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3317. Campo de concentración

Republicanos españoles castigados, amarrados a un poste, en un campo de concentración de los amigos franceses
De pié, Bartolomé Flores Cano en el campo de Argelès sur Mer (*)



El suelo era de arena olvidadiza
donde no imprime rastro la pisada.
Y el cielo era penoso a la mirada
que ya sin esperanza era ceniza.

De aquella España oscura y de su liza
tan pura, y tan reciente y tan llorada,
apenas si una turba abigarrada
quedaba de su estirpe primeriza.

Aquello que fue gloria, era miseria.
Cuanto hubo de orgulloso, fue humillada.
Los héroes, carcomidos por los piojos,
más que alzada bandera, eran despojos,
memoria corrompida de soldado,
tristísimo espectáculo de feria.


Arturo Serrano Plaja
Versos de guerra y paz, 1945


(*) Corinne Flores nos informa que el hombre de pie en la imagen es su abuelo Bartolomé Flores Cano en el campo de Argelès.









3086. Federación de los trabajadores de la tierra

I

Ahora estamos en guerra y no sentimos
sino la bronca empresa de la espada.
Pero vendrá la paz.
Los pueblos hallaremos
en lamentables ruinas angustiosas
pero sabiendo a paz y merecida.

A los hoy duros campos de batalla,
libres ya de enemigo,
libres ya de extranjero,
volverán sus antiguos habitantes,
los graves campesinos hoy soldados,
los hombres de la tierra
que tan amargamente la cuidaban
y tan valientemente defendieron.

Suspirarán las madres.
Se rendirá en los pueblos homenaje,
solemnes ceremonias funerales,
a los héroes caídos.
Las dulcísimas novias
viudas ya de la gloria;
las dolientes hermanas afligidas,
los huérfanos del triunfo inolvidable,
desfilarán humilde y llanamente.

Dichosos los que puedan para entonces
retornar al trabajo.



Gobernarán sus manos los terrenos
recién conquistados con su sangre
y, suyos, poco a poco, los sembrados,
crecerán amorosos y distintos.

Aquí nacerá trigo, allá centeno.
Producirán espesas estas tierras
la cebada caliente
y estas otras umbrías
donde la hierba fresca sin esfuerzo
cubre abundantes prados
sentirán acercarse los alientos
de los mansos becerros inocentes,
de los tiernos potrillos juguetones.

Los hatos de ganado, poco a poco,
se irán multiplicando.
También crecerán hombres lentamente
distintos y más puros
que a la sombra de un bosque, en su faena,
su reposo pausado,
entre un ligero viento que refresca
las fatigadas sienes
bendecirán los muertos de esta guerra.

Son ellos su destino.
Las fincas repartidas libremente,
las enteras cosechas recogidas
sin tributo de dura servidumbre,
de acatamiento al bárbaro extranjero,
nacerán de la tierra
que levemente cubre su reposo.

Florecerán sus cuerpos amapolas,
repetirán su nombre los arroyos
y el trigo dará un pan sabiendo a gloria
de la gloria que nace de sus huesos.


II

¡Ay tiempos venideros!
¡Ay campos españoles!
Los graves labradores castellanos
no calzarán más tiempo las albarcas
ni sentirán ceñida su cintura
por las calientes fajas de merino,
un ajeno provecho.

Su triste soledad ensimismada
no permanecerá junto a la lumbre
de los largos inviernos,
ceñuda, concentrada, oscurecida.
Otros serán sus fines.
Serán suyos los campos
y, con ellos, la crecida cosecha.

Las nieves de la sierra
y el silencio de largos temporales;
el paso melancólico de grullas
por cielos emplomados,
no será por más tiempo cruel mensaje
de miseria invernal humedecida.

¡Ay tiempos venideros!
¡Ay dulcísima patria!
¡Ay campos liberados!
La pálida discordia
no triunfará ya más sobre vosotros.
Cesarán los sollozos.
Y a los muertos en guerra
sucederán, eternos, en los pueblos,
los hombres en trabajo;
la lenta perfección que sólo alcanza
la humilde libertad trabajadora
descansará en los hombres convirtiendo
su fatiga en reposo.

Otras serán las manos
que podarán las viñas andaluzas,
otras, la que recojan
del olivar humilde la cosecha.
Serán distintos hombres los que gocen
las manzanas de Asturias,
los apretados frutos de Galicia,
los lacustres arroces levantinos.
Serán distintos ojos los que aguarden,
por campos de Castilla.
con impaciencia dulce a la cigüeña
primaveral y exacta:
su presencia en las torres conmemora
la blanda pesadumbre de la espiga,
su dorada promesa.

Será distinto todo
pero todo lo mismo:
el pueblo que trabaja sus terrenos,
estos mismos terrenos,
con vigorosos bueyes renovados
que son los mismos bueyes.
Los arados de encina
de los mismos talados encinares
y los trajes de paja,
los relucientes peces de cosecha,
sobre las mismas eras aventados.

La voz de los gañanes afligidos,
con la misma congoja,
se alzarán espesamente con canciones,
de crepúsculo tierno y sudoroso,
levantará su triste maravilla
de un mismo amor dolido hacia los cielos,
de idéntico dolor pero más alto,
de idéntico sufrir pero más hondo.

Los obreros manuales de la tierra
perpetuamente sufren.
También perpetuamente se renuevan
los campos florecidos,
las manadas de toros.
También perpetuamente vive el cielo
y eternamente puro se mantiene.
  


Arturo Serrano Plaja
Hora de España núm. 12 - Diciembre 1937






2913. Desde el mirador de la guerra. España renaciente: Serrano Plaja

En plena guerra, y totalmente empapado en la guerra, aparece un libro de Arturo Serrano Plajá: «El hombre y el trabajo». El libro está dedicado a Virginia, una mujer de España, invocada al coumenzo de la obra entre campanadas de pólvora y retratada, al fin de ella,

(vuelve hacia mi la maravilla triste, la delicada pena de tu rostro) 

con los mejores versos de su poeta. Saludemos a esta Virginia con todo respeto y toda simpatía; con algo también de gratitud, por la parte que haya podido tener en este bello libro. Porque hoy la poesía vuelve a humanizarse, y hemos de reconocer, otra vez, que apenas hay poema que no deba algo a la musa de carne y hueso, señalada con singular encomio por el maestro Darío.

Es Arturo Serrano Plaja, directo amigo nuestro, un poeta-soldado o soldado-poeta, hombre tan a la altura de las circunstancias, que no ha pensado nunca en colocarse au dessus de la mélee, sino más bien au dedans, en el corazón mismo de la refriega. Es posición la suya de poeta verdadero, y no precisamente porque escriba versos (nadie menos que el poeta está obligado a escribirlos), sino porque no ha de negarse a vivir la guerra quien pretenda cantarla. Y si se nos arguye con el ejemplo abrumador del ciego inmortal, responderé que Homero la vivió como pudo al imaginarla; y tanto pretendió hacerla suya, y tanto la acercó a su oído, que en sus exámetros resuena, no sólo el mar multisonoro que bañaba las naves de los aquivos, sino el estruendo que hacían las armas de sus héroes al desplomarse sobre la tierra. Por lo demás, ¿qué podrá decirnos, que merezca oírse, sobre Ayax de Talemón o Aquiles de Peleo, mucho menos sobre Viriato o Juan Martín, quien se niegue a sentir el santo orgullo de oír la voz, o de estrechar la mano de un Carlos, de un Modesto, de un «Campesino», de un Lister, de un Galán? ¿O esperaremos a que pasen los siglos para decir algo bueno de esos gigantescos capitanes de nuestros días? Mañana se irá, ciertamente, a rezar un poco a la tumba del soldado desconocido y yo no sé si esto es, en verdad, un rasgo piadoso o, como sospechaba Mairena, un pequeño absurdo, cuando no una macabra cursilería. De todos modos, es algo qué carece de sentido, si antes no enronquecemos por haber gritado a los cuatro vientos los nombres de los heroicos soldados que conocemos

«El hombre y el trabajo» es un libro de guerra; porque el hombre a que alude Serrano Plaja es el que está defendiendo con las armas nuestro suelo y el porvenir de nuestra España; es el hombre también del trabajo fatal con que se gana el pan, que emplea toda la libertad de que dispone en combatir al esclavo del ocio. Y ello por conquistar, para todos los hombres, el ocio santo sine qua non de la cultura.

Quiero, dice Serrano Plaja, palabras desgastadas 
por el uso y el tiempo, como los azadones, 
olor resuelto a encinas 
y dulce pesadumbre de músculos con sueño

Digamos de paso que, cuando el poeta renuncia —¡ya era tiempo!— a todo dándysmo literario, surge la expresión original, que no necesita ser nuevo el tópico poético sometido a reacuñación cordial. 

Los músculos con sueño a que alude Serrano Plaja son los músculos de la fatiga humana, los músculos que se duermen de puro cansancio y que sueñan despertar en el ocio fecundo, dicho de otro modo, en el trabajo libre.

Para terminar esta nota, que no pretende ser la crítica de un libro, digamos que Serrano Plaja nos trae del corazón de la refriega visiones más hondas de las que hubiera podido tener al margen o por encima de ella. Digamos también que los trabajos y los días de nuestro siglo, como los Erga kai hemerai del viejo Hesiodo, no se encaminan a redimir al trabajador por el deporte, porque antes habrá que redimir al deportista por el trabajo.

...

Frente a frente nos encontramos hoy deportistas y trabajadores, trabados en una guerra que han inventado ellos, que nosotros sufrimos y que, por ser más suya que nuestra, tiene mucho más de trágico deporte que de trabajo cruento. Ellos han desvitalizado, deshumanizado, mecanizado el juego, quitándole toda su alegre espontaneidad, toda la gracia que en él ponen los niños, para quienes el juego es la vida misma, y han dado, al fin, en la concepción de ese deporte monstruoso, francamente homicida, que sería la guerra total contra el hombre que trabaja y contra el niño que juega, esa guerra mucho más estúpida que una partida de polo —juego imperial por excelencia— que nadie podría ganarla, porque nadie puede sobrevivir al total exterminio de su especie.

...

Cerrado el libro de Serrano Plaja, para su relectura, que es el mayor encanto de los libros bellos, pienso en una pléyade de poetas de España que, como Lorca y Alberti, son mucho más que aprendices de folklore. La voz de Lorca se ha extinguido para siempre, pero ha sido escuchado y vive en sus libros; la de Alberti alcanza hoy su plenitud, por fortuna nuestra, en sus labios y en sus libros. Y pienso en una voz que ha enmudecido, cuando apenas pudo ser escuchada y, sin embargo, merecía escucharse. Me refiero a otra voz, como la de Lorca, asesinada, la de mi amigo Morón, el poeta onubensé. Morón escribió un libro (y acaso llegó a publicarlo) titulado «Minero de Estrellas», dedicado a los mineros de Ríotinto. Como Alberti, como Emilio Prados, como Serrano Plaja, Morón se acercó al alma del pueblo, no solamente para oírle cantar; supo también, piadosamente, escuchar su fatiga. Y descendió con él a las entrañas de la tierra, a las tinieblas de la mina... Creo que el libro de Morón debe publicarse y si se publicó, reimprimirse.


Antonio Machado
La Vanguardia, 21 de octubre de 1938


La fotografía está tomada del libro Vanguardia, revolución y exilio: la poesía de Arturo Serrano Plaja (1929-1945).  José Ramón López García, Volumen I. Departament de Filologia Espanyola. Facultat de Filosofía i Lletres. Universitat Autònoma de Barcelona 2005








2860. Pueblo traicionado



¡Qué norma inolvidable sube de nuestro pueblo
como un vapor de tierra mojada en la tormenta!
ESPAÑA: son seis letras furiosas que penetran
en todos los rincones del mundo nuevamente.

Así, como esos días de sombra y de nublado
cargados de siniestros propósitos hostiles,
así pero más honda, más negra y más caliente
tu vida palpitaba con sangre de amenaza.

Amarga era tu historia y amarga tu mirada.
Tocarte era sentirse llagado eternamente
y andar por tus caminos era un dolor sin tregua
que hiere y que se clava pero que purifica.

La muerte sucedía cabal y dignamente
en una paz espesa de mínimos rencores.
Los hombres trabajaban con sólo indiferencia
y España era el enorme solar de la miseria.

Los campos florecían.
Las fábricas marchaban pero indolentemente.
Los hombres y mujeres cansados esperaban
no sé qué aniversario de fiesta sin sentido.

Todo era bronco y bajo como un delirio triste,
como unos ojos turbios por el rencor y el odio.
La paz se respiraba ya sólo por costumbre
y era una flor inútil que nadie ambicionaba.

El hombre sólo aprende después de haber sufrido.
Los pueblos sólo alcanzan su libertad gloriosa,
la diáfana limpieza de su podrido ambiente,
después de inenarrable desgarrón de victoria.

Y un día, el dieciocho de julio se produjo
la memorable lluvia de sangre permanente:
los artesanos libres de España
pronunciaron palabras decisivas de sueño peligroso.

Llegado aquel momento el odio fué batalla
y el rencoroso estilo tan sordo de la sangre
se trocó en borbotones calientes de peligro,
de furia justiciera como un galope altivo.

Los bueyes esperaron en vano en sus establos
la pálida llamada de atónitos gañanes.
El gremio de artes blancas no fué a amasar la harina
y aquella madrugada los hornos no cocieron
los símbolos morenos del hambre cada día.

No resucitas, no, que recién naces
parida por el pueblo nuevamente.
¡Oh dulce, acongojada España inolvidable!
¡Oh malvendida España, oh pueblo traicionado!

Hoy la muerte recorre tus calles silenciosas,
tus más mínimas plazas de pueblos olvidados
y a todos nos convoca con dignidad y sollozos
a cónclave de angustia.

Pero tú permaneces.
En ti nace una historia de fuego indivisible,
de pueblos que han sellado su pacto con la sangre
de campesinos libres, de obreros y artesanos.

Así quiero decirlo, quiero ejercer mi voz
uniendo a tu grandeza mi alabanza:
porque en tu amor coincide la sed agotadora
del pueblo en proporciones gemelas a su origen

y esta sed intrincada que solamente quema
la sola intimidad de mi esperanza sola.
Y al fin cuando a los campos retornen por parejas
los bueyes al trabajo. Cuando se haya cumplido

la dolorosa etapa tanto tiempo esperada
y en el aire palpiten los últimos sollozos
dulces y temblorosos como gotas de lluvia
que prenden en las ramas su cándido mensaje

de blanda luz más clara pasada la tormenta,
yo alzaré nuevamente mi voz más encendida
para ensalzar el nombre de pueblo que mereces,
tu paz que adolescente tan tierna te sonríe.

Y a lo lejos certeros, hermanos, te saludan,
agitan y tremolan por ti sus pabellones
otros pueblos vecinos en libertad gozosa:
México memorable y la Unión de Países
Soviéticos te aclaman.


Arturo Serrano Plaja
Hora de España VI
Valencia, Junio 1937







2709. Aquí no llora nadie

Madres lloran la muerte de sus hijos, alumnos del Liceo Escolar de Lleida, tras un bombardeo franquista, 1937. Foto de Agustí Centelles



¡Aquí no llora nadie!
Las madres en España van vestidas de negro
y cubren su cabeza con pañuelos oscuros.

Las novias en los pueblos comen de un pan moreno
y pisan, en pequeño, lo mismo que los hombres,
cuando van tras los bueyes por el flaco terreno,
dirigiendo con mano firmísima el arado.

¡Aquí no llora nadie!
Por los míseros montes se desgarra la tarde
y un niño con descuido de hombre grave conduce
rebaños reducidos de escuálidas ovejas.

Mas allá tras los montes, ronca y siniestramente,
la muerte permanece.

¡Aquí no llora nadie!
El ansia, entre dos luces, va fingiendo descuido
con menudos quehaceres. Mientras, humildemente,
las vecinas escuchan, con un silencio llano,
la voz grave de un viejo, sus noticias severas.

¡Aquí no llora nadie!
Los hijos y los novios, hermanos y maridos,
los hombres que se visten con géneros de pana
y tienen la piel dura de sol y vendavales,
se van y se despiden y forman batallones.
¡Aquí no llora nadie!: Se van sencillamente.

Nadie, no. Aquí, nadie.
¡Que lloren otros pueblos su libertad perdida!
Aquí las hachas talan dulcísimos pinares,
que los martillos clavan en féretros desnudos.
Que otras mujeres lloran sus maridos vivientes:
para los hombres muertos hay respeto, en España,
y un silencio mordido y un esperar callado
y un campo de batalla para sus sucesores.

¡Que rompan los pañuelos!
¡Que los rasguen a tiras blanquísimas de hilo!
¡Que los ciñan bien frescos a la herida caliente
o que cubran con ellos la mue rte prematura
de ese joven soldado!

¡Aquí no llora nadie! Y el corazón domina.
Y si se vierte sangre, las lágrimas se ahogan
por la noche, en silencio, contra la dulce almohada,
junto a la espesa niebla de un presagio nocturno.
¡Aquí no llora nadie!
Aquí la muerte pierde.
Aquí se alzan los pueblos con sangre a borbotones
y aquí se muere a golpes durísimos de plomo.

¡Aquí no llora nadie!


Arturo Serrano Plaja
El hombre y el trabajo