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3245. La medalla que lleva la niña del capitán García Hernández

La viuda de García Hernández y Josefina Herrero, que tiene en sus brazos a la hija del infortunado capitán
Foto: Benítez Caxaus y Quesada


Fue el 11 de febrero, aniversario de la primera República española, cuando en la celda de la cárcel que ocupaba el actual presidente del Gobierno, oímos a éste, emocionado, hablar de la medalla origen de esta información. 

—Recibo infinidad de cartas, telegramas, adhesiones; he recibido también muchas visitas de hombres de todas las clases sociales, que vienen a alentarme. Es un día de alegría... Pero de todas estas manifestaciones, la que más intensamente llega a mi alma, hasta nublar mis ojos, es ésta. 

Y Alcalá Zamora nos muestra una medallita de oro, sujeta por una cadenilla, en cuyo reverso se lee, grabada, esta inscripción:

"Huesca, 14 diciembre 1930" 

—Es la fecha —continúa— del fusilamiento del capitán García Hernández. Con esta medallita he recibido una carta, firmada por una mujer, en la que no constan señas ni domicilio que sirva para conocerla. 

La carta es sentida, pero lacónica. "No al político, del que tanto espera España en estos tristes momentos, sino al padrino de la huerfanita del capitán García Hernández, en recuerdo de su triste orfandad." Véanla... 

Y don Niceto nos muestra el escrito.


*


Al día siguiente, la esposa del presidente, por un impulso de su corazón, sensible al dolor, fué a visitar a la viuda del capitán García Hernández y a entregarle la medalla de la desconocida donante. 

Un abrazo lleno de ternura puso fin a la escena. Y la medallita quedó pendiente del cuello de la huérfana, que desde entonces la muestra como preciado recuerdo. No se separa de ella. 


*


Caprichos del azar hacen que el cronista descubra a Josefina Herrero y pueda llevar a término este reportaje. Junto a la mesa del hotel donde acudo a desayunarme, a mi llegada a El Escorial, un grupo de muchachas encantadoras conversan animadamente. 

Una de ellas dice: 

—Tú, siempre tan castiza y tan republicana. ¿Sabe ya Alcalá Zamora que fuiste tú la que le mandaste a la cárcel la medalla para la nena del capitán García Hernández?

—Mira, de eso no tenemos que hablar ahora. 

Mis deseos de cumplir el deber del reportero me llevaron al grupo formado por las simpáticas muchachas. 

Ruegos, insistencias... Con estas armas venzo la modestia de Josefina, que accede a contestar a mis preguntas. 

—Yo —me dice la gentil madrileña— he sentido siempre una gran admiración por el señor Alcalá Zamora; su oratoria me encanta. Le he oído hablar muchas veces durante el periodo de propaganda revolucionaría. En el mitin de la Plaza de Toros, con Lerroux, Azaña y otros, me impresionó tanto que lloré de entusiasmo. 

—¿Y cómo se le ocurrió a usted mandarle la medalla a la cárcel? 

—Un impulso mío. Salía de la misa que, con motivo del aniversario de la República, se había celebrado por el alma de García Hernández, en el Carmen, y después de consultar con mi bolsillo, entré en una joyería y la compré. Modesta, claro es, pues yo vivo de mi trabajo. Me quedé con lo preciso para que en ella me grabaran la fecha del fusilamiento, y, desde mi casa, en un sobre, la mandé a la cárcel por un continental. Ya no volví a ocuparme de esto. Leí en la Prensa la noticia, los comentarios, lo que había dicho el ilustre preso, y nada más. Una satisfacción muy grande, muy íntima, muy honda... 

—¿Y no conoce usted a la viuda ni a la huerfanita ? 

—Personalmente, no, 

—¿Le gustaría a usted hablar con ellas?... Creo que están aquí. 

—Sí..., por tener en mis brazos, siquiera unos instantes, a ese angelito. 

Llegamos al hotel del Pinar. La viuda de García Hernández me recibe atenta y presento a Josefina Herrero. Queda un poco sorprendida; pero, al decirla de quien se trata, se arroja en sus brazos, y las dos mujeres lloran, emocionadas. 

La pequeña, con su medallita pendiente del cuello, se acerca a mí. 

Algo serenos ya, entramos en conversación. La niña nos muestra su medalla, mordisqueada por sus dientecitos. 

—Se conoce —dice la madre— que cuando estaba malita con la dentición, hallaba así algún alivio. Hablamos del muerto, de su gestión, de sus intimidades... 

¡Cuántas amarguras, cuántas tristezas!... ¡Cuántos desengaños, también! 

Procuro desviar la conversación. La viuda de García Hernández se opone a que nos retiremos y nos invita a su mesa. 

Aceptamos; comemos reunidos. Josefina Herrero tiene en sus rodillas a la pequeña. Yo no puedo comer; la contemplación de aquella santa mujer, en la plenitud de su belleza y de su juventud, desolada y triste, me impresiona. 

Y, no obstante, jamás recuerdo haberme sentado a una mesa con el contento y la satisfacción con que me senté ante la suya. Nunca pensé en tan gran honor. Gracias, señora. 


Jesús de Mijares Condado
Estampa, 12 de septiembre de 1931 









3242. Habla el capitán Salinas. Recuerdos de la sublevación de Jaca

Por la carretera adelante marchan dos capitanes con bandera blanca. Van en busca de unos soldados que tienen enfrente, ignorando si, al llegar, estos les harán fuego o les recibirán con un abrazo. Sin embargo, van tranquilos, y confían en el compañero leal y valiente que les ha enviado a parlamentar.

—Son las siete —ha dicho Galán al despedirlos—; si a las ocho no estáis de vuelta, subiré a buscaros. Yo estoy seguro de que aquellos no dispararán sobre nosotros si conseguís llegar a tiempo.

García Hernández y Salinas llegan junto a los llamados leales. Bajan del coche y se dirigen al primer comandante que encuentran.

—Somos dos capitanes de la columna rebelde y venimos a parlamentar. El jefe nos envía.

El comandante se queda atónito; no sabe qué decir…; al fin titubea…, y después dice:

—No sé… Ahora viene el general…

Ha llegado efectivamente el general, y una mirada expresiva se cruza entre él y los capitanes.

Están tranquilos y desafían la mirada del jefe, el cual ve en ellos un no sé qué molesto y desagradable para él. Irritado por la serenidad de los hombres de la bandera blanca, se vuelve hacia los oficiales de su columna y ordena con voz terrible al citado general:

—A esos, que los fusilen inmediatamente.

No han temblado ninguno de los dos capitanes ante la idea de la muerte próxima. Abajo ha quedado Galán, el compañero en quien todos creen, y a ese no le han cogido; lo demás, no importa.

Pero al ser conducidos a Huesca, ya prisioneros, se dan cuenta de que los leales están ametrallando a la columna sublevada.

A pesar del terminante mandato del general, no fueron fusilados inmediatamente los capitanes parlamentarios. Hubo de celebrarse antes el juicio sumarísimo, y el capitán Salinas, por no tener mando en la plaza de Jaca, se libró de ser ejecutado como sus compañeros.

Él mismo me ha contado todo esto y me sigue contando muchas cosas más. Está satisfecho por el triunfo de sus ideales de siempre, pero… su voz, al nombrar a Galán y a García Hernández, tiene un dejo triste.

—Cuando nos llevaban prisioneros —dice Salinas—, estábamos seguros de nuestro fusilamiento; pero nos quedaba la esperanza de que Galán y sus hombres habían de hacerse dueños de la situación, y de que al día siguiente toda España secundaría ya el movimiento. Al llegar a Huesca notábamos que los leales disparaban menos, y los nuestros apenas nada. Esto nos desanimó un poco.

—En Huesca, ¿qué hicieron con ustedes?

—Primero, tomarnos declaración, e inmediatamente encerrarnos.

—¿Juntos?

—Sí. Lo mismo García Hernández que yo comprendimos que de un momento a otro nos buscarían para fusilarnos, y decidimos charlar un rato y fumar unos pitillos hasta que tal ocurriese. Lo que más nos preocupaba era la suerte que habría corrido Galán, pues, a nuestro juicio, de esto dependía todo lo demás. Pero no había manera de enterarse de nada. Estábamos rigurosamente incomunicados. Por la tarde empezamos a ver desde la ventana caras conocidas. Eran compañeros nuestros que venían presos también. Al anochecer, me dijo García Hernández:

«—Ya no es fácil que nos fusilen hoy; es muy tarde.»

«—Lo dejarán para mañana o quién sabe si no nos fusilarán —contesté yo—. Es posible que esperen a recibir órdenes del Gobierno.»

A pesar de que nuestra incomunicación era rigurosa, en aquel momento llegaron a decirme que un comandante quería hablar conmigo de parte de mi padre. Entonces me sacaron de la celda, porque la entrevista había de celebrarse en presencia del Juez instructor. Encontré al comandante visiblemente emocionado. Apenas podía hablar, y por fin me dijo en un tono estremecedor y solemne:

«—Capitán Salinas. Su padre me ha encargado dos cosas: decirle, primero, que le perdona de todo corazón, y después, que muera como un buen cristiano.»

Ya no cabía duda: nos fusilarían al día siguiente a García Hernández y a mí. Volví a la celda dispuesto a pasar durmiendo la última noche de mi vida.

—¿Durmiendo, capitán Salinas?

 —¡Ya lo creo! Llevábamos dos noches sin acostarnos, y había estado todo el día cayéndome de sueño. Precisamente lo que más me contrariaba aquella tarde era pensar que iba a morir sin liquidar mi cuentecita con Morfeo.

—¿Durmió efectivamente?

—Dormí, como pocas veces en mi vida, hasta que me despertaron por la mañana para asistir a la lectura de cargos. Cuando estábamos en esta diligencia, se presentó Galán.

Salinas calla un instante, y por sus ojos pasa una sombra. Después continúa en un tono más grave:

—Venía pálido, desfiguradísimo. García Hernández y yo nos miramos, comprendiendo. Todo estaba perdido. Pero lo que no comprendí en aquel momento es que aquella mirada era la última que cruzaba con García Hernández. Minutos después se llevaron al que había sido mi compañero de celda, y ya no volví a verle más. Galán y yo pedimos que nos dejaran pasar juntos las últimas horas que nos quedaban de vida. Nos llevaron a una habitación y nos sentamos a desayunar. Entonces me lo contó todo. De nosotros no hablamos apenas; lo interesante era lo otro… ¿Estaría perdido definitivamente? Sospechábamos que sí. La mañana, charlando, se nos pasó en un vuelo. Decidimos no asistir al juicio, y a las doce almorzamos los dos con un apetito extraordinario. Poco después vinieron a buscarnos para ver si teníamos algo que alegar. Yo dije que nada. Galán salió, pero a los cinco minutos estaba de vuelta.

«—No me han dejado hablar —me dijo, sentándose en la cama—, y lo siento porque quería haber dicho algunas cosas.»

—A las dos llegaron a comunicarnos la sentencia. Pena de muerte para Galán y García Hernández, cadena perpetua para mí solamente.

—¡La emoción de aquel momento dramático sería enorme!…

—Yo sentí, de pronto, como si acabara de nacer; pero reaccioné y sentí una tristeza infinita, como no la había sentido hasta entonces. Iban a morir en seguida mis dos compañeros… Galán era además el amigo a quien yo más quería. ¡Era triste, muy triste!…

—¿Qué dijo Galán al conocer la sentencia?

—No se alteró lo más mínimo, porque lo esperaba. Al cabo de un momento, exclamó, con acento triste: «Lo mío no me importa…, es natural…, pero yo supuse que al entregarme os salvaba a vosotros. Solo debían matarme a mí… Lo de García Hernández es intolerable…»

Salinas calla de nuevo y se queda aún más triste que antes. Yo no me atrevo a preguntarle nada, pero adivino, sin que él me lo diga, lo que está pensando. Vive de nuevo las dos de la tarde del 14 de diciembre, y hasta me parece que se estremece un poco recordando el último abrazo de Fermín después de conocida la sentencia. Yo querría preguntarle qué le dijo Galán al despedirse, pero no me atrevo. El dolor desinteresado del amigo leal, me ha conmovido a mí también profundamente, y no quiero importunarle más. Pero él, como si hablase consigo mismo, continúa:

—Aquellos minutos fueron angustiosos, pero yo temía que pasasen, porque detrás estaba la hora trágica de nuestra separación definitiva. Galán me abrazó tranquilo, sereno, como nos habíamos abrazado otras muchas veces, y me dijo: «No te preocupes, que no se preocupe nadie por mí; estos me matan, pero yo voy a tener la satisfacción de enseñarles cómo muere un hombre.» Estas fueron las últimas palabras que le oí.

—Usted, Salinas, se quedaría muy apenado.

—Tanto, que he estado después mucho tiempo muy triste. Estaba seguro de que no llegaría a estar un año en la prisión. Claro que no podía pensar que saldría tan pronto.

Han llegado más capitanes sublevados: Gallo, Sediles, Marín y otros.


Josefina Carabias
Estampa, 23 de mayo de 1931  







2945. El segundo aniversario del alzamiento de Jaca




El tiempo de los infundios

Todos los periódicos publicaron el día 13 de diciembre de 1930 una nota oficiosa, dando cuenta a la opinión de un levantamiento militar ocurrido en Jaca el día anterior. No se nombraba en aquella nota a los protagonistas del suceso, pero el Gobierno tenía interés en hacer resaltar que en el movimiento habían tomado parte activa unos jóvenes madrileños que se presentaron en Jaca haciendo creer al vecindario que iban a patinar a los Arañones.

Pocos días después, la Prensa monárquica comenzó a ensañarse en los llamados esquiadores. Un periódico dijo que estos muchachos estaban en combinación con el Gobierno de Stalin y que llevaron a Jaca gran cantidad de oro ruso para hacer la revolución comunista. Afirmaba también que al despedirse del hotel el mismo día de la revolución, habían abonado el importe de la cuenta en rublos. 

Otro diario aseguraba que no eran más que unos locos del Ateneo, influidos por las novelas rusas que estaba publicando por entonces una conocida editorial. 

Total, que alrededor de los esquiadores, el Gobierno y sus adláteres fantasearon cuanto les vino en gana, sin que a nadie de los que sabíamos la verdad nos fuera posible contestar. Pasó el tiempo, vino la República, y aún no se ha puesto en claro ante la opinión pública qué hicieron y a qué fueron a Jaca aquellos falsos esquiadores que, según la Prensa gubernamental de entonces, eran enviados de la URSS. 

Por eso yo, al cabo de dos años, voy a contarles a ustedes aquella historia.


Gracias a una butaca…

Sí, lectores, gracias a una butaca me enteré de todo… En el Ateneo de Madrid había, y hay, unas magníficas butacas con orejeras que convidan a dormir la siesta. Tan grandes son que cuando están vueltas hacia la pared no es fácil averiguar si permanecen vacías o si hay alguien sentado en ellas.

Gracias a esto yo pude escuchar sin ser vista la conversación que voy a transcribir

Era el día 6 de diciembre, sábado. No se veía apenas a nadie por los salones del Ateneo. La gente estaba en el salón de actos escuchando a no sé qué orador radical socialista, el cual decía que era menester hacer la revolución. Yo, cansada de oír la misma canción todos los días, me había refugiado junto a un radiador en una de las salas que estaban vacías. De pronto noté que dos ateneístas se sentaban en el sofá colocado a mis espaldas y que empezaban a hablar.

No se si fue el hábito profesional o la curiosidad femenina lo que me hizo quedarme allí escuchando. Más bien creo que sería esto último, puesto que lo que menos me imaginaba yo es que de aquello saliera, al cabo de dos años, este reportaje. 

Al principio no oía bien. Solo llegaron claras a mis oídos las palabras movimiento, sublevación, pistolas, comité revolucionario, y otras no menos sugestivas. Los que hablaban eran Ramón Martínez-Pinillos, joven revolucionario, muy popular entonces en el Ateneo, y Fernando Cárdenas, un ingeniero amigo suyo. En seguida apareció otro joven, José Rico, al que habían mandado a buscar. 

—Oye, Pepe —dijo Pinillos al recién llegado—, es menester que salgamos mañana para Jaca. ¿Tú estás dispuesto? 

—¿Pero no habíamos quedado en que el alzamiento no sería hasta el quince? 

—Sí. Pero Galán ha escrito dando prisa y tenemos que irnos unos días antes. 

—¿Y no llamaremos la atención en aquel pueblo si estamos tantos días? 

—No creo, porque en el hotel, y ante la gente, pasaremos por alpinistas. En este tiempo eso es muy corriente en Jaca. Ya hemos hablado de esto con Maura y está conforme en que salgamos mañana. Nos ha dado quinientas pesetas. Con esto sobra para los primeros gastos. 

—Entonces, ¿dónde nos reunimos? 

—Lo mejor es que tú acudas a las seis de la mañana a casa de Alejo Fernández Flórez, que es quien está en contacto directo con el Comité. 

—Perfectamente —contestó Rico. 

—Tú, esta tarde te ocuparás de encargar a alguien de mucha confianza para que busque coches y paisanos dispuestos a presentarse en Jaca el mismo día del alzamiento. Galán opina que debemos ir de aquí los más posibles para que el movimiento no pueda parecer una militarada. Es preciso, por tanto, disponer de veinte o treinta paisanos o más para que vayan con el representante del Comité. 

—¿Y quién es ese representante? ¿Maura? 

—No. Maura es el que se entiende con nosotros, pero el que irá a Jaca es un gallego que forma parte del Comité Revolucionario. Es un hombre muy inteligente, aunque poco conocido aquí. Se llama Casares Quiroga.

Siguieron hablando, y poco después se separaron, sin sospechar que yo les había estado escuchando. Si en vez de ser yo es un policía de los que tanto abundaban entonces en el Ateneo, ¡cómo hubiera cambiado todo!…


A dónde fueron a parar los esquiadores

De todos los paisanos que salieron de Madrid, solo tres lograron pasar la frontera: Fernando Cárdenas, Ramón M. Pinillos y Graco Marsá. A los restantes los encontré sentados alrededor de una chimenea, en la vieja cárcel de Jaca, una noche del mes de enero siguiente, y gracias a la amabilidad del jefe de la prisión logré que me dejara sentarme entre ellos y conseguí que me contaran algo de lo que habían hecho en Jaca los esquiadores, tan traídos y llevados en las notas oficiosas.

—Nosotros salimos de Madrid el día 7 y llegamos a Jaca el día 8 —me dijo Pepe Rico. 

—¿Nadie les detuvo en el camino? 

—Nadie, ni siquiera para pedirnos la documentación. Eso sí, nos llevamos dos sustos respetables. El primero, a la salida de Zaragoza, cuando observamos que un hombre, con los brazos en alto, trataba de hacer que paráramos el coche. «¡Es un policía!», dijo Pinillos desde dentro. Cárdenas, que iba al volante, aceleró, pero al fin hubo de parar, porque aquel hombre estaba dispuesto a dejarse atropellar. 

—¿Y era un policía? 

—¡Qué va! Era el capitán Gallo, vestido de paisano, a quien no habíamos conocido, pero que estaba complicado también.

—¿Y el segundo susto? 

—El segundo nos lo dio un coche de la Policía de Madrid que se cruzó con el nuestro, ya cerca de Jaca. Al verle, ninguno dudó de que nos cazaban, pero no fue así. Por lo visto, iban a otra cosa.


El teniente que quería patinar de veras

¿Y qué hicieron ustedes aquí, en Jaca, los días anteriores al alzamiento? 

—Vinimos a parar al hotel donde estaba Galán, y aquí nos presentaron a algunos militares complicados: Salinas, Marín, Mendoza, Sediles, Manzanares…, y a otros a quienes aún no se les había dicho nada, pero que inspiraban confianza. Uno de estos, el teniente Díaz Merry, al enterarse de que habíamos venido a esquiar, se puso contentísimo y se ofreció a acompañarnos, porque también él amaba el deporte. Al día siguiente, muy temprano, se presentó en nuestras habitaciones, dispuesto a llevarnos a patinar por buenas o por malas. Hubo que confesarle todo, y entonces se sumó al grupo revolucionario.


El chófer que no sabía a dónde le llevaban

—El viaje de los primeros esquiadores, es decir, el nuestro — continuó diciéndome mi interlocutor—, fue relativamente feliz, porque veníamos en auto propio y con sobra de tiempo. Lo malo fue el de los otros paisanos que vinieron de Madrid y llegaron aquí el mismo día de la sublevación por la mañana.

—¿Qué les ocurrió? 

—Ellos mejor que nosotros pueden decírselo.

—Y ellos, ¿dónde están?

—En la ciudadela, porque aquí, en la cárcel, no hay sitio para tantos.

Abandoné la cárcel y me dirigí a la ciudadela, donde conseguí entrar, no sin grandes trabajos, por ser allí la vigilancia mucho más estrecha. Todo el patio estaba rodeado de ventanas con rejas, por las que asomaban las cabezas de los militares presos. 

—¿Y los paisanos de Madrid? — pregunté a un centinela.

—Allí enfrente están, pero solo puede usted hablar un cuarto de hora y por la reja. Aquí no hay tanta manga ancha como en la cárcel.

Llegué al sitio indicado y me costó trabajo reconocer a quienes buscaba. Unos se habían cortado el pelo, otros se habían dejado crecer la barba; todos, en fin, presentaban un aspecto de lo más impresionante.

—A mí —comenzó diciendo Manuel Valseca— me habían dicho que era preciso que estuviera en Jaca en la madrugada del día 12 con algunos otros paisanos de confianza. También me habían dicho que no se podía enterar de esto nadie, absolutamente nadie, más que yo.

¿Usted y los que le acompañaron? 

—No, yo solo. Busqué a unos amigos y les dije: «¿Estáis dispuestos a venir conmigo para hacer la revolución?» «Encantados» —me contestaron—. «Pues ni una palabra más. Mañana, a las diez de la mañana, os espero aquí, en el Ateneo.»

—¿Y acudieron? 

—¿Cómo no? Pero yo seguí sin decirles a dónde íbamos. Momentos antes de salir se nos planteó un problema de bastante importancia. ¿Cómo hacer el viaje? Andando no era posible. Mucho era nuestro entusiasmo por la República, pero… ya comprenderá usted…

—¿Y cómo no habían caído en ese detalle? 

—Cosas… Entonces, sin pensarlo más, salimos del Ateneo y nos dirigimos a la plaza de las Cortes. Allí hay una parada de taxis. Ocupamos dos, y yo le dije al chófer del primer coche que se dirigiera hacia Alcalá, y al del segundo que siguiera al primero. 

—¿Pero en Alcalá…?

—En Alcalá le dije que se me había ocurrido continuar hasta Guadalajara, y en Guadalajara que siguiera otro poquito.

—¿Y el chófer seguía de buena gana?

—¡Quia!… Empezó a escamarse en Alcalá, y cuando estábamos ya cerca de Zaragoza me planteó la cuestión de confianza. Si no le pagábamos por adelantado, nos dejaba en mitad de la carretera. Por fin, no sé qué cara debí ponerle, que siguió, aunque de mala gana. Como nos sobraba tiempo, porque yo no quería llegar a Jaca antes de la madrugada, le hice que nos llevara a Pamplona. Allí estuvimos recorriendo la ciudad el uno pegadito al otro. 

—¿Y qué dijo al llegar a Jaca? 

—Figúrese. Nos encontramos antes de entrar en el pueblo a todos los militares y a los compañeros que habían venido de Madrid. Lo mismo él que los otros conductores, empezaron a sospechar que se trataba de algo gordo, pero no cesaban de pedir lo que marcaba el taxímetro.

—¿Y ustedes no se lo pagaron?

—Nosotros, a pesar de lo que decían del oro ruso, no llevábamos un céntimo. Yo se lo dije así y se fueron a ver al capitán Galán. Cuando este les dijo de lo que se trataba, uno de ellos empezó a dar voces diciendo: «Nos han traído a la guerra. Con lo a gusto que estaba yo en mi punto de la plaza de las Cortes.»

Ustedes, lectores, que tantas cosas han oído y leído de la sublevación de Jaca, sin duda no saben que el primero que dio allí su sangre por la República fue uno de estos esquiadores del Ateneo.

Pues sí, señores. Mientras el capitán Galán arengaba al pueblo de Jaca desde el balcón del Ayuntamiento, los militares y paisanos que estaban dentro trataron de arrancar un retrato colocado en la presidencia del salón de sesiones. El marco se rompió y un trozo de cristal hirió en una mano a Manuel Valseca. Aunque la sangre manaba abundante, todos lo tomaron a broma. El capitán Galán, pálido y sereno como estuvo hasta la hora de su muerte, se acercó a ofrecerle su pañuelo, y le dijo: 

—Bravo, chico; eres el primero que da su sangre por la República; ojalá seas el único. Los esquiadores siguieron a Galán hasta la derrota de Cillas, donde les dijo:

—Habéis cumplido como unos valientes. Ahora, marchaos. Es menester que los militares no nos mezclemos con vosotros porque acrecentaríamos vuestra responsabilidad.

Se separaron, y ahora, estos muchachos, desde el Ateneo, desde sus puestos de trabajo, que son los mismos de antes, porque ninguno ha medrado con la República, recuerdan con infinita pena aquella última vez que vieron al mártir, pálido, sereno, al parecer impasible, en medio de la carretera…


Josefina Carabias
Estampa, 10 de diciembre de 1932