Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hernández. Mostrar todas las entradas

3469. Los hombres viejos



                   
I

Nacen puestos de gafas, y una piel de levita,
y una perilla obscena de culo de bellota,
y calvos, y caducos. Y nunca se les quita
la joroba que dentro del alma les explota.

Pedos con barbacana, ceremoniosos pedos,
de su senil niñez de polvo enlevitado,
pasan a la edad plena con polvo entre los dedos,
sonando a sepultura y oliendo a antepasado.

Parecen candeleros infelices, escobas
desplumadas, retiesas, con toga, con bonete:
una congregación de gallardas jorobas
con callos y verrugas al borde del retrete.

Con callos y verrugas, y coles y misales,
la dignidad del asno se rebela en la enjalma,
mirando estos cochinos tan espirituales
con callos y verrugas en la extension del alma.

Alma verruguicida, callicida la vuestra.
Habéis nacido tiesos como los monigotes,
y vivís de puntillas, levantando la diestra
para cornamentar la voz y los bigotes.

Saludáis con el ano, no arrugáis nunca el traje,
disimuláis los cuernos con laureles de lata.
No paráis en la tierra, siempre vais de viaje
por un pais de luna maquinal, mentecata.

Nacéis inventariados, morís previa promesa
de que seréis cubiertos de estatuas y coronas.
Vais como procesados por el sol, que procesa
aquello que señala delito en las personas.

Os alimenta el aire sangriento de un juzgado,
de un presidio siniestro de abogados y jueces.
Y concedéis los pedos por audiencia de un lado,
mientras del otro lado jodéis, meáis a veces.

Herís, crucificáis con ojos compasivos,
cadáveres de todas la horas y los días:
autos de poca fe, pastos de los archivos,
habláis desde los púlpitos de muchas tonterías.

Nunca tenga que ver yo con estos doctores,
estas enciclopedias ahumanas, aplastantes.
Nunca de estos filósofos me ataquen los humores,
porque sus agudezas me resultan laxantes.

Porque se ponen huecos igual que las gallinas
para eructar sandeces creyéndose profundos:
porque para pensar entran en las letrinas,
en abismos rellenos de folios moribundos.

Sentenciosas tinajas vacías, pero hinchadas,
se repliegan sus frentes igual que acordeones,
y ascienden y descienden, tortugas preocupadas,
y el corazón les late por no sé qué rincones.

No se han hecho para estos boñigos los barbechos,
no se han hecho para estos gusanos las manzanas.
Sólo hay chocolateras y sillones deshechos
para estas incoherencias reumáticas y canas.

Retretes de elegancia, cagan correctamente:
hijos de puta ansiosos de politiquerías,
publicidad y bombo, se corrigen la frente
y preparan el gesto de las fotografías.

Temblad, hijos de puta, por vuestra puta suerte,
que unos soldados de alma patética deciden:
ellos son los que tratan la verdadera muerte,
ellos la verdadera, la ruda vida piden.

La vida es otra cosa, sucios señores míos,
más clara, menos turbia de folios, de oficinas.
Nadan radiantemente sus cuerpos en los ríos
y no usan esa cara de múltiples esquinas.

Nunca fuisteis muchachos, y queréis que persista
un mundo aparatoso de cartón estirado,
por donde el cartón vaya paticojo y turista,
rey entre maniquíes de pulso congelado.

Venís de la Edad Media donde no habéis nacido,
porque no sois del tiempo presente ni del ausente.
Os mata una verdad en el caduco nido:
la que impone la vida del siempre adolescente.

Yo soy viejo: tan viejo, que el primer hombre late
dentro de mis vividos y veintisiete años,
porque combato al tiempo y el tiempo me combate.
A vosotros, vencidos, os trata como a extraños.


II
                  
Trapos, calcomanías, defunciones, objetos,
muladares de todo, tinajas, oquedades,
lápidas, catafalcos, legajos, mamotretos,
inscripciones, sudarios, menudencias, ruindades.

Polvos, palabrería, carcoma y escritura,
cornisas; orinales que quieren ser severos,
y se llevan la barba de goma a la cintura,
y duermen rodeados de siglos y sombreros.

Vilmente descosidos, pálidos de avaricia,
lo que más les preocupa de todo es el bolsillo.
Gotosos, desastrosos, malvados, la injusticia
se viste de acta en ellos con papel amarillo.

Los veréis adheridos a varios ministerios,
a varias oficinas por el ocio amuebladas.
Con el sexo en la boca canosa, van muy serios,
trucosos, maniobreros, persiguiendo embajadas.

Los veréis sumergidos entre trastos y coños
internacionalmente pagados, conocidos:
pasear por Ginebra los cojones bisoños
con cara de inventores mortalmente aburridos.

Son los que recomiendan y los recomendados.
La recomendación es su procedimiento.
Por recomendación agonizan sentados
donde la muerte cómoda pone su ayuntamiento.

Cuando van a acostarse, se quitan la careta,
el disfraz cotidiano, la diaria postura.
Ante su sordidez se nubla la peseta,
se agota en su paciencia la estatua más segura.

A veces de la mala digestión de estos cuervos
que quieren imponernos su vejez, su idioma,
que quieren que seamos lenguas esclavas, siervos,
dependen muchas vidas con signo de paloma.

A veces son marquesas íntimas de ambiciones,
insaciables de joyas, relumbronas de trato:
fracasadas de título, caballares de acciones,
dispuestas a llevar el mundo en el zapato.

Putonas de importancia, miden bien la sonrisa
con la categoría que quien las trata encierra:
políticas jetudas, desgastan la camisa
jodiendo mientras hablan del drama de la guerra.

Se cae de viejo el mundo con tanto malotaje.
Hijos de la rutina bisoja y contrahecha,
valoran a los hombres por el precio del traje,
cagan, y donde cagan colocan una fecha.

Van del hotel al banco, del hotel al paseo
con una cornamenta notable de aire insulso.
Es humillar al prójimo su más noble deseo,
y el esfuerzo mayor le hacen meando a pulso.

Hemos de destrozaros en vuestras legaciones,
en vuestros escenarios, en vuestras diplomacias.
Con ametralladoras cálidas y canciones
os ametralllaremos, prehistóricas desgracias.

Porque, sabed: llevamos mucha verdad metida
dentro del corazón, sangrando por la boca:
y os vencerá la ferrea juventud de la vida,
pues para tanta fuerza tanta maldad es poca.

La juventud, motores, ímpetus a raudales,
contra vosotros, viejos exhombres, plena llueve:
mueve unánimemente sus músculos frutales,
sus máquinas de abril contra vosotros mueve.

Viejos exhombres viejos: ni viejos tan siquiera.
La vejez es un don que cederá mi frente,
y a vuestro lado es joven como la primavera.
Sois la decrepitud andante y maloliente.

Sois mis enemiguitos: los del mundo que siento
rodar sobre mi pecho más claro cada día.
Y con un soplo sólo de mi caliente aliento,
con este soplo dicté vuestra agonía.


Miguel Hernández
El hombre acecha, 1938-1939





3439. Pablo Neruda, poeta del amor




Entre las personas que entran de golpe y hondo en la vida de uno cuento a Pablo. Nos enfrentamos por primera vez una noche de hace más de dos años. Acabábamos de llegar a Madrid, él con polvo en la frente y los talones de la India, yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones. Yo me sentí compañero entrañable suyo desde los primeros momentos. Hemos vivido muchas horas buenas juntos, en su casa, en la de Vicente Aleixandre, con Federico García Lorca, con Delia, con Maruca. Lo he visto sufrir, y ha compartido conmigo su pan y sus sufrimientos y los de cada uno, y he compartido con él los tiempos decisivos de mi poesía. La suya ha sido una profunda enseñanza y una profunda experiencia para mí.

Llega a América, de Chile. donde nació (creo que el 12 de julio de 1904), con una voz tan ancha, tan intensa, de tanta altura que el continente americano logra en él su clamor más propio de estos últimos tiempos. España se honra cuando la pisa con su pisada de caballo vago. Pablo recorre los horizontes de España con su mirada lenta y se siente amarrado con raíces y hombres a la gleba febril que reluce con sus pies de animal ensimismado y errante.

Poca poesía como la suya nos deja ese sabor a tiempo y a muerte que sobrecoge. Poca poesía como la suya tan penetrada de una vida que ama dolorosa y airadamente: tan palpitante del ímpetu de las pasiones del hombre. Emocionado de tristezas siempre, clama, y siempre es un clamor que conmueve como un terremoto, que se clava en los huesos.

Poeta clásico es aquel que da una solución a su vida y, por tanto, a su obra. Romántico aquel que no resuelve nada ni en su obra ni en su vida. Neruda no se impone a sus pasiones, canta bajo la imposición de ellas desenfrenadamente. Tiene como todo poeta, clásico o romántico, vicios poéticos. Uno de ellos es el de que se entrega con frecuencia a la lógica interna, antinatural, sin respeto para la lógica natural del que le escucha. Impudor poético, vicio romántico: hablar de lo más íntimo, de lo que solo pertenece a unos cuantos seres queridos, en público. Publicar dolores, desgracias, con demasiado desenfado. Inconsciencia poética: no perdonar imagen ni objeto que se le viene al paso.


Migel Hernández
Junio de 1936
La obra completa de Miguel Hernández, 2017









3436. A Miguel Hernández

Miguel Hernández recitando en una fiesta. Tocando el acordeón José Herrera Petere


De lo que el río lento se tragó
queda el recuerdo
la explosión dolorida
el mármol negro
acero verde
o tiempo endurecido
que da el hosco alumbrar del genio muerto.
Hirió un juez de uña de oro
la semilla
del gran centeno humano de Orihuela
la trituró un puñal
fuerte destello
del horizonte mudo
reflejado en violentos lodazales
y como el mar
fosfórico al formar hiel con el miedo.
La noche lo batió como un crepúsculo
contra un muro de arañas y sombras.
Hizo frío al morir Miguel Hernández.
Una raya de luz sobre las losas
era la muerte,
que habría de llegar antes del día.
Así este gran poeta
rindió el ánima
y en la ventana en reja
se encendía
un tiempo abrasador: Miguel Hernández,
un día de agosto
en que la tierra en llamas
ha de pedir Migueles a los cielos.


José Herrera Petere

3402. Los traidores del Santuario de la Cabeza


El capitán Cortés en el hospital de campaña en Viñas de Peñalana - Foto Altavoz del Frente - Crónica, 30 de mayo de 1937  


La traición

A mediados del agosto pasado, cuando en las provincias ocupadas por el fascismo se cumplía un mes de asesinatos y traiciones, cuando la guardia civil que había entre nosotros nos engañaba, mataba y escapaba, una autoridad con rasgos de traidora envió la más considerable parte de la benemérita de la provincia de Jaén a los edificios descritos. ¿Qué sucedió? Lo que el pueblo presentía. Mas de quinientos guardias había repartidos entre el Santuario y Lugar Nuevo con el comandante Nofuentes. Doscientos que salieron de allí para el frente de Córdoba, doscientos que se pasaron a las filas facciosas. Requerido Nofuentes para que acusara su adhesión a la República y la de los que, con él y las familias de todos ellos, se trasladaran a la Sierra, el comandante ofreció lealmente sus servicios y los de sus subordinados a las autoridades gubernativas. Pero, cuando regresó al, desde poco tiempo antes, cuartel de Sierra Morena, cuando expuso su lealtad de seguir adicto al régimen republicano, el capitán Cortés, que ya había concertado la traición con veinticinco guardias, encerró a Nofuentes, se impuso al resto de las fuerzas armadas de la Sierra y se declaró en rebelión. 

Ese resto de fuerzas al que se imponía Cortés, era un número de cerca de trescientos hombres. Viejos unos, excesivamente prudentes o cobardes otros, cazurros los más, no se atrevieron a condenar la traición de Cortés, y, si hubo alguno que se atrevió, pagó su atrevimiento con la vida. Los curas que convivían con los traidores, haciéndolos confesar y comulgar entre matanza y matanza, salvaban su responsabilidad de religiosos cumplidores del quinto mandamiento de la ley de Dios con "¡Él le haya perdonado!" 


La ira del pueblo

La guardia civil ha dejado un rastro negro y rojo por donde ha pasado, que ha sido por los campos y las aldeas de España. No hay hueso de trabajador que aun no esté condolido de los apaleos constantes a que le sometía el burgués por medio de los beneméritos verdugos. Hombres honrados ha habido entre ellos, es indudable. Por inconsciencia, ignorancia o necesidad ingresaron en el Cuerpo y mantuvieron su honradez a costa de sordas luchas con sus compañeros de profesión y de duros castigos y persecuciones de sus jefes. Pero estos hombres eran gotas de agua pequeña en medio de inmensos fangares, y el pueblo siempre ha tenido sus espaldas señaladas por las botas, las culatas y la ferocidad de casi todos ellos. 

Darse cuenta los hombres populares de la provincia de Córdoba y Jaén de la traición de la guardia civil de Sierra Morena, lanzar un grito de indignación, de nobleza engañada, y salir de sus hogares contra ellos todo fue uno. La guerra andaba prendida por toda España. Faltaban fusiles en nuestras manos, y en Andalucía particularmente. Las escopetas, los trabucos de un siglo, las hondas y la dinamita jugaban por los campos andaluces los papeles más importantes. Un grupo de escopeteros, que había manejado poco, o que no había manejado jamás las armas de fuego, mineros, gañanes y pastores en su mayoría, se internó en la Sierra, tratando de reducir al cabecilla Cortés y sus secuaces, certeros tiradores entrenados en la caza del jabalí y el jornalero. La serranía comenzó a cubrir sus hondos silencios de detonaciones, que rebotaban y aullaban contra las resonantes dentaduras de la piedra. Zarzales y Jaras recibían a diario el peso del cuerpo que cae para siempre, y eran nuestros hombres, no los guardias civiles, los que caían, con un balazo que por casualidad, no les atravesaba la cabeza. Los magníficos tiradores se escondían entre las malezas y cuando el torpe escopetero, ingenuo, se le acercaba a pecho descubierto, disparaban y aparecían riendo como solo pueden reír los verdugos.


¿Quiénes son los héroes?

Nuestros frentes de Andalucía se han mantenido casi indefensos hasta hace dos meses. Ni un tanque, ni un aeroplano, pocos hombres y menos fusiles durante ocho meses de guerra cruda. La aviación fascista ha operado a placer contra los andaluces, se ha cebado en ellos por mandato del general de las bodegas. Andújar ha sido acometida por las bombas italianas y alemanas infinidad de veces. Los escasos hombres que teníamos frente a los rebeldes del Lugar Nuevo y el Santuario eran víctimas constantes de la metralla. Sin guaridas, a campo descubierto, han visto transcurrir el invierno en las trincheras y han recibido en su cuerpo las lluvias y los vientos inclementes de Sierra Morena. Sin ninguna preparación militar luchaban contra hombres curtidos en el tiro y en la disciplina férrea con desventajas de terreno y de armas, dominados por las ametralladoras y las miradas de la banda de Cortés, emplazadas en las alturas de Cerro Chico y el Santuario.

¿Quiénes son los héroes? Entiendo por heroísmo un movimiento del corazón que arrostra el mayor peligro por defender y salvar desinteresadamente algo que ocupa lugar en la pureza de sus sentimientos. A los guardias civiles de Sierra Morena se les puede considerar valientes, pero, para ser héroes, andaban demasiado manchados de sucios intereses. Se rebelaron recelosos y temerosos de la justicia popular que, más temprano o más tarde juzgaría y liquidaría su organización de villanos, y se han defendido por desesperación. Los héroes son los hombres que les han atacado por espacio de varios meses con escopetas y con el solo deseo de acabar la lucha para regresar al digno arado, a la vida sencilla. El héroe actúa por un impulso generoso, no por una mala pasión, aunque sea sin armas. Estos que han luchado contra los de Cortés representan al héroe


Se prepara la rendición de los rebeldes 

El cerco verdadero se lleva a cabo a mediados de abril. Soldados de la 16 Brigada Mixta, con su comandante Pedro Martínez Cartón, operan frente al Lugar Nuevo, que cae en nuestro poder con suma facilidad. Los guardias residentes en dicho monasterio huyen con sus familias al Santuario, abandonando fusiles y pistolas en abundancia. Se acaba el veraneo. Ahora sí que puede designarlos Queipo con el nombre de sitiados. Porque lo son efectivamente, insiste en sus bombardeos sobre la población civil de Andújar, y se apunta trescientas víctimas en la de Jaén. 

Pedro Martínez Cartón extiende son sus hombree las trincheras hacia Cerro Chico y el Santuario. No pasa noche que no venga la aviación fascista a bombardeamos en las trincheras, ni pasa día que no tengamos alguna baja, con herida en la frente, por lo general. Los soldados se doblan muda, serenamente bajo los disparos de los enemigos, que meten las balas por las troneras. 

Del lado de Cortés se produce una desbandada lenta. Desde los mediados de abril basta el primero da mayo en que se toma el Santuario abundan las deserciones de guardias civiles con hijos y mujer. Por medio de un altavoz se les incita a rendirse a todas horas. Una tarde aparece una mujer con los brazos extendidos junto al recinto del Santuario. 

¡No tiréis, compañeros ! ¡Voy con vosotros!

Un civil le hace un disparo, dejándola con la palabra en la boca y el cráneo destrozado. 

Por los evadidos sabemos que otra mujer que quedaba viuda allí mismo pidió harina para alimentar a un hijo de un mes, y se la negaron diciéndole que la harina se reservaba para enfermos y heridos. Escasean los víveres. Son más de mil estómagos los que piden pan. El cabecilla no quiere quedarse sin provisiones, y se las niega a las más débiles criaturas. Los curas tratan de levantar el ánimo del elemento femenino con relatos de milagros, con sermones, pero ellas desean en el fondo de su alma abandonar el Santuario, y se pasan los días y las noches apiñadas, con los hijos hambrientos, en el sótano del reducto. 

Por el altavoz se les ha leído el decreto del 8 de abril, que asegura la vida, la libertad de cuantos se incorporen a nuestras filas desde que apareciera. El Comité Internacional de la Cruz Roja manda dos delegados para proponer a Cortés la evacuación de mujeres y niños, negándose el mismo a ello bajo una serie de condiciones inaceptables. Varios representantes de la religión católica que se encuentran entre nosotros les hablan con el mismo fin, y obtienen idénticos resultados. Cortés quiere continuar parapetado en la debilidad de la masa de mujeres y niños que tiene consigo como en un bloque de piedra más, con la esperanza de que Queipo decida un día la prometida liberación. Pero quienes habían permanecido hasta entonces con él no se mostraban tan optimistas y el que conseguía escapar a su estrecha vigilancia pasaba a nuestro campo y el que no caía de bruces mal herido en el intento. 


Miguel Hernández
Frente Sur (Jaén), 13 de mayo 1937









3401. Sobre la toma de la la Cabeza: carta y aclaración

Guardia Civil superviviente del asedio al Santuario de la Cabeza con sus dos hijos



Recibimos la siguiente carta que publicamos íntegra seguida de la contestación de nuestro colaborador Miguel Hernández:


Camarada Director de Frente Sur.

Estimado camarada: En el número 13 del semanario de su digna dirección, aparece una crónica firmada por Miguel Hernández, haciendo el relato de lo que fue el ataque y conquista del Santuario de la Virgen de la Cabeza. 

En la mencionada crónica aparecen algunos conceptos equivocados que deseamos rectificar y esperamos que, haciendo honor a su proverbial ecuanimidad, dé publicidad a esta carta con las siguientes aclaraciones: 

Primera. En la mencionada crónica se dice que fue el comisario del cuarto Batallón de la Brigada (parece ser que se refiere a la 16 Brigada Mixta) quien empuñaba la bandera que se plantó en lo alto del cerro, concepto completamente equivocado, pues la bandera, la única bandera que allí ondeó señalando a nuestros soldados que la conquista del Cerro Chico estaba realizada, fue la de la cuarta Compañía del segundo Batallón de Jaén, que no debe confundirse con la del cuarto Batallón de la Brigada. 

En esta bandera, y en letras blancas sobre fondo rojo, podía leerse antes de ser hecha jirones por las bombas enemigas la siguiente inscripción: GRUPO DE TORREVIEJA (ALICANTE), por pertenecer a un grupo de milicianos de dicha localidad, que forman parte de la mencionada Compañía. 

Segunda. Durante el ataque no fue arrebatada esta bandera por ningún miliciano al comisario, pues completamente se han invertido los términos. 

La bandera fue victoriosa hasta mitad de Cerro Chico, conducida por su abanderado y allí, al caer éste herido, fue cuando se hizo cargo de ella el Delegado político accidental de la Compañía, camarada Ruiz Santos, el cual, con valor inimitable y dando pruebas de un encendido amor a la causa antifascista, logró colocar en el puesto de honor a la bandera de la Cuarta Compañía del segundo Batallón de Jaén; y 

Tercera. Que si bien es cierto que fue la 16 Brigada la animadora de este ataque, dados sus elementos bélicos, no es menos cierto que el segundo Batallón de Jaén fue en primer término el forjador de este triunfo, que tan alto pone el espíritu y la combatividad y entusiasmo de nuestro Ejército Popular.

Mil gracias, camarada Director, por la molestia en la publicidad de esta carta, y con este motivo reciba el testimonio de mi más atenta consideración. 

Afectuosamente, por la cuarta Compañía del Batallón de Jaén, 
Juan Celdrán. Miliciano. 
Andújar, 7-5-37


*


Compañero Juan Celdrán:

Siento los errores que haya podido haber en el relato de la toma del Santuario de la Cabeza. Desde luego, puedes creer que no han sido intencionados. He procurado siempre ser justo y verdadero, y, aunque no soy periodista, sino poeta, escribo en el periódico de mis compañeros de Altavoz del Sur la prosa de la poesía que veo y siento en lo mas hondo de esta guerra. Sabe que me irrita la falsedad, mala hierba abundante entre los periodistas, acostumbrados a contar sucesos no sucedidos o sucedidos de otra manera y mucho antes de que ellos pasaran por el campo de su desarrollo. Las cosas, para sentirlas, vivirlas y verlas, y la prensa no sería tantas veces irritante o aburrida si algunos de los que escriben sus diarios se acercaran más oportuna y menos prudentemente a los campos donde la verdad habla a balazos.

Todo esto lo digo a propósito de tu carta, que agradezco nos hayas enviado.

Yo, compañero Celdrán, asistí al combate desde los primeros momentos, aunque sin lápiz ni papel, que no me gusta ni puedo explotar el momento que vivo, y prefiero volver a vivirlo recordándolo. De ahí nacen los errores que tu, y todos nuestros compañeros que colaboraron valientemente en la tome de Cerro Chico, sabréis disculpar. En los instantes de emoción, de lucha, de muerte, es difícil, casi imposible, retener la atención en un determinado detalle. Recordarás que antes de plantarse definitivamente una bandera en Cerro Chico conquistado, hacia las diez de la mañana se llevó otra hasta su cumbre y sigo en la creencia de que aquella bandera fue arrebatada al Comisario del cuarto Batallón de la 16 Brigada Mixta por uno de sus soldados. Ahora bien: creo que confundes este rasgo que cito con otro. Al relatar la toma de Cerro Chico digo: "La nube tempestuosa se retiraba reculando. Un soldado que tenía a mi derecha, se levantó con una bandera roja iluminado por una luz especial, saltó sobre la piedra más alta de Cerro Chico y allí permaneció varios minutos: los precisos para que el sol irrumpiera sobre él y le rodeara de resplandores y hermosuras nunca vistos entre un cerco de balas." Este soldado a que me refiero es, de seguro, el Comisario político de la cuarta compañía del Batallón de Jaén, y siento no haber mencionado como se merece a Ruíz Santos. Aquellos momentos eran de mucha emoción y yo no veía más que la hermosura de cuanto sucedía bajo ningún nombre, porque los nombres reducen, achican en mí los actos de las personas que los hacen, y no quería empequeñecer luego aquella victoria preguntando los nombres y apellidos de cada uno de sus forjadores. 

Punto y aparte ya, te pido saludes de mi parte a ese grupo de Torrevieja (Alicante), porque yo he nacido por aquella tierra: soy de Orihuela. Precisamente, el teniente que me confundió con uno de los prisioneros en el momento de rendírsenos me dijo que era de los de Torrevieja. Salúdalo también, y que los cincuenta anos que lleva encima le sean leves para seguir metido en estos penosos trotes. Y nada más. ¡Salud!. - M.H.


Frente Sur,  (Jaén), 13 de mayo de 1937 








3384. Moderna canción de trilla




A Miguel Hernández. In memoriam


Un hombre está cantando 
sobre la tierra. 
Ardiente el sol le acota 
su pavimento. 
Y bajo la retina de los pinos 
frente al temblor del campo 
siento cómo paloma mensajera 
se vuela el alma.

Canta el hombre allá lejos 
su rasguño inmortal. 
El sol lo dora 
y un viento suave despliega 
por la montaña. Y yo contemplo 
entre lo que ha crecido 
cómo la tierra es siempre 
lo más hermoso.

Se vuela el alma sí 
deja el pecho muy hondo 
desasistido. 
Se vuela el alma entera 
para volver trayendo 
me digo ensimismado 
más inquietudes. 
Se vuela el alma henchida 
de todo lo que se ve.

Sobre la parva suave 
el hombre canta solo. 
Aquella leve sombra 
canta en la era 
cual si llorara. 
Un aire fresco 
me trae la voz transida. 
Yo contemplando
bajo los pinos dulces 
donde se me fue el alma... 
Mientras la tierra apura toda caliente 
la llama azul del cielo.

El hombre canta 
sobre su pavimento de asteroide 
entre sus mulas negras. 
Van y vienen 
por los olivos aves 
y pasan raudas 
sus sombras diamantinas.

¿Hay silencio? 
Hay frenesí o silencio. 
Las labores: 
¿Tienen un lento acaso 
claro oscuro 
que me entorna los ojos? 
Entre el hervor crispado 
de las cigarras 
brilla la plenitud 
y aquel rodar paciente 
de animales 
en el redondo círculo 
de fuego. ¿Cuánto dura? 
Más que dormirme.

Aún oigo a algunos pájaros 
fugaces 
lo que no entiendo. 
Aún palpita en el ámbito 
un postrero 
fulgor de la mañana. 
Y todo se reduce activamente 
cual breve engaño 
a tejer y a morir 
a cantar y a sufrir,
a no sé qué: a vivir.


Juan Gil-Albert
Homenaje de los Pueblos de España a Miguel Hernández 1976-2010









3377. Sobre el Decreto del 8 de Abril. El fascismo y España




El fascismo hace la guerra por rencor, por impotencia de vivir en paz. Sus creadores son una casta de impotentes, de débiles bueyes, que se han pasado toda la vida revistiendo de corazas y máscaras de valentía su debilidad mujeril. Hitler es un ejemplo de hombre afeminado, débil. Envidioso de la fuerza y el valor que le faltan, hace teatro de ella, gesticula valientemente, da manotazos de forzudo de feria y los débiles afeminados le rodean, ahuecan el pecho y el trasero ante las baterías teatrales y se lanzan rencorosa y teatralmente contra los pueblos descuidados en su fuerza noble, con nobleza empleada en la agricultura. Mussolini, el espejo del narciso Hitler, es el bufón mayor de Italia: mucha mandíbula, mucho labio inferior retorcido (sobre todo cuando le ven) y mucha debilidad disimulada debajo de una mano de albañilería bruta, y un abuso chulesco de su apariencia viril. Ninguno de los dos pueden negar que han salido de una atmósfera de teatro lírico exagerado. Mussolini es un barítono desmesurado y el bigotudito Adolfo un mal tenor. A los dos se les ve la ópera y la opereta.

El mono representante de ambos en España, Franco, resentido y rencoroso, impotente, se lanza asesinamente contra el pueblo español. Este pueblo, antimilitar, antiguerrero, que nunca se ha preparado para la guerra, pero que la ha hecho y la ha ganado siempre por inspiración, por un entendimiento místico de la guerra, se siente herido, ofendido, atropellado en sus más hondas raíces, y a través de nueve meses de lucha, dolorosa, inspirada, místicamente, lleva de fracaso en fracaso y de ridículo en ridículo a Mussolini, Hitler, y, un poquito más abajo, a Franco el soberanito. 

Nueve meses de lucha contra el fascismo. Como parto glorioso de España, de esta mística España invencible, la victoria se aproxima a nosotros. El Gobierno, en representación de la honrada voz española, da ocasión a los españoles que, por error o fatalidad, se hallen en las filas facciosas, para que se salven. Ninguno de ellos puede dejar de reconocer y sentir el grito humano de justicia y fraternidad que late en el decreto del 8 de Abril. Repetimos los dos artículos: 

Art. 1º. Los combatientes facciosos, nacionales o extranjeros, que sean hechos prisioneros, serán respetados en sus vidas, y sin pérdida de tiempo se entregarán a las autoridades competentes, no pudiéndose incoar sumario alguno sin previo acuerdo del Consejo de ministros. 

Art. 2º. A los combatientes del campo rebelde que, voluntariamente, se presenten en nuestras filas, además de respetarles la vida, se abrirá una información, y, si de ella resultase probada su adhesión a la República, se les reconocerá por el Gobierno los cargos, situaciones y preeminencias que acrediten disfrutar o haber disfrutado tanto en la vida civil como en la militar. 

Al copiar esto pienso, como en una sola sombra emocionante, en todos los trabajadores, en todas las mujeres y en todos los niños asesinados por el fascismo en España. 


Miguel Hernández
Frente Sur (Jaén), 18 de abril de 1937







1939-1942. Miguel Hernández





Hay una muerte lenta que atraviesa
la vida lentamente, lentamente.
No es la traidora muerte de repente
que deja al ansía, aunque caída, ilesa.

¿La súbita del rayo? No, no es ésa,
es la que llega despaciosamente
como claror confusa del oriente:
trágica luz del rayo que no cesa.

Así, noche tras noche, sucumbiste
en medio de una España negra y triste,
como el toro en la plaza, como el toro.

La juventud de hoy, la de mañana,
forja otro cielo rojo, audaz, sonoro,
con un rayo de sol en la ventana.


Blas de Otero
Homenaje de los pueblos de España a Miguel Hernández, 1976