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1131. Discurso en el Paraninfo

Carmen Polo, Miguel de Unamuno y  Millán Astray el 12 de octubre de 1936


Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis.

Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada.

Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.


Miguel de Unamuno
12 de octubre de 1936









240. Venceréis, pero no convenceréis




En esta guerra que se libra en España, morirán cientos de miles de personas y miles de otras deberán marchar al exilio y jamás podrán volver. Porque la Dictadura que se avecina en España será la más brutal que hayan conocido los tiempos. Se nutrirá de la sacristía y el cuartel". (Miguel de Unamuno)


Estas palabras fueron escritas por Unamuno en la correspondencia que mantuvo con un periodista francés durante su arresto domiciliario al que se vio sometido tras los sucesos que se trascriben.

Proclamada la Segunda República, fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca y elegido a diputado en la Cortes Constituyentes en 1931. En 1935 se le adjudica el título de ciudadano de honor de la República. Por su apoyo a la sublevación de julio de 1936 fue destituido de su rectorado y confirmado por la Junta de Burgos el 1 de septiembre de 1936. Un mes más tarde fue cesado por decreto firmado por el propio Franco.


 *

Otro hecho notable que conmovió las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. En su mayor parte se encontraban en la España republicana al ocurrir el alzamiento. Firmaron un manifiesto en el que se pedía apoyo para la República. Las firmas de este manifiesto incluían las del médico y biógrafo doctor Marañón, el embajador y novelista Pérez de Ayala, el historiador Menéndez Pidal y el prolífico escritor y filósofo José Ortega y Gasset.


A VECES QUEDARSE CALLADO EQUIVALE A MENTIR.

Sin embargo, el efecto de las atrocidades republicanas y de la creciente influencia de los comunistas hizo que estos hombres, que habían tenido una parte tan importante en la creación de la República en 1931, aprovecharan cualquier oportunidad que tuvieran a su alcance para marchar al extranjero. Una vez allí, retiraron su apoyo a la República.

Un camino enteramente contrario fue el seguido por el filósofo vasco Miguel de Unamuno, autor de “El sentido trágico de la vida” y portaestandarte de la generación del 98. Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15 de Septiembre, continuaba apoyando el movimiento nacionalista en su “lucha por la civilización contra la tiranía”.

Pero el 12 de Octubre había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el gobernador civil. Asistía la señora de Franco. Y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad.

Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”.

Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “Viva la muerte”. Millán Astray dio a continuación los habituales gritos excitadores del pueblo:“¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto número de personas contestaron: “Una““¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules, saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial.


VENCERÉIS, PORQUE TENÉIS SOBRADA FUERZA BRUTA, PERO NO CONVENCERÉIS, PORQUE OS FALTA RAZÓN Y DERECHO.

Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo – del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado – lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio.

Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unanumo – acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.”

En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas.

Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

Siguió una larga pausa. Luego con un valiente gesto, el catedrático de derecho canónico salió a un lado de Unamuno y la señora de Franco al otro. Pero esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los nacionalistas no hubieran temido las consecuencias de tal hecho.

Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.


HUGH THOMAS, La Guerra Civil Española.
España contemporánea, Ediciones Ruedo Ibérico
Libro IV Apartado 42, Páginas 294 a 295







153. El eructo como forma de pensamiento



Le dieron todas las cruces del mundo por matar, sin que la Iglesia se quejara de la utilización de ese símbolo.


¿Se puede advertir en esta foto una concepción del mundo, de la amistad, de la cultura? La respuesta es sí. A veces, tenemos una idea fantástica, pero carecemos de los medios o del tiempo preciso para desarrollarla. No es el caso de estos dos individuos. Tuvieron la idea y la llevaron a la práctica. Uno puso el talento y el otro la disciplina. El del talento, increíblemente, es el de la derecha y se llama Millán-Astray. El de la disciplina, increíblemente también, es el de la izquierda y se llama Francisco Franco. Salta a la vista que el ideólogo es Millán-Astray por la expresión de superioridad intelectual, que le sale prácticamente sin querer, pero también por el modo en que protege con su brazo derecho al neófito.

-Mira -le está diciendo- cómo se combate dialécticamente una idea: se levanta la barbilla, se enarcan las cejas, se arruga un poco la nariz y se suelta un eructo. Es importante que no te hayas lavado los dientes jamás, porque en el sarro se esconden cantidades increíbles de pensamiento y de bacterias, y adonde no llega el pensamiento llegan las bacterias. Si acaso, al tiempo de eructar puedes articular una frase corta, pero incisiva, del tipo de te vamos a cortar los cojones. Estas oraciones combinan muy bien con el tipo de filosofía que pretendo transmitirte. Un día, en Salamanca, discutí con un tal Unamuno, un filósofo de mierda, al que grité en su cara ¡Muera la inteligencia! Se quedó planchado porque lo argumenté con dos eructos geniales y un ¡Viva la muerte! que te ponía los pelos de punta.

Para entonces ya me faltaban un ojo y un brazo, porque yo soy consecuente y si digo que viva la muerte es porque me gusta, incluso a plazos. Estaba conmigo, de mi lado quiero decir, José María Pemán, que eso sí que era un pedazo de escritor con su gracia andaluza y todo lo demás. Si no me crees, pregúntaselo a él.

Cuando escuchaba la palabra cultura, Millán-Astray sacaba la pistola. Se pasó la vida sacándola y mató mucho, primero en Filipinas, luego en Marruecos y más tarde en España. Le dieron todas las cruces del mundo por matar sin que la Iglesia se quejara de la utilización masiva de un símbolo tan suyo. Finalizada la Guerra Civil regresó a sus tareas intelectuales como jefe de prensa del régimen y sólo mataba los domingos, por quitarse el gusanillo. Un genio.

En cuanto a Franco, era más torpe. Observen las dificultades que muestra para soltar la ventosidad bucal por no colocar la lengua donde debe. Pero aprendió y eructó como el que más durante cuarenta años. De entre sus eructos más celebrados cabe destacar la Cruz del Valle de los Caídos, también muy apreciada por la Iglesia.

Si alguien quiere saber qué fue el franquismo, cómo era la atmósfera moral e intelectual, incluso gastronómica, que se respiraba en España durante aquella época, no tiene más que asomarse a esta fotografía con halitosis que lo dice todo. De ahí venimos, aunque unos más que otros, y no nos gusta señalar.

Se publicó en las páginas de Cultura de EL PAÍS el 14 de noviembre, con ocasión del aniversario de la muerte de Franco, por lo que si Millán-Astray hubiera levantado la cabeza habría sacado, lógicamente, la pistola.

Vaya mundo.


Juan José Millás
El País - 14/11/2005