Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta Lugo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lugo. Mostrar todas las entradas

2666. La historia del deportado Aurelio Díaz Horta

Ilustración de Ioannis Ensis en 'Deportado 4443', de Carlos Hernández y Ioannis Ensis. Ediciones B


El pasado mes de mayo nuestro amigo José Manuel Sánchez Mesejo de A Coruña, nos hizo llegar el texto que trascribimos y que le fue entregado en mano hace unos años. El título del documento es "Aurelio Díaz: actor y memoria de nuestro siglo". Creemos que se trata de la historia del deportado Aureliano Díaz Horta, nacido en Outeiro de Rei (Lugo).

En el artículo "La memoria del espanto nazi", publicado por ABC Galicia, se recoje, junto a otros, el testimonio de su hija Encarna.


“Soy hijo de campesino. Nací en Lugo en 1905. Mis padres trabajaban la tierra en una época en la que todo el trabajo se hacía a mano y era muy duro. Comencé a trabajar muy joven en el campo, pero no quería bajo ningún concepto permanecer como un “esclavo” toda mi vida y fundar una familia allí.

Tengo cinco hermanos y dos hermanas, dos de los cuales emigraron: uno se fue a Argentina y está casado allí, otro se marchó a Cuba y el otro se quedó en casa. Yo me fui a La Coruña con la intención de ampliar mi cultura, que era muy pobre, pero me di cuenta de que lo mío no eran los libros. Por eso me presenté a las pruebas para entrar en la Policía, que aprobé en 1934. Fui destinado a Barcelona, donde conocí a la que sería mi futura esposa, Isabel, que iba para monja. Una persona que yo conocía me había prestado su apartamento en Barcelona. Durante la guerra convivimos varios en esa casa hasta que un día no quedamos más que Isabel y yo. Yo le dije: “Tenemos casi la misma edad, creo que podríamos hacer una pareja”. Ella me abrazó y me dijo: “Nunca crei que podría encontrar un hombre tan respetuoso como tú”. Nos casamos en Barcelona en 1938, pero acordamos no tener hijos hasta que terminase la guerra.


Grupo de choque

Pertenecí a un grupo de choque de la Policía. Hubo muchas víctimas en nuestro grupo. Interveníamos en el frente, allí donde flaquease el ejército republicano. Fui herido cuatro veces, dos de ellas de gravedad. Una vez una bala me atravesó el antebrazo. Fui al hospital pero no quise ocupar una cama porque había otros hombres más gravemente heridos que yo. Un día Isabel vino a verme al frente. El resultado de la guerra era incierto, y yo estaba muy expuesto y ella tenía miedo de quedarse sola, o sea que deseaba un niño.

El primer acto importante en el que participé fue el día de la declaración de guerra de los generales insurrectos. Mi cuartel estaba rodeado por militares. Algunos de nosotros salimos para cogerlos por la retaguardia. La mayor parte de los policías de mi cuartel estaban a favor del gobierno legal republicano. Mi primera acción en el frente consistió en rodear una posición del ejército fascista para tomar un puesto de ametralladora. Les disparamos y ellos huyeron precipitadamente. Al día siguiente, la radio dijo que A. Díaz, con un grupo de dos hombres, había tomado una ametralladora y hecho huir al enemigo. Hubo muchos golpes de mano como éste.


Una moral extraordinaria

Tuve muy poca relación con las Brigadas Internacionales, pero cuando Madrid estaba amenazada y miles de voluntarios extranjeros se movilizaron para salvar a la República, eso nos dio una moral extraordinaria."

Se vinculó a la política bien avanzada la guerra. Al principio no pertenecía a ningún partido político. Pero Díaz fue toda su vida un revolucionario.

“En mi condición de policía no levanté la mano nunca ni amenacé con mi revólver a la clase obrera, ni siquiera en las grandes manifestaciones del Frente Popular. Siempre fui fiel a mi origen”. Desde que empecé a trabajar estuve afiliado a un sindicato. Con frecuencia me pidieron que me adhiriera al Partido Comunista español, pero siempre me negué. No quería obtener galones por pertenecer a un partido, era cuestión de amor propio. Sin embargo, el partido me confió grandes responsabilidades durante la guerra, que terminé con el grado de teniente. No me adherí al PCE hasta que estuvo claro que nuestra causa estaba perdida.


Refugiado en Francia

Al final de la guerra de España me refugié en Francia, disfrazado de civil. Nos llevaron a la playa de Argeles, y nos dejaron tirados sobre la arena como bestias. Había muchos heridos, incluso yo mismo en la pierna izquierda. Con los otros republicanos españoles, fui enviado por las autoridades francesas al noreste del país para trabajar en la fortificación de la línea Marginot. Era considerado como un prisionero civil exiliado por causas políticas. Cuando el ejército alemán derrotó al francés fuimos evacuados con la población civil a Epinal. Allí fuimos encerrados en un campo de prisioneros de guerra. Franco había pedido al gobierno francés la repatriación de los refugiados españoles a su país de origen. Pero alegamos que, en nuestra condición de exiliados políticos, el gobierno francés era responsable de nosotros. Según las convenciones internacionales, debía darnos 48 horas para abandonar el país.

Los alemanes no quisieron saber nada del tema. Un día, un comandante alemán se acercó a mí con una pistola. Llegó a mi altura y me apuntó con el arma. Le di un manotazo y la pistola cayó a tierra. El alemán la recogió. Mis amigos dijeron: “Estás loco, vas a hacer que te maten de inmediato”. Me levanté y le dije al comandante: “Soy un oficial del ejército republicano español”. El alemán me hizo un saludo militar y me dijo “váyase”. Ni yo mismo me lo creo todavía.


Deportado en Mathausen

El 24 de enero de 1941 fui deportado a Mathausen (Austria) con mi hermano, que murió allí. Poco tiempo después recibí una carta que me informaba de la muerte de mi mujer en España y de que mi hija de 6 meses había sido confiada a mi otro hermano. Nunca supe cómo murió. Lloré. Un soldado alemán se echó a reír: “ninguno de vosotros saldrá vivo de aquí”. Yo le dije: “No tan de prisa: la guerra no ha terminado y a lo mejor va usted antes que nosotros”. Creí que había llegado mi última hora. Entonces llegó el comandante de campo. Me preguntó en español si ocurría algo. Había combatido con Franco. Yo le respondí que era un oficial republicano español. Le pregunté si tenía hijos y le tendí la carta. El comandante dijo a sus hombres: “Es un combatiente español. No es un ignorante, no le toquéis."

Una vez ocurrido, este episodio me permitió estar relativamente protegido. Ni los soldados alemanes ni los kapos se atrevieron a acercarse a mí por las posibles represalias del comandante. Yo trabajé durante muchos meses en condiciones extremadamente difíciles en la construcción de carreteras. Un día los alemanes buscaban un carpintero para construir una puerta. Yo me ofrecí para realizar este trabajo, aunque no sabía nada del oficio. Después de la batalla de Stalingrado unos soldados del frente vinieron al campo con un nuevo comandante. Un día él pasó por delante de mí, me miró fijamente y me preguntó: “¿Tú has estado en la guerra de España?” “Sí, le contesté, desde el primer hasta el último día”. “¿Cómo va a terminar esta guerra?” me dijo él. Yo le respondí: “Mi comandante, usted sabe perfectamente que se nos ha prohibido leer y recibir información del exterior. Yo no sé nada de lo que pasa en el sur del frente”. El me dijo: ”Has respondido muy bien, pero yo sé que estás más o menos informado ¿habla!”

“Cualquiera que sea el fondo de mi pensamiento, tengo derecho a decir que Alemania va a ganar la guerra”. Me respondió: “Muy bien dicho”. Me apartó del grupo y me dijo: “ahora estamos tu y yo, no se trata de un jefe alemán y un prisionero español. Puedes hablar”. Yo le dije: “No son Franco, Mussolini o Hitler quienes van a ganar la guerra, sino el gran capitalismo mundial, que es el que tiene todos los medios para dominar el mundo. Llegará un día en el que, en función de la situación, este gran capital se volverá hacia los que tienen más oportunidades de ganarla”, “Muchas gracias”, me dijo él. A la mañana siguiente el comandante se dirigió a sus hombres y a los prisioneros y les dijo: “Nosotros estamos aquí para proteger a unos hombres que trabajan para nuestro país. A partir de ahora no quiero que los trabajadores sean maltratados. No soy un SS sino un oficial del Ejército alemán”. Creo que pensaba lo que decía pero que quería, sobre todo, desligarse de las atrocidades que ocurrían dentro del campo.

La exterminación por el trabajo

En consecuencia, fui enviado a una gran fábrica de armamento y material de guerra. Trabajaba en un torno para fabricar piezas. Un oficial me ordenó un día aumentar la producción. Yo le dije que era imposible porque repercutiría en toda la cadena. Unas horas después me envió a controlar el material con el supervisor del taller. En esa fábrica había un kapo que golpeaba a los obreros cuando querían ir a mear. Tomé la iniciativa de correr la voz para que la gente mease en las máquinas. Pasé así tres semanas y le pedí al kapo para ir a mear. Claro está, me golpeó. El subdirector pasó y me vió “mosqueado”. “¿Por qué?” Le expliqué que el kapo nos golpeaba cada vez que íbamos a mear y que por miedo los hombres meaban en las máquinas. Los desperfectos fueron importantes y motivaron el cierre de la fábrica durante una semana para reponer las máquinas. El kapo fue colgado. Fue una de las operaciones de sabotaje mas importantes que he intentado.

Después del bombardeo de esta fábrica volví cerca de Mathausen. Pude haber sido gaseado poco antes de la liberación del campo, pero algunos soldados alemanes se tomaban las cosas con cuidado porque los americanos estaban muy cerca. Los americanos llegaron al campo una tarde y se fueron enseguida. Fueron los comités de prisioneros formados por nacionalidades los que tomaron todo en sus manos, especialmente hacer fosas y enterrar a las numerosas víctimas. Con una cuarentena de camaradas decidimos abandonar el campo. En un gran barco, viajamos por el Danubio hasta que reencontramos las tropas rusas que nos llevaron a Viena. Me quedé allí tres meses, el tiempo de reponerme un poco porque estaba muy debilitado.


Las ganas de vivir

Después de haber pasado cuatro años y medio deportado, estoy todavía allí. He visto a hombres a los que metían la cabeza en alquitrán hirviendo. Vi a hombres entrar en el crematorio y a otros enterrados vivos. Vi a mis camaradas morir convertidos en esqueletos. Para darse cuenta de lo que pasó en los campos es necesario haberlo visto, porque todo aquello sobrepasaba lo comprensible. ¿Qué me salvó? Las ganas de vivir, de resistir y la confluencia de circunstancias excepcionales. Yo he ocupado siempre puestos de trabajo en los que supe hacerme “indispensable” y que me permitieron seguir vivo en el campo. Yo era el carpintero y me pude adaptar a numerosas situaciones. Sin embargo, siempre he formado parte de comités clandestinos de prisioneros que había para misiones esenciales, como informar sobre lo que pasaba en el exterior o intentar conservar la moral de los camaradas.
    

Estatuto de trabajador extranjero

Volví a Francia y regresé muy enfermo. Me hicieron numerosos exámenes y me aplicaron distintos tratamientos por mis problemas intestinales debido a la deportación y malnutrición. Después de que mi estado de salud mejorase, encontré un trabajo en una empresa de carpintería. Mi patrón me envió a la región de Grenoble donde me encontré con el subdirector de la “Empresa Industrial” en Sechilienne. Fui contratado bajo el estatuto de trabajadores extranjero. Entonces todavía había necesidad de allos”.

En esa época conoció en Vizille a Hélene Blanc, que formaba parte de la asociación de deportados. Su marido había muerto en el campo de concentración de Buchenwald. Ella sabía un poco de español y le ayudó a aprender francés.

“Helene Blanc me aconsejó vistara al doctor Fugain, también miembro de la resistencia. Me explicó que mi intestino se había convertido en una esponja, que no cumplía su función, pero me desaconsejó operarme. Fui tratado poco a poco con aceite de oliva que tomaba puro."

Trabajó en construcción de túnel, cantera y empezó a ganarse la vida con dignidad. Entonces a Aurelio, le propusieron ir a trabajar a una cantera en Argelia.

Aurelio Díaz posee doble nacionalidad, española y francesa desde 1966. 

“Yo me entendía muy bien con los trabajadores argelinos de la empresa porque no permitía que se les tratase de forma diferente a los otros. Un hombre que hace correctamente su trabajo debe ser respetado. Es preciso darse cuenta del contexto de la época, en pleno conflicto sobre la Argelia francesa. Cuando fui a arreglar mis papeles para ir a Argelia me dijeron: “Ya tenemos bastantes revolucionarios en Argelia, no nos hace falta un republicano español”. Estas circunstancias me llevaron, para evitar trabas administrativas de la policía, a pedir la nacionalidad francesa.

Pasó 7 años en esta empresa. Un día su jefe le preguntó si quería volver a trabajar en París pero lo rechazó porque no quiso alejarse de su familia.

“Cuando murió mi hermano, mi hija de 12 años vino a reencontrarse conmigo en Francia. Yo no la había visto nunca. Temblaba como una hoja. Conservo de nuestro primer encuentro el recuerdo de una fuerte emoción. Decidí que se quedase conmigo para que aprendiese francés. Aprendió el oficio de peluquera. Después volvió a España para trabajar en Madrid pero se quedó poco tiempo. En la actualidad tiene 57 años y posee un salón de peluquería en París.

Volví una vez a España clandestinamente a Zaragoza para llevar unos papeles confidenciales de los que ignoraba todo para un farmacéutico. Después volví varias veces mas tras la muerte de Franco.

Acabé mi carrera profesional en Grenoble en una empresa de relojes. Me jubilé a los 58 años.

Aurelio Díaz ha sido presidente regional de la Federación Nacional de Deportados. Residentes Internados y Patriotas con Helene Blanc. Ella fue concejala durante tres mandatos.

A los 85 años Helene es ingresada en la casa de jubilados de Vizille por graves problemas de salud. Él la visita todas las tardes. Entre ellos hay una verdadera historia de amor. Actualmente el vive en su calle de Julienne Grimau, con la ayuda de una sistente social.

Hoy Aurelio Díaz, observador del transcurso de la historia y memoria viviente de la marcha del mundo, quiere transmitir un mensaje a las nuevas generaciones sobre la tierra en la que miles de hermanos de combate reposan para siempre. 

“Pienso que es más que necesario darse la mano, hay todavía demasiada pobreza y destrucción de este planeta. De forma distinta al pasado, alguno grandes poderes económicos representan una amenaza por su voluntad de dominar el mundo. La lucha de oprimidos contra opresores, contra el fascismo que se expresa de nuevo día a día, queda siempre de actualidad”.










2378. Doctor Rafael de Vega Barrera, un brillante cirujano y un gran humanista

El Dr. Rafael de Vega Barrera nació el 23 de abril de 1889 en el pueblo burgalés de Zazuar. En Valladolid estudió Medicina, como había hecho su padre y numerosos miembros de generaciones anteriores de la familia, desde la época de la reina Isabel II.

Cuando finalizó la carrera se fue a Madrid con la intención de hacer la tesis doctoral. Estando allí fue convocada la plaza de director cirujano del hospital municipal de Lugo. Concurre a la oposición que se celebra en la Facultad de Medicina de Madrid y allí entre doce opositores a la misma, se la adjudican a él, tras realizar unos brillantes ejercicios.

Llegó a Lugo en 1916 y al año siguiente ya hace una denuncia pública calificando de indignante la situación del hospital lucense.

Escribe:

Los pobres y los desposeidos tienen derecho a la asistencia médica, porque el derecho a la salud es un derecho de todas las personas y ellos lo necesitan más.


Precisamente, este sería el principio fundacional de la Organización Mundial de la Salud, pero este Organismo se creó 31 años después de que el Dr. Vega Barrera expusiese públicamente su pensamiento, que llevó a la práctica en la medida de sus posibilidades.

En el mismo año 1916 toma posesión el 17 de mayo de su plaza de cirujano general en el viejo caserón de Santo Domingo que era un mal sucedáneo de lo que es un hospital: grandes salas colectivas sin ninguna ventilación y mínimos servicios higiénicos. El quirófano era una habitación prácticamente sin instrumental.

Desde 1917 la labor del Dr. Rafael de Vega como cirujano fue extraordinaria. Realizó en el hospital multitud de intervenciones en condiciones muy adversas, sin disponer en aquel viejo caserón de los medios más elementales, incluso sin rayos X, y sin contar con un laboratorio bacteriológico.

Ya a partir de la inauguración el 29 de junio de 1930 del nuevo edificio, como hospital de Santa María de Lugo, tuvo el Dr. Vega Barrera mayores posibilidades, atendiendo él mismo el servicio radiológico. Durante la construcción del nuevo hospital que duró alrededor de diez años, el Dr. Vega Barrera colabora con el alcalde D. Ángel López Pérez y realiza varias visitas a Santander para conocer la estructura del hospital de Valdecilla.

El Dr. Vega tenía grandes conocimientos anatómicos lo cual le permitía trabajar siempre en un campo operatorio exangüe y limpio; quizás este era uno de los motivos de su éxito.

Era un ser excepcional, un hombre justo, un caballero pletórico de generosidad, rebosante de amor hacia sus semejantes, un cirujano dotado de unas manos prodigiosas, compasivo y desprendido hacia lo indecible. Persona de maneras exquisitas y de inigualable trato y una persona altruista por naturaleza.

Era un firme partidario del progreso del género humano en una época oscura en la que la enfermedad se cebaba en cuerpos atormentados por el hambre y la miseria, el Dr. Vega abrazó decididamente una causa de la República en la que veía la gran oportunidad para dejar atrás el retraso secular existente en aquella época.

En los dos últimos años de la segunda República ya había un ambiente social muy irritado que no presagiaba nada bueno y así sucedió. Tras el golpe de estado militar, fue detenido y pasó cien días encarcelado antes de que lo fusilaran, tras un juicio sumarísimo plagado de irregularidades y testimonios falsos, en el que fue acusado de traición, pese a no ser militar y víctima de la envidia, odio y resentimiento de sus colegas profesionales.

El crimen del Dr. Vega fue de una crueldad monstruosa. Los testigos de cargo del proceso eran colegas que se sentaban a su mesa para celebrar su onomástica. Quien pretendió aparecer como testigo de la defensa fue arrestado y enviado al frente. Las mujeres que encabezaban manifestaciones exigiendo su ejecución, eran cónyuges de aquellos que poco antes se jactaban de su amistad. Para el pelotón de fusilamiento se reclutó obligatoriamente a hombres que le debían la vida.

Don Rafael de Vega fue asesinado por ser un hombre bueno, por preocuparse de sus semejantes, por ser sanador de almas antes que médico de cuerpos. Don Rafael fue asesinado por hombres viles que albergaban en su interior los peores sentimientos que es capaz de concebir el ser humano: envidia, resentimiento y odio. Y en Don Rafael, además de a la República en Lugo, se quiso asesinar a todo cuanto significaba la palabra progreso.

La antigua residencia del Dr. Vega fue tiroteada y saqueada en presencia de la mujer e hijos del Dr. Vega en repetidas ocasiones cuando estaba en prisión. Los Falangistas se apropiaron de material quirúrgico de gran valor y del vehículo particular de la familia Vega Barrera.

El sanatorio privado del Dr. Vega, todos sus bienes personales y su finca de la calle Montero Ríos fueron incautados por el Nuevo Régimen y su mujer e hijos tuvieron que luchar durante muchos años para recuperar su patrimonio familiar. Se les impuso una multa mancomunada de un millón y medio de pesetas de las de "antes". Tuvieron que irse a vivir a León con unos familiares durante los años que duró la guerra civil, posteriormente fijaron su residencia definitiva en Valladolid.

El 25 de abril de 1952 mediante un Decreto de indulto fue levantado el embargo del patrimonio de la familia del Dr. Rafael de Vega, previo pago de una multa de 25.000 pesetas. Nunca fue publicado el Decreto en un Boletín Oficial del Estado.


Rafael Pérez de Vega
Nieto del Dr. Rafael de Vega Barrera
Webmaster  www.rafaeldevega.es




www.rafaeldevega.es










2263. Luis Pimentel

Luis Benigno Vázquez Fernández (Luis Pimentel)
(Lugo, 18 de diciembre de 1895 - 13 de febrero de 1958)


¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo libre
antes del espanto sobre el fango?
Entraba la mañana por tu plaza
y la luna abandonaba los bancos de la alameda.
Desde la ventana acristalada
veías levitar tu ciudad
en el espejo que llevaba un obrero
encima de la cabeza.
Bajabas con cuidado
por no romper las sábanas de niebla
y lentamente sólo tú paseabas.
(Lejos los arrabales se acercaban).
La música del palco
ponía guantes blancos a las banderas.
Después llegaba el atardecer:
la hora en que la ciudad era paisaje.
Por la calle subían las casas en muletas
y las murallas se dormían redondas y suaves.
Tu decías: «Atardeceres de mi villa,
largos, casi eternos.
(Los años pasan rápidos;
los días, lentos)».
Y Lugo se abandonaba a la noche
vigilado por su poeta de guardia.

Pero una noche de lenta puesta de sol
desamparaste de versos tanta calma.
Y tu que creías que en un pueblo pequeño
no había asesinos
comprendiste que la ciudad había muerto.
Con nadie podías cambiar tu sonrisa
y todos los rostros resultaban forasteros.
Para ti jamás volverían a ser alegres
las banderas que sangran anilina.

Los arrabales abatidos a balazos
quemaban los últimos harapos
y los surcos se abrían a los cadáveres
que llenaban de metralla las vísceras de la tierra.
y cada verso que escribías
resultaba ser un surco de lágrimas
que se convertía en cuneta.
¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo en luto
bajo la sombra fugacísima de las balas?

Poeta en nicho
cruzaste todavía el puente del terror
y hubo más palabras para tus versos.
(Tú sabías que la ciudad había muerto).
Seguramente un día
saludaste a mis padres
en el parque o en la alameda
y me dijiste algo
porque yo ya había cumplido
y mantenía implacable la alegría.
Pero tu sabías como nadie
que los niños también mueren
que existen niños solitarios y tristes
extraños niños
que conocen la muerte.
Prematuramente desvelado
yo nunca olvidé tu canción
para que un niño no duerma.
(En los arrabales ya no quedaban niños).
¿Te acuerdas amigo Luis de tanta sombra
sin luces por la bruma de Lugo?


Claudio Rodríguez Fer
Lugo blues, 1987









1835. Cunetas

Luis Pimentel (Luis Benigno Vázquez Fernández)
(Lugo, 18 de diciembre de 1895 - 13 de febrero de 1958)


Cunetas

¡Otra vez, otra vez el terror!
Un día y otro día,
Sin campanas, sin protesta.
Galicia ametrallada en las cunetas
de sus caminos.
Nos llega otro grito.
Señor ¿qué hicimos?
-No hables en voz alta-
¿Hasta cuando durará este gran entierro?
-No llores que pueden escucharte.
Hoy no lloran más que los que aman a Galicia-
¡Los millares de horas, de siglos,
que hicieron falta
para hacer un hombre!
Tienen que llenar todavía
las cunetas
con sangre de maestros y de obreros.
Barro, sangre y lágrimas en los surcos
son simiente.

Dulcemente llueve.
En viso, me rodea una eterna noche.
Ya no tendré palabras para mis versos.

Desvelado, por la mañana temprano
Bajo por un camino.
En los pazos donde se trama el crimen
Ondean banderas goteando anilina.
Hay un aire de palomas muertas.
Me estremezco otra vez de miedo.
Señor, esto es el hombre.
Todas las puertas están cerradas.
Con nadie puedes cambiar tu sonrisa.
En los arrabales
banderas agitadas y rasgadas.
Deja atrás la ciudad.
Tú sabes que todos los días
hay un hombre muerto en la cuneta
que nadie conoce todavía.
Una mujer sobre el cadáver de su marido
Llora.
Llueve.
¡Negra sombra, negra sombra!
Yo sé bien que hay un misterio en nuestra tierra.
Más allá de la niebla,
Más allá del mar,
Más allá de la lluvia,
Más allá del bosque.


*


¡Outra vez, outra vez o terror!
Un dia e outro dia,
Sen campás, sen protesta.
Galicia ametrallada nas cunetas
dos seus camiños.
Chéganos outro berro.
Señor ¿que fixemos?
-Non fales en voz alta-
¿Ata cando durará este gran enterro?
-Non chores que poden escoitarte.
Hoxe non choran mais que os que aman a Galicia-
¡Os milleiros de horas, de séculos,
que fixeron falta
para facer un home!
Teñen que encher ainda
as cunetas
con sangue de mestres e de obreiros
Lama, sangue e bágoas nos sulcos
son semente.

Docemente chove.
Enviso, arrodeame unha eterna noite.
Xa non terei palabras pra os meus versos.

Desvelado, pola mañá cedo
Baixo por un camiño.
Nos pazos onde se trama o crime
Ondean bandeiras pingando anilina.
Hai un aire de pombas mortas.
Tremo outra vez de medo.
Señor, isto é o home.
Todas as portas están pechadas.
Con ninguen podes trocar teu sorriso.
Nos arrabais
bandeiras batidas e esfarrapadas.
Deixa atrás a vila.
Ti sabes que todos os dias
hai un home morto na cuneta
que ninguén coñece ainda
Unha muller sobre o cadaver do seu home
Chora.
Chove.
¡Negra sombra, negra sombra!
Eu ben sei que hai un misterio na nosa terra,
Mais alá da neboa,
Mais alá do mar,
Mais alá da chuvia,
Mais alá do bosque.

Luis Pimentel
Lugo, marzo 1937


Médico y discreto poeta de la generación del 27. Estudio en la Residencia de Estudiantes. Casi la totalidad de su obra fue publicada postumamente.









1600. As tres mapoulas de Montecubeiro / Las tres amapolas de Montecubeiro



Carmen Sarille Lenceiro y Virginia Meilán Varela fueron asesinadas el 23 de agosto de 1937 en la parroquia de Montecubeiro (Castroverde). Manuela Graña Rico fue ejecutada apenas dos meses después, el 14 de octubre. No fueron las únicas. La represión franquista acabó con la vida de un total de quince vecinos de este municipio lucense. 

Desde el año 2003 un monolito recuerda en Montecubeiro a Manuel López López (agricultor), Virginia Meilán Varela (costurera), Antonio Pereira Calderón (directivo de la Unión de Labradores), Manuel Graña Rico, José Blanco García, José Veiga López (molinero), José Palmeiro Valcárcel (hijo de un maestro ejecutado en 1936), Carmen Sarille Lenceiro (hermana de Bonifacio Sarille, lider de la Unión de Labradores), Manuela Graña Rico, Argimiro Rico Trabada (maestro), Domingo Fernández Díaz, José Graña Rico, José Freire Millares y dos desconocidos.

Carmen Sarille tenía 24 años  y era ama de casa. La fusilaron por ser hermana del líder sindical Bonifacio Sarille Lenceiro de la Unión de Labradores, que se encontraba huido.

Virginia Meilán tenía 42 años, de profesión costurera. La acusaron de tener un amante y pagó por ello con la vida.

Manuela Graña era hermana de dos sindicalistas. Tenía 20 años. Fue repetidamente violada, después la trasladaron a la Iglesia donde la obligaron "confesar sus pecados" y después la fusilaron.



 *



En memoria da humildísima Virxinia Meilán Varela, das mozas Carmen Sarille Lanceiro e Manuela Graña Rico, e das demais vítimas do masacre de agosto de 1937 en Montecubeiro (Castroverde)


Entre as medorras e os castros,
polos ríos e polos regos,
baixo os soutos e sobre as carballeiras,
onde pacen en paz vacas e ovellas,
o canto do estorniño doce entoa
o nome mártir de Manuela Graña.

Co vento dos cereais e a quietude do leite,
coa nabiza dos nabos e o grelo das nabizas,
coas patacas apañadas e as de debaixo da terra,
a conciencia medra como a herba e as árbores
para imporse clamando monte arriba
o nome noso de Carmen Sarille.

As sombras dos ameneiros e os salgueiros
nas ribeiras de flora flotante,
as carreiras dos corzos e dos lobos,
a verea dos xabarís e o voo das vacalouras
debuxan co fume de afumar chourizos
o nome amantísimo de Virxinia Meilán.

Entre os toxos, sobre a neve,
na seca e nas enxurradas,
tres mapoulas iluminan
noite e día Montecubeiro:
Virxinia, Carmen, Manuela.
Eran fermosas como pétalos.
Perduran como penedos.


Claudio Rodríguez Fer