afilaban, como podían, cucharas para convertirlas en puñales, con los que podían defenderse y hasta matar a sus kapos. Está en Suiza escribiendo estas líneas, de tránsito hacia los USA, y se detiene en su redacción para reflexionar: ¿cómo es posible que yo, tan radicalmente adversario del asesinato, político o no, adversario de la pena de muerte, pueda escribir algo para justificar esas acciones mortales? Pues sí, concluye, en condiciones tan despiadadas, tan inhumanas como las del Gulag, la legítima defensa, la muerte incluida, se justifica.

Situaciones infrahumanas fueron las de todos los campos, nazis o comunistas (el Gulag se extendió por todo el mundo comunista), pero no todos actuaron de la misma manera frente a esa inhumanidad. Los hubo que colaboraron con los nazis (o los comunistas) para salvar su pellejo y el de sus camaradas; los hubo que resistieron, afilando cucharas, amotinándose, como pudieron, y los hubo víctimas inocentes que morían de hambre (una vez servidos los kapos no había bastante para los demás), del tifus, de lo que fuera, y hasta hubo sobrevivientes. Ni todos supieron sacar el debido provecho: el jefe de Jorge, en Buchenwald, el comunista francés Marcel Paul, fue luego ministro con De Gaulle. Y Jorge, ya se sabe, tiene más éxito que Enric Marco...


Carlos Semprún Maura
La Ilustración liberal: revista española y americana
ISSN-e 1139-8051, Nº. 25, 2005págs. 17-26



[1] Seuil, París, 2002. Pág. 26










972. Panorama de la cultura bajo el franquismo

Tengo en mi mesa algunos recortes recientes de prensa franquista. Son artículos o interviús sobre temas culturales: literatura, pintura, teatro, cine, y en todos se dice lo mismo. Todos reflejan la misma inquietud ante el porvenir, el mismo espíritu de abandono, un idéntico pesimismo acerca de los destinos y la significación de la cultura. Todos hablan de crisis, de dificultades, de derrotas. ¿Qué dice Pío Baroja, por ejemplo, en una interviú a Heraldo de Aragón (22 de enero) al preguntarle el periodista lo que opina de los novelistas surgidos en los últimos tiempos? «Hay poco que opinar... Sí, salió un Cela... algún otro; pero, en general, creo que ninguna de las novelas de los últimos veinte años, ni en España, ni en el mundo, quedarán como cosa definitiva. No son tiempos para la creación literaria; en nuestro país se lee poco y hay algunas dificultades para dar a luz con frecuencia libros imaginativos. Yo casi he llegado a la conclusión de que hablar de literatura, dedicarle nuestro esfuerzo, es perder el tiempo». Dejemos los comentarios para luego. ¿Qué dice Benito Perojo a Pueblo (27 de enero) hablando del cine? «...La gente no quiere nada con nuestro cine. Porque se hace mal... porque se elige mal cine... porque no le gusta a la gente lo que se representa... porque faltan temas de expresión». Y de paso hace constar Perojo que no hay entre el cine español de hoy y el norteamericano sino una diferencia de medios técnicos, pero no de concepción. También sobre cine dice en Carbón (30 de enero) otro periodista: «No tengamos fácil el chovinismo patriotero y digamos las cosas como son... Las cintas españolas sólo tienen un punto de comparación, hacia lo inferior, en las sudamericanas. No es falta de dinero, como se dice, ni falta de actores, como se subraya, ni de guionistas; es de todos esos elementos juntos, de la totalidad cineasta». Más claro, agua. ¿Qué dice Jardiel Poncela sobre el teatro lírico? ( La Voz de Galicia , 8 de marzo): «Es evidente que faltan autores de teatro... Hoy no existen músicos que hagan música buena, atrayente para el público... Todo es problema de producción».

Podríamos seguir citando indefinidamente, porque no pasa un día sin artículos de ese género en la prensa de allá. Artículos como éstos y artículos sobre la crisis de la edición y venta de libros, sobre los obstáculos económicos a un desarrollo del teatro, sobre la invasión de las librerías españolas por las traducciones (malas además) de obras extranjeras (¡y qué obras!), artículos sobre la vida difícil de los escritores jóvenes, etc., etc. Naturalmente, nada de eso puede sorprendernos. Ya lo sabíamos. Y es que un análisis teórico concreto del régimen franquista, de su contenido social, basta para llegar a la inapelable conclusión de que es imposible en España el florecimiento de actividades de creación cultural.

Conviene repetirlo: la cultura no es una realidad autónoma, con sus leyes propias de desarrollo, independiente de la sociedad. No cae milagrosamente del cielo, ni sale, como una Minerva en armas, del cerebro de Júpiter. La cultura, en sus múltiples y cambiantes formas -y aquí nos ocupamos ante todo de sus formas de creación imaginativa- es el producto, no mecánico, claro está, ni uniforme siempre, de las relaciones sociales existentes; la expresión ideológica de esas relaciones económicas y políticas. La cultura de cada época determinada es la expresión -la propiedad también, y el arma ideológica- de las clases entonces dominantes. Ahora bien, no es la sociedad un todo estático, sino una compleja realidad en marcha, resultado de la incesante lucha de clases. Eso quiere decir que puede, y suele haber, al mismo tiempo, varias culturas, siempre que exista una oposición de clases, y que acaba por triunfar, en cada época histórica, la cultura que refleje las aspiraciones de la clase ascendente. Las novelas y cuentos de Voltaire no nacieron en su mente, así, por casualidad, en el agradable retiro de su casa de Ferney; son la expresión novelesca y filosófica de la burguesía francesa en pugna contra el absolutismo monárquico. Y hoy, las obras de un Sartre, por ejemplo, no son sólo juegos de una imaginación perversa: son el reflejo desesperado, pesimista y envilecedor de la decadencia de esa misma burguesía.

Pues bien, si es la cultura un fenómeno social, ¿cuál puede ser la del franquismo, régimen de terror y explotación? ¿Qué realidades humanas, que aspiraciones creadoras podrán expresarse, culturalmente, bajo ese régimen? Ninguna. Que sepamos, los únicos testimonios «culturales» que nos ha dejado el nazismo son las macizas chimeneas cuadradas de los hornos crematorios, el recuerdo alucinador de un terrorismo salvaje que asesinó a millones de seres. Tampoco ha producido el fascismo mussoliniano una sola obra digna de mención. Y el franquismo no es, ni puede ser, una excepción a esa ley histórica general. A la miseria, al terror, al hambre, al empobrecimiento general responde como en eco, como otra consecuencia de la misma causa -la existencia del franquismo- el desarrollo terrible del pauperismo cultural. Según datos estadísticos internacionales el consumo de papel de periódico y de imprenta ha disminuido, por habitante, en un 50% desde 1935. El analfabetismo aumenta; los presupuestos de enseñanza disminuyen; la crisis económica se manifiesta también en todos los sectores de la actividad cultural. Naturalmente, se publican libros, y algunos hasta se venden; y los teatros funcionan; y se hacen películas. Pero, y eso es lo importante, sin hablar siquiera de la calidad de esas obras, de la misma manera que las riquezas económicas del país se han concentrado en manos de un grupo reducido de grandes terratenientes y grandes financieros, adictos al régimen, y que explotan a las masas gracias a éste, la riqueza cultural, el goce de sus beneficios, se reserva exclusivamente a esas mismas clases opresoras. La cultura en la España franquista es un coto cerrado al que no tienen acceso las masas populares, como no lo tienen a la democracia económica y política. En uno como en otro caso, el pueblo español tendrá que abrirse paso por una lucha sin tregua ni componendas.

Las consecuencias de ese monopolio capitalista de la cultura son evidentes. Las clases que disponen del Poder en España son clases decadentes, desprovistas ya de todo poder de creación cultural. Unas clases agónicas, y que lo saben, más o menos confusamente, son incapaces de crear valores nuevos, y hasta de enriquecer los suyos tradicionales. La ortodoxia clerical y moral que les sirve de ideología es un tronco muerto por el que no circulará ya la savia, una escolástica que repiten, sin saber porqué, como los bonzos del Tíbet hacen girar su molinillo de rezos. Por esa razón se explica la proliferación en España de una literatura y un arte chabacanos, sensacionalistas, cuyo sólo fin es «matar el tiempo», «hacer pasar un rato». Como dice en Heraldo de Aragón del 12 de marzo, Federico Oliván, en un artículo sobre la crisis de la edición en España: «Sólo se exhiben en las vitrinas de las librerías traducciones más o menos detestables, con títulos rimbombantes y tremendos, Terror , Noche sin aurora , Alba sangrienta , y una portada sensacionalista, a base de una mujer desmelenada». Literatura y arte de evasión, totalmente gratuitos, que componen el alimento espiritual de las clases dominantes, mientras se amontonan en los sótanos de las librerías los pesados «filosofía cristiana», las obras de «erudición» (otra manera de evadirse y esquivar los problemas actuales de la cultura) y los ejemplares de académicas y hueras revistas que nadie lee. Literatura y arte cuyo fin es también embrutecer al pueblo, deformar su gusto. Literatura estupefaciente, «opio para el pueblo», como la religión de los obispos latifundistas.

Conviene ahora calar más hondo. La sociedad franquista se enfrenta con una crisis que la sacude hasta sus más profundos cimientos, desde su base económica hasta su superestructura cultural, crisis que apresura la resistencia activa de las masas populares. En esa circunstancia es lógico que surjan en ella contradicciones, pues cada clase o sector de clase que participa o [64] se beneficia del Poder, intenta salvar lo suyo, ante la catástrofe que se avecina. Esas contradicciones económicas y políticas se traducen también, forzosamente, en el campo cultural. Por no ser ése el tema del presente artículo, baste con decir, para los fines que aquí se tienen a la vista, que la decadencia actual, y provisional -pues depende de un régimen político cuyos días están contados en el libro de la historia que hacen los hombres libres-, de la cultura española está adquiriendo a ese respecto rasgos característicos. Junto a la ortodoxia oficial, en sus dos aspectos, clerical y falangista, hasta la cual llega ya la marejada de la angustia y el miedo, y junto a la ponzoñosa «cultura de diversión» (en el más profundo sentido de la palabra) en que se refocilan las clases dirigentes, va desarrollándose una literatura «negra», pesimista, que allá, ¡sarcasmo de la historia!, se llama «nueva». Limitándonos al campo de la novela, La vida de Pascual Duarte , de Cela, Nada , de Carmen Laforet, Sobre las piedras grises , de J. Sebastián Arbó, y Las últimas horas , de José Suárez Carreño (los tres últimos libros han sido premiados), son, entre otras más, obras típicas de esa literatura. Pues bien, ¿qué representa ésta? Sencillamente la falta de perspectivas, la desesperación de las clases medias, en las que, sea dicho de paso, desde hace un siglo, más o menos, se reclutan los cuadros intelectuales de las naciones capitalistas. Esa pequeña y media burguesía sufre de algunos años acá, cada día más directa y dolorosamente, las consecuencias de la crisis nacional y general del capitalismo. Y por no haber comprendido todavía que su salvación reside en la alianza con las masas populares, en la lucha contra el régimen, por ligar todavía su destino al de los jerarcas del franquismo, sabiéndolos por otra parte condenados a desaparecer, las clases medias desorientadas secretan esa literatura pesimista.

En ella encuentran sin duda una especie de justificación. Las jóvenes generaciones intelectuales educadas bajo el franquismo -constatación que es preciso no perder nunca de vista- se imaginan quizá que están creando un nuevo «sentimiento de la vida», no ya tan sólo trágico, sino fatalista, esencialmente absurdo, a imagen y semejanza de un mundo caótico en que el individuo siempre es víctima de no se sabe qué fuerzas oscuras y monstruosas. Conviene desengañarlas. Ese sentimiento sólo es la transposición fetichista y mixtificadora, en el plano ideológico general, de una situación de clase científicamente analizable. No tiene valor universal alguno y está destinado a desaparecer con la clase que lo sustenta. Y además no es cosa nueva. Hace [65] largos años que se arrastran por la literatura burguesa decadente personajes como el Román de Carmen Laforet, el Juan Bausá de Arbó, o el Manolo de Las últimas horas , de Suárez Carreño. Sin volver hasta Dostoievski, que a todos estos escritores de la España actual les obsesiona, ¡y cómo se comprende!, Kafka, que yo sepa, no es de ayer, ni Faulkner, ni Galdwell. El primero era checo, los otros son norteamericanos y es que, precisamente, ese proceso de corrupción cultural se extiende a todo el mundo capitalista. Hoy día, convertida España en una semi-colonia del imperialismo anglosajón, los temas literarios se vacían de todo contenido auténticamente nacional -grandes cosas dijo sobre este problema nuestro Antonio Machado- y se convierten en temas del cosmopolitismo burgués. Lo que sí es seguro es que se comprende la inquietud reflejada en los artículos al comienzo citados en lo que atañe a la situación de la cultura franquista.

Volviendo a la interviú de Baroja, ¿qué decía el viejo novelista para explicar la poquedad de la producción literaria española actual? «No son tiempos para la creación literaria». ¿De verdad, don Pío? Se nos antoja que hace tiempo que debió cerrar usted sus ventanas sobre el mundo. ¿No son tiempos éstos en que millones de hombres edifican el mundo nuevo de la felicidad («la dicha es una idea nueva en Europa», decía ya Saint-Just, el más grande de los revolucionarios franceses de 1789), en que lo edifican después de haberlo defendido y salvado con legendario heroísmo? Si los tiempos no son propicios, que nos explique Baroja de dónde salen, limitándonos a estos últimos años, novelas como Sobre el Don apacible de Cholojov, La joven Guardia, de Fadeiev, La tempestad, de Ehrenburg, en la Unión Soviética; como Tierra violenta y Los caminos del hambre , de Jorge Amado, en el Brasil; como las de Howard Fast, en los Estados Unidos; como Los Comunistas , de Aragon, en Francia. Pero no podrá explicárnoslo Baroja. No querrá reconocer que si España se halla, por ahora, apartada de la corriente fructífera de la cultura pacífica y progresiva, ello sólo se debe a la existencia del régimen franquista.

Existen, sin embargo, en España todas las condiciones que se requieren para un renacer cultural. La rica experiencia de nuestra guerra de liberación ha demostrado que cuando el pueblo se incorpora a la dirección de la vida nacional se produce un brusco cambio cualitativo, revolucionario, que da a la cultura matices nuevos, perspectivas infinitas, insospechada amplitud. Nacen los romances y se abren escuelas, aumenta la tirada de los libros, porque éstos hablan de temas que a todos interesan y no sólo a una minoría de privilegiados. Ese rico caudal, que ha quedado sin explotarse a fondo, se ha enriquecido más y más, durante los últimos años, gracias a la resistencia activa del pueblo español. Existen, repetimos, las condiciones objetivas de un renacer cultural. Y también existen las condiciones subjetivas: la conciencia de los hombres libres, amordazados hoy, se ha crecido en España, entre sufrimientos y actos de heroísmo, a la altura de los tiempos nuestros, estos tiempos tan propicios para la creación literaria, pese a Baroja, porque sus caminos todos llevan hacia la liberación definitiva del hombre. Nosotros no nos desesperamos, porque nuestro optimismo se funda científicamente en la larga experiencia de los combates populares.

Una cosa, de todas maneras, es cierta. Cuando las masas populares tomen en sus manos los destinos de la nación y evalúen la herencia cultural de nuestra historia, para separar lo bueno de lo malo, lo útil de lo inútil, a fin de asimilarse tan sólo las auténticas tradiciones progresivas de nuestro pasado cultural, no cabe duda de que rechazarán, para siempre, todas las producciones de la «cultura» franquista. No hay en ellas nada que los hombres de mañana puedan considerar con un sentimiento que no sea el desprecio y la repulsión.


Jorge Semprum
Publicado en "Cultura y democracia" Nº 3, marzo 1950

Fotografía: Fiestas de la Victoria Poble Espanyol, 21 de mayo de 1939. AFB. Pérez de Rozas










925. Morir cuando el campo ya ha sido liberado



Jorge Semprún, uno de los supervivientes, -tenía 22 años cuando Buchenwald fue liberado en un domingo de abril de 1945- ha escrito uno de los testimonios literarios más estremecedores sobre aquel campo de exterminio, la novela La escritura o la vida. De ella reproduzco el desgarrador pasaje en que narra la muerte del español Diego Morales días después de haber sido liberado el campo por los americanos:


-No hay derecho... -acaba de susurrar Morales, vuelto hacia mí.

Tiene razón: no hay derecho.

Diego Morales llegó al campo hacia finales del verano de 1944, tras una breve estancia en Auschwitz. Suficientemente larga, no obstante, para poder captar lo esencial de los mecanismos de selección específicos del complejo de exterminación masiva de Auschwitz-Birkenau. Antes incluso del testimonio del superviviente del Sonderkommando, por medio de Morales tuve una primera idea del horror absoluto que era la vida en Auschwitz.

Entre nosotros, Morales encontró de inmediato un puesto de trabajo como obrero cualificado en la fábrica de Gustloff: era un ajustador -o fresador: no soy ninguna autoridad en materia de nomenclatura metalúrgica- realmente fuera de lo común. Tan hábil y preciso que la organización clandestina acabó confiándole un puesto clave en la cadena de montaje de los fusiles automáticos: aquel, al final de la cadena, en el que había que sabotear inteligentemente una pieza decisiva del mecanismo con el fin de conseguir que el arma se volviera inutilizable.

Instalado en el bloque 40, en el mismo dormitorio que yo, después del periodo de cuarentena, Morales me había deslumbrado por su facundia de narrador. No me cansaba de escucharle. Hay que reconocer que su historia era de lo más novelesco.

Solía decir que un libro era el responsable del carácter aventurero de su existencia. «Un jodido librito»; decía riendo. Un libro cuya lectura había trastornado su vida, proyectándola de cabeza -nunca mejor dicho- al torbellino de las batallas políticas. A los dieciséis años, en efecto, había leído el Manifiesto Comunista, y su vida había quedado transformada. Todavía se refería a ello, en Buchenwald, con una emoción existencial. Como hay quien habla de los Cantos de Maldoror o de Una temporada en el infierno.

A los diecinueve años, Morales había participado en la Guerra Civil española en una unidad de guerrilla que operaba más allá de las líneas del frente, en territorio enemigo. Después de la derrota de la República Española, en Prades, experimentó su segundo choque literario. Lo había recogido y lo ocultaba una familia francesa, después de su evasión del campo de refugiados de Argelès. Allí había leído El rojo y el negro. Por descontado, el hecho de que el libro le hubiera sido aconsejado por una muchacha cuyo recuerdo todavía conservaba, carnal y sublimado a la vez, no parecía ser ajeno a la fascinación suscitada. Cualquiera que fuera, no obstante, la parte del ardor de la llama amorosa de antaño, a la novela de Stendhal se le atribuían en su relato unos efectos comparables a los del panfleto de Marx en un ámbito diferente. Si el Manifiesto le había introducido en la comprensión de los grandes movimientos masivos e ineluctables de la Historia, El rojo y el negro le había iniciado en los misterios del alma humana: hablaba de ello con una precisión emocionada y matizada, inagotable en cuanto se le orientaba hacia este tema, y yo no me privaba del placer de hacerlo.

-No hay derecho -acaba de susurrar Morales, apenas me he sentado junto a la cabecera de su litera, apenas he cogido su mano entre las mías.

Tiene razón, no hay derecho, morir ahora.

Morales ha sobrevivido a la Guerra Civil española, a los combates en la meseta de Glières -es su recuerdo  más terrible, según me explicaba: el largo caminar por la nieve profunda, bajo el fuego cruzado de las ametralladoras, para escapar del cerco de las tropas alemanas y de los destacamentos de la gendarmería y de la milicia francesas-. Ha sobrevivido a Auschwitz. Y a Buchenwald, al peligro diario de ser sorprendido por un meister civil o un Sturmführer SS, en delito flagrante de sabotaje en la cadena de la Gustloff, lo que le habría llevado directamente al cadalso. Ha sobrevivido a mil peligros más, para acabar así, estúpidamente.

-Morirse así, de cagalera, no hay derecho... -me susurra al oído.

Me he arrodillado junto a su litera, para que no tenga que esforzarse cuando me habla.

Tiene razón: no hay derecho, morirse tontamente de cagalera, tras tantas ocasiones de morir empuñando las armas. Después de la liberación del campo, por añadidura, cuando lo esencial ya parecía haber sido alcanzado, la libertad recobrada. Cuando se le ofrecía otra vez la ocasión de morir empuñando las armas, en la guerrilla antifranquista, en España, como testimonio de libertad, precisamente, era estúpido morir de una disentería fulminante provocada por una alimentación que de repente se había vuelto demasiado abundante para su organismo debilitado.

No le dije que la muerte es estúpida por definición. Tan estúpida como el nacer, por lo menos. Tan pasmosa, igualmente. No le iba a servir de consuelo. No hay ninguna razón, además, para valorar en momentos así las consideraciones metafísicas y desengañadas.

Le aprieto la mano en silencio. Pienso que ya he estrechado entre mis brazos el cuerpo agonizante de Maurice Halbwachs. Idéntica descomposición, idéntica pestilencia, idéntico naufragio visceral, que dejaban desamparada un alma desasosegada pero lúcida hasta el último segundo: llamita vacilante a la que el cuerpo ya no suministraba su oxígeno vital.

Ô mort, vieux capitaine, il est temps levons 1'ancre...

A modo de oración para los agonizantes le había susurrado a Halbwachs unos versos de Baudelaire. Me había oído, me había comprendido: su mirada había brillado con un orgullo terrible.

¿Pero qué podía decirle a Diego Morales? ¿Qué palabras susurrarle que fueran un consuelo? ¿Podía consolarle, por cierto? ¿No valdría más hablar de compasión?

¡Tampoco iba a recitarle el Manifiesto de Marx! No, sólo se me ocurría un texto que podría recitarle. Un poema de César Vallejo. Uno de los más hermosos de la lengua española. Uno de los poemas de su libro sobre la Guerra Civil, «España, aparta de mí este cáliz».

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!». Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo...

No tengo tiempo de susurrar el principio de este poema desgarrador. Un sobresalto convulsivo agita a Morales, una especie de explosión pestilente. Se vacía, literalmente, manchando la sábana que le envuelve. Se aferra a mi mano, con todas sus fuerzas reunidas en un postrer esfuerzo. Su mirada expresa el desamparo más abominable. Unas lágrimas fluyen por su máscara de guerrero.

Qué vergüenza -dice con el último aliento.

¿Oigo acaso ese susurro? ¿Acaso adivino sobre sus labios las palabras que expresan su vergüenza?

Se le ponen los ojos en blanco: ha muerto.

(...) Cierro los ojos de Morales.

Se trata de un gesto que nunca había visto hacer, que nadie me había enseñado. Un gesto natural, como son los gestos del amor. Gestos, en ambos casos, que se ocurren a uno naturalmente, desde el fondo de la más antigua sabiduría. Del más remoto conocimiento.

Me levanto, me doy la vuelta. Los compañeros están ahí: Nieto, Lucas, Lacalle, Palomares... Ellos también han vivido la muerte de Morales.


Félix Santos
Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945
Capítulo III