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1796. María Moliner y las bibliotecas de Misiones Pedagógicas en Valencia

María Moliner
(Paniza, Zaragoza, 30 de marzo de 1900 - Madrid, 22 de enero de 1981)


En febrero de 1935 el Patronato de Misiones Pedagógicas nombra a María Moliner responsable del Servicio de Bibliotecas de Misiones Pedagógicas en Valencia. Transcribimos un extracto de la Memoria que elaboró sobre su trabajo, que se centró en conseguir el objetivo de que las pequeñas bibliotecas rurales creadas por las Misiones Pedagógicas, estuvieran vinculadas a una biblioteca central encargada de coordinador todos los servicios. 


Memoria de la labor realizada en el año 1935-1936 Biblioteca-Escuela y red de bibliotecas rurales de Valencia.

Fines

Al crear en Valencia la Biblioteca-Escuela pretendíamos ensayar una organización, que después podría ser extendida a otras regiones, en virtud de la cual las pequeñas bibliotecas rurales sembradas por el Patronato de Misiones quedasen relacionadas con una biblioteca central desde la que se les comunicaría un impulso sostenido. En efecto: desde esta biblioteca central se les enviarían lotes renovables de libros, se realizaría una inspección regular y se sostendría con las bibliotecas filiales aquella correspondencia que habría de contribuir a mantener en tensión su rendimiento. Por otro lado, la biblioteca central sería también un lugar de prácticas (y de aquí el nombre de Biblioteca-Escuela con que se bautizó) para que las personas que hubieran de tener a su cargo las bibliotecas rurales (maestros, principalmente) pudieran adquirir rudimentos de biblioteconomía y, sobre todo, aprender sobre el terreno la manera de elevar al máximo la eficacia de una biblioteca en sus relaciones con el público, tanto de adultos como de niños. Para ello, naturalmente, la Biblioteca-Escuela había de funcionar como una biblioteca popular semejante a cualquiera de las que en los pueblos habían de tener en sus manos los bibliotecarios.


Labor realizada

Por los fines expuestos se deduce que en el funcionamiento de la organización ensayada pueden distinguirse tres aspectos: biblioteca popular en Valencia; central y red de bibliotecas rurales, y escuela de bibliotecarios.

Biblioteca popular

Desde el momento de su apertura la biblioteca tuvo un número de lectores insospechable, dado lo pobre de sus elementos (sus fondos están formados exclusivamente por las 400 obras, poco más o menos, que forman hasta el momento el catálogo de las aprobadas por el Patronato de Misiones). Esta afluencia de público se sostuvo a lo largo del curso, y, sobre todo en los días de préstamo (un día a la semana), la biblioteca ofrecia un aspecto animadísimo, de obra viva. Hemos llegado a registrar un préstamo de 130 o 140 obras, y en los meses de verano, ya pesar de los sucesos, el préstamo no ha bajado de 60 obras.

Biblioteca central y red de bibliotecas

Es en este aspecto en el que se ha llevado a cabo una labor más intensa. Como base para dar comienzo al envío de lotes renovables de libros, se comenzó la inspección de las bibliotecas de Misiones, ya existentes. Una a una se fueron visitando las más próximas a Valencia. Y cuando ya fue preciso alejarse más de la capital, se organizaron itinerarios comprendiendo en cada uno cuatro o cinco pueblos, y se dio comienzo a un nuevo sistema de visitas: con material de Misiones y algún muchacho que se prestaba desinteresadamente a prestar este servicio, salíamos para los pueblos, habiendo anunciado previamente nuestra visita, y dábamos en cada uno una sesión con cine y música del repertorio de Misiones, entremezclando algunas palabras sobre el objeto primordial de nuestra visita relacionado con la biblioteca y con el nuevo sistema que íbamos a dejar implantado en ella, por virtud del cual pasarían a disponer de hecho de una biblioteca de 400 obras bien seleccionadas.

En las últimas visitas, en vez de limitamos a dejar el catálogo para que ellos hicieran después el pedido del primer lote, llevábamos ya éste con nosotros, e incluso hacíamos alguna lectura de alguno de los libros que lo componían. En estas visitas nombrábamos también colaboradores de la biblioteca entre la gente del pueblo, para que ayudaran y a la vez sirvieran de acicate, al bibliotecario oficial.

En algunos casos, las circunstancias aconsejaron sacar la biblioteca de la escuela en donde estaba depositada e instalarla en otro sitio. Extremando la cosa, esta medida hubiera sido de aconsejar en la mayoría de os casos, pues, en general, la impresión es que ni la escuela es el lugar adecuado para la biblioteca rural, ni el maestro el bibliotecario celoso y eficaz que sería de desear. Si no hemos llevado a rajatabla esta medida ha sido, por un lado, por la esperanza (que se habría de confirmar o descartar en la segunda visita) de que, con el nombramiento de colaboradores, quedasen salvados esos inconvenientes y, por otro, por temor de que tal procedimiento provocase en los inspectores un disgusto que trascendiese a las relaciones de colaboración que parece deben existir entre la obra de Misiones y los organismos de primera enseñanza.

En el pasado curso se llevo a cabo la visita de (en blanco en el original) pueblos.

Escuela de bibliotecarios rurales

Puede decirse que este aspecto de nuestra organización no tuvo apenas desarrollo en el pasado curso. Conseguimos en el edificio donde gratuitamente nos habían cedido local para la instalación de la biblioteca, la cesión de otro salón por un módico alquiler, y quedó hecha la instalación para que pueda ser un sitio de reunión de los alumnos de magisterio u otros muchachos a quien pueda interesar, y donde puedan organizarse lecturas, conferencias y otros trabajos relacionados con la biblioteca, de ejecutar trabajos de clasificación, catalogación, etcétera. El desenvolvimiento formal de esta labor quedó para el curso que ha de comenzar.


María Moliner
22 de septiembre de 1936
AGA - Sección de Cultura, Caja nº 20053: Ministerio de Instrucción Pública. Patronato de Misiones Pedagógicas. Biblioteca-Escuela y red de bibliotecas rurales de Valencia









1378. Alejandro Casona

Fotografía de José Suárez


«Un hombre vale por lo que construye»
Alejandro Casona


María Torres / 23 marzo 2015

Alejandro Rodríguez Álvarez, "el solitario" conocido como Alejandro Casona, fue un excelente dramaturgo y poeta de la Generación del 27. Maestro, hijo de maestros, nieto de un herrero, nació en Besullos, una pequeña aldea asturiana, perdida entre montañas, el 23 de marzo de 1906. Pasó muchas horas en una vieja casa solariega, la más grande de la aldea, llamada "La casona de los siete balcones", donde daba clases su padre. De ella adoptó el seudónimo por el que fue conocido.

El único juguete que tuvo en su infancia fue un castaño (la castañarona), al que su imaginación convertía en castillo, bosque o barco, e impregnaba de aventuras solo imaginables en la mente de un niño.

El trabajo de sus padres como maestros, con destinos separados, hizo que la infancia y juventud de Alejandro discurriera en distintos lugares, una veces con el padre, otras con la madre. Gijón, Palaencia, Murcia y León, formaron parte del periplo de ciudades que recorrió Casona.

La primera vez que presenció una obra de teatro no pudo dormir y le pareció lo mejor que había visto en su vida. La savia del Teatro ya había impregnado sus venas. Aún así, se formó como maestro, estudió Filosofía y Letras, música y declamación. En una ocasión se fugó de casa para hacer sus pinitos como actor en una compañía de San Pedro del Pinatar. Quería ser cómico y aunque la experiencia no resultó tan gratificante como esperaba,  la afición de actor le quedó para siempre.

En 1926 publica su primer libro de poesías, escribe su primer relato dramático y obtiene el título de Inspector de Primera Enseñanza. Dos años después es enviado a Lés, un pueblecito del Valle de Arán, donde crea con los alumnos el teatro infantil “El Pájaro Pinto”, realizado en dialecto aranés. En los tres años que permanece en el Valle, instala comedores, roperos y bibliotecas escolares y eleva el nivel cultural de la comarca. En la escuela de Lés aún se puede ver una placa conmemorativa con el texto: «En esta Escuela nacional de Lés ejerció su magisterio en calidad de inspector el poeta Alejandro Casona por los años 1928-1930 y desde aquí desarrolló una intensa y fructífera labor cultural por toda la tierra del Valle de Arán que él amó entrañablemente de la que recibió decisiva influencia su obra literaria».

En 1931 y por oposición obtiene una plaza en la Inspección Provincial de Madrid, donde se traslada. A esas alturas de su vida ya había escrito varias obras de teatro que a nadie le parecen suficientemente buenas para estrenar. En 1932 publica una serie de leyendas clásicas y medievales "Flor de leyendas", que le valieron el Premio Nacional de Literatura. En 1934 obtiene el premio Lope de Vega por "La Sirena varada". Su cuantía en metálico ascendía a diez mil pesetas de la época y el galardón llevaba implícito el estreno obligatorio de la obra en el Teatro Español.

Pero fue Manuel Barolomé Cossio, presidente del Patronato de las Misiones Pedagógicas, quien le encargó una de las mejores tareas de su vida: la dirección del Teatro ambulante o Teatro del pueblo formado por cincuenta jóvenes estudiantes universitarios de ambos sexos. «¿Tú no dices que te sacudió el teatro la primera vez que lo viste? -le preguntó Cossio- ¿No me contaste que aquella anoche en que viste la primera representación teatral no pudiste dormir?. A los campesinos debe producirles algo igual. Hay que hacerlo.» 

Y lo hizo. Pasó cinco años recorriendo más de quinientos pueblos y aldeas, desde Sanabria a La Mancha y desde Aragón a Extremadura, creando a su paso bibliotecas, distribuyendo fonógrafos y discos de música clásica y popular.

Decía Casona: «Si alguna obra bella puedo enorgullecerme de haber hecho en mi vida, fue aquella; si algo serio he aprendido sobre pueblo y teatro, fue allí donde lo aprendí. Trescientas actuaciones al frente de un cuadro estudiantil y ante públicos de sabiduría, emoción y lenguaje primitivos son una tentadora experiencia»

«Yo he llevado el Teatro del Pueblo, formando parte de las Misio­nes Pedagógicas, por más de 500 pueblos de España. Recuerdo cuando llegamos a Sanabria. Íbamos médicos, ingenieros, peritos agrícolas... Pintamos y decoramos la escuela. Aún recuerdo que pedimos trigo del Canadá y que los resultados fueron magníficos. Mi trabajo funda­mental era dirigir una compañía de teatro. Creo que las representaciones deslumbraban a las gentes más que todo el resto.»

En otoño de 1934, el Teatro llega a San Martín de Castañeda, un pequeño pueblo zamorano de apenas trescientos habitantes repletos de miseria y desesperanza: «Y una cincuentena de estudiantes, sanos y alegres, que llegan con su carga de romances, cantares y comedias. Generosa carga, es cierto, pero ¡qué pobre allí! El choque inesperado con aquella realidad brutal nos sobrecogió dolorosamente a todos. Necesitaban pan, necesitaban medicinas, necesitaban los apoyos primarios de una vida insostenible con sus propias fuerzas... y sólo canciones y poemas llevábamos en el zurrón misional aquel día»

«Que oigan en Madrid cómo vivimos; que sepa el Gobierno...» 
Casona entiende que antes que teatro lo que necesitan es ayuda: «...darles, junto a las normas higiénicas, la posibilidad de cumplir­las; llevarles abonos y semillas y enseñarles prácticamente las mejoras posibles de sus cultivos tradicionales; dotar a esas escuelas de material útil; fundar comedores y roperos; trabajar por estos niños, por estos campesinos, con la inteligencia y con las manos en comunión de ideales e intereses... Obra educativa siempre cen­trada en la escuela, con su carga de futuro sembrada en la infancia.»

Años después Casona escribía que «algunos espíritus derrotistas pre­guntaban maliciosamente: ¿No estarán ustedes cometiendo un pecado de ingenuidad? Goya, Velázquez, Lope, ¿no son alimentos demasiado exquisitos para un pueblo sin libros?»  Y recordaba cuando en la primavera de 1936, el dramaturgo Henri-René Lenormand le acompañó a una actuación del Teatro de las Misiones Pedagógicas a Zarzalejo de la Sierra: «Lenormand, cuya alma de niño curioso contrasta inesperada­mente con la hosca amargura de su teatro, contemplaba asombrado el espectáculo de un pueblo campesino que subrayaba con su alegría inteligente y su aplauso oportuno los pasajes más felices de una farsa de Moliere, de un entremés de Cervantes y una jácara de Calderón: "Este público –me decía– es lo mejor del espec­táculo. Los estudiantes franceses, los Théofiliens de la Sorbona, también han tratado de resucitar el viejo teatro, pero con un sen­tido puramente áulico y de erudición, de espaldas al pueblo. Aquello es el arte por el arte; ustedes, en cambio, han emprendido el verdadero camino: el arte al servicio de la vida pública. He ahí la gran consigna".»

Ese entusiasta pueblo de Zarzalejo contemplaría pocos meses después el fusilamiento de obreros y campesinos en la misma plaza donde habían aplaudido los entremeses de Cervantes.

Las última representación del Teatro del Pueblo dirigido por Alejandro Casona tuvo lugar en julio de 1936, ya iniciada la Guerra, en el Hospital de sangre Giner de los Ríos de Madrid.

Hasta entonces,  Casona, abanderado de la República, vive un periodo de éxito y reconocimiento. Se convierte en uno de los autores más aplaudidos, pero la Guerra acaba con sus expectativas de futuro. Alguien dijo que si no se hubiera marchado de España hubiera acabado fusilado como Lorca, ya que no le hubieran perdonado la autoría de "Nuestra Natacha", una de las obras más progresistas de la época, estrenada en 1935. 

El 17 de febrero de 1937 abandona España. Antes fue testigo del traslado de los cuadros del Museo del Prado y del daño que les produjo los bombardeos: «Yo hubiera preferido verlos para siempre con sus cicatrices de guerra, compartiendo su suerte de pueblo. Porque también ellos, como el pueblo de España, sufrieron en su carne eterna el terror, la persecución y el destierro. Y junto a los heridos de los hospitales eran un buen símbolo fraternal esos dos heridos ilustres del Museo».

Refugiado en Francia, como director artístico de la compañía de Josefina Díaz y Manuel Collado, con quienes emprendería una gran gira por América del Sur, espera el encuentro con su mujer y su hija, quienes son rescatadas por la Cruz Roja Internacional. Una vez juntos, embarcan en el buque Cherburgo con destino a México.

El 13 de octubre de 1937 el Gobierno de la República le nombra vocal del Consejo Central de Teatro, organismo creado en agosto de ese mismo año y dirigido por Josep Renau. Unos meses después le encomienda la misión de propaganda cultural en América del Sur.

Desde tierras americanas Casona no es ajeno a la tragedia que se cierne sobre España: «Ahora estamos viviendo en su máxima intensidad la tragedia ini­ciada en tierra española, que pronto había de incendiar a toda Europa. Los jóvenes maestros de la República han pagado en carne y sangre el delito de educar a la nueva infancia para una ciu­dadanía de libertad y de cultura: unos han caído ante el pelotón, otros aguardan el nuevo amanecer en la desolada fatiga de los campos de concentración o en el hospitalario destierro de Amé­rica. Y los programas escolares de España han vuelto a reducirse a la estúpida estrechez de las «cuatro reglas», los silabarios y el cate­cismo cantados a coro, y la historia nacional «a partir del glorioso Movimiento». Pero la semilla no se ha perdido; el pueblo la conserva allá, bajo el frío silencio de su esclavitud, como la sembradura de trigo bajo la nieve. Conoce ya el fecundo valor social de la escuela, cuya ausencia actual es una de sus muchas hambres. Sabe que esta lucha universal, comenzada en las bardas de su aldea, además de sus postulados de libertad y de justicia, entraña un duelo a muerte entre las fuerzas de la barbarie y de la inteligencia. Y espera que un mañana próximo, sus maestros han de regresar, sus bellas escuelas volverán a abrirse tras las sangrientas vacaciones; y sobre el horizonte del trabajo y la paz, volverá a florecer la eterna prima­vera de la cultura.»

Desde México escribe a Luis Amado Blanco: «De España no sé que decirte; tengo fe en el triunfo final sí, a pesar de esta bárbara actitud alemana, que indica cómo el fascismo está dispuesto a todo. De todos modos, nuestra amable vida de allá ha terminado; me imagino un futuro Madrid de vida dura, áspera; un Madrid de volver a empezar. Y nosotros, jóvenes para nuestra vida de entonces somos ya viejos para eso. Nos han destrozado irremediablemente. Pero otra vida; la nuestra, ya pasó. ¡Y qué bonita era!, ¿te acuerdas? Para el futuro, teatro de combate, cine de combate, organización en masa, disciplina. Para los hijos, todo el horizonte; para nosotros, recordar un poco ¡ya! Y esfuerzo de adaptación. Sólo el consuelo de pensar que lo otro sería tan cien veces peor que ni podríamos respirarlo. Desde que empezó esto dedico media hora diaria a cagarme en Dios, y no me basta. ¿Con cuántas vidas podría pagarnos Franco lo que nos ha hecho? El resto de las horas se lo dedico a él».

Con la compañía de Josefina Díaz y Manuel Collado realiza una gira de dos años por México, Puerto Rico, Columbia, Venezuela y Perú. En julio de 1939 se establece en Buenos Aires, ciudad que durante la década de los cuarenta se convierte en la capital del teatro republicano español. Sigue escribiendo teatro, a la vez que realiza colaboraciones periodísticas, traducciones, adaptaciones, guiones, charlas radiofónicas y conferencias. Sus obras son representadas en varios continentes y cosecha un gran éxito internacional. Es el dramaturgo más representado del exilio español. "Los árboles mueren de pié", estrenada en 1949, permaneció en cartel hasta 1952.

Añora España y sus raíces, pero sus convicciones republicanas siguen inalterables. Se opone a las representaciones de sus obras en España, donde es prácticamente un autor desconocido, silenciado por el Régimen.

En 1956 pasa unas pocas horas en Barcelona para visitar a su padre. Seis años después recibe una invitación de José Tamayo para el reestreno de "La dama del alba" el 22 de abril en el Teatro Bellas Artes. Acepta la invitación y regresa a España temporalmente. Cuentan que el día del estreno en uno de los palcos se encontraba Carmen Polo, la esposa del dictador.

Su regreso definitivo se produce en 1963, tras veinticinco años de exilio. En octubre de 1964 estrena su última obra titulada “El caballero de las espuelas de oro”, sobre la figura de Quevedo. Su regreso produjo efectos contradictorios, el público lo recibió con entusiasmo y una parte de la crítica le trató con dureza.

Era una víctima del exilio que continuaba haciendo lo que mejor sabía hacer y como siempre lo había hecho: «En cuanto a la gente, me he tropezado, como es natural, con el enemigo resuelto -unas veces de frente, y otras embozado- dispuesto a la última calumnia y a la última vileza; pero de verdad mucho menos de los que esperaba. En general hay un ánimo dispuesto al diálogo, una actitud respetuosa y unas ganas evidentes de no hablar de aquello. Finalmente el público, aquí como en todas partes, cuando va al teatro va sólo a ver teatro, sin importarle la filiación del autor».

No se separó, por imperativo moral, ni un milímetro del lugar que siempre ocupó al lado de los ideales, los sueños, y la libertad.

«Yo vivo en el teatro. Cuando llegué de América me encontré con un problema. No podía hablar de una sociedad que apenas conocía la dramática de las contingencias. Hube de apoyarme en lo que es permanente y universal en el hombre. Por otra parte, yo estaba en casa ajena y no podía denunciar, instruir. Tenía que escribir el teatro de amor, del odio, de la venganza. Por eso me pueden acusar, con razón, de estar desligado del dato contingente, pero no del hombre».

Vuelve a emocionarse con los aplausos, regresa a las montañas asturianas, a Besullos y a la "Casona de los siete balcones".  Saborea los olores y aromas de su tierra y confiesa: «Hay una premonición de la muerte que es la voz de la sangre y llama hacia el rincón natal».

Tras varias intervenciones coronarias, fallece el 17 de septiembre de 1965. «Ha muerto uno de nuestros dramaturgos y poetas más notables en su regreso conmovedor a la tierra natal», decían los titulares de prensa.








1270. María Moliner en el recuerdo

"El problema de la lectura en los medios rurales ha merecido en España una atención preferente por parte de los gobiernos de la República". 


Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España.

(...) En cuanto a nuestros proyectos, aparte los mencionados de las bibliotecas de Cataluña, he de hablar del de organización de una red de bibliotecas en la región de Valencia a base de las bibliotecas de Misiones ya existentes (unas 115) y las que se instalen en lo sucesivo. 

Justamente el tono humano que impregna toda la obra de Misiones y la influencia del factor personal que caracteriza sus actuaciones se acordarían perfectamente con un sistema en que las bibliotecas constituyesen estaciones de un servicio ramificado coordinado con una inspección en tal forma que paralelamente a la transmisión de libros se hiciese llegar, por contacto personal hasta los encargados de administrarlos en los más pequeños y apartados lugares, el espíritu de Misiones. En un sistema tal de biblioteca distributiva, las ventajas de orden administrativo derivadas de la centralización y unificación de los servicios son las que primero saltan a la vista; pero tal vez no sean tan importantes en el fondo como las que, en el orden espiritual, produce la vigilancia permanente y personal (no sólo por correspondencia)  que ejerce el bibliotecario de la central sobre los de las sucursales, de modo que la vida en éstas se halla continuamente agitada y su rendimiento mantenido en tensión por su forzada comunicación con la biblioteca central.

Un ensayo de tal organización va a llevarse a cabo en la región de Valencia. Reformas que ha sido preciso realizar en el local elegido para biblioteca central han impedido que esta organización esté en pleno funcionamiento en la época del Congreso; por lo cual no podemos dar cuenta de experiencia alguna, sino sólo adelantar a grandes rasgos lo que ha de ser. Quedará establecida en la ciudad de Valencia una biblioteca que tendrá el carácter de Escuela de bibliotecarios rurales, con biblioteca infantil y una sección especial de obras de Pedagogía; esta biblioteca funcionará, a la vez, como Biblioteca Central con respecto a las otras de Misiones existentes en la región. Debe notarse que, casi sin excepción, los encargados de las bibliotecas de Misiones en los pueblos son los maestros. No se ha apreciado hasta ahora que los cambios de maestros influyan siempre en la marcha de la biblioteca. Pero algún caso observado da fundamento a la presunción, ya de por sí muy lógica, de que, al ausentarse del pueblo, por un traslado, el maestro que recibió la biblioteca y que quedó impresionado por el espíritu de la misión que acompañó a la entrega, sobrevenga en la mayoría de los casos un descenso en el interés por ella, ya que, en términos generales, es difícil que el ocupante de un cargo cualquiera pueda transmitir como herencia al que le sucede en él sus propios entusiasmos e ilusiones.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los maestros se ocupan de la Biblioteca de Misiones sin retribución alguna. Es un servicio que han de prestar voluntariamente y que de ninguna manera se les puede exigir como tarea obligada, añadiéndola a las, en ocasiones, excesivamente prolongadas, de su magisterio. Hay, por tanto, que procurar que, por la preparación del maestro y por su disposición de ánimo, la atención de la biblioteca le resulte no sólo una tarea fácil, sino, además, una ocasión de goce espiritual por el provecho que para él mismo resulta de tener a su disposición lecturas variadas y por la satisfacción que le produzca la obra realizada.

Por todo esto la Biblioteca Escuela de Valencia, en combinación con la Escuela Normal de Maestros, constituirá un campo de prácticas para los alumnos de la Normal, más aun que para enseñarles la técnica bibliotecaria, aunque desde luego la aprenderán, para que adquieran el gusto de tratar con libros y con lectores. A este fin ayudará poderosamente el que en cada viaje de inspección acompañen a la bibliotecaria inspectora uno o varios alumnos, que tendrán, así, ocasión de apreciar lo que una biblioteca significa y puede rendir en un medio campesino. Concebidas así, las visitas de inspección serán verdaderas misiones del tipo de las que constituyen la obra propia del Patronato, pero con fines circunscritos al uso y aprovechamiento de las bibliotecas. Y, ciertamente, tal carácter encaja perfectamente en lo que en cualquier caso debe ser una visita de inspección, pues es indudable que el bibliotecario inspector de bibliotecas rurales tiene algo de misionero dispuesto a ir de pueblo en pueblo haciendo comulgar en su fe a sus corresponsales bibliotecarios.

Dado el espíritu que, en general, puede apreciarse hoy entre nuestros jóvenes estudiantes de maestro, llenos de ansia por la elevación de su misión y preocupados por realizar una obra social en los pueblos miserables en donde probablemente han de comenzar su función, el terreno está muy bien preparado. Por lo menos, este convencimiento he adquirido en mis cambios de impresiones con la gente joven con quien he tenido ocasión de hablar, encontrándoles magníficamente dispuestos para comenzar la obra. He recibido ya ofrecimientos diversos para contribuir, según las aptitudes de cada cual, a los trabajos ordinarios y extraordinarios de la biblioteca, y, entre ellos, el de un joven maestro, a la vez artista, para decorar el local.

Con estos precedentes comenzaremos nuestra labor, con tanta modestia como las circunstancias impongan, tan pronto como tengamos nuestro local dispuesto.


María Moliner
II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía
Madrid, 21 de mayo de 1935


Nuestro recuerdo a María Moliner en el aniversario de su muerte, el 22 de enero de 1981.









1134. El extremoso deber del artista

Ramón Gaya en el Museo ambulante de las Misiones Pedagógicas


El 15 de octubre de 2005 fallecía Ramón Gaya, pintor y escritor. Colaboró con las Misiones Pedagógicas de la II República española, realizando copias de cuadros del Museo del Prado para el Museo del Pueblo, y viajó con este proyecto por los pueblos de España. Participó en la fundación de Hora de España y en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Dos de sus cuadros: Espanto. Bombardeo de Almería y y Palabras a los muertos. Retrato de Juan Gil-Albert, fueron expuestos en el Pabellón de la República Española de la Exposición de París de 1937.

En los últimos días de la Guerra, perdió a su mujer en el bombardeo de Figueras y cruzó los Pirineos con el Ejército republicano. Tras pasar por el campo de concentración de Saint-Cyprien, en junio de 1939 embarcó en el Sinaia camino de México, donde permaneció exiliado hasta 1952 que regresó a Europa.


*



    Al joven compositor Salvador Moreno 

Creo, además, que no venimos a la vida a ser felices, sino a cumplir con nuestro deber, 
y podemos considerarnos dichosos si logramos hallar cuál es ese deber.
NIETZSCHE (De una carta a su amigo el Barón de Gersdorff)


En efecto, venimos tan sólo a cumplir con nuestro deber. Y esto es verdad, más que para nadie, para el artista, ya que nació cargado de compromisos. Lo más terrible entonces no es, como pudimos pensar un día, perder esa felicidad a la que por lo visto nadie tiene derecho, sino perder nuestro deber, es decir, perder nuestra vida y, sin embargo, seguir viviendo. No haber encontrado nuestro deber es diferente, porque eso puede sernos angustioso, tremendamente angustioso, pero nada más, de ahí que despreciemos al adolescente que se mata y admiremos en cambio el suicidio de Séneca. Y es que suicidarse por no saber descubrir en sí mismo sus deberes, o mejor, su deber total, es en efecto, como suelen decir las gentes un poco de memoria y por repetición, una cobardía. Pero morir voluntariamente, coincidiendo con que su deber ha quedado cumplido, y tan bien cumplido como en el caso de Séneca, no puede ser cobarde, sino algo mucho más fuerte que la valentía, es tener un maravilloso sentido de la perfección. Suicidarse, pues, sin haber adquirido ese derecho puede significar, sobre todo, y las más veces, vanidad, petulancia. Sólo tendrán nuestro respeto quienes acaban, cierran, terminan plenamente de vivir, y nuestro desdén aquellos que lo cortan, haciendo así con su muerte una estafa a los demás, al mundo todo.

No, no venimos a ser felices. Y cuando una política o una amante hablen de ofrecernos la felicidad, desconfiemos mucho de una y otra porque son, de seguro, falsas, ya que una política, la mejor, la más certera, la más inteligente y honrada que se idease podría ofrecernos, cuando más, justicia; y una amante, la mejor y más enamorada podría ofrecernos, a lo sumo, pasión, pero ni la justicia ni la pasión nos darían felicidad alguna. Desconfiemos también, por otra parte, de esas gentes que no se comprometen con nada, que no se ligan a nada y declaran que lo que ellos quieren es vivir. ¿Vivir qué? Porque si no vivimos nuestros deberes no viviremos nada, o por lo menos nada verdadero. Por eso ese mismo loco, es decir, ese hombre desnudo, ese hombre descarnado que escribe a un amigo las palabras que encabezan estas líneas, escribe además estas otras: “trabajo en la construcción del puente que ha de unir el deseo interior con el deber exterior”. El artista, que a tantas y tantas desventajas está condenado, tiene una gran ventaja, por lo menos, sobre la mayoría de los demás mortales, y es que su deber exterior no es nunca más que su deseo interior, o sea, coincide lo que debe con lo que quiere, y no puede, por lo tanto, sentirse enteramente desgraciado, o vacío, aun cuando le agobien graves y terribles sufrimientos -porque, eso sí, no venimos tampoco a ser desdichados-, sino que siempre lo envolverá un consuelo, un deber consolador, un deber que no lo ata, un deber que lo libera. 

Vemos, por lo tanto, que no venimos a la vida para aprovecharnos de ella, sino a entregarle cuanto somos. Y no ya nuestros valores, sino incluso las pasiones y los sentimientos parece que nos han sido prestados, que nos han sido entregados, más que para dicha y desdicha nuestra, para que la vida misma, para que la vida del mundo se adorne, se emperifolle, se engalane de pasiones y sentimientos. Nada, pues, salvo el deber, nos pertenece de veras. Cuando nos asalte la soledad, el desengaño, el dolor, aferrémonos a ese deber, a ese deber que nada ni nadie puede quitarnos, amparémonos en eso que es nuestro y muy nuestro. No, que no se diga luego triste y pobremente que cumplimos con nuestro deber; no, no sólo debemos cumplir con nuestro deber, sino esgrimirlo.

Y aunque todo esto pueda aplicarse a todos, quede dicho aquí, más que para nadie, para el artista. El artista -este es un punto al cual quería llegar cuanto antes- no es un algo aparte del hombre, sino más bien una extremosidad del hombre, una especie de exageración suya. Nada de todo lo humano se le oculta al artista, mientras que al hombre, al hombre general, no le alcanzan muchos de los problemas, muchos de los... climas que vive el artista, lo cual no significa que el artista sea superior al hombre, sino tan sólo que es como más extenso, como más llevado al colmo del hombre mismo, y de ahí que suela tenérsele por más loco que a los demás, cuando eso que hay de raro y de distinto en él no es propiamente locura, sino, como dije, simple extremosidad.

Y por eso, por extremoso, es por lo que están tan extremados en el artista los deberes con que naciera. Todo tendrá que sacrificárselo, él más que nadie, a su deber. ¿Todo, hasta sus propios sufrimientos, hasta su más desgarradora pena de hombre? Sí, hasta eso. ¿No se le permitirá, pues, que viva su dolor a solas, que viva su dolor para sí? No, es decir, no aunque cuando un artista crea está solo en realidad. Todo, todo tendrá que entregárselo a su deber. Y tanto, tanto deber es el suyo, tan exigente y tiránico es este deber, que la entrega de estos íntimos sentimientos no podrá nunca estar hecha así, de cualquier manera, espontáneamente, quiero decir demasiado teñida de esos íntimos sentimientos mismos, sino con... mucha frialdad. Sí, así es de penoso el deber del artista; ni siquiera le está permitido sufrir sus sufrimientos. Ha de cuidar mucho que sus pasiones de hombre no le quemen los dedos, las manos que ha de reservar y conservar para su obra. Y cuanto más intenso, cuanto más inmenso sea el dolor -o la dicha, que en arte, dolor y dicha valen igual-, más vigilante ha de volverse, y si se trata de un poeta es entonces cuando más preocupado ha de estar por su endecasílabo, por su rima, por su lenguaje, por sus leyes poéticas, por su artificio todo. 

No, no venimos a ser felices ni desdichados, sino a cumplir con nuestro deber. Hallar cuál es el deber que se nos asignó, y cumplirlo o esforzarse en cumplirlo, esa puede ser nuestra felicidad, o dicho de otro modo, nuestra tranquilidad. Claro que un artista puede recibir en su vida golpes que lo hagan zozobrar en la vida; nada podrá salvarle entonces si no es, acaso, su deber. Ese deber que, por lo visto, es mayor que la vida misma.

Recuerdo ahora dos versos de Luis Cernuda, con los que quiero terminar: 

Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía.  


Ramón Gaya
México,  1940 










1098. Las Misiones Pedagógicas: Un viaje en imágenes

Fue en el año 1881 cuando Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío solicitaron al ministro de Fomento del Gobierno de Sagasta, la creación de misiones ambulantes. En 1899, Joaquín Costa propuso enviar grupos de dos o tres personas por región, «a modo de misioneros», para que reuniesen a los maestros rurales y les explicaran de forma práctica «qué es lo que en las condiciones actuales podrían hacer con objeto de mejorar la enseñanza». En 1912, Rafael Altamira, Director General de Enseñanza Primaria, inició las primeras experiencias para llenar el vacío intelectual y social con que frecuentemente trabajaban los maestros en las aldeas y las denominó «misiones pedagógicas».  Diez años más tarde, Cossío volvió a insistir ante el Consejo de Instrucción Pública sobre la necesidad de establecer estas «misiones ambulantes», y su iniciativa dio fruto en las misiones a Las Hurdes en 1930. Cuando se proclamó la República, el 14 de abril de 1931, estaba en marcha una comisión que estudiaba la posibilidad de extender la experiencia a otras regiones de España, y el Gobierno provisional de la República retomó la aspiración de Giner y Cossío y se pusieron en marcha "Las Misiones Pedagógicas".


«El maestro, que es hoy la palanca más fuerte para el desarrollo de la civilización, es también el camino más fácil y seguro para llevar la ciudad a los campos. Yo, señores, confieso que tengo una fe inquebrantable en el maestro. Dadme un buen maestro y él improvisará el local de la escuela si faltase, éñ inventará el material de enseñanza, él hará que la asistencia sea perfecta.» (Manuel B. Cossío, 1882)




«Las Misiones son tan útiles para los que las dan como para los que las reciben. No es poco que los misioneros traigan a Madrid el descubrimiento de la inteligencia de los aldeanos. Pero es que descubren otras muchas cosas que se pueden resumir en el ver el campo como es, si es que tienen vista. Y esto es cosa que puede influir no poco en todas las direcciones. Aun hoy que ya se conoce mucho mejor, son tantos los descubrimientos a hacer en el campo que para la masa ciudadana resulta todavía una revelación.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, Segovia, 1932)





«El niño en la ciudad tiene, señores, el periódico, el teatro, la conversación culta de la atmósfera que le rodea, los museos, una exposición permanente en los escaparates de cada tienda; pero el pobre niño del campo, ¿dónde puede ver jamás una estatua? ¿Quién le dirá que ha habido un Shakespeare o un Velázquez? ¿Quién le hará sentir la belleza de una melodía de Mozart, de una estrofa de Calderón?» (Manuel B. Cossío, 1882).





«Y si los hombres han inventado el pintar, que, según parece, es cosa de lujo, siglos, muchos siglos antes de que se inventasen cosas tan útiles y necesarias como el hacer cacharros, azadones y arados, y si además han seguido pintando, tal vez por el ansia irresistible que sentirían de hacer cosas bellas, no debe ser enteramente una locura que la obra justiciera de las Misiones quiera llevar a los pueblos campesinos, para el goce y la enseñanza de que tanto disfrutan ya los cortesanos, unas modestas copias, al menos, de las mejores pinturas que como magnífico tesoro guarda la nación en sus museos.» (Manuel B. Cossío, 1932)












«Porque esto es lo que principalmente se proponen las Misiones: despertar el afán de leer en los que no lo sienten, pues sólo cuando todo español no sólo sepa leer —que no es bastante—, sino tenga ansia de leer, de gozar y divertirse, Sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España.» (Manuel B. Cossío, 1931)

«Son los muchachos, de ordinario, quienes mueven a leer a sus padres y hermanos. Libro que el chico lleva a su casa es leído por el resto de la familia.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, informe del Servicio de Bibliotecas, 1934)







«Desconocían en absoluto el cine y el gramófono; tanto que ni siquiera sentían la curiosidad de conocerlos. Fue para ellos una revelación; lo aceptaron, sin tiempo para interesarse por su mecanismo, con el deslumbramiento de un milagro; reían de todo con una sorpresa alegre de que se movieran las figuras, de que el gramófono cantara; comentaban y aplaudían continuamente. En el fondo sentían una misma emoción, una gran alegría.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, Guadalajara, 1932)







«El Teatro de Misiones […] había de ser recogido y elemental, ambulante, de fácil montaje, sobrio de fondos y ropajes. Y además educador, sin intención dogmatizante, con la didáctica simple de los buenos proverbios, pues también se había escrito en el programa espiritual de Misiones: “Acaso aprendáis pocas cosas de nosotros; pero quisiéramos ante todo y sobre todo divertiros noblemente”.» (Alejandro Casona, 1934)







«La poesía les produce un extraño respeto, traducido en el silencio más hondo de la sesión; la sienten en totalidad, sin análisis, y la aplauden con calor, raramente la comentan. La música, aun la que para ellos es desconocida, les despierta ecos, la acompañan con movimientos de cabeza, se unen inmediatamente a ella. El cine les divierte y les deslumbra, desata el chorro de los comentarios; todos hablan y todos imponen silencio a los demás.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, Guadalajara, 1932)





«Toda la música popular les encantaba, más la canción y mucho más lo segoviano de Marazuela. Todo esto removía los posos del alma, renovando las alegrías de la mocedad. Porque después del matrimonio se canta muy poco en las aldeas. Terminada la sesión hubo viejecillos, media docena, que recordaron canciones ya olvidadas, rondallas del Reinado, paloteos y romances. Algunos muchachos cantaban a los otros días alguna de las canciones que llevó Marazuela. Mujeres a quien nadie había oído cantar hace cuarenta años cantaron esa noche con el almirez.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, Segovia, 1932)







«De la poesía prefieren la lírica a la narrativa, y de los romances los de sabor villanesco a los heroicos y maravillosos. De la música prefieren la voz humana a la instrumental. Del cine les interesa más lo conocido que lo exótico; les deslumbra la aparición de una gran ciudad, pero si en una ventana de la gran ciudad aparece un gato, les alegra la aparición del gato. Y sobre todo el cine fantasista de dibujos, que nunca comprenden bien la primera vez.» (Patronato de Misiones Pedagógicas, Guadalajara, 1932)







«Las misiones llevaron desde el primer momento a los pueblos y dejaron en ellos libros para continuar aprendiendo y leyendo poesía; gramófonos para seguir oyendo buenas canciones y música bonita.» (Manuel B. Cossío, 1932)






«¿Dónde, si no es en la escuela, podrá enterarse [el niño] con fundamento de sus derechos naturales, de sus derechos como ciudadano, del régimen de los poderes públicos en su patria, y por dónde, si no es por este camino, ha de llegar algún día a ejercer aquellos derechos con conciencia, a estimarse a sí propio, y a dejar de ser un ciego instrumento, como lo es ahora, en las manos de cualquier intrigante que lo explota para alcanzar sus fines?» (Manuel B. Cossío, 1882)