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3503. La liberación de París por los republicanos españoles de la 9ª

©El capitán Dronne y el teniente Granell.  Colección Musée de l'Ordre de la Libération



Al 3º Batallón del Regimiento de marcha del Techad siempre se le llamó el "Batallón español". Éramos españoles la mayoría de sus componentes. Pero tengo que decir que jamás existió en la gloriosa División Leclerc diferencia alguna entre franceses y no franceses. Los españoles fuimos siempre considerados como excelentes camaradas por nuestros grandes amigos los franceses y ellos y nosotros, en el combate nos condujimos en todo instante como hermanos.

 

Yo pertenecía a la 9a compañía del batallón. Quiero rendir desde aquí un tributo de respeto y de admiración a los 27 camaradas de ella que murieron en la campaña de Francia. Son innumerables los testimonios y hechos de armas en los que la compañía tomó parte. Numerosas cruces de guerra, 6 medallas militares y las más altas citaciones engalanan nuestras hojas de servicio. Nuestro querido general Leclerc ha dicho varias veces al referirse a los españoles: "A esos no les para nadie".

 

 

La entrada en París

 

La División desembarcó en Normandía en Junio de 1944. A medida que nos adentrábamos en esta hospitalaria y querida tierra francesa, nuestro impulso y nuestra emoción se renovaban cada vez que un poste indicador nos anunciaba: "París… (a tantos kilómetros)". El nombre de la capital de Francia era para nosotros un imán cuya fuerza irresistible de atracción empujábamos hacia lo que consideramos símbolo y meta de la libertad: "la cité Lumière". Las flechas que marcaban la dirección de París y las cifras que concretaban la distancia que de París nos separaba nos obsesionaban de forma tal, que cuando las incidencias nos obligaban a trazar un zig zag en nuestra marcha, pensábamos que el destino nos había vuelto la espalda.

 

¡París... París... París...! Para los españoles el nombre de un gran pueblo heroico resonaba paralelamente en nuestros corazones y en nuestros pensamientos ¡Madrid... ! ¡Madrid... ! ¡Madrid... !

 

El avance fue rápido. Apenas sin descanso, guiadas por el afán de ver libre, completamente libre, la Francia oprimida, nuestras columnas blindadas iban arrollando al ejército alemán. A nuestra retaguardia los pueblos liberados quedaban entregados al frenesí de la libertad. Por todas partes los besos y las flores nos compensaban de la fatiga y de la zozobra. El lirismo es compañero inseparable de la exaltación bélica. Y, a veces al contemplar a las mujeres de Francia frente al espectáculo del ejército liberador, pensaba en aquel verso de Rubén Darío: "... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores..."

 

Los franceses nos brindaban la "bonne bouteille", cuidadosamente librada a la rapiña alemana y guardada con todo celo para el día esperado de la Liberación. La estela de triunfo y de gloria quedaba también cuajada de dolor y de luto. Nuestro paso se jalonaba con las tumbas de los compañeros caídos en la lucha por la libertad.

 

El 24 de agosto, tras la conquista de Antony, llegamos a Fresnes. La población cayó sin dificultad en nuestro poder, pero los alemanes habían convertido la cárcel en fortaleza difícil de tomar. Hubimos de vencer una férrea resistencia. Fue entonces cuando nuestro destacamento recibió la orden tanto tiempo tan esperada: "Hay que ir a París a ver qué pasa". Alegría nerviosa. Preparativos rápidos. Partida llena de emoción. No sé qué pasó que no encontramos en nuestra documentación ningún plano de la capital. A veces en la guerra lo imprevisto imprime a los acontecimientos rumbos que no hay más remedio que aceptar. Nos decidimos a emprender el viaje sin el plano. Un patriota francés se ofreció espontáneamente a servirnos de guía. A bordo de uno de nuestros blindados inició su "role" de cicerone.

 

Bajo las órdenes del capitán Dronne, del que yo era “adjoint” la columna blindada emprendió al fin la marcha hacia la Meca de nuestro ensueño: PARIS.

 

En el curso de nuestra ruta hallamos varias veces obstruido el camino por los gruesos troncos de árboles que la Resistencia había derribado para obstaculizar la retirada del enemigo. Nos vimos, pues, forzados a continuos altos en la marcha, que siempre aprovechábamos para adquirir información. Como casi siempre, los informadores civiles, poseídos en todo instante del mejor deseo, nos facilitaban datos desconcertantes por contradictorios. Algunos aseguraban que “había muchos alemanes”. Otros que “todos habían huido ya”. Según ciertas referencias, el enemigo tenía emplazada una artillería numerosa. No faltaba quién llamaba especialmente nuestra atención sobre las minas.

 

Nosotros recogíamos y examinábamos cuidadosamente todas las informaciones. Pero por encima de ellas flotaba de continuo la famosa consigna de nuestro general Leclerc: “En avant, en avant, en avant”. Desde mi coche ligero yo escrutaba el horizonte. Al doblar una curva apareció de pronto ante mis ojos algo que me llenó al mismo tiempo de estupor y de impresión. La costumbre me hizo pensar y hablar en francés en aquel momento inenarrable: “Tiens, voilà la Tour Eiffel”. Yo no había estado nunca en París. La visión de la torre de acero, llena para mí de leyenda e historia, me hizo pensar que había alcanzado el objetivo final de mis esfuerzos y de mi vida.

 

Sin incidente alguno y a gran velocidad llegamos al Pont de Sévres. Nuestros informadores nos habían advertido que estaba minado y defendido por varias piezas de artillería, emplazadas en un altozano a la derecha. En nuestra conciencia, como un contrapunto machacón, la consigna del general bordoneaba todos los sonidos y todas las explosiones: “En avant, en avant”. Al fin nuestros tanques alcanzaron las primeras calles de la capital. Los parisienses, sorprendidos, nos tomaron por una columna alemana llegada en dirección contraria de la que ellos podían imaginar. Las gentes precipitábanse en las casas, cerrando puertas y ventanas. Un alto. En la calle desierta percibíamos sólo las miradas que nos espiaban desde los balcones entreabiertos o por el ligero pliegue de un “rideau”. Un viejo, lleno de desconfianza, decidióse a aproximarse a nosotros. Al reparar en nuestros uniformes preguntó con recelo: “Americains?” “Pas americáins, mon vieux, nous sommes la Division Leclerc”. Aquel hombre fue presa de la más indescriptible excitación. No sé si como un demente o como un heraldo de un acontecimiento de esos que las viejas recuerdan a los nietos al amor de la lumbre, con sencilla oratoria, el anciano se apartó de nosotros gritando: “He, eh, Français, Français, c’est la Division Leclerc qui arrive!” No sé siquiera lo que pasó inmediatamente. La desolación de la calle desierta se transformó instantáneamente en un enjambre. La población civil se abalanzaba sobre nosotros. Vivas, aplausos, aclamaciones. Siempre besos y siempre flores. Yo dejé de apercibir las siluetas de nuestros carros y nuestros coches. Racimos de seres humanos los ocultaban de mi vista. Las botellas del buen vino francés se vaciaban sobre nuestras cabezas, a manera de bautismo pagano.

 

Los ojos resplandecían con fulgores extraños. Después se humedecían de llanto. Nosotros llorábamos también. No puedo olvidar el tono viril y escueto de un anciano que se limitó a decirme mientras oprimía mi mano: “Merci, merci”.

 

Tuvimos que empezar por librarnos del peligroso afecto que el pueblo de París nos exteriorizaba. Hubo que echar mano de toda la energía militar para dispersar a nuestros aclamadores. Al final pudimos reemprender la marcha hacia el corazón de la capital. Nos detuvimos por segunda vez en la plaza Sembat. Fue entonces cuando por nuestro aparato de radio transmitimos el parte al Estado Mayor de nuestra División: “Arrivés a París 20 H 45. – Envoyez renforts”.

 

Desde la plaza Sembat nos encaminamos hacia el Hôtel de Ville. Nuestro guía era ahora una mujer. Nadie supo nunca por qué misterioso medio transmisor la noticia de nuestra llegada se había esparcido por todas partes. Nuestro paso por las calles de la capital era saludado por la multitud. Las gentes gritaban enloquecidas: ¡Viva la División Leclerc! Los bailes improvisados en la vía pública obstruían nuestro paso.

 

 

Place de l’ Hôtel de Ville

 

Otra vez el vacío y el recelo. De nuevo se nos confunde con el odiado invasor. El error facilitó la distribución de nuestras fuerzas en disposición de defensa. Dentro del Hôtel de Ville, hecha la luz sobre quiénes éramos y a qué veníamos, los Resistentes que se hallaban en el interior del edificio tuvieron que establecer un servicio de protección para que los entusiasmos no nos asfixiasen. La Resistencia se había apoderado días antes del Hôtel de Ville y lo había defendido heroicamente de los ataques nazis. Introducidos en un pequeño despacho, tuvimos el honor de ser presentados al Préfet de la Séine, monsieur Flouret, quien a su vez nos presentó al Presidente del Comitè Nacional de la Resistencia. La figura menuda y resuelta de monsieur Bidault, con su pequeña estatura y su gran autoridad, simbolizaba en aquel instante, como lo simboliza hoy, la grandeza de la Francia herida y heroica. A su lado estaba el coronel Roll.

 

Monsieur Bidault quiso conocer nuestros elementos efectivos. El deber militar nos impidió complacerle de momento. El hoy Presidente del Gobierno provisional de la República Francesa no se determinaba a dar la orden de que fuese transmitida por radio la noticia de nuestra entrada en París. Una falsa noticia en tal sentido habría motivado recientemente una brutal represión de los alemanes. Más de 2.000 franceses fueron encarcelados y, algunos, pasados por las armas. Nos fue forzoso aguardar reserva hasta que consideramos despejada la situación. Hoy yo puedo decir desde este micrófono que la "avant garde" de la División Leclerc que entonces se encontraba en la Plaza del Hôtel de Ville sólo estaba integrada por una sección de tanques, 2 de carros blindados y una de Ingenieros. En total, 120 hombres y 22 vehículos. Algunos de los carros blindados tenían nombres como estos: MADRID, DON QUIJOTE, GUERNIKA, GUADALAJARA, TERUEL, SANTANDER, BRUNETE...

 

El Presidente del Consejo Nacional de la Resistencia ordenó finalmente que la gran nueva fuese oficialmente confirmada por radio. No digo transmitida, porque todo el país la conocía ya. Las campanas de Nôtre Damme conmovieron nuestros espíritus y oprimieron nuestros corazones que el combate no había endurecido del todo. Gritos, cantos, vítores... Y los compases de la Marsellesa, que humedecieron nuestros ojos y atenazaban nuestras gargantas. Bengalas, disparos al aire. Libertad y Victoria. Yo sentía flojos todos mis resortes nerviosos. La emoción es capaz de lo que no consigue el miedo, que también habíamos sentido muchas veces. No me era posible moverme. Intenté en vano sumar mi voz a las que cantaban la Marsellesa. Ni siquiera podía pestañear, temeroso de que las lágrimas comenzaran a descender por mis mejillas.

 

Nuestros sentidos todos parecían igualmente privados de todo impulso. Y siempre, transformada en escena viva, la letra del verso de Rubén Darío: "...La más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores". La fiereza de los vencedores se había disipado bajo la emoción.

 

Después llegó la noche: guardia defensiva en torno al Hôtel de Ville. Nos llegaban informes según los cuales los alemanes se concentraban en la Bastilla y en la Concordia. Era de prever el ataque.

 

El júbilo de la población llegó al paroxismo. La gran plaza estaba abarrotada. Las bengalas y las explosiones del magnesio de los fotógrafos iluminaban el objetivo que nuestros tanques y nuestros blindados presentaban. Nos costó más trabajo vencer la admiración de los parisienses que la resistencia alemana. Después vino todo lo demás. Es de sobra conocido. El contacto con las fuerzas de nuestra División nos tranquilizó al fin. París estaba definitivamente liberado.

 

Mi compañía figuró en la vanguardia del desfile de la Victoria celebrado el 26 de Agosto. Dos días más tarde contemplaba yo desde el Sacré Coeur el panorama del París libre. Lloré una vez más. Ahora, cuando termine esta desordenada narración retrospectiva, no sé si lloraré también.

 

 

Amado Granell

Heraldo de España, París, 7 de septiembre de 1946

 

 


1601. Los héroes de La Nueve



María Torres, 24 Agosto 2015

La noche del 24 de agosto de 1944 dos secciones de la Novena Compañía, una de ellas encabezada por el Capitán Dronne y la otra por el Teniente Amado Granell, compuestas por 120 hombres y 22 vehículos, entraron en la capital francesa.

Veintidós minutos después la pequeña columna blindada de soldados exhaustos al mando de Amado Granell alcanzaba la Plaza del Ayuntamiento de París. Les acompañaba el alegre volar de las campanas de toda la ciudad, unidas en un violento repique de júbilo que impedía escuchar con claridad  El ejército del Ebro, con su famoso estribillo  Ay, Carmela, que iban cantando. (El Ejército del Ebro/¡Rumba la rumba la rum bam bam!/Una noche el río pasó,/¡Ay, Carmela, ay, Carmela!/Y a las tropas invasoras/¡Rumba la rumba la rum bam bam!/Buena paliza les dio,/¡Ay, Carmela, ay, Carmela!) Un himno también irreconocible para los franceses. Los primeros libertadores de París, portaban un banderín con la tricolor en la solapa de sus uniformes. Un día después la prensa francesa publicaría en portada la imagen de uno de los soldados americanos que habían logrado liberar París. Se llamaba Domingo Baños y había nacido en Extremadura.

Los héroes eran republicanos españoles. París era un símbolo para ellos. Muchos habían cruzado la frontera al finalizar la guerra española en 1939, vencidos. El destino les condujo a alistarse en el mes de mayo de 1943 en la Segunda División Blindada francesa y en la Novena Compañía a las órdenes del Capitán Dronne. Habían luchado para liberar a Europa del fascismo, habían luchado por Francia, por la libertad, convencidos que tras la victoria los aliados les ayudarían a combatir en España para derrocar a Franco. Se equivocaron.

Leclerc había decidido que la Novena Compañía, compuesta en su mayoría por españoles, cubierta de gloria en miles de acciones, debía ser la primera en entrar en París «porque sé que no retrocederéis y que tendréis en alta estima el honor de la División y el honor de las Fuerzas francesas libres, os doy la orden, a vosotros, la Novena compañía de voluntarios extranjeros, de ir a la cabeza de las fuerzas y de ser los primeros en liberar París».

Fueron los primeros, y además llevaron a cabo la detención del Comandante Von Choltiz, quien tenía órdenes de destruir París y resistir desde las ruinas. Francisco Sánchez, Antonio Navarro y Antonio Gutiérrez, a las órdenes de Amado Granell y ataviados con uniforme francés hicieron prisionero al Estado mayor alemán. Cuentan que Von Choltiz se negaba a rendirse a un soldado sin charreteras de oficial, pero finalmente se entregó a Antonio Gutiérrez quien solo le dijo: «Soy español»

Para Raymon Dronne, los españoles «poseían ya la experiencia del combate. Y eran bravos, de una bravura a veces excesiva. No tenían oficio, solamente sabían pelear. Todos se pusieron al trabajo con ardor y corazón». Para él fue un honor haber sido su compañero de lucha. Estaba orgulloso de los soldados españoles.

El 26 de agosto de 1944 París era una fiesta. Amado Granell abrió el desfile en los Campos Elíseos de París sobre un Tatra 57K con la tricolor española, seguido de cuatro half-tracks de La Nueve, con republicanos españoles enarbolando la bandera de Francia junto a la de la República española. En el Arco del Triunfo el General De Gaulle saludó y rindió honores a La Nueve, a quien correspondió el privilegio de escoltar el cortejo por los Campos Elíseos hasta Nôtre-Dame con los half-track Gernica, Teruel, Guadalajara y España Cañí, engalanados con la bandera republicana española. Manifestaba Amado Granell que les costó más trabajo vencer la admiración de los parisinos que la resistencia alemana.

Poco tiempo después la hazaña de estos republicanos españoles cayó en el olvido y su memoria se cubrió con un manto de silencio. No solo tuvieron la gloria de entrar los primeros en París y escribir una página de la historia con su valor y su sangre. También continuaron la lucha hasta Estrasburgo y Berchstesgaden, el santuario del nazismo, y fueron los primeros en alcanzar el Nido del Águila, donde depositaron la bandera republicana española.

Muchos de ellos cayeron en la lucha contra el nazismo y sus tumbas sembraron la tierra desde Normandía a Berchtesgaden. Cuando se firmó la rendición de Alemania en mayo de 1945, apenas quedaban con vida veinte soldados de los ciento cincuenta que integraron La Nueve.

Hoy queremos recordar la gesta de estos hombres, republicanos españoles, queremos militar en el recuerdo para que no se pierda su historia de lucha y sacrificio.


Algunos de los integrantes de La Nueve

Amado Granell Mesado, natural de Burriana, Castellón. En septiembre de 1936 se alistó en el Ejército Voluntario de la II República  y es destinado al Batallón de Hierro. Participó en la defensa de Madrid. Asumió más tarde el cargo de comandante de la 49ª Brigada Mixta del Ejército Popular Republicano, que defendía la ciudad de Castellón, hasta el 29 de marzo de 1939 que se embarcó en el buque Stanbrook con destino a Orán. Tras su paso por varios campos de concentración se alistó en la Legión Extranjera Francesa, enrolado en el Regimiento de Marcha del Chad, más tarde integrado en la 2.ª División Blindada, al mando del general Philippe Leclerc.

Manuel Pinto Queiroz-Ruiz, conocido por el seudónimo Manuel Lozano, natural de Jerez de la Frontera. Hijo de un barbero anarquista fusilado por el franquismo. Combatió en los frentes de Málaga, Granada, Marbella, Almería, Murcia y Alicante. En marzo de 1939 se exilia a Orán. Arrestado por la policía francesa es encerrado en un campo de concentración. Pasó por cinco campos de Argelia y Marruecos hasta noviembre de 1942. Ingresó en la Segunda División Blindada interviniendo en la toma de Bizerta (abril de 1943) y combatiendo en Francia en la División Leclerc, 9ª compañía del 30 regimiento. Fué el primero en entrar en París el 24 de agosto de 1944.

Alférez Federico Moreno. Madrileño y tipógrafo. Miliciano en los inicios de la Guerra. Fué Jefe del Estado Mayor de la 67 Brigada Mixta, y posteriormente refugiado de Alicante a bordo del Stambrook. Drone lo calificaba de hombre calmoso, de juicio mesurado, lúcido y valeroso sin ostentación.

Sargento Domínguez. Conocido por El extremeño para distinguirlo de otro valenciano del mismo apellido. De él se dice que recorrió con La Nueve toda Europa. Hay fotografías que le sitúan en Berchtesgaden, la localidad de los Alpes Bávaros donde se encontraba el Nido del Águila, uno de los refugios de Hitler. En mayo de 1945, Domínguez fue uno de los 16 españoles que tomaron uno de los últimos reductos del nazismo.

Comandante Miguel Buiza. Sevillano, con 17 años ingresó en la Escuela Naval Militar de Cádiz y fue ascendido a capitán de corbeta en 1932. En 1936 se hizo cargo del crucero Libertad. Fue nombrado Jefe de la Flota Republicana el 2 de septiembre. El 5 de marzo de 1939 ordenó la partida de la flota republicana desde Cartagena y puso rumbo a Túnez, donde se entregó a las autoridades militares francesas. Ingresó en la Legión Extranjera y en el Corps Franc d'Afrique y participó en la campaña de Túnez, donde su actuación le valió la concesión de la Cruz de Guerra con Palmas. Se retiró en 1943 por motivos de salud, convertido en un símbolo para los republicanos que continuaron luchando. Uno de los blindados españoles de la División Leclerc llevaba su nombre: Amiral Buiza, el único bautizado en honor de una persona.

Teniente Antonio Van Baumberghen Clarasó. Natural de Barcelona, Guardia de Asalto, conocido como Bamba. Tenía una gran formación intelectual, adquirida en la Institución Libre de Enseñanza. Fue el primer teniente adjunto al mando hasta que Amado Granell ocupó su puesto.

Miguel Campos. Canario, anarquista, el preferido de Dronne quien decía de él que «era un fenómeno, un coloso». Mandaba en la Tercera Sección de Combate. Desapareció el 14 de diciembre de 1944 en el curso de una de sus misiones en solitario. Nunca se encontró su cuerpo.

Alférez Martín Bernal Garcés. Alías El maño, zaragozano, matador de toros con el sobrenombre de Larita II. Combatió toda la Guerra española en el EPR. Prisionero de los franquistas, se escapó a Francia donde fue internado en un campo. A comienzos de 1940 las autoridades francesas le dieron a elegir entre alistarse en la Legión Extranjera o ser deportado a España. El propio Bernal lo contaba así: «Al principio creímos que era una medida de presión, pero cuando nos montaron en un camión en dirección a Canfranc, nos empezamos a poner nerviosos. Y comprendimos que la cosa iba en serio cuando vimos asomar los tricornios de los civiles».

Germán Arrue Alemán. Conocido como Ortega, El Mejicano, natural de Benaguacil (Valencia), militante libertario. Durante la Guerra española se ocupó del transporte de municiones en los frentes de Teruel, Lérida y el Ebro. Pasó a Francia en 1939 y fue internado en los campos de Saint-Cyprien, Argelès y Barcarès. Se alistó en la Legión Extranjera, fue trasladado al norte de África y enviado a luchar en Túnez. Después del armisticio, se unió al Ejército de la Francia Libre. Soldado raso en el half-track Teruel, participó también en la toma de Estrasburgo, la liberación del campo de concentración de Dachau y alcalzó el Nido del Águila  junto a Martin Bernal, Manuel Lozano, Federico Moreno, Fermín Hernández y Daniel Pujol. Nunca quiso la ciudadanía francesa. Trabajó como peluquero en París, obrero de una fábrica de ladrillos en Lyon y más tarde conductor de camión. Regresó a España cuando se jubiló.

Ramón Gualda. Natural de Granada, conductor de autobús y mecánico de profesión. Anarquista, combatió en el Ejército Popular de la República. En marzo de 1939 embarcó en Cartagena con dirección a Orán. Se alistó en la Legión Extranjera en junio de 1940. Dronne aseguraba que era uno de los conductores más expertos de la Nueve. También decían que «se dormía facilmente al volante». Hay imágenes de él conduciendo el Madrid en la calle de Rívoli de París antes del desfile del 26 de agosto de 1944.

Fermín Pujol. (José Nadal Artigas), natural de Sabadell. Pertenecía a la Columna Durruti (26 División). Combatió en el frente de Madrid y fue herido en 1937 en Monte Negrillo. El 17 de febrero 1939 pasó a Francia. Internado en el campo de Argelès, del que escapó, marchó al Norte de África. Fué obligado a alistarse a la Legión Extranjera en Argelia. Luchó en Túnez contra el Afrika Korps de Rommel y se unió a la 2ª División Blindada. Llegó a París el 24 de agosto de 1944 y alcanzó el Nido del Águila. Finalizada la Guerra se instaló en París, trabajó en la fábrica de Renault y se casó con una española.

Rafael Gómez. Natural de Adra (Almería). Con 16 años se enroló en la Quinta del Biberón e ingresó en el Ejército Republicano.  Se exilió a Francia, estuvo en dos campos de concentración y se alistó como voluntario en el Cuerpo Franco de África combatiendo en la Batalla de Túnez. «Subimos una montaña, la de los monos porque había muchos, en las inmediaciones de Temara y allí formaron la primera y segunda División Leclerc; yo me fui como voluntario a la segunda». Tomó parte en el desembarco de Normandía y sobre el semioruga Guernica, fue uno de los primeros en asomar por la Puerta de Italia de París. Llegó hasta el Nido del Águila. «Mi tarea era combatir (...) No creí nunca que íbamos a estar tan bien recibidos por haber hecho nuestro deber»

Luis Royo Ibañez. Alias Julián Escudero, natural de Barcelona, se alistó en el EPR con tan solo 17 años participando en la Batalla del Ebro. Fue confinado durante siete meses en el campo de concentración de Agde, desertó de la Legión Extranjera en 1941 para unirse en África al ejército aliado, y en 1943 a la 2ª División Blindada. Conductor del Madrid, al finalizar la Guerra se instaló en Francia donde trabajó en la factoria de automóviles Citroen.

Manuel Fernández.  Alias Belmonte,  natural de Marentes (Asturias), minero. Al estallar la Guerra española se alistó voluntario en el EPR, siendo detenido en 1937 e ingresado en la cárcel de San Marcos de León y San Pedro de Cardeña en Burgos. Acabó en un batallón de trabajadores penados. El 5 de mayo de 1940 consiguió llegar a Francia y enrolarse en la Legión, de la que desertó para pasarse a las tropas de Leclerc. Al finalizar la contienda trabajó como tapicero en las Galerías Lafayette.

Faustino Solana. Alias El Montañés, cántabro. Llegó hasta la alcaldía de París con el Santander. Tras la Guerra se instaló en Elbeuf, un pueblo de Normandía y se ganó la vida como peluquero. Volvió por primera vez a España en 1962, con pasaporte francés.

David Hernández. Alías El volcán, natural de Almería, pescador e hijo de pescado. Dos meses antes de cumplir 17 años se enroló en Orán con las tropas americanas que desembarcaron en el Norte de África y más tarde en las Fuerzas de De Gaulle. Cuando se enteró de que no participaría en el Desembarco de Normandía el 6 de junio, desertó con otros compañeros de La Nueve y se alistó con los paracaidistas ingleses que comenzarían antes el combate, pero Leclerc les llevó de vuelta a La Nueve. El 24 de agosto de 1944 llegó en París en el Guadalajara y fué uno de los que entró en la guarida nazi de El nido del Águila, donde se apropió del ajedrez de Hitler que más tarde vendió a un americano por 500 dólares.

Salvador Maturana Navarro. Nacido en La Unión, Murcia. Ingresó en la Armada en 1931, militante del PCE, combatió en la Guerra española llegando a alcanzar el grado de teniente de navío. Antes de enrolarse en la columna de Leclerc logró fugarse de varios campos argelinos. Fue instructor de tiro y formó parte de la sección de Obuseros. Entró en París en el Amiral Buiza. Más tarde alcanzó el Nido del Aguila en Berschtesgaden.

Joseph Putz. Natural de Bruselas. En 1936 se unió a las Brigadas Internacionales en defensa de la legalidad republicana. Estuvo encuadrado en la XIV Brigada al mando del batallón Henri Barbusse y después comandó la brigada. Fue también comandante de la 1.ª División Vasca en la defensa de Bilbao, Herido varias veces en combate y ascendido dentro de las Brigadas a teniente coronel. El capitán Joseph Putz, formó parte de La Nueve. Fue el que autorizó a que las tanquetas de la Nueve enarbolaran los nombres de las antiguas batallas de la Guerra española (Guadalajara, Brunete, Teruel, Madrid, Ebro, Santander, Belchite…), pero prohibió que se pusiera ningún nombre de personaje político para evitar enfrentamientos entre sus hombres. Dos miembros españoles de la Nueve, Maturana y Bamba, buenos dibujantes, fueron los encargados de escribir los nombres sobre los vehículos. Don Quijote fue escrito en una mezcla de español y francés (Don Quichotte).

Antonio Llordén Fernández. Nacido en Nerva (Huelva). Capitán en la 112 Brigada Mixta del E.P.R. Tras el final de la contienda logró llegar a Orán, fué allí donde se alistó en la División leclerc en 1942. Fué el sargento del Teruel, la tanqueta que entró en París tras el Guadalajara. El 25 de agosto participó en la ocupación de la central teléfonica, el Ministerio de Marina y en la toma de un cuartel nazi. Tras la liberación de parís siguió combatiendo y alcanzó el Nido del Aguila en Berschtesgaden. Al finalizar la Guerra y tras vivir unos años en París, se marchó a México, donde falleció en 1973.

José María Tarifa. Natural de La Zarza (Badajoz). Combatió en la 91 BM del EPR alcanzando el grado de Teniente. Al finalizar la contienda es apresado en el campo de concentración de Castuera, del que se fuga junto a otros compañeros en enero de 1940. Consigue cruzar la frontera francesa y es internado en el Campo de Gurs.En abril de 1940 se enrola en la Legión Extranjera y parte hacia Argelia. Dos años después se incorpora a las tropas de Leclerc. Entró en París con La Nueve en la dotación del España Cañí. Abandona La Nueve para unirse a los guerrilleros de la U.N.E. y participa en la Operación Reconquista de España en octubre de 1944 bajo el seudónimo de Justo González. Finalizada la II GM se estableció en Sisteron (Francia) y regresó a España en 1976.








1059. El héroe valenciano que liberó París: Amado Granell

KRISTIN SULENG  - 9 AGO 2014 - El País.com

Su tenacidad lideró uno de los episodios clave de la Segunda Guerra Mundial. El 24 de agosto de 1944, el teniente Amado Granell fue el primer oficial del Ejército francés en llegar al Ayuntamiento de París para liberarla del dominio de las tropas alemanas. Siete décadas después de aquel hecho heroico, símbolo de la liberación de Francia, la asociación 24 août 1944, presidida por la periodista alicantina Evelyn Mesquida, homenajeará en París a los soldados españoles de la Novena Compañía integrada en la Segunda División Blindada del general Leclerc, conocida como La Nueve, con unas jornadas divulgativas del 22 al 24 de agosto que culminarán con la primera marcha en memoria de los combatientes y republicanos españoles.

Aunque la instrucción de los aliados dictaba rodear París, Leclerc, por orden de De Gaulle, decidió obviarla y asignar en su lugar la entrada en la capital a una de sus secciones de soldados españoles, cuyos carros de combate, que llevaban por nombre las principales victorias republicanas en la guerra civil española, acababan de derrotar a los alemanes en la población cercana de Longjumeau. El teniente Granell, al mando de la unidad, recibió la consigna de estudiar la posición germana en la ciudad sin otra orden que la de avanzar.

Acostumbrado a estar siempre en la primera línea, Granell no se limitó a inspeccionar la situación del ejército alemán en París, cuyo despliegue superaba los 12.000 soldados. Al atardecer del 24 de agosto, desde la Puerta de Italia, su centenar de hombres se adentró en la capital con la decisión de liberarla, sin mapas y con carros Sherman y half-tracks, orientados hasta el Ayuntamiento por una guía Michelin y la ayuda espontánea de un ciudadano. En un trayecto que no levantó violencia ni oposición, La Nueve fue recibida por una marea humana enloquecida de emoción al ver a sus salvadores.

Bajo el mítico titular de Ils sont arrivés, el diario Libération publicó el 25 de agosto la fotografía histórica del encuentro en la Alcaldía de Granell, el presidente del Comité Nacional de la Resistencia, Georges Bidault, y el prefecto del Sena. Pero el texto nunca mencionó al teniente castellonense, al asumirlo “oficial francés”. “Se publicó que el primero en llegar fue Bronne, refiriéndose al capitán Raymond Dronne. De manera deliberada, le habían dejado de lado al borrar su nombre”, sostiene Evelyn Mesquida, autora de La Nueve, obra de referencia de la compañía española del Ejército de la Francia Libre, y una de las organizadoras de los actos conmemorativos de La Nueve en París. “Este año celebramos por primera vez el 24 de agosto para homenajear a los españoles. Esperamos que el discurso del Presidente de la República el 25 por la noche reconozca su presencia enorme durante el combate francés contra los nazis”.

Aquel oficial español, que De Gaulle invitó a liderar el desfile de la Victoria, había nacido en 1898 en Burriana, principal enclave de la exportación de naranja. Criado en Valencia, a los 21 años se enroló, aún menor de edad, en el tercio español de la Legión Extranjera. En el desastre de Annual, en Marruecos, donde se graduó de sargento, vivió como legionario su primera experiencia con las armas.Tras 10 años de investigación, a Mesquida le costó meses localizar aquella portada, que vio por primera vez reproducida en la única entrevista a Granell en España publicada en el diario Pueblo en 1970, en la que el teniente, de 71 años y retirado en Alicante, declaraba no extrañarle el silencio de su hazaña: “Si me hubiese nacionalizado francés, mi lugar en los episodios del 24 de agosto estaría claro, pero como español no es extraño que me han hayan pospuesto y olvidado. No reivindico nada, si acaso el respeto a tantos españoles heroicos y desconocidos. De la guerra mundial me ha quedado el dolor de tantos millares de vidas españolas truncadas”.

Instalado en Orihuela, donde regentó una tienda de bicicletas, se afilió a la UGT y fue concejal por Izquierda Republicana. Hombre de acción y luchador por la libertad, al estallar la guerra civil se alistó en el bando republicano, con el que llegaría a combatir en las principales batallas, fraguándose en un auténtico líder al mando de la 49ª Brigada Mixta del Ejército Popular como comandante, responsabilidad equivalente al actual general de brigada. “Con la liberación de París, todos han olvidado su relevancia en la guerra civil, cuando su actuación fue muy importante”, señala Ricardo Pardo, coronel retirado y director del Museo Militar de Castellón, el primero en exponer material del oficial castellonense.

Aficionado a la historia, el coronel Pardo ha sido el único militar español en reconocer en público la figura de Granell. “Es una obligación cuando España no tiene ningún problema en olvidar su historia y vive feliz en la ignorancia. Granell fue decisivo, pero estoy convencido de que si De Gaulle hubiese podido, nunca habría elegido a un español para liberar París”, sostiene.

Aurora Granell, la mayor de los tres hijos del oficial, destaca “la gran vocación militar” de su padre, quien prefirió la trinchera a la vida tranquila del comerciante, explica. De 83 años, tenía nueve cuando su padre partió al acabar la contienda como pasajero del carguero Stanbrook rumbo a Orán. “Mi madre lloraba, y mi padre no quería marcharse, pero unos amigos le obligaron. Nunca dejó de escribirnos cartas, y no lo volví a ver hasta 1948, cuando fui a verlo a París”, evoca su hija. “Fue un hombre de un encanto especial, pero para muchos sigue siendo un desconocido”.

Desde su ingreso en el Cuerpo Franco de África en 1942, luchando en la guerra de Túnez contra las tropas del general Rommel, hasta su simbólica despedida de la guerra lavándose la cara y las manos con agua del Rin al abandonar las trincheras en Estrasburgo para ser hospitalizado por sus heridas, la persistencia del teniente de La Nueve fue calificada por el Ejército francés de “valentía temeraria” y laureada con la Cruz de Guerra con palmas y la Legión de Honor francesa.

De carácter sereno y reservado, Granell también destacó como hombre político. Al final de la gran guerra, cuando trabajaba de gerente en una agencia de noticias en París, inició contactos con personalidades como Largo Caballero, Indalecio Prieto y Don Juan de Borbón, para formar un gobierno de oposición que devolviera la libertad a España. Frustrado en su intento, volvió en 1952, primero instalándose en Santander y después en Alicante, donde abrió un comercio de electrodomésticos.

Superviviente de tres guerras y con el mérito de haber ganado galones desde abajo del escalafón, Granell perdió la vida en 1972 en un accidente de tráfico, cuando se dirigía al Consulado francés en Valencia para tramitar su pensión de excombatiente. Enterrado en Sueca, su lápida fue sufragada por el Gobierno francés, a modo de reconocimiento a su heroica contribución. Su muerte dejó pendiente un esbozo de memorias que tituló La guerra hecha por un civil: Recuerdos de un combatiente, un enunciado que atestigua la vocación por la libertad de este héroe de la liberación de París, que en septiembre contará con la primera plaza en su nombre, ubicada en el Instituto Francés de Valencia.











1056. El misterio del hombre que liberó París

Portada del periódico francés 'Libération' que muestra una foto en la que se puede ver a la derecha al primer soldado 

del ejército francés que entró en París para liberar la ciudad en agosto de 1944


A. Alvarez - Ciudadana española en Francia
Memoria Pública/Público/12/07/2014

Desde el pasado 6 de junio, en el país de los franceses se ha comenzado a celebrar el 70 aniversario de todo: desembarco, liberación... Pero se les olvida algo.

El 25 de Agosto de 1944, el periódico francés Libération publicaba en su portada la foto del primer soldado de Leclerc que entraba en París. El titular decía que era americano y no daba su nombre. En Francia se conocen obra y milagros de cualquier combatiente de última hora que pasaba por allí y no ha transcendido cómo se llamaba el primer soldado del ejército francés que el 24 de agosto entró en París para liberar la ciudad. ¿No les parece raro?

Fíjense bien en la foto de esa portada. Está tomada la noche del 24 en el Ayuntamiento de París. En el centro, George Bidault, presidente del Consejo Nacional de Resistencia, y a su derecha nuestro hombre, quien el 26 de agosto abría el desfile de la Victoria por los Campos Elíseos. Desfile en el que De Gaulle legitimó su posición frente a los aliados que hasta ese momento se frotaban las manos esperando "administrar" Francia.

A este soldado, sus convicciones democráticas le guiaron allí donde reside el poder civil de la ciudadanía. El Ayuntamiento de París se convirtió en símbolo del pueblo soberano por cuya defensa estaba dispuesto a morir. La Prefectura también se había sublevado, pero a esa no la vota el pueblo.

Nuestro hombre lleva uniforme americano, pertenece al ejército francés, ha luchado con Leclerc en el norte de África, pasado por Inglaterra, desembarcado en Normandía y por si fuera poco, se trata de un republicano español. ¿Acaso se le levantó un monumento al europeo del año? No, Francia se limitó a echarle de la historia con minúscula, la que se amolda a las necesidades políticas del momento.

Vichy creó escuela y la "razón de Estado" que todo lo justifica siguió ganando adeptos en la posguerra. Siempre hay alguien que quiere decidir lo que el pueblo debe o no debe saber. Necesitamos la verdad si queremos construir libertades.

Los ciudadanos franceses y españoles, por mucho que sus gobernantes se hayan empeñado en lo contrario, siempre han estado preparados para conocer la verdad, cualquier verdad, incluso el nombre de este hombre y el de tantos miles de republicanos españoles que lucharon y murieron con las Fuerzas de la Francia Libre. En el ejército, en la resistencia y en la guerrilla. No fueron los únicos extranjeros, pero sí los más numerosos con diferencia. Ellos continuaban una guerra contra el fascismo que había empezado en España en el 36. Libertad, igualdad y fraternidad. Bonitas palabras que no significan nada si no hacemos justicia a la memoria de los hombres que sí creyeron en ellas y abrazaron la causa de Francia y de Europa porque era la causa de la libertad.

Qué inocencia o qué grandeza hacer la guerra por ideales y no por conquistar y mantener imperios que aseguren la explotación de los recursos del otro. Si el objetivo hubiera sido acabar con el fascismo, los aliados hubieran entrado en Madrid junto al ejército de la República española. Europa nos ha recordado, con la utilización de la crisis dentro de los parámetros de la doctrina del shock y los resultados electorales del 25-M, que no se acabó con el fascismo, más bien se le permitió mantenerse en un discreto segundo plano, a la espera de tiempos mejores.

Setenta años de silencio son demasiados. El hombre de la foto, el primer soldado aliado que entró en París, se llamaba Amado Granell. Oficial del Ejército Republicano Español y voluntario del Ejército de la Francia Libre, llegó al Hotel de Ville el 24 de agosto de 1944, tras ocho años de lucha contra el fascismo.

Granell no entró solo, le seguían sus hombres de La Nueve, la legendaria 9ª compañía del III Batallón de Marcha del Tchad, de la 2ª División Blindada (2ªDB), conocida como División Leclerc. Aunque había republicanos españoles en todo el ejército de la Francia Libre, La Nueve era conocida por su nombre en español, idioma oficial de la compañía. Dirigida por el Capitán Dronne y el Teniente Amado Granell, estaba compuesta por 160 soldados, de los que 146 eran españoles, ex combatientes del ejército republicano español. Habían empezado su lucha contra el fascismo de Hitler, Mussolini, Franco y Salazar en 1936, cuando la mayoría de ellos no contaba ni 20 años.

Con el Pacto de Múnich, Europa abandonaba a la República española, pero los republicanos españoles no abandonaron nunca ni sus ideales ni a Europa. Pagaban así una deuda de honor contraída con los Brigadistas Internacionales.

Granell y Dronne siguieron recorridos distintos y Granell llegó al ayuntamiento a las 21:20 horas después de cruzar el Sena. Hitler había dado la orden de destruir la ciudad y las Fuerzas del Interior (FFI) no aguantaban más. No había tiempo para comprobar si el puente estaba o no minado, Granell lo verificó sobre la marcha. Cruzando solo, al volante de su vehículo en un ejemplo de las muchas acciones casi suicidas que realizaban estos míticos soldados. Estaban hechos de otra pasta, héroes forzados por las circunstancias, con un fuerte sentido de justicia y solidaridad. Granell es el primer oficial del ejército francés que llega al ayuntamiento y es recibido por el Consejo Nacional de Resistencia que ocupa el palacio. En ese momento le toman la foto junto a G. Bidault.

Los half-tracks, vehículos blindados semiorugas de La Nueve, toman posiciones en la plaza del ayuntamiento y esperan acontecimientos. Llevan en el frente nombres como Gernika, Madrid, Don Quijote, Guadalajara, Teruel o España cañí. El Capitán Dronne llega más tarde con los tres tanques de la 501ª llamados Montmirail, Champaubert y Romilly, que curiosamente sí han pasado a la historia.

Suenan las campanas de Notre Damme y le siguen las de todo París. La radio entrevista a esos hombres y al exilio español ya no le cabe duda de que Madrid será la siguiente.

La Nueve era la compañía de choque de la 2ªDB de Leclerc. Siempre los primeros, siempre adelante, sin retroceder jamás. Desde Normandía hasta Berchtesgaden, el nido de las águilas de Hitler. De los 146 iniciales sólo llegaron 16. El General Leclerc conocía muy bien a estos hombres, por eso les confió París. Eran antimilitaristas e incluso pacifistas, pero estupendos soldados. Su iniciativa e independencia a la hora de hacer la guerra encajaba perfectamente con el espíritu indómito de Leclerc. Como él, no aceptaban órdenes estúpidas, necesitaban entender el objetivo y la razón de las mismas. Y sólo respetaban a los mandos que daban ejemplo en el combate y a los franceses libres de primera hora.

Los republicanos españoles salieron de España perseguidos por el ejército de Franco en el 39. Fueron internados como indeseables en los vergonzosos campos de concentración franceses. Al trasladarse la guerra a Europa, se ofrecieron como voluntarios para luchar bajo bandera española, pero sólo se les dio la opción de la Legión o la vuelta a España a una muerte segura. Algunos llevaban con Leclerc desde el principio, habían asistido al juramento de Koufra y participado en la epopeya del desierto desde el Tchad hasta la Cirenaica. Otros habían luchado desde Noruega a Bir Hakeim con la Legión. Muchos se unieron en cuanto pudieron desertar del ejército al servicio de Vichy tras el armisticio. No faltaban los que iban escapando de los campos de concentración franceses en el norte de África. Verdaderos centros de exterminio cuyos mandos fueron juzgados y algunos fusilados.

En la liberación de París, La Nueve participó en diversos combates y lo hizo junto a los cuatro mil compañeros españoles del exilio que estaban en la Resistencia y la guerrilla de la ciudad. La Nueve ocupa la posición de honor durante el desfile de la Liberación. El día 26, los half-tracks con nombres españoles y banderas de la República española escoltan a De Gaulle y al Consejo de las Fuerzas del Interior y reciben la aclamación y el cariño del pueblo francés. Los españoles ven más cerca el día en que los aliados les ayuden a entrar y liberar Madrid. Pero los aliados tienen otros planes y mantienen a Franco.

Amado Granell sobrevivió a la guerra, recibió la Legión de Honor de manos de Leclerc y pasó el resto de su vida entregado a la causa de liberar pacíficamente a España del fascismo. No lo consiguió.

El 25 de agosto, 70 aniversario de la liberación de París, el presidente Hollande, que dice que "para que todo cambie no hay que borrar nada", tiene la ocasión histórica de honrar la memoria de los luchadores por la libertad que parecen haber sido "borrados" de la historia de Francia. La Europa que ayudaron a liberar tiene una deuda de honor con los republicanos españoles.

El fin de semana del 24 de agosto, París tiene que ser una fiesta. Sin subvenciones ni ayudas se ha creado una asociación que ha organizado charlas, coloquios, teatro y una manifestación festiva por el recorrido de La Nueve.

Estamos todos invitados.

Más información sobre actos en París en www.24-aout-1944.org