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3272. El general Miaja

A fines del siglo XIX, antes del año 98, el ejército español no era precisamente un ejército popular, pero conservaba todavía, y la sacaba a relucir en las grandes solemnidades, cierta aureola liberal. 

Era el ejército de la guerra de la Independencia y de las guerras civiles. Había luchado en ambos casos por la libertad. Primero, frente al extranjero, es decir, en la política exterior; y después, en la política interior, frente al absolutismo, por la libertad política sin la cual la otra, la libertad nacional, resultaba un engaño. 

Es verdad que ese doble sentido de la libertad se presta a un equivoco en el que han caído y siguen cayendo las naciones y que entonces no supo evitar España. Toda nación, cuando defiende su independencia, se cree muy liberal y lo es, en efecto, mientras lucha por la libertad. Pero, una vez conseguida ésta, hay que mostrar si se es digno de ella. ¿Para qué se ha querido? ¿Para la liberación o para la opresión? ¿Como una finalidad a la que es preciso llegar o solamente como un medio?

La España del siglo XIX, que dio un sentido político que hasta entonces no tenia y desde entonces tuvo en todo el mundo a la palabra liberal, alzó, como otras naciones de aquel siglo y del nuestro, a muchos jefes liberales que no supieron o no quisieron hacer nada con la libertad, mejor dicho, que no supieron hacerla, liberales en Su juventud, reaccionarios en su madurez (tal ha sido y sigue siendo el lugar común de las biografías políticas). 

La libertad no estaba madura, no llegó a madurar porque las condiciones económicas del país no variaron todo lo que debían con la única verdadera revolución liberal que se hizo en España durante el siglo XIX: la desamortización de los bienes de la Iglesia; revolución precursora, en la que España se adelantaba a las demás naciones, pero que no se llevó a fondo.

La restauración monárquica en España, a fines del siglo XIX, fué el triunfo reaccionario de los jefes alzados en su juventud como liberales. Se cumplían las biografías políticas claudicantes. El ejército español de la restauración, traicionado por sus jefes, era, pues, en realidad, un instrumento de la reacción. 

Sin embargo, sus banderas, en algunas conmemoraciones, por ejemplo en la del 2 de mayo, todavía ondeaban con aires de libertad. El 2 de mayo, Bailen, los sitios de Zaragoza y de Gerona, de la guerra de la Independencia, se enlazaban con Luchana, la liberación de Bilbao y hasta con el abrazo de Vergara, que aún podía parecerle ingenuamente al pueblo la derrota del absolutismo carlista. 

El ejército de Martínez Campos, de este tipo perfecto de general traidor, que se sublevó en Sagunto para restaurar el trono de los Borbones, era todavía para el pueblo el ejército de Riego, el héroe muerto por liberal, y el ejército de Espartero, que decía: cúmplase la voluntad nacional, y de Prim, aquel impetuoso que se había presentado a la reina con un soviet de soldados. 

A esta historia militar superviviente en la imaginación del pueblo, se unía la historia clásica de los conquistadores españoles: Hernán Cortés, Pizarro, soldados y campesinos que conquistaban imperios. Mucho antes de que existiera un ejército popular sacado de la revolución —el ejército francés de Napoleón— los españoles que se iban de soldados a América llevaban en su hatillo el bastón de mariscal. 

Así se explica que en el año de 1897 saliera de la Academia de Infantería un segundo teniente, lleno de ilusiones militares e hijo de obreros. Este joven oficial se llamaba José Miaja. 

Era un mozo de pecho ancho y cabeza redonda, nacido en Oviedo. Su padre trabajaba en la Fábrica de Armas; y como el trabajo del padre, sobre todo si es obrero, trasciende al hogar, José Miaja debió en cierto modo familiarizarse, desde chico, con el secreto de esos instrumentos rígidos —los fusiles— que los hombres manejan en todas las direcciones. El oficio del padre tuvo, indudablemente, su parte en la inclinación del hijo. Si no se hubiera destinado al mando, a la dirección de las armas, José Miaja se hubiese dedicado, como su padre, a fabricarlas. 

Entonces los obreros fabricaban los fusiles, pero no los dirigían. Frecuentemente estaban dirigidos contra ellos. El paso de una a otra función con respecto a los fusiles era el ascenso de una a otra clase social, y no bastaba merecerlo, había, además, que agradecerlo. Todavía el soldado que por azares de la guerra ascendía a teniente, podía pasar, si sabía adaptarse a su nueva clase y volverse contra su clase de origen, cuando fuera necesario. Mas, a pesar de la pálida aureola que aun pudiera tener el ejército liberal, no podía admitirse fácilmente que un mozo de la clase humilde entrara a formar parte de la oficialidad por la misma puerta de la Academia que los señoritos de las clases acomodadas.

Los conquistadores de América, capitanes del pueblo; los guerrilleros de la Independencia; los héroes militares de la libertad, toda la vena popular del ejército español, henchida de la sangre más roja del pueblo, no había destruido el prejuicio de la sangre azul en el ejército. Sabido es que antiguamente, en las casas nobles, el hijo mayor heredaba los títulos, era el duque, el conde, el marqués, mientras los otros hijos varones se dedicaban a la carrera de las armas o a la Iglesia como las hembras se casaban o entraban en un convento. Las armas eran de la nobleza y para la nobleza. Los ejércitos estaban así compuestos de jefes de la clase social superior y soldados reclutados en el pueblo hambriento y aventurero. Cuando la clase superior, en los tiempos modernos, no fué ya la nobleza sino la clase media enriquecida, los jefes del ejército salieron no sólo de la aristocracia, sino también de la burguesía, pero de la burguesía que más deseaba heredar los modos de la nobleza, la que más la imitaba. 

José Miaja que, sacrificándose sus padres, había conseguido entrar en la Academia de Infantería, no podía ser bien visto por los señoritos cadetes de la antigua o de la moderna nobleza. Si le tiraba la milicia debía sentar plaza. Era un hijo del pueblo que no estaba hecho para mandar, sino para obedecer. Los que le creaban este ambiente hostil no hubieran podido figurarse que llegaría una ocasión memorable —el 6 de noviembre de 1936— en que el nombre de José Miaja pasaría a la Historia por la virtud de sus dotes de mando. 

La hostilidad de la Academia se recrudeció en los Cuartos de Bandera. Miaja no era más que teniente cuando se perdieron las colonias, en la guerra de 1898, y el ejército recluido en España perdió además su aureola liberal, se hizo completamente reaccionario y no tuvo otra misión que salvar a la monarquía del naufragio. A los militares no les bastaba con ser monárquicos; todos querían ser palaciegos porque ya no fué sólo el inocente prejuicio de la sangre azul, sino intereses más calculados los que dividieron en castas al ejército. Los militares que no eran palaciegos, eran considerados como de una casta inferior, constituían el proletariado de la oficialidad, iban con sus familias numerosas y sus pagas exiguas dé guarnición en guarnición, tenientes, capitanes, comandantes, no pasaban de coroneles. El generalato se reservaba para los que lograban su carrera en Madrid, es decir, para los favoritos. Palacio hacía y deshacía a su conveniencia las carreras militares. 

Naturalmente, el hijo del obrero de la Fábrica Asturiana de Armas, fué un oficial proletario. José Miaja era de los de abajo y tenía un carácter entero. No se dobló, pero tampoco se abatió. Casado muy joven, de teniente, empezó a criar una familia que, como hombre honrado del pueblo, había de ser y ha sido numerosa: siete hijos. Una perspectiva de trabajo militar y de mejora económica se abría en Marruecos. Miaja fué allá y tomó parte en cuatro campañas: la de 1909, la de 1911, la del 13 al 14 y la del 21 al 23. Cuando empezó la primera campaña, era ya capitán por antigüedad, desde 1907. En la campaña de 1911 fué ascendido a comandante por méritos de guerra. En 1918 ascendió a teniente coronel, y en 1925 a coronel. 

Su vida militar había sido la de un oficial disciplinado, fiel cumplidor de las órdenes del Gobierno. 


*


Al advenimiento de la República, no era más que coronel, el grado máximo a que en realidad podía aspirar un oficial proletario. La República le hizo general y fué destinado a Badajoz primero y en seguida a Madrid, en donde tomó el mando de la primera Brigada de Infantería. La República le había reconocido y él a ella. 

Si José Miaja no había sido hasta entonces más que un militar disciplinado, íntimamente desligado del medio ambiente monárquico, al llegar la República se sintió ciudadano, comprendió que había sonado la hora del pueblo español. En vez de la biografía claudicante, tan repetida en los jefes del ejército y de los partidos políticos, José Miaja, al llegar a general, no claudicaba sino que se encontraba. 

Conviene decir en este punto que su padre, un obrero de la Fábrica de Armas de Oviedo, era republicano. Gil Robles distinguió en seguida la marca indeleble de republicano que, al calor de los acontecimientos se hacía más señalada en la figura del general y le destituyó del mando de la primera Brigada de Madrid y le mandó a Lérida, para castigarle. Volvían las guarniciones de provincia a ser un castigo para los militares. Miaja volvía a ser un proletario del ejército. Era un general proletario. 

Por poco tiempo. Al formarse el primer gobierno del Frente Popular, fué nombrado ministro interino de la Guerra; después volvió a mandar la primera Brigada de Infantería y, encargado de la División y como Comandante Militar de la Plaza de Madrid, hizo frente al intento de sublevación de la Caballería de Alcalá de Henares, donde él solo con su ayudante, impuso su mando y detuvo a los oficiales sublevados. Con la misma autoridad actuó en Toledo, en un conflicto entre los cadetes del Alcázar y las fuerzas obreras.

Y al estallar la rebelión militar de Sanjurjo, Goded, Franco y Mola, el general faccioso encargado de sublevar a las tropas de Madrid no se atreve a ir a la Comandancia a tomar el mando de la División, porque allí está el republicano Miaja. En aquellos momentos, durante ocho horas. Miaja tuvo también que hacer de ministro de la Guerra. El día 25 de julio, salió de Madrid con su Estado Mayor para Albacete y se hizo dueño de la plaza. Luego dirigió, desde Montoro, las primeras operaciones militares en la provincia de Córdoba e impidió que los rebeldes se apoderaran de Jaén. De agosto a octubre fué Comandante Militar de Valencia. ¿Qué? ¿Iba Miaja a ser ignorado también por la República?

Sus dotes de mando no habían pasado desapercibidas. Era el momento de un general con tesón, el general del ejército popular del «No pasarán». El 25 de octubre, José Miaja es nombrado general de la primera División, y el 6 de noviembre el Gobierno le deja encargado de la defensa de Madrid. 

José Miaja es el Presidente de la Junta de Defensa que pasará a la Historia. Es el militar que en la defensa de Madrid se ha compenetrado con el pueblo, como el teniente Ruiz, como Daoiz y Velarde, el 2 de mayo. Más feliz que ellos, porque ellos fueron héroes que no vieron su triunfo. Miaja ha visto el suyo. El triunfo del pueblo. 


Corpus Barga
Nuestro Ejército, Abril de 1938






1537. Discurso de Corpus Barga en el II Congreso Internacional de Escritores

Fué, sin duda, una inspiración poética, es decir, profética, la que tuvo el Pleno de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, reunido hace más de un año en Londres, cuando tomó el acuerdo de celebrar en Madrid el Congreso que hoy aquí nos reúne. Hoy vemos como un hecho natural que haya sido en Madrid, en la capital más indefensa—bajo todos los órdenes—de Occidente, donde haya habido que hacer el baluarte para la defensa de la cultura. Antes de que se cumpliera el acuerdo tomado en Londres, antes que nuestra Voz, el espíritu universal que representamos ha tenido que llegar a Madrid hecho carne, hecho músculo y nervio, para defenderse en España, para defender a España contra el ataque de los Estados bárbaros. Permitid que una voz madrileña, al levantarse entre vosotros, reduciéndose a lo que es en realidad, a un gesto íntimo, salude sin palabras a los hombres de todos los pueblos que han venido a verter su sangre por el pueblo y en la tierra de Madrid. 

No es la primera vez, camaradas extranjeros, que el pueblo de Madrid ha soportado heroicamente el destino de luchar con armas desiguales por lo que hoy llamamos cultura y hace un siglo llamaban libertad. La historia de Madrid tiene una fecha que se convirtió en una de las expresiones más fuertes del tan expresivo idioma castellano. Se dice «hacer un Dos de Mayo» cuando se quiere expresar la acción de una cólera que ya no puede contenerse y no se detendrá ante nada. «Hacer un Dos de Mayo»es lanzarse a la lucha como sea, con armas o sin armas, con los puños, con las uñas, con los dientes. «Hacer un Dos de Mayo» es lo que ha hecho el pueblo de Madrid el 18 de julio del año pasado ante la sublevación de los militares españoles, concertada en Roma y en Berlín. «Hacer un Dos de Mayo» es lo que hizo el pueblo de Madrid el 2 de mayo de 1808 ante la invasión extranjera de las tropas de Murat. 

Entonces, en aquel 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid defendía ya su libertad, defendía también la cultura. Estuvo con el un genio español y universal. Representativo, como el que más, de España. E iniciador de una manera plástica de ver los seres y las cosas que, como todos sabéis, había de ser recogida y seguida, sobre todo en Francia. Goya aparece en la cultura española para llenar el vacío que deja el siglo XVIII en toda la Historia de España. Si queréis comprender muchas de las cosas que suceden ahora en este país, no olvidéis, camaradas extranjeros, que España perdió ese siglo, capital en Europa. El pensamiento español se había quedado detenido en el siglo XVII; la aristocracia española, sin necesidad de ninguna revolución, había quebrado su fuerza; en España no quedaba nada, nada más, nada menos, que el pueblo. Un pueblo que no había estado nunca ausente de las más altas creaciones españolas, ni en la filosofía, ni en la poesía, ni en la religión, ni en los descubrimientos y las conquistas. En España todo había sido siempre muy pueblo. No era más que pueblo cuando apareció Goya. 

Toda una corriente de la Historia de España produce en el momento oportuno de la Historia Universal este genio. Mientras el pintor de la Revolución francesa exalta a los burgueses de París disfrazándolos de romanos, Goya coge a la España histórica, encarnada en una deliciosa duquesa de Alba, y hace de ella una mujer del pueblo de Madrid, una manola. Reparad en los rostros, en los gestos y las miradas de este pueblo, y recordaréis los cuadros de Goya que no podéis ver ahora en el Prado. En el frente del Manzanares, en la ermita de San Antonio de la Florida, están los frescos donde Goya subió los alegres rostros de las madrileñas al cielo. Y cerca de allí, en una cuesta que baja al río, se halla el cementerio de los fusilados, de los madrileños que fueron fusilados por las tropas de Murat allí mismo, y que Goya, alumbrado por su criado con una linterna, iba a contemplar de noche para verter luego su cólera, bajo el cielo negro y único de aquel cuadro suyo, infernal, de los fusilamientos. Goya era el pintor del pueblo de Madrid en sus manolas, en sus majos, en sus fiestas y sus juegos, en sus desmayos y sus arrogancias; pero fué el pueblo, mismo hecho pintor, el pueblo desesperado, poseído por los demonios, cuando dejó grabado el horror de la violencia en los «Desastres de la guerra», que parecen hechos a punta de navaja. Goya defendió en sus aguafuertes al pueblo, como el pueblo se defendía en realidad a navajazos. 

Y reivindicaba la libertad del pueblo porque había venido a reivindicar el espíritu, o, como decimos hoy, la cultura en España. Estuvo con el pueblo contra las tropas francesas; pero él era un afrancesado, un amigo de los espíritus escogidos de entonces, de los enciclopedistas; ei era un europeo, un internacionalista. Y al ganar la guerra el pueblo español y caer en la restauración, Goya, viejo, se expatría voluntariamente y va a morir a Burdeos. Es decir: a morir, no. Va a vivir oscuramente, pero lleno de entusiasmo y de fe en la humanidad y en sí mismo. Va a utilizar las nuevas técnicas y a pensar que no le importa haber perdido unos dibujos que había dejado aquí en Madrid, porque ahora, a sus años, tiene ocurrencias mejores. 

Políticamente, el grabador de los «Desastres de la guerra», el pintor de los «Fusilamientos», fué una víctima del equívoco en que vivió la palabra «libertad» durante el siglo XIX. La libertad tan ferozmente defendida se entendió en España, como en otros países de Europa, especialmente en el sentido de independencia nacional. Cuando se trató de darle sentido político y mucho más cuando se trató de darle sentido social, la libertad se hizo conservadora, antiliberal. Hoy no sucedería lo mismo. 

En este nuevo Dos de Mayo que vive Madrid desde hace doce meses, camaradas extranjeros, no podemos presentaros otro Goya. Pero lo que él representaba es precisamente lo mismo que ahora venís a representar aquí vosotros. El espíritu no tendrá que emigrar de España si triunfa Madrid, porque se ha adelantado a venir a Madrid hecho carne, hecho músculo y nervio para defender a España, para defenderse en España. 


Corpus Barga
Julio 1937

Publicado en Hora de España núm VIII
Valencia, agosto 1937








1001. El II Congreso Internacional de Escritores

Las circunstancias –la fuerza del sino, que dijo el poeta– han hecho que el Congreso Internacional de Escritores, celebrado el mes de julio en Madrid y en Valencia, haya tenido una significación, y más que una significación, una justificación que ninguna asamblea de literatos podrá alcanzar ordinariamente.

Otras reuniones de escritores ha habido y habrá más brillantes, más literarias en sus disertaciones, o de mayor interés, más intelectuales en sus debates; pero ninguna mejor que ésta podrá nunca realizar el propósito con que fue convocada.

Después del individualismo a que ha llevado la literatura –al lector y al escritor– en el siglo pasado, todo Congreso de escritores tiene que parecer en seguida dirigido a perderse en el terreno vago de lo improbable; pero las catástrofes espirituales de nuestro siglo, el fracaso de nuestra civilización, han despertado el deseo de nuevos concilios, posibles academias y renovados banquetes.

La Sociedad de Naciones ideó la Cooperación Intelectual; los escritores ingleses, la Asociación Internacional de los clubs de la Pluma. El ensañamiento de los Estados fascistas en perseguir a las letras y a las ciencias provocó la formación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, cuyo I Congreso tuvo lugar hace dos años en París bajo el signo de la explicación del más puro individualismo literario dentro del comunismo, la conversión del moralista francés André Gide que, naturalmente, no era una conversión sino una investigación más, en busca del hombre, realizada por uno de los escritores europeos más aguda y encarnizadamente atentos al hombre en sí mismos.

Aquel Congreso de París, en cuyos debates tomaron parte algunos de los escritores escogidos del mundo, puede que haya sido trascendental. No cabe satisfacerse diciendo que lo ha sido porque en el estado de fusión, de confusión en que viven ahora las sociedades es ilusorio establecer sobre materias de tal índole relaciones de causa a efecto. Lo que sí ha trascendido es que aquel Congreso se reunió para hacer un acto de oposición a la barbarie fascista y también para hacer una exploración, para ejercer una acción en pro de la cultura en la sociedad nueva del comunismo.

Esto último hubiese sido el tema central del II Congreso de Escritores convocado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas si las circunstancias –la fuerza del sino– no hubieran predispuesto su celebración en el país donde los Estados fascistas habían de dar sus primeras batallas internacionales.

Los representantes de las Alianzas Nacionales reunidos en Londres el año pasado, antes de que Roma y Berlín promovieran en España la rebelión de Franco, acordaron la celebración del II Congreso en España. Después de la rebelión, los representantes de las Alianzas reunidos en Madrid se afirmaron en mantener el acuerdo. Así, el Congreso convocado en España no podía alentar más que un propósito: el de que los hombres que tienen «por razón de ser las realidades del espíritu» dijesen, aunque sólo fuera un momento: ¡presentes!, a los soldados de las transformación del mundo real. El Congreso, sobre todo en Madrid, sólo podía ser un acto de guerra.

Y precisamente por serlo tuvo que rechazar como un arma de que podía servirse el enemigo lo que hubiese sido, si no hubiera habido guerra, su preocupación central, su tarea activa, no de anti sino de pro, la que ya ejerció André Gide en el I Congreso y que el mismo André Gide, ausente del segundo, ha vuelto a presentar con la publicación de su libro «Retouches» sobre su viaje a la Unión Soviética. André Gide no ha tenido cuenta de la relatividad del tiempo.

Por ahora se ha perdido la medida de todas las cosas, mucho más si esta medida es el hombre; es decir, que se está en guerra, en la verdadera guerra europea, de la cual la gran guerra fue –con toda su enormidad– únicamente el comienzo. Guerra sin cuartel y sin neutralidad. El escritor que no hace política, hace esta guerra. Se ha alistado en este Congreso para hacerla otro moralista francés, Julien Benda, el autor del libro cuyo título es ya popular: «La trahison des clercs», libro que acusa a los intelectuales europeos de hacer la guerra, de hacer política, de rendirse a un partido.

Con estas dos notas, la tercer nota intelectual de este Congreso ha sido su conclusión natural, el acuerdo de hacer un llamamiento para la defensa de la cultura partiendo de las realidades que en tal defensa han visto los congresistas en España. El llamamiento lo redactará André Malraux.

El Congreso en su totalidad ha realizado más que literariamente, vitalmente, el propósito que lo convocó. Pasado el Pirineo, se encontró en la España tachada de caótica con una gran ciudad europea de vida normal: Barcelona. Reconoció la España venerable y romántica en Gerona y en Tarragona; la España de luz y de sombras, en Peñíscola, que es –hecho realidad– un cuadro de Picasso. En Valencia recibió el saludo de la República: el presidente del Consejo Sr. Negrín abrió la primera sesión; el presidente de las Cortes Sr. Martínez Barrio, cerró la última.

Y fue en Madrid donde los escritores que –cual ha dicho luego en París Heinrich Mann– tienen por razón de ser las realidades del espíritu destinadas a transformar el mundo real, vivieron la primera noche lo que iban buscando, la transmutación del viejo adagio europeo: «la letra con sangre entra». Caían en las calles las granadas fascistas, las que vienen a meter la letra con sangre. Contestaban los cañones republicanos que defienden –o fracasarán aunque triunfen si no lo defienden– la libertad del pensamiento. Esta vez no es una metáfora: la letra sale con sangre. Con sangre del pueblo, de todos los pueblos que luchan en Madrid.

Pero donde las letras, todas las letras extranjeras venidas a España, hasta las de un letrado chino, se encontraron y se entendieron con el pueblo que canta y no escribe, fue en un lugar castellano –Minglanilla– en el camino de Madrid a Valencia. Allí las mujeres, los niños y los viejos –todos los habitantes– vinieron a cantar bajo las ventanas del Ayuntamiento donde los hombres de letras extranjeras partían los buenos panes redondos que aún se cuecen en los hornos de Castilla la Nueva.

Los hombres de letras salieron a la plaza pública, cantaron también, cada uno con su letra. «Y en diferentes lenguas es la misma canción». Mil voces y una sola voz, un abrazo y mil abrazos unieron al mundo letrado y al pueblo analfabeto. Una mujer castellana toda de negro, desde el pañuelo de la cabeza hasta los zapatos (porque se había puesto zapatos como los días de fiesta) estaba abrazada a una escritora inglesa y le contaba al oído dulcemente su pena. El marido fusilado, los hermanos muertos en la guerra. Detrás de la mujer enlutada un niño se escondía en sus faldas. La escritora inglesa, sin conocer el castellano, la comprendía y la consolaba, la estrechaba cada vez más en su abrazo. Acabaron las dos mujeres paseándose abrazadas, en silencio, llorando sin lágrimas bajo el sol implacable como el destino.

El niño seguía detrás, no soltaba las faldas de su madre mientras otras vecinas que contemplaban la escena hacían comentarios:

—No es propiamente de aquí, es una refugiada –decían de la mujer vestida de luto, y añadían por la escritora inglesa:

—Sin duda ha encontrado a una de su pueblo, que la está consolando.

Decían verdad las vecinas de Minglanilla y mienten los Gobiernos de Europa. La castellana analfabeta había encontrado a una de su pueblo en la escritora inglesa, la cual había tenido que subir ya al automóvil y sacando su busto seguía abrazada, no quería separarse de su «paisana». Pero el automóvil arrancó; entonces, la mujer analfabeta de Castilla tuvo uno de esos gestos naturales que son la inspiración de un pueblo secularmente culto, con la cultura transmitida de viva voz, en gesto vivo. Cogió al niño que se escondía en sus faldas y lo alzó en ademán de saludo. El sol, blanco de fuego, esculpía aquella estatua dinámica.

El niño tendía las manos como un Jesús de Montañés. Hijo de cien generaciones de uno de los pueblos más fértiles en humanidad: la castellana alzaba cara al sol una encarnación del futuro que –al igual de este niño poco después en el regazo de su madre– duerme en el seno de la victoria.


Corpus Barga
Hora de España, núm. VIII
Valencia, Agosto 1937