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3257. Un examen de Religión y Moral para los Maestros




Orden de 28 de diciembre de 1939 estableciendo obligatoriamente un examen de Religión y Moral para los Maestros Nacionales que terminaron su carrera al amparo del Decreto-Ley de 29 de septiembre de 1931.

Ilmo. Sr.: El Decreto-Ley de 29 de septiembre de 1931 que regulaba el ingreso y las enseñanzas en las Escuelas Normales, eliminó, como resultado del laicismo entonces vigente, la enseñanza y examen de la Religión y Moral que venía figurando como disciplina fundamental en el anterior régimen de estudios del año 1914. Consecuencia obligada de esta disposición ha sido que los Maestros del Grado Profesional que han concluido su carrera y adquirido el titulo, necesario para ejercer la función docente en las Escuelas que actualmente regentan, carecen oficialmente para el Estado español de la competencia necesaria para inculcar en sus alumnos el espíritu religioso y moral católica que constituyen uno de los postulados de nuestro Glorioso Movimiento Nacional.

Precisa, por tanto, que el nuevo Estado adquiera la convicción plena, por medio del examen correspondiente, de que los Maestros españoles, que durante su formación carecieron de aquellas enseñanzas, están capacitados para seguir desempeñando, en la actualidad, sus funciones docentes.

En su virtud, dispongo:

Artículo primero. Todos los Maestros del Grado Profesional que hayan adquirido su título al amparo del Decreto-Ley de 29 de septiembre de 1931, estarán obligados a sufrir, en el mes de Junio próximo, un examen de Religión y Moral en las Escuelas Normales donde terminaron su carrera ante Tribunal que en su día designará este Ministerio.

Artículo segundo. Los Maestros comprendidos en esta disposición que no obtengan la calificación mínima de aprobado en la convocatoria de junio, podrán repetir su examen en el próximo mes de septiembre.

Artículo tercero. Por la Dirección General de Primera Enseñanza se dictarán las disposiciones necesarias sobre matriculas, programas, derechos de examen, constitución de Tribunales y demás incidencias que en la aplicación de esta Orden pudiera presentarse.

Dios guarde a V.I. muchos años.

Madrid, 28 de diciembre de 1939. Año de la Victoria

Ibáñez Martín
Ilmo. Sr. Director General de Primera Enseñanza


B.O.E. 30 de diciembre de 1939







3218. Cultura en la España republicana


Frente de la Casa de Campo de Madrid, diciembre de 1936


Discurso pronunciado por el escritor cubano Dr. Juan Marinello en la recepción ofrecida en su honor por la "League of American Writers, en los Delphic Studios, New York, la noche del 18 de noviembre de 1937.

Parece que ante un público intelectual como éste lo que más importa al expresar una experiencia  sobre la trágica España actual, es informar sobre el modo en que entiende el gobierno del Frente Popular el problema de la cultura. Y claro está que al hablar aquí de cultura nos referimos al esfuerzo por el mejoramiento colectivo, es decir, al cultivo do las potencias y capacidades del hombre en su sentido lato. Entendido así ese comprometido término, estamos en realidad preguntándonos el modo con que enfrentan los dos bandos contendientes en España el problema de la vida misma.

Más que fas palabras de los líderes, siempre sospechosas de apasionamiento, y parcialidad, dicen los hechos de los bandos que representan. Los hechos de la España fascista, es decir de la porción de la península gobernada a contrapelo por Franco y sus aliados, dicen bien a las claras cómo no les importa ni poco ni mucho el cultivo del espíritu, la superación por la cultura. Yo he advertido en gente nada extremista un grande asombro por los decretos en que Franco, estimando un lujo demasiado costoso la enseñanza pública, suprimía cincuenta institutos de segunda enseñanza. Yo creo que en verdad no hay razón para tal asombro. ¿Qué intentan los del bando franquista? Simplemente mantener una realidad económica que, vuelta contra el pueblo, se desentiende lógicamente del interés por su mejoramiento,  La España de Franco no pretende sino la continuación de la España pre-republicana, es decir, de una realidad nacional de raíces feudales interesada en mantener a la masa popular en la ignorancia. La España leal, perfectamente representada en el gobierno del Frente Popular, no intenta otra cosa que romper esa feudalidad, obra muy modesta por cierto y que es la que impone esta etapa del progreso histórico español. Y esa feudalidad no se quiebra en definitiva sin el cultivo, sin el mejoramiento de la masa que la sufre.

Consecuentemente con este propósito central, la España republicana ha realizado la tarea, que yo creo uno de los más altos ejemplos de nuestra época, de destruir construyendo, de atacar con inigualado coraje a los ejecutores del designio feudal sin olvidar un instante la transformación mental del pueblo que dominan sus armas. Hay que meditar un poco en la reponsabilidad gravísima a que hizo frente la República Española el día del golpe faccioso. El gobierno surgido de la entraña popular significaba el impulso céntrico de la nación hacia una vida de mejor justicia, hacia la superación universal de lo español. Y ahora, por obra de los enemigos del pueblo, se ponía en peligro no sólo el intento superador sino lo que de admirable e inigualado había ido dejando el espíritu de España a través de los siglos. Los generales facciosos no sólo significaban en su intención el reniego del empuje cultural de la patria sino que destruían con sus bombas y cañones los mejores ejemplos históricos de la cultura de España.

La República, atacada en la entraña, tenía que realizar en medio de la guerra más feroz, esta obra en verdad gigantesca: defender a toda costa los monumentos de la cultura pasada, es decir mantener, a precio de su mejor esfuerzo, la continuidad de la cultura española y, al propio tiempo, haciendo bueno su carácter, su misma razón de existencia, tenía que transformar la orientación de esa cultura. Las dificultades para realizar la tarea magna requerían muy altas, capacidades de respeto y de técnica: una masa popular de tan fina percepción que entendiera, en medio de las rudezas bélicas, la importancia de la defensa cultural y un grupo de hombres de alta calidad científica que supiera, sin vacilaciones ni precipitaciones, adecuar el torrente superador de la cultura hispánica a las exigencias de un presente que es casi futuro. Ambas cosas, poseyó la República.

Veamos la obra de la República en la primera de estas dos grandes responsabilidades: en lo que toca a la conservación del tesoro cultural español. En esto campo ha tenido el gobierno de la España leal una doble tarea a su cargo: proteger los monumentos escultóricos y arquitectónicos así como las bibliotecas y los archivos de la acción de la metralla fascista y obtener el respeto por los libros y objetos de arte puestos a la mano del pueblo. En ambas direcciones la comprensión del fenómeno de la cultura ha ido del brazo del buen ímpetu de renovación social.

Son incontables los casos en que la aviación o la artillería facciosas han escogido deliberaamente para destruir los centros de cultura o monumentos notables. Ahí están el bombardeo de la Biblioteca Nacional, del Museo del Prado, del Instituto Cajal, del Museo de Arte Moderno, del Instituto Escuela, de la Escuela de Bellas Artes, del Jardín Botánico, del Instituto de San lsidro, del palacio del Infantado, del Palacio de Liria, de la pila bautismal de Cervantes y del sepulcro de Cisneros. Las escuelas atacadas por el plomo cavernario son incontables. Sólo en Madrid han sufrido sus efectos catorce grupos escolares. Es interesante advertir como los resultados de la continuada agresión son de poca cuantía. Ello se ha debido no sólo a la rapidez y eficacia en la contestación del ataque sino principalmente al cuidado puesto por salvar monumentos, edificios, libros y documentos de la furia enemiga. El día 23 de Julio de 1936, en seguida de estallar la insurrección facciosa, atendió el Gobierno a la organización de una Junta encargada de la defensa de los elementos de cultura atacados o puestos en peligro. La obra de esa Junta que en Febrero del 37 se transformó en el Consejo Central de Anchivos, Bibliotecas y Museos, ha sido en verdad meritísima. Quien haya visto Madrid lo sabe bien. Cuanto de valor notable o eminente contenían las bibliotecas y los museos matritenses está a buen recaudo. Será inútil todo esfuerzo por su destrucción. Y aquellos monumentos que por su tamaño, no han podido llevarse a subterráneos seguros han sido encerrados en verdaderas fortalezas donde dormirán defendidos hasta el día de la victoria.

No hay que decir que en una situación de renovación social que significa por su esencia el mando de los que hacen la renovación con sus manos y con su sangre, nada significaría el interés gubernamental sin la colaboración de los soldados del pueblo. Puede afirmarse que no se hubiera salvado la cultura española en sus más logradas representaciones si el hombre del pueblo no se hubiera movilizado en su servicio. No es cosa de repetir aquí las ocasiones numerosas en que los defensores de la República han puesto en peligro sus vidas por impedir la destrucción o el deterioro de libros, esculturas, cuadros o documentos. ¡Y esto lo realiza una masa humilde a la que el enemigo tiene por primaria y salvaje...!

El que visita la España trágica de hoy queda admirado del respeto casi religioso con que el verdadero pueblo trata cuanto tenga valor de cultura. Puedo decir de mi experiencia que en Valencia y Madrid viví en casas de la vieja nobleza convertidas hoy en lugares de refugio y descanso de los soldados del Ejército Popular y de responsables de organizaciones sindicales y políticas. En esos palacios abundaban los objetos valiosos por su mérito artístico o por el precio de su materia. Todos estaban a la mano de hombres rudos y sencillos venidos de la fábrica o de la campiña. Por meses vi como aquellos objetos, mirados y examinados por todos, quedaban en sus puestos sin excepción. Hasta los retratos familiares de condes y marqueses permanecían, como el día que huyeron sus dueños, sobre las cómodas y las mesas de noche. Ni aún las ropas, que bien necesitan a veces los habitantes actuales de esos palacios, han sido movidas de los armarios.

Yo quiero deciros una ocurrencia de mi estancia española, que me parece, por el contraste que significa, del mejor relieve sintomático. Visitaba yo en compañía de algunos jóvenes cubanos cubanos, ahora oficiales en el Ejército Popular Español, la ilustre Alcalá de Henares. Entramos en el Convento de las Carmelitas Descalzas, convertido en cuartel por necesidades de la guerra.  Las camas de los soldados poblaban todos los locales. Junto a ellas, objetos de oro, plata y piedras preciosas, con libros de muy alto valor. Pregunté a un grupo de soldados por qué razones cuidaban con tanto respeto objetos y libros. Me contestó uno por todos: "Muchas de estas cosas no sabemos justamente lo que representan o valen. Los libros, escritos en latín o en el castellano de otras épocas, no los entendemos, pero nuestros jefes nos han dicho que es necesario conservar todo esto para que cuando llegue la victoria haya sufrido lo menos posible la cultura de España"... Salimos del convento y nos dirigimos a la Universidad famosa. Imaginad la ilusión de un hombre de libros al saberse a dos pasos del patio en que discurrieron como estudiantes Tirso de Molina, Nebrija y Antonio Pérez, Quevedo y Moreto, Pérez de Montalván y Arias Montano, Figueroa el Divino, San Ignacio de Loyola y Lope de Vega... Y suponed  el efecto que causaría en mi espíritu contemplar el patio insigne despedazado por la metralla fascista. El soldado del Convento de las Carmelitas Descalzas era la voz del pueblo auténtico entendiendo su marcha hacia un mañana de justicia. Aquel patio que simbolizaba la cultura de España, era la prueba y la acusación de una España vencida que quiere en su huida despedazar a su enemigo verdadero: el espíritu de liberación que late y triunfa bajo toda cultura que merezca tal nombre.

La conservación y cuidado de los valores culturales nacionales toca a veces en la España leal a extremos que para el observador miope parecerían sentimentales o románticos. No hay tal. Ocurre simplemente que el Gobierno del Frente Popular entiende que cuanto en algún aspecto significa exaltación ejemplar de las calidades españolas debe conservarse primero y entregarse al pueblo después. Detrás de los soldados vencedores de Brihuega marcharon con Javier de Winthuysen los técnicos de jardinería con objeto de subsanar de inmediato los desperfectos que la terrible batalla hubiera podido causar en los famosos jardines ahora entregados al cuidado y a la delectación de todos los españoles.

Pero no todo ha sido conservar lo existente. Precisaba, lo hemos dicho, variar de curso las ricas aguas tradicionales, Todo lo salvado se ha puesto a disposición del pueblo. Acaba de ver la luz en Valencia un precioso folleto en el que, con la decisiva elocuencia de los hechos, se contestan a las mal intencionadas razones del sabio Don Miguel Artigas, ex-Director de la Biblioteca Nacional de Madrid y ahora servidor lamentable de Franco y sus aliados extranjeros. Por este folleto de la Junta Central del Tesoro Artístico, se prueba decisivamente como, por obra del gobierno popular, la guerra española en vez de traer la destrucción de la cultura que los facciosos quieren, ha venido a significar su verdadero acrecentamiento, poniendo frente a todos los ojos, materiales valiosísimos hasta hace poco en manos indoctas y codiciosas. Más de setenta bibliotecas particulares, que sumadas significan medio millón de volúmenes, no son ya pertenencia de aristócratas engreídos y rencorosos; once mil cuadros, incluyendo Murillos, Zurbaranes, Velázquez, Grecos, Goyas, Dureros y Holbeins; más de cien mil objetos de escultura y más de dos mil tapices de los palacios de Madrid y El Pardo y de la Catedral de Cuenca (sin duda la colección de tapices más rica del mundo) son ahora verdadera riqueza española, es decir, patrimonio cierto del pueblo de España. El señor Artigas convoca a los hispanistas del mundo para que lloren con él la pérdida imaginaria de las fuentes de la cultura hispánica. El gobierno del Frente Popular llama a la gran familia hispanista, a Huntington, a Croce, a Farinelli, a Fitz-Gerald, a Coster, a Espinosa, a Schevill, a Martinenche, a los Thomas, a Vossler, a Pfand, para que acudan a Madrid a penetrar en tesoros desconocidos o prohibidos en el fondo de bibliotecas particulares y ahora recogidos, clasificados y catalogados científicamente para el usufructo de todos.

Yo puedo en este punto decir algo de mi propia experiencia. Todo el tiempo que residí en Madrid lo viví en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, instalada en el que fue palacio de los excondes de Heredia Espinola. Cuando el pueblo entró en el palacio se abrieron las puertas de una biblioteca de incalculable riqueza que, al decir de los servidores de la casa, estaba tapiada para propios y extraños desde hacía cinco años. Esa misma familia había tenido secuestrada al interés de sabios y curiosos durante treinta años y en los sótanos del Banco de España, entre manuscritos inestimables de Quevedo, Lope, Moreto, los procesos de los judíos toledanos del siglo XVI, tesoro jamás tocado por nadie. Todo eso, y hablo solo de un caso entre mil, del que me tocó observar de cerca, es hoy tesoro público.

No puede hablarse de la democratización de la cultura sin realizar dos cosas: el aumento de instituciones de enseñanza y una organización pedagógica y económica que permita a todos el acceso a estas organizaciones. No hay que encarecer la dificultad y el mérito que significa atender a estos dos problemas en medio de la más cruel de las agresiones. El gobierno del Frente Popular ha creado, en el tiempo que anda la guerra, 5.500 escuelas, construido 275 nuevos edificios escolares, creado 1200 escuelas especiales para milicianos, analfabetos, y editado, entre cartillas y libros de lectura, más de seiscientos mil ejemplares. Dar cuenta de la modernización del servicio de bibliotecas requeriría un tiempo del que no disponemos. Baste decir que el viejo sistema de agrupar gran cantidad de ejemplares en dos o tres grandes bibliotecas se está transformando en el sistema de distribución científica a numerosas bibliotecas creadas, los depósitos que funcionan en las ciudades de mayor importancia. Al dejar yo España se habían invertido para dotar el depósito instalado en Valencia dos millones y medio de pesetas. Este depósito, como otros que se están creando en ciudades de primer rango, se ocupará de la provisión de las bibliotecas provinciales, comarcales, municipales y rurales que deben funcionar obligatoriamente en cada provincia, comarca, municipio o barrio rural, cuidándose de que la cultura general quede atendida sin perjuicio del tipo especial de conocimientos que cada lugar exija. Todo ello sin perjuicio de reorganizar con criterio modernisímo las bibliotecas de los centros de segunda enseñanza y de crear las bibliotecas escolares, de las que ya funcionan buen número. 

La enseñanza media y superior tropieza en una situación bélica con un obstáculo de mucha monta: los que han de recibirla son, por su edad, los llamados a tomar las armas. Dentro de lo posible el gobierno del Frente Popular ha removido el gran obstáculo. En las universidades e institutos españoles funcionan cursillos intensivos que permiten ultimar bachilleratos y carreras facultativas sin afectar el servicio militar. En muchas ocasiones profesores y examinadores acuden cerca de las trincheras para que padezca lo menos la defensa nacional. Y teniendo conciencia clara de que los estudios así realizados no pueden cumplir exactamente su función, se establece que terminada la contienda, vuelvan los estudiantes a las aulas a realizar estudios complementarios que los capaciten definitivamente.

La reforma educacional de mayor importancia que ha realizado la República es sin duda la creación y organización de los llamados Institutos para Obreros. Puede afirmarse que es esta obra la más notable transformación educacional realizada hasta ahora en España. Interesantes son las disposiciones que  posibilitan la fácil llegada a los estudios universitarios de los trabajadores de quince a treinta y cinco años. El examen en un sólo acto, tan propicio al error y la injusticia queda sustituido por una convivencia de seis meses entre profesores y alumnos, lo que permite una selección afincada en el perfecto conocimiento de las capacidades del aspirante. La brevedad del bachillerato estará determinada, mediante cursos intensivos por la posibilidad de asimilación  y aprovechamiento de cada alumno. Pero lo que es en verdad excepcional es que el Estado llame a todos los trabajadores a los estudios superiores, encargándose no sólo de la manutención del obrero estudiante , sino de la de todas aquellas personas que, viviendo de su esfuerzo, quedan desvalidas por su ingreso en los Institutos. El día que dejaba yo la ciudad de Barcelona se fiaban profusamente en las fachadas de sus casas unos enormes carteles invitando a todas las organizaciones proletarias a que propusieran al gobierno los nombres de sus miembros interesado en seguir estudios superiores. Desde ahora, rezaban los carteles,  la cultura no es un problema de economía sino de capacidad ¡Eran los días en que Franco declaraba, clausurando gran cantidad de instituciones educacionales, que la enseñanza y la cultura eran lujos demasiados caros para tiempos de guerra...!

La investigación científica como todo trabajo de orden superior  continúa con intensidad y eficacia en la España leal. La Junta para Ampliación de Estudios ha mantenido su excelente rendimiento. El  asedio de Madrid ha hecho trasladar a Valencia todos los materiales de estudios necesarios a la Junta. Las publicaciones del prestigioso organismo no se han interrumpido.

Ahí están las obras de Cuatrecasas y de Sánchez Cantón. La Revista de Filología Española, el Archivo de Arte y Arqueología, la Revista Emérita y otras publicaciones han continuado apareciendo. Los trabajos de Botánica, Zoología, Mineralogía y Geología han seguido su curso; los laboratorios de investigaciones biológicas, fisiología, metalografía y matemáticas han continuado su obra; el Instituto de Física y Química mantiene su vitalidad y prestigio.

La continuidad en las labores de la alta cultura tiene un hondo significado simbólico. Habla muy alto no solo de la abnegación de los sabios españoles sino de la inusitada comprensión e inteligencia del proletariado español. Recordaré siempre la palabra emocionada con que el ilustre Navarro Tomás me narraba los sacrificios y peligros sin cuento afrontados por los obreros tipógrafos de Madrid a fin de no interrumpir, bajo la metralla facciosa, las publicaciones de la Junta para Ampliación de Estudios. Admiraba el sabio filólogo como los obreros de la Imprenta Rivadeneyra, situada en la zona más castigada por el plomo fascista, no dejaron ni un día de acudir al trabajo. Lo verdaderamente admirable, me decía Navarro Tomás, es que aquellos hombres, empeñados por su misma condición popular en una lucha de vida o muerte, acudiesen como a una obligación irrenunciable y urgente a componer libros tan lejanos al momento que vivían como el "De virginitate beatae Mariae" de San Ildefonso y artículos tan inactuales como los publicados en la revista Emérita.

A otro extremo por último, atiende el gobierno de la República: a rodear al productor intelectual de condiciones favorables para la investigación y la creación. La Casa de la Cultura de Valencia dice mucho en este sentido. Allí encuentra el intelectual de toda especialidad y filiación elementos de trabajo amplios y bastantes, pero, al propio tiempo, su admisión en dicha casa significa la atención por el Estado de sus necesidades vitales. Sólo se pide una  postura antifascista, connatural de la propia condición de intelectual honesto. No podrá olvidárseme la tarde en que visité a Don Antonio Machado, Presidente de la Casa de la Cultura en su bella casa de Rocafort. El gran poeta que por larguísimos años, bajo gobiernos reaccionarios y anti-españoles conoció la miseria y la angustia, disfruta hoy del bienestar que merece la lealtad popular de su talento.  La seguridad, el sosiego de su vida han permitido al poeta, ya en la ancianidad, un renacimiento inesperado de mensajes y capacidades.

Una charla descosida, alterada por la emoción que este acto significa para mí, no es el informe que yo quisiera y que vosotros merecéis. Bien lo sé. No habremos perdido sin embargo la ocasión ni el tiempo si de mis dichos nace robustecida la fe en un gran pueblo que ahora lucha por todos nosotros, ya que somos hombres amenazados de injusticia y además gente de libros, es decir, luchadores por una cultura exaltadora y transformadora del hombre.


Spanish Information Bureau, New York, 1937











2983. La Universidad de Valladolid clausurada

Estudiantes de Medicina corren delante de la Policía


El 8 de febrero de 1975 el Ministerio de Educación y Ciencia cerró cuatro facultades de Valladolid: Filosofía y Letras, Medicina, Derecho y Ciencias. La orden dada por el ministro Cruz Martínez Esteruelas, y transmitida por su director general de Universidades, Felipe Lucena, al rector de la Universidad, José Ramón del Sol, supuso que 8.000 estudiantes fueron condenados a perder un curso.

"Ante las reiteradas anomalías de carácter colectivo anunciadas en los últimos meses en las Facultades de Filosofía y Letras, Ciencias, Derecho y Medicina de la Universidad de Valladolid, con gravísima perturbación del normal desenvolvimiento de las actividades docentes y del orden académico, no obstante las repetidas advertencias formuladas oficialmente por las autoridades universitarias, en especial en la última nota hecha pública por la Junta de Gobierno de la Universidad, y en uso de las facultades conferidas por el artículo treinta y dos del Reglamento de Disciplina Académica del 8 de septiembre de 1954 para clausurar centros universitarios y determinar las condiciones de aplicación de estas medidas, este Ministerio, considerando la necesidad de corregir urgentemente la excepcional situación originada ha resuelto: 

Primero.- Quedan clausuradas hasta el comienzo del curso 1975-76 las Facultades de Filosofía y Letras, Ciencias, Derecho y Medicina de la Universidad de Valladolid. 

Segundo.- La presente medida implicará el cese para los alumnos afectados de todas las funciones docentes y examinadoras de aquellos centros. 

Tercero.- Lo dispuesto en esta Orden no afectará a la continuidad de los estudios del doctorado y de la labor investigadora".







2981. El año universitario

Miembros de la F.U.E., Madrid, 14 de abril de 1931


De octubre de 1933 a noviembre de 1934, un curso más en la vida escolar, que puede ser un año decisivo, por lo menos un momento que cierra un cierto período y que, como todo lo que cierra algo, puede ser el paso a otro algo aún no suficientemente claro.


Intrusión de la violencia

En una primera mirada podría caracterizarse este año que acaba por un considerable aumento de la violencia en la vida estudiantil. Violencia fina, airada, no con gran convicción, por cierto, como táctica. Violencia que sólo se justifica por esta palabra: táctica, y que en ella se agota, y que no procede, por tanto, de un choque espontáneo entre grupos de contendientes, sino de una decisión enconada de organismos externos a la misma vida universitaria.

Pero este acusamiento de la violencia en la superficie de la vida escolar marca, quizá, una decadencia, el final de un periodo. El periodo comenzado, aproximadamente, en el curso 1927-1928, con la creación y auge de las Asociaciones escolares, cuya vida y preponderancia ha caracterizado a este periodo, breve y fecundo, de la vida de la Universidad española. ¿Qué ha significado este período, que por todos los síntomas termina con el comienzo del curso actual? Es la cuestión que no puede dejar de presentarse en cuanto se mira al momento, pues nada del presente se explica por sí mismo, y menos aún cuando es nota final, calderón de una melodía transcurrida y aún actuante, pasado inmediato inseparable del alma, que sin él quedaría no sólo ininteligible, sino también irreal.

Indudablemente, si hay algo que caractericen los años transcurridos desde 1927 en la vida universitaria es el crecimiento y auge de las Asociaciones escolares, y de entre ellas, la llamada Federación Universitaria Escolar, la F.U.E.

¿Cuál era el clima necesario para que prosperase? Como todo clima, es resultado de distintos elementos; algunos de ellos nos alejaría del tema al ser analizado. Pero podemos, por el momento, reducirlos a dos: uno de ellos es la presión interna de la masa estudiantil, que necesitaba ascender a un plano social propio. Ser estudiante no era ser nada en España, no significaba una manera de vida, y —en el mejor de los casos— ninguna actividad fuera de la asistencia a las clases. Dentro de la Universidad el estudiante se limitaba a ser elemento pasivo, y fuera de ella vivía según el acomodo social de su familia. Ser estudiante era ser nada, y es bien notorio que la vida Intelectual apenas tenía que ver con la Universidad; los escritores, intelectuales y aun científicos, habían pasado tonguetes a las aulas; algunos después volvían a ellas como profesores, coincidiendo por casualidad entonces la inteligencia viva con la función docente. Pero en todo caso la vida intelectual transcurría externa —en algunos casos tangente o secante— a la vida universitaria.

Se trataba, pues, de reconstruir el ser, el sentido de la Universidad. Tan decadente ya, tan marchita.


El estudiante y el ciudadano político

Esto por una parte. Pero la Universidad está en una nación, en un Estado, los estudiantes son al mismo tiempo ciudadanos, y aquí surge el otro elemento, el que desde fuera cercó a la vacilante vida universitaria para decidirla a algo que no sabemos todavía si acertado o no; para "echarse a la calle". Nos referimos a la situación política, finales de la Dictadura; la protesta creciente contra ella fué el otro elemento que se mezcló —debilitando o reforzando, según los casos— al otro ya dicho: el ímpetu de una vida universitaria que nacía. Entre los dos crearon la atmósfera propicia al desarrollo y auge de las Asociaciones escolares, y dentro de ellas a la que da la tónica de este período, la F.U.E. Y dio la tónica porque encarnaba la faz del movimiento estudiantil, por un lado político, por otro universitario.

El advenimiento de la República hizo cambiar esta situación. Parte de los grupos escolares que hablan vivido estos acontecimientos, así lo comprendieron; otros obstinadamente persistían en la antigua actitud, fiados de su eficacia —sin considerar que esta eficacia provenía tan sólo de su adecuación al momento—.

En el otoño de 1931, la Unión Federal de Estudiantes Hispanos convocó un Congreso de todos sus elementos, que a mi ver tenía este sentido: reajustarse con la nueva situación, examinar los problemas que ésta planteaba y salir de allí con un ánimo nuevo, renovado.

¿Qué pasó después? Allí mismo luchó la escisión, los dos elementos que, mezclados, habían vivido en los años inmediatos al advenimiento de la República luchaban y se separaban. El afán universitario y el afán político; el que deseaba una Universidad renovada y fecunda y el que deseaba ponerla —aun antes de creada— al servicio de fines políticos. Las votaciones del Congreso fueron ganadas por los primeros; pero... quedaban los segundos dispuestos a actuar.

Prosiguió la lucha ahora interna a la propia vida escolar; es más, a las propias Asociaciones, a la Asociación predominante, la F.U.E., que llevaba dentro la doble raíz política y universitaria. El reconocimiento oficial que le otorgó el primer Gobierno de la República vino a complicar su situación por ser prematura; por haberle sido concedido inoportunamente antes de que ella misma hubiera conseguido desembarazarse de su espectro político.


Situación actual

Y en esta situación se encuentra insertado como eslabón terminal el  curso 1933-1934. A lo largo de él, los núcleos de estudiantes políticos, que van a la Universidad con un mandato de fines extrauniversitarios, llenan su vida de una inútil violencia. Diferenciándose estos núcleos políticos de la política de la antigua F.U.E. en que ésta nació en circunstancias tales que el doble afán universitario y político nacieron mezclados desde dentro de la vida escolar, mientras que en los grupos políticos que han extendido la violencia sobre la vida universitaria han venido a caer sobre ella, que se limita a soportarlos.

A comienzos del curso actual de 1934 se ha retirado a la F.U.E. el reconocimiento oficial otorgado, su derecho a enviar representante a los claustros. Esta medida gubernamental cierra una época, la época que comienza en los últimos años de la Dictadura, y de la que hubimos de hablar. ¿Significará igualmente la entrada en otra? Forzosamente ha de ser así, y para ello existen ya grandes esperanzas. Y esta época nueva de la Universidad española no puede significar otra cosa que el cumplimiento de aquella primera ansia que movió al estudiante a sacudirse de su inercia, a salir de su atonía, el ansia de una Universidad viva, con vigencia Intelectual y social. Una Universidad que por ser fiel a su ser y destino influya en la vida nacional en que se asienta.


Realidades optimistas

Existen ya firmes esperanzas, y aun espléndidas realidades. Durante el curso de 1932-33 se inauguró en la Ciudad Universitaria su primer edificio, el de la Facultad de Filosofía y Letras. La inauguración del edificio inaugura igualmente un nuevo sistema de estudios, una nueva concepción de la totalidad o sistema de las enseñanzas. Y también —aire, luz y espacio abierto— un nuevo estilo de vida para el estudiante. Realidad todo ello, presentida y buscada por aquel primer favor de un renacimiento de la Universidad española. Como en lejanos días, sobre la colina de Santa Genoveva de París nació la Unidad occidental del cortejo de oyentes que acompañaba a una figura singular que enseñaba Filosofía, la nueva Universidad española renace de esta matriz viva que es actualmente la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.


María Zambrano
Almanaque literario, 1935











2938. Educación patriótica




Circular dictada en abril de 1940 dirigida a los Alcaldes y Presidentes de las Juntas Locales de Educación que debían comunicar a los maestros indicaciones concretas sobre la labor “tan eficaz que debían realizar en los aspectos cultural, religioso y patriótico”: 


Educación Religiosa

No se concretará la educación religiosa a las enseñanzas del Catecismo e Historia sagrada, a las que se concederá preferencia primordial, sino que toda la labor escolar estará impregnada de un profundo sabor cristiano, teniendo en cuenta que no existe ninguna materia de enseñanza de la que no se pueda sacar frutos que demuestren la excelencia de las cosas divinas. Los niños saludarán al Maestro, al entrar en la clase, con la españolísima frase de AVE MARÍA PURÍSIMA, a la que no se olvidará NUNCA, contestará por el Profesor, con la de SIN PECADO CONCEBIDA. En todas las sesiones escolares se rezarán las clásicas oraciones de entrada y salida, terminadas con u Padre-nuestro. 

Los sábados se rezará el Santo Rosario y se hará explicación del Evangelio correspondiente a la Misa del día siguiente. Durante el mes de Mayo se hará diariamente el ejercicio de las Flores a la Santísima Virgen. 


Educación Patriótica

Todos los días de clase y antes del comienzo de ésta, se irzará la Bandera Nacional en parte exterior del edificio escuela, dando el acto la debida solemnidad, cantándose por los niños con el brazo extendido el HIMNO NACIONAL, terminando con los gritos de ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡ ¡FRANCO ¡¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!. De la misma forma se arriará la Enseña de la Patria, al terminar cada sesión. Se aprovecharán todas las fechas conmemoraciones de hechos salientes de la pasada Cruzada para inculpar en los niños sentimientos de acendrado españolismo y se enaltecerá la figura del CAUDILLO que supo llevar a la Patria a los días de gloria y de justicia que estamos contemplando. 

Diariamente se hará una lección de Educación Cívica y de Patriotismo entresacada de las gloriosas páginas de la Historia de España. 

(B.O.P. de Guadalajara, 87, 10/4/40) 


Tomado de La depuración del Magisterio de Primera Enseñanza en Castilla-La Mancha (1936-1945. Memoria para optar al grado de Doctor presentada por Sara Ramos Zamora.

  









2721. Discusión sobre el uso del catalán y del castellano en la educación de Cataluña




El Sr. Presidente: El Sr. Sánchez Albornoz tiene la palabra.

El Sr. Sánchez Albornoz: Quiero comenzar, Sres. Diputados, por declarar que esta enmienda no responde exactamente al pensamiento de ninguno de los firmantes, ni siquiera al mío (Rumores y risas.) Sin embargo, todos hemos aceptado el texto de la misma, con la mira puesta en el porvenir de la República y de España; hemos cedido cada uno una parte de nuestras opiniones; hemos descendido de nuestras posiciones ideales, porque, Sres. Diputados, se trata de algo trascendental para la vida de España. No nos hallamos en presencia de una de tantas cuestiones como se han tratado y se han de tratar en esta Cámara en el debate de la Constitución, referentes a la vida jurídica del nuevo Estado y de la nueva sociedad que estamos organizando en estos días; emerge la cuestión de la entraña misma del futuro de España. Si nos equivocamos en cualquiera otro de los temas aquí resueltos o que hemos de resolver, habremos hecho o haremos un cieno daño a tal o cual ideal y, en último término, al Estado que estamos formando; pero si nos equivocamos al resolver este problema, habremos hecho un grave daño a la República y a España.

No creo que pueda ser sospechoso de falta de fervor por Castilla y por España; cuantos me conocen saben hasta qué punto vibra mi sensibilidad ante todas las cuestiones que afectan a Castilla, ante todas las tradiciones castellanas, ante el pasado y el futuro de Castilla. En esta misma Cámara he demostrado ese interés y esa devoción y muchos saben también cómo constituye para mi una pesadilla el recuerdo de la ruina de Castilla, por el abandono de las otras regiones en el momento en que ella estaba sosteniendo una politica, heredada precisamente de la corona catalanoaragonesa. Pero, a pesar de todo, estoy satisfecho de haber puesto mi firma al lado de las de otros Sres. Diputados castellanos y catalanes, para encontrar una solución a este problema fundamental de las lenguas, porque estoy convencido de que en el problema de las lenguas radica tal vez la clave de la futura organización de España; que en el problema de las lenguas estriba la clave de los movimientos regionales que han venido constituyendo la grieta de España, como se ha dicho con frase gráfica por un escritor norteamericano.

Mientras nosotros no acertemos a encontrar una fórmula que satisfaga por igual a todos, el problema de las lenguas seguirá pesando sobre España, y España seguirá en equilibrio inestable, arrastrando esa pesadumbre de los problemas regionales que han constituido un obstáculo para la Monarquía y que pueden constituirlo para la República. Será vano que nosotros concedamos las máximas autonomías a las regiones, que lleguemos a ser ultraliberales en el establecimiento de las funciones de los órganos regionales, si nosotros dejamos pendiente un hilillo, por leve que sea, que pueda parecer coyunda para el futuro desenvolvimiento de esas lenguas vernáculas de las regiones hermanas de Castilla. Por eso, señores Diputados, todos sabéis que llevo semanas preocupándome de resolver esta cuestión, de acuerdo con los Diputados de las regiones, especialmente con los Diputados de Cataluña; ellos saben hasta qué punto ha llegado en mí la tenacidad en la disputa con ellos mismos, y mis compañeros de minoría, cuál ha sido mi constancia en la defensa de mi pensamiento y de mis ideas a este respecto.

Algunos amigos catalanes, entre bromas y veras han llegado a hablar de que se proyectaba en mí como una sombra del viejo imperialismo de Castilla, deseando establecer también un nuevo imperialismo castellano en los tiempos modernos. Ni entonces ni ahora empuja la nave de Castilla la más leve ráfaga de imperialismo; cuando el castellano triunfó en las regiones hermanas de Castilla, no hubo disposición alguna que lo inpusiera; fue el genio de Castilla, movido entonces por los cerebros más fuertes de la raza, el que determinó la adopción libérrima de nuestra cultura y de nuestras letras por las regiones gallega y catalana (Muy bien.) No me mueve, Sres. Diputados, un átomo de imperialismo. ¿Para qué? ¿Qué podría importarnos a nosotros que hablasen o no mañana el castellano cuatro millones de catalanes españoles, si lo van a hablar cientos de millones de hombres a través de todos los mares y de todos los continentes? Porque, como decía Nebrija, la lengua sigue al imperio y por los azares de la Historia (aunque yo no creo que el azar presida la Historia), el castellano se ha difundido por todos los mares a todos los continentes y cada año aumenta el número de las gentes que piensan, sienten, sufren y aman empleando el verbo de Castilla. No puede, por lo tanto, preocupar a ningún castellano el porvenir de nuestro idioma; el porvenir de nuestro idioma está definitivamente asegurado en el mundo.

Algunos escritores catalanes hablan, tal vez con gozo, de la posible dispersión de esa lengua en una serie de lenguas diferentes, a través de todo el mundo en donde se habla nuestro idioma; yo debo decir desde aquí, a Rovira y Virgili, que ha sostenido esta tesis, que no olvide que en estos tiempos la Imprenta, la intercomunicación entre los hombres, la rapidez de los viajes, la posibilidad incluso de hablar con América a través de los mares, ha de impedir esa transformación. No olvidemos que para producir la de la lengua latina fue necesario que pasaran muchos siglos. No nos preocupa, por tanto, el porvenir, ni tenemos interés alguno en imponer el castellano; quiero que esta afirmación quede terminante y precisa por boca de un hijo de Castilla.

Hay otros, castellanos, que, a la inversa, piensan que me mueve un temor de ruptura de la unidad española. No; ni imperialismo orgulloso ni temor pusilánime al futuro de España. La unidad española radica en algo sustantivo; pese a algunos amigos catalanes que se sientan enfrente, hay una unidad geográfica, racial, cultural, de temperamento y de destino, que nos ata a perpetuidad; pese a las pesadillas de los cerebros torturados de uno y otro bando, no corre peligro la unidad española, primero, porque sólo desean la ruptura de esa unidad una docena de insensatos, que llaman ya traidores a las gentes que se sientan en esos bancos (Señalando a los de la minoría catalana) y que defienden la libertad de las regiones; después, porque si algún día la pasión cegara de tal manera las mentes de todas las gentes que integran una cualquiera de las regiones españolas que les llevara a un suicidio colectivo, a pensar en una separación de España, las otras regiones no lo consentirían, y, por último, porque si España tendiera algún día puente de plata a la region hostil que no se comportara fraternalmente con otras, todos lo sabéis, la región que atravesara el Rubicón de la ruptura, antes de medio siglo, o tendría que pedir sin condiciones su reingreso en la comunidad española o seria un montón de harapos y de ruinas.

Yo estoy absolutamente tranquilo por la unidad de España; no creo que corra ningun peiigro; por lo tanto, no es un movimiento imperialista ni un movimiento de temor lo que me ha llevado día tras día a discutir con unos y con otros para asegurar el mantenimiento de la enseñanza del castellano en Cataluña. Porque hay, Sres. Diputados, dos problemas en el artículo que estamos discutiendo: uno, el que hace referencia a la perpetuación del conocimiento del castellano en toda Espana; otro, que se refiere al respeto de los derechos de las minorías o de las mayorías de habla castellana en una región determinada. No hay paridad entre ambos; los separa un abismo. El derecho de las minorías de habla castellana, para gentes de espíritu liberal como nosotros, es un derecho respetable, más que respetable, es un derecho sagrado; pero no puede haber comparación entre el respeto de este derecho sagrado de las minorías y el interés supremo de mantener la unidad espiritual de España, de mantener el conocimiento integral de la lengua castellana en toda España, y a este mantenimiento del conocimiento del castellano va encaminada precisamente mi enmienda, que todos conocéis, que trata de establecer el empleo del castellano como instrumento de enseñanza, para que puedan las gentes que habitan las distintas regiones conocer debidamente la lengua que es trabazón del Estado español.

Me mueve a mantener esta enmienda, a procurar su aprobáción, un claro deseo de mantener la unidad espiritual de España y un férvido entusiasmo por el propio interés cultural de las regiones. La unidad espiritual de España se mantendrá, como se mantuvo en otros tiempo, sin imposición legal de ningún género; lo he dicho otro día desde estos bancos: nunca hemos estado más atados por las leyes que en los últimos tiempos, y nunca hemos estado, sin embargo, más distanciados en las voluntades y en los corazones. Yo no siento pavor alguno ante el mañana, porque la cultura de Castilla seguirá triunfando como hasta ahora, y más que hasta ahora, cuando no represente una imposición para Cataluña, cuando represente sencilla y únicamente la cultura del Estado dentro del cual se mueve; la cultura de corte universal a la que está unida por una tradición secular.

Pero aun más interés tiene para las regiones que para nosotros el mantenimiento del conocimiento del castellano en ellas, porque la Historia ha dejado reducidas las hablas de Vasconia y de Cataluña, por ejemplo, a un rincón de los Pirineos la una; a un rincón de la costa mediterránea la otra. Para moveros en España y en el mundo, hermanos de Cataluña y Vasconia, necesitáis una segunda lengua; esa segunda lengua, desde que Cataluña se unió a Aragón, hace siete siglos, y en Galicia y Vasconia, desde que el castellano se formó en las montañas de Bureba, ha sido siempre la lengua castellana. La hermandad, la facilidad de aprendizaje, hace que no sea para vosotros dificultad ninguna su conocimiento; además es la lengua de todo el Estado español y, sobre todo, de esa comunidad hispanoamericana, formada por 80 millones de hombres (cuyo número puede doblarse y triplicarse a medida que ascienden en su curva de desenvolvimiento los Estados hermanos de América), dentro de cuyo imperio cultural tenemos por fuerza que movernos, si no queremos perecer en el choque futuro de las constelaciones de Estados; porque es notorio que la Humanidad marcha hacia organizaciones superestatales que descansen en unidades distintas de la nación, y naturalmente, una de esas constelaciones ha de ser la constituída por los pueblos hispanoamericanos. Dentro de ese radio de acción hemos de vivir si no queremos perecer todos, y en estos momentos en que los espíritus adivinos del mañana ven con claridad que el mundo futuro ha de repartirse entre los pueblos de habla eslava, entre los pueblos de habla inglesa y entre los pueblos de habla castellana, son cientos de miles las gentes que en Germania, en Eslavia, en Inglaterra, en Francia y en América buscan el instrumento de la lengua castellana, pensando en ese inmenso porvenir reservado a nuestra raza. ¿Puede haber una sola región tan suicida que, teniendo en su mano el instrumento maravilloso del idioma castellano, que ha de permitirle moverse dentro de ese ámbito general de la cultura hispanoamericana, lo abandone? Por eso los catalanes han aceptado mi enmienda y la han firmado conmigo, convencidos de que era necesario para ellos, como para todos, no abandonar ese arma, de universal alcance, para las luchas futuras del mañana. Y aceptada por ellos la convicción de que era necesario el conocimiento de la lengua castellana, la fórmula de que se utilizara como instrumento de enseñanza era una consecuencia natural de las normas pedagógicas modernas. Es notorio, señores Diputados, que en todas partes surgen hoy instituciones que procuran facilitar el conocimiento de las lenguas utilizándolas como instrumento de enseñanza; este es el régimen, por ejemplo, que se recomienda en la Sociedad de las Naciones, el que se emplea en instituciones de Ginebra, el que se emplea hoy también en instituciones españolas, como el Colegio Pluriling|e; este el método que al fin y al cabo ha de imponerse en todas partes, el método que científicamente ha de emplearse mañana para aprender aquellos idiomas que quieran ser perfectamente conocidos y hablados por las gentes de verbo diferente.

El problema del mantenimiento del castellano en España, en todas las regiones que forman la trinidad de las que no usan la lengua castellana como suya, está, pues, garantido con la enmienda que un grupo numeroso de Diputados de distintos sectores de esta Cámara hemos sometido a deliberación.

Queda el problema de las minorías, señores Diputados; queda un problema tal vez leve hoy, pero grave por sus posibles consecuencias. Piense la Cámera que vamos a jugar con fuego. No hay en el articulo una sola sombra que limite el derecho de esas minorías a recibir la enseñanza en la lengua nacional. Está garantido en el artículo 47 (El Sr. Maura pide la palabra), porque nosotros estableceremos en la futura ley de Instrucción pública cuáles han de ser las formas y sistemas de enseñanza en todas partes; está garantido en este propio artículo 48, en la frase que dice: «Se concederá a las regiones el derecho a establecer la enseñanza conforme a lo que determinen sus Estatutos.» En esos Estatutos, en el catalán, por ejemplo, viene ya el reconocimiento de las minorías a recibir la enseñanza en castellano en la Escuela y en el Liceo, y de ahí lo llevaremos también a las Universidades, y lo llevaremos, porque para eso estamos nosotros aquí, y porque además yo me fío por completo de la lealtad de esos hombres que saben perfectamente que la única garantía para la aprobación de su Estatuto es nuestro espíritu liberal. Siendo nosotros los más, y a pesar de los movimientos pasionales que algunas palabras, algún gesto de ciertos catalanes habían levantado en nosotros, hemos convenido aquí en el reconocimiento de su autonomía. Ellos, en nombre de la libertad, nos piden el reconocimiento de su derecho al libre establecimiento de sus leyes, pero no nos podrán pedir en nombre de esa libertad el establecimiento de una tiranía para las minorías. Yo estoy seguro de que ellos han de venir aquí aceptando en sus Estatutos la misma libertad que nosotros hemos votado y vamos a votar. Pero si, por el contrario, alguna región no lo trajera así establecido en su Estatuto -siempre estaría en nuestras manos el aprobarlo o no-, esa garantía para la minoría castellana siempre queda asegurada por el derecho del Estado a establecer en esas regiones aquellos Centros de enseñanza que juzgase necesarios para salvaguardar la unidad espiritual española y el derecho de las minorías ling|ísticas.

Yo no dudo, señores Diputados, de que estas consideraciones que sugiere el examen atento y minucioso de los artículos que discutimos, llevarán al ánimo de la Cámara el convencimiento de que no tiene nada que temer tampoco el derecho, he dicho antes que sagrado, de todos los españoles a recibir la enseñanza en la lengua materna y en la lengua oficial de la República. Queda la Cámara como garantía última para la aprobación o denegación de los Estatutos en que se niegue aquella libertad a la que nosotros asentimos. Y esto sentado, que piense la Cámara, que medite la Cámara en lo que va a votar. Vosotros, amigos radicales, que habéis sido el partido histórico de la revolución, y vosotros, amigos socialistas, que sois firme esperanza del mañana para la República, tened en cuenta que mientras dejemos pendiente un solo hijo que pueda parecer coacción, sombra de menoscabo en el empleo de las lenguas regionales, habrán sido inútiles todos nuestros esfuerzos, habrá sido inútil nuestra revolución. La República seguirá viviendo en situación inestable, como vivía la Monarquía, arrastrando tras sí el peso de los movimientos regionales, que dificultarán, no la vida de la República, que esta asegurada (porque, pasara lo que pasara en esta Cámara, en Cataluña no podría ocurrir nada contra la República), pero sí la emoción cordial de las regiones frente a esta República que nosotros hemos traído y que queremos afirmar para bien de España.

Sólo mediante la concesión de las máximas libertades y mediante los máximos respetos a las hablas regionales podremos encontrarnos todos a gusto dentro de este Estado que estamos edificando todos juntos. Porque, señores Diputados de habla castellana, de la misma manera que nosotros amamos nuestra lengua, que ha sido la lengua de nuestros padres, que lo es de nuestras mujeres y de nuestros hijos, en la cual hemos vertido nuestros pensamientos, los frutos de nuestras vigilias, con la misma emoción aman también la suya nuestros hermanos de Vasconia, de Galicia y de Cataluña; y si nosotros pondríamos todo nuestro esfuerzo si amenazara la más leve sombra de coacción a nuestra lengua, si nosotros lucharíamos sin freno y sin tregua para obtener la libertad de la lengua castellana, tenemos también la obligación de asentir con el mismo entusiasmo a la lucha sin freno y sin tregua por el mantenimiento y por el reconocimiento de sus idiomas de las otras regiones hermanas de Castilla.

El Sr. Presidente: Advierto al Sr. Sánchez Albornoz que ha pasado ya el tiempo reglamentario.

El Sr. Sánchez Albornoz: Termino en este momento dirigiéndome también a los Diputados de Cataluña para decirles: yo preferiría que votaseis y que asintieseis a esta fórmula, pensando como pensaba el gran poeta Mistral cuando decía: «J'aime mon village plus que tout vilage, j4aime ma Provence plus que ta province, j'aime la France plus que tout.»

Preferiría, señores Diputados catalanes, que votaseis esta enmienda, amando sobre todo a España, como Mistral amaba a Francia; pero tened en cuenta, por lo menos, este gesto cordial de Castilla y no os apresuréis a doblar, como lo ha hecho recientemente «Gaziel», por la muerte de España, porque aún no ha llegado el momento de entonar cantos funerarios por la España única, que hizo Castilla en fraternal alianza con las otras regiones; aun no pueden cantar gallos en esa aurora, porque España existirá mientras exista el mundo. (Aplausos.)

El Sr. Presidente: La Comisión tiene la palabra.

El Sr. Jiménez de Asúa: La Comisión acepta la enmienda.

El Sr. Presidente: El Sr. Maura tenía pedida la palabra, pero puesto que la Comisión ha aceptado la emnienda, si lo estima oportuno, le reservaré la palabra para cuando se discuta inmediatamente una enmienda presentada por el Sr. Unamuno, y entonces, cuando llegue el momento de la votación, tendré mucho gusto en conceder al Sr. Maura la palabra para explicar el voto.

El Sr. Maura: Pero ¿no se va a votar esta enmienda?

El Sr. Presidente: No, porque queda incorporada al dictamen. Yo supongo que, después de las manifestaciones de la Comisión, la Cámara no tendrá inconveniente en tomar en consideración esta enmienda. La Presidencia entiende que, admitida por la Comisión, queda sin más incorporada al dictamen y que la Cámara se pronunciará en relación con las otras enmiendas.

El Sr. Alba: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S. S.

El Sr. Alba: Por encima de la voluntad de la Comisión, señor Presidente y señores Diputados, está la voluntad de la Cámara, y ésta podrá hacer uso de su derecho de admitir o no esa enmienda.

El Sr. Presidente: Efectivamente, por encima de la voluntad de la Comisión está la de la Cámara. Pero la admisión de esa enmienda no quiere decir sino que, si no se admiten otras, va a ser sometida a una votación definitiva como artículo, como ponencia del artículo, y entonces es cuando se manifiesta la voluntad de la Cámara.

Hay otra enmienda del Sr. Unamuno. (Véase el Apéndice 3.: al Diario número 60.)

El Sr. Unamuno: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Unamuno: La enmienda dice asi:

«A LAS CORTES CONSTITUYENTES

Los Diputados que suscriben tienen el honor de proponer la siguiente enmienda al dictamen de la Comisión de Constitución, en el art. 48:

«Art. 48. Es obligatorio el estudio de la Lengua castellana, que deberá emplearse como instrumento de enseñanza en todos los Centros de España.

Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus Lenguas respectivas. Pero en este caso el Estado mantendrá también en dichas regiones las Instituciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la República.

»Palacio de las Cortes a 21 de octubre de 1931.- Miguel de Unamuno.- Miguel Maura. - Roberto Novoa Santos.- Fernando Rey.- Emilio González.- Felipe Sánchez Roman.- Antonio Sacristán.»

Y ahora Sres. Diputados, debo confesar que me levanto en muy especial estado de ánimo, no muy placentero ciertamente. Apenas convaleciente de un cierto arrechucho, no sólo físico, sino también psíquico, vengo con el ánimo profundamente entristecido y contristado y no sé si podré poner la debida sordina a mis palabras y contenerme en los límites también debidos, porque no tengo costumbres ninguna de ese forcejeo de partidos políticos ni de cambalaches ni de transacciones. Afortunadamente para mí, y acaso más afortunadamente para vosotros, no pertenezco o no formo parte de ninguno de esos partidos, mejor o peor cimentados, y en los que se resuelven las cosas bajo normas de disciplina; pero hay por debajo de esos partidos políticos una especie de -no le llamaremos partido- agrupaciones, que podían denominarse profesionales. En esta Cámara hay médicos, en esta Cámara hay abogados, en esta Cámara hay ingenieros, hay también hombres de oficios manuales, y en esta Cámara, señores, hay demasiados catedráticos (Murmullos); probablemente somos demasiados entre maestros y catedráticos. Yo, que sé lo que he sufrido bajo el pliegue profesional, quisiera hoy, cuando se trata de la enseñanza, poder libertarme de él, poder libertarme de ese triste pliegue que no nos deja ver las cosas con bastante claridad. Dondequiera que el Ejército ha abusado, se ha formado un partido antimilitarista; donde el Clero ha abusado, se ha formado un partido anticlerical. Nuestros hijos, nuestros nietos, conocerán en España un Partido antipedagogista, porque yo temo mucho a la pedantería de los que nos arrogamos el sacerdocio de la cultura. (Muy bien, mny bien.) Esto es algo muy peligroso; mas ahora que oigo hablar continuamente de cultura (ya es una palabra que me duele en los oídos del corazón), y aquí, cuando parece que se trata de apoderarse, por la enseñanza del niño, de formar su alma, hay veces que, tristemente, creo que de lo que se trata es de dejar tranquilos a los maestros y a los profesores; es un funcionarismo. No sé por qué en esta Constitución de papel que estamos haciendo no se ha puesto un artículo que diga: «Todo español será funcionario público»; y en muchos casos esto quiere decir que todo español será pordiosero. Esta es la verdad verdadera.

Digo esto, porque precisamente en estos días, cuando estaba apasionando aquí y fuera de aqui -en Cataluña, en Vasconia, en Galicia y en las demás partes de España- este problema de la enseñanza del idioma, he recibido cartas y telegramas de padres de familia, de muchachos algunas, de una amargura extrema, que me recordaban a aquellos pobres españoles que fueron a Cuba en un tiempo, casaron allí, formaron allí su familia y se vieron luego despreciados por sus hijos. He recibido cartas de una enorme amargura; pero la mayor parte de los telegramas han sido de funcionarios, de maestros, que lo que querían es que no se les quitara una colocación. Y es que en el fondo, más que de otra cosa, se trata de eso: de si ciertos funcionados podrán seguir funcionando en unos sitios con libertad o no podrán seguir funcionando. No es más que eso; muchas veces es una cuestión de competencia profesional.

Pero, viniendo al fondo de la cuestión, no es, acaso, lo de la lengua, con serlo tanto, lo más grave. La lengua, en muchos casos -y lo decía muy bien el Sr. De Francisco-, en mi tierra nativa se toma como un instrumento de nacionalismo regional y de algo peor, y es alli, además, una lengua que no existe, que se está inventando ahora y que rechaza todo el mundo, porque el genuino aldeano, si se le pregunta a solas, dice: 'A mí no me importa eso; lo que yo quiero es aquello que me pueda elevar el espíritu y que me pueda hacer entender de la mayor parte de las gentes.» Pero lo que se trataba con la lengua es de establecer lo que la Biblia llama un «schibolet» para distinguir a unos de otros y que pasara el que pronunciara una cosa bien y no pasara el que pronunciara otra mal. Yo he visto cosas, como decir que para poder aspirar a ser secretario de un Ayuntamiento era menester conocer el vascuence en un pueblo donde el vascuence no se habla.

Quiero abreviar, porque ya digo que no estoy en ánimo muy propicio. Se ha venido aquí hablando continuamente de cultura (oímos esta palabra allá en los principios de la guerra mundial): cultura con c de la pequeña, latina, o con k alemana, con cuatro puntas como un cabaIlo de Frisia; pero hay otra cosa que parece más modesta que la cultura y que, sin embargo, a mí me preocupa mucho más, que es la civilización: la cosa civil. Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, cuando se dirigía a sus paisanos, a los hebreos, les hablaba en hebreo -lo cuenta el libro de «Los hechos de los Apóstoles»-, pero dictaba su cristianismo en lengua griega, que era la lengua ecuménica del Imperio romano; cuando se presentaba ante el pretor, contestaba: «Soy ciudadano romano.» La civilización es de ciudadanía y es romana y lo de la civilización es siempre imperial.

Aquí se hablaba el otro día de minorías étnicas. ¿Qué es eso de minorias étnicas? ¿Dónde están las minorías étnicas? ¿Minorías en qué sentido? ¿Contada toda España o contada una sola región? Yo me acuerdo que, hace años, un alcalde de Barcelona se dirigió al entonces rey D. Alfonso XII, en nombre, decía, de los naturales de Barcelona. Yo me creí obligado a protestar. Un alcalde de Barcelona no puede dirigirse en nombre de los naturales, sino de los vecinos, sean naturales o no, ni se puede establecer una diferencia entre vecinos y naturales. No hay, ni puede haber, dos ciudadanías.

Este es el punto de la civilización. Yo no sé cuántos son los que constituyen esa llamada minoría étnica; por ejemplo, en Barcelona no sé si son el 10, el 20, el 30 ó el 40 por 100. Lo que me parece bochornoso es que se les vaya a proteger como a una minoría. ¡ A proteger! El Estado no debe pasar por eso; a que le protejan otros y a que se les dé como una asignatura el castellano; como un instrumento, no; como una asignatura, no. Esto hace que se forme ese triste caso de lo que llaman el meteco, el hombre que está continuamente sufriendo. ¿Que por qué no se asimila? ¡Ah! Eso habría que verlo muy despacio y con mucha calma.

Pero dejando estas consideraciones, porque si me dejase llevar de ellas llegaría a cosas muy amargas, vengo al texto concreto. «Es obligatorio el estudio de la lengua castellana, que deberá emplearse como instrumento de enseñanza en todos los Centros docentes de España.» Yo hubiera preferido que se dijera: «es obligatorio enseñar en castellano. Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus lenguas respectivas (naturalmente, los comunistas podrán organizarlas en esperanto o en ruso); pero en este caso, el Estado mantendrá también en dichas regiones las instituciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la nación.» En este caso, y en cualquier caso, «mantendrá». La cosa está bien clara; no tiene más que seguir manteniendo.

Hoy hay en Barcelona una Universidad de España, y este es el punto fuerte; Universidad de que no puede ni debe desprenderse el Estado español en absoluto; que no debe caer bajo el control de ningún otro Poder que el del Estado español, ni compartirlo. Porque aquí, de lo que se trata en el fondo es de apoderarse de esa Universidad. ¡Cuidado!, que yo temo más aún que a la autonomía regional a la autonomía universitaria. Llevo cuarenta años de profesor, sé lo que serían la mayor parte de nuestras Universidades si se dejara una plena autonomía y cómo se convertirían en cotos cerrados para cerrar el paso a los forasteros. Alguien me decía: ¿Es que se va a sostener allí una Universidad con el dinero de Cataluña? No, con el dinero de toda España, naturalmente, incluso Cataluña; como se mantienen las Universidades del resto de España, y con el dinero de Cataluña.

Además, yo que no entiendo mucho, ni quiero entender, de ciertas distinciones jurídicas, veo que hay una cosa, que nunca comprendo bien, cuando se habla de catalanes y no catalanes. Para mí todo ciudadano español radicado en Cataluña, donde trabaja, donde vive, donde cría su familia, es no sólo ciudadano español, sino ciudadano catalán, tan catalanes como los otros. No hay dos ciudadanías, no puede haber dos ciudadanías.

Por lo demás, y quiero abreviar, por encima de esta Constitución de papel está la realidad tajante y sangrante. Se quiere evitar con esto cierta guerra civil (claro; no una guerra civil cruenta a tiros y palos, no): me parece que va a ser muy difícil, y además no lo deploro. Me he críado, desde muy niño, en medio de una guerra civil y no estoy muy lejano de aquello que decía el viejo Romero Alpuente de que la guerra civil es un don del cielo. Hay ciertas guerra civiles que son las que hacen la verdadera unidad de los pueblos. Antes de ella, una unidad ficticia; después es cuando viene la unidad verdadera. Y ¿qué más da que hagamos la guerra civil? Cualquier cosa que hagamos estará siempre en revisión; la revisión es una cosa continua; los períodos constituyentes no acaban nunca; es una locura creer que porque pongamos una cosa en el papel, va a quedar ya hecha. Además, ¡hay tantas cosas que no quieren decir nada, que no tienen eficacia ninguna!

Y como alguien más podrá manifestar algo (puede ser que yo tenga ocasión de añadir algo también), digo que no veo peligro, como se me ha dicho, en tomar ciertas actitudes. Me han dicho que hay peligros para la República. No sé; no veo que los haya. Parece la República muy timorata; cree que es hasta un acto de agresión hacer la apología del régimen monárquico. A mí me parece esto una inocentada; pero, en fin, yo no veo esos peligros y, en último caso, si los viera, creo que hay que atajarlos; mas, también, como he dicho muchas veces, creo que aquí hay algo por encima de la República. (Aplausos.)

El Sr. Ruiz Funes (de la Comisión): Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Ruiz Funes: La Comisión ha aceptado la enmienda del señor Sánchez Albornoz, por mayoría de votos, porque entiende que en esa enmienda resultan coincidentes la mayor parte de los criterios de los grupos o sectores de la Cámara, en su deseo de resolver este problema con el máximo de acierto posible.

Aceptada la enmienda del Sr. Sánchez Albornoz, la Comisión hace, por mi boca, la declaración dolorosísima, porque le consta al maestro Unamuno que todos y cada uno de los miembros de la Comisión tienen para el ilustre profesor una veneración especial, de que no puede admitir su enmienda por haber sido aceptada ya la del Sr. Sánchez Albornoz, que no coincide exactamente con la del Sr. Unamuno, aunque sí tiene con ella algún punto de contacto.

El Sr. Presidente: Antes de proceder a la votación, si el Sr. Maura desea usar de la palabra, puede hacerlo.

El Sr. Maura: Porque atribuyo a lo que ahora se está discutiendo la máxima importancia, dentro del tema constitucional, me levanto, no sólo a explicar el voto, aunque sea ese el trámite reglamentario, sino a hacer un llamamiento a la conciencia de la Cámara y a pedir, si ello es posible, que se definan, de una vez, las actitudes de cada cual en este problema de la enseñanza de Cataluña. (Muy bien.)

Y vamos a colocar el problema en su verdadero lugar, porque yo, Sr. Sánchez Albornoz, teniendo por S.S. el máximo respeto, he de decirle que toda la disertación de S.S. en esta tarde ha flotado en el vacío. Porque el problema no es ése; no es el problema de la Lengua; es un problema mucho más vivo. (El  Sr. Sánchez Albornoz pide la palabra) Luego la pedirá S.S. con más razón, después de que oiga todos mis razonamientos. (Risas y rumores.)

El problema es éste: frente a las regiones autónomas, ¿cuál va a ser la actitud del Estado en materia de enseñanza? Pues hay tres posturas: una, la inhibición total; otra, la de hacer compatible la enseñana del Estado con la enseñanza de las regiones en unos mismos Institutos y Universidades, y otra, la de que el Estado diga a las regiones autónomas: «Yo estoy donde estoy y no me voy, porque cumplo una obligación elemental (Muy bien), y tú, región autónoma, si quieres montar tu Universidad, te autorizo a ello y te doy la facultad para que colaciones los grados; pero yo no me voy.» (Muy bien.) Esta es la postura que este Diputado considera más adecuada. Pero eso, Sr. Sánchez. Albornoz, con carácter obligatorio. ¿Por qué? Pues la razón es clara: porque el Estado que deserte de esa misión fundamental, fundamentalísima, que supone nada menos que formar las conciencias de las generaciones en los Institutos y en las Universidades, entrega a estos señores, o a quien sea, el porvenir entero de una región, del alma de una region, que es mucho más que el de la economía y que el de todas las esencias de la vida de la región. Y un Estado que hace eso se suicida. (Muy bien.) Y yo digo que el Estado español y las Cortes Constituyentes españolas, al votar hoy la enmienda con el «podrá», lo que harán será facultar, a través de cubileteos y de enredos, como los que estamos presenciando a diario... (Aplausos que impiden oir el final del párrafo.) Esta minoría (señalando a la de izquierda catalana) arranca al Gobierno el desistimiento de la enseñanza allí y hace que no pueda volver jamás el Estado a establecer, con pleno derecho, la enseñanza en Cataluña. Tiene una gravedad inmensa lo que se está discutiendo hoy.

Pero, además, Sres. Diputados, en la enmienda nuestra, en la propuesta nuestra, ¿dónde está el agravio para Cataluña? ¿Qué queréis? ¿La autonomía? La tenéis absoluta. Cread otras Universidades, dadles la colación de grados. ¿En qué os daña, en qué os perjudica que el Estado esté allí presente, cuidando de la enseñanza, de la cultura castellanas, que tiene la obligación de defender? ¿En qué os perjudica eso? Hablad sinceramente. ¿Hay algo que os perjudique en eso? ¡Ah! Pues si hay algo, lo que quiere decir es que pretendéis imponer en la Universidad vuestra el espíritu vuestro, con exclusión del espíritu castellano, a las generaciones de Cataluña. Y frente a eso estaremos todos como un sólo hombre. Pero, además, señores, tenemos la experiencia. ¿Pero es que no ha habido en Barcelona un Instituto de Estudios catalanes? ¿No ha funcionado ese Instituto durante años? ¿Y qué ha salido de ese Instituto? (Un Sr. Diputado pronuncia palabras que no se perciben.) Muchas obras en castellano, ya lo sé; pero allí se ha forjado toda esa pléyade de separatistas que son hoy la flor y nata de la juventud separatista de Cataluña.

Está bien; que sigan haciéndolo si quieren; pero el castellano que vive en Cataluña, ¿No tiene derecho a que el Estado cumpla con su obligación de darle el asilo intelectual y de fórmarle su espíritu en castellano con la Ciencia castellana? (Un Sr. Diputado: Y la catalana.) Y la catalana para los catalanes. (Rumores.) Se decía ayer: es que nosotros enseñaremos también la cultura castellana ¡Pues no faltaba más que se negaran a enseñar la cultura castelllana! Y si no enseñaban eso, ¿qué iban a enseñar? (Risas y rumores.) ¡Ya lo creo! Pero hay muchos modos de enseñar una cultura. La cultura castellana no consiste sólo en enseñar la historia de la literatura o la historia patria, no; hay muchos modos de imbuir en el espíritu de las gentes, de los muchachos, de los alumnos, el fondo de la cultura. Y eso es lo que yo temo, y por eso es por lo que el Estado no puede ni debe pasar.

Y ahora, para ser breve, vamos a aclarar la situación parlamentaria. Señor Guerra del Río y señores de la minoría radical: ¿Qué ha pasado de ayer a hoy para que, levantándose S.S. cuando se discutía el voto del Sr. Iglesias, dijese que no lo votaban porque había una enmienda socialista que iban a votar SS.SS. por estar con ella conformes? (El señor Guerra del Río pide la palabra.)Que venga el Diario de Sesiones de ayer, a ver si no digo cosa cierta. (Rumores.-El Sr. Guerra del Río: Pregunte S.S. a la minoría socialista por qué no votó ayer la enmienda de la minoría radical -Nuevos rumores y algunas protestas en la minoría socialista.-El Sr. De Francisco: La minoría socialista ha explicado su actitud a la faz de todo el mundo. -Nuevos y prolongados rumores.)

Lo que yo deseo, no es causar una perturbación política; lo que yo deseo es ver si en este problema, de una gravedad tal que lo considero el más grave de todos dentro del problema constitucional, hay modo de aclarar actitudes y de que no prevalezcan aquí conciliábulos de fuera. Lo menos a que tenemos derecho los Diputados y el país es a saber dónde está cada cual en un problema de esta naturaleza. (Muy bien, muy bien. El Sr. Ortega y Gasset (D. Eduardo) pronuncia palabras que no se perciben.) ¿Qué dice S.S.? (El Sr. Ortega y Gasset (D. Eduardo): Que el diablo, harto de pasteles, se metió a fraile.) ¿Por quién dice eso S.S.? (El Sr. Ortga y Gasset (D. Eduardo):Por los muchos pasteles que ha hecho S.S. Rumores.) ¿Yo? ¿Con quién? ¿No será con S.S.?(Risas y aplausos.)

Yo lo que digo es que en la tarde de ayer la minoría radical, por boca del Sr. Guerra del Río, manifestó que estaba en esencia conforme con el espíritu de la enmienda del Sr. Iglesias.(Rumores.- El Sr. Guerra del Río: Fué al revés.) Y que, salvando la parte personal que el señor Iglesias había puesto en su discurso, no votaba con él porque al día siguiente se iba a votar la enmienda de los socialistas. (Denegaciones en las minorías radical y socialista.) ¿No es eso? (El Sr. Guerra del Río: Todo lo contrario.) Bien.

Señores radicales: ¿Podéis decir...? (El Sr. Guerra del Río: Interrogatorios, no. Ya contestaremos; pero aquí no admitimos interrogatorios. Grandes rumores.) Tienen SS.SS. que escucharme. (El Sr. Guerra del Rio: No admitimos ese tono, ni a S.S. ni a nadie; eso al Sr. Pildain, cuando estaba aquí; a nosotros, no. -Nuevos rumores y protestas.)

Si eso no es así, quedará claro que planteado el pleito en esa forma, que es la única en que se puede plantear, porque ese es el fondo del pleito, votarán en contra de la enmienda del Sr. Unamuno todos los que piensen que es indiferente para el Estado tener o no tener su enseñanza propia en Cataluña. (Rumores y protestas. El Sr. Presidente del Gobierno: Eso es un sofisma, Sr. Maura. Pido la palabra. -Grandes rumores.)

Señor Presidente del Consejo, quiero anticiparme a la observación o a la réplica que S.S. ha de hacerme. Seguramente me va a decir que, desde el momento en que en el precepto constitucional se dice que el Estado «podrá tener», es facultad del Estado, en todo instante, tener o no la enseñanza allí, los organismos allí y, por consiguiente, que el Estado, cuando lo considere preciso, asistirá a la enseñanza en Cataluña y en las demás regiones estableciendo sus organos de enseñanza. Pues bien; yo a eso contesto, por anticipado, a S.S. con este sencillo argumento: el Estado hoy está emplazado en Cataluña, su enseñanza instalada. Y el problema que se plantea es éste, que cuando haya un Gobierno lo suficientemente débil y para que la presión de los señores catalanes sea bastante eficaz a fin de que el Estado les ceda las Universidades allí existentes, a partir de ese momento el Estado tendrá necesidad de entrar por la fuerza, ¡por la fuerza!, y volver a instalar allí la Universidad. Y quien no conozca eso, no conoce la realidad. (El señor Presidente del Gobierno: ¡Con la Guardia civil!) Ni con la Guardia civil. (Grandes rumores. -Muchos Sres. Diputados pronuncian palabras que no se perciben.) Si yo no pretendo convencer a nadie. Me he levantado a salvar mi responsabilidad, y lo he hecho. (El Sr. Hurtado pronuncia palabras que tampoco se perciben.) Aguarde S.S. Repito que me he levantado a salvar mi responsabilidad y decir que, si se vota y subsiste eso, la inmediata, después de votada la Constitución y arrancado eso con el Estatuto, será que la actual Universidad española en Barcelona pasará a manos de los catalanes; y esa responsabilidad, hoy, en el Diario de Sesiones, quiero dejarla a salvo, concretamente, para ahora y para lo sucesivo. Lo demás no es de mi incumbencia; es de la vuestra, señores de los partidos. (El Sr. Pittaluga: Pido la palabra para una aclaracion de voto.)

El Sr. Presidente del Gobierno (Azaña): Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Presidente del Gobierno: Tenía la intención de no intervenir en esta discusión, no ciertamente porque fuera mi propósito escudarme en un prudente silencio para eludir una declaración de actitud o de pensamiento político en la materia, como parece que suponía el señor Maura cuando requería a todos, en general, a una definición clara de actitudes. No. No pensaba intervenir, en primer término, porque mi posición en este problema es conocidísima, notoria y antigua; segundo, porque la enmienda que se discute va encabezada por mi correligionario el Sr. Sánchez Albornoz y está aceptada por todo el partido de Acción Republicana, y, tercero, porque, ocupando yo este puesto, la más elemental prudencia me aconsejaba mantenerme un poco apartado del debate, a fin de que no pareciese que yo trataba de ejercer alguna presión o coacción sobre los correligionarios que contienden en este asunto. Pero la actitud del Sr. Maura me obliga, bien a mi pesar, a decir cuatro palabras que pongan la cuestión en sus verdaderos términos.

El Sr. Maura está satisfecho, seguramente, de lo que acaba de hacer. El Sr. Maura ha levantado una bandera, y es natural. El Sr. Maura acaba de salir del Gobierno, tiene plena libertad para sus movimientos políticos, es un fogoso temperamento de propagandista y necesita inmediatamente -yo lo comprendo- una plataforma sobre la cual luchar. (Grandes y prolongado rumores. -El Sr. Maura hace gestos negativos y, como otros Sres. Diputados, pronuncia palabras que no se perciben.) Yo le digo al Sr. Maura que, no obstante ser libre cada cual en la elección de los términos políticos en que se plantean las cuestiones del gobierno de España, me parece un error que un hombre de la autoridad de S.S. haya tomado parte en esta cuestión en nombre del españolismo. (El Sr. Manra hace signos de extraneza.) Lo acaba de decir S.S... (El Sr. Maura: No.) Ha empleado S.S. estas palabras... (El Sr. Maura: ¿Me perdona S.S.?) en nombre del españolismo. Y yo digo; Sr. Maura, que el error más grave, si no se trátara de S.S. diría que la pifia más grave(Rumores), que se puede cometer en esta materia, es contraponer el criterio de S.S., en nombre del españolismo, al criterió de los Diputados catalanes o de los partidarios de las autonomías o de los demás partidos políticos que tienen un criterio opuesto a S.S., pero que no dejan de ser españoles ni españolistas por ser autonomistas y catalanes. (Muy bien.)

Este es el error fundamental. Su señoría es muy dueño de apreciar la situación como le plazca, pero ni S.S ni nadie tiene derecho a decir que es más españolista que los demás si éstos no compartén el criterio que su señoría acaba de defender.

Es demasiado seria la cuestión, Sres. Diputados, para llevarla a términos de pasión y de efecto político parlamentario inmediato.

¿Quién da al Sr. Maura el derecho a decir que los que voten en un determinado sentido son indiferentes a que el Estado mantenga o no en Cataluña la enseñanza? Pero ¿de cuándo acá tiene S.S el derecho de interpretar por anticipado el voto de los partidos? (El Sr. Maura: El texto de la ley.) El texto de la ley no es el que ha dado S.S. Su señoría ha dicho que el que vote en contra de la enmienda que acaba de defender el Sr. Unamuno significa que le es indiferente que el Estado tenga o no a su cargo la enseñanza en Cataluña, y éste es un derecho que S.S. se toma, pero que nadie le ha concedido. (Rumores.)

Lo que tengo que decir a las Cortes, y lo digo como hombre de partido y como Diputado que va a votar en favor de la enmienda, hoy dictamen, a causa de haber sido aceptada por la Comisión, es esto: nosotros hemos hecho una revolución, o la ha hecho quien fuere; hemos traído la República, o la ha traído quien fuere, y una de las cosas que tiene que hacer la República es resolver el problema de Cataluña, y si no lo resolvemos, la República habrá fracasado, aunque viva cien años (Rumores), y la única manera de resolver el problema de Cataluña es resolverlo en sentido liberal, haciendo honor a las propagandas, a las promesas y a los programas de los partidos, publicados en todas partes y suscritos, en lo que se refiere al problema de Cataluña, por el propio Sr. Maura. (Muy bien en la minoría de izquierda catalana y en algún otro banco.) Y en todo el problema catalán no hay nada más sensible, nada más doloroso, nada más irritante, a veces, que la cuestión de las Lenguas.

¿Cómo es posible, Sr. Maura, que nosotros, en esta situación, al dicutirse la Constitución, vayamos a adoptar un texto constitucional que haga imposible el día de mañana la votación libre del Estatuto de Cataluña, o del de otra región cualquiera, prejuzgando una cuestión que debe resolverse en su esencia al votarse esos Estatutos y no la Constitución? ¿ Qué hemos hecho nosotros en estas Cortes cada vez que el texto constitucional ha rozado de cerca o de lejos el problema de las autonomías, sino adoptar un texto constitucional que no prejuzgue la cuestión, que deje íntegramente su resolución al porvenir, con el fin de que al llegar la discusión de los Estatutos catalán, vasco o gallego, las Cortes, con plena soberanía, con plena autoridad, puedan aprobarlos o rechazarlos en todo o en parte? Lo que no se puede hacer desde ahora es cerrar los caminos, disgustando a los que hemos venido aquí con el mejor deseo de dar a este problema una solución armónica y constitucional que permita vivir a Cataluña en paz con toda España.

Este es mi criterio y ésta estimo que es la verdadera cuestión, señores Diputados; de ninguna manera creo procedente lanzarse a fondo sobre el problema de si el Estado debe tener estas o las otras atribuciones respecto a la enseñanza en Cataluña, en Vasconia o en Galicia. ¿Que es este el problema parlamentario actual, Sr. Maura? No; el problema parlamentario actual consiste en votar un texto constitucional que, reservando íntegramente todas las facultades del Estado en el porvenir, reserve también todas las posibilidades del Estado para cuando las Cortes lo quieran votar.

No es otro el problema y tomarlo en otro sentido, aunque la contraposición sea leal, sincera y noble, es muy mal sistema, Sr. Maura, y puede llevarnos a situaciones inextricables que, desde este sitio aconsejaría a su señoría que no las provocase.

Por lo tanto, Sres. Diputados, yo no voy a hacer una defensa de la enmienda del Sr. Sánchez Albornoz, aceptada por la mayoría de la Comisión, pero puesto que el Sr. Maura decía que había que fijar actitudes, yo fijo públicamente la mía, voy a votar el texto de la Comisión, y lo voy a votar por esa razón, porque deja libre el camino del Estatuto, porque no prejuzga el Estatuto y porque, habiéndolo aceptado los Diputados catalanes, de cuya vigilancia por el porvenir de sus aspiranes no creo que pueda caber ninguna duda, y teniendo nosotros, hombres de partido, la convicción de que no se roza para nada ni se mete para nada con el porvenir de las atribuciones del Estado, estamos en el deber de transigir así y proponer a nuestros amigos y correligionarios que voten la enmienda tal como la ha aceptado la Comisión.

Me parece que la situación es bien clara, Sr. Maura. ¿Qué tiene que ver con un problema de la gravedad de éste lo que dijo ayer el partido radical o lo que dijo ayer el partido socialista? ¿Es que el partido radical ayer no defendía legítimamente una posición histórica suya? ¿Es que no se votó? ¿Es que no quedó denotada la posición del partido radical? ¿Es que un partido, el partido radical, una vez que pierde una votación no puede ya volver a moverse más en los debates parlamentarios, no puede adoptar otra posición dejando a salvo su criterio y el ideario de su partido? ¿Es posible, Sr. Maura, que S.S., que conoce las responsabilidades del Gobierno, ahora que se ve libre de ellas, pueda en un ímpetu oratorio magnífico como suyo y prenda de su magnífico temperamento político y parlamentado, crear una situación parlamentaria difícil? Sr. Maura, hay responsabilidades, colaboraciones, que no se rompen en veinticuatro horas, y S.S. no puede ahora venir a decirnos que él no participa en cabildeos, en secretos y en cambalaches. ¿Cuándo no han ocurrido estos cabildeos, secreteos y cambalaches? ¿Es que es alguna cosa punible, vergonzosa, deshonrosa, que los Diputados y los partidos, enfrentándose en el salón de sesiones por criterios opuestos, se reúnan, expongan en común sus ideas, razonen alrededor de una mesa, digan familiarmente los argumentos o los motivos o los hechos que quizá no caben en los términos de un discurso y lleguen a un convencimiento común, a un texto aceptable para todos, transigiendo todos? ¿Es que esto es lo que se llama con tono despectivo un cabildeo, cambalache o cosa por el estilo? Pero Sr. Maura, ¿cuántas veces en nuestra accidental etapa de Gobierno no hemos hecho S.S. y yo lo mismo en otras cuestiones? ¿Pues no ha ido S.S. al despacho de Ministros a preguntarme qué es lo que íbamos a hacer, y yo se lo he dicho? ¿Está feo? No. Pues si no lo está, ¿por qué nos censura S.S.? (El Sr. Maura: Ya lo explicaré.) Yo, Sres. Diputados, dicho esto, y dando a esta réplica del Sr. Maura, que, naturalmente, he tenido que poner en el tono de viveza que él ha dado a su intervención, cosa que me cuesta poco trabajo, porque seis meses de convivencia con el Sr. Maura me han hecho familiarizarme con su timbre de voz y su tono, rogaría a las Cortes que apreciasen el problema tal como es, que no se trata ahora de resolver para siempre si el Estado va a tener la enseñanza de Cataluña, si el Estado va a tener esta o la otra función, que se reserva íntegra la posibilidad del Estado en Cataluña, que este problema se plantea para el Estatuto, que hay que dejar paso al Estatuto y que no hay derecho a contraponer nunca la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura castellana con la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura catalana.

No puedo admitir eso porque la cultura catalana y la cultura castellana son la cultura española(Muy bien), y cada una de ellas forma su parte alícuota en la cultura de mi patria y es absurdo sembrar la discordia, crear un resquemor injustificado cuando a la noble ambición de aquellos hombres que traen de su país una aspiración, un lenguaje y una ambición legítimas se les pone, como valladar, el respeto a la cultura castellana, que nada tiene que temer de ninguna otra cultura nacional, puesto que forma parte, como todas las otras, de la cultura española. Sr. Maura, no hablemos a los catalanes en tono de oposición de la cultura castellana. Tan española es la suya como la nuestra y juntos formamos el país y la República.

¿Vamos a olvidar la colaboración de los Diputados republicanos catalanes en la instauración de la República? ¿Es posible, Sr. Maura, que su señoría se vuelva a esos hombres, como acaba de hacerlo, y prevea para el porvenir presiones, gestiones sobre supuestos Gobiernos chiles que van a abandonar en manos de los grupos políticos catalanes no sé qué parte esencial del Estado? Pero ¿en qué manos cree S.S. que va a caer el Gobierno de España, o qué clase de hombres cree S.S. que son esos Diputados catalanes? Pues qué, ¿no sabe S.S. que actualmente la República en Cataluña no tiene mejor apoyo, ni tiene mejor escudo, ni tiene mejores paladines que todos esos Diputados y los partidos que ellos representan? ¿O es que cree S.S. que el escudo de la República en Cataluña está en el nacionalismo de la extrema derecha o en los sindicatos revolucionarios?

Esos hombres, esos Diputados, para nosotros representan un sentido de libertad republicana y un sentido de autonomía que coincide exactamente con los programas, con las ideas y con los propósitos de nuestro partido republicano, que responde exactamente al ideario, de la revolución y de la República, y se comprometerían las promesas, las obligaciones y el porvenir de la República, si ahora, por un movimiento pasional, por un patriotismo que no puede ser mayor ni menor en unos que en otros, les defraudásemos, presentándonos como enemigos de las reivindicaciones de Cataluña. (Grandes aplausos.)

El Sr. Maura: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S. S.

El Sr. Maura: Si S.S., Sr. Presidente del Consejo, está tan habituado, como dice, al tono mayor que por lo visto, yo acostumbro a emplear en las conversaciones, voy a hablarle en tono menor; pero en ese tono voy a decir a S.S., que es indigno de S.S., indigno de mi e indigno de la Cámara que haya empezado S.S. por suponer que yo he venido aquí a buscar una bandera. (El Sr. Presidente del Consejo: A buscarla, no; a enarbolarla.) A enarbolarla, a levantarla. Pues peor. Y S.S., que me conoce, segun dice, hace seis meses (algo más hace), ¿me considera capaz de enarbolar una bandera de esa naturaleza que, una vez votado el artículo, se esfuma? Pues ¡divertido estaría yo si no tuviera otra bandera que enarbolar en la República! Pero el solo hecho de que S.S. me haya supuesto capaz de eso, me basta para relevarme de muchos compromisos en lo sucesivo.

Y ahora vamos al fondo del asunto.

Españolista me ha llamado S.S. Indudablemente, S.S. tiene una habilidad dialéctica extraordinaria; pero no se atiene a la realidad, porque yo no he hablado en nombre del españolismo, sino en nombre de la autonomía más perfecta y acabada, que es como han hablado los señores de la minoría socialista.

¿Qué otra cosa significa, Sr. Azaña, decirles a las regiones autónomas: «Tenéis plena libertad, tenéis absoluta libertad para instalar vuestras Universidades y vuestros centros docentes, todo lo que queráis, y además, el Estado os da incluso la facultad de colación de grados, en lo cual podéis ser soberanos, si es que se puede aceptar esta palabra, para practicar la enseñanza libremente en vuestra región; pero respetad el derecho del Estado a practicarla también para los que quieran cultivarla dentro de las Universidades castellanas o de las Universidades españolas»?

¿Es eso ser españolista? ¿Es eso levantar la bandera españolista? No, Sr. Azaña; eso -permítame S.S. que se lo diga- es discutir con no muy buena fe. Yo he defendido un punto de vista perfectamente liberal y autonómico, y no hay nadie que pueda decir que en la enmienda del partido socialista o en la enmienda del Sr. Unamuno haya ni tanto así que vaya contra el principio de la autonomía regional.

Afirmá S.S. que todo queda reducido a posponer la cuestión para cuando se discuta el Estatuto. Pero, Sr. Azaña, yo supongo que por mucho que sea el Estatuto y por muy avanzado que sea el Estatuto, no llegará nunca a impedir que el Estado mantenga en su Constitución fundamental un derecho elementalísimo y además sagrado y una obligación ineludible; supongo que a eso no llegará ningún Estatuto, porque entonces sobraría que nosotros aprobáramos ahora esta Constitución. Por consiguiente, lo que nosotros pedimos es que esta obligación sagrada del Estado no quede pendiente de un «podrá», sino sencillamente precisada y fijada de un modo definitivo, y queda libre, absolutamente libre para el Estatuto el si han de tener Universidades y la forma en que van a ejercitar ese derecho las regiones; de modo que tampoco es ese argumento que se pueda mantener.

Y por último, Sr. Azaña, yo desearía que cuando se quiera sacar adelante eso que llamaba el Sr. Sánchez Albornoz fórmula, no enmienda, fórmula, porque, en efecto, lo es, no se saque el tropo de la Lengua, porque prácticamente, Sr. Azaña, nadie discute la Lengua, ni a nadie se le ha ocurrido pretender que estos señores (Señalando a la minoría catalana) dejen de enseñar el catalán. Ayer decía el Sr. Xiráu con gran acierto que el problema de la Lengua no es problema, porque la práctica lo resuelve por sí sola; cuando un maestro se encuentra con alumnos castellanos, los enseña en castellano, y con alumnos catalanes, en catalán; eso es natural y en eso no hay problemas; pero no se apele al tropo fácil de hacer cantos a la cultura ni a la Lengua catalana, porque eso es muy sencillo, pero no tiene que ver con el asunto (El Sr. Presidente del Gobierno: Yo no he cantado.> No ha cantado S.S. porque no ha llegado el caso; pero ha recitado y recitado muy bien. Y en cuanto a la cultura castellana, no he sido yo quien ha hablado de eso, porque ayer desde esos bancos no se ha hablado de otra cosa sino de la cultura castellana y de la cultura catalana. (El Sr. Presidente del Gobierno: Y tiene razón.) Y S.S. también, porque es verdad que todo eso es cultura española; pero cuando yo he hablado de cultura castellana, he hablado contestando a las consideraciones que ayer se hicieron con motivo de la cultura catalana y de la Lengua catalana; no ha sido invención mía; también eso es muy fácil; pero no me siento con vocación para entonar un canto a la cultura española. Y nada más.

El Sr. Sánchez Albornoz: Pido la palabra.

El Sr. Presidente: La tiene S.S.

El Sr. Sánchez Albornoz: La Cámara comprenderá la situación desigual en que me encuentro para contender con parlamentado de palabra tan ágil y de intención tan aguda como el Sr. Maura; pero no puedo menos de levantarme a rectificar algunas de sus afirmaciones, porque si yo, según él, he estado moviéndome sobre el vacío, el Sr. Maura ha estado combatiendo fantasmas. Con un dramatismo extraordinario ha hablado aquí de que vamos a entregar el alma de Cataluña al catalanismo, de que no habíamos tenido en cuenta la enseñanza del castellano, la enseñanza del Estado español en Cataluña.

Y yo voy a replicar muy brevemente, quizá en menos de cinco minutos. El Sr. Maura no sabe que las palabras de la Constitución «mantendrá», fueron llevadas al dictamen precisamente por iniciativa mía y por boca del representante de Acción Republicana; pero me he convencido después de que inferíamos un daño a España si nosotros nos empeñáramos en mantener la enseñanza del Estado, si las regiones atienden a esa necesidad de las gentes de habla castellana, en Cataluña, en. Vaconia y en todas partes. Porque yo no puedo olvidar, Sr. Maura, el caso de un gran pueblo, Austria, que encontrándose con problemas que no eran iguales, pero sí parecidos, acudió a la forma que proponen el Sr. Maura y algunos otros Sres. Diputados en esta Cámara.

En Praga funcionaba una Universidad alemana al lado de la Universidad checa; en las tierras polacas de Austria funcionaba una Universidad alemana al lado de la Universidad polaca; en las regiones servias de la monarquía austríaca ocurría otro tanto; y yo quiero llamar la atención de la Cámara para que contemple el resultado que ese antagonismo entre dos Universidades, entre dos culturas, entre dos pueblos, ha dado al cabo de muy poco tiempo. Pensad un momento en que no ha servido para nada en orden al mantenimiento de la unidad del Estado austríaco el mantenimiento en esos pueblos de dos Universidades: alemana y checa; alemana y polaca; alemana y servia, puesto que al cabo de muy poco tiempo Checoeslovaquia era una país independiente, Polonia recobraba su libertad y Yugoslavia constituye un Estado nuevo.

Yo no quiero contribuir con mi voto a que nosotros ahondemos las diferencias que puedan existir entre España o el resto de España y Cataluña; no quiero que el día de mañana pueda ocurrir, por haber nosotros atizado la llama de la contienda, algo parecido a lo que ha ocurrido en el Imperio austríaco y nos encontremos con un fraccionamiento semejante, que no sólo no ha evitado, sino que ha contribuído a crear ese antagonismo de Universidades, de culturas, de centros encontrados.

Y yo quiero también llamar la atención del Sr. Maura y de la Cámara, que precisamente el poner trabas a la expansión de la enseñanza catalana, la contraposición violenta entre las dos lenguas, practicada de modo cruel por la Dictadura, nos ha traído al estado presente; precisamente si hace veinte años hubiera habido en el banco del Gobierno gentes capaces de comprender el problema catalán, no estaríamos nosotros discutiendo hoy alrededor de esta cuestión, en una situación que puede ser muy grave si no dejamos la pasión a un lado y si no habla la reflexión, el entendimiento y el deseo de concordia. (Aplausos.)

El Sr. Presidente: El Sr. Guerra del Río tiene la palabra.

El Sr. Guerra del Rio: Sres. Diputados y Sr. Maura, sólo hago uso de la palabra ante el requerimiento de S.S. y decidido a no seguirle en el tono que ha empleado, sino a contestarle con el mayor comedimiento y limitándome a restablecer la verdad, que el Sr. Maura olvidó o fue mal nformado respecto a ella.

En el día de ayer la minoría radical sostuvo y votó, por acuerdo suyo, un voto particular de esta minoría, en el cual se decía: «Es obligatoria la enseñanza en castellano en todas las escuelas primarias de Espana. En los casos en que las regiones autónomas organicen la enseñanza en sus lenguas respectivas, el Estado mantendrá en aquéllas Centros de instrucción de todos los grados en la lengua oficial de la República.»

Este voto particular, que condensaba el criterio del partido radical, fue desechado por la Cámara por 192 votos contra 78. De esos 78 votos, ponga S.S. todo el margen más amplio que quiera, y son votos radicales y federales; en los 192 votos en contra puede contar todos los Diputados socialistas que se encontraban presentes. Terminada la votación y derrotado nuestro criterio y desechado por la Cámara el voto particular, fue el Sr. Cordero, no yo, que, aunque manso, no soy cordero, ni me llamo Cordero (El Sr. De la Villa: Ni manso es tampoco S.S.), fue el Sr. Cordero el que se levantó a decir que la minoría socialista presentaría hoy esa enmienda a que se refería S.S. En ello el partido radical no intervino para nada; defendió su criterio, le votó y fue derrotado.

En el día de hoy, ¿qué hará la minoría radical? Lo lógico, lo que nos imponen nuestras convicciones: ir buscando en las enmiendas, en las proposiciones, en las fórmulas que presenten los demás partidos la que más se acerque a la nuestra; pero escogiéndola nosotros, sin necesidad de que sea el Sr. Maura quien nos la indique. Es lo menos a que creemos que tenemos derecho; seremos nosotros los que escojamos, una vez desechado nuestro criterio, el que más se acerque al nuestro. Entonces, señor Maura, ¿a qué viene el requerimiento a la minoría radical y a Guerra del Río, cuando hemos actuado con una actitud tan clara, tan franca, como la que expresé ayer en la Cámara, y que está avalada por el voto de toda la minoría radical?

Con esto hemos terminado. El Sr. Maura, seguramente, y con ello no demostró más que sus relaciones antiguas con esta minoría, tiene todavía en el oído las reiteradas palabras de los radicales, mientras él se sentaba en el banco azul, que en otra ocasión decíamos: «Lo que se diga desde ahí (Señalando al banco azul), eso vota la minoría radical.» Nosotros no hemos cambiado, Sr. Maura, y seguimos diciendo lo que el primer día: «Lo que se diga desde ahí (Señalando nueva mente al banco azul), eso vota la minoría radical.» Si el Sr. Maura ha cambiado de sitio, la culpa no es nuestra. (Aplausos.)


Diario de Sesiones, 22 de octubre de 1931